martes, 20 de diciembre de 2011

ESMEREJÓN







Eran casi las once de la mañana cuando me avisaron de que había un pájaro raro, "un búho", decían unos, "un águila", gritaban otros, en el patio. Cuando pude hacerme hueco entre el corro de chavales vi, en efecto, un ave pequeña y asustada, que probablemente creería que la rodeaban hordas de depredadores a punto de devorarla. Con más miedo que otra cosa la cogí entre mis manos y al segundo intento de picotazo decidió que no era un lugar seguro y salió volando. Su huida no duró más de cincuenta metros, y ni siquiera fue capaz de sobrepasar la valla que la separaba del río. Se quedó acurrucada entre un murete de ladrillo y una verja, a esperar qué le deparaba el fin de diciembre. Por suerte recordé que mi amigo José Manuel trabaja en el centro de recuperación de animales salvajes, así que llamé por teléfono y al poco apareció él con una red y una caja. No hubo necesidad de usar más que la caja, porque el pobre esmerejón, o halcón palomero si lo traducimos del latín, tenía apenas fuerzas para lanzar algún picotazo defensivo. Los chavales aplaudieron después de que José les explicara algunas cosas sobre el pajarito y quedó en curarlo, o mejor dicho, alimentarlo, porque por fortuna no tenía nada roto, hasta que recuperase fuerzas para continuar su vuelo hacia donde quiera que piense pasar las navidades. Lo mejor, aparte de la salvación de lo que yo creía un cernícalo al que ya habíamos bautizado como "Cerni" mientras llegaba mi amigo, fue el reencuentro y los abrazos, porque el Gubias y yo fuimos uña y carne durante unos años, pero la vida, las novias luego esposas, los hijos y los trabajos nos fueron reubicando. Así que hoy se ha producido la doble alegría por el esmerejón y por mi amigo, que siempre fue, como yo, más bien ganso.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Limpiabotas


Paseaba por la acera de San Francisco, después de las clases de la tarde, cuando los estudiantes íbamos en jornada partida, mucho antes de ser descaradamente modernos y sigloveintiuneros, haciendo tiempo hasta que mi novia saliese de las suyas, que se demoraban por culpa de su poco interés en aprender nada que no fuera ligado a cómo ganar dinero sin hincarla, vivir del cuento o a expensas de otro (no diré la palabra clave, pero a escasas fechas de las elecciones está en la mente de todos). Diré, y no en mi descargo, que siempre tuve un imán para este tipo de mujeres aficionadas al dolce far niente, lo cual no me deja en buen lugar. Por suerte el destino no me castigó con una de ellas para los restos, y por alguna razón ligada a la fortuna, los hados o la casualidad, al pasar los treinta se deshizo el sortilegio, para alegría de todos (menos de ellas, a quien Dios tenga alejadas de mí). Paseaba, decía, sin prisa, saboreando un cigarrillo, cuando un limpiabotas me llamó la atención:
-Chaval, ¿tienes fuego?
Busqué en los bolsillos, pero me di cuenta de que no llevaba chisquero, mechero ni encendedor, ni unas humildes cerillas, así que extendí mi mano con el cigarrillo para que el hombre aprovechara las brasas en un boca a boca tabaquil o cigarril. Dio un par de caladas, para asegurarse de que el trasvase estaba hecho, me devolvió mi pitillo y con una sonrisa que yo juzgué franca, me dijo:
-Gracias, chico. Te voy a limpiar los zapatos por ser tan majete.
Antes de que yo pudiera asentir, no digo ya negarme, calzó un par de cartas, naipes de los de Fournier, entre uno de mis zapatos y su respectivo calcetín, para no mancharlo cuando pusiera en marcha el motor a reacción en que acabó convirtiéndose el cepillo, que primero en seco para desempolvar aquellos zapatos que servían para diario, domingo, fútbol, baloncesto, playa o montaña, tan lejanos de los de hoy, tan especializados como un abogado estadounidense, y luego untado de betún, fue dando lustre a la piel, si no era aquello que llamábamos "material", hasta ponerla casi a la altura de un espejo, a falta del último toque de gamuza que acababa por sacar más brillos que el palacio de Versalles. A punto de terminar el trabajo, me preguntó:
-¿Cuánto vas a pagarme?
Tragué saliva. Si tenía algún dinero en el bolsillo no estaba destinado a limpiarme los zapatos, así que le contesté con sinceridad, candidez, idiotez o alguna virtud mansurrona:
-Pensaba que usted me lo regalaba por haberle dado fuego.
El hombre me miró, más con desprecio que desafío, y mientras retiraba los naipes de mis tobillos me respondió:
-Venga, chaval, a ver si te crees que yo trabajo de gorra.
Dicho lo cual apartó mi pie de un golpe seco, recogió su mueble - soporte y me dejó a mi suerte, abandonado a la burla de quienes me vieran.
Pasado el susto, pues bien pensé que aquel hombre me daría por lo menos un par de pescozones, me encontré con mi novia, a la que relaté el incidente mientras nos dirigíamos a algún bar con zona para besadores compulsivos donde, entre ósculo y ósculo, no pude dejar de mirar de reojo mis zapatos desiguales.

La foto es prestada de internet, pero no puedo citar la fuente, y tampoco creo que haga falta.

jueves, 22 de septiembre de 2011

FIDELIDAD



Mi padre fue un hombre fiel: a mi madre, a su empresa, a sus marcas, a sus costumbres y a sus comidas. Usó carretes y cañas de pesca ABU o Hardy, coches SEAT, cámaras Nikon y relojes Omega como tope de su gama, aunque admiró a distancia las Leica, los Patek Philippe y los BMW. Pescó y gozó en los ríos palentinos y leoneses, fotografió a su familia hasta la extenuación (de esta) y recorrió kilómetros de comarcales vallisoletanas en sus 1430, 1500 y 132, a los que tuneó discretamente con alguna pegatina reflectante y gomas protectoras de puertas. Muchas veces le acompañábamos de viaje, y recuerdo esperas durante horas de música (otra de sus aficiones) en el coche de turno, con los ocho pistas de Trini Santos y Burt Bacharach, James Last y alguna frivolité clásica, que servían de fondo a mis lecturas escolares de lecciones y apuntes o más maduras de Delibes, Twain o Álvaro de Laiglesia.
En lo culinario mantuvo el mito de que era "de poco comer", pese a que siempre lo hacía con apetito y una exquisita limpieza compartida con mi madre, que aprendimos sus hijos. Había visitas obligadas a Arévalo, al restaurante Goya, donde la familia entera daba cuenta de algún cochinillo asado con ensalada; a bodegas de tortilla y clarete, donde el pan sobrante servía de postre ya de regreso en el coche; al Lope de Vega, "especialidad en croquetas de huevo" y al Rustia, un bar que se encontraba muy cerca de la playa de las Moreras, cuyo dueño servía unas cañas de Mahou como si fuera madrileño para acompañar sus sardinas con cebolla, que hoy llamaríamos marinadas pero entonces se decían en vinagre. En casa le encantaban los huevos fritos con puntillas y patatas redondas que hacía mi madre, y en mis últimos años en la casa familiar los acompañaba con vinos de marca, entre los que su preferido era el Mauro.
Como el 25 es su cumple, me he permitido hacerle su plato favorito, con un vinito de Rioja que tenía por aquí y pan de riche. Buen provecho, papá. Y un beso.

sábado, 27 de agosto de 2011

DE BIEN NACIDOS...


...es ser agradecidos. Como hoy es viernes (comencé a escribir un jueves de hace semanas, pero aparqué este texto), o sea, como es un día cualquiera, sirve para decir lo que me apetezca. Y lo que quiero es pagar una deuda contraída hace escasamente treinta y cinco años, que no es nada, qué feliz la mirada. Música, maestro.
Acertó a aparecer un día cualquiera, que luego no lo fue, la persona que descubrió mi talento musical, que aunque suene presuntuoso resulta incuestionable. Otra cosa distinta sería hablar de los resultados obtenidos, directamente achacables a mi falta de método y disciplina. Pero no estoy hablando de eso, sino rindiendo cuentas a mi profesor de música del colegio, Luis Cantalapiedra, que poseía un ojo certero y un oído sensible. De las aulas en las que impartió clases, y del coro y orquesta que dirigía, salieron muchos músicos profesionales, entre directores de orquesta, pianistas, cantantes, bateristas, bajistas, guitarristas, y resto de "istas" adscritos a la música. Y entre todos ellos, yo mismo. No podría imaginarme mi vida sin relación con la música, y por ese motivo quiero usar mi blog para agradecerle su sabio primer consejo, sus lecciones y su amistad. Aunque hace tres años que no nos vemos, recuerdo que en esa última ocasión, me saludó efusivamente y recordó mi nombre y dos apellidos... veinticinco años después de mi salida del colegio. También recuerdo cómo intercedió ante mi padre para que me dejara ir de excursión, y el día que vino a casa para estrenar mi piano.
Ahora que me dedico a la docencia, de música, a Dios gracias, compruebo la importancia de un buen profesor y me acuerdo con mucha frecuencia de Luis, al que le debía muchas por su implicación profesional y humana en mi formación. Y con este escrito sólo quiero pagarle una pequeña parte.

jueves, 4 de agosto de 2011

LA INSPIRACIÓN EXISTE, PERO QUE TE PILLE TRABAJANDO... Y UNA MIERDA.


Lo habré leído docenas de veces. Se atribuye la frase a Unamuno, Cela, Picasso, casi a los mismos que (se supone) prosiguieron en inglés una conferencia después de ser interpelados por un asistente a resultas de pronunciar Shakespeare en lugar de Chespir. El anecdotario se confunde con la historia, cosas de la Wikipedia, quizá.
Lo curioso es que esta tarde he dejado cinco borradores preparados para otros tantos textos de mi blog, que irán saliendo del horno a intervalos regulares, como los chubascos (produciendo el mismo efecto molesto). Algo habrá excitado mis neuronas, desde el paseo matutino hasta el café en presencia de Robert Redford y Kim Bassinger en "The best". Como no soy Punset analizo desde lo sencillo: estoy embalado y mis teclas no echan humo porque escribo despacio.
Necesito muchas tardes como la de hoy, porque las necesito para controlar el caudal, que no sólo flujo de ideas, sino de paz. Y lo único con lo que estoy de acuerdo es con tener un boli a mano. Si hace falta, me lo apunto en el brazo. O donde sea, según la extensión. Será por piel, aunque fina.

SI VOLVIERA A NACER...

...diría que no a muchas cosas que dije que sí. Intentaría acercarme a algunas mujeres a las que dejé caminar frente a mí sin atreverme siquiera a saludarlas. Hoy me consta que en algún caso habría recibido algo más que un saludo de respuesta.

Feisbu 2, revenge.

Facebook. Es gran afrenta eliminar "amigos", que dan lo mismo en la vida real que en la virtual. No veas lo mal que se lo toman algunos. A veces interceden otros, -que lo admitas, hombre, que no quería preguntar eso de si robas en tu trabajo o pones cuernos a tu mujer, que se equivocó de tecla-. Cuando no aparece una tercera persona del singular a meter cizaña, -que quién te crees para decirle a mi amiga que si nos invitó Fulanito a tomar café, que no necesitamos hombres que nos inviten, habráse visto semejante machista preconciliar...-
Ando buscando la forma de enviar virus, que en facebook podrían ser plagas para que en tu Farm no crezcan mazorcas o la carcoma arruine tu caseta de aperos. Siento en ocasiones remordimientos cuando borro a alguien de mi libreta, pero no sé a qué viene enviarme un cabreo por banda ancha o fibra óptica cuando hace meses que veo cómo te cruzas de calle cuando me ves de lejos.

viernes, 22 de julio de 2011

FEISBU...

Facebook, Feisbuk, Feibu o Caralibro, como lo llama una amiga-ex-novia-novia-amante (en orden inverso), no es más que un cajón de sastre, o cajón desastre que nos recuerda a diario, o a cada hora según adicciones, lo poca cosa que somos y que el tiempo se encarga de restregarnos... por la face. En noches ociosas/curiosas me pasma descubrir las relaciones perversas que Facebook ampara con nocturnidad o sin ella, sin pensar por inimaginables en los muchos mensajes de socorro-desdén-venganza que se dejan. Hay quien a despecho de su intimidad, o quizá retando o despreciándola, deja en su perfil una huella indeleble y cierta. No hay que ser demasiado cotilla para enterarse, sino simplemente seguir las directrices webísticamente correctas que se nos permiten. Así compruebo que quienes hace años ni se miraban a la cara, hoy figuran como "amigos especiales" a la vista de todos. Los exnovios irreconciliables se encuentran lustros después, quizá espoleados por la búsqueda del tiempo perdido, aunque nunca hayan leído a Proust. Y así la web obra el milagro de la reapertura de expediente, del perdón, del reproche o el insulto descarado. Hay quistes difícilmente extirpables y milagros raramente explicables. Puede que en la penumbra de una habitación aderezada por el humo y acaso el alcohol que no queremos reconocer nos sintamos inexpugnables a cientos de kilómetros del ser o no ser. En ese ambiente de sordidez íntima el alma se envalentona para declarar con privacidad ficticia lo que no nos atrevimos a decir cara a cara, tal es nuestra miseria, hace meses, años o más. Quizá sirva de algo, como poco de placebo.

domingo, 10 de julio de 2011

AY, PORTUGAL, POR QUÉ TE QUIERO TANTO...

Me ha costado, para empezar, asegurarme de la correcta escritura del título, y la investigación me ha chafado el plan de antemano: hay muchos blogueros que han opinado sobre el asunto antes que yo. En cualquier caso, una vez terminadas mis vacaciones por la tierra lusitana, como mi intención era hablar de las bondades de nuestros vecinos, no me voy a privar, que para eso soy sumo hacedor de mi cuaderno.
Venía hace días pensando que los portugueses y los españoles no somos tan distintos, o no mucho más que un andaluz de un extremeño, un asturiano de un gallego o un catalán de un valenciano. En definitiva, pueblos hermanos que por los dictámenes de la historia, tantas veces caprichosa y casual, llevamos siglos separados, creo que por culpa, entre otros, de un rey incapaz que además era pucelano. No vaya a pensar el lector que es disfunción propia de la zona, sino más bien una excepción, inoportuna en el caso que nos ocupa y en todos los demás.
Pues bien, Enrique, (al que podrían llamar Quique pero nunca Quiqui), falló en su intento y con él las ansias de anexión. Para ser precisos, tuvo una hija, Juana, apodada "la Beltraneja", en honor al supuesto padre, un noble de ascendente carrera política, pero las dudas sobre su ADN acabaron por estropear el negocio.
Tras este vericueto legal y supongo que algún otro que se me escapa, los portugueses siguieron su camino independiente de los españoles, separados por la raya y algunos kilómetros de Duero, Tajo y Guadiana, o a veces precisamente unidos por esos ríos en idas y venidas de contrabando.
Tras una semana entre Oporto y Lisboa, me queda la sensación agradable de haber estado aquí al lado, en la amable compañía de los lusos, que hacen lo que pueden para salir de la crisis, igualito que nosotros. Quién sabe qué habría pasado si Enrique IV no hubiera salido manso. Lo mismo a estas horas andaban a la greña por la identidad histórica y esas gaitas, en busca de la independencia.
Podría adornar el texto con una de las muchas fotos de monumentos, ríos, playas o bodegas, pero lo voy a hacer con la última que figura en mi cámara: una que resume breve y contundentemente los muchos paralelismos y las pocas pero importantes diferencias, reflejadas en el idioma.





domingo, 26 de junio de 2011

EN AQUELLOS DÍAS...

Contemplo con cierta vergüenza que desde el 13 de mayo, fecha del patrón de mi ciudad, no he vuelto a escribir. Para ser sincero, no he dejado de hacerlo, pero en forma de memorias, informes y todo tipo de textos administrativos relacionados con mi trabajo. Es precisamente este el que me trae recuerdos de cuando otros lo ejercían para tratar de formarme culturalmente, amén de marcar la doctrina sin tapujos (no como ahora, que se hace con ellos lo más disimuladamente posible). Como me consta que Pedro, mi antiguo compañero del colegio, sigue este cuaderno de bitácora, voy a compartir con él y con mis pocos lectores el relato que preparé hace tres veranos, con la intención (no sana, más bien perversa y ventajista) de obsequiar a mis compañeros de promoción con una especie de monólogo que al final no me atreví a escenificar, para no saltarme el protocolo, y porque en el fondo tampoco quería reventar la fiesta o hacer pasar un mal rato a alguno que por allí estaba.
Pd.- Yo era quien mejor tocaba la flauta, Pedro. Lo que pasa es que tu profesora te tenía enchufe, además de que la pobre estaba bastante sorda.



Veinticinco años antes de treinta y siete años después.

Acude a mi memoria, que es como los ilustrados y finolis dicen “me acuerdo”, mi entrada en el colegio para realizar las pruebas de ingreso. Ante mí, la imponente figura de don Manuel, no tan imponente ahora, que me parece casi bajito, dictando ejercicios de suma complejidad, para detectar prematuramente a aquellos aspirantes que no diesen la talla:
-Dibuja un hombre (no había posibilidad de dibujar mujeres, mal empezamos, pensé). Me afané a la tarea ardua, y me di por satisfecho hasta que la voz de don Manuel sonó con un aflautamiento impropio de sus bigotazos, que le acontecía cada vez que elevaba el tono.
-Dibuja otro hombre mejor aún. Yo hice otro más grande, que era todo lo que se me ocurrió para mejorar mi de por sí casi perfecto retrato. Creo que le añadí un sombrero, y por suerte no apareció por ahí un tal Baeza, al que llamaban el Bahtza, para interpretarlo como admiración de la figura paterna o pamplinas psicológicas.
-Haz otro mejor, -repitió el de los bigotes grandes-, como si esa fuera la frase de la semana. Me limité a repetir mi segundo retrato a escala 3:1. Apto. O sea, admitido.
Cuando acabó la prueba de ingreso en la NASA, no sé si además tuve que hacer alguna suma, salí de allí a escape, llevaba más de una hora aguantando el pis y quizá de ahí me vengan los problemas de próstata, aunque mi consiliario espiritual y confesor, Carlos de la R, tenga otra opinión, probablemente más veraz pero guardada bajo las siete llaves del “secreto de confesión”, aquel mismo que en un montaje de "filminas" (la madre de las diapositivas y tatarabuelísima del power-point) nos ponían D. Antonio, el P. Ismael o el incombustible P. Elías, para convencernos de que nuestros pecadillos o no tan “illos” no serían jamás publicados.
También recuerdo mi primer día de clase con la Srta. Maricarmen, que a la postre se casó con Matías, el canario de las variasiones, permutasiones y susesiones de seis elementos tomados de sinco en sinco (en Canarias, naturalmente) y que me mandaba al estanco de doña Lola a enviar cartas de la federación de ajedrez. La tal doña Lola era una especie de terrateniente mafiosa, dueña de la mitad de la Plaza de San Juan, que parecía tener alguna iguala con los profes del Sanjo, porque otro, del que guardaré la identidad, también me mandaba allí a por tabaco y a por Supraleodín que, aunque los compañeros coincidíamos en que era algo que se administraba por vía anal, nunca supe qué medicamento era hasta hoy mismo que lo he buscado en internet. No es que el estanco administrase medicinas, sino que la propietaria también tenía una farmacia al lado, que ya digo que la mujer tenía tantas posesiones como mala baba, sobre todo con sus empleados, a los que trataba a baqueta. Yo lo sentía mucho por una morenaza guapísima que se llevaba unas broncas tremendas. Pues bien, ni la morenaza ni la señorita Maricarmen tuvieron la delicadeza de esperar a mi mayoría de edad, y se casaron con otros.
El primer día, decía, al salir a la una y cuarto, y como no veía a mi hermano en el punto de encuentro, me encaramé a la valla metálica que delimitaba el campo de fútbol y protegía de balonazos a los que jugaban en el estadio olímpico de canicas y empecé a llorar a voz en grito. Vamos, que mi primer numerito público me dio a conocer, y no precisamente por valiente, cosa de la que unos cuantos forajidos de cuyo nombre no consigo olvidarme se aprovecharon, corriéndome día sí y día también hasta la puerta de mi casa. Esta circunstancia me ayudó a mejorar mi forma física, la potencia de mi voz pidiendo auxilio y a enaltecer la figura del portero físico, ese señor que me hacía un favor espantando a los hermanos Dalton, por no decir su apellido real (si es que ellos tuvieron certeza alguna vez de quién era su verdadero padre, cosa que me permito dudar tras no menos de cinco años de persecuciones, compréndaseme).
A lo largo de aquellos doce años de formación exigente no apta para mediocres (a veces me pregunto cómo fui capaz de engañar a los jesuitas durante tanto tiempo) sobreviví en segundo curso de EGB al amor platónico de la Srta. Pilar (¿qué cosa sería un rayo peinado?, pensaba yo mirándola embobado), otra morena preciosa que se me escapó antes de que yo llegara a los dieciocho (de edad, modestia aparte). Siempre sospeché que le gustaba más Chicho, pero nos despreció a ambos, mal de muchos…
La Srta. Amparo me enseñó a expresar mis emociones tocando la flauta (cosa que Carlos de la Rica nunca entendió). Don José intentó convertirme en escritor, de hecho él se creía escritor y aún hoy lo sigue pensando, pero nunca le entregué mi poesía para el Diario Regional. Celina, una monja salida, salida de monja, explico, me ayudó a endurecerme en la soledad del pasillo, y cuando me dejaba entrar en clase, me enseñaba inglés. Darío y mi querida Isabel, con más sentido del humor que la ex monja, contribuyeron más generosamente a mi mejora del idioma de Chespir, o como se escriba el de Jamlet. Don Teodoro me amuebló la cabeza, por dentro con números, y por fuera con el alicatado de algún capón, por charlatán, más o menos lo que sigo siendo ahora.
Conté cartuchos vacíos, vainas, en el monte del Jabalí con el Padre Parasols, que se hacía llamar Sancho durante las excursiones. Envidié a Ramón, José Alberto y a mi querido March cuando participaron en Área 5, un concurso para listos; a Núñez, que aparte de tocar la guitarra, corría como un gamo en el Torneo de la tele, junto a Ozámiz, (rey del balonazo), Oporto, Astorqui, Zuasti y Piera, y algunos otros.
Sobrevivimos todos al riesgo de lesiones físicas, al grito de Luis, “eh, tú, ¿cuánto haces en mil?”, de Gonzalo, “baja bien o no te cuento las abdominales”, o de José Carlos, “vamos, vagos, basculando”, que nunca supe qué significaba la palabra, pero debía de ser algo como “tragaos el humo de mi cigarrito”. También sobreviví a mi compañero de pupitre en la clase de matemáticas de 2º de BUP, que acabó siendo uno de mis íntimos, el bueno de Gandía, que sólo era macarra en horarios de fin de semana, hasta que nos echamos una novia (cada uno) y como eran vecinas las acompañábamos juntos y regresábamos a casa contándonos los avances que hacíamos cuando las dos parejas tomábamos calles separadas…
No quiero dar a entender que mi percepción de los años escolares fuera de simple supervivencia propia, pues mis compañeros también tuvieron que soportarme, que no es moco de pavo (de ello da fe mi mujer) y algunos profesores también, a quienes ahora, después de mis veinte años de docencia comprendo y valoro como merecían y merecen.
Capítulo aparte le debo a la aparición estelar de Luís Cantalapiedra, azote de sordos y rockeros (pese a que algunos de sus hijos pródigos acabasen formando parte de los Celtas Cortos), que fue mi mentor, quien descubrió y fomentó mis, qué digo portentosas, sobrenaturales dotes para la música (la cristiana modestia no acabó de calar en mí, lo reconozco). En su coro y orquesta disfruté a lo grande (entonces no había chicas en el colegio, lo cual limitaba mis posibilidades de divertimento). Allí me codeé con algunos que hoy viven de la música, si bien la cosa no debía de ser contagiosa, por lo visto.
Como colofón a once años de fidelidad al centro y a las cuotas mensuales que nuestros padres pagaban religiosamente, el colegio nos esperaba con una doble trampa que parecía un regalo: el COU… y chicas (por fin), pero no unas chicas cualesquiera, sino bellas e inteligentes jóvenes a punto de cumplir la mayoría de edad, procedentes de un casting más exigente que la selección de naranjas para zumos Granini. Y si en Operación Triunfo había un Risto, en nuestro proceso de adiestramiento estaba la Sagrada Familia en pleno, reunida en un solo e implacable hombre, adiestrador de perros de todas las razas: Jesús María San José, que no es expresión sino nombre completo, capaz de hacer palidecer al rey Baltasar cuando decía: ¡Atentos aquí, dejad lo que tengáis entre manos! Algunos chuchos con menos pedigree tardamos más, pero acabamos pasando por el aro, el COU, la selectividad e incluso la Universidad, si bien es más dudoso que la universidad pasara por nosotros.

DEDICADO A TODOS LOS QUE COMPARTIERON MIS AÑOS DE COLEGIO.

viernes, 13 de mayo de 2011

NEFERTITI


Una noche de verano atropellé a un gato. Lo vi cruzar delante de mi coche, pero el frenazo no fue suficiente para esquivarlo. Por el retrovisor le vi salir apenas alumbrado por los pilotos traseros. Aunque quise creer en las siete vidas que se les atribuye, algo me decía que a aquel pobre ya le habían regalado seis y tuvo que coincidir conmigo en aquella carretera de Argoños a Noja en la firma de su finiquito con la vida. Llegué a casa más que descompuesto. Me costó conciliar el sueño. A la mañana siguiente, de vuelta a la playa de Santoña, fui escrutando las cunetas hasta encontrar al pobre gato inerme. Sentí su muerte de verdad y me amargó parte de las vacaciones.
Desde hace muchos años padezco alergia al pelo de los perros y los gatos, mucho antes del incidente referido. No puedo tocarlos sin sufrir rinitis y picores. Sin embargo, Nefertiti me hizo inmune. Bueno, ella y su familia: Viriato, Homero, Jacinto Benavente… y unos pocos más. Quizá ni fueran familia, porque vete a saber cómo se lo montan los gatos en eso de la procreación. El caso es que todos vivían en la misma casa, la de mis amigos Germán y Nadia. Y no he conocido gatos más nobles y cariñosos, con todo lo que se diga de ellos, y capaces de hacerme cambiar de opinión sobre animales domésticos. Nunca pensé que sería capaz de dedicarle un libro a un animal. Compuse el texto en el tren de Santiago de Compostela a Valladolid, y el montaje con fotos en casa.
La penúltima vez que vi a Nefertiti, una gataza común, blanca y negra, estaba dormida en el tresillo, donde la venció el sueño mientras Nadia, Germán, mi esposa y yo (mi hija andaba jugando por ahí) apurábamos una copa y una conversación. La encontré por la mañana, y al oírme bajar las escaleras se despertó, me miró sorprendida, restregó su cuerpo contra mis piernas y puso cara de querer salir a la calle. Un par de horas después vino a despedirse de nosotros.
Tampoco pensé que sería capaz de escribir el panegírico de un animal. Y aquí estoy. Un conductor, igual que yo hace unos veranos, la ha enviado hoy al cielo gatuno. Confío en que Nefertiti estará en el séptimo cielo. Se lo merecía, sin duda.

viernes, 29 de abril de 2011

UN RELATO BREVE

Acostumbraba aquél que decían Don Pío, a mayor deshonra de su nombre, solía digo, jactarse del manejo de la espada tanto como de su lengua, no se sabe cuál más afilada. Andaba a cada poco en justas que él mismo provocaba, ya fuera por exceso de vino o puro aburrimiento, y las más de las veces por el efecto sumado de ambos. Tenía como hábito apostarse en el mostrador, escuchando como distraído la conversación de los presentes y, una vez que oía cualquier mención a damas, conocidas o no, dejaba caer su verbo de forma en apariencia casual, pero medida ante los inocentes feligreses de la taberna que, sin saber cómo, se veían de súbito envueltos en una lid que de ningún modo buscaban. El efecto se demoraba lo justo para echarse un trago al coleto, afianzar los pies y comenzar la serie de saetas verbales. La pobre y ocasional víctima, no sabiendo la que se le venía encima, se defendía retrocediendo, excusándose y rara vez devolviendo el golpe.
-¿Cómo os atrevéis a hablar así de la doncella que velan mis ojos? A fe mía que pagaréis vuestra afrenta.
-Excusadme, caballero, pero tan sólo trataba de entretener el fin de la jornada entre vino y chanzas. Ya sabéis que los hombres somos dados a fanfarronear sobre asuntos de faldas.
-Sólo reconozco una verdad en vuestras palabras: caballero soy. Pero vos no sois hombre.
Y dicho esto, estampaba su guante contra la cara del otro, a lo que indefectiblemente seguía la obligación que se suponía a cualquier hijo de madre: aceptar el reto y batirse en duelo. Disfrutaba Don Pío apenas marcando los golpes, dejando huellas en las ropas y, como punto final, cortando algún tendón que hacía a su oponente llevar el estigma de la derrota para toda la vida. Así iba dejando una cohorte de lisiados que desaparecían para siempre de la taberna.
Quiso el albur que una noche encontrase el mesón vacío. Por matar la espera en tanto algún incauto entraba, se dio a la bebida de forma inusual, hasta que el mesonero consideró tal la ingesta de vino que le convenció de que regresase a casa para dormir.
-Marchad, Don Pío, que el vino, en lo poco, despierta los sentidos, pero en la desmesura los adormece. Y seguid mi máxima: tomad consejo del vino, pero no toméis decisiones en su compañía.
-Razón tenéis, amigo. Hoy no es día de duelos, sino de merecido descanso para quien tanto bien hace al honor de las damas. Acaso tengáis que cerrar vuestro negocio, limpio como está de truhanes.
Salió al fin el caballero de allí, y de vuelta a su hacienda comprobó que todos los lugares de esparcimiento se hallaban igualmente cerrados.
-Flaco favor hago a los taberneros, pero sin duda la sociedad entera me quedará largamente agradecida.
Regresó a su casa tardando acaso más de la cuenta, por mor del trayecto curvo que daban sus pasos, pero al cabo acertó a dar con su hacienda. Entró en la estancia, donde yacía su esposa con varios hombres. Al verla de aquella guisa, tomó su arma, los ojos en sangre, buscó acomodo y protección entre los enseres y se aprestó a repartir espadazos que, por efecto del vino resultaron erráticos. En uno de aquellos, tropezó con su propia arma, se trastabilló y fue a dar contra los pies de la cama, con tan mala fortuna que se atravesó el estómago, dejando fluir una mezcla hedionda de sangre y vino en una especie de transustanciación a la que asistieron los presentes sin mover un dedo para hacer algo que le salvase la vida. La mujer hizo un gesto que los hombres interpretaron como de huida, y al cabo abrió la ventana, llamando a gritos a la autoridad, que se personó en forma de alguacil. Tras más de una hora de agonía, quedó yerto con medio cuerpo sobre la cama y las piernas colgando. Ella declaró lo que había visto, omitiendo que hubiese testigos. El relato resultó tan verosímil que no hubo investigación posterior y se le dio por muerto de forma accidental.
A su entierro asistieron gran cantidad de mutilados: cojos, mancos y tullidos, que se apresuraron a conducir el cadáver, con un cómico vaivén del féretro, y darle sepultura, quién sabe si cristiana, más por asegurarse de que reposaba en el camposanto que por acompañar sus últimos momentos sobre la tierra. La comitiva se alejó con impostada aflicción y terminó por celebrar el óbito en la taberna donde Don Pío solía jactarse del manejo de la espada… con una suerte de justas, podría decirse que grotescamente poéticas.
-No hubo otro como él.
-A Dios gracias.
-Era normal que entre vino y sangre acabase quien tanto vino bebía como sangre derramaba…
-Estaban hechos el uno para el otro.
-Desde luego, cada cuál más peleón.
Todos rieron… excepto el tabernero.

viernes, 22 de abril de 2011

GALICIA CALIDADE.


Un largo y cálido fin de semana en Galicia... antes de que llegue la lluvia. Nadia y Germán nos acogen con los brazos abiertos, las camas hechas y un sol que parece importado de allende Fisterra. La Galicia amable y la profunda en cuatro días, desde la playa de las catedrales al Hell´s kitchen de Fonsagrada: un pueblo semiabandonado con nombre de santo que no es Job pero acaso más paciente.
La casa granja en proceso de acondicionado tiene una trasera que sería delantera de teatro, mirando al verde donde se citan pájaros de buen agüero, incluida Nadia, a la que la crisis ha recortado temporalmente las alas en espera de mejores vientos para el activismo solidario. Germán es ave hiperactiva y migratoria de a cada poco, incluso a lo largo de un solo día, que no es monodía sino polifonía de lo antiguo y lo contemporáneo.
Dejamos guisantes y zanahorias en espera, mientras damos cuenta de otras hortalizas alrededor de la cocina bilbaína. Y lechazo castellano. Nefertiti nos mira clavando sólo sus ojos, es demasiado educada esta gata para usar las uñas, pero con la esperanza de poder hincar los dientes en las sobras. La sobremesa se alarga a la inglesa, con un gin-tonic, el aroma untuoso de la pipa y la lluvia que viene a quedarse.

Tanto da el agua... cuando el vino es bueno y la compañía mejor.


sábado, 2 de abril de 2011

A VECES LLEGABAN CARTAS

Si algo echo de menos en estos tiempos que corren que vuelan es escribir y recibir cartas, pero de las de folio y sobre de adhesivo y saliva. La última chupada, en forma de línea quebrada, me sabía a orina de diabético, como a pis dulce, y sellaba el secreto que sería desvelado, Correos mediante, unos tres días después. Comencé a los diez años a cartearme con niñas y mi primera relación epistolar fue con una galesa, Cheryl, que salió de eso que entonces llamamos mailing list en inglés y ahora se llama así en todos los idiomas, gracias a D. Darío, un señor muy moderno allá por 1975, que nos procuró a los de la clase de los listos una amiga para mejorar nuestra gramática. La buena de Cheryl tuvo a bien enviarme una foto que aún conservo, con una camisa rosa asomando bajo un jersey rojo, su sonrisa de pose y un flequillo inclinado. A las pocas semanas de carteo ella se esforzó por hacerme saber que era una niña, remarcando el Miss delante de su nombre, como respuesta a mi osadía e impericia por tratarla como chico. Por entonces yo no había reparado en que había una caligrafía femenina, redonda y rítmica, y otra masculina, más atolondrada y picuda, como el hombre mismo. Ella me contaba su vida en Gales, las hazañas diarias de ir al colegio, y otras más como montar a caballo y nadar, que para mí, muchacho más bien corriente y de provincias, eran algo magnífico, acentuado por sus dibujos explicativos. Supongo que nos aburrimos y dejamos de escribirnos. Pero conservo sus cartas.
Miss Andrews me estrenó en lo epistolar, pero fueron muchas las que me convirtieron en escritor compulsivo e hicieron que destinase las pocas pesetas que caían en mis manos a comprar sellos, si bien mi padre contribuía con su arsenal guardado en la cartera a solidificar mis relaciones. Luisa, a la que conocí en un certamen escolar de grupos de música o teatro celebrado en Madrid, y a la que amé más dolorosa que gozosamente desde las profundidades de mi alma, fue sin duda la persona que más cartas obtuvo de mi pluma, si bien la reciprocidad siempre fue ley entre nosotros, hasta que me traicionó echándose un novio y nuestra amistad se resquebrajó. Que ella tuviera once años y yo trece al comienzo de nuestro amor (o al menos mío, de eso doy fe) no significaba nada. Incluso en ocasiones la vi como madre de mis hijos, de cinco niños preciosos que culminarían una historia de película. Pero los hechos insistieron en ir por otros caminos y tuve que asumirlo entre lágrimas de adolescente, que son igual de saladas que las de niño o de adulto. Ahora ella es una mujer guapísima, felizmente casada y madre de una niña tan guapa como ella, cosa que sé porque soy más pesado que un CD de chill out y conseguí su dirección de correo electrónico el año pasado. Eso es lo bueno de estos tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

CARNAVALES


No siempre se puede lo que se quiere, sobre todo cuando la economía doméstica manda, nada de grandes transacciones empresariales, sino la de todos los días. Por ese motivo tuve que quedarme en casa, con pena y ganas de ir a Florencia, donde estuvieron algunos de mis compañeros de trabajo. Mientras ellos se empapaban de Miguel Ángel , Galerías de los Uffizi y la Academia, y demás monumentos gloriosos, y disfrutaban de la vista del Arno desde el ponte Vecchio, yo me conformaba con una exposición municipal sobre el Valladolid antiguo, un paseo a la orilla del Pisuerga, que tampoco es mal río, aunque lo tenga muy visto, y unas compras por el casco antiguo de mi ciudad, que es lo que probablemente haría un florentino de visita por aquí.
Reconozco que me estuve acordando durante los cinco días, y hasta llegué a imaginarme y casi verme entre ellos, contemplando el David o admirando la catedral de Santa María del Fiore. En fin, una oportunidad perdida.
Sin embargo, el miércoles, a la vuelta, algunos de los viajeros me sorprendieron gratamente, no sólo diciéndome que me habían echado de menos, sino con algunos regalos que no esperaba, todos relacionados con la música, y lo que es mejor, entregados con cariño que percibí sincero. De remate, hoy me han dado más, porque ayer se le olvidaron a una profe en su casa, y después otro souvenir que yo había encargado previamente, y que han querido donarme con la excusa de mi cumpleaños. Y otra más que no había salido de España, pero al pasar por un mercadillo también vio algo que me gustaría, lo compró y me lo entregó.
Así que me he venido a casa con mis cositas bajo el brazo y una sensación que hacía mucho que no tenía, como de que me quieren más de lo que merezco, y me tienen en más alta estima de lo que creía. Con lo guerrero que soy, hay que jorobarse.
Ahora estoy sentado frente al ordenador, acordándome de vosotros, si dijera vosotras sería más justo, porque sois mayoría, que sabéis quiénes sois, por lo que no voy a enunciar vuestros nombres, como los artistas en el turno de agradecimientos. Tengo la autoestima mucho más alta que de costumbre, gracias a esa selecta parte de mis compañeras, que incluye a algún hombre. Y al que se ofreció a arreglarme los ordenadores también. Y al que me da un abrazo y dos besos aunque es del Barça. Y al que sufre cuando oye voces de azafatas de vuelo. Y al que llamé ayer por teléfono y le faltó tiempo para hacerme un gran favor. Y a casi todos los demás.
Lo repito: gracias.

miércoles, 9 de marzo de 2011

MÚSICA PARA CRUSTÁCEOS


Mis cigalas amaestradas Gumersindita y Recesvinto, ensayando el estudio op. 10, nº 5, "Notas negras" de Federico Chopin, en su versión a cuatro pinzas.

sábado, 19 de febrero de 2011

LA CAJA RÁPIDA

Tarde de compras en el súper de El Corte Inglés. Tras un par de parrafadas con dos amigas y varias vueltas de acá para allá, me pongo a la cola con una cesta escasamente poblada. Dejo los chismes en la cinta transportadora y la cajera, con gesto entre adusto y directamente de mala leche incontenida me espeta:
-Lleva usted más de diez artículos.
Un poco sorprendido, miro alrededor, y le pregunto:
-¿Más de diez?
-Claro, esta es una caja rápida. Y sí, muchos más.
-Vaya, pues ni me he dado cuenta, ni siquiera sabía que hubiera cajas rápidas.
-Sólo desde hace veintitrés años, caballero.
Miro arriba, donde señala la vista de la cada vez más desagradable cajera. Veo el cartel: "Máximo 10 artículos".
-Supongo que habrán cambiado el rótulo desde entonces. Si no, estaría amarillo.
Calla. Respira. Piensa. Ataca:
-Le cobro porque no hay gente haciendo cola. No sabe usted las broncas que hay.
No me extraña, pienso, a poco que la provoquen. Menuda fiera.
-De todos modos, si sólo puede cobrar de diez en diez, -noto que me voy creciendo y ella menguando-, no se preocupe. Como mi hija y yo somos dos, podemos llevar diez artículos cada uno. Cuente diez, los pago, y vuelva a contar.
Me mira por encima de las gafas, creo que le debo la vida a sus cristales graduados, que impiden el paso de rayos y centellas. El resto de la transacción no presenta mayores contratiempos, aunque me abstengo de hacer más comentarios para evitar innecesarias tragedias.
Pago mis más de diez cosas, recojo mis bolsas, que ella ha llenado amablemente y antes de marchar, me despido.
-Buenas tardes, muchas gracias.
En la escalera mecánica mi hija, que es larga por dentro y por fuera, me dice:
-Vaya cajera borde.
-No, hija. Cumple con su obligación al pie de la letra. Y además lleva 23 años currando en la caja rápida. Hay que entenderla.

sábado, 12 de febrero de 2011

UNA LIMOSNITA PARA EL DOMUND


Con la cantinela (o cantilena, que cuanto más escribo más dudas tengo) que adorna esta entrada, los niños de mis felices años 70 asaltábamos sin pudor a los transeúntes, previa clase teórica en el colegio o la parroquia, y práctica en la casa propia con nuestros padres y hermanos. Los vecinos eran nuestras siguientes víctimas, y de allí nos lanzábamos a otros edificios colindantes, con esa técnica de puerta fría, para acabar llenando los huecos de nuestra hucha en la calle. La hucha es la protagonista de mi texto, pues resulta que esta semana me he agenciado un par de las de negritos, originales, con su pegatina y todo. El adhesivo era, convenientemente pegado entre la tapa y la base, la garantía de que el importe íntegro de la recaudación llegaría a buen fin. Me consta que había compañeros hábiles en el despegado y repegado, prestidigitadores y algún chapucero sin recato, lo que por otro lado confirma que el mundo, tras muchas vueltas, no ha cambiado tanto en lo que se refiere a codiciar y apropiarse de los bienes ajenos.
Los modelos de hucha eran variables: un chino con sombrero de recolector de arroz y un negrito que mostraba sus dientes superiores y los ojos en blanco, como con glaucoma, no sé si porque los moldes no permitían mayor detalle o si era para darle más patetismo al niño. Creo recordar, aunque no estoy nada seguro, que había más razas representadas, quizá un indio con coletas. En aquellos tiempos no había recato en llamar negros a los negros, indios a los indios ni chinos a los chinos, no como ahora, que todos son de colores pero los únicos de color son los negros, afroamericanos si son americanos de color, menudo lío. Lo cierto es que a falta de oenegés que colgasen anuncios nosotros exhibíamos nuestra hucha-busto, sacudiéndola para que sonasen las monedas, sacudiéndola para sacudir las conciencias y corriendo a veces para que no nos sacudieran un portazo quienes se hartaban pronto de dar limosna.
De vuelta a la parroquia o al colegio entregábamos nuestra cabecita de amerindio, de afroamericano o de asiático llena de buenas intenciones, el cura desprecintaba la tapa inferior, contaba el importe y te felicitaba por tu esfuerzo con un "los pobres niños te lo agradecerán" . Después nosotros presumíamos, si era el caso, de ser los más hábiles recaudadores, con argumentos de corredor de bolsa o broker, "es que mi barrio es muy obrero pero solidario" o "hasta que no le saqué un duro no dejé de darle la matraca al tío aquel", hasta el año siguiente, en el que pedíamos otra hucha igual si habíamos llenado la del anterior, o preferíamos cambiar, no fuera a traer mal fario el negrito con los ojos en blanco.

martes, 8 de febrero de 2011

ELOGIO DE LA IMPERFECCIÓN

















Mi amiga Europa cumplió años la semana pasada. Le llevé de regalo una de esas cosas que se me ocurren de vez en cuando, o mejor dicho, que hago de vez en cuando, porque lo que es ocurrírseme, es a diario. Antes de salir de casa me pareció bien incluir un texto y otro cacharro, por si le parecía poco. Como no estaba en su estudio se lo dejé a Fernando, que es amigo común, aunque sospecho que algo más de ella. Unos días después recibí una carta electrónica que me arregló el día, que había amanecido más que atravesado. Estaba titulada como esta misma entrada, y en ella agradecía mi detalle y valoraba los múltiples defectos de ejecución, como diría un arquitecto al ver una obra propia "perpetrada" por un aparejador poco escrupuloso. Cierto es que de algún modo le di pie por el contenido de la carta que acompañaba al paquete, pero me encantó su forma amable y sutil de darle la vuelta y usarla para tan buen fin. Como quiera que Europa y yo compartimos un amigo, una docena de emails, algunos vinos y pocas pero muy densas conversaciones, he dedicido incorporarla a mi escueta galería de ilustres y de paso invitarla a jamón ibérico.
Y que cumplas muchos más.

domingo, 6 de febrero de 2011

RANKING DE CATEDRALES



Tras atravesar los 46 kilómetros de niebla que ayer la separaban de mi ciudad, pasé el día en Palencia. Desde mis lejanos tiempos de estudiante en la UNED no había vuelto a pasear tranquilamente por los Jardines del Salón, ni ido de tiendas por la calle Mayor. Despúes de la comida nos acercamos a la Catedral, que llaman La Bella Desconocida. Nada más franquear la entrada principal se acercó al trote una mujer para darnos la bienvenida en forma de ticket por valor de dos euros. Le pregunté si el óbolo era voluntario, a lo que respondió que obviamente no. Como no entiendo de obviedades, le dije que la entrada en la catedral de Valladolid, por ejemplo, era gratuita. En ese momento parece que se le dispararon las alarmas, no a la iglesia palentina, sino a la guía, y trataré de reproducir la conversación, que me pareció y sigue antojándoseme surrealista.
-¿La de Valladolid, dice? Claro, -me explica con un tono medio burlón. - Es que es... otro estilo.
-Ya sé que es de otro estilo, mujer,
-Herreriana, -me interrumpe. -La he visto muchas veces, porque estudié varias carreras en Valladolid.
-Ya, así que según el estilo se pone el precio, según usted.
-No es eso, pero es que esta catedral es otra cosa. Y por eso hay que pagar. Fíjese, las hay más caras, como la de Toledo, que cuesta 7 euros.
-¿Y la de Santiago de Compostela? Nunca he pagado por entrar.
-Bueno, -duda, como dándose cuenta de que el argumento cojea, -pero es que hay gente que tira papeles y chicles al suelo y hay que pagar a alguien para que lo limpie.
-O sea, que un católico que cede el 0,7% de la liquidación de su IRPF a la iglesia católica no paga de sobra los sevicios de limpieza... Claro, luego nos quejamos de que se metan con los curas.
Como veía que no iba a conseguir nada, que no era ahorrarme el dinero, aunque lo pueda parecer, sino un poco de empatía, le di las gracias por su amabilidad y le hice una última cuestión.
-Perdone, ¿a qué hora empieza la misa?
-A las seis.
-¿Y a misa se puede venir gratis o hay que pasar por taquilla?
-Tiene usted que entrar por la otra puerta, que lo pone bien clarito afuera, -su tono se hizo un poco más grosero, -pero sólo al altar mayor.
-Gracias y buenas tardes.
Salí de allí pensando en cómo asistir a misa sin echar la vista alrededor para no contravenir las normas mercantiles del Cabildo, o sea, ora a ciegas. Recordé que la Basílica de San Pedro no cobra entrada, y sin duda es una iglesia mucho más "de otro estilo" que la de Palencia. En fin, que me gasté los dos euros en un chupito de café, y algunos euros más en las rebajas.
Ya en casa, me ha dado por investigar los precios de entrada en otras seos, y he encontrado cosas curiosas:
En Sevilla se pagan 8 euros por una visita sin guía, pero es gratis para (y cito textualmente) jubilados, desempleados, sevillanos y discapacitados. Si yo fuese sevillano me haría poca gracia la exención tal y como se redacta.
La Nueva de Salamanca es gratis, pero a la Vieja se accede pagando 4,75 euros y se incluye la visita al claustro y al museo. Los martes hay entrada libre de 10 a 12.
Granada: 3,50. Segovia: 3 euros.
Por lo que parece, la de mi ciudad debe de ser una de las pocas en las que no se paga. Pues menuda birria, seremos los últimos en el ranking. Junto con Santiago de Compostela y San Pedro de Roma. Supongo que Juan de Herrera, el Maestro Mateo y acaso Miguel Ángel andarán disgustados por el agravio.

EL MISTERIO DESVELADO

sábado, 29 de enero de 2011

EL ENIGMA NOSECUANTOS

De un tiempo a esta parte (qué asco de introducción, mal pinta la cosa) los enigmas han tomado lugar preferente en la literatura, y quien dice enigma dice código o algo poco menos que indescifrable. No exagero si digo que en mi biblioteca hay más de seis títulos que empiezan con esa especie de muletilla que se ha impuesto, como si los autores al usarla ya captasen una gran parte de la atención de los posibles lectores. Imagino una conversación en una librería:
-Joer, macho, "El enigma del códice secreto", menudo libraco.
-Pues anda que "El código enigmático", del Brin Down, eso sí que es literatura de la buena.
-Permítanme que les sugiera "Los templarios enigmáticos y sus códigos secretos" de Chrickeal Michton, una auténtica obra de arte-, dice la dependienta.
De pronto el tercer amigo se planta delante de un anaquel con títulos de saldo (de saldo el título y el libro):
-Oye, que por 5,95 tienen "El enigma Vivaldi", "El experimento Velázquez", "La décima sinfonía", "El enigma Stradivarius", "El coleccionista de sonidos" y "El escándalo Modigliani".
La diferencia entre unos y otros, aparte lo obvio, se encuentra en si son traducciones o no (algo cada vez más difícil de descifrar, ya que muchos escribidores leen tantas traducciones del inglés que escriben como si fueran sus propios traductores); si el autor es conocido o de medio pelo (incluso los hay que firman con pseudónimo, quizá porque aún les queda algo de vergüenza torera), y el marketing o los primos que tengan en una editorial.
He leído algunos de los libros que menciono en mi no tan imaginaria conversación de amigos en librería, es decir, los que existen de verdad (véase el final del post). Los compro, los río y los almaceno. Y puedo demostrar que no hay mejor chiste que el que no trata de serlo.

Pd.- Reto a mis cuatro seguidores fieles a que me digan, sin previa consulta en google, cuáles de los títulos que he mencionado son reales, es decir, corresponden a obras publicadas. La respuesta aparecerá en mi próximo texto, que va a ser foto.

domingo, 23 de enero de 2011

SI YO FUERA PRESIDENTE (COMO DECÍA MI PAISANO GARCÍA TOLA)


Si yo fuera presidente de un equipo de algo, dejaría la camiseta como prenda obligatoria, pero permitiría que los jugadores escogieran su pantalón o sus medias, igual que hacen con las botas por motivos publicitarios y económicos. Y si presidiera un partido político, por decir algo, me sentiría mal sabiendo que muchas de mis opiniones o "sugerencias" no se pondrían en duda públicamente , no por su idoneidad, sino atendiendo a la disciplina de partido, esa especie de patrón que obliga a decir amén para dar imagen de uniformidad. Si perteneciera a una peña deportiva, sería desgraciado cuando el equipo contrario jugase mejor que el mío sin poder expresar mi admiración. Si fuese enólgo, me molestaría no poder alabar el vino de mi vecino, como si eso hiciese peor el mío.
Me cabrea que me digan que soy de un partido cuando critico lo que hace mal el de la oposición, o que no soy de uno cuando valoro las virtudes del otro. Creo que no soy de ninguno, porque me gustaría quizá ser de todos y eso no se puede. Tibio, indeciso, me llamaron en una ocasión (o en varias, la misma persona). Libre, le dije.

sábado, 15 de enero de 2011

TEORÍA SOBRE EL ABURRIMIENTO, EL ARREPENTIMIENTO Y LA OBLIGACIÓN AUTOIMPUESTA.


Menudo lío, para empezar el año.
La cosa surgió hace dos días, cuando en un mensaje de facebook alguien me regaló una inofensiva frase: "el aburrimiento es la enfermedad de las personas felices" (que hoy le habría valido la portada del suplemento cultural de un diario). Como mi recién estrenada "amiga", (ya se sabe el significado de esta palabra en facebook) no me conoce, aunque yo a ella bastante más, porque es una persona que acompañó mi juventud desde la televisión, y de la que solo (me cuesta suprimir la tilde) diré que sus siglas son B.R., por no presumir de amistades ilustres, no sospechaba que su cortesía al enviarme tres mensajes me haría pensar. La lista de reflexiones podría ser cuasi-interminable, porque uno se plantea infinidad de asuntos sobre la humanidad de lo divino, la divinidad de lo humano, la accesibilidad de lo aparentemente inaccesible y otras cuestiones de dificultad variable, como los chubascos. Lo cierto, y lo directo, es que me chocó la contundencia de su frase, le di unas pocas vueltas y le comuniqué que algo escribiría en mi blog. Aunque su respuesta ("suerte", dijo) me sonó a despedida, a pase de pecho, como arrepentida por haber confiado en un desconocido, tal como está el patio de locuelos, chalados y dementes obsesivos (que creo que no se ajustan a mi perfil), no pensé en dejar correr la oportunidad que inconscientemente me brindaba. Y en estas me hallo, con apenas dos frases a modo de guión (¿se decía guion con la nueva ortografía?) que he escrito esta tarde en un folio, y el blanco desafiante aún por enturbiar.
Cuando fumaba, hace poco más de un año, lo hacía con remordimientos. Si bebía más de la cuenta, acto asociado al tabaco y que se desvaneció con él, mi conciencia me gritaba al oído. A partir de una hora de ocio, de dolce far niente, mi cuerpo se revuelve, cosa que agradece mi osteópata, pero no mi cabeza. En suma, todo placer que exceda de lo que mi Pepito Grillo considera aceptable, me atribula más que apaciguarme. Así que me cuesta entender su frase, tu frase, querida B.R., (y perdona la licencia) por más que me guste o me gustaría hacer mía. A veces me logro convencer por un momento de que cumplo mi jornada laboral y merezco descanso, pero como no me siento cansado no lo necesito. Otras, las más, creo que simplemente estoy dejando que la calma chicha de mi vida me engulla.

Espero no haberte aburrido, B.R. Te confesaré, ahora que nadie nos mira, que la primera vez que recibí un curso sobre internet, hace más de diez años, me llevé un disquette de 3 pulgadas y pico, de los que ya no existen, y busqué tus fotos, que en el siglo pasado eran menos abundantes y de peor calidad. En mi impericia de principiante, y con las prisas y la vergüenza, las guardé en formato banner, que si no me equivoco, eran algo así como fotillos diminutas e imposibles de ampliar, cosa que descubrí al llegar a casa. Y créeme que sólo tengo a tres personas en mi galería de celebrities: V.M., S.S. y tú.
P.D.- Como sé que eres de ciudad con puerto de mar, te dejo la foto de arriba, por si lo echas de menos. Y para que no haya dudas, he cortado el mar, que no era el tuyo.

sábado, 1 de enero de 2011