jueves, 4 de diciembre de 2014

IN MEMORIAM (Y VAN...)

Después de revisarlo, contar y recontar, por ver si arañaba unas décimas, me di cuenta del error. Lo pensé mucho antes de decidirme. Nos había advertido de que, en vista de los resultados, bajaría el aprobado, o sea, sería benévolo para compensar la dificultad del ejercicio, un examen de evaluación. Pero aún así no me sentía satisfecho. El sentido de la justicia que mi padre me inculcó me obligaba a decírselo.
-Don Jesús: el examen está mal corregido.
Lo dije sin temor. Sonriendo. Era un profesor exigente, y justo a carta cabal. Mi denuncia le pilló de sorpresa y noté que se puso en guardia, aunque estuviera acostumbrado a las reclamaciones desesperadas de los adolescentes. 
-¿Dónde me he equivocado?, -preguntó con su voz profunda, la misma que usaba para las explicaciones tiza en mano, cuando no había pizarras digitales.
Señalé con el dedo sobre la hoja en la que figuraban mis más errores que aciertos. Repasó el problema. Se rascó la cabeza. Volvió a repasarlo. No salía de su asombro. Se había equivocado, cosa que no es infrecuente en un profesor ni en nadie. Levantó la vista. Como le veía confuso, le facilité la tarea.
-Me ha contado bien este ejercicio, Don Jesús. Y está mal. Me sobra un punto.
Su rostro cambió por completo. Apartó el folio y me hizo un gesto para que me acercara, para que nuestra conversación fuera más confidencial. 
-Si te quito el punto, tendré que suspenderte, -dijo bajando la voz. 
-Tendrá usted que ponerme la nota que merezco. Ya me esforzaré en la recuperación.
-¿Estás seguro?, -insistió.
Mi cara fue la respuesta.
Tomó el boli rojo, tachó mi nota y escribió la nueva con un punto menos. Volvió a mirarme, esta vez con ojos de padre.
-No me esperaba esto. Muchas gracias. 
Me apretó el brazo, lo que interpreté como señal de cariño. Regresé a mi sitio. Mi compañero, que por entonces estaba repitiendo curso, me miró como si yo fuera bobo.
Al llegar a casa se lo conté a mi padre. Me felicitó por mi honradez y no hizo mención a la nota baja. Sé que se sintió orgulloso de mí, porque mi padre era mucho padre. No recuerdo si acabé aprobando aquella evaluación, pero tengo la vaga idea de que sí, gracias a la benevolencia del profesor, que probablemente compensaría la limpieza de mi cuaderno o mi interés, usándolos como argumento en la sesión de evaluación. Durante el resto del curso aprobé y suspendí más exámenes de matemáticas. Cuando fui de los pocos que aprobaron con nota el control del "número e", que se había llevado de calle a mis compañeros más aventajados, Don Jesús se alegró aún más que yo, y me hizo una confidencia respecto al mal perder de los empollones de la clase. Nunca hubo más quejas, no había razón para ellas. Sus correcciones posteriores jamás fueron discutibles. Aprobé el curso con dificultades. 

Años después, tuve a su hija como alumna. Siempre me acordaba del episodio, que no he contado para sacar pecho ni presumir de honradez, sino con lágrimas retenidas, pero jamás se lo mencioné. Además era una estudiante ejemplar, de las de diez tras diez, no sólo en inglés, que era la materia que yo enseñaba, sino en todo. Sus exámenes no admitían discusión: eran perfectos, así que no me dio ocasión a regalarle ninguna nota para agradecerle el trato exquisito que su padre me había dispensado siempre. Le pregunté un día por Don Jesús. 
-¿Le conoces?, preguntó con la timidez que la caracterizaba.
-Claro. Fue mi profesor de matemáticas en segundo de BUP. Dale recuerdos.
Supongo que no se acordaría de mí, pero nos encontramos en la calle, éramos casi vecinos,  y al verme cayó en la cuenta.
-No sabía que te dedicabas a esta tarea, -me dijo. Sé perfectamente que se acordaba del asunto porque su mirada me resultó tan paternal como cuando era su alumno nada destacado. Nos veíamos con frecuencia y echábamos una parrafada sobre la enseñanza. Y sé que Don Jesús me respetaba casi tanto como yo a él.
En la celebración de las bodas de plata de mi promoción, estuvo en la cena. Nos saludamos con afecto sincero, bajo la mirada escéptica de otros profesores que tuve y cuya consideración no acerté a ganarme, más bien al contrario, aunque no les culpo, porque yo nunca fui un alumno dócil, sino incómodo por decirlo de algún modo. 

Cuando me enteré de que estaba enfermo, me llevé un disgusto gordo. Le vi después de la operación, paseando con su esposa, su hija y su nieta. Charlamos un rato, manteniendo el tipo, y le deseé que se mejorase con las mejores palabras que pude encontrar, que no eran muchas. La cara de su mujer me dio la pista de que la cosa era muy grave.

Acabo de regresar de su misa de funeral, de la que he tenido noticia diez minutos antes de la hora, mientras leía el periódico. Me he vestido a toda prisa. He pasado un mal rato, muy malo. Primero, al llegar y ver a algunos de mis profesores y maestros, porque me he sentido mayor; luego, cuando el director de mi antiguo colegio ha hablado de él al finalizar la eucaristía de despedida; y sobre todo al dar el pésame a su hija. Al verme, me ha llamado por mi nombre, creo que extrañada por mi presencia, y excepto un "lo siento" que me ha salido en un hilo de voz bastante húmedo, no hemos hecho otra cosa que abrazarnos y besarnos. Las palabras son poca cosa. Las personas somos poca cosa, pero los gestos nos ayudan. 
Bueno: algunas personas son muy importantes en nuestra vida, aunque ya hayan pasado a otra mejor. Y no tengo duda de que Carnero, Don Jesús Carnero, ya está disfrutando de ella. Se la ha ganado. 

PD: Me habría gustado que mi entrada número 200 tuviera otro cariz. Quizá sea que mi profesor de matemáticas merecía un número redondo.