sábado, 18 de noviembre de 2017

QUE CUARENTA AÑOS NO ES NADA.



Hace algo más de un mes me llegó un "guasá" de alguien que no estaba en mi lista de amigos. Se identificó como Carla, una ex alumna del año en que empecé a trabajar en el colegio. El motivo era invitarme a la celebración de sus nosecuantos años sin falda "príncipe de Gales" o pantalón gris en el caso de los pocos varones que entonces se animaban a ir a un colegio de monjas, hasta entonces exclusivo para niñas. (Por cierto, antaño se permitía que las chicas vistieran pantalón, como ahora piden algunas feministas. Por lo visto éramos unos adelantados a nuestro tiempo. Lo de chicos con falda ni se planteaba ni se plantea). Acepté el convite aunque posteriormente tuve que declinarlo, no en latín, por otro compromiso familiar que  había pasado por alto. Reconozco que también pensé que, con dos copas y un ambiente distendido, a alguna se le podía caer el mito, si es que alguna vez lo fui. En 1990 yo era un joven de veinticinco años y no era difícil caer bien por el mero hecho de ser un hombre en un claustro con mayoría de mujeres. 


Hoy nos hemos reunido en la sala de conferencias. Algunas de ellas tienen hijos a los que doy clase, lo que me hace sentir un vejestorio, y ya conocen el centro. La mayoría llevaba más de veinte años sin pisar por aquí y se han sorprendido del cambio. Comentaban sus recuerdos: sor Tal o sor Cual, este profesor, el día que me echaste de clase no sé por qué... y después han vuelto a la sala para disfrutar de un vídeo muy emotivo con fotos de cuando eran de agustinas. Carla ha cerrado el acto oficial con unas palabras temblorosas, como sus manos, que sujetaban la chuleta. Hoy se podía chuletear sin castigo. Al despedirnos, una se ha acercado:
-Acabo de ver la orla. Ya te he reconocido. -Puñalada inocente-. 

Lo que me enorgullece de mi trabajo es ver a mi alumnado de entonces convertido en adulto, y pensar que de algún modo, espero que positivo pese a las meteduras de pata, he contribuido a su formación humana. Me doy cuenta de que el esfuerzo merece la pena. Algunas de ellas se dedican a la docencia y saben de qué hablo. 
Me he quedado con las ganas de darles las gracias por acordarse de mi y de paso pedirles perdón por las veces en que se sintieron injustamente tratadas. Pueden estar seguras de que en mi ánimo sólo estaba ayudarlas, aunque en ocasiones uno no pueda, o directamente no sepa cómo hacerlo. Lo cierto es que si alguna tenía cuentas pendientes lo ha disimulado francamente bien y se lo agradezco de corazón -uno tiene sus miedos-. El perdón también se enseña en los centros religiosos. He evitado subir al estrado para que las lagrimillas de emoción no escaparan, que andaban rondando y ahora mismo lo siguen haciendo, no por mostrar debilidad, pues no la concibo en el hecho de llorar, sino por no chafarles la fiesta. Es día de alegría, y deseo que en este momento en que se llegarán por los postres o la primera copa que acaba por aflojar el tornillo que sujeta las verdades, rían de felicidad por el reencuentro, confiesen sus secretos antiguos y, en definitiva, muestren su cara de los domingos aunque sea sábado. Me habéis hecho muy feliz durante dos horas. Gracias, chicas (y chicos). Recuerdo que decía en mis clases: "la única diferencia entre vosotros y yo es que he nacido antes y me ha dado tiempo a aprender más cosas, pero eso se arregla... con más tiempo". Digo yo que ha quedado demostrado.

(Mi primer día de clase entré trajeado. Meses más tarde, una alumna me confesó que había gritado: ¡que viene el nuevo, y está muy bueno! 
-¿Eso dijiste? - pregunté entre sorprendido y halagado.
-Sí. Es que te vi de lejos).

sábado, 11 de noviembre de 2017

EL TIEMPO Y EL TEMPO

De la obsesión de mi padre por la puntualidad suiza me quedaron algunas virtudes rayanas con la manía, como la capacidad de observación y la misma tara de andar todo el tiempo controlando el reloj, sincronizándolo con radio nacional de España o el 092, el número de teléfono gratuito que cantaba: "veinte horas, siete minutos, diez segundos, piiiii". A los quince años le gané una apuesta al P. Oñate, "el pila", una vez que se empeñó en hacernos entrar en clase antes de la hora.
-Aún no son las cuatro, dije tras consultar mi reloj, que sería cualquiera de los de mi padre.
El cura, profesor de física, tenía un reloj que nos parecía atómico al que concedía más crédito que una tarjeta black. Contrariado por mi seguridad, me llevó a empellones hasta la clase, un anfiteatro con gradas donde hacía experimentos. Me dio el auricular del teléfono y marcó el numerito ese que daba la hora exacta.
-Quince horas, cincuenta y ocho minutos, cuarenta segundos, piiiii -dije imitando la voz grabada.
-¡Déjame! -respondió mientras me quitaba el aparato y se lo pegaba a la oreja. Escuchó atentamente y tuvo que claudicar... pero sólo un poco y momentáneamente. 
-¿Me puedo ir?
-No. En lo que sales ya serán las cuatro -sentenció. Quédate sentado.
Cuando entraron mis compañeros, algunos de los cuales estaban conmigo al comienzo de la discusión, los miré con cara de triunfador, aunque de nada me sirvió porque el profesor me frió a preguntas hasta las cinco, como venganza por mi afrenta.
Desde entonces mis relojes eran la referencia para toda la clase y mis amigos me miraban con cara de "¿qué hora es?" cuando la lección se ponía coñazo. Como además mi hermano y yo éramos probadores oficiales de la colección de relojes de nuestro padre, venían de vez en cuando a ver qué "peluco" llevaba ese día.
Años más tarde quiso la fortuna que en mi muñeca luciera su mejor pieza, orgullo paterno, el día que cumplía treinta y seis. Al llegar a casa del trabajo, mi padre me preguntó la hora, se la dije y la cotejó con otro que se ajustaba automáticamente, un Junghans radiocontrolado.
-Adelanta un poco. Déjamelo.
Fue al cuarto pequeño, en origen el de la criada que nunca tuvimos, donde guardaba las lupas y destornilladores con los que modificaba el tornillo enano que controla la presión del muelle real o qué se yo, y me lo dio de nuevo.
-Muchas felicidades. Ah, ya no me lo devuelvas. Quédatelo.
Sabiendo el aprecio que tenía a su reloj me pareció el mejor regalo del mundo.

No siempre los relojes de mi padre eran mis aliados. Las pocas veces que fuimos a la playa en familia, mis hermanos y yo teníamos que esperar tres horas justas, sin minutos de gracia, a hacer la digestión antes de bañarnos, ya fuera de un café bebido o de un cocido montañés. Tres interminables horas, por más que mi madre le recordara que un colacao no requería de tanta espera.
Sentado en la toalla miraba a la gente, preferiblemente de sexo femenino; a los que jugaban a las palas; a mi padre por ver si se apiadaba; y a veces, si se podía, al mar, que siempre nos quedaba muy lejos no fuera a subir la marea de golpe, tal era el miedo de mi progenitor a que nos pasara algo. Cuando acertó a encontrar el significado de la palabra "hidrocución", que poco tenía que ver con el temido corte de digestión, yo ya era mayor para bañarme cuando me diera la gana.

Con sueldo fijo no me ponían hora en casa, pero las seis en punto  a.m. era el límite que yo me fijaba cada sábado -ya domingo- después de la jornada de ventas en el Corte Inglés. Una vez, a menos cinco, Onrubia me dejó a la puerta de casa y la chica que venía con nosotros, a la que luego Jose llevaría la suya -de la chica, que era mujer-, insistió en enseñarme su piso con no sé qué excusa o sin ella.
-Es muy tarde -le dije-. Mi cama me llama. Quizá otro día...
Probablemente el propietario de la cama que me recibiera era el punto de discordia y de ahí su insistencia. Viendo que no era capaz de convencerme, optó por la vía de la afrenta o el reto:
-Puede que otro día no me apetezca.
-Correré el riesgo -respondí. Y salí del coche a escape. A las seis, "como un clavo", entré en el domicilio familiar.

Lo del tempo tiene que ver con la precisión, cosa que he ido aprendiendo de mis profesoras de música y últimamente de Nacho, el director de la agrupación vocal con la que canto. Para contentarlo hacen falta dos relojes perfectamente sincronizados con RNE, con sus manos y con su respiración. Y prepárate si uno hace tic y el otro tac: los dos tienen que sonar "taek". En caso de duda, ya está Toño, el profesor de inglés, que nos da la pronunciación exacta.

Gracias, papá. Ya sabrás que ahora, cuando voy a la playa, me da igual la hora: ni me baño ni me acerco a la orilla. El chiringuito queda lejos. Y si hay un tsunami, que me pille contento.

domingo, 22 de octubre de 2017

DOMINGO: DEPORTE.

Cuando era alumno del Sanjo, "los jesuitas", había un tal Paúl, un tipo guapo y fornido que jugaba al rugby. Era de los mayores, esos a los que recuerdas cuando te vas del colegio. Militaba en el Universitario, allá por los setenta y tantos, y salía en "el Norte de Castilla" los lunes, igual que Chus Landáburu, un palentino de Guardo que jugaba en el Real Valladolid de fútbol y acabó fichando por el Rayo, luego el Barça y después el Atlético de Madrid. José Carlos Muñoz, profesor de educación física, entrenaba al Michelín de balonmano. Gonzalo Cuadrado, otro de "gimnasia", llegó a ser director del INEF en León. Luis Blasco, el de "¿cuánto haces en miiiiiiil?", era entrenador de atletismo. Silvano Bustos, un tío desgarbado y buena persona, jugaba al baloncesto en el Fórum. Félix Tremiño y Edilberto de la Fuente corrían los tresmil obstáculos (tres kilómetros pegando brincos y saltando la ría) y alternaban primer y segundo puesto en campeonatos junior. Alfredo Lahuerta devoraba los ochocientos en minuto cuarenta y ocho. También destacaba Borja, otro centrocampista de quitarse el sombrero, al que admiraba aún más por jugar con mi hermano, Fernando, que era mi ídolo deportivo y de más cosas, muy parecido por velocidad y recursos al Pato Yáñez, solo que en guapo, rubio y con los ojos azules. También practicaba atletismo hasta el cuatrocientos. Hoy sólo le ha cambiado el color del pelo y corre menos porque en el golf hay que andar. 
Mi colegio tenía una colección de profesionales, no había duda. Eran nuestros ídolos aunque quizá no los valorásemos en su justa medida por tenerlos en casa, como suele suceder.  Los conocía a todos, y me sentía orgulloso de compartir patio con ellos, aunque no habilidad deportiva, porque era de los que aprobaban raspado cuando no suspendía la asignatura de EF. Cosas de la vagancia y otras limitaciones. 
Un día alguien me sugirió que me apuntase a rugby. Me dio la risa: un tío enclenque rodeado de gorilas no era mi ideal deportivo. Ya jugaba a fútbol y baloncesto, o mejor dicho, entrenaba, porque en los partidos chupaba banquillo. Pero lo del "oval", como se dice ahora, me quedaba bien grande.
Lo que entonces se me escapaba era lo que ahora entiendo: el rugby era el deporte educativo por excelencia. Tratan al árbitro de usted; acatan sus decisiones públicas -hay un micro que todo el mundo puede escuchar- sin poner pegas y si protestan se ganan una sanción que perjudica a  su equipo. Y lo que es mejor: hacen pasillo al vencedor y celebran el tercer tiempo en el bar. En tiempos de bronca, trampas y malos modos, el rugby es el ejemplo -no sólo para ir a hacerse selfies al estadio, que eso pasa en todos los deportes-. Será por ello que hasta a unos tiarrones de un par de razas que juegan para Nueva Zelanda como si fueran una les han dado el "princesa de Asturias". 
Y a "Les luthiers", por supuesto. Pero estos juegan en otra liga.
PD.- La granadina Alhambra Nievas ha recibido el premio a la mejor árbitro o árbitra internacional de rugby. 
-Aquí no hay cuotas -dice orgullosa, y no es para menos.
Es guapa, muy guapa. Pero ese no es el premio. ¿Es o no educativo el rugby?

sábado, 14 de octubre de 2017

BILLY ELLIOT, MADRID, MADRID, MADRID Y "MIS CELÁNEAS" FAVORITAS


Anduve ayer por Madrid, de andar y andar y, ¡cómo no! se me disparó la máquina de los recuerdos que funciona como quiere y en el orden que le da la gana.
Madrid era, de pequeño (no el foro, que siempre fue enorme para mí), el lugar donde vivían mi tío José Luis -el único hermano de mi padre-, mi tía Luisita y mis siete primos de cuento, tan enanos como cabritillos. Luego crecieron mucho, pero por fortuna no se hicieron cabras. Nos veíamos poco, porque la autopista crecía conmigo -nació conmigo- a paso lento y era de peaje, como ahora, así que íbamos por el puerto con las paradas acostumbradas para purgar los mareos sin "biodramina". Llegábamos con el SEAT 1500 verde echando el bofe, y el pobre supongo que le contaría el mal rato a su hermano blanco y bifaro, el 1500 de mi tío. Fernando y José Luis eran tan iguales y tan distintos...
Madrid era sólo Ponzano 26. De hecho, hasta hace un par de años, no vi la plaza Mayor, pese a haber estado cerca, en el kilómetro cero, donde nos citamos los pardillos con los del foro para no perdernos, como me dijo Mercedes, una madrileña que conocí de vacaciones en Fuengirola. La otra vez que nos vimos, quedamos en la plaza de Alfredo Mahou, que es nombre bien chulapo y cervecero. Espero que a nadie se le ocurra cambiarle el nombre por uno políticamente correcto, como Plaza de Cero Cero, ahora que San Miguel y Mahou son la misma empresa. (Espacio cedido para publicidad sin encubrir).
A punto estuve de vivir en Madrid en 1990, cuando opositaba a azafato de IBERIA -las agustinas misioneras me evitaron el mal trago, gracias a Dios-. Cada vez que iba a hacer un examen, en coche, autobús o tren, sudaba hasta deshidratarme: las gitanas que te echaban la buenaventura -o malaventura si no les dabas una moneda del tamaño adecuado-; los taxistas, sólo unos pocos, que preguntaban el consabido "¿por dónde le llevo?" para ver si pasabas el test, al que aprendí a responder con un "por donde haya menos tráfico, que me estoy meando"; los trileros y otros buscavidas parecían estar esperando mi llegada. 
El día de la entrevista personal previa al cursillo fue el de mi gloria, purgatorio e infierno después del juicio final.
-¿Se ha enterado usted del terremoto de San Francisco?
-La verdad es que no. He llegado anoche desde Valladolid y tengo el sueño profundo. Ni me he enterado.
Por suerte rieron la ocurrencia del paleto.
Luego pateé las calles, ora solo, ora acompañado y así conocí de pasada lugares sólo accesibles sin perderse para población autóctona o con años de peregrinaje. De paso me despedí de tres "asuntos pendientes" -más bien me despidieron-: entre el viernes de llegada y el sábado de partida cené con Gema, desayuné y comí con Natalia y tomé café con María. Eso sí: todas fueron elegantes y generosas en la despedida y me dieron un beso de castidad variable. También me despedí de los aviones antes de despegar. (Por acrecentar los recuerdos, ayer me crucé por Goya con un exfutbolista, hermano de una azafata alta y guapa, ambos originarios de Pucela).

Billy Elliot, el musical, me llevó de nuevo a los madriles. Ya sea en formato fílmico o teatral con banda sonora, no ha perdido su capacidad de hacerme llorar. Bueno, se ha acrecentado: sólo lloro al final de la peli, pero el musical me sacó lagrimitas contenidas en más momentos. Será porque han cambiado el orden. Así me ahorré la llantina mientras se encendían las luces. El cabreo por los dos bares incluidos en la sala, aparte de los del ambigú de cada planta no me lo quitó nadie. Cuando se necesitan palomitas y refresco para disfrutar de un espectáculo es que algo falla, quizá el presupuesto y la urgencia por cuadrar las cuentas. 

(En unos días se celebrará la SEMINCI. Al menos durante esa semana los palomiteros podrán poner cara de entendidos en cine. Supongo que por eso se publican en FB pocos selfies delante de "Las meninas" en El Prado).

domingo, 1 de octubre de 2017

MI NUEVO CORO NO ES UN CORO (HASTA AHÍ PUEDO ESCRIBIR). ¿QUÉ ES SER MAYOR?


Una compañera de trabajo me comentó en mayo que había unos tíos  que querían hacer un coro (solo de hombres) y me pasó el contacto. Lo leí y anduve pensándomelo unos días. La cosa parecía muy profesional, no económicamente, por ser una asociación cultural sin ánimo de lucro -mal empezamos- sino por el planteamiento:
-"Se valora buen nivel de inglés hablado y leído, idem de lenguaje musical. Límite: 55 años. Prueba de acceso".
Ya soy mayor para Operación triunfo, pensé, esperando no serlo para otros menesteres menos triunfales, si cabe. De ahí mi demora. Opté por escribir un correo, incluyendo los vídeos del Cuarteto Muzikanten, por ver si me libraba del casting, que en dialecto profesional se llama audición, ese trabajo que dicen tener los cantantes que no tienen trabajo. Como no obtuve respuesta, me tocó tragar con la norma general y audicionar, o sea, ser escuchado/aguantado por el director, con su infinita paciencia. -Nadie que dirija un coro puede estar exento de ella-. Después de la obra obligada, que cantan los supporters del Liverpool en cada partido, aunque no me dejó darle al whisky para meterme en el papel, y otra de libre elección, me adelantó su veredicto no vinculante:
-La única pega es que eres mayor.
Considerando que mayor es un comparativo de origen latino, que no significa necesariamente viejo, no quise tomármela a mal, aunque un poco me escoció y lo fui rumiando de camino a casa de mi madre, que a punto de cumplir 83 se lo tomó a socarrona risa de la abuela Felisa.
Nada más regresar de mis vacaciones playeras llegó el email de admisión, redactado con cierto venenoso suspense, por no decir cabroncete. Y unos días más tarde, me enviaron ocho hermosas obras, ocho, para aprender de memoria ASAP (¿no pediste manejo del inglés?). Ahí te las torees. Después, la convocatoria de inauguración.
Una de las primeras cosas que dijo el director fue que "este coro no es un coro". Quería decir que huiríamos del estereotipo (será que cantaremos en cuadrafónico por tener cuatro voces e incluso más) de señores con partitura. Por si las moscas, me quise asegurar, a riesgo de parecer bobo, saltándome la máxima de Groucho Marx ("es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo").
-¿Quieres decir con eso que tampoco vestiremos de negro corporativo? -Ya he contado aquí que me hace gracia el uniforme de los que huyen del uniforme, como si el negro riguroso no dejase de uniformar la alternativa. Quizá no sea hoy día para escribir sobre mayorías y minorías que comparten defectos y virtudes, más de unos que de otras según quién opine-. 
-Ni pajarita, traje ni corbata.
Respiré aliviado, justo lo contrario de lo que hacen mis tres amigos del Cuarteto Muzikanten cuando me ven aparecer antes de un concierto, o hacía Germán Díaz, que justificaba mi vestimenta diciendo:
-No se lo tengáis en cuenta. Es pianista.
Tras la presentación del proyecto y una caña sin Homeovox, regresamos al local cuyos efluvios compartimos con bailaoras de sevillanas. Una hora más tarde ya teníamos la primera obra montada de memoria, igual que la nata: al rato acaba por desmoronarse, aunque nos fuimos antes del desplome.
No se me permite desvelar más del asunto, así que quien quiera, que siga leyendo. En unas semanas habrá otros medios de masas para enterarse, redes sociales y tal. Por hoy ya he contado bastante. Y de paso me han sugerido una lectura (acabo de encargar el libro) para matar el rato: "¿Está usted de broma, señor Feynman?".

domingo, 24 de septiembre de 2017

ESTHER GORDO Y LA CALIGRAFÍA. BUSCANDO MI DUCTUS.


Uno agradece cualquier excusa para bloguear los domingos...

Aún conservo docenas de cartas en varios cajones de mi casa, de la de mis padres, de cuando era escribidor, lo que no he dejado de ser. Antes de la llegada de internet y el eficaz email, las personas nos comunicábamos de un modo menos frío y mucho más emotivo. Escribir una carta suponía un esfuerzo placentero: elegir y comprar papel, sobre y sello; escribir pausada, enamorada o alocadamente,  -o todo al tiempo- según el día y el destinatario; acercarse a la oficina de correos o al buzón y, de vuelta a casa, contar las horas hasta recibir respuesta, bajando al portal a revisar el casillero como hoy se consulta el wasap, solo que atendiendo al horario habitual de los carteros. A veces volvías corriendo del colegio, preguntabas si había carta para ti y en lugar de enseñarte una epístola amistosa tu madre te daba con las notas de la evaluación en todo el morro.
Uno se esmeraba con buena letra para evitar confusiones, sabiendo que no todos los que recibían mis cartas eran farmacéuticos, de hecho ninguno lo era, aunque había una amiga a la que escribí cuando estudiaba esa carrera, pero nuestra relación epistolar fue muy breve porque no contaba con el beneplácito de su novio.  Otra amiga, o más que eso, Aidana, se adelantó a la moda de los emoticonos, adornando sus misivas con dibujitos breves y muy concisos, algunos de los cuales no superarían la censura del mensajero este instantáneo que nos ocupa media vida.
-Mi padre, que mañana cumpliría ochenta y cinco años, tenía una letra elegante, particularísima, de la que he copiado algunos trazos-.
En alguna ocasión me carteé con americanos del norte, cuya letra parecía un tipo más del word, como si todos ellos recibieran clases de caligrafía estadounidense. 
En España, un tal Rubio se encargaba de adiestrarnos en el arte de escribir bonito, y de paso nos enseñaba aritmética. Creo que lo sigue haciendo con sus cuadernillos verdes.
Solía ejercer de perito calígrafo, tratando de adivinar mensajes ocultos según fuera la letra de quien me escribiera, o incluso aventurarme a descifrar su personalidad. Una carta no era sólo un relato de los últimos días, sino una especie de ficha policial.

Ayer me dio por apuntarme a un curso de caligrafía. Lo hice por varios motivos que minimizaban el impacto de perderme la siesta del sábado: era cerca de casa, no demasiado pronto como para verme obligado a engullir el segundo plato y lo impartía una ex-alumna, Esther Gordo, de la que ignoraba que, aparte de ser ingeniero (o ingeniera, ella dirá), dedicaba sus horas libres a imaginar, diseñar, pensar, escribir letras. 
Esther pertenecía a la primera clase de la que fui tutor en 1990, un sexto de EGB con cincuenta alumnos y amplia mayoría femenina, gracias a Dios. En la misma aula estaba María José, que hoy es una de mis muchas jefas en el colegio. Nunca sabes con quién ni dónde te vas a encontrar en el futuro, así que procuro llevarme bien con todo el mundo, por si las moscas o los mosqueos. 
Al entrar en la tienda-taller, "ideas en polvo", Esther ya estaba esperando frente a la enorme mesa de trabajo junto a Deiana, la simpática y guapa propietaria de origen búlgaro. Delante de cada silla había una caja de cartón con un rótulo primorosamente caligrafiado en el que se leía el nombre de cada participante. Por ser el único hombre me habían colocado en un lado corto de la mesa, el más alejado de la puerta. Aunque dijeron que era para presidir, intuí que sería para evitar mi huida, no sólo por minoría numérica sino habilidosa. Mis compañeras de curso, todas encantadoras, aguantaron mis bromas, esas que suelo usar cuando estoy nervioso. Y como venganza, demostraron que eran mucho mejores que yo manejando la plumilla.

Mientras Esther explicaba los ejercicios yo la veía sentada en una de aquellas cincuenta mesas de 6ºA, con sus once o doce años, el babi azul a rayas y la sonrisa casi perenne, salvo algunos accesos de genio, que sacaba de vez en cuando. Ayer sólo conservaba la sonrisa, porque es una mujer guapa, alta y sobre todo inteligente y sensible. De algún modo me sentí partícipe de su formación, de una mínima parte, y me invadió una vanidosa satisfacción por verla esplendorosa y feliz. Que además compartiese conmigo su gusto por el arte me complació aún más. Me dije: "mi trabajo tiene estas recompensas".

Reconozco que la engañé un poco al pedirle que escribiese "Cuarteto Muzikanten" y que hace meses, cuando supe gracias a internet que era calígrafa, estuve a punto de solicitar presupuesto para el mismo rótulo. Luego le expliqué el porqué de mi capricho y hoy mismo acabo de pedirle permiso para publicarlo. Lo menos que puedo hacer es ser agradecido y darle un poco de publicidad, que la merece de sobra:
http://esthergordocaligrafia.com/

Pasé cuatro dichosas horas escuchando, mirando, sacando fotos y, por encima de todo, disfrutando. Ahora tendré que buscar otra excusa para no usar los varios juegos de plumines y tintas que se almacenan en mi escritorio.

Pd.- La letra que aparece en la primera fotografía es mía. Asumo mi culpa por no haber esperado a que Esther escribiera más y se pudiera observar la "sutil" diferencia... En la otra foto, Esther demostró que se puede escribir hasta con una herramienta previamente maltratada por el alumno díscolo y torpón. Y cuando le dije que no era "muzikante" se las apañó para colgar la n. 

Al despedirnos esbocé un abrazo agradecido que quizá sorprendió a Esther por mi efusión, pero era mi forma de manifestar la euforia. 




                                                                               ... gracias, Esther.

domingo, 10 de septiembre de 2017

MARCO LEONATO, BLOW, CUARTETO MUZIKANTEN...



El amigo Marco Leonato, que grabó nuestro vídeo de promoción en la iglesia de San Cebrián de Mazote, se sorprendía esta semana del éxito que habían tenido las fotos que hizo durante un concierto de Blow, pedazo de grupo rockero vallisoletano, después de compartirlas en FB. Entre agradecimientos casi se disculpaba, con humildad desacostumbrada entre artistas, por considerarse fotógrafo aficionado y no merecedor de tanta loa. Suele pasar, creo, que los comentarios positivos sobre el trabajo de alguien coinciden con este cuando tiene la autoestima bien alta, cuando es realmente bueno o en el caso de que sea justamente lo contrario. -La autocomplacencia es enemiga de la excelencia. El elogio debilita según de quién venga y quién lo reciba. A mi madre le encanta todo lo que hago, pero es mi madre y mira al polluelo con ojos de gallinita orgullosa-. 
Después de un concierto, lo que me deja pensando es la crítica del amigo que olvida serlo durante una hora, explicándome qué le disgustó y por qué, con argumentos basados en el conocimiento. Aunque lo mencione de paso y ni siquiera eso, lo bueno se da por supuesto. Uno ya es mayorcito para separar la paja del grano. -Hace años, un crítico de prensa, ex-cantante mediocre y resentido, aprovechaba cada concierto del coro universitario para hacer y repartir leña contra el director, con el que tenía algún tipo de cuenta pendiente. Era un hombre documentado en lo suyo, pero la inquina le dominaba. Los comentarios técnicos que esgrimía en otras críticas desaparecían cuando el objeto de su ira era mi querido D. Carlos y me dolían más que a este mismo, que las tomaba a chanza. Luego resultó que a sus amigos los ponía por las nubes, vamos, que se le veía el plumero de lejos y sin gafas-.
El miércoles pasado no encontré médico de urgencias, sólo una amiga enfermera de SACYL que no estaba facultada para dispensar recetas en su nombre ni hacer parte de baja que justificara una faringoamigdalitis aguda con disfonía provocada por la cagalera de los nervios. Después de saludar a mis familiares y amigos se me pasó de golpe, así que los fallos de afinación fueron culpa mía. Es lo bueno de no depender de la taquilla.
Gracias a los que vinisteis, a vuestra paciencia, aplausos y críticas, las mejores medicinas.
El próximo concierto será de pago, pero prometo que aunque la sala esté vacía nos esforzaremos por ofrecer una actuación digna, superar nuestras carencias y buscar el nivel de excelencia que podamos alcanzar dentro de nuestras posibilidades. Y si hay fallos, como los hubo esta semana, la culpa no será sólo -algo sí- del empedrado. 
Me encantó veros a todos, absolutamente. Y daros besos y abrazos, mucho más.

Pd.- Gracias, cómo no, a Toño, David y Eugenio por seguir aguantándome. Y sobre todo por ser amigos, músicos y críticos. 

domingo, 20 de agosto de 2017

EDUCACIÓN

Con este blog hago como con las cartas a la revista semanal que dan -no regalan- con el diario: escribo cuando me apetece o algo me toca la fibra. 
Esta es mala semana para escribir, porque hay colmillos afilados, los más tuiteros de pocas letras y mucho veneno, y por mucho que te expliques hay tantas interpretaciones como escribidores: sensibilidad a flor de piel; quid pro quo; ley del talión; tú, ¿de qué vas?
Como no he encontrado letra pequeña que me impida publicar mi carta antes de enviarla al concurso, premio mediante, aquí la dejo:

Se alude a ella con harta frecuencia cada vez que sucede algo que nos acongoja, casi siempre coincidiendo con un delito, desde la leve “falta de educación”  del niño que molesta en el chiringuito de la playa, hasta el más contundente “¡falta educación!” con todos sus matices intermedios. El informe PISA y las comparaciones –ranking- de universidades o colegios/institutos no recogen más que resultados académicos, un dato objetivo que obvia  otros de mayor calado, como la cultura –histórica y tradicional no son lo mismo- de un pueblo o la importancia e inversión que cada gobierno destina a la base sobre la que sustenta el devenir de la sociedad que le encargan gestionar. Será por deformación profesional que todo lo acabo llevando al mismo molino. Ya sea la caza de ballenas en Lembata (Indonesia) o los casos crecientes de pederastia en España, ambos tienen el mismo nexo: la educación. Que cada uno lea y entienda lo que su educación le permita.
Mientras en nuestro país el magisterio, o como se llame según los múltiples y cambiantes planes educativos que se alternan según quien gobierne, sea una carrera que se nutre de unos pocos vocacionales y otros muchos residuales por falta de nota en la EvAU/EBAU, seguiremos adoleciendo del mismo problema. Todos ellos –vocacional no significa profesional ni residual es sinónimo de aficionado-,  necesitan formación y exigencia, amén de compensación y estímulo acordes con la tarea que se les encomienda, que además no termina cuando se recibe el título. Un maestro tiene que serlo hasta que se jubila, ni un minuto antes.

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El día en que nuestros políticos apuesten –a caballo ganador, no albergo dudas- por cimentar el estado con solidez, no con las frágiles columnas de la ideología sino mirando al futuro, habremos comenzado el camino, el buen camino, como dicen los peregrinos en la ruta jacobea. Un edificio se construye desde la base: educar (del latín, “educare” o “ex ducere”, según versiones) es la palabra básica.

lunes, 14 de agosto de 2017

HEREDEROS DE GÓMEZ SAN JOSÉ


Por desgracia, a partir de cierta edad -en la que me llego-, las reuniones familiares se hacen a toda prisa y sin querer para despedir a uno que se va, y reina cualquier cosa menos la alegría completa. Por suerte, hay románticos que se molestan en convocar a todos sin que aparezcan un día antes en la letra pequeña del obituario. Fernando y Rebeca, primo e hija de prima, decidieron hace un par de meses que era el momento de saltarse el cruel protocolo para hacerlo absolutamente festivo. 

Mi familia supera con creces la media de procreación que evitaría la extinción del ser humano. Eran tiempos rurales en los que no tener coche y piso en propiedad importaban mucho menos que perpetuarse, y no somos un Mustang. La emigración, necesaria para la subsistencia, se encargó de repartir a los ocho hermanos, que se fueron asentando a orillas del Cantábrico, el Esgueva -cuya orilla juntó a la rama pucelana- y el Sequillo, y de ahí al Mediterráneo y al Sena y al Pisuerga. Otros mares y ríos terminaron por conocer a los herederos de Serafín y Felisa, mis abuelos maternos.

Ayer, domingo, más de cincuenta personas de cuatro generaciones compartimos mesa. Puede que otros tantos faltaran, pero estaban presentes, ya fuera porque excusaron su ausencia o porque sus descendientes los honraban con su heredada forma de ser. La fortuna sin lotería -alguna pedrea, quizá- nos ha ido colocando donde ha querido, con rachas mejores y otras menos buenas. No había cochazos aparcados a la puerta, joyas ni más lujo que el de vivir sin deudas o las pocas que el mercado bancario impone. Quizá por eso nadie haya perdido el rumbo. Los únicos que necesitaron presentarse fueron los de la cuarta generación, móviles mediante y alguna dificultad idiomática entre plato y plato. El resto seguimos siendo reconocibles: un puñado de personas entre algo currantes y muy currantes que no olvidan su procedencia y se enorgullecen de su sencillez, de crecer sin medrar, como mandan los cánones de la humanidad bien entendida en tiempos tan inhumanos. 

En 1918 se casaron Serafín y Felisa en San Cebrián de Mazote, el pueblo con iglesia más que noble. Allí o cerca estaremos todos, incluso alguno más de los que no pudieron venir, y quienes aún están por llegar, si Dios quiere. 

Gracias a Rebeca y Fernando por el esfuerzo de juntarnos, con el certificado de boda de mis abuelos como testimonio-regalo y el árbol genealógico que se pierde en la inclusa por  vía Felisíaca. ¿A quién coño le importa la supuesta nobleza del apellido? Las personas ennoblecen al nombre y no al revés. Y me enorgullece tener un San José intercalado cada cuatro apellidos, como sé que se sentirían aquellos antepasados que por mor de los tiempos y las circunstancias no pudieron o quisieron dejarnos el suyo. Los descendentes de Felisa y Serafín no vestimos ringorrango, ni falta que nos hace. La única herencia que nos importa es la de poder abrazarnos todos, sinceramente, sin excepción, en honor de la madre que nos parió, porque esa es la verdadera herencia: la que no figura en las cuentas corrientes ajenas. 

Pd.- Alberto, que aparte de primo era -y es- amigo, se dejó besar por mí. Hasta a sus hermanos les sorprendió. 
-Eres el único hombre capaz de besarle -dijo una de las "melgas", Elena-. 
Resulta que su cámara de fotos y la mía son casi iguales. Será por eso. Tenemos formas semejantes de ver la vida, muchos años después.

sábado, 12 de agosto de 2017

MÁS JACOBEO, CAPÍTULO SEGUNDO


No sólo de deporte vive el hombre. La anécdota tenística fue una pequeña parte del Camino, porque tanto da que Gala fuera tenista o antenista: es una gran persona concentrada en menos de metro setenta que, como decía uno de los iluminados de la radio, "vale más por lo que calla que por lo que sabe". Alejandra lo lleva con inteligente paciencia, y bien que les va para preservar su amistad.
Aparte del encuentro casual, hubo otros más y tan merecedores de mención: Montse y Enriqueta, las amigas "granaínas" que miraban a Santiago con los ojos despistados en otras cuestiones de mayor calado que abrazar al Santo por la espalda -a Gala y Alejandra no les dejaron porque iban con Jerry, el perrito. No encontré a San Antón para contentarlas-; mis colegas maestras, Elena "Sieteapellidosvascos y un Valencia" y Rita, la sarda que habla castellano mejor que el presidente del gobierno y tiene más conchas de quita y pon -no sólo de vieira- que el mismo Mariano, y Sandra y sus secuaces, conquense y emeritenses de mucho mérito que abrazan de frente, sustituyendo la ausencia de Clara, que es mi abrazadora de cabecera en tierras del apóstol. Fernando y Ángel, hermano y cuñado respectivamente, venían de casa conmigo, pero eso no sólo no les quita mérito sino que añade el plus de aguantar y respetar mis rarezas-caprichos-chaladuras, dos penitencias en una, de las cuales sólo tiene certificado la oficial de llegar a la plaza del Obradoiro, porque yo no pongo sellos visibles. 
Aunque era reacio a pernoctar en Santiago, pura vagancia, acabamos por encontrar alojamiento y ahora no me pesa, todo lo contrario: la última noche, ya santificados unos y mortificado yo por mi poca dureza, mereció la pena. Fue una especie de remate, de prórroga con el partido ganado, un tie-break o brindis a toro pasado -show must go on-, en loor de multitudes u olor, pero duchados y acicalados. Ahora que lo sé, no me perdonaría jamás haber perdido las charlas profundas impropias de la madrugada con Elena y Rita; los abrazos de Sandra, Ana e Inma y el ambiente gallego a deshoras. Y la despedida de Montse y Enriqueta, que andarán ahora en su tierra de mar y montaña entre sus propias montañas y mares.
Sólo faltaron Germán y familia, pero las cosas no tienen por qué ser perfectas. Lo bueno es enemigo de lo mejor, y está por llegar ultreia. O one step forward.

viernes, 11 de agosto de 2017

EUROJACOBEO 2017


El camino de Santiago, si alguna vez existió tal como lo cuentan, se ha convertido en los últimos años en atracción turística, un parque temático que se prolonga desde cualquier sitio, según apetencias. Dios o el propio apóstol me libren de juzgar a nadie, que uno es libre de ir donde quiera por el motivo que se le antoje. Si la fe mueve montañas, aquí, donde no se exige fe y se contempla el supuesto "por motivos personales", se mueven montes y en muchos casos depresiones. 
Hace dos semanas, en mitad de una siesta, me invitaron por wasap a participar como coche de apoyo. La somnolencia traicionera pronunció un "sí" tan creíble que el viernes pasado no encontré excusa para apearme antes de Sarria. Mi cometido era bien sencillo: conducir. A falta de librillo oficial, fui sellando mi diario, más bien nocturnario, que se quedó en diez páginas con logo y apenas tres escritas sin más objetivo -aparte del de mi cámara- que matar las horas de espera. La casualidad y/o el destino quisieron que en el segundo tramo me encontrara con una persona a la que conocía sólo por la tele. Ella no estaba por la labor de dejarse reconocer, pero mi hábil interrogatorio acabó por hacerla confesar. Una vez desvelada su identidad, muy a su pesar, lancé mi bomba definitiva para desarmarla.
-Tengo algo en casa que hace más de dieciséis años pasó por tus manos. 
Abrió los ojos, sorprendida y claudicante.
Gala León fue tenista profesional, una de las buenas de España y de entre las treinta mejores del mundo. Aprovechando su laxitud de cinco horas andando, que por lo visto dolían más que las mismas corriendo y pegando a la bola con la zurda, ora plano, ora liftado, ora cruzado, ora paralelo, le solté el relato a bocajarro.
-Tengo una camiseta de Indian Wells, año 2001, con tu firma y las de otras tenistas. Mi amigo Juan Ignacio -primo de una de las firmantes- me la dio de tu parte. 
Tardó poco en reconocer a mi amigo pero la memoria no le daba para mucho más mientras pedía una Mahou cinco estrellas de un tercio en tierra de Estrella de Galicia, que esta chica madrileña va contracorriente. 
-Para que te firmaran, dijiste que era para un amigo tuyo que era deficiente.
Gala se defendió como si al otro lado de la red estuviera la Graff.
-Yo firmaba todo lo que me pasaban.
Tuve que explicarle, recordarle, que inventó la historia para evitar el hastío de sus rivales, aburridas de tanto autógrafo que no fuera para firmar el cheque.
-No, mujer. Metiste la camiseta y contaste aquello para contentar a un desconocido que, dieciséis años después está tomando una cerveza contigo.
Gala, Alejandra -su compañera de viaje-, Fernando, Ángel y yo comimos en el restaurante de su albergue hasta casi la hora de la merienda, y Jerry, su yorkshire terrier, apuró las sobras. Tan eufórico me encontraba que hasta pensé en comprarle uno a mi hija. 
Hasta llegar a Santiago nos vimos a ratos y allí nos despedimos con abrazos y besos. 
De lo que me contó, aunque daría para ser invitado de "Sálvame" -a donde ella ha evitado acudir- semana tras semana y retirarme de la docencia, no pienso soltar prenda, aunque me dio permiso. Lo que sucede en el Camino se queda en el Camino. Sólo diré que ahora miro y veo a los deportistas como seres más humanos, con sus debilidades que cada uno suple como le parece. Y que ya no soy fan de Conchita, ¡ea!
Pd.- Por algún extraño motivo, el blog se niega a dejarme poner la foto de la camiseta firmada. Lo haré en cuanto me deje. Gracias a Gala y Alejandra, su luminosa sombra, por permitirme su publicación. Y para Jerry, guau, guau.

domingo, 30 de julio de 2017

LENGUAS ESPAÑOLAS (70007)


Franqueada por fin y por los pelos la barrera de las 70.000 visitas -¡qué difícil es ser leído cuando no hablo de Germán Díaz!-, retomo mi rutina escribidora dominical para evitar mi siesta y quizá provocar la ajena. El verano, como a otros la noche, me confunde. Yo, al contrario que Javier Marías, miro cuántos lectores tengo como el pobre los céntimos de su cartilla de ahorro. Más que vanidad -que también-, necesidad de saber que hay alguien al otro lado de internet, ya que no cobro por ello.

Una amiga charra-zamorana corrige con cariño mi leísmo pucelano, que me parece una preciosa joya distintiva. Le devuelvo el guante, que ella recibirá con idéntico cariño. Carmen, como ella dice, es mucha Carmen en la riqueza y la pobreza, la exuberancia y la realidad (en su caso viene a ser lo mismo), que la humildad le tira de la sisa.

Por si acaso, consulto la gramática de la RAE -primera referencia-, el "panhispánico de dudas" y alguna página web más o menos fiable en la que al menos la gente razona sin faltas de ortografía. Sigo vacilando, pero entre almóndigas, cocretas y tildes diacríticas que dejaron de serlo, lo del laísmo y el leísmo, Cervantes o Delibes mediante, me parece una insignificancia. Sabiendo cómo se reparten los sillones de la academia, -arrojándose al intelecto las cifras de ventas- me sobra con discutir con el autocorrector. 

Si me queréis, "irsen". Mejor: si no me queréis, iros.

Pd.- Mireia Belmonte, plata en 400 metros estilos. Otra medalla para una mujer española. Ni una sola para un hombre. La raza hispana manda: las mujeres nadan mientras los hombres las miran desde el chiringuito. 

sábado, 29 de julio de 2017

MEDIO VERANO A LA PORRA


Siempre me sucede lo mismo: comienzo el primer día de vacaciones con los mejores propósitos -el de dejar de fumar es sólo para primeros de año- y, por hache o por be, me quedo casi solo con el de descansar, que me lo habré ganado, digo yo.
El comienzo de la debacle se dio en la jornada de convivencia del profesorado. Visitamos la catedral de Valladolid, esa que según Llamazares -"Las rosas de piedra"- y muchos otros es tan fea, no sólo por inacabada. Subimos hasta la cúpula de la única torre en el ascensor, ocurrencia de un alcalde a quien le perdían las obras públicas y, como era pronto para comer, me dio por visitar después el museo diocesano, ubicado en los restos de la antigua colegiata pegada a la seo. Luego saqué las entradas para el concierto de la Peyroux, del que ya he dejado comentario, tomé café con mi madre, estuve de charla con Toñín, el peluquero, y llegué al restaurante con mi amigo y tocayo del colegio. 
Al día siguiente me dio por leer sobre la catedral, después de consultar bibliografía y preguntar a Salvador Mata, que algo sabe de piedras rotas. Compré un libro y me puse a la tarea de conocer algo más sobre la iglesia principal de mi ciudad, cosa que parece exclusiva de turistas, tan dados a valorar más lo que se encuentra a cuantos más kilómetros mejor de su propia casa. 
Los diez días reglamentarios en la playa me trajeron la lectura de una novela histórica que encontré por casualidad en un supermercado, basada en el asesinato del caballero Ezpeleta a las puertas de la casa de Cervantes, a quien se atribuyó la autoría. A la vuelta tiré de biblioteca para releer la documentación del caso. Resultó complicado ubicar los hechos, porque poco queda de aquella ciudad con ínfulas, menos aún los nombres de las calles.
La biografía de James Rhodes me tuvo atrapado a ratos, con saltos a "Platón y un ornitorrinco entran en un bar" y una novela brevísima de una rusa a la que su madre obligaba a tocar el piano. 
Acabando el mes, sigo con el libro de la catedral, echando de menos un poco más de atención a las clases de arte del P. Aniano en COU. El escaso vocabulario sobre arquitectura adquirido aquel año, más preocupado por mis compañeras que por el estudio, lastra el avance de la lectura. 
El lunes termina julio, y no sólo no he vendido una escoba sino que he comprado un aspirador.

Así que cuando me pregunten dónde he pasado las vacaciones, no tendré otro remedio que responder con cierta vergüenza: por las calles de Valladolid. Y sin fotos que enseñar, porque si no apareces en traje de baño con el mar al fondo y una caña, no te hacen ni caso.

lunes, 17 de julio de 2017

MÁS-CELÁNEAS


Hablo mucho con mis alumnos. Opino que es necesario. A veces me consultan sobre el futuro y siempre les digo que hay que tener un plan B a menos que uno tenga clarísimo el A, incluso pese a ello. La vida es tan complicadamente sencilla que exige alternativas, por si acaso. 
Yo nací sin planes. Me lo hizo notar el psicólogo del colegio cuando me llamó a su despacho después de evaluar mi test de aptitudes profesionales, "bahtcha" tras "bahtcha" (era extremeño y decía "basta" con su acento tras cada ejercicio: dejen el lapicero cuando yo diga "bahtcha"). 
-"Menoh" militar -él lo era, coronel Baeza- "uhté" puede ser cualquier cosa. No tengo "máh" que decir.
Y la cosa era que a mí me atraía todo. Lo de no ser militar se comprobó en 1986, pero no tuve tiempo para comunicárselo al psicólogo, para que viera su acierto pleno. 
Lo malo de no tener vocación de nada es que a los diecisiete años te obligan a decantarte, aunque ahora sea peor con lo de los itinerarios del bachillerato. Lo bueno es que casi cualquier cosa sirve. Imaginemos que a un político -no a todos- le pidan que se defina... antes de saber con qué partido tendrá más oportunidades. En mi primera carrera fallida hubo uno que se ofrecía a las tres candidaturas para el claustro con la única premisa de que le dieran los primeros puestos, porque quería salir a toda costa. Saltó de la derecha a la izquierda, pasando por los intermedios, hasta que consiguió su objetivo. Hoy en día es senador del PP, -se jacta de ganar 6000 euros limpios por tocarse los cojones, con todas las palabras y todas las letras- aunque podría serlo del PSOE, FN o Podemos -que aún no existía-. El político de raza es, ante todo, político. Luego ya se verá de qué raza. (Tengo un cuñado que fue expulsado de IU por excesivamente rojo -sacar los colores al respetable-, y después de amar a Rosa López le puso los cuernos con Albert Rivera, con quien tampoco rasca bola).
Probé con la psicología, pero la UNED está hecha para ciclistas: gente de otra pasta. La mili o media mili me dio tiempo a pensar y acabé por ser maestro. Ya que no era capaz de dibujar mi destino, el destino me mandó un croquis. Mi profesora de piano tuvo a bien explicármelo y jamás le estaré lo suficientemente agradecido.
-Estudia magisterio. En pocos años cambiarán los planes de estudio y podrás enseñar música. -Ella ya había desistido de la idea de convertirme en pianista, como dejé escrito en este blog-.
Entre mis amigos del cole, que son una gran parte de los que tengo ahora, hay un abogado con despacho. Opositó durante unos años a funcionario, pero se cansó de la disciplina y se asoció con un familiar. Hace días me comentaba que no es necesaria la vocación para ser un buen profesional: basta con tener claro a qué te dedicas, te guste más o menos, y esforzarte, convencido de que lo que te da de comer merece tu atención. Le pregunté qué le habría gustado ser y su respuesta fue contundente:
-Restaurador de obras de arte. -Si hubiera confesado que deportista de élite habría tenido que poner entre paréntesis su máxima sobre lo vocacional, pero es un tío serio y cabal, y su raqueta Kawasaki no daba para más-.
Chema tiene muy buena mano -excepto para el tenis y el padel-. Asistió a clases de dibujo y pintura, me compró una acuarela -eso es amistad- cuando "me hice pintor" y si no se puso a exponer creo que fue más por ética y decencia, amén de timidez, que por falta de habilidades -que atesora más que yo, de largo-. Los padelistas -antes de descubrir las benéficas propiedades  de la eyaculación para prevenir males de espalda, como asegura Nacho, el otro licenciado en derecho aún menos vocacional que Chema- envidiábamos sus clases con modelo desnuda, más aún sus descripciones inflamadas para despistarnos entre golpe y golpe. No me apunté porque se me habría notado demasiado y porque la modelo cobraba un plus, supongo que de peligrosidad ante rijosos viejunos.
Hoy mismo me llegó un wasap de otro amigo del alma para contarme una oferta de trabajo que tiene que ver con su vocación, en este caso clara, meridiana, la madre de todas las vocaciones. Sus otras obligaciones le impiden aceptarla. Es otro tío cabal, fiel, un ejemplo de seriedad. Me he sentido chafado por él. Cuando Sharon Stone llama a tu puerta tienes que explicarle que estás con Penélope Cruz, que tampoco está mal pero no es lo mismo.
Mierda de vocación. Menos mal que tengo muchas, como Groucho principios y, si no te gustan, tengo otros.
Pd.- Gracias a Andrés y Onrubia por hacer que me creyera pintor. A Fuentes y Pilar por idem de fotógrafo. A Luis Cantalapiedra y Germán por lo mismo como músico. A Carmen, Patricia y más gente por verme como escritor. Y a mi esposa por seguir creyendo que valgo para todo. A Ana Torroja, que dijo "sólo soy una persona". Siento defraudaros... a todos.

domingo, 16 de julio de 2017

LO IMPORTANTE Y LO OTRO. UN POCO DE TENIS, PARA VARIAR.

Año 2000. Estaba tirado en el sofá, cambiando de canal por mero aburrimiento, cuando acerté a sintonizar la final de la copa federación de tenis, la Davis para mujeres. Las españolas iban perdiendo, y perdieron. A punto de darle a otro botón del mando, entre el público me pareció ver una cara más que conocida. Me levanté del sillón para pegarme a la tele y unos minutos más tarde, en efecto, comprobé que Juan Ignacio estaba allí, con cazadora de piel, entre las jugadoras del equipo nacional -se entiende que español-, celebrando los pocos tantos que podían apuntarse contra las americanas. Su prima, Vivi Ruano, formaba parte del combinado -hay que ver lo difícil que resulta encontrar sinónimos- patrio. Después del partido le envié un email para contarle que le había visto por la tele, o quizá le llamé por teléfono, pues allí ya se había inventado la tarifa plana a cobro revertido o qué sé yo, que nos permitió la charla distendida y gratuita, igual que años antes durante una final de Champions con el Madrid, cuya segunda parte vimos colgados del teléfono, y yo tomándole el pelo con goles imaginarios que el aún no había visto, aprovechándome de los segundos de diferencia entre su señal y la mía. El resultado real quedó mucho más abajo que el de los goles inexistentes que le fui adelantando. 
Al año siguiente me invitó a su casa en L.A. y tras entregarle una bolsa de ropa, con jamón y chorizo camuflados que me coló su madre, lo cual provocó su risa y mi mosqueo -el aduanero me preguntó si llevaba "joriso" y respondí que no, tras hacer la misma pregunta a unas guapas americanas, que contestaron que preferían las hamburguesas, entre jijí y jajá- se fue al armario empotrado y me trajo una bolsa de plástico: en ella estaba la gorra que su prima Vivi había llevado durante la Fed Cup, y una camiseta del torneo de Indian Wells que Gala León, otra componente del equipo, había metido en el vestuario para que me la firmaran, aduciendo, por saltarse la norma, que era para un amigo suyo... deficiente -no me molestó, porque todos tenemos algo de eso-. Por lo visto, las jugadoras estaban tan hartas de autografiar fetiches que sólo lo hacían en casos excepcionales. Juan Ignacio me enseñó las fotos de la fiesta posterior al torneo de la copa federación, en un casino de Las Vegas, contándome chascarrillos que no revelaré. De entre todas aquellas tenistas, mi favorita era Conchita, para mí la de más clase, aunque no tuviera tantos títulos grandes como Arancha.
(Allá por 1994, la joven Conchita Martínez, que no se molestaba en poner su segundo apellido para resultar más atractiva, ni colocar un guión entre ambos, lo que ahora es casi norma, ganó un partidazo a Martina Navratilova. Era el torneo de Wimbledon, Güímblendon, como decía Butanito, que tenía su propio idioma. Por entonces se podían ver los partidos en abierto, o sea, gratis. Si no recuerdo mal, lo emitió TeleMadrid, aunque no fueran de interés nacional. Ese día quedé enamorado de Conchita).
Mi amigo hizo un par de intentos por quedar con ella, que vivía no muy lejos, creo que en San Diego, pero no tuvo éxito. Vivía alejada de la prensa, con sus motos, sus coches y su colección de vinos, y su vida no necesitaba publicidad. 
Hoy mismo me he acordado de todo aquello al saber que era la entrenadora ocasional de Garbiñe Muguruza, que ha ganado el torneo de Wimbledon. Me alegro muchísimo por ambas.
Pese al hito, la prensa deportiva, que no es ni una cosa ni otra, sigue dando preeminencia a los abandonos de Alonso, las caídas de Contador, y a los no fichajes del Madrid o el Barça, y en la web cambian el titular de la victoria de Garbiñe por  cualquier chorrada que entretenga a los forofos.
Luego, con razón, se quejan las mujeres de que siguen siendo invisibles. Lo que no sé es cómo permiten que sigan entrando hombres a los pabellones donde juegan. 

sábado, 15 de julio de 2017

MADELEINE PEYROUX

En una pegajosa noche de julio, después de varios años sin asistir, regresé al Universijazz. La última, que era la única anterior, no voy a presumir de jazzero, iba con pase de prensa gracias a una amiga que me lo prestó a cambio de acompañarla. No era mal negocio, porque Arancha es una mujer encantadora que además me echó una mano para poner en marcha el cuarteto con sus generosos consejos. Esa vez tocaba un trompetista con varios síndromes psiquiátricos que no le impedían hacerlo de forma extraordinaria.
El mundo del jazz está lleno de gente con pedrada, no sólo los músicos, que de tanto darle al mismo instrumento acaban un poco desubicados, sino entre el público, que haberlos haylos. Ignoro a qué obedece el afán de algunos por demostrar sus conocimientos, máxime cuando no se lo pides. Que yo sepa, con estar callado y quietecito, y aplaudir después de cada solo y al final de cada canción sería suficiente. Sin embargo, excepto por la ausencia de palomitas, la cosa se parece bastante a un cine, Seminci aparte: unos comentan la jugada a quien quiera escucharlos; otros no paran de llevar el ritmo con los pies, incluso contra los pies del vecino; está el que dice conocer al intérprete y te recita todos los conciertos a los que ha asistido; luego el erudito con oído absoluto, que tras un solo de chorrocientas mil notas es capaz de decir: "ha fallado una". A mi lado se sentaba un espécimen de la raza "homo cultisimus", con indumentaria propia para la ocasión, eso que huele a traje corporativo: luto riguroso con calzado dudoso, gafas de pasta negra y corte hipster. Lo malo ya no era aguantar los trances extáticos del vecino, sino sus piernas invasoras de espacio y silencio y, lo que es peor, con nulo ritmo. Por si quedaban dudas, se arrancó a dar palmas, cómo no, a tiempo, que es la forma vulgar de acompañar en fiestas populares a orquestas de chundachunda. 
No me extraña que la Peyroux, que tampoco es la alegría de la huerta, tenga fobia a los teatros grandes. Se le llenan de gente así y es para que se le quiten las ganas del todo, no esas que le van y le vienen por rachas, como a mí, que tardaré otros cuantos años en volver. Es que el jazz llena mucho, y si no es en casa, con CD y whisky, empacha.
Que me perdone mi amigo Choche, pero tengo que confesarlo: me aburrí bastante, no por la Peyroux, que tiene un don (y pedrada), sino por el de las pataditas, los del móvil -"se ruega que apaguen sus dispositivos" y se ponen a grabarlo todo-, el baterista que acompañaba con un "shta, sh-shta" como de escobillas... del váter, y todos los que, por alguna extraña coincidencia que se me escapa, decidieron sentarse a mi alrededor para chafarme el concierto.

viernes, 14 de julio de 2017

ÉRAMOS TAN JÓVENES...

Desde mi infancia -huelga decir que más tierna, porque no conozco otra y hay que huir de las frases hechas, como recomiendan los estilistas- me gustaba cantar y actuar. Mi primer papel fue el de alcalde de "Marcelino, pan y vino". Las monjas, de las de entonces, con hábito y mala leche, ajenas a la pedagogía moderna, no tuvieron empacho en humillarme cambiando mi papel de protagonista por el de primer edil. Yo aún no había visto la película de Pablito Calvo y tampoco tenía idea de qué se esperaba de mí, pero lo acepté como actor del método que era, pese a que Sor Inés bramaba: "parece que estás pisando huevos". Ya se sabe que Stanislavski era bastante gritón. Como solo había que vocalizar, porque el sonido era en off, no tuve que aprender diálogos y encajarlos era cuestión de mover la boca. Me calzaron una gorra azul, como de Cristobalito Gazmoño, y me pintaron un bigote con corcho quemado. Pese a mi actuación, la obra fue un éxito.
Ya en el cole de curas y frailes, mi segundo rol fue el de capitán de madera interpretando "Capitán de madera", de "La pandilla". Ahí cantaba y poco más, pero a cappella. Todo el público me felicitó, aunque sólo recuerdo al hermano Martínez y la madre de Matia, un compañero de clase, porque no había nadie más. Cien por cien de satisfacción.
Luego fui alternando papeles de cantante y actor, cuando no ambas cosas, hasta que Santa Cecilia acabó por iluminar el camino, llevándome de la mano.
El teatro seguía llamando a mi puerta, pero por suerte para los Max no abrí -el recuerdo de mi paso por la alcaldía me bloqueaba-. Lo siento por Santa Cecilia y Santa Rosa de Lima, que se ganaron la santidad auspiciando a gente como yo incluso después de muertas, que la santidad tiene esa servidumbre.
Hace unos días decidí presentarme al casting, que es como se llama hoy a una audición, para un coro de voces graves. La mía, más que serlo, lo está por cuestiones meramente físicas: me paso el día cantando y hablando en clase -a veces más que eso- y fumo. Lo que no esperaba era que, después de hacer mis gorgoritos, el director del coro me dijera que tengo, entre algunas virtudes canoras, un único pero serio inconveniente: cincuenta y dos años, aunque en las bases ponía que el límite sugerido eran los cincuenta y cinco.
Aún desconozco el veredicto. Si no paso el corte, sabré al menos que es por la edad. Prefiero pensar que sólo por eso.

sábado, 10 de junio de 2017

PILAR Y PATRICIA, AMIGAS MÍAS.

Pilar apareció un día por la casualidad de "amigos de amigos" que dicta facebook. Suele sugerirme libros y discos de vez en cuando. Tenemos gustos parecidos y los compartimos la una con el otro y viceversa. Es una forma de seguir en contacto, cada uno con sus ocupaciones y sus cuitas. Hace tiempo que dejamos las cuitas para mejor ocasión, que es casi nunca para los quejidos.
Su última invitación era literaria. Como siempre, le hice caso. Lo bueno de Pilar es que no es doctrinal, acepta mi opinión -y yo la suya- aunque vaya contra el dogma de la fe postmoderna, el bienquedismo y el "no lo digas en público, por si acaso". Así que a veces no coincidimos, se lo hago saber y seguimos tan pichis, ella más, que es madrileña o casi, como la mayoría de madrileños, un poco como los vascos: nacen donde les sale. El libro en cuestión está firmado por un autor que va de vuelta a sus ochentaitantos. Vamos, que se la suda todo porque nadie duda de su valía a estas alturas de la película y lleva en el ADN familiar la marca "culto". A ver quién es el chulo...
Cierto es que un libro no es el mismo según qué día lo leas y quizá estos no sean días adecuados. No es menos cierto que no he disfrutado en exceso, cosa que compruebo cuando mis dedos pasan páginas o mis ojos barren los párrafos más que leerlos. Es un mecanismo automático, como el que me hace saltar de pista cuando escucho un disco. 
Otra amiga, Patricia, -aquí hay más cuitas porque nos vemos a diario y la cara se disimula peor- suele decirme que cada uno llega hasta donde llega cuando le hablo de mis manías, muchas, en materia de música española. Ella no suele sugerirme lecturas porque apenas lee -no le sobra tiempo- y sus cantantes no son los míos.
-A mí me gusta Fulano -comenta, casi se defiende antes de mi ataque-.
-Prueba con Mengano. Dice lo mismo pero mejor... y no desafina. La música tiene esas exigencias.
Luego viene a darme la razón, parece que me he ganado su crédito. Incluso me deja opinar sobre su campo, su profesión, y me explica con paciencia en qué cree que estoy equivocado, lo cual sucede con frecuencia. Por eso me gustan Patricia y Pilar. Ambas escuchan, procesan, dialogan, y todos ganamos algo... aunque sea esa bobada que llaman amistad. Brindo por ellas con mi segundo y último chupito de la tarde, el de las verdades del barquero.