lunes, 17 de julio de 2017

MÁS-CELÁNEAS


Hablo mucho con mis alumnos. Opino que es necesario. A veces me consultan sobre el futuro y siempre les digo que hay que tener un plan B a menos que uno tenga clarísimo el A, incluso pese a ello. La vida es tan complicadamente sencilla que exige alternativas, por si acaso. 
Yo nací sin planes. Me lo hizo notar el psicólogo del colegio cuando me llamó a su despacho después de evaluar mi test de aptitudes profesionales, "bahtcha" tras "bahtcha" (era extremeño y decía "basta" con su acento tras cada ejercicio: dejen el lapicero cuando yo diga "bahtcha"). 
-"Menoh" militar -él lo era, coronel Baeza- "uhté" puede ser cualquier cosa. No tengo "máh" que decir.
Y la cosa era que a mí me atraía todo. Lo de no ser militar se comprobó en 1986, pero no tuve tiempo para comunicárselo al psicólogo, para que viera su acierto pleno. 
Lo malo de no tener vocación de nada es que a los diecisiete años te obligan a decantarte, aunque ahora sea peor con lo de los itinerarios del bachillerato. Lo bueno es que casi cualquier cosa sirve. Imaginemos que a un político -no a todos- le pidan que se defina... antes de saber con qué partido tendrá más oportunidades. En mi primera carrera fallida hubo uno que se ofrecía a las tres candidaturas para el claustro con la única premisa de que le dieran los primeros puestos, porque quería salir a toda costa. Saltó de la derecha a la izquierda, pasando por los intermedios, hasta que consiguió su objetivo. Hoy en día es senador del PP, -se jacta de ganar 6000 euros limpios por tocarse los cojones, con todas las palabras y todas las letras- aunque podría serlo del PSOE, FN o Podemos -que aún no existía-. El político de raza es, ante todo, político. Luego ya se verá de qué raza. (Tengo un cuñado que fue expulsado de IU por excesivamente rojo -sacar los colores al respetable-, y después de amar a Rosa López le puso los cuernos con Albert Rivera, con quien tampoco rasca bola).
Probé con la psicología, pero la UNED está hecha para ciclistas: gente de otra pasta. La mili o media mili me dio tiempo a pensar y acabé por ser maestro. Ya que no era capaz de dibujar mi destino, el destino me mandó un croquis. Mi profesora de piano tuvo a bien explicármelo y jamás le estaré lo suficientemente agradecido.
-Estudia magisterio. En pocos años cambiarán los planes de estudio y podrás enseñar música. -Ella ya había desistido de la idea de convertirme en pianista, como dejé escrito en este blog-.
Entre mis amigos del cole, que son una gran parte de los que tengo ahora, hay un abogado con despacho. Opositó durante unos años a funcionario, pero se cansó de la disciplina y se asoció con un familiar. Hace días me comentaba que no es necesaria la vocación para ser un buen profesional: basta con tener claro a qué te dedicas, te guste más o menos, y esforzarte, convencido de que lo que te da de comer merece tu atención. Le pregunté qué le habría gustado ser y su respuesta fue contundente:
-Restaurador de obras de arte. -Si hubiera confesado que deportista de élite habría tenido que poner entre paréntesis su máxima sobre lo vocacional, pero es un tío serio y cabal, y su raqueta Kawasaki no daba para más-.
Chema tiene muy buena mano -excepto para el tenis y el padel-. Asistió a clases de dibujo y pintura, me compró una acuarela -eso es amistad- cuando "me hice pintor" y si no se puso a exponer creo que fue más por ética y decencia, amén de timidez, que por falta de habilidades -que atesora más que yo, de largo-. Los padelistas -antes de descubrir las benéficas propiedades  de la eyaculación para prevenir males de espalda, como asegura Nacho, el otro licenciado en derecho aún menos vocacional que Chema- envidiábamos sus clases con modelo desnuda, más aún sus descripciones inflamadas para despistarnos entre golpe y golpe. No me apunté porque se me habría notado demasiado y porque la modelo cobraba un plus, supongo que de peligrosidad ante rijosos viejunos.
Hoy mismo me llegó un wasap de otro amigo del alma para contarme una oferta de trabajo que tiene que ver con su vocación, en este caso clara, meridiana, la madre de todas las vocaciones. Sus otras obligaciones le impiden aceptarla. Es otro tío cabal, fiel, un ejemplo de seriedad. Me he sentido chafado por él. Cuando Sharon Stone llama a tu puerta tienes que explicarle que estás con Penélope Cruz, que tampoco está mal pero no es lo mismo.
Mierda de vocación. Menos mal que tengo muchas, como Groucho principios y, si no te gustan, tengo otros.
Pd.- Gracias a Andrés y Onrubia por hacer que me creyera pintor. A Fuentes y Pilar por idem de fotógrafo. A Luis Cantalapiedra y Germán por lo mismo como músico. A Carmen, Patricia y más gente por verme como escritor. Y a mi esposa por seguir creyendo que valgo para todo. A Ana Torroja, que dijo "sólo soy una persona". Siento defraudaros... a todos.

domingo, 16 de julio de 2017

LO IMPORTANTE Y LO OTRO. UN POCO DE TENIS, PARA VARIAR.

Año 2000. Estaba tirado en el sofá, cambiando de canal por mero aburrimiento, cuando acerté a sintonizar la final de la copa federación de tenis, la Davis para mujeres. Las españolas iban perdiendo, y perdieron. A punto de darle a otro botón del mando, entre el público me pareció ver una cara más que conocida. Me levanté del sillón para pegarme a la tele y unos minutos más tarde, en efecto, comprobé que Juan Ignacio estaba allí, con cazadora de piel, entre las jugadoras del equipo nacional -se entiende que español-, celebrando los pocos tantos que podían apuntarse contra las americanas. Su prima, Vivi Ruano, formaba parte del combinado -hay que ver lo difícil que resulta encontrar sinónimos- patrio. Después del partido le envié un email para contarle que le había visto por la tele, o quizá le llamé por teléfono, pues allí ya se había inventado la tarifa plana a cobro revertido o qué sé yo, que nos permitió la charla distendida y gratuita, igual que años antes durante una final de Champions con el Madrid, cuya segunda parte vimos colgados del teléfono, y yo tomándole el pelo con goles imaginarios que el aún no había visto, aprovechándome de los segundos de diferencia entre su señal y la mía. El resultado real quedó mucho más abajo que el de los goles inexistentes que le fui adelantando. 
Al año siguiente me invitó a su casa en L.A. y tras entregarle una bolsa de ropa, con jamón y chorizo camuflados que me coló su madre, lo cual provocó su risa y mi mosqueo -el aduanero me preguntó si llevaba "joriso" y respondí que no, tras hacer la misma pregunta a unas guapas americanas, que contestaron que preferían las hamburguesas, entre jijí y jajá- se fue al armario empotrado y me trajo una bolsa de plástico: en ella estaba la gorra que su prima Vivi había llevado durante la Fed Cup, y una camiseta del torneo de Indian Wells que Gala León, otra componente del equipo, había metido en el vestuario para que me la firmaran, aduciendo, por saltarse la norma, que era para un amigo suyo... deficiente -no me molestó, porque todos tenemos algo de eso-. Por lo visto, las jugadoras estaban tan hartas de autografiar fetiches que sólo lo hacían en casos excepcionales. Juan Ignacio me enseñó las fotos de la fiesta posterior al torneo de la copa federación, en un casino de Las Vegas, contándome chascarrillos que no revelaré. De entre todas aquellas tenistas, mi favorita era Conchita, para mí la de más clase, aunque no tuviera tantos títulos grandes como Arancha.
(Allá por 1994, la joven Conchita Martínez, que no se molestaba en poner su segundo apellido para resultar más atractiva, ni colocar un guión entre ambos, lo que ahora es casi norma, ganó un partidazo a Martina Navratilova. Era el torneo de Wimbledon, Güímblendon, como decía Butanito, que tenía su propio idioma. Por entonces se podían ver los partidos en abierto, o sea, gratis. Si no recuerdo mal, lo emitió TeleMadrid, aunque no fueran de interés nacional. Ese día quedé enamorado de Conchita).
Mi amigo hizo un par de intentos por quedar con ella, que vivía no muy lejos, creo que en San Diego, pero no tuvo éxito. Vivía alejada de la prensa, con sus motos, sus coches y su colección de vinos, y su vida no necesitaba publicidad. 
Hoy mismo me he acordado de todo aquello al saber que era la entrenadora ocasional de Garbiñe Muguruza, que ha ganado el torneo de Wimbledon. Me alegro muchísimo por ambas.
Pese al hito, la prensa deportiva, que no es ni una cosa ni otra, sigue dando preeminencia a los abandonos de Alonso, las caídas de Contador, y a los no fichajes del Madrid o el Barça, y en la web cambian el titular de la victoria de Garbiñe por  cualquier chorrada que entretenga a los forofos.
Luego, con razón, se quejan las mujeres de que siguen siendo invisibles. Lo que no sé es cómo permiten que sigan entrando hombres a los pabellones donde juegan. 

sábado, 15 de julio de 2017

MADELEINE PEYROUX

En una pegajosa noche de julio, después de varios años sin asistir, regresé al Universijazz. La última, que era la única anterior, no voy a presumir de jazzero, iba con pase de prensa gracias a una amiga que me lo prestó a cambio de acompañarla. No era mal negocio, porque Arancha es una mujer encantadora que además me echó una mano para poner en marcha el cuarteto con sus generosos consejos. Esa vez tocaba un trompetista con varios síndromes psiquiátricos que no le impedían hacerlo de forma extraordinaria.
El mundo del jazz está lleno de gente con pedrada, no sólo los músicos, que de tanto darle al mismo instrumento acaban un poco desubicados, sino entre el público, que haberlos haylos. Ignoro a qué obedece el afán de algunos por demostrar sus conocimientos, máxime cuando no se lo pides. Que yo sepa, con estar callado y quietecito, y aplaudir después de cada solo y al final de cada canción sería suficiente. Sin embargo, excepto por la ausencia de palomitas, la cosa se parece bastante a un cine, Seminci aparte: unos comentan la jugada a quien quiera escucharlos; otros no paran de llevar el ritmo con los pies, incluso contra los pies del vecino; está el que dice conocer al intérprete y te recita todos los conciertos a los que ha asistido; luego el erudito con oído absoluto, que tras un solo de chorrocientas mil notas es capaz de decir: "ha fallado una". A mi lado se sentaba un espécimen de la raza "homo cultisimus", con indumentaria propia para la ocasión, eso que huele a traje corporativo: luto riguroso con calzado dudoso, gafas de pasta negra y corte hipster. Lo malo ya no era aguantar los trances extáticos del vecino, sino sus piernas invasoras de espacio y silencio y, lo que es peor, con nulo ritmo. Por si quedaban dudas, se arrancó a dar palmas, cómo no, a tiempo, que es la forma vulgar de acompañar en fiestas populares a orquestas de chundachunda. 
No me extraña que la Peyroux, que tampoco es la alegría de la huerta, tenga fobia a los teatros grandes. Se le llenan de gente así y es para que se le quiten las ganas del todo, no esas que le van y le vienen por rachas, como a mí, que tardaré otros cuantos años en volver. Es que el jazz llena mucho, y si no es en casa, con CD y whisky, empacha.
Que me perdone mi amigo Choche, pero tengo que confesarlo: me aburrí bastante, no por la Peyroux, que tiene un don (y pedrada), sino por el de las pataditas, los del móvil -"se ruega que apaguen sus dispositivos" y se ponen a grabarlo todo-, el baterista que acompañaba con un "shta, sh-shta" como de escobillas... del váter, y todos los que, por alguna extraña coincidencia que se me escapa, decidieron sentarse a mi alrededor para chafarme el concierto.

viernes, 14 de julio de 2017

ÉRAMOS TAN JÓVENES...

Desde mi infancia -huelga decir que más tierna, porque no conozco otra y hay que huir de las frases hechas, como recomiendan los estilistas- me gustaba cantar y actuar. Mi primer papel fue el de alcalde de "Marcelino, pan y vino". Las monjas, de las de entonces, con hábito y mala leche, ajenas a la pedagogía moderna, no tuvieron empacho en humillarme cambiando mi papel de protagonista por el de primer edil. Yo aún no había visto la película de Pablito Calvo y tampoco tenía idea de qué se esperaba de mí, pero lo acepté como actor del método que era, pese a que Sor Inés bramaba: "parece que estás pisando huevos". Ya se sabe que Stanislavski era bastante gritón. Como solo había que vocalizar, porque el sonido era en off, no tuve que aprender diálogos y encajarlos era cuestión de mover la boca. Me calzaron una gorra azul, como de Cristobalito Gazmoño, y me pintaron un bigote con corcho quemado. Pese a mi actuación, la obra fue un éxito.
Ya en el cole de curas y frailes, mi segundo rol fue el de capitán de madera interpretando "Capitán de madera", de "La pandilla". Ahí cantaba y poco más, pero a cappella. Todo el público me felicitó, aunque sólo recuerdo al hermano Martínez y la madre de Matia, un compañero de clase, porque no había nadie más. Cien por cien de satisfacción.
Luego fui alternando papeles de cantante y actor, cuando no ambas cosas, hasta que Santa Cecilia acabó por iluminar el camino, llevándome de la mano.
El teatro seguía llamando a mi puerta, pero por suerte para los Max no abrí -el recuerdo de mi paso por la alcaldía me bloqueaba-. Lo siento por Santa Cecilia y Santa Rosa de Lima, que se ganaron la santidad auspiciando a gente como yo incluso después de muertas, que la santidad tiene esa servidumbre.
Hace unos días decidí presentarme al casting, que es como se llama hoy a una audición, para un coro de voces graves. La mía, más que serlo, lo está por cuestiones meramente físicas: me paso el día cantando y hablando en clase -a veces más que eso- y fumo. Lo que no esperaba era que, después de hacer mis gorgoritos, el director del coro me dijera que tengo, entre algunas virtudes canoras, un único pero serio inconveniente: cincuenta y dos años, aunque en las bases ponía que el límite sugerido eran los cincuenta y cinco.
Aún desconozco el veredicto. Si no paso el corte, sabré al menos que es por la edad. Prefiero pensar que sólo por eso.

sábado, 10 de junio de 2017

PILAR Y PATRICIA, AMIGAS MÍAS.

Pilar apareció un día por la casualidad de "amigos de amigos" que dicta facebook. Suele sugerirme libros y discos de vez en cuando. Tenemos gustos parecidos y los compartimos la una con el otro y viceversa. Es una forma de seguir en contacto, cada uno con sus ocupaciones y sus cuitas. Hace tiempo que dejamos las cuitas para mejor ocasión, que es casi nunca para los quejidos.
Su última invitación era literaria. Como siempre, le hice caso. Lo bueno de Pilar es que no es doctrinal, acepta mi opinión -y yo la suya- aunque vaya contra el dogma de la fe postmoderna, el bienquedismo y el "no lo digas en público, por si acaso". Así que a veces no coincidimos, se lo hago saber y seguimos tan pichis, ella más, que es madrileña o casi, como la mayoría de madrileños, un poco como los vascos: nacen donde les sale. El libro en cuestión está firmado por un autor que va de vuelta a sus ochentaitantos. Vamos, que se la suda todo porque nadie duda de su valía a estas alturas de la película y lleva en el ADN familiar la marca "culto". A ver quién es el chulo...
Cierto es que un libro no es el mismo según qué día lo leas y quizá estos no sean días adecuados. No es menos cierto que no he disfrutado en exceso, cosa que compruebo cuando mis dedos pasan páginas o mis ojos barren los párrafos más que leerlos. Es un mecanismo automático, como el que me hace saltar de pista cuando escucho un disco. 
Otra amiga, Patricia, -aquí hay más cuitas porque nos vemos a diario y la cara se disimula peor- suele decirme que cada uno llega hasta donde llega cuando le hablo de mis manías, muchas, en materia de música española. Ella no suele sugerirme lecturas porque apenas lee -no le sobra tiempo- y sus cantantes no son los míos.
-A mí me gusta Fulano -comenta, casi se defiende antes de mi ataque-.
-Prueba con Mengano. Dice lo mismo pero mejor... y no desafina. La música tiene esas exigencias.
Luego viene a darme la razón, parece que me he ganado su crédito. Incluso me deja opinar sobre su campo, su profesión, y me explica con paciencia en qué cree que estoy equivocado, lo cual sucede con frecuencia. Por eso me gustan Patricia y Pilar. Ambas escuchan, procesan, dialogan, y todos ganamos algo... aunque sea esa bobada que llaman amistad. Brindo por ellas con mi segundo y último chupito de la tarde, el de las verdades del barquero.

domingo, 4 de junio de 2017

EL JÚRGOL ES ASÍN

Un maestro de mis años mozos decía "fúlbol". Cuando pronunciaba de esa manera nos mirábamos, pero él, ajeno en su mundo "fulbolístico" a nuestras risitas, lo repetía sin darse por aludido. 
Si algo bueno tiene el balompié es que por un par de horas, con descanso y descuentos, nos mantiene lejos del mundo, olvidando los sinsabores diarios, aunque no sea más que una nube en un cielo borrascoso, más de lo mismo dentro del mundo mismo. 
No hay, por lo que veo en mis clases, nada menos razonable que lo que se adquiere por vía genética. Los tiernos infantes pierden su ternura cuando mencionas Madrid o Barça y sueltan improperios contra el rival, que es enemigo irreconciliable. Funciona como un resorte, un relé que hasta que no cumple su función no se detiene aunque le cortes la corriente, que lo cortés no quita lo valiente. Hay también entre ellos quienes se muestran igual de vehementes al referirse a los partidos políticos, aunque se dé menos. Parece que la mala leche política tarda un poco más en aferrarse o agarrarse, como la leche hirviendo al cazo, con el consiguiente tufo. Los gustos jurgoleros van y vienen según quien gane la liga: hace años tuve alumnos del Dépor, pero la capital del Estado y la de Cataluña suelen ser, de forma maniquea, los ejes sobre los que se sustenta al amor/odio que trasciende lo deportivo, como sus equipos en la liga nacional o la europea.
Ayer tuve cena familiar, con la final de la Champions League de fondo, que para eso somos bilingües, atronando sobre nuestras cabezas en el televisor. Era el día de gloria para los merengues y el de luto para los culés, algunos de los cuales se habrían nacionalizado italianos, a tomar por ahí la independencia durante dos horas, lo importante es lo importante.
El quid de la cuestión, de esta bloguera y ligera cuestión, no se centra en el partido sino en la habilidad del entrenador para gestionar los egos en aras del bien común. Tengo un amigo y compañero -ya lo dijo un locutor de TVE, "les presento a mi compañero y, sin embargo, amigo", vete a saber si consciente del fondo de su frase- que durante años ejerció de "coach" (más bilingüismo innecesario) en el primer equipo de baloncesto de la ciudad. Un día me comentó que el presidente le ofreció cobrar algo de lo que le debían (después de haber cobrado el propio presidente, el que manda, manda) tras unos ingresos que servirían para tapar agujeros. Mi amigo renunció a su estipendio con un argumento que lo define:
-Repártelo entre los jugadores. Ellos son los que corren. Si cobro yo, me dirán que salga yo a encestar, y con razón.
Así se hizo. El respeto que ya se había ganado entre sus baloncestistas por sus conocimientos se vio subrayado por el gesto, si bien me consta que él no hizo mención al hecho, aunque seguramente alguien sí.
Con frecuencia se ejerce el mando señalando los galones, pero el mando de verdad no aparece en la manga, ni en el verbo mandar, sino bajo la gorra, que no recuerdo -de mi breve paso por la mili- si también lleva galones. 
El entrenador del Madrid fue jugador del mismo equipo, y antes lo fue del que ayer se llevó cuatro goles, ninguno ilegal que se sepa. Ahora que en lugar de obedecer dirige lo hace con inteligencia, sin olvidar el sentimiento ni la importancia de quien lleva los pantalones cortos. 
Me viene otra anécdota militar sobre el soldado raso que ascendió por enchufe y le destinaron como "pipa" del teniente coronel. Entró en el despacho, se sirvió un whisky y encendió un puro habano, degustando ambos con los pies sobre la mesa de caoba del "tecol". De repente entró este y, al verlo solazarse, le echó una bronca por sus excesos. El recién ascendido a cabo le miró, aguantando la reprimenda y sin levantarse del asiento respondió:
-Bueno, Peláez. Yo te entiendo, pero... entre mandos no vamos a putearnos.

sábado, 3 de junio de 2017

LA INSOPORTABLE NECEDAD DEL SER

No he leído nada más de Kundera que su novela famosa (reto a quienquiera a que dé algún otro título sin pasar por güikipedia -yo soy más fan de whiskypedia, que me saca lo mejor y lo peor y me recuerda a Jemingüey en lo de "haz hoy sereno lo que anoche dijiste borracho, a ver si tienes huevos", en traducción forzada del bloguero-. Siempre habrá friquis que me dejen en evidencia, pero son los menos, porque andan liados entre el tatuador y el gimnasio).
Acabo de empezar a escribir y ya se me ha olvidado de qué quería escribir. Suele pasar.
... (Elipsis narrativa y dramática).
Ayer, en mi habitual navegación por la prensa no impresa, acerté, más bien fallé, a dar con el vídeo de Tiger Woods, no uno sobre sus docenas de torneos de golf ganados, sino el de su detención a manos de la policía. El antaño ídolo mundial trataba de seguir las instrucciones del cop en servicio, "que si siga usted la línea, un pasito p´alante, María, un pasito p´atrás; que le leo sus derechos y grabo sus reveses; que si me firma un autógrafo p´a la parienta, no saques eso, Mike, para (de parar) la cinta; que si vamos a llevarnos bien; que qué fue de tu drive, que me vengo arriba, que tengo jándicap 15..., ¿echamos unas bolas?". Vamos, lo que viene a ser una detención amable, no como la de Rodney King. 
El caso es que, mientras observaba las imágenes, me dio un vuelco el corazón tal que así, de mala manera y como sin venir a cuento. Y me dio mucha pena del Tiger, ensimismado por causa indefinida pero presumiblemente química en sus múltiples variantes. De hecho, los periodistas, cúspide de la raza de blogueros, tuiteros y "corazoneros", lo que antes se llamaba "cotillas", fueron variando el discurso: primero alcohol, luego drogas duras, blandas y después medicamentos con o sin prescripción facultativa. Ya se sabe: antes deformar que informar.
A mí, que soy muy mío, "como no puede ser de otra manera", me dio por pensar mientras tragaba las incipientes lágrimas. Y me jodió, vaya si me jodió.
-Así que te tomas unos chismes, o te metes una raya, o te sienta mal el ansiolítico, te pilla la pasma y no sólo acabas en chirona, que no es una capital catalana que presume de tener pronunciación oficial ajena a la RAE, sino que te sacan en los telediarios y de paso te tiran unas pedradas, por si sigues respirando.
Ni se me ocurre decir que un delito no merezca condena, mortal o venial. Pero de ahí a lapidar al reo -por ahí he leído dilapidar, que será tirar las piedras a pares, supongo- media un abismo o dos (diabismo, por seguir la línea). 
Por sacar conclusiones, se me ocurre un consejo gratis, como son los consejos, o varios, ya puestos, que he dicho que son gratis:
-Tiger: otro día no salgas de casa si estás colocado, o llama a un taxi.
-Tiger: no vuelvas a ganar un torneo de golf ni exhibir la gloria de Trump, porque cuanto más famoso seas, más dura será la caída, aunque caigas desde el mismo piso que otros que encima no le han metido un gol al arcoiris. 
-Tiger: los famosos no pueden hacer lo mismo que los otros.
-Tiger: si no llegas a ser Tiger, habríamos sabido de ti por las necrológicas.
Lo de necio no va por ti. Sólo eres humano cuando te quitan la gorra y la bolsa de palos. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y si tira dos, estará dilapidando.


Ya lo dijo una escritora que daba/vendía cursos cuando le pregunté sobre el estilo.
"Preocúpate de la gramática, haz que sea impecable. El estilo es el que es, o el que no es". ¡Qué gran lección de estilo!


sábado, 27 de mayo de 2017

UNDER SKIN (PARA MIS AMIGOS DE SIEMPRE, LOS DE TODA LA VIDA).

Con jodida/jodiente frecuencia las cosas importantes quedan bajo la fina capa de nuestra piel. No se reflejan en los números de la cuenta corriente sino en la libreta de ahorro que llevamos en el bolsillo del cerebro, el corazón o el alma, para quien crea en ella. No viajan en cochazos (ni de segunda mano, cuyo seguro con franquicia nos ahoga); no viven en pisos con terraza, donde tomamos el sol desnudos para que nadie vea nuestras miserias físicas, ni hablar de las otras; no van de vacaciones a exclusivas playas de moda (¿qué es la vida sino un oxímoron?). Duermen con nosotros, profunda y plácidamente, y a veces despiertan, nos despiertan del sueño de la vida impostada, esa que nos empeñamos, obstinamos en vivir, la que exhibimos en las redes sociales -a mayor gloria de las redes sociales, no de la nuestra, tan laxa y autocomplaciente-. 
Juan, demostración de que el hombre viene del mono, aunque el mono, que se sepa, no sufre de alopecia; Juan Ignacio, el amigo para siempre -entiéndase por amigo quien a veces dice y escucha lo que no apetece-; Jose, el que lucha contra varias enfermedades y contra sí mismo -la peor de todas-; Roberto, el paradigma de "a mal tiempo, buena cara", rara avis que antepone el bien ajeno al propio... Hay más ejemplos, machos alfa de especies en vías de extinción. También hay "hembras alfa", que no sé si son beta, se me escapa el lenguaje entre la lengua. Son ejemplos de lo mismo con diferentes matices.
Aún habrá quien sufra porque no puede pagar un hotel con estrella de más, no vaya a salir mal en la foto o se enteren sus "amigos" de que no anda bien de pasta. Estarán hechos de otra pasta.

"I´ve got you under my skin", decía Frank Sinatra. Ahí se llevan las cosas que merecen la pena.

PS.- Tú sigue presumiendo de besar los labios que besas pensando en silencio en los que te apetece besar. 

PS2.- Seguro que lo has entendido.

jueves, 18 de mayo de 2017

LIBROS CON RECADO


No pertenezco a esa raza que lee un libro dos veces, por más que me haya gustado. Hay tanto por leer que me parece una pérdida de tiempo. Andaba esta tarde echando un ojo a mi biblioteca particular, por mirar entre los muchos a los que aún no he hincado el diente, y apareció uno que me recomendó mi amigo ff, al hilo de una charla sobre lo políticamente correcto. Según me comentaba aquel día, un grupo de teatro buscaba un cuento tradicional para adaptar a las tablas. La tormenta de ideas, brainstorming en dialecto moderno y anglófilo, que vienen a ser lo mismo, acabó en bronca: cada uno de los títulos propuestos se encontraba con algunos actores críticos con el mensaje sexista, clasista o ...ista de cada libro. Parece que sacar las cosas de su contexto histórico suele traer estas consecuencias. Uno de los miembros del grupo teatral, James Finn Garner, decidió por su cuenta reescribir algunos cuentos como Caperucita, Los tres cerditos y etcétera. Así nació "Cuentos infantiles políticamente correctos", con el fin de liberar de prejuicios a los niños -razón que se adivina de coña marinera tras leer la contraportada-. En vista del éxito, se animó a publicar otros dos más, que yo sepa.
Mi búsqueda de esta tarde ha dado un fruto inesperado: entre la cubierta y la primera página de este libro había un sobre rojo y dentro de él sesenta euros. Mi cabeza ha comenzado a buscar al autor de la dádiva de entre quienes lo tuvieron prestado, pero casualmente este librito ha salido y regresado varias veces y no soy capaz de recordar en cuántas manos ha caído. Mientras forzaba la memoria se me iba ocurriendo el argumento para escribir algo, un relato breve, como suelen ser los míos, tan sensibles a mi pereza, relacionado con el hallazgo. Sesenta euros no coinciden con ninguna propina, ninguna cuenta pendiente ni otra cantidad señalada en mi mente. Todo lo que puedo hacer es darle las gracias a quien de esa forma tan elegante quiso saldar una supuesta deuda, si era el caso. Que sepa que desde ahora mismo estamos en paz. Ya publicaré en qué he invertido los tres billetes azules, que para eso ideas no me faltan.
Me temo que el argumento para escribir algo empieza y termina en este blog, lo cual no es poco después de un mes sin contar nada.

Pd.- Si alguien demuestra que se le cayó el sobre sin querer y aún lo anda buscando, que me lo comunique. Será un placer devolvérselo... con los billetes dentro, claro.

sábado, 15 de abril de 2017

SEMANA SANTA, BARBERÍA, CUARTETO DE BARBERÍA -¿CÓMO NO?, MÁS MISCELÁNEAS-.


Toño y yo nos conocemos desde que era Toñín -para muchos lo seguirá siendo, porque a sus cincuenta años no va a crecer, ni falta que hace-. Como la vida, aunque parezca en línea recta, va y viene, se encarga de traernos de vuelta a los que dejamos como amigos a medio hacer por mor de los cambios caprichosos del destino. 
Toño es peluquero por gracia familiar, y músico por otra gracia que le adorna más. Heredó de su abuelo un local que ha ido desplazando como si se tratara de un estanco. La que no ha desplazado es su alma de músico. 

Mi abuelo Serafín también fue barbero del pueblo, más por ganarse el sustento o completar sus otras actividades lucrativas -diez bocas que alimentar- que por vocación. Tenía una estancia a la entrada de la casa en la que mis hermanos, primos y yo jugábamos a ser peluqueros de salón, con útiles profesionales que hemos heredado, pero sin dar apenas un tijeretazo, puro mimo. Sus métodos rurales, el cazo o tazón, nos resultaban espantosos, algo que las modas, que también van y vienen, se encargan de poner en entredicho. Hoy se le llamaría "vintage". 

Una tarde de sábado aparecimos en San Cebrián para visitar a mis abuelos. Serafín, después de desbrozar a un pastor con barba de una semana -aquellas barbas agrestes tirando a salvajes- se empeñó en afeitar a mi padre, capitalino de piel finísima y alérgico al "Abrótano macho". No recuerdo si además le cortó el pelo con su método poco ortodoxo de maquinilla y peine, alejado del elegante corte a tijera que se llevaba como paradigma de la elegancia. Lo que mi padre rememoraba con frecuencia era el sonido, chasquido de la navaja, sus lágrimas contenidas, y la posterior rechifla de sus compañeros de trabajo al verlo el lunes con las marcas de la degollina. 

A partir de entonces, cuando mi abuelo insistía en retocarnos, -un pelo mal cortado es y sigue siendo un pelo mal cortado, diga lo que diga la tendencia-, a mis hermanas, mi padre, mi hermano o a mí, Cipri, mamá gallina, intervenía con firmeza pero sin ofensa, una virtud nada política. Serafín, visionario del "sota, caballo y rey" que nunca dejó de estar vigente, aunque hoy no se le reconozca, cabeceaba desencantado pero claudicaba y "a otra cosa, mariposa", como bajar el jamón del "sobrao" -no un tío relisto, sino la postmoderna (me parto) buhardilla- con el clarete casero, "sin química", o acompañarnos a coger huevos recién puestos para que Felisa, mi abuela, los convirtiera en tortilla o fritos, sobre sus preciosos y rurales platos de porcelana con borde azul y la radio Philips con "simplemente María" o "Lucecita". A la caída de la tarde regresábamos a casa con la panza y el espíritu llenos y la cabellera intacta.
Toño, Toñín, viene a ser heredero de su abuelo o del mío y su método clásico va y viene, ora a la moda, ora a lo vintage que sigue siendo más moda. Como nuestra amistad, que pervive. 



Y Alfonso Gato, o sólo Gato, también va y viene, pero merece capítulo aparte, aunque ya esté presente sin saberlo en este, por compañero y amigo de infancia y otras confidencias que quedan por mencionar, censura aparte.

domingo, 2 de abril de 2017

¿PANEUROPEO? SÍ, PERO DENTRO DE UN ORDEN.

Ahora que nos estamos jugando los cuartos en Europa por el "brexit", nada nuevo bajo el sol, unos que quieren entrar y otros salir aun estando dentro, si bien nunca lo estuvieron del todo, protegiendo su moneda "for if the flies", se me vuelve a ir la cabeza -nada nuevo tampoco, menos todavía en domingo, que es el día en que suelo descorchar una botella de buen vino para santificar las comidas familiares-.
Eso de aunar países por interés económico -no hay más- suena bien. Al bueno de Beethoven ya se le había ocurrido la idea romántica hace como dos siglos, y Herbert von Karajan lo recordó cuando alguien le preguntó por un himno para la UE:
-Ya está hecho, amigo mío. Sólo hay que leer.

A mis alumnos les digo que la solución a los problemas del mundo la tienen los niños, o sea, ellos. 
-Hay que leer, pero no sólo un periódico, sino el de ellos y el de nosotros. Y no best-sellers, que son lo que quieren que leamos, sino literatura.
Uno me preguntó esta semana si un niño puede parar las guerras, concretamente lo de Siria.
-Ahora mismo no -salvo foto simbólica con premio- pero sí dentro de unos años, si aún hay mundo que salvar.
Los dejé pensando un rato, y luego vino la charla. Estos chicos tienen madera, como poco, de pacientes.

(En mis tiempos de estudiante no nos contaban esas cosas, preocupados por crear individuos individuales que brillasen con luz propia, a mayor gloria de la orden, la de cada uno y la que venía de arriba. Luego sacaban la foto del ex-alumno que llegó a ministro o director general. Las cosas, creo y espero, han cambiado. ¡Qué cojones, no han cambiado! El marketing manda).

Si me dejasen escoger, que va a ser que no, me uniría a Portugal e Irlanda del Sur, Eire. En Lisboa y Dublín me he sentido como en casa. Los portugueses son como gallegos mezclados con castellanos, extremeños y andaluces -y más gallegos-, una pequeña España pegada al Atlántico. Los irlandeses se me antojan mediterráneos por carácter, afilado por lo británico. Percepciones personales, quizá. En el año olímpico español, el 92, un vigilante de la urbanización donde mis alumnos se alojaban durante el mes de julio me dio una impagable clase de historia -que no pagué porque tampoco la pedí-:
-Eamon de Valera era un hijoputa, -sentenció con mala baba, sabiendo que éramos españoles-.
En mi inglés de entonces le respondí despacio, para asegurarme de que me entendía:
-Era hijo de español e irlandesa, así que tú sabrás, que las conocerás mejor.
De Eamon sabía y sé más bien poco, excepto su encarcelamiento en la prisión de Kilmainham, un presidio muy cinematográfico, siendo el último recluso que por allí pasó. Hasta pude ver su celda en una visita guiada.
De las irlandesas supe que eran la raza, versión XX más bella: Maureen O´Hara, la bailarina de danzas irlandesas con halitosis axilar de cuyo nombre no consigo acordarme y Mistress Something, (San Patricio de 2013) son una muestra válida, pese a la opinión del vigilante "tontolhaba". Julianne Moore tira mi tesis abajo, pero proviene de Escocia, así que me la apunto por proximidad geográfica.
Del vigilante sólo supe que me hablaba lo justo a partir de ese día. Sus clases particulares de historia a los estudiantes españoles se toparon conmigo, sin quererlo -él ni yo-.

Portugal podría reírse de nosotros y del flojo infante aquel, el terror de la doncella insatisfecha. (La doliente Juana se fertilizó con semilla ajena, eso sospechan, y Enrique "el impotente" -vallisoletano, aunque no de pro, ni nada paradigmático- fue devuelto a corrales por manso. La Beltraneja podría arrojar luz a tal efecto, o mejor el  tal Beltrán y Juana de Portugal, que lo supieron "in situ"). Pero, que yo sepa, no sólo no se ríe sino que nos trata con un respeto y una educación que para nos quisiéramos. 

Lo poco que sé de historia no me viene del colegio de los jesuitas, válgame Dios, sino de la curiosidad que mi padre me inculcó y de algunas consultas a wikipedia cuando escribo y me asaltan las dudas, más bien las hordas de dudas. Si aprobé la historia en COU fue porque el cura que la impartía me cogió miedo, tomándome por una especie de macarra sin escrúpulos al que convenía mantener alejado, regalo de aprobado mediante. (Puedo afirmar, porque lo vi, que mi nota original yacía bajo una mancha de Típex, un "muy deficiente" tapado por un "suficiente" de cuando se podía poner un cero a quien merecía un cero, no como ahora, que la "plataforma" escribe 1 donde pones 0, por no herir. Yo lo merecía).

Si algún día nos permiten votar con quién queremos hacer equipo, lo tengo claro: voy con Portugal, aunque venga Cristiano Ronaldo, y con Eire, venga quien venga, menos el vigilante erudito, que habrá emigrado a USA para conocer de primera mano dónde mandan los hijoputas.

Pd.- Para quienes me tachan de tibio, de que no me mojo.


domingo, 26 de marzo de 2017

TARANTINADA DE NADA

Cuando escribo no veo letras -que también-, sino imágenes. Vengo a ser, o así me siento, como un guionista que inventa la película o un crítico que la cuenta a su modo, intercalando el pasado y el futuro. Más o menos como Tarantino, pero en serie C. Nada que ver con Zemeckis, ni falta que hace.
Anoche sucedió de nuevo. Había quedado con Jorge, un maestro de la pública con (nunca contra) el que comparto dardos de poco veneno, más por divertimento que convencimiento. Nos conocimos hace tiempo, unos quince años atrás -no conseguimos ponernos de acuerdo en la fecha, menos aún con dos cubatas encima- tocando con la Parrús Dixie Band, una banda de cuatreros o forajidos, cruce de gansos y patos, que se juntan de bolo en bolo, divierten y se divierten. Caí ahí por casualidad, es mi estilo -casual en inglés- gracias al ubicuo Germán y al no menos ubicuo Toño, el peluquero, que por alguna razón subconsciente se acuerda de mí y me lía -benditos líos, no en vano él me presentó al "Niño de la zanfona", o "Hurdy-gurdy boy" en estos tiempos bilingües-. Lo que iba para cena de cuatro se convirtió en "pulp novel, movie o fiction". Fue un ir y venir placentero.
En la Parrús se juntan gallos de muchas razas consanguíneas y yo no dejo de ser otro pollo -con espolones- de dudoso pedigree y encima temporero, casi siempre "benéfico" (me llaman cuando falta alguien para completar el cupo). 
La última vez que toqué con la Parrús, huelga decir que por el catering -surviving mode-, Jorge comentó que estaba haciendo un libro de música para sus alumnos y pidió colaboración en forma de simple opinión, crítica o corrección. Allá que fui. Me mandó el "pedeefe" y reenvié mi revisión en una hora. Sé que le sorprendí, vaya que lo hice, cosa que quedó demostrada cuando me llegó un guasap.
-Voy a invitar a todos los que os habéis molestado en corregir mi libro.
Conociendo el percal, contesté con una afirmación que era pregunta trampa. 
-Te va a salir por un pico.
-No creas. Sólo has respondido tú.
No sé por qué lo imaginaba. O sí lo sé. Lo del percal.
Quedamos en un restaurante pijillo -no esperaba semejantes gustos de uno de la pública, espeté-.
Como Cuadri es mucho Cuadri llegó una hora tarde, dos vinos en dialecto pucelano, y se disculpó a su modo. A los postres apareció Diego, nuestro idolatrado Dieguito, de quien dicen que es el mejor baterista de la comunidad, cosa que no puedo confirmar por falta de conocimientos. Eso sí: es bueno, muy bueno. Es cojonudo, aunque peor baterista que persona.
-Te ha traído a Diego porque he quedado... 
Y el muy cabrón se piró después de pagar la cuenta, que en eso es serio de verdad, ni una mueca.
Así que me fui de copas con Diego, otro pedazo de amigo. Al despedirnos le invité a comer en casa "la mejor tortilla del mundo", siendo humilde, para la semana siguiente.
Antes de cenar anoche, como hay más tardones habituales, nos dio tiempo a una cerveza. En un salto temporal apareció Nacho, el celta con filtro, que había compartido habitación años ha con Quique, uno de la partida (será Kike por su ascendencia vasca) en unos cursos de la universidad de Comillas. Abrazos y etc.
En el restaurante (hay quienes, no sin razón, me acusan de prisa repentina) hubo otro salto del "hiperespacio". Como salidas (llegadas) del pasado más inesperado e inolvidado aparecieron Lorena, Carmen y Alicia. Tres eran tres. (Te lo juro, Quentin). Dos de ellas, más otra que faltaba, la mía, habían sido las novias de adolescencia de mis amigos del alma -que lo siguen siendo- a los quince. Amor quinceañero: primer beso, poemas, esperas con los libros, bajo el brazo nosotros, contra el pecho ellas. Todo fue precioso hasta el día fatídico en que, presas de un corporativismo feminista, nos dejaron a la vez, cinco meses después. "Amor fugit". 
Como el universo, el tiempo nos expande, no a ellas, que seguían igual de guapas, aunque sin el uniforme azul marino de las carmelitas. No hubo ocasión para tomar una copa hasta dentro de otros muchos años. Ahora somos padres, así que quizá cuando seamos abuelos volvamos a coincidir. Bendita coincidencia será.
El resto de la noche pasó de salto en salto, a base de recuerdos de músicos, de amores frustrados, adelante y atrás. Como Tarantino pero sin guión. Y sin sangre, claro. 

domingo, 19 de marzo de 2017

EL DÍA DEL PADRE Y LA MADRE QUE LO PARIÓ


Ya se sabe que el comercio rige las fiestas antaño santificables y se aprovecha de ellas. Sobran ejemplos. Anoche, a las doce pasadas, me dieron el regalo: un pijama, que me venía bien porque a ciertas edades hay que ser prácticos. Acertaron con la talla, son muchos años manteniendo el peso, no así el contorno, que se reparte caprichosamente vete a saber por qué razones.
Me lo puse, no hay mayor señal de agradecimiento que no usar el vale-regalo, rayano en la grosería, sólo superado por los que dejan la etiqueta con el precio, "porque hay confianza", y aunque picaba un poco por el apresto, o la cantidad de manos que lo habrían tocado antes, me acurruqué bajo el edredón.
He despertado sudando, no porque fuera un pijama de lana pirineo sino por las pesadillas, supongo que casuales: con mi nueva prenda me adentraba en las selvas africanas, huía de las fieras a esa velocidad de los sueños comparable al McLaren de Fernando Alonso hasta que una boa constrictor me apresaba. Lo he contado durante el desayuno y mi hija, muerta de risa, ha venido con la anaconda colgando entre dos dedos:
-Para otra vez, corta antes la etiqueta.


domingo, 12 de marzo de 2017

RESUMEN DOMINICAL




1
El jueves de esta semana acabé con Bukowski. La casualidad ha hecho que coincidiera con el nueve de marzo, cuando falleció, pero con años de diferencia. Lo otro sería, más que casualidad, fatalidad, sobre todo para él, que de haberlo sabido habría seguido escribiendo y enviándome sus textos, aunque me temo que estaba cansado de vivir y beber. Para ser un tipo alcohólico, machista-misógino, paranoico, apostador compulsivo en carreras de caballos y otras lindezas, no se le daba mal lo de escribir. 
Lo malo es que suelo coger a cada autor por el pescuezo y leo todo lo suyo o casi todo -seis de sus siete novelas- de un tirón, y Chinaski te acaba poniendo la casa perdida de detritus, que además no son PDF, porque compro los libros. Pocas concesiones a la galería. Quien tenga prejuicios del tipo "este es un rojo-este es un azul" u otros maniqueísmos al uso y abuso, que no lo lea. Hay pocos que se salven de algún pecado. Que tampoco escuche a Wagner o Tchaikovski.  

2
Dice mi amigo Alfonso Baruque que cuando preguntas a un cantante de ópera -él lo es, un bestia que pasó del do de pecho al do de cerdo, tres octavas limpias sin falsete- qué tal anda de trabajo, responde:
-Fenomenal, muy liado, sin parar: tengo una audición aquí, otra allá... -y se ríe-.
Vamos, que lo que es trabajo del de cobrar suele haber poco, y si no, también suele haber poco que cobrar.
No estoy en contra de tocar o cantar gratis las primeras veces. Uno ofrece su producto, lo pone a prueba, como el bodeguero regala botellas al principio para amortizarlas después si el vino es bueno, o te invitan el día de la inauguración de un bar y si te gusta vuelves. Otra cosa es hacerlo siempre "por promocionarte". Cada uno decide cuánto está dispuesto a donar.

Después del vídeo del Cuarteto Muzikanten nos ofrecieron un par de actuaciones: una de pago y otra benéfica. La primera está a falta de la firma. La segunda... buscando sponsor. Hay cien "megustas" y cuatro "nomegustas" de casi cinco mil visualizaciones o visitas en youtube.  Tenemos mucho trabajo. Un no parar. 

3
Desconozco cómo aparece un "palabro" de repente. Sé cómo se transmite: salta de cerebro vacío en cerebro vacío, donde hay sitio para cualquier cosa. La expresión-muletilla "en plan" está, como el Rock and Roll, "here to stay". En lugar de callarte para respirar, o simplemente para pensar, metes un "en plan" y te las das de moderno, verbigracia: 
-"Me compré una gabardina en plan azul marino que es superdivertida".
-"La cena estuvo en plan muy bien, superdivertida".
-"Y me dice la vecina, en plan, parece que va a llover (para eso me he comprado una gabardina superdivertida)".
Vamos, que me superdivierto, o sea, en plan.

4
"La música es una revelación más alta que la filosofía". Ludwig van Beethoven.
"Permanece callado cuando no puedas mejorar el silencio". Autor desconocido, aunque me gusta adjudicarme la autoría, que no su aplicación.

Pd.- La foto es del 12 de febrero, cuando grabamos el vídeo. Obviamente, desobedecimos. Ángela Vizcaíno puede dar testimonio gráfico de que visitamos el confesionario, bien arrepentidos. 






sábado, 25 de febrero de 2017

GALLETITAS DE PUEBLO



A veces creo que mi cabeza funciona como las cookies de internet, que pasan factura a 30, 60 y 90. Por algún motivo ajeno a la informática, o no tanto, saltan recuerdos relacionados que se me ofrecen como para comprarlos en un almacén de segunda mano. 

El domingo 12 de febrero, entre toma y toma, recibo. Quid pro quo. Pese a la intensidad del trabajo, que requiere de toda la atención que un hiperactivo puede concentrar, se me va la cabeza, afortunadamente no muy lejos. A los pocos metros que separan la iglesia de San Ciprano (que la web se obstina en ubicar "en el centro del pueblo") de la casa de mis abuelos maternos (de punta a punta, no es tanto en San Cebrián) suceden cosas de nuevo, un deja-vu de mentira, porque sucede lo que ya ha sucedido, no esa trampa del cerebro que cree haber visto lo que no: la entrada en la calle polvorienta y sembrada de cagalitas de oveja que creí aceitunas gracias a mi hermano hasta que las probé, nada que ver; el portazo -¡coño, cerrad con cuidado!- en el SEAT de turno cuando un SEAT era un coche (un FIAT clonado antes de que FIAT y SEAT clonasen la misma vulgaridad);  el descenso de cinco críos en pos de los abuelos; el posterior de mis padres; los besos de Felisa, mi abuela, permanentemente enlutadita en su metro y medio escaso por los hijos que no llegaron a medrar; los de mi madre y los menos efusivos pero tan sinceros de mi padre, nada besucón; "no os esperaba" -Felisa-, "si quiere nos vamos" -Fernando, llaves del 600, 1500, 1430 o 132 en mano, siempre de usted-, "no, hijo", -Felisa asustada, sin captar la retranca de mi padre, hereditaria y eterna-; el "id al teleclub a que os convide vuestro abuelo, Serafín"; la carrera hasta el bar social, las fantanaranjas a tres pesetas y la cerveza "aguiladoradaoimperial" (se extinguió el águila, o casi) a cinco, o al revés; las partidas de tute o dominó; las pastas en la casa-tienda de la tía Anastasia ("ya vendrá mi abuela a pagar"); los caramelos rellenos de Tardá en el bar de la señora Ramona... todo lo que un forastero (pero "hijo del pueblo", que servía a mi padre para cazar codornices y perdices en los cotos junto a los Manolos, Alonso y Cuadrado -tío-abuelo de mi osteópata-, que lo trataban con camaradería) podía esperar. 
En ocasiones llevábamos a algún primo, de Serafina o Chonita, saltando las leyes de la policía, como sorpresa. Otras ya estaban allí, en su "erreseis" azul o su "sport 1600" (las menos). Más ruido de primos que aún se quieren, más jamón del sobrao, más huevos en plato de porcelana con borde azul. Más futbolistas en la era. En verano venía la francesa, Maricarmen, con Josemari, vascofrancés guapérrimo, igual que sus hijos, en un Citroen; sus hermanas Celia, Felisa (serio su marido, pero cariñoso), o los de Santander en su Renault 20 posterior al Austin rojo en cuyo maletero nos amontonábamos. El de Rioseco, con Santi y Pili. Primos y más primos, tíos y más tíos, besos y más besos.
Allí me puse piripi a sangría (mi primer piripismo, Cipri mediante y Fernando terciante, con algún sorbo despistado) por primera vez en la peña de mi prima (como los gitanos, en los pueblos pequeños casi todos somos primos) Esperancina,  que nunca será Esperanza, porque esa es su madre, la que ahora es nonagenaria y siempre cultureta (en el mejor sentido de la palabra), que cantaba en misa y dirigía el coro, con D. Isidro, el cura chiquitín añorante de la transustanciación bajo la sotana con mil misas nada mozárabes, entreteniendo la espera mística hasta que la vinagera vertía el poco vino que habría necesitado para hacer sus homilías más amenas y audibles, que parecían en latín vulgar y corriente. En la ermita de Santa Marta le ayudé, gracias a mi titulación de monaguillo capitalino, él de espaldas y yo de frente (cada uno con su concilio), muerto de vergüenza sin saber dónde mirar, y él bajo el sonido de la esquililla, "échalo todo" (el vino, de un botellín en miniatura de brandy 103, 501 o soberano, que era y es cosa de hombres muy hombres, o curas muy curas). Luego la comida: mi padre colocando las chuletillas de lechazo (después supe que no había que confundir churras con merinas, y así sigo dudando) como un arquitecto casando sillares a ojo sobre la parrilla, más reluciente que la RAE; mi abuelo poniendo pegas hasta que las probó, ya se sabe, discusión padre-hijo (aunque fueran políticos legaban a abrazarse un poco) antes de la política moderna; mi mancha en la camiseta azul tras subirme en la morera centenaria (la mancha de la mora...); la vuelta a casa impregnados de besos...
Parcial: sólo fue un vídeo de cuatro minutos grabado en seis horas.
Total: fueron muchas más cosas, minutos, horas, días, años...

Fotografía: Ángela Vizcaíno, con permiso expreso. "Cuarteto muzikanten en actitud oranten".

domingo, 19 de febrero de 2017

CUARTETO MUZIKANTEN, EL VIDEOCLIP. A VENDERSE TOCAN (DIGO CANTAN).


Uno no es nada si no se sabe lo que hace, parece decir la sociedad. No hay duda de que nadie compra lo que no conoce o no sabe que existe. Para eso, supongo, se inventó el marketing. Remar contracorriente, ajeno al mercado, se convierte en ejercicio agotador además de poco útil. 

El domingo pasado excusé mi cita con el blog, aunque adelanté mi contribución al sábado, más por disciplina que otra cosa. Había otro compromiso al que no podía faltar: la grabación del primer videoclip del Cuarteto Muzikanten. Existe otro anterior que David Ramos montó con secuencias que nosotros mismos grabamos para hacerle un regalo a Germán Díaz y promocionar sus capones Da Capo, esos que criaba en su granja para gloria de los gourmets. El cineasta gallego hizo un trabajo soberbio para firmar nuestra entrada en youtube inaugurando el canal propio.
Tocaba renovar la producción y así fue que el domingo 12 nos pusimos a ello, bajo la batuta de Marco Leonato, a quien se nota la cinefilia desde que hace la primera toma. Si has visto películas con atención no tardas en identificar sus gustos. 
La iglesia mozárabe de San Cebrián de Mazote (Valladolid) fue el escenario escogido por diversa motivos: uno es puramente estético. De entre todas las que nos ofrecieron, esta nos pareció más adecuada. Castronuevo de Esgueva, San Martín de Valvení y Aguilar de Campos tendrán su momento, esperamos. El otro tiene que ver con lo afectivo: mi madre nació en San Cebrián y me apetecía contribuir a la promoción de su pueblo, que es el mío. 
Durante las seis horas que permanecimos allí, acertó a aparecer el arquitecto encargado de la restauración en 1987, Salvador Mata, que se mostró muy satisfecho de su trabajo. Aunque dijo que no teníamos mucha pinta de mozárabes (bien cierto), me encantó escuchar sus explicaciones sobre la obra. Fue una feliz casualidad.
Seis horas y docenas de tomas más tarde, salimos de la iglesia satisfechos, contentos y ateridos. 
Supongo que antes de que acabe el invierno podremos compartir el resultado de la jornada. Ángela Vizcaíno ya ha dejado algunas perlas salidas de su cámara, pero su discreción y respeto hacia Marco impiden que disfrutemos de más fotos. 
Gracias a Toño, David y Eugenio por acompañarme en este proyecto, y a Fernando, mi hermano, que colaboró activa y desinteresadamente en esos detalles nimios, como encender más de cien velas, que son parte del trabajo como ayudante de dirección. 
También agradecemos a Emilio, nuestro intermediario, y a D. Enrique, el sacerdote, no sólo las facilidades sino el interés mostrado. Esperamos no defraudarlos. 

sábado, 11 de febrero de 2017

MUCHO EN UNO

Raramente se conjugan varias emociones antiguas. Es sólo una frase sin contrastar, como tantas otras, pero sirve para empezar el texto, que suele ser lo más difícil (otra verdad dudosa). 
Hace ocho años, mi amiga Clara, la gallega presta al abrazo no sólo físico, se tomó la molestia de crear este blog, contraseña incluida, para facilitar mi expansión artística. En principio se trataba de un casting para captar cantores. Acabó quedando en simple intención porque, abierto el cuaderno, me dio por divagar, ejercicio al que me entrego frecuentemente. Ella, sin saberlo, abrió la primera página, que fue saltando de acá para allá, de tema en tema, pero sin tema. El principal pasó a ser menos que secundario. Ahora vuelve a su origen. Ya no busco compañeros de coro, los tenía de antes sin saberlo, y de antes llegaron, pero la cosa iba de cantar.
El domingo, día que suelo dedicar a mis escritos, andaré haciendo playback en la iglesia del pueblo que dio nombre a mi madre, tan fiel a sus raíces que quiso nacer el día del santo patrón, con cuyo nombre se quedó. El Cuarteto Muzikanten, un quinteto venido a menos sólo por lo numérico, grabará su primer videoclip y lo hará en un vestigio del pasado que en mi cabeza siempre ha sido presente. A pocos metros descansan mis abuelos maternos y mi tío Félix, al que mi abuela Felisa decía que me parezco por payaso, con el cariño que una madre pronuncia esa palabra. Espero que les llegue el canto. Será un aleluya.

domingo, 5 de febrero de 2017

PIANO, PIANO...

Siempre había tenido la ilusión de cantar con un grupo pequeño. Uno crece y se harta de cargar con el instrumento de bolo en bolo, máxime si toca el piano. Aunque a veces Germán Díaz conseguía que me pusieran uno en la sala, incluso de gran cola, como el Steinway que rescataron de una inundación en un auditorio de Zaragoza y aún sonaba como nuevo pese a algunos restos de óxido, lo frecuente era llevar el mío, uno eléctrico bastante ligero, con sus patas y cables. Mi Roland solía ser el cuarto ocupante de los asientos del coche, haciendo pareja en la parte trasera con Eugenio, que tampoco necesitaba mucha conversación porque tenía la costumbre de dormir y sólo despertaba para comer o cenar. El cello del chino alternaba con mi piano entre asiento o maletero, según el coche que llevásemos. Cuando el Trío Germán Díaz dejó de existir por mor de la inquietud del zanfonero y, hay que reconocerlo, la vagancia del pianista y del cellista-oboista, me propuse formar un coro de cámara que imaginaba de ocho, doblando las voces, pero la realidad lo partió por la mitad y se quedó en cuarteto, pues Germán no estaba por la labor y Juan Ignacio, mi solista favorito, el pelirrojo con las cuerdas vocales negras, siempre se obstina en vivir lejos. Mucho antes de conformar la plantilla me dediqué a escuchar y seleccionar canciones. El primer grupo profesional del que me enamoré fueron los "King´s singers" a los que erróneamente asocié con una suerte de juglares al servicio del rey, cuando su origen era el King´s college de Cambridge, donde se fundaron el 1968. A estos les pasaba un poco como a los Platters, que sustituían a sus integrantes a medida que se jubilaban, por lo que la plantilla cambiaba de vez en cuando, aunque no su calidad. Por lo visto, en Inglaterra y Estados Unidos los cantores se reproducen por esporas... Luego llegaron Manhattan Transfer, New York Voices, y los africanos Ladysmith Black Mambazo. Tras ir eliminando la mayoría de obras de su repertorio por imposibles, me decidí a comprar algunas partituras. Mis intentos en España hicieron agua, y acabé por pedirlas a USA, desde donde tardaban menos de una semana en llegar. Acerté a contactar con una empresa californiana y la encargada de los envíos resultó ser la hija del dueño. Aparte de los pedidos, nos anduvimos carteando a título privado, charlando de esto y aquello. Una noche me dio por enviarle un regalo, por mostrarme agradecido con su diligencia, que no era la de John Ford. Era un dibujo a lapicero de la plaza mayor de mi ciudad, al que mi amigo Onrubia había sacado fallos de perspectiva.
-Las columnas están desalineadas, me dijo Jose.
-Hombre -me defendí-, que lo he copiado de una foto que yo mismo hice.
-Me sé la plaza mayor de memoria -sentenció, y sus sentencias son mucha sentencia.
Considerando lo detallista que es mi amigo, al que había visto dibujar en muchas ocasiones mientras hablábamos y tomábamos una cerveza en su estudio, comparé foto y dibujo y, en efecto, mi pajarero de cabecera tenía razón. Borré y redibujé hasta que Onrubia me dio el visto bueno.
Mi sorpresa llegó cuando la californiana me respondió para darme las gracias.
-Me encanta. Una vez estuve allí. Es la plaza mayor de Valladolid -dijo.
Luego me explicó que había hecho un tour de esos de "Si hoy es martes esto es Bélgica" y había pasado un día en Pucela, con aprovechamiento máximo por lo visto.
Aunque alguna ley impide vender por unidades partituras para coro, y sólo se permitía adquirir como mínimo tantos ejemplares como voces hubiera, por aquello de no fotocopiar, supongo, ella me hizo el favor de saltarse la norma. 
Con una estantería llena de material cantable, pude por fin juntarme con otros tres amigos: Toño, David y Eugenio, y formar el Cuarteto Muzikanten hace algo más de cuatro años. La inversión sigue ahí, en carpetas de las que hemos podido sacar más bien poco. Sin embargo hay algo más importante: quedar cada miércoles para ensayar con buena gente, con el protocolario whisky, las puñaladas propias de la condición de músicos y el buen rollo.
La semana próxima nos pondremos a grabar un videoclip. A ver si así conseguimos cantar en algo que no sea benéfico, aunque sólo sea por amortizar las partituras y el whisky.

domingo, 29 de enero de 2017

A ESCRIBIR TOCAN

La primera vez que escribí un correo a una revista semanal (más  que nada como obligación auto impuesta) hará como veinte años, casi me lo publican como ganador, eso que llaman "carta de la semana". El "casi" obedece a que la galardonada venía a ser la mía fusilada, hasta tal punto que sólo al final, cuando leí el apellido del autor (el nombre coincidía), caí en que no era yo. Releí una y otra varias veces, las comparé, y llegué a la conclusión de que tenía un sosias a menos de cincuenta kilómetros, o tal vez el encargado de seleccionarlas se había hecho un lío con el ordenador mezclando ambas. Desde entonces, mosqueo incluido, sólo he conseguido que entrecomillaran un par de frases y las pusieran en lo alto de la página, lo cual no da derecho a premio alguno. Leer mi nombre no me emocionaba tanto como para sentirme satisfecho sin la pluma, el reloj o el regalo que dieran cada vez. 
Otra revista premiaba a los lectores que pillaran erratas, no de imprenta, sino de documentación o gramaticales. Puntilloso como soy, no me costaba encontrar alguna, y semana tras semana fui recibiendo frascos de colonia, libros, calcetines y otras cosillas de poco valor venal que seguramente aportarían sus sponsors. También premiaban relatos reales en base a su originalidad y credibilidad. Una vez conté algo que me había sucedido, pero tan rocambolesco era que quien se encargase de valorarlo lo estimó poco creíble. Por no aparecer cada semana, envié uno a un amigo que lo modificó con su estilo, firmó... y ganó. 
Hace tres semanas volví a mandar otro, con cierto afán crítico, a la misma revista semanal del periódico que leo a diario. Se trataba de una especie de resumen de la misma revista. Dejando otras consideraciones aparte, supongo que será difícil para el escritor que selecciona los textos publicar uno que critica a sus compañeros. Aquí lo dejo:

"A Fulano casi lo atracan en su propia casa, motivo para cabrearse como poco. Mengano sigue enfurruñado, a vueltas con el catolicismo y su defensa que tantos enemigos le acarrea. Perantano se interesa por el punto justo del pescado a la brasa. Un baloncestista barbilampiño anda preocupado por el bálsamo labial adecuado para cada ocasión. En Siberia buscan colmillos de mamut, porque mamuts no quedan (así se ahorran matarlos como a los elefantes africanos). Un quíntuple agente secreto se ganaba la vida sirviendo a unos y otros (eso son principios y no los de Groucho). Un fotógrafo capta los residuos (visibles) de su vida. Mientras tanto, un médico investiga el elixir de la eterna juventud. Otros, al comenzar el año, se bañan en agua helada. A estos, viendo el panorama, me siento más cercano. Me temo que nos quedan muchas duchas frías. Allá cada uno con sus cosas".

domingo, 22 de enero de 2017

DE DOMINGO A DOMINGO TE VENGO A VER.

Me dio esta mañana por ordenar trastos. Cuando uno vive en una casa pequeña no queda más remedio que colocar, organizar, eliminar lo que se acumula "por si acaso". No podría definir "por qué acaso"... Así encontré un cuadro, a medias desde hace dos años largos; unas cuantas fotos por enmarcar o guardar en carpetas; partituras en boceto; libros que aún no he comido, ni creo que les hinque el diente,  apilados sobre la mesa del comedor... 
Por hacer como que hago algo útil, aunque poco convencido de su utilidad, más que nada me quito la tarea de encima: el soporte de cartón para unas fotos de pianos (esas que me imprimieron mal hace unas semanas por no estar atento) tiene flecos por culpa de mi poca habilidad en el manejo del "cortante", neologismo innecesario acuñado por el vasco de Bricomanía, que traduce literalmente "cutter" porque "cuchilla" no acaba de convencerle; el cuadro sigue tapado con una sábana, y todo lo que representa; los libros han sido colocados alfabéticamente en la estantería; las partituras para el cuarteto no amarillean porque el papel ya era amarillento cuando lo compré. He visto una aplicación para tableta que permite escribir a mano las partituras y las convierte en formato PDF, con signos de imprenta, y además te las va cantando. Quizá las compre (tableta y aplicación) y puede que acaben por ser el próximo objeto que cambie de ubicación un domingo cualquiera. A lo mejor me decido a invertir en un artilugio que guarde todos mis discos, fotos, libros y partituras para tardar menos en ordenarlos, aunque el domingo sería menos domingo sin deberes.
Sigo haciendo un Bukowski light: dos chupitos mientras escribo. Ni por esas...

domingo, 15 de enero de 2017

DE LO CIRCUNSTANCIAL Y OTRAS MENUDENCIAS (MISCELÁNEA DOMINICAL AL USO)

Uno no está donde está sólo por méritos, sino por una serie de circunstancias prosaicas: la oportunidad, la casualidad, el momento puntual (influyen hasta los segundos) y hasta la edad. Yo tampoco escapo de esas variables, o sea, no puedo sacar pecho, si es que hay algo de lo que presumir. 

Ayer por la tarde fui a ver un partido de baloncesto de categoría amateur, semiprofesional para otros (en función del sueldo, supongo, así que habrá quien ejerza una profesión con sueldo de semi, y quien cobre como pro siendo amateur en el ejercicio, ejem), un entretenimiento de sábado ocioso. El nivel baloncestístico es una cuarta división con jovencitos que buscan mejorar y quizá dar un salto a categoría superior y veteranos de vuelta que matan el gusanillo (veteranía es superar los treinta en el mundo del deporte).
Reconozco que el partido en sí no me atrajo mucho, porque desde el principio había diferencias notables entre el local y el visitante y eso le quitó emoción. Anduve cambiando de asiento, saludando a unos y otros (mi ciudad, capital "de provincias", tiene esa ventaja: conoces a mucha gente). En el público estaban un ex-jugador y un ex-entrenador de ACB, y yo sentado entre ambos. El ex-base es compañero de trabajo y además lo cuento como amigo, algo que conviene remarcar y no confundir. Me encanta escuchar sus historietas de cuando era profesional, sin jactarse de nada, cosa que envidio sinceramente, porque humildad me falta. También lo es el entrenador del equipo de casa. A mi otro vecino de asiento, el ex-entrenador de primera, que ahora está en segunda, lo conocía de vista (por la tele y por la calle) pero nunca había hablado con él. También charlé con un preparador físico que ha ascendido de categoría y fue alumno mío de chaval. Y en el banquillo local estaba, bajando de categoría profesional, a quien sustituyó aquel. Parece un galimatías y puede que lo sea, pero doctores tiene la iglesia y estilos la escritura. 
Lo importante del asunto, parece obvio, no fue el partido: fueron las conclusiones a las que llegué.
-Este equipo no estaría donde está si no fuera por quien lo entrena (y eso que su hijo juega con ellos)- dijo el ex-entrenador ACB, que sigue en leb oro, 
-Anda que no hay diferencia entre estos y los de ahora -comentó el ex-preparador físico del local, que ahora trabaja para otros de superior categoría.
-Hola -saludó el preparador físico del local, que antes fue ACB y tenía prisa, por algún asunto familiar.
-El de tu izquierda y el que está en la cancha son los dos mejores entrenadores que he conocido en mi equipo, o casi -sentenció el de la derecha, que ha jugado con un tal Arvidas y durmió en la cama de un tal Tkachenko- opinión que comparte mi amigo Choche, que es mucho Choche y sabe un huevo de esto y de más cosas.
Al terminar el encuentro di la enhorabuena y un abrazo al entrenador de los de casa. 
-Tenéis que venir más, que nos dais suerte.
Suerte es la de tu equipo, pensé, por tenerte como entrenador. Y la mía por conocerte. 
Si el mundo fuera justo, que no lo es, algún día volverían los dos entrenadores a pisar las canchas de equipos ACB, cosa que deseo.  Son los dos únicos a los que he oído apelar a algo que no sean los huevos en los tiempos muertos. Dos docentes motivadores, elegantes y con sabiduría como para poner una tienda, una franquicia o publicar libros de autoayuda sin pensar en los réditos inmediatos, sino en los de a largo plazo, que son los que duran. 
PD.- Por más que los pinche, jamás sale una mala palabra de sus bocas, un poco de veneno del que se acumula aunque no quieras. Caballeros, al fin. Es lo que falta.

domingo, 8 de enero de 2017

UN ACTO DE JUSTICIA

La semana pasada conté una anécdota, no pasó de esa categoría, de mínima relevancia. Después de releer mi entrada, para que quedase claro, añadí una postdata explicativa, por si algún lector interpretaba erróneamente el texto. Ayer, cosas del destino, tuve la fortuna de caer en manos de funcionarios del sector salud, subsector (o suprasector, según se mire) urgencias. Podría incidir en el hecho de que estuve cuatro horas en los pasillos de dos hospitales esperando a que atendieran a mi hija, y una hora más recibiendo atención médica, pero no sería justo sacarlo de contexto. Los recortes siguen siendo patentes, no hay duda, pero los profesionales de la salud, con ojeras, cuatro manos, agotados ("ellos lo eligieron, que se jodan", dirán algunos) se esforzaron por atendernos sin perder la amabilidad. Como nosotros, habría no menos de doscientas personas, entre enfermos y acompañantes, esperando pacientemente (también es un mérito) atención inmediata. No hay un solo "pero" que poner: desde las recepcionistas hasta el vigilante jurado, pasando por el celador, el MIR, el maxilofacial, la jefa de servicio y enfermeras, todos, sin excepción, mostraron una conducta excepcional, aunque cobren menos, trabajen más y les toque lidiar con pacientes a los que seguramente les afectaron los recortes, las cláusulas suelo, las subordinadas o preferentes, los ERES y el largo etcétera de putadas que nos han ido cayendo, sin contar lo más importante: que estaban enfermos. 
Lo mejor de un país como el nuestro es que lo forman personas venidas de todos lados con sus peculiaridades, esas que en lugar de separar unen (a lo peor se nos olvidó la historia, si es que alguna vez la conocimos).  Las salas de espera parecían los pasillos de la ONU: chinos, africanos de diferente tostado, españoles ídem, americanos de origen (o no) hispano, y qué sé yo. Por desgracia la enfermedad nos pone exactamente en el mismo lugar: humanos todos, al fin y al cabo. Quizá sea una suerte que haya algo que nos haga bajar del burro de la aparente superioridad. 
Gracias a Toño Cano, Laura Hernández y Laura Fernández, José Miguel Redondo, Jorge Vallejo y al resto de personal (no hay categorías, porque todos suman) por cuyas diestras (quizá zurdas) manos fuimos pasando. 
Confío en que ahora que tenemos un gobierno de minorías absolutas no habrá otra que ponerse de acuerdo y las cosas irán a mejor. Ya era hora.
Y que conste: no soy funcionario, sino miembro de ese espacio intermedio o tierra de nadie llamado "concertada". Será por eso que entiendo perfectamente a ambos grupos.

PD.- Mi hija, bastante asustada, se sorprendió por lo bien que la trataron. Le dije: si eres amable lo serán contigo, quizá no todos, pero sí la inmensa mayoría. Y se impuso la mayoría absoluta, que aquí sí importa, vale y sirve.

Más PD.- De justicia es mencionar que esto sucedió en Arturo Eyries y el Hospital Río-Hortega, pero estoy seguro de que en cualquier otro sería igual. 

miércoles, 4 de enero de 2017

HAY DÍAS, DÍAS Y DÍAS

Ayer se me ocurrió, por parecer que había hecho algo en vacaciones, revelar unas fotos. Desde la llegada de la fotografía digital, la mayoría (a veces todas) permanece archivada en carpetas del ordenador, no como antes, que vivían en un álbum y se las podías enseñar a tus invitados más incautos.
Bajé a la fotocopistería (reprografía se llama hoy, pero soy de los tiempos del ciclostil y me cuesta adaptarme). Antes me había tomado la molestia de ordenarlas numéricamente, para que a la joven que trabaja ahí le resultase más fácil e incluso hice una simulación en mi ordenador para ver el resultado. Como se encontró con algunos problemillas, le sugerí que le dejaría trabajar en paz y volvería en un rato.
-Si no estás aquí no puedo hacerlo.
Sorprendido por la respuesta, pregunté el motivo, y su explicación vino acompañada de un gesto torcido.
-Si estoy en el ordenador la gente se enfada porque cree que no les atiendo.
-Bueno, entonces ¿prefieres que me quede mirándote?
-Puedes mirar donde quieras -contestó agriando aún más su gesto.
Así lo hice, por ser obediente, con los ojos perdidos aquí y allá para no perturbar su labor. Me llamaron al móvil y oí sus toses para captar mi atención, casi riñéndome. Colgué por si había alguna cláusula en el contrato que se me hubiera escapado, como estar pendiente sin estar pendiente.
Lo curioso es que otras veces, tanto ella como sus compañeras, habían satisfecho mi demanda, y lo que antes se podía hacer, ayer no. Se lo hice saber, lo cual tampoco fue de su agrado.
Me entregó las tres hojas en DIN A3, una de las cuales salió desformateada, con las nueve fotos en diferentes tamaños. 
-Eso es que las habrás retocado. 
-Creo que no -dije, seguro de que no-.
-Si las trajeras maquetadas sería más fácil.
-Si supiera hacerlo... (y tuviera una fotocopiadora profesional en casa, no vendría a verte -pensé).
La despedida no fue muy navideña: ella recogió el dinero y yo mis fotos, con un saludo forzado. 
Salí de allí, mosqueado, hacia la oficina de correos. La cola llegaba casi hasta la calle, pero ya tenía número, que había cogido antes de lo de las fotos. La funcionaria, de esas con años de experiencia y puesto ganado, no es la más hábil de la estafeta pero siempre mantiene la sonrisa. Me atendió educadamente, con sus tropezones acostumbrados que son parte de su personalidad, y nos deseamos feliz año con sonrisa sincera. 
A veces la empresa pública y la privada cambian sus papeles, no los reales, sino esos que solemos adjudicar haciendo caso a los tópicos. Enhorabuena a la funcionaria (como la mayoría, trabajadora y amable).