domingo, 4 de diciembre de 2022

4 DE DICIEMBRE

 Nací con reloj de serie, conectado con mi memoria a largo plazo, y funcionan ambos como una película de cine, no de fotos (aunque a veces también). Relojes, cine y fotos me acompañan desde pequeño, por vía paterna. 

 Mi amigo Juan Carlos cumpliría hoy 57 años. Antes de la misa de doce, le puse unas velas eléctricas. Por caprichos de mi cabeza, que funciona de forma autónoma, me acordé de la primera cena, que vino precedida de una promesa que nos hicimos los cuatro de entonces, del cole, del mus en el club del colegio de médicos, y de los pinchos de tortilla con chato de mosto en el Jovi: J.C, Sanmi, Nacho y yo.

—El primero que tenga trabajo invita a los otros tres —convinimos.

 Como no dejamos por escrito cláusulas ni letra pequeña, las clases particulares de solfeo que daba a unos vecinos sirvieron para pagar mi deuda. Un curre es un curre, aunque sea en negro.

 Nos plantamos, reserva mediante, en un hotel céntrico que tenía restaurante. Cuatro mocosos, dos con derecho a voto, rodeados de mesas con familias, parejas y gente seria y adulta, llamaron la atención del maitre. Como jefe de la expedición, y con el mando en plaza que me otorgaba mi billete morado en la cartera, me permití pedir el vino. 

 —Un Protos... o algo parecido —dije. Hablaba de oídas, por lo poco que había aprendido hasta entonces, pero en la mesa de al lado había una botella igual.

 El hombre me miró con cierta conmiseración, aguantando la risa. Se temería que, a la hora de pagar, nos ofreciéramos a fregar platos para compensar mi falta de liquidez. 

 —No tenemos, pero puedo ofrecerle un Balbás joven.

 Acepté, por no discutir. Un hombre con uniforme impone más que cuatro chavales en vaqueros.

 Nacho se comió el pisto, aunque aquel amasijo se parecía más a un puré a medio triturar que al pisto de verdad, el que su madre, de Albacete, preparaba. Sanmi cortó su escalope milanesa, un filete empanado, en román paladino, en trocitos pequeños.

 —Coño, Jose. Corta y come —le dije.

 —De eso, nada. Primero trabajo y después como.

 No recuerdo qué pedimos Juan Carlos y yo. Solo que lo pasamos bomba, pagué y nos fuimos felices después de nuestra primera cena con mantel de tela. Tampoco sé si hubo otras —el pacto era "el primero paga"—. 

 Ahora que caigo, años más tarde hubo una especie de masterchef del mismo cuarteto en el chalet de Sanmi. Compramos dos lechazos, y cada uno de nosotros se encargó de asar su cuarto —lo de trasero y delantero no era importante— en el horno de Pereruela, con bandejas de barro, como mandan los cánones lechacísticos. Cada uno hizo el suyo según la receta materna, y el mío ganó en el punto, dorado y crujiente, pero quedó más soso que el menú de una residencia de ancianos. Otro flotaba en aceite; el tercero sobrevivió al naufragio por exceso de agua sin flotador, y el último se quedó a medio hacer, más cerca del carpaccio, que en aquella época no existía o no sabíamos qué coño era— que del asado. No nos importó —incluso las discusiones, votadas por el resto de comensales fueron divertidas—. Cenamos en el jardín, y algunos dormimos allí después de discutir sobre los merecimientos de los asadores de pacotilla. 

 Juan Carlos y Sanmi ya no pueden participar de un nuevo reto. Hace años que los llamaron al restaurante en el que solo sirven maná. Descansen en paz. Solo espero que nos les dejen entrar en la cocina.