sábado, 18 de noviembre de 2017

QUE CUARENTA AÑOS NO ES NADA.



Hace algo más de un mes me llegó un "guasá" de alguien que no estaba en mi lista de amigos. Se identificó como Carla, una ex alumna del año en que empecé a trabajar en el colegio. El motivo era invitarme a la celebración de sus nosecuantos años sin falda "príncipe de Gales" o pantalón gris en el caso de los pocos varones que entonces se animaban a ir a un colegio de monjas, hasta entonces exclusivo para niñas. (Por cierto, antaño se permitía que las chicas vistieran pantalón, como ahora piden algunas feministas. Por lo visto éramos unos adelantados a nuestro tiempo. Lo de chicos con falda ni se planteaba ni se plantea). Acepté el convite aunque posteriormente tuve que declinarlo, no en latín, por otro compromiso familiar que  había pasado por alto. Reconozco que también pensé que, con dos copas y un ambiente distendido, a alguna se le podía caer el mito, si es que alguna vez lo fui. En 1990 yo era un joven de veinticinco años y no era difícil caer bien por el mero hecho de ser un hombre en un claustro con mayoría de mujeres. 


Hoy nos hemos reunido en la sala de conferencias. Algunas de ellas tienen hijos a los que doy clase, lo que me hace sentir un vejestorio, y ya conocen el centro. La mayoría llevaba más de veinte años sin pisar por aquí y se han sorprendido del cambio. Comentaban sus recuerdos: sor Tal o sor Cual, este profesor, el día que me echaste de clase no sé por qué... y después han vuelto a la sala para disfrutar de un vídeo muy emotivo con fotos de cuando eran de agustinas. Carla ha cerrado el acto oficial con unas palabras temblorosas, como sus manos, que sujetaban la chuleta. Hoy se podía chuletear sin castigo. Al despedirnos, una se ha acercado:
-Acabo de ver la orla. Ya te he reconocido. -Puñalada inocente-. 

Lo que me enorgullece de mi trabajo es ver a mi alumnado de entonces convertido en adulto, y pensar que de algún modo, espero que positivo pese a las meteduras de pata, he contribuido a su formación humana. Me doy cuenta de que el esfuerzo merece la pena. Algunas de ellas se dedican a la docencia y saben de qué hablo. 
Me he quedado con las ganas de darles las gracias por acordarse de mi y de paso pedirles perdón por las veces en que se sintieron injustamente tratadas. Pueden estar seguras de que en mi ánimo sólo estaba ayudarlas, aunque en ocasiones uno no pueda, o directamente no sepa cómo hacerlo. Lo cierto es que si alguna tenía cuentas pendientes lo ha disimulado francamente bien y se lo agradezco de corazón -uno tiene sus miedos-. El perdón también se enseña en los centros religiosos. He evitado subir al estrado para que las lagrimillas de emoción no escaparan, que andaban rondando y ahora mismo lo siguen haciendo, no por mostrar debilidad, pues no la concibo en el hecho de llorar, sino por no chafarles la fiesta. Es día de alegría, y deseo que en este momento en que se llegarán por los postres o la primera copa que acaba por aflojar el tornillo que sujeta las verdades, rían de felicidad por el reencuentro, confiesen sus secretos antiguos y, en definitiva, muestren su cara de los domingos aunque sea sábado. Me habéis hecho muy feliz durante dos horas. Gracias, chicas (y chicos). Recuerdo que decía en mis clases: "la única diferencia entre vosotros y yo es que he nacido antes y me ha dado tiempo a aprender más cosas, pero eso se arregla... con más tiempo". Digo yo que ha quedado demostrado.

(Mi primer día de clase entré trajeado. Meses más tarde, una alumna me confesó que había gritado: ¡que viene el nuevo, y está muy bueno! 
-¿Eso dijiste? - pregunté entre sorprendido y halagado.
-Sí. Es que te vi de lejos).

sábado, 11 de noviembre de 2017

EL TIEMPO Y EL TEMPO

De la obsesión de mi padre por la puntualidad suiza me quedaron algunas virtudes rayanas con la manía, como la capacidad de observación y la misma tara de andar todo el tiempo controlando el reloj, sincronizándolo con radio nacional de España o el 092, el número de teléfono gratuito que cantaba: "veinte horas, siete minutos, diez segundos, piiiii". A los quince años le gané una apuesta al P. Oñate, "el pila", una vez que se empeñó en hacernos entrar en clase antes de la hora.
-Aún no son las cuatro, dije tras consultar mi reloj, que sería cualquiera de los de mi padre.
El cura, profesor de física, tenía un reloj que nos parecía atómico al que concedía más crédito que una tarjeta black. Contrariado por mi seguridad, me llevó a empellones hasta la clase, un anfiteatro con gradas donde hacía experimentos. Me dio el auricular del teléfono y marcó el numerito ese que daba la hora exacta.
-Quince horas, cincuenta y ocho minutos, cuarenta segundos, piiiii -dije imitando la voz grabada.
-¡Déjame! -respondió mientras me quitaba el aparato y se lo pegaba a la oreja. Escuchó atentamente y tuvo que claudicar... pero sólo un poco y momentáneamente. 
-¿Me puedo ir?
-No. En lo que sales ya serán las cuatro -sentenció. Quédate sentado.
Cuando entraron mis compañeros, algunos de los cuales estaban conmigo al comienzo de la discusión, los miré con cara de triunfador, aunque de nada me sirvió porque el profesor me frió a preguntas hasta las cinco, como venganza por mi afrenta.
Desde entonces mis relojes eran la referencia para toda la clase y mis amigos me miraban con cara de "¿qué hora es?" cuando la lección se ponía coñazo. Como además mi hermano y yo éramos probadores oficiales de la colección de relojes de nuestro padre, venían de vez en cuando a ver qué "peluco" llevaba ese día.
Años más tarde quiso la fortuna que en mi muñeca luciera su mejor pieza, orgullo paterno, el día que cumplía treinta y seis. Al llegar a casa del trabajo, mi padre me preguntó la hora, se la dije y la cotejó con otro que se ajustaba automáticamente, un Junghans radiocontrolado.
-Adelanta un poco. Déjamelo.
Fue al cuarto pequeño, en origen el de la criada que nunca tuvimos, donde guardaba las lupas y destornilladores con los que modificaba el tornillo enano que controla la presión del muelle real o qué se yo, y me lo dio de nuevo.
-Muchas felicidades. Ah, ya no me lo devuelvas. Quédatelo.
Sabiendo el aprecio que tenía a su reloj me pareció el mejor regalo del mundo.

No siempre los relojes de mi padre eran mis aliados. Las pocas veces que fuimos a la playa en familia, mis hermanos y yo teníamos que esperar tres horas justas, sin minutos de gracia, a hacer la digestión antes de bañarnos, ya fuera de un café bebido o de un cocido montañés. Tres interminables horas, por más que mi madre le recordara que un colacao no requería de tanta espera.
Sentado en la toalla miraba a la gente, preferiblemente de sexo femenino; a los que jugaban a las palas; a mi padre por ver si se apiadaba; y a veces, si se podía, al mar, que siempre nos quedaba muy lejos no fuera a subir la marea de golpe, tal era el miedo de mi progenitor a que nos pasara algo. Cuando acertó a encontrar el significado de la palabra "hidrocución", que poco tenía que ver con el temido corte de digestión, yo ya era mayor para bañarme cuando me diera la gana.

Con sueldo fijo no me ponían hora en casa, pero las seis en punto  a.m. era el límite que yo me fijaba cada sábado -ya domingo- después de la jornada de ventas en el Corte Inglés. Una vez, a menos cinco, Onrubia me dejó a la puerta de casa y la chica que venía con nosotros, a la que luego Jose llevaría la suya -de la chica, que era mujer-, insistió en enseñarme su piso con no sé qué excusa o sin ella.
-Es muy tarde -le dije-. Mi cama me llama. Quizá otro día...
Probablemente el propietario de la cama que me recibiera era el punto de discordia y de ahí su insistencia. Viendo que no era capaz de convencerme, optó por la vía de la afrenta o el reto:
-Puede que otro día no me apetezca.
-Correré el riesgo -respondí. Y salí del coche a escape. A las seis, "como un clavo", entré en el domicilio familiar.

Lo del tempo tiene que ver con la precisión, cosa que he ido aprendiendo de mis profesoras de música y últimamente de Nacho, el director de la agrupación vocal con la que canto. Para contentarlo hacen falta dos relojes perfectamente sincronizados con RNE, con sus manos y con su respiración. Y prepárate si uno hace tic y el otro tac: los dos tienen que sonar "taek". En caso de duda, ya está Toño, el profesor de inglés, que nos da la pronunciación exacta.

Gracias, papá. Ya sabrás que ahora, cuando voy a la playa, me da igual la hora: ni me baño ni me acerco a la orilla. El chiringuito queda lejos. Y si hay un tsunami, que me pille contento.

domingo, 22 de octubre de 2017

DOMINGO: DEPORTE.

Cuando era alumno del Sanjo, "los jesuitas", había un tal Paúl, un tipo guapo y fornido que jugaba al rugby. Era de los mayores, esos a los que recuerdas cuando te vas del colegio. Militaba en el Universitario, allá por los setenta y tantos, y salía en "el Norte de Castilla" los lunes, igual que Chus Landáburu, un palentino de Guardo que jugaba en el Real Valladolid de fútbol y acabó fichando por el Rayo, luego el Barça y después el Atlético de Madrid. José Carlos Muñoz, profesor de educación física, entrenaba al Michelín de balonmano. Gonzalo Cuadrado, otro de "gimnasia", llegó a ser director del INEF en León. Luis Blasco, el de "¿cuánto haces en miiiiiiil?", era entrenador de atletismo. Silvano Bustos, un tío desgarbado y buena persona, jugaba al baloncesto en el Fórum. Félix Tremiño y Edilberto de la Fuente corrían los tresmil obstáculos (tres kilómetros pegando brincos y saltando la ría) y alternaban primer y segundo puesto en campeonatos junior. Alfredo Lahuerta devoraba los ochocientos en minuto cuarenta y ocho. También destacaba Borja, otro centrocampista de quitarse el sombrero, al que admiraba aún más por jugar con mi hermano, Fernando, que era mi ídolo deportivo y de más cosas, muy parecido por velocidad y recursos al Pato Yáñez, solo que en guapo, rubio y con los ojos azules. También practicaba atletismo hasta el cuatrocientos. Hoy sólo le ha cambiado el color del pelo y corre menos porque en el golf hay que andar. 
Mi colegio tenía una colección de profesionales, no había duda. Eran nuestros ídolos aunque quizá no los valorásemos en su justa medida por tenerlos en casa, como suele suceder.  Los conocía a todos, y me sentía orgulloso de compartir patio con ellos, aunque no habilidad deportiva, porque era de los que aprobaban raspado cuando no suspendía la asignatura de EF. Cosas de la vagancia y otras limitaciones. 
Un día alguien me sugirió que me apuntase a rugby. Me dio la risa: un tío enclenque rodeado de gorilas no era mi ideal deportivo. Ya jugaba a fútbol y baloncesto, o mejor dicho, entrenaba, porque en los partidos chupaba banquillo. Pero lo del "oval", como se dice ahora, me quedaba bien grande.
Lo que entonces se me escapaba era lo que ahora entiendo: el rugby era el deporte educativo por excelencia. Tratan al árbitro de usted; acatan sus decisiones públicas -hay un micro que todo el mundo puede escuchar- sin poner pegas y si protestan se ganan una sanción que perjudica a  su equipo. Y lo que es mejor: hacen pasillo al vencedor y celebran el tercer tiempo en el bar. En tiempos de bronca, trampas y malos modos, el rugby es el ejemplo -no sólo para ir a hacerse selfies al estadio, que eso pasa en todos los deportes-. Será por ello que hasta a unos tiarrones de un par de razas que juegan para Nueva Zelanda como si fueran una les han dado el "princesa de Asturias". 
Y a "Les luthiers", por supuesto. Pero estos juegan en otra liga.
PD.- La granadina Alhambra Nievas ha recibido el premio a la mejor árbitro o árbitra internacional de rugby. 
-Aquí no hay cuotas -dice orgullosa, y no es para menos.
Es guapa, muy guapa. Pero ese no es el premio. ¿Es o no educativo el rugby?

sábado, 14 de octubre de 2017

BILLY ELLIOT, MADRID, MADRID, MADRID Y "MIS CELÁNEAS" FAVORITAS


Anduve ayer por Madrid, de andar y andar y, ¡cómo no! se me disparó la máquina de los recuerdos que funciona como quiere y en el orden que le da la gana.
Madrid era, de pequeño (no el foro, que siempre fue enorme para mí), el lugar donde vivían mi tío José Luis -el único hermano de mi padre-, mi tía Luisita y mis siete primos de cuento, tan enanos como cabritillos. Luego crecieron mucho, pero por fortuna no se hicieron cabras. Nos veíamos poco, porque la autopista crecía conmigo -nació conmigo- a paso lento y era de peaje, como ahora, así que íbamos por el puerto con las paradas acostumbradas para purgar los mareos sin "biodramina". Llegábamos con el SEAT 1500 verde echando el bofe, y el pobre supongo que le contaría el mal rato a su hermano blanco y bifaro, el 1500 de mi tío. Fernando y José Luis eran tan iguales y tan distintos...
Madrid era sólo Ponzano 26. De hecho, hasta hace un par de años, no vi la plaza Mayor, pese a haber estado cerca, en el kilómetro cero, donde nos citamos los pardillos con los del foro para no perdernos, como me dijo Mercedes, una madrileña que conocí de vacaciones en Fuengirola. La otra vez que nos vimos, quedamos en la plaza de Alfredo Mahou, que es nombre bien chulapo y cervecero. Espero que a nadie se le ocurra cambiarle el nombre por uno políticamente correcto, como Plaza de Cero Cero, ahora que San Miguel y Mahou son la misma empresa. (Espacio cedido para publicidad sin encubrir).
A punto estuve de vivir en Madrid en 1990, cuando opositaba a azafato de IBERIA -las agustinas misioneras me evitaron el mal trago, gracias a Dios-. Cada vez que iba a hacer un examen, en coche, autobús o tren, sudaba hasta deshidratarme: las gitanas que te echaban la buenaventura -o malaventura si no les dabas una moneda del tamaño adecuado-; los taxistas, sólo unos pocos, que preguntaban el consabido "¿por dónde le llevo?" para ver si pasabas el test, al que aprendí a responder con un "por donde haya menos tráfico, que me estoy meando"; los trileros y otros buscavidas parecían estar esperando mi llegada. 
El día de la entrevista personal previa al cursillo fue el de mi gloria, purgatorio e infierno después del juicio final.
-¿Se ha enterado usted del terremoto de San Francisco?
-La verdad es que no. He llegado anoche desde Valladolid y tengo el sueño profundo. Ni me he enterado.
Por suerte rieron la ocurrencia del paleto.
Luego pateé las calles, ora solo, ora acompañado y así conocí de pasada lugares sólo accesibles sin perderse para población autóctona o con años de peregrinaje. De paso me despedí de tres "asuntos pendientes" -más bien me despidieron-: entre el viernes de llegada y el sábado de partida cené con Gema, desayuné y comí con Natalia y tomé café con María. Eso sí: todas fueron elegantes y generosas en la despedida y me dieron un beso de castidad variable. También me despedí de los aviones antes de despegar. (Por acrecentar los recuerdos, ayer me crucé por Goya con un exfutbolista, hermano de una azafata alta y guapa, ambos originarios de Pucela).

Billy Elliot, el musical, me llevó de nuevo a los madriles. Ya sea en formato fílmico o teatral con banda sonora, no ha perdido su capacidad de hacerme llorar. Bueno, se ha acrecentado: sólo lloro al final de la peli, pero el musical me sacó lagrimitas contenidas en más momentos. Será porque han cambiado el orden. Así me ahorré la llantina mientras se encendían las luces. El cabreo por los dos bares incluidos en la sala, aparte de los del ambigú de cada planta no me lo quitó nadie. Cuando se necesitan palomitas y refresco para disfrutar de un espectáculo es que algo falla, quizá el presupuesto y la urgencia por cuadrar las cuentas. 

(En unos días se celebrará la SEMINCI. Al menos durante esa semana los palomiteros podrán poner cara de entendidos en cine. Supongo que por eso se publican en FB pocos selfies delante de "Las meninas" en El Prado).

domingo, 1 de octubre de 2017

MI NUEVO CORO NO ES UN CORO (HASTA AHÍ PUEDO ESCRIBIR). ¿QUÉ ES SER MAYOR?


Una compañera de trabajo me comentó en mayo que había unos tíos  que querían hacer un coro (solo de hombres) y me pasó el contacto. Lo leí y anduve pensándomelo unos días. La cosa parecía muy profesional, no económicamente, por ser una asociación cultural sin ánimo de lucro -mal empezamos- sino por el planteamiento:
-"Se valora buen nivel de inglés hablado y leído, idem de lenguaje musical. Límite: 55 años. Prueba de acceso".
Ya soy mayor para Operación triunfo, pensé, esperando no serlo para otros menesteres menos triunfales, si cabe. De ahí mi demora. Opté por escribir un correo, incluyendo los vídeos del Cuarteto Muzikanten, por ver si me libraba del casting, que en dialecto profesional se llama audición, ese trabajo que dicen tener los cantantes que no tienen trabajo. Como no obtuve respuesta, me tocó tragar con la norma general y audicionar, o sea, ser escuchado/aguantado por el director, con su infinita paciencia. -Nadie que dirija un coro puede estar exento de ella-. Después de la obra obligada, que cantan los supporters del Liverpool en cada partido, aunque no me dejó darle al whisky para meterme en el papel, y otra de libre elección, me adelantó su veredicto no vinculante:
-La única pega es que eres mayor.
Considerando que mayor es un comparativo de origen latino, que no significa necesariamente viejo, no quise tomármela a mal, aunque un poco me escoció y lo fui rumiando de camino a casa de mi madre, que a punto de cumplir 83 se lo tomó a socarrona risa de la abuela Felisa.
Nada más regresar de mis vacaciones playeras llegó el email de admisión, redactado con cierto venenoso suspense, por no decir cabroncete. Y unos días más tarde, me enviaron ocho hermosas obras, ocho, para aprender de memoria ASAP (¿no pediste manejo del inglés?). Ahí te las torees. Después, la convocatoria de inauguración.
Una de las primeras cosas que dijo el director fue que "este coro no es un coro". Quería decir que huiríamos del estereotipo (será que cantaremos en cuadrafónico por tener cuatro voces e incluso más) de señores con partitura. Por si las moscas, me quise asegurar, a riesgo de parecer bobo, saltándome la máxima de Groucho Marx ("es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo").
-¿Quieres decir con eso que tampoco vestiremos de negro corporativo? -Ya he contado aquí que me hace gracia el uniforme de los que huyen del uniforme, como si el negro riguroso no dejase de uniformar la alternativa. Quizá no sea hoy día para escribir sobre mayorías y minorías que comparten defectos y virtudes, más de unos que de otras según quién opine-. 
-Ni pajarita, traje ni corbata.
Respiré aliviado, justo lo contrario de lo que hacen mis tres amigos del Cuarteto Muzikanten cuando me ven aparecer antes de un concierto, o hacía Germán Díaz, que justificaba mi vestimenta diciendo:
-No se lo tengáis en cuenta. Es pianista.
Tras la presentación del proyecto y una caña sin Homeovox, regresamos al local cuyos efluvios compartimos con bailaoras de sevillanas. Una hora más tarde ya teníamos la primera obra montada de memoria, igual que la nata: al rato acaba por desmoronarse, aunque nos fuimos antes del desplome.
No se me permite desvelar más del asunto, así que quien quiera, que siga leyendo. En unas semanas habrá otros medios de masas para enterarse, redes sociales y tal. Por hoy ya he contado bastante. Y de paso me han sugerido una lectura (acabo de encargar el libro) para matar el rato: "¿Está usted de broma, señor Feynman?".

domingo, 24 de septiembre de 2017

ESTHER GORDO Y LA CALIGRAFÍA. BUSCANDO MI DUCTUS.


Uno agradece cualquier excusa para bloguear los domingos...

Aún conservo docenas de cartas en varios cajones de mi casa, de la de mis padres, de cuando era escribidor, lo que no he dejado de ser. Antes de la llegada de internet y el eficaz email, las personas nos comunicábamos de un modo menos frío y mucho más emotivo. Escribir una carta suponía un esfuerzo placentero: elegir y comprar papel, sobre y sello; escribir pausada, enamorada o alocadamente,  -o todo al tiempo- según el día y el destinatario; acercarse a la oficina de correos o al buzón y, de vuelta a casa, contar las horas hasta recibir respuesta, bajando al portal a revisar el casillero como hoy se consulta el wasap, solo que atendiendo al horario habitual de los carteros. A veces volvías corriendo del colegio, preguntabas si había carta para ti y en lugar de enseñarte una epístola amistosa tu madre te daba con las notas de la evaluación en todo el morro.
Uno se esmeraba con buena letra para evitar confusiones, sabiendo que no todos los que recibían mis cartas eran farmacéuticos, de hecho ninguno lo era, aunque había una amiga a la que escribí cuando estudiaba esa carrera, pero nuestra relación epistolar fue muy breve porque no contaba con el beneplácito de su novio.  Otra amiga, o más que eso, Aidana, se adelantó a la moda de los emoticonos, adornando sus misivas con dibujitos breves y muy concisos, algunos de los cuales no superarían la censura del mensajero este instantáneo que nos ocupa media vida.
-Mi padre, que mañana cumpliría ochenta y cinco años, tenía una letra elegante, particularísima, de la que he copiado algunos trazos-.
En alguna ocasión me carteé con americanos del norte, cuya letra parecía un tipo más del word, como si todos ellos recibieran clases de caligrafía estadounidense. 
En España, un tal Rubio se encargaba de adiestrarnos en el arte de escribir bonito, y de paso nos enseñaba aritmética. Creo que lo sigue haciendo con sus cuadernillos verdes.
Solía ejercer de perito calígrafo, tratando de adivinar mensajes ocultos según fuera la letra de quien me escribiera, o incluso aventurarme a descifrar su personalidad. Una carta no era sólo un relato de los últimos días, sino una especie de ficha policial.

Ayer me dio por apuntarme a un curso de caligrafía. Lo hice por varios motivos que minimizaban el impacto de perderme la siesta del sábado: era cerca de casa, no demasiado pronto como para verme obligado a engullir el segundo plato y lo impartía una ex-alumna, Esther Gordo, de la que ignoraba que, aparte de ser ingeniero (o ingeniera, ella dirá), dedicaba sus horas libres a imaginar, diseñar, pensar, escribir letras. 
Esther pertenecía a la primera clase de la que fui tutor en 1990, un sexto de EGB con cincuenta alumnos y amplia mayoría femenina, gracias a Dios. En la misma aula estaba María José, que hoy es una de mis muchas jefas en el colegio. Nunca sabes con quién ni dónde te vas a encontrar en el futuro, así que procuro llevarme bien con todo el mundo, por si las moscas o los mosqueos. 
Al entrar en la tienda-taller, "ideas en polvo", Esther ya estaba esperando frente a la enorme mesa de trabajo junto a Deiana, la simpática y guapa propietaria de origen búlgaro. Delante de cada silla había una caja de cartón con un rótulo primorosamente caligrafiado en el que se leía el nombre de cada participante. Por ser el único hombre me habían colocado en un lado corto de la mesa, el más alejado de la puerta. Aunque dijeron que era para presidir, intuí que sería para evitar mi huida, no sólo por minoría numérica sino habilidosa. Mis compañeras de curso, todas encantadoras, aguantaron mis bromas, esas que suelo usar cuando estoy nervioso. Y como venganza, demostraron que eran mucho mejores que yo manejando la plumilla.

Mientras Esther explicaba los ejercicios yo la veía sentada en una de aquellas cincuenta mesas de 6ºA, con sus once o doce años, el babi azul a rayas y la sonrisa casi perenne, salvo algunos accesos de genio, que sacaba de vez en cuando. Ayer sólo conservaba la sonrisa, porque es una mujer guapa, alta y sobre todo inteligente y sensible. De algún modo me sentí partícipe de su formación, de una mínima parte, y me invadió una vanidosa satisfacción por verla esplendorosa y feliz. Que además compartiese conmigo su gusto por el arte me complació aún más. Me dije: "mi trabajo tiene estas recompensas".

Reconozco que la engañé un poco al pedirle que escribiese "Cuarteto Muzikanten" y que hace meses, cuando supe gracias a internet que era calígrafa, estuve a punto de solicitar presupuesto para el mismo rótulo. Luego le expliqué el porqué de mi capricho y hoy mismo acabo de pedirle permiso para publicarlo. Lo menos que puedo hacer es ser agradecido y darle un poco de publicidad, que la merece de sobra:
http://esthergordocaligrafia.com/

Pasé cuatro dichosas horas escuchando, mirando, sacando fotos y, por encima de todo, disfrutando. Ahora tendré que buscar otra excusa para no usar los varios juegos de plumines y tintas que se almacenan en mi escritorio.

Pd.- La letra que aparece en la primera fotografía es mía. Asumo mi culpa por no haber esperado a que Esther escribiera más y se pudiera observar la "sutil" diferencia... En la otra foto, Esther demostró que se puede escribir hasta con una herramienta previamente maltratada por el alumno díscolo y torpón. Y cuando le dije que no era "muzikante" se las apañó para colgar la n. 

Al despedirnos esbocé un abrazo agradecido que quizá sorprendió a Esther por mi efusión, pero era mi forma de manifestar la euforia. 




                                                                               ... gracias, Esther.

domingo, 10 de septiembre de 2017

MARCO LEONATO, BLOW, CUARTETO MUZIKANTEN...



El amigo Marco Leonato, que grabó nuestro vídeo de promoción en la iglesia de San Cebrián de Mazote, se sorprendía esta semana del éxito que habían tenido las fotos que hizo durante un concierto de Blow, pedazo de grupo rockero vallisoletano, después de compartirlas en FB. Entre agradecimientos casi se disculpaba, con humildad desacostumbrada entre artistas, por considerarse fotógrafo aficionado y no merecedor de tanta loa. Suele pasar, creo, que los comentarios positivos sobre el trabajo de alguien coinciden con este cuando tiene la autoestima bien alta, cuando es realmente bueno o en el caso de que sea justamente lo contrario. -La autocomplacencia es enemiga de la excelencia. El elogio debilita según de quién venga y quién lo reciba. A mi madre le encanta todo lo que hago, pero es mi madre y mira al polluelo con ojos de gallinita orgullosa-. 
Después de un concierto, lo que me deja pensando es la crítica del amigo que olvida serlo durante una hora, explicándome qué le disgustó y por qué, con argumentos basados en el conocimiento. Aunque lo mencione de paso y ni siquiera eso, lo bueno se da por supuesto. Uno ya es mayorcito para separar la paja del grano. -Hace años, un crítico de prensa, ex-cantante mediocre y resentido, aprovechaba cada concierto del coro universitario para hacer y repartir leña contra el director, con el que tenía algún tipo de cuenta pendiente. Era un hombre documentado en lo suyo, pero la inquina le dominaba. Los comentarios técnicos que esgrimía en otras críticas desaparecían cuando el objeto de su ira era mi querido D. Carlos y me dolían más que a este mismo, que las tomaba a chanza. Luego resultó que a sus amigos los ponía por las nubes, vamos, que se le veía el plumero de lejos y sin gafas-.
El miércoles pasado no encontré médico de urgencias, sólo una amiga enfermera de SACYL que no estaba facultada para dispensar recetas en su nombre ni hacer parte de baja que justificara una faringoamigdalitis aguda con disfonía provocada por la cagalera de los nervios. Después de saludar a mis familiares y amigos se me pasó de golpe, así que los fallos de afinación fueron culpa mía. Es lo bueno de no depender de la taquilla.
Gracias a los que vinisteis, a vuestra paciencia, aplausos y críticas, las mejores medicinas.
El próximo concierto será de pago, pero prometo que aunque la sala esté vacía nos esforzaremos por ofrecer una actuación digna, superar nuestras carencias y buscar el nivel de excelencia que podamos alcanzar dentro de nuestras posibilidades. Y si hay fallos, como los hubo esta semana, la culpa no será sólo -algo sí- del empedrado. 
Me encantó veros a todos, absolutamente. Y daros besos y abrazos, mucho más.

Pd.- Gracias, cómo no, a Toño, David y Eugenio por seguir aguantándome. Y sobre todo por ser amigos, músicos y críticos.