domingo, 19 de mayo de 2019

RELATO BASTANTE BREVE.

Lo mejor suele ser documentarse antes de emprender una tarea, y el que no lo haga en esta época de información en la palma de la mano, o es un perezoso o alguna cosa peor. Diferente es, según la habilidad de cada quien, alcanzar el objetivo. Por claros que estén los manuales de montaje, a veces la silla KETECHINGEN sale cojitranca. Lo malo es que, a la hora de escribir, no hay recetas infalibles, del estilo «búsquese un tema (1); escójanse los adjetivos calificativos (14); colóquense delante o detrás de los sustantivos (14), preferiblemente en proporción de uno a uno; únanse los sintagmas con verbos (en cantidad variable); aderécense estos con algún adverbio y las partes de cada sintagma con preposiciones; repítase la operación por cada frase. Sírvase el producto encuadernado».

Esta semana se me antojó leer a Monterroso, el del dinosaurio que, según múltiples versiones apócrifas —y mira que es corto y fácil de memorizar— todavía estaba allí, aún vivía allí o aquí, o se acababa de marchar antes de que despertase no se sabe quién. El muy noble Augusto tenía una colección de pinceles, desde el de un solo pelo hasta brochas melenudas, que manejaba con idéntica maestría. Por fortuna, Tito no se sumó a la corriente de crear un personaje y exprimirlo por entregas periódicas, ni falta que le hacía. Se sacó un dinosaurio de la chistera y que cada uno lo imagine como le venga en gana. 

Durante este mes y medio de ausencia, sin escribir en este cuaderno, también he recuperado a otro escritor, Roald Dahl, conocido por niños y adultos —en parte gracias al cine— y sus relatos breves, llenos de fina ironía o más gruesa mala leche. 

Para que conste mi aprendizaje, aquí dejo un relato hiperbreve, con documento gráfico de esta misma mañana. El segundo inspiró el primero. 

«CUANDO DISPARÉ, LA ARDILLA CASI NO ESTABA ALLÍ».



PS.- Tan arrobado por la lectura, olvidé echar un vistazo al manual de la cámara. No se puede estar a todo.

domingo, 31 de marzo de 2019

LANG LANG (ALONSO ALONSO, PERO EN CHINO).


Me propongo ser breve. No lo he conseguido hasta ahora. Avisados estáis. Tenéis el domingo por delante, aunque nos hayan robado una hora.

Hace unos días, el famoso pianista chino Lang Lang (pronúnciese Lang Laaaaaaang, con ascenso y descenso en las vocales del apellido, según explicó él mismo en una tele de pago), ofreció un concierto en Valencia. A falta de más datos que los que comenta la prensa (no me queda más remedio que darlos por válidos, habida cuenta de que nadie lo ha desmentido, o me conste), cobró 200.000 euros por el bolo. Nada que objetar. Uno pide y le dan, o no, aunque no siempre se pague por uno lo que realmente vale. Gracias a esa ecuación sobreviven muchos.

Supongo que el palacio de las artes, las ciencias, los peces o donde quiera que se celebrase el evento, estaría lleno de peces, perdón, de público. Bien es sabido que los peces comen lo que les echen hasta hartarse, hasta reventar incluso. En mi memoria queda Goyito, mi mascota alérgica al jamón de york.

Dicen unos que con esa pasta pública —la que no es de nadie porque nunca nos dejan tocar los billetes, que van directamente de la nómina al erario público sin pasar por la casilla de salida, y que no es poca a menos que seas ministro, diputado o senador (tirando por lo público)— se habría pagado a cinco o seis, puede que muchos más, artistas de mucho nivel. Otros añaden que los cargos y las cargas (en este caso prima el femenino) encargadas —obsérvese  mi sutileza gramatical— del contrato tendrían que ser profesionales de las artes, si bien queda en el aire qué entendemos por arte y por profesional, y me viene a la cabeza ARCO. No falta quien alude a cuestiones (dudosas) de promoción interna, léase paisanaje, o artistas locales. 

El chino guapete pasó por la tele, tocó frente a Las Meninas de Velázquez en el museo del Prado —con un Steinway premium, puto D-274, te odio porque no te puedo tener—, y luego se soltó un concierto de Beethoven y tres propinas, será por tiempo y dinero. No estuve allí, pero habría aplaudido hasta sangrar —como hicieron los asistentes—.

Las puñeteras casualidades existen. Hace unos días compré la autobiografía de Lang Lang. Le robaron la infancia —se la robó su padre en los años de la China jodida, obsesionado por tener un hijo number one, como el padre de Michael Jackson en la jodida América, el de Mozart en la ¿Austria? del siglo XVIII o el de Beethoven en la Alemania del XVIII y XIX— y el chico sobrevivió. 

Ahora se le tilda de amanerado, acomodado y nada filantrópico. ¿Alguno de los que lean esto renunciaría a cobrar lo que pide si se lo pagan? 

La solución está clara, que no cerca: se llama educación. Cuando educadores, público, periodistas, políticos, gestores estén lo suficientemente formados, ajenos a lo crematístico, para empezar, y a otros asuntos como modas, tendencias, fobias y filias, traumas, amiguismos y pendencias varias, lo mismo es hora de tenerlos en cuenta. Mientras tanto, me quedo con una idea: Lang Lang actuó porque unos y otros lo pagaron.


sábado, 30 de marzo de 2019

ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ (NO LA MÍA).

Cada vez que se convocan elecciones, ya sean generales, regionales o provinciales, me acuerdo de Saramago. En su mundo literario le dio por imaginar que los portugueses no iban a votar, sin haberse puesto de acuerdo antes. Las consecuencias se conocen si se ha leído el libro, Ensayo sobre la lucidez, que viene a ser un ensayo novelado sobre la política. 
Como suelo decir, no es necesario manifestarse pública sino privadamente para que los futbolistas cobren menos, los ganapanes no ganen ni pan y los malos cantantes se dediquen al karaoke. Con no ir al fútbol, no poner "Telechingo" y no asistir a conciertos "a echar unas risas" dejo de sentirme partícipe de la proporción de sueldo que se llevarían de mi parte. 
—Es que si yo solo no pongo la tele, no arreglo nada —dicen algunos.
—Pues nada, hombre. Convoque Ud. un referéndum. 

domingo, 3 de marzo de 2019

A VER QUÉ OS CUENTO

Como cada domingo (cada domingo como), después de comer enchufo el portátil. Es darle al botón y me apetece fumar. Beber, a días. Hoy también. Leo la prensa, la de ahí y la de acá, por hacerme idea de qué va la cosa. Los artículos de opinión —que lo son todos, porque quien escribe, opina o le hacen opinar—, esos encuadrados y en lugar preferente, con firmas reconocibles de la marca "palabra de Dios", parecen tener patente de corso, mando en plaza o nihil obstat/imprimatur por la gracia del Altísimo.
Uno se ha entretenido, a falta de otros menesteres, en buscar al escritor español, muy español y mucho español, que mejor defina lo español. Me da que esperaba ser mencionado, pero no me consta que lo hayan recompensado, y mira que es de su pueblo: envidioso, soberbio, con mala leche. Solo le falta una virtud: ser escritor, aunque a ver quién le dice a alguien que publica libros y los vende que no es sino escribidor. 
Otro, que añora el latín, no como lengua original sino vehicular, abjura del bilingüismo, aludiendo a la lengua materna y la madre que la parió. Me pregunto cómo lo harán los europeos del norte, los admirables portugueses, los polacos y tantos otros comunitarios, para hablar dos idiomas, o los balcánicos, que en cuatro semanas chapurrean castellano y en ocho lo hablan mejor que muchos de aquí. Será cuestión de sistemas, métodos o convicciones. Que en España no funciona, es un hecho, pero es lo más cerca que hemos estado nunca. 
Hay un tercero al que, por motivos que se me escapan, le han adjudicado una página impropia. Mejor le iría la de gastronomía, ya que tanto le gusta aconsejar restaurantes y manjares que, dicho sea de paso, solo pueden pagarse unos pocos. 
Y para no tener nada que contar, ya he contado bastante. Cada vez me parezco más a ellos.

domingo, 24 de febrero de 2019

MARINATI (DOS)


Llevo un rato buscando el relato, pero no aparece. Creo recordar que algo tenía escrito sobre Marinati de Santiago, aparte de lo de hace dos semanas, cuando el homenaje —mala cosa es que te agasajen o manden flores cuando no puedes olerlas—, pero soy incapaz de encontrarlo en mi blog. 

Como dejé escrito, mi amigo Onrubia, el que no se cansa de llamarme vago —no le falta razón— nos presentó. Se acordó de mí un día que Juventudes Musicales necesitaba un intérprete —no musical, sino de inglés— y no halló a nadie mejor, o directamente no halló a nadie más. Fui a la estación de trenes y, desde allí hasta la Sala Borja, serví de chófer a un par de músicos británicos. Iba explicándoles lo que conocía sobre mi ciudad en el precario inglés que sabía. Eso ya lo he contado. Tras el concierto, fuimos a cenar —ese fue mi pago, más que suficiente—. Desde entonces, Marinati me consideró uno de los suyos, como si pagase la cuota de JJ.MM. —Nunca me pidió que me afiliase, le parecía que mi contribución compensaba—. Quizá fuera en otra cena, pero tampoco importa demasiado. Ángel González, un animal de las teclas, que se daba poca importancia porque, para él, tocar el piano era como tomar una copa, estaba sentado a mi lado, dando cuenta de unas chuletillas de lechazo en la bodega de Félix, La Sorbona, en Fuensaldaña. El mismo Félix vino a contarnos unos chistes. Yo era el pulpo del garaje, el convidado de piedra, el intruso, pero nadie me hizo sentir así. Una joven pianista pidió el azucarero y echó exactamente catorce cucharaditas de azúcar en un café solo. Después habló Onrubia:
—Este toca el piano pero lo ha dejado por vago.
—Qué pena— dijo Marinati—. —¿No quieres volver a intentarlo?
Anduve pensándolo un tiempo y accedí.

El primer día de clase me contó las condiciones del contrato. 
—Una hora de clase a la semana. La de hoy es gratis. Domiciliación bancaria —hasta en eso era exquisita—. Y mucho trabajo en casa. Solo te presentarás a examen cuando yo crea que estás para un diez. Aquí no buscamos solo el aprobado.

Los martes, un poco antes de las siete, me presentaba en su estudio, el de "las hermanas de Santiago"— no había un hermano Santiago—, aunque algunos las llamaban "las Marinatis". Chola y Maribel usaban otras aulas para sus clases de piano y lenguaje musical. José Luis, un chaval guapote, me precedía. Estaba en noveno o décimo, y asistía a las clases de Manuel Carra en Madrid. Cuando él se marchaba yo me sentaba en la banqueta, aún caliente pero no contagiosa —para mi desgracia—, frente al Petrof de gran cola, que lo mismo no lo era pero a mí se me hacía largo, muy largo. Después de un tío de grado superior, me sentía como un telonero que llega tarde. Mientras él terminaba, Susana García Póliz, que entonces me caía regular solo porque cuando nos cruzábamos por el Paseo de Zorrilla ignoraba mis miradas, de tan furtivas que eran, y que aún no sospechaba lo que estaba por llegar y mi parte de culpa —ambos y un tercer invitado lo sabemos—, me hacía algún comentario en voz muy baja.

Lo de Mozart y mi aterrizaje en el suelo también lo he contado. Marinati se pinchaba un lapicero en el moño y lo sacaba a cada poco para señalar en la partitura mis meteduras de pata. Ya daba de sí el lapicero. Al final de aquella, mi primera clase, había más restos de grafito que notas impresas en mis fotocopias. Esa era otra: «Mañana te compras el libro de sonatas, edición Urtext. Es muy triste que un pianista termine la carrera con una carpeta llena de fotocopias y ni un solo libro».

—¿Sabes cuándo compuso Mozart esta sonata? —me preguntó, con la sonrisa algo mudada—.
—Ni idea.
—Justo después de que su madre falleciera. Y la acabas de tocar como si viniese de la feria. 
Se sentó. Ajustó la altura de la banqueta. Me miró, no de reojo sino fijamente, y empezó a tocar de memoria. 
—Te espero el martes que viene. Trae preparados solo los compases que puedas tocar bien. No quiero cantidad. Calidad, ¡calidad! —repitió.

Me esforcé, o lo que entiendo por esforzarme, pero nunca di la talla. Marinati soportaba mis atentados sin perder la sonrisa, acaso un poco de vez en cuando, no la culpo, y volvía a la carga. Más espada-lapicero, más marcas, más correcciones.
—Calidad.

Una tarde había mucha música, a lo grande, en su estudio. Yo era incapaz de concentrarme. Alguien dominaba el espacio sonoro.
—Es que ese tío me distrae.
Me recriminó la blandura y la grosería.
—Ese tío es Josep Colom. Ahora te lo presento. 
Fuimos a la habitación de al lado. El maestro Colom me saludó brevemente. Luego siguió repasando el repertorio de su concierto.
Aguanté —Marinati me aguantó— menos de quince minutos. Salí derrotado. Un accidente de coche, casi mortal, me salvó de mayores sufrimientos. Volví a clase dos meses después, pero mi cabeza estaba en otro lado. Se lo expliqué y nos despedimos con un par de besos sonoros, igual que nos saludábamos cada martes. Era buena, muy buena, hasta para despedirse. 

Años más tarde coincidimos en el aeropuerto de Lanzarote. Me presentó a Antonio. Después nos volvimos a encontrar en el mismo hotel. Baciero bajaba en zapatillas al hall, donde había un piano de cola. Mientras yo tomaba café, él hacía dedos, pero para mí era como asistir a un concierto. Me acerqué y le pedí permiso para escucharle. 
—Ah, usted es el amigo de Marinati. Me ha dicho que también es pianista. 

Cualquiera que haya participado de este mundillo comprenderá cómo me sentí. El mismísimo Antonio Baciero me incluía entre sus colegas gracias al comentario de Marinati.
—No. Sólo fui su alumno durante dos meses.

Prosiguió repasando su repertorio, con comentarios y explicaciones sobre cada obra.
—Hace años vine a tocar en la isla y me alojé aquí, en este hotel. El director me dijo que podía usar el piano siempre que quisiera. Solo bajo después de comer, cuando no hay gente, para no molestar.
—Por la noche toca un tío —le dije— con la terraza llena. Y no es muy bueno que digamos. —Era uno de esos del chunda-chunda para turistas—.
Sonrió sin dejar de tocar. Acabé mi café, ya helado, y me dio vergüenza seguir molestándole. Antes de salir a la piscina, donde mi esposa y mi hija me esperaban, le di las gracias.
—Gracias a usted —respondió, con tres palabras mullidas sobre la alfombra de Mozart.

Le conté la anécdota a mi mujer. Pasé el resto de la tarde entre nubes, aunque el cielo era "azul purísima". Baciero, Colom y Zimerman —al que había escuchado desde un palco del teatro Lope de Vega, con Onrubia, creo que también Ángel González, y Marinati— tocaban para mí. 

Y en este instante la veo, en un cielo sin nubes, con su lápiz amenazador pinchado en el moño. Eso sí, sin perder la sonrisa, y mira que la puse a prueba.

domingo, 10 de febrero de 2019

MARINATIDESANTIAGO

Nunca me quedó claro cómo escribirlo. Ni el nombre ni el apellido. Es cuestión menor. Para mí era Marinati —aún dudo de la griega o la latina—, todo seguido, tal como se pronuncia. Y lo sigue siendo, porque las personas que pasan por nuestra vida con intensidad que supera el tiempo, llegan y se quedan. 

El omnipresente Onrubia tuvo la culpa, o mejor dicho, fue el responsable —¿cómo podría culpar a Jose (sin tilde, como los de barrio de toda la vida) de presentarme a una de las hermanas de Santiago (injusto sería olvidar al resto del triunvirato, Chola y Maribel, aunque tengan menor predicamento público)?—. 

Alguno me acusa de ir de protagonista en vidas ajenas. Coño, ¿qué quiere usted que haga si tengo la suerte de cruzarme en el camino de personas importantes? Pues enmarcarlas y salir en la foto. Usted, ¿qué haría? Ah, ya caigo: un selfie. Lo mismo que yo, pero me tomo la molestia de ponerlo en letras, sin foto. Cámara tenemos todos. Pluma unos pocos.

El "gubias" (Onrubia, en dialecto Panizo del "corteinglés") me llamó.
—Oye, que necesitamos un intérprete —lingüístico— para Juventudes musicales.
Venían de fuera, de la pérfida Albión, pianista y violinista, y la infraestructura era poca. Ahí suelo caber. Nichos de mercado.

Hice lo que pude, gramática mediante. Me invitaron a la cena posterior. Le caí bien a Marinati, e insistió en recuperarme para la causa perdida (Onrubia es amigo, y me vendió como pianista errático).

De los dos meses y medio como alumno me quedó la sensación agridulce de "los años perdidos". "Nunca es tarde" es la frase buenista. Para mí no, pero decidí probar, por si acaso.

Cuando recuerdas a alguien que te puso en tu sitio, sea el que sea, sin "hellokitties" o "misterguonderfuldeloshuevosful", con cariño y sin acritud, tiene que ser por algo. Y, tengo que reconocerlo, Marinati me puso en mi sitio, sobre todo el día en que me mandó al suelo de una culada, —de la banqueta de un Petroff de gran cola a la moqueta— después de maltratar a Mozart. Entendí la metáfora. Vivíamos una realidad distinta, aunque me dejó compartirla durante unas semanas. 

DEP, Marinati. Te lo ganaste.

domingo, 3 de febrero de 2019

LA GRIPE NO ES LO QUE ERA, LAURA, QUERIDA.

No pensaba escribir hoy. Llevo despierto desde las cinco de la mañana, sacándome la gripe-resfriado-catarro-bronquitis a base de escalofríos, sudores, tos profunda —flema no inglesa— e ibuprofenos. 
—Leche caliente con miel —me sugiere Laura, mi joven y bella compañera, un encanto de maestra venida del cielo con paracaídas, que ayer se mostraba orgullosa —no es para menos, que la muy atrevida fue sin visón, contraviniendo las normas sociales, a quién se le ocurre— por haber asistido a la ópera de Nueva York desde un cine. —He visto Carmen, la de Bizet. 
—No está mal, para empezar —le contesto por guasap, pero se lo toma a mal, o a regular como poco. Aún no me conoce lo suficiente como para aceptarme-aguantarme como soy. No le confieso que escuché en directo a Alfredo Kraus en el MET, y en el primer acto me dejó frío —mi ídolo caído—. En el segundo, el vello de punta me avisó de que algo grande estaba sucediendo —mi ídolo resurgido, lo que va de la noche al día—. 
Luego intercambiamos mensajes ad hoc sobre la didáctica: del vino, de la ópera, de la leche con miel —descremada con miel de abeja, semidesnatada con miel de avispa. Matices y más matices—.
—La ópera es ópera, la componga Bizet o Verdi.
—La comida es comida, la cocine yo o Adriá.
Tarda en responder. Como aspirante a la final de Masterchef —llegó a las "semis", la fase anterior a salir en la tele, pese a que daba muy bien en cámara, condición sine qua non para ser cocinera televisiva, pero su lubina salvaje al horno se quedó en carpaccio o sushi, el puñetero horno— se lo estará pensando. Sabe que la aprecio, quiero, admiro, y por ello me perdona la caña cariñosa que le meto, igual que el abrazo que le doy por aprobar el TFG.

La gripe —como las heladas— era más severa con Franco. Cuarenta de fiebre, durante cuatro días, o diez bajo cero, una semana entera. Así crecimos, sin término medio.

Entre sudor y temblor, leo el discurso de Corral Castanedo para su ingreso en la academia de las bellas artes provincianas —las capitalinas se escriben con mayúsculas, bien lo sabría Umbral, que transmutó de pucelano a Madrileño—. Ya sea por casualidad o porque nació el mismo año que mi padre —se me antoja que patearon las mismas calles y conocieron a las mismas personas con mote—, lo encuentro muy familiar. Hasta puede que se conocieran. Gracias, Paz Altés, por regalarme el librito. 

PS.- Una cantante-cantaora, con apellido de raza pura, declara en su entrevista del XL Semanal que toma zumo de naranja para desayunar, "pero medio vaso, que si no me da acidez". Cuando lleve veinte discos se atreverá a contar la verdad: le afloja el vientre, como a todos, pero ahora no es momento de descender a la sima escatológica. Yo contaría que desayuno lo que encuentro, me da pereza levantarme media hora antes para engullir una dieta cardio-saludable que, por cierto, nunca coincide entre las de quienes ocupan la última página del Semanal; que si café solo doble en vaso de duralex "sed lex"; tostadas de masa madre que me parió; mermelada de canguingos homeopáticos con peces fecales; agua de lluvia medio tibia, medio peroné; nécoras al punto de sal —hay un estudio de la OMS que lo avala—; nesquik de fresa con galletas maría untadas de tulicrem, pero sólo por una cara, la cara B concretamente, que es la transgresora, como el "I´m in love with my car" respecto al "Bohemian Rhapsody", o puede que al revés te  lo digo para que me entiendas. Para contar lo que piensas y pasarte la opinión de los demás por el forro de borreguillo hay que ser Carmen Maura. O presentar los Goya y tener a la peña de tu parte. 
Cuando la posdata ocupa más que el texto es que algo estoy haciendo mal.