sábado, 14 de octubre de 2017

BILLY ELLIOT, MADRID, MADRID, MADRID Y "MIS CELÁNEAS" FAVORITAS


Anduve ayer por Madrid, de andar y andar y, ¡cómo no! se me disparó la máquina de los recuerdos que funciona como quiere y en el orden que le da la gana.
Madrid era, de pequeño (no el foro, que siempre fue enorme para mí), el lugar donde vivían mi tío José Luis -el único hermano de mi padre-, mi tía Luisita y mis siete primos de cuento, tan enanos como cabritillos. Luego crecieron mucho, pero por fortuna no se hicieron cabras. Nos veíamos poco, porque la autopista crecía conmigo -nació conmigo- a paso lento y era de peaje, como ahora, así que íbamos por el puerto con las paradas acostumbradas para purgar los mareos sin "biodramina". Llegábamos con el SEAT 1500 verde echando el bofe, y el pobre supongo que le contaría el mal rato a su hermano blanco y bifaro, el 1500 de mi tío. Fernando y José Luis eran tan iguales y tan distintos...
Madrid era sólo Ponzano 26. De hecho, hasta hace un par de años, no vi la plaza Mayor, pese a haber estado cerca, en el kilómetro cero, donde nos citamos los pardillos con los del foro para no perdernos, como me dijo Mercedes, una madrileña que conocí de vacaciones en Fuengirola. La otra vez que nos vimos, quedamos en la plaza de Alfredo Mahou, que es nombre bien chulapo y cervecero. Espero que a nadie se le ocurra cambiarle el nombre por uno políticamente correcto, como Plaza de Cero Cero, ahora que San Miguel y Mahou son la misma empresa. (Espacio cedido para publicidad sin encubrir).
A punto estuve de vivir en Madrid en 1990, cuando opositaba a azafato de IBERIA -las agustinas misioneras me evitaron el mal trago, gracias a Dios-. Cada vez que iba a hacer un examen, en coche, autobús o tren, sudaba hasta deshidratarme: las gitanas que te echaban la buenaventura -o malaventura si no les dabas una moneda del tamaño adecuado-; los taxistas, sólo unos pocos, que preguntaban el consabido "¿por dónde le llevo?" para ver si pasabas el test, al que aprendí a responder con un "por donde haya menos tráfico, que me estoy meando"; los trileros y otros buscavidas parecían estar esperando mi llegada. 
El día de la entrevista personal previa al cursillo fue el de mi gloria, purgatorio e infierno después del juicio final.
-¿Se ha enterado usted del terremoto de San Francisco?
-La verdad es que no. He llegado anoche desde Valladolid y tengo el sueño profundo. Ni me he enterado.
Por suerte rieron la ocurrencia del paleto.
Luego pateé las calles, ora solo, ora acompañado y así conocí de pasada lugares sólo accesibles sin perderse para población autóctona o con años de peregrinaje. De paso me despedí de tres "asuntos pendientes" -más bien me despidieron-: entre el viernes de llegada y el sábado de partida cené con Gema, desayuné y comí con Natalia y tomé café con María. Eso sí: todas fueron elegantes y generosas en la despedida y me dieron un beso de castidad variable. También me despedí de los aviones antes de despegar. (Por acrecentar los recuerdos, ayer me crucé por Goya con un exfutbolista, hermano de una azafata alta y guapa, ambos originarios de Pucela).

Billy Elliot, el musical, me llevó de nuevo a los madriles. Ya sea en formato fílmico o teatral con banda sonora, no ha perdido su capacidad de hacerme llorar. Bueno, se ha acrecentado: sólo lloro al final de la peli, pero el musical me sacó lagrimitas contenidas en más momentos. Será porque han cambiado el orden. Así me ahorré la llantina mientras se encendían las luces. El cabreo por los dos bares incluidos en la sala, aparte de los del ambigú de cada planta no me lo quitó nadie. Cuando se necesitan palomitas y refresco para disfrutar de un espectáculo es que algo falla, quizá el presupuesto y la urgencia por cuadrar las cuentas. 

(En unos días se celebrará la SEMINCI. Al menos durante esa semana los palomiteros podrán poner cara de entendidos en cine. Supongo que por eso se publican en FB pocos selfies delante de "Las meninas" en El Prado).

domingo, 1 de octubre de 2017

MI NUEVO CORO NO ES UN CORO (HASTA AHÍ PUEDO ESCRIBIR). ¿QUÉ ES SER MAYOR?


Una compañera de trabajo me comentó en mayo que había unos tíos  que querían hacer un coro (solo de hombres) y me pasó el contacto. Lo leí y anduve pensándomelo unos días. La cosa parecía muy profesional, no económicamente, por ser una asociación cultural sin ánimo de lucro -mal empezamos- sino por el planteamiento:
-"Se valora buen nivel de inglés hablado y leído, idem de lenguaje musical. Límite: 55 años. Prueba de acceso".
Ya soy mayor para Operación triunfo, pensé, esperando no serlo para otros menesteres menos triunfales, si cabe. De ahí mi demora. Opté por escribir un correo, incluyendo los vídeos del Cuarteto Muzikanten, por ver si me libraba del casting, que en dialecto profesional se llama audición, ese trabajo que dicen tener los cantantes que no tienen trabajo. Como no obtuve respuesta, me tocó tragar con la norma general y audicionar, o sea, ser escuchado/aguantado por el director, con su infinita paciencia. -Nadie que dirija un coro puede estar exento de ella-. Después de la obra obligada, que cantan los supporters del Liverpool en cada partido, aunque no me dejó darle al whisky para meterme en el papel, y otra de libre elección, me adelantó su veredicto no vinculante:
-La única pega es que eres mayor.
Considerando que mayor es un comparativo de origen latino, que no significa necesariamente viejo, no quise tomármela a mal, aunque un poco me escoció y lo fui rumiando de camino a casa de mi madre, que a punto de cumplir 83 se lo tomó a socarrona risa de la abuela Felisa.
Nada más regresar de mis vacaciones playeras llegó el email de admisión, redactado con cierto venenoso suspense, por no decir cabroncete. Y unos días más tarde, me enviaron ocho hermosas obras, ocho, para aprender de memoria ASAP (¿no pediste manejo del inglés?). Ahí te las torees. Después, la convocatoria de inauguración.
Una de las primeras cosas que dijo el director fue que "este coro no es un coro". Quería decir que huiríamos del estereotipo (será que cantaremos en cuadrafónico por tener cuatro voces e incluso más) de señores con partitura. Por si las moscas, me quise asegurar, a riesgo de parecer bobo, saltándome la máxima de Groucho Marx ("es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo").
-¿Quieres decir con eso que tampoco vestiremos de negro corporativo? -Ya he contado aquí que me hace gracia el uniforme de los que huyen del uniforme, como si el negro riguroso no dejase de uniformar la alternativa. Quizá no sea hoy día para escribir sobre mayorías y minorías que comparten defectos y virtudes, más de unos que de otras según quién opine-. 
-Ni pajarita, traje ni corbata.
Respiré aliviado, justo lo contrario de lo que hacen mis tres amigos del Cuarteto Muzikanten cuando me ven aparecer antes de un concierto, o hacía Germán Díaz, que justificaba mi vestimenta diciendo:
-No se lo tengáis en cuenta. Es pianista.
Tras la presentación del proyecto y una caña sin Homeovox, regresamos al local cuyos efluvios compartimos con bailaoras de sevillanas. Una hora más tarde ya teníamos la primera obra montada de memoria, igual que la nata: al rato acaba por desmoronarse, aunque nos fuimos antes del desplome.
No se me permite desvelar más del asunto, así que quien quiera, que siga leyendo. En unas semanas habrá otros medios de masas para enterarse, redes sociales y tal. Por hoy ya he contado bastante. Y de paso me han sugerido una lectura (acabo de encargar el libro) para matar el rato: "¿Está usted de broma, señor Feynman?".

domingo, 24 de septiembre de 2017

ESTHER GORDO Y LA CALIGRAFÍA. BUSCANDO MI DUCTUS.


Uno agradece cualquier excusa para bloguear los domingos...

Aún conservo docenas de cartas en varios cajones de mi casa, de la de mis padres, de cuando era escribidor, lo que no he dejado de ser. Antes de la llegada de internet y el eficaz email, las personas nos comunicábamos de un modo menos frío y mucho más emotivo. Escribir una carta suponía un esfuerzo placentero: elegir y comprar papel, sobre y sello; escribir pausada, enamorada o alocadamente,  -o todo al tiempo- según el día y el destinatario; acercarse a la oficina de correos o al buzón y, de vuelta a casa, contar las horas hasta recibir respuesta, bajando al portal a revisar el casillero como hoy se consulta el wasap, solo que atendiendo al horario habitual de los carteros. A veces volvías corriendo del colegio, preguntabas si había carta para ti y en lugar de enseñarte una epístola amistosa tu madre te daba con las notas de la evaluación en todo el morro.
Uno se esmeraba con buena letra para evitar confusiones, sabiendo que no todos los que recibían mis cartas eran farmacéuticos, de hecho ninguno lo era, aunque había una amiga a la que escribí cuando estudiaba esa carrera, pero nuestra relación epistolar fue muy breve porque no contaba con el beneplácito de su novio.  Otra amiga, o más que eso, Aidana, se adelantó a la moda de los emoticonos, adornando sus misivas con dibujitos breves y muy concisos, algunos de los cuales no superarían la censura del mensajero este instantáneo que nos ocupa media vida.
-Mi padre, que mañana cumpliría ochenta y cinco años, tenía una letra elegante, particularísima, de la que he copiado algunos trazos-.
En alguna ocasión me carteé con americanos del norte, cuya letra parecía un tipo más del word, como si todos ellos recibieran clases de caligrafía estadounidense. 
En España, un tal Rubio se encargaba de adiestrarnos en el arte de escribir bonito, y de paso nos enseñaba aritmética. Creo que lo sigue haciendo con sus cuadernillos verdes.
Solía ejercer de perito calígrafo, tratando de adivinar mensajes ocultos según fuera la letra de quien me escribiera, o incluso aventurarme a descifrar su personalidad. Una carta no era sólo un relato de los últimos días, sino una especie de ficha policial.

Ayer me dio por apuntarme a un curso de caligrafía. Lo hice por varios motivos que minimizaban el impacto de perderme la siesta del sábado: era cerca de casa, no demasiado pronto como para verme obligado a engullir el segundo plato y lo impartía una ex-alumna, Esther Gordo, de la que ignoraba que, aparte de ser ingeniero (o ingeniera, ella dirá), dedicaba sus horas libres a imaginar, diseñar, pensar, escribir letras. 
Esther pertenecía a la primera clase de la que fui tutor en 1990, un sexto de EGB con cincuenta alumnos y amplia mayoría femenina, gracias a Dios. En la misma aula estaba María José, que hoy es una de mis muchas jefas en el colegio. Nunca sabes con quién ni dónde te vas a encontrar en el futuro, así que procuro llevarme bien con todo el mundo, por si las moscas o los mosqueos. 
Al entrar en la tienda-taller, "ideas en polvo", Esther ya estaba esperando frente a la enorme mesa de trabajo junto a Deiana, la simpática y guapa propietaria de origen búlgaro. Delante de cada silla había una caja de cartón con un rótulo primorosamente caligrafiado en el que se leía el nombre de cada participante. Por ser el único hombre me habían colocado en un lado corto de la mesa, el más alejado de la puerta. Aunque dijeron que era para presidir, intuí que sería para evitar mi huida, no sólo por minoría numérica sino habilidosa. Mis compañeras de curso, todas encantadoras, aguantaron mis bromas, esas que suelo usar cuando estoy nervioso. Y como venganza, demostraron que eran mucho mejores que yo manejando la plumilla.

Mientras Esther explicaba los ejercicios yo la veía sentada en una de aquellas cincuenta mesas de 6ºA, con sus once o doce años, el babi azul a rayas y la sonrisa casi perenne, salvo algunos accesos de genio, que sacaba de vez en cuando. Ayer sólo conservaba la sonrisa, porque es una mujer guapa, alta y sobre todo inteligente y sensible. De algún modo me sentí partícipe de su formación, de una mínima parte, y me invadió una vanidosa satisfacción por verla esplendorosa y feliz. Que además compartiese conmigo su gusto por el arte me complació aún más. Me dije: "mi trabajo tiene estas recompensas".

Reconozco que la engañé un poco al pedirle que escribiese "Cuarteto Muzikanten" y que hace meses, cuando supe gracias a internet que era calígrafa, estuve a punto de solicitar presupuesto para el mismo rótulo. Luego le expliqué el porqué de mi capricho y hoy mismo acabo de pedirle permiso para publicarlo. Lo menos que puedo hacer es ser agradecido y darle un poco de publicidad, que la merece de sobra:
http://esthergordocaligrafia.com/

Pasé cuatro dichosas horas escuchando, mirando, sacando fotos y, por encima de todo, disfrutando. Ahora tendré que buscar otra excusa para no usar los varios juegos de plumines y tintas que se almacenan en mi escritorio.

Pd.- La letra que aparece en la primera fotografía es mía. Asumo mi culpa por no haber esperado a que Esther escribiera más y se pudiera observar la "sutil" diferencia... En la otra foto, Esther demostró que se puede escribir hasta con una herramienta previamente maltratada por el alumno díscolo y torpón. Y cuando le dije que no era "muzikante" se las apañó para colgar la n. 

Al despedirnos esbocé un abrazo agradecido que quizá sorprendió a Esther por mi efusión, pero era mi forma de manifestar la euforia. 




                                                                               ... gracias, Esther.

domingo, 10 de septiembre de 2017

MARCO LEONATO, BLOW, CUARTETO MUZIKANTEN...



El amigo Marco Leonato, que grabó nuestro vídeo de promoción en la iglesia de San Cebrián de Mazote, se sorprendía esta semana del éxito que habían tenido las fotos que hizo durante un concierto de Blow, pedazo de grupo rockero vallisoletano, después de compartirlas en FB. Entre agradecimientos casi se disculpaba, con humildad desacostumbrada entre artistas, por considerarse fotógrafo aficionado y no merecedor de tanta loa. Suele pasar, creo, que los comentarios positivos sobre el trabajo de alguien coinciden con este cuando tiene la autoestima bien alta, cuando es realmente bueno o en el caso de que sea justamente lo contrario. -La autocomplacencia es enemiga de la excelencia. El elogio debilita según de quién venga y quién lo reciba. A mi madre le encanta todo lo que hago, pero es mi madre y mira al polluelo con ojos de gallinita orgullosa-. 
Después de un concierto, lo que me deja pensando es la crítica del amigo que olvida serlo durante una hora, explicándome qué le disgustó y por qué, con argumentos basados en el conocimiento. Aunque lo mencione de paso y ni siquiera eso, lo bueno se da por supuesto. Uno ya es mayorcito para separar la paja del grano. -Hace años, un crítico de prensa, ex-cantante mediocre y resentido, aprovechaba cada concierto del coro universitario para hacer y repartir leña contra el director, con el que tenía algún tipo de cuenta pendiente. Era un hombre documentado en lo suyo, pero la inquina le dominaba. Los comentarios técnicos que esgrimía en otras críticas desaparecían cuando el objeto de su ira era mi querido D. Carlos y me dolían más que a este mismo, que las tomaba a chanza. Luego resultó que a sus amigos los ponía por las nubes, vamos, que se le veía el plumero de lejos y sin gafas-.
El miércoles pasado no encontré médico de urgencias, sólo una amiga enfermera de SACYL que no estaba facultada para dispensar recetas en su nombre ni hacer parte de baja que justificara una faringoamigdalitis aguda con disfonía provocada por la cagalera de los nervios. Después de saludar a mis familiares y amigos se me pasó de golpe, así que los fallos de afinación fueron culpa mía. Es lo bueno de no depender de la taquilla.
Gracias a los que vinisteis, a vuestra paciencia, aplausos y críticas, las mejores medicinas.
El próximo concierto será de pago, pero prometo que aunque la sala esté vacía nos esforzaremos por ofrecer una actuación digna, superar nuestras carencias y buscar el nivel de excelencia que podamos alcanzar dentro de nuestras posibilidades. Y si hay fallos, como los hubo esta semana, la culpa no será sólo -algo sí- del empedrado. 
Me encantó veros a todos, absolutamente. Y daros besos y abrazos, mucho más.

Pd.- Gracias, cómo no, a Toño, David y Eugenio por seguir aguantándome. Y sobre todo por ser amigos, músicos y críticos. 

domingo, 20 de agosto de 2017

EDUCACIÓN

Con este blog hago como con las cartas a la revista semanal que dan -no regalan- con el diario: escribo cuando me apetece o algo me toca la fibra. 
Esta es mala semana para escribir, porque hay colmillos afilados, los más tuiteros de pocas letras y mucho veneno, y por mucho que te expliques hay tantas interpretaciones como escribidores: sensibilidad a flor de piel; quid pro quo; ley del talión; tú, ¿de qué vas?
Como no he encontrado letra pequeña que me impida publicar mi carta antes de enviarla al concurso, premio mediante, aquí la dejo:

Se alude a ella con harta frecuencia cada vez que sucede algo que nos acongoja, casi siempre coincidiendo con un delito, desde la leve “falta de educación”  del niño que molesta en el chiringuito de la playa, hasta el más contundente “¡falta educación!” con todos sus matices intermedios. El informe PISA y las comparaciones –ranking- de universidades o colegios/institutos no recogen más que resultados académicos, un dato objetivo que obvia  otros de mayor calado, como la cultura –histórica y tradicional no son lo mismo- de un pueblo o la importancia e inversión que cada gobierno destina a la base sobre la que sustenta el devenir de la sociedad que le encargan gestionar. Será por deformación profesional que todo lo acabo llevando al mismo molino. Ya sea la caza de ballenas en Lembata (Indonesia) o los casos crecientes de pederastia en España, ambos tienen el mismo nexo: la educación. Que cada uno lea y entienda lo que su educación le permita.
Mientras en nuestro país el magisterio, o como se llame según los múltiples y cambiantes planes educativos que se alternan según quien gobierne, sea una carrera que se nutre de unos pocos vocacionales y otros muchos residuales por falta de nota en la EvAU/EBAU, seguiremos adoleciendo del mismo problema. Todos ellos –vocacional no significa profesional ni residual es sinónimo de aficionado-,  necesitan formación y exigencia, amén de compensación y estímulo acordes con la tarea que se les encomienda, que además no termina cuando se recibe el título. Un maestro tiene que serlo hasta que se jubila, ni un minuto antes.

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El día en que nuestros políticos apuesten –a caballo ganador, no albergo dudas- por cimentar el estado con solidez, no con las frágiles columnas de la ideología sino mirando al futuro, habremos comenzado el camino, el buen camino, como dicen los peregrinos en la ruta jacobea. Un edificio se construye desde la base: educar (del latín, “educare” o “ex ducere”, según versiones) es la palabra básica.

lunes, 14 de agosto de 2017

HEREDEROS DE GÓMEZ SAN JOSÉ


Por desgracia, a partir de cierta edad -en la que me llego-, las reuniones familiares se hacen a toda prisa y sin querer para despedir a uno que se va, y reina cualquier cosa menos la alegría completa. Por suerte, hay románticos que se molestan en convocar a todos sin que aparezcan un día antes en la letra pequeña del obituario. Fernando y Rebeca, primo e hija de prima, decidieron hace un par de meses que era el momento de saltarse el cruel protocolo para hacerlo absolutamente festivo. 

Mi familia supera con creces la media de procreación que evitaría la extinción del ser humano. Eran tiempos rurales en los que no tener coche y piso en propiedad importaban mucho menos que perpetuarse, y no somos un Mustang. La emigración, necesaria para la subsistencia, se encargó de repartir a los ocho hermanos, que se fueron asentando a orillas del Cantábrico, el Esgueva -cuya orilla juntó a la rama pucelana- y el Sequillo, y de ahí al Mediterráneo y al Sena y al Pisuerga. Otros mares y ríos terminaron por conocer a los herederos de Serafín y Felisa, mis abuelos maternos.

Ayer, domingo, más de cincuenta personas de cuatro generaciones compartimos mesa. Puede que otros tantos faltaran, pero estaban presentes, ya fuera porque excusaron su ausencia o porque sus descendientes los honraban con su heredada forma de ser. La fortuna sin lotería -alguna pedrea, quizá- nos ha ido colocando donde ha querido, con rachas mejores y otras menos buenas. No había cochazos aparcados a la puerta, joyas ni más lujo que el de vivir sin deudas o las pocas que el mercado bancario impone. Quizá por eso nadie haya perdido el rumbo. Los únicos que necesitaron presentarse fueron los de la cuarta generación, móviles mediante y alguna dificultad idiomática entre plato y plato. El resto seguimos siendo reconocibles: un puñado de personas entre algo currantes y muy currantes que no olvidan su procedencia y se enorgullecen de su sencillez, de crecer sin medrar, como mandan los cánones de la humanidad bien entendida en tiempos tan inhumanos. 

En 1918 se casaron Serafín y Felisa en San Cebrián de Mazote, el pueblo con iglesia más que noble. Allí o cerca estaremos todos, incluso alguno más de los que no pudieron venir, y quienes aún están por llegar, si Dios quiere. 

Gracias a Rebeca y Fernando por el esfuerzo de juntarnos, con el certificado de boda de mis abuelos como testimonio-regalo y el árbol genealógico que se pierde en la inclusa por  vía Felisíaca. ¿A quién coño le importa la supuesta nobleza del apellido? Las personas ennoblecen al nombre y no al revés. Y me enorgullece tener un San José intercalado cada cuatro apellidos, como sé que se sentirían aquellos antepasados que por mor de los tiempos y las circunstancias no pudieron o quisieron dejarnos el suyo. Los descendentes de Felisa y Serafín no vestimos ringorrango, ni falta que nos hace. La única herencia que nos importa es la de poder abrazarnos todos, sinceramente, sin excepción, en honor de la madre que nos parió, porque esa es la verdadera herencia: la que no figura en las cuentas corrientes ajenas. 

Pd.- Alberto, que aparte de primo era -y es- amigo, se dejó besar por mí. Hasta a sus hermanos les sorprendió. 
-Eres el único hombre capaz de besarle -dijo una de las "melgas", Elena-. 
Resulta que su cámara de fotos y la mía son casi iguales. Será por eso. Tenemos formas semejantes de ver la vida, muchos años después.

sábado, 12 de agosto de 2017

MÁS JACOBEO, CAPÍTULO SEGUNDO


No sólo de deporte vive el hombre. La anécdota tenística fue una pequeña parte del Camino, porque tanto da que Gala fuera tenista o antenista: es una gran persona concentrada en menos de metro setenta que, como decía uno de los iluminados de la radio, "vale más por lo que calla que por lo que sabe". Alejandra lo lleva con inteligente paciencia, y bien que les va para preservar su amistad.
Aparte del encuentro casual, hubo otros más y tan merecedores de mención: Montse y Enriqueta, las amigas "granaínas" que miraban a Santiago con los ojos despistados en otras cuestiones de mayor calado que abrazar al Santo por la espalda -a Gala y Alejandra no les dejaron porque iban con Jerry, el perrito. No encontré a San Antón para contentarlas-; mis colegas maestras, Elena "Sieteapellidosvascos y un Valencia" y Rita, la sarda que habla castellano mejor que el presidente del gobierno y tiene más conchas de quita y pon -no sólo de vieira- que el mismo Mariano, y Sandra y sus secuaces, conquense y emeritenses de mucho mérito que abrazan de frente, sustituyendo la ausencia de Clara, que es mi abrazadora de cabecera en tierras del apóstol. Fernando y Ángel, hermano y cuñado respectivamente, venían de casa conmigo, pero eso no sólo no les quita mérito sino que añade el plus de aguantar y respetar mis rarezas-caprichos-chaladuras, dos penitencias en una, de las cuales sólo tiene certificado la oficial de llegar a la plaza del Obradoiro, porque yo no pongo sellos visibles. 
Aunque era reacio a pernoctar en Santiago, pura vagancia, acabamos por encontrar alojamiento y ahora no me pesa, todo lo contrario: la última noche, ya santificados unos y mortificado yo por mi poca dureza, mereció la pena. Fue una especie de remate, de prórroga con el partido ganado, un tie-break o brindis a toro pasado -show must go on-, en loor de multitudes u olor, pero duchados y acicalados. Ahora que lo sé, no me perdonaría jamás haber perdido las charlas profundas impropias de la madrugada con Elena y Rita; los abrazos de Sandra, Ana e Inma y el ambiente gallego a deshoras. Y la despedida de Montse y Enriqueta, que andarán ahora en su tierra de mar y montaña entre sus propias montañas y mares.
Sólo faltaron Germán y familia, pero las cosas no tienen por qué ser perfectas. Lo bueno es enemigo de lo mejor, y está por llegar ultreia. O one step forward.