domingo, 18 de febrero de 2018

ESCRIBIR CUANDO NO APETECE ("IN MEMORIAM" BEGOÑA ALONSO GÓMEZ).





Lo malo de escribir  como "free lance", sin editor, por pura afición, es que hay que imponerse cierta gratuita disciplina y muchos días no apetece, no tienes el cuerpo para jotas o simplemente estás cansado. Lo peor, muchísimo peor, es que suceda algo que te meta en la rutina a la fuerza, sin querer. No es este, pese al prefacio, un escrito rutinario, ni funcionarial -no me pagan ni a mes vencido- porque no soy funcionario de nada ni nadie espera que escriba, tampoco yo mismo. Por eso no me compensa la excusa. Me lo piden el cuerpo y las tripas, aunque llevo días demorándolo -se resiste el alma- como si de esta forma se pudiera esconder el hecho que lo provoca. 

Begoña, mi prima, la mayor de los Alonso Gómez, llevaba, llevabas unos cinco años disimulando, por humildad familiar y generosidad personal. Desde tu atalaya del metro sesenta de mujer bien hecha, cuestión de perspectiva, que la altura no se rige por el sistema métrico decimal, optaste por la natural discreción, -no sorprenderá a quienes te conocen-. La última vez que nos vimos, en la comida de primos, no tuviste un momento visible de debilidad, aun sabiendo  que casi habían sonado los tres timbrazos que preceden a la película, en tu caso los que anunciaban que se apagarían las luces. Algunos ya teníamos noticia de tu enfermedad, aunque no del estado avanzado y sin remedio. Ahora creo entender las prisas de Fernando, uno de tus hermanos, factótum de la reunión, junto a Rebeca, otra rama del árbol genealógico, por juntar a los herederos de los Gómez San José: una elegante forma de despedirnos sin flores -perennes- de por medio. 
Suelo decir que las flores hay que regalarlas en vida, cuando el homenajeado pueda disfrutarlas. Nuestra querida Begoña era, aquella tarde de agosto, muy probablemente a sabiendas, la estrella de la reunión y así se mostró sin demostrarlo: simpática, cariñosa y discreta. No dejo de envidiar a sus hermanos, muy gitanos, como reconocían Alberto -el raro de los Alonso, como yo de los González, que tenemos algo de Gómez,  y aún más de San José (retranca fina), los apellidos que nos unen- y Carlos por su forma de dar ejemplo como familia contagiosa. Todos los consortes, a medida que firmaban contratos matrimoniales, y descendientes se fueron sumando al irreprochable estilo "marca de la casa", que es mucha marca sin copyright, ni falta que les hace. Una familia, la suya, con clase -ni mucha ni poca, la clase es clase, un todo sin cuantificadores-: no la que ostenta marcas y estereotipos con logo pijo en la camisa, el que falsamente iguala a los distintos-. Solo -¿solo?- son unos tíos y tías de una pieza: currantes, amables, bien educados, formados (no ahormados), hijos de un pueblo de por ahí, perdido en los Torozos, aunque tenga catedral -de facto- mozárabe. Qué jodíos. Y sin daros un pijo de importancia. 
Ya sé, Begoña querida, que más lo sientes tú, o lo dejaste de sentir. Todos nos vamos o acabamos por irnos. Pero unos pocos elegidos por Este o por aquel, va con creencias, seguís aquí. Y los de aún por acá lo seguimos sintiendo en el alma, las tripas, el estómago. Menudos hermanos, madre, padre y descendientes tienes, hija -pucelanos somos-. Volverás loco a Caronte, yendo y viniendo de margen a margen del río. Estás en ambas. 





lunes, 12 de febrero de 2018

MICROFEMINISMOS

Mi padre me enseñó a ceder el paso a las mujeres, abrirles la puerta, pedir permiso para ayudarlas con las bolsas y esperar a que me ofreciesen su mano o su mejilla para saludarlas con el diferente grado de confianza que ellas mostrasen. En su trabajo era un firme defensor de la valía de las mujeres, que me consta que le apreciaban como compañero. Entonces se consideraba "un caballero" a quien tenía tal comportamiento. 
Hoy, al salir del kiosko donde suelo comprar el diario, coincidí con una joven. Al ver mis manos ocupadas con la bolsa de la compra en una y el periódico en la otra, se apartó para dejarme paso, al tiempo que me daba los buenos días con una sonrisa encantadora. Me sonaba su cara de haberla visto en alguna otra tienda. 
—Pasa, por favor —le dije. —Tratarla de usted me pareció excesivo, más que por su edad por lo que me fastidia que lo hagan conmigo.
Luego salí hacia la panadería. Ya dentro, abrí la puerta a una mujer con las manos ocupadas igual que yo un rato antes, para facilitar su salida. Me dio las gracias.
—No hay de qué, señora.
En el portal me abrió la puerta una vecina. Por suerte no había ninguna feminista cerca para censurar mi actitud. ¿Serían sus gestos, los de la chica del kiosko, la señora de la panadería y mi vecina microfeminismos? 

viernes, 2 de febrero de 2018

DON CARLOS (BARRASA URDIALES, PARA MÁS SEÑAS). HACE VEINTICINCO AÑOS...

Antes de ponerme a escribir he revisado el blog de arriba abajo y no he encontrado título en honor a D. Carlos, lo cual no significa que  no le haya mencionado en alguna entrada aunque no la encabezara. También he echado un vistazo en la web por si hallaba algún dato que se escapara a mi memoria y casi me arrepiento, porque el único artículo largo "in memoriam" proviene de un personaje que, pese a las apariencias, deja gotas de inquina personal mal disimuladas. El tipejo no merece más comentarios, por más que los suyos, publicados en prensa cuando yo era miembro del Coro Universitario, que hoy es de la UVA (cosas de la modernidad), siempre fueran desagradables, mezclando lo musical con lo personal. Allá él y su concepto de justicia.

Eduardo del Campo y yo éramos amigos desde muy pequeños. A él le debo en primera instancia mi entrada en el Coro Universitario. Lo encontré por la calle una tarde, cerca de la Plaza de España, y me comentó que venía de ensayar.
—¿Con quién?
—Con el coro de la universidad.
Yo era un ignorante de la vida, un transeúnte atontado que deambulaba por facultades (derecho, psicología, y hasta la mili, que era un máster obligatorio tan inútil como otros másteres) sin encontrar acomodo en ninguna. La única idea que tenía de tíos cantando con sello universitario era la tuna, a la que mi madre insistía en que me uniera. Tentado estuve.
Lo de cantar siempre me acompañaba desde primero de EGB, cuando la señorita Maricarmen -de esta sí escribí, aunque fuera a título póstumo- me dio el papel estelar de "Capitán de madera"  y después Luis Cantalapiedra -otro profesor con mando en plaza- me admitiera en el coro del colegio a los once años. Así pues, Eduardo me acompañó a la audición con Barrasa.
—D. Carlos, este es mi amigo Roberto.
—¿Has cantado antes?
—Sí. En el coro del San José.
—Vaya, otro hijo de Cantalapiedra —vino a decir. —Y tenor.
Se sentó al piano y después de unas escalas y arpegios me mandó, cómo no, con los tenores, de los que pocos llegaban al sol -yo no era uno de ellos-. No se puede pedir mejor comienzo: de la nada al paraíso tenoril.
Allí disfruté, ya que no de las clases en las facultades, de mi primera experiencia entre universitarios. Conocí a algunos de los que hoy siguen siendo buenos amigos, Juan Ignacio y Fernando a la cabeza, y otros con quienes mantengo relación aunque sea por facebook o wasap -cada uno anidó donde lo hizo-: Carmelo Caballero, Ana Soria y otras Anas (Pascual, Villán), Matilde Salviejo, Lidia, Beatriz Soria, Beatriz Posadas, Cristina y José Ignacio, Virginia Cuervo, José Manuel Martín y sus primos, los gemelos Basas -más consortes respectivas-, Nacho Martín, Diego y María, Esther y Nacho, Martín, Diego Valverde, Carlos Espinosa, Jesús González, Pencho, Alfonso Baruque, Gonzalo Fernández Escribano, Carlota, Pilar y Lourdes Redondo,  Pilar Valderas, las hermanas Moral -creo que tres o cuatro de cinco, un hito, en competencia con las Besnier-, Alfonso Mon, el chino y la china, Couso el japonés, María José Valles, Víctor Portillo, Mabel y Mariví, y unos cuantos de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quiera... más alguna interna del Marimoli, donde ensayábamos entre partidas de ping-pong, y de otros colegios mayores, para los que un día toqué el piano en la fiesta de fin de curso.
—Mira, Julián, este es uno de mis chicos —dijo orgulloso D. Carlos, presentándome al filósofo de la escuela de Ortega y Gasset -de ambos, ahí es nada- padre de Javier Marías, aunque reconozco que yo no quitaba ojo a Ana Quintana, una bellísima musa vasca del Montferrant.
Coño, no todos los días le presentan a uno a un filósofo -una de esas razas en vías de extinción de las que sólo sabes algo por las enciclopedias, que del COU nos quedó poco sedimento- pero la de Vitoria-Gasteiz era mucha mujer como para perderla de vista.
Puedo decir que toqué "A mi manera"  a mi manera para Julián Marías. A ver quién lo iguala, no digo lo supera. El menú -gallo, no de corral, sino lenguadina gorda, era el plato estrella- no invitaba a mayores deleites. 
D. Carlos me "a-abuelizó" -ahí te dejo el reto, Arturo Pérez, para que busques palabra adecuada- y como nieto me trató: consentido y mimado. Como para no tenerle cariño. 
Esta semana hará un cuarto de siglo que el bueno de Barrasa se marchó a dirigir coros angelicales. Los demonios juveniles le echamos de menos.

domingo, 28 de enero de 2018

SUDAR, HACER DEPORTE O SER DEPORTISTA.

El DRAE te manda de "forofo" a "hincha". Y así como tener hincha es tener manía, un hincha sólo es un seguidor acérrimo de un equipo o un deportista. En mi opinión, el hincha muestra inquina (o hincha) hacia el rival de su admirado, no siempre admirable, equipo o jugador de algo. Y si este cambia de camiseta o filiación, se pasa del odio al amor... y a correr: Figo, Petrovic y otros más.
El bueno de Federer nunca nos caerá mal por más veces que gane a uno de los nuestros, o al único que es Nadal, y las que quedan. Igual que Umbral decía de Delibes, Federer juega al tenis como mea. Siempre hay listos bobalicones que buscan más allá de lo evidente para ponerse en evidencia y quieren leer algo peyorativo donde solo hay alabanza. Pocos son los capaces de ver al deportista desnudo, sin camiseta. 
Este rey, Roger Federer, parece jugar desnudo (es suizo, un tío neutral). 
No sé si se me entiende. Seguro que Gala y Alejandra lo pillan.

domingo, 21 de enero de 2018

TOMÁS HOYAS, IN MEMORIAM

Era muy tarde, al filo del cierre, cuando entramos en Harlem, el bar del que luego Leo tomó su apellido artístico. Supongo que alguien le diría "Coño, Leo: te podrías ganar la vida haciendo lo mismo pero con un sueldo mejor que el de camarero" porque el puceleonés ya era monologuista profesional mientras servía copas y cuando jugaba al fútbol con el equipo de la facultad de derecho. Y acertó quien se lo sugiriese. 
Veníamos de dar un concierto con el Trío Germán Díaz, que éramos el mismo Germán más Eugenio, el abuelo chino, y un servidor. La costumbre, que figuraba en contrato verbal, era cenar después de cada bolo, siempre copiosamente y con abundancia de bebidas espirituosas, a cargo del titular de la formación. 
-El trío desapareció porque no me gusta cantar y me salíais muy caros con las cenas, -me comentaba Germán esta misma semana.
El niño tenía y tiene un hocico de perro con pedigree para los vinos y cuando uno no le gustaba lo bautizaba como "Viña Ardores", pasando directamente a la fe de erratas de la guía Parker. 
Toño, que también merecería el mismo apellido que Leo, andaba tras la barra con cara de cansado, pero nos atendió con buen talante, imagino que porque Díaz abre todas las puertas. Del fondo del local atronó una voz de bajo más profundo que las fosas marianas:
-Antonio: otro gin-tonic.
-Joder, Tomás, vete a casa, que me caigo de sueño.
El tal Tomás era un tío con pelo rizado al que yo conocía por un programa de la televisión local, en el que entrevistaba, creo recordar, a personajes del ámbito cultural. No sé por qué, quizá por envidia, pero Hoyas no era santo de mi devoción. Y tuvo la mala fortuna de pillarme con demasiado alcohol en vena, arteria y capilares. Eugenio y él habían cantado en un coro hacía años y se saludaron. La verdad es que le gasté las mismas bromas que a cualquiera, pero como no me conocía no le hicieron gracia, cosa que entiendo, porque me pilló pesado, muy pesado. Cuando nos despedimos en la plaza de San Miguel, me dijo:
-¿Yo qué te he hecho?
-Pues nada, hombre ("buesdadahobbre, hics").
Volví a verlo en el Café España el día en que Germán presentó su disco de canciones de la guerra con Antonio Bravo, la "brigada Bravo y Díaz", pero rehuyó mi mirada conmiserativa. No le culpo, faltaría más, porque el culpable era yo. Lo busqué en facebook para pedirle perdón por mi noche patosa pero el bueno de Tomás no debía de tener perfil público en las redes por aquel entonces. Siempre me quedó la mala conciencia, y aún permanece, por haberme portado como un gilipollas con Hoyas. 
Esta semana leí la noticia de su fallecimiento y lo sentí mucho. El estómago me recordó que estaba en deuda con él. No sé si con estas líneas conseguiré que me perdone, aunque trato egoístamente de limpiar mi conciencia. 
Descansa en paz, Tomás. Y no me guardes rencor. Te confieso que leía tus artículos de prensa y me gustaban -aunque nunca dejé de acordarme de la mala noche que te hice pasar- y eran un recordatorio semanal de que las cosas hay que hacerlas en vida, como pedir perdón, dar gracias y decirle a las personas que las queremos o mandarles flores cuando aún pueden olerlas. Créeme que lo siento en el alma: lo de haberte tratado groseramente sin motivo y que te hayas ido sin avisar -tiécojó-, sin darme tiempo -más tiempo- para pillarte en el Harlem e invitarte a un gin-tonic, aunque el bueno de Toño ya no estuviera para ponerlo. Quizá sea lo único positivo: que os volveréis a encontrar y como allá no hay prisa por acostarse podréis darle a la lengua por gorda que esté a deshoras, como la mía torpe de aquella noche.

domingo, 14 de enero de 2018

TAG TIME


El director, el presidente, el ecónomo y el "chico para todo" se conocían de antes y tenían ganas de juntarse en un nuevo proyecto. Por suerte tienen el culo pelado en estas lides de dirigir, presidir, economizar y hacer un poco de todo, por lo que cuando comenzaron las audiciones ya había una base sólida. Un trimestre ha sido suficiente para cerciorarse de ello. 
Otros nos conocíamos del cole, cuando compartíamos patio y balón, o nos los robábamos, sin sospechar lo que el futuro nos depararía. Muchos tenemos amigos comunes... y la música es eso tan común que nos une, como al resto de la humanidad, tirando por lo bajo.
El viernes pasado tuvimos la primera cena de hermandad. Me sorprendió, siendo músicos, su mesura en el yantar y beber -a mi lado todo parece mesura-, pero hay un punto intermedio entre la adolescencia y la senectud que frena los excesos del "por si no existe un mañana". Lo llaman madurez, pero prefiero no meterme en charcos sin chaleco salvavidas.
La ilusión no sólo sigue intacta sino "in crescendo". Las relaciones se van estrechando cual "stretto" barroco aunque abundemos los románticos. Y lo que es aún mejor: los de la pública, la concertada y la privada convivimos en recóndita armonía, ejemplo para change.org, la política y sus sectores de lo mismo.

De entre las muchas frases célebres referidas a músicos, apócrifas y anónimas, que se envían por wasap, tengo tres favoritas:
"La música es una revelación más alta que la filosofía" (Un tal Beethoven).
"Si no puedes mejorar el silencio, sigue callado" (vete a saber quién la dijo y destinada a quién).
"El silencio puede ser la más bella de las melodías" (esta la suelto en clase cuando no sé qué más decir -gritar- para que se callen un poco).
Por lo que me va llegando, a estas alturas el nombre ya es conocido, así que buena gana de seguir con la adivinanza. Tampoco somos una sociedad secreta que deba permanecer al margen de la ley y formar un coro es competencia de cada quién y no supone competencia para otro, porque hay mercado para todos o para ninguno. Tag Time acaba de nacer. Larga vida. Y gracias por aguantarme.

viernes, 5 de enero de 2018

SIN PROPÓSITOS PARA 2018 (MEJOR vs PEOR...).


Tras un excelente año como el pasado, al que echaré de menos, no se me ocurre ponerme metas para el que acaba de comenzar. Ya se lo dije a mi madre, después de contarle lo del premio:
-Estaba pensando, mamá, que si me hubiera esforzado realmente por algo, podría haber llegado más lejos.
Sonrió como una madre pero no añadió palabra alguna. Me conoce bien y no era momento de chafar mi alegría.
Así pues, no pediré nada por si me flaquean las fuerzas, el ánimo o la inspiración, pero recordaré las cosas buenas o excelentes de 2017 para que 2018 tome nota.
-Por diferentes causas, me reencontré con personas que me han hecho olvidar viejas rencillas -confío en que a ellas igualmente-. También con otras sin rencillas. Y con algunas ex novias que no recordaban haberlo sido y otras que prefieren olvidarlo -no las culpo-.
-Conseguí que el Cuarteto Muzikanten cobrase por un bolo o dos. Hacienda también se alegra, creo que más que yo, cuantitativamente hablando.
-Casi todos los que tenían cuentas -económicas- pendientes las han saldado. Nunca es tarde. El resto está a tiempo. Paciencia es lo que me sobra. Dinero no, pero sobrevivo sin vender mi alma al diablo.
-No me duele casi nada.
-Mi familia me sigue aguantando. 
-He hecho nueva pandilla musical: dos docenas de cantores con ganas de estudiar y disfrutar, el arte es eso. Espero que la cautela del director, que pensaba que soy demasiado viejo, haya claudicado. Me esfuerzo por demostrarle que sólo era un prejuicio -y por no contar mis dolores a alguien que acabo de conocer-. Creo que le voy convenciendo. Si un día me dice que no, después de ponerle a caer de un burro, me alegraré de haberle conocido -es un profesional y encima es un tío estupendo- y al resto de miembros -no hay miembras porque es una agrupación vocal masculina, que estamos a lo que estamos-. Creo que ya se puede decir que tenemos nombre. Lo que no sé es si puedo decir el nombre. Espero instrucciones. Pero tiene dos tés, al comienzo de cada una de las dos palabras que lo forman. T... - T...
-Me han dado un premio por algo -la extra de 25 años de maestro no cuenta, o sólo un poco-. 
-He mejorado mis hábitos posturales, y todas me lo dicen: mi osteópata, mi médico de familia y mi traumatóloga, que como es hija de maestros me comprende. 
-Escribo más, creo que algo mejor.
-Canto más, creo que un poco mejor.
-No pinto nada. Mejorar era bien fácil.
-He dejado de comentarlo todo en redes sociales. Pese a mis ancestros, lo de embestir noblemente no me ocasiona beneficios. Así duermo mejor.
-En los diez minutos que llevo escribiendo no he sentido pinchazos en ninguna parte de mi cuerpo.
-Mis amigos y conocidos de la infancia y adolescencia, que ahora son arquitectos, médicos, abogados, parados, músicos, representantes, enólogos, vendedores y más cosas, siguen acordándose de mi nombre.
-Hice más de doscientos kilómetros del camino de Santiago. Que fuera en coche carece de importancia. Fernando y Ángel; Gala y Alejandra; Sandra y sus secuaces; unas granaínas perdidas; la recepcionista del hostal de un pueblo de por ahí -no recuerdo el pueblo pero sí a ella y a la argentina que me dio conversación  -cine argentino, Víctor Laplace- mientras arreglaban la puerta del baño-; Elena y Rita; Gabriela y familia y otras personas que la providencia puso en mi camino, benditos tres o cuatro kilómetros a pie, se encargaron de compensar con su amistad mi vagancia.
-Puedo mantener una conversación entre correcta y amistosa con todos mis compañeros de trabajo. Y con algunos aún más amistosa.
-Mi kioskera, portero, mis cajeras de los supermercados y panaderas me sonríen. La de Amazon me pone alfombra roja. Johhnie Walker me manda christmas con pétalos. 
-Conocí -FB aún sirve para algo- a un cacho director de cine con pasado pucelano: Iván Sáinz-Pardo. Me trajo, sin saberlo, bellos recuerdos de la SEMINCI. Menudo tío, vaya crack. Si no fuera por la pasta, por la crisis del cine y el no cine, por el IVA de los cojones, por las putas palomitas y el refresco de cola, por el "ayer fui al cine, Star Wars XXXV, mira mi foto del "fotocol", qué cool" (hay que ir para hablar de algo que no sea tu vida verdadera) se forraría. Por la educación -o su falta-, vaya. QED.
Pues eso: nunca peor. Que vivan los políticamente incorrectos o insurrectos. Gracias a los mencionados por haberme hecho, como dice el prota de "Mejor imposible", mejor persona. No os quito mérito, porque peor, imposible. Lo bueno es enemigo de lo mejor. 

Pd.- Me ha costado mucho encontrar una foto que encabece el texto. Tras varios intentos he escogido una. Había más, puede que mejores. De eso va la cosa, pero tampoco importa.