miércoles, 4 de enero de 2017

HAY DÍAS, DÍAS Y DÍAS

Ayer se me ocurrió, por parecer que había hecho algo en vacaciones, revelar unas fotos. Desde la llegada de la fotografía digital, la mayoría (a veces todas) permanece archivada en carpetas del ordenador, no como antes, que vivían en un álbum y se las podías enseñar a tus invitados más incautos.
Bajé a la fotocopistería (reprografía se llama hoy, pero soy de los tiempos del ciclostil y me cuesta adaptarme). Antes me había tomado la molestia de ordenarlas numéricamente, para que a la joven que trabaja ahí le resultase más fácil e incluso hice una simulación en mi ordenador para ver el resultado. Como se encontró con algunos problemillas, le sugerí que le dejaría trabajar en paz y volvería en un rato.
-Si no estás aquí no puedo hacerlo.
Sorprendido por la respuesta, pregunté el motivo, y su explicación vino acompañada de un gesto torcido.
-Si estoy en el ordenador la gente se enfada porque cree que no les atiendo.
-Bueno, entonces ¿prefieres que me quede mirándote?
-Puedes mirar donde quieras -contestó agriando aún más su gesto.
Así lo hice, por ser obediente, con los ojos perdidos aquí y allá para no perturbar su labor. Me llamaron al móvil y oí sus toses para captar mi atención, casi riñéndome. Colgué por si había alguna cláusula en el contrato que se me hubiera escapado, como estar pendiente sin estar pendiente.
Lo curioso es que otras veces, tanto ella como sus compañeras, habían satisfecho mi demanda, y lo que antes se podía hacer, ayer no. Se lo hice saber, lo cual tampoco fue de su agrado.
Me entregó las tres hojas en DIN A3, una de las cuales salió desformateada, con las nueve fotos en diferentes tamaños. 
-Eso es que las habrás retocado. 
-Creo que no -dije, seguro de que no-.
-Si las trajeras maquetadas sería más fácil.
-Si supiera hacerlo... (y tuviera una fotocopiadora profesional en casa, no vendría a verte -pensé).
La despedida no fue muy navideña: ella recogió el dinero y yo mis fotos, con un saludo forzado. 
Salí de allí, mosqueado, hacia la oficina de correos. La cola llegaba casi hasta la calle, pero ya tenía número, que había cogido antes de lo de las fotos. La funcionaria, de esas con años de experiencia y puesto ganado, no es la más hábil de la estafeta pero siempre mantiene la sonrisa. Me atendió educadamente, con sus tropezones acostumbrados que son parte de su personalidad, y nos deseamos feliz año con sonrisa sincera. 
A veces la empresa pública y la privada cambian sus papeles, no los reales, sino esos que solemos adjudicar haciendo caso a los tópicos. Enhorabuena a la funcionaria (como la mayoría, trabajadora y amable).



viernes, 30 de diciembre de 2016

EL AGRADECIMIENTO ES GRATIS, QUE NO GRATUITO


No es raro en tiempos de ocio entablar conversación con alguien en un hotel, cafetería, playa o chiringuito, y menos en mi caso acabar haciendo una foto a los niños, pidiendo permiso. Como mi cámara siempre viene de vacaciones conmigo, lo cual supone que casi nunca salgo retratado, me libro del selfie con móvil. Si algún día llevo un palo en la mano será, muy probablemente, un bastón. Tampoco lo necesito, porque quien dispara  ha estado allí y lo sabe, y prefiero poner el temporizador apoyando la cámara en algún sitio o pedirle a alguien que dispare.

El verano pasado fue pródigo en fotos a niños, que después mandé a sus padres y borré de mis archivos, como tengo por costumbre. También hice un reportaje a una orquesta de baile. De todos los envíos no recibí una sola confirmación de que habían llegado, así que ni hablar de las gracias, esa palabra últimamente escasa, y eso que insistí para asegurarme de que estaban en manos de los retratados o sus padres, e incluso repetí el envío.

Una tarde de julio, paseando por Sanxenxo, entré en una tienda de artículos náuticos, y se me ocurrió que podría llenar mis ratos de ocio haciendo manualidades con las cuerdas de colorines que usan los marineros para amarrar sus cosas, no los de pesca de altura o bajura, sino los de velero nada bergantín. Unos cuantos tutoriales de youtube después ya era capaz de trenzar algo parecido a una pulsera, así que volví a la tienda en agosto a comprar más cuerda náutica, que tiene un nombre del que no me acuerdo, aunque una compañera de trabajo me lo dijo, corrigiéndome cuando lo llamé cordino.
-Eso es para alpinistas. Los marinos lo llaman "nosecuantos".
El caso es que me compré unos pocos metros de "nosecuantos de colores" y me puse de nuevo a la faena con la experiencia de un mes. Ya se sabe que antes de vender hay que regalar, no queda otra para promocionar el producto (sonrío cuando leo que los músicos deben cobrar siempre que tocan, como si vivieran, que algunos viven, ajenos al mercado -yo toco a veces gratis, que no es regalo sino inversión-) lo cual volvió a dejarme sin material. Aprovechando que unos amigos fueron por allí a final del verano, les pedí que hicieran el favor de traerme un surtido. Cuando estaban en la tienda, Eolo se llama, me llamaron por teléfono para pasarme con la bella y encantadora joven que trabaja allí y se acordaba de mi doble paso por el local, algo normal considerando la lata que suelo dar cuando voy de compras y que no todas las personas que me atienden reciben con el mismo sentido del humor. Unos días más tarde le envié una pulsera y ella se tomó la molestia de responderme por email,  (le facilité mi dirección, "para que me asegures que no se ha perdido"), dándome las gracias y adjuntando una foto de su muñeca con la pulserita.
Lo que no esperaba era recibir un sobre la pasada semana con una tarjeta de felicitación navideña y unos metros de cuerdas variadas. Fue una agradable sorpresa y por ese motivo le dedico este post intrascendente para el mundo, no para mí. Aún quedan personas elegantes y educadas que roban unos minutos de su valioso tiempo para mostrar agradecimiento, aunque sea por una nimia pulsera de cuerda náutica. Gracias, Rocío, que has sido una inesperada Mamá Noel. Feliz Navidad. 

lunes, 26 de diciembre de 2016

OTRO QUE SE NOS FUE (MENUDA BANDA SE HABRÁ MONTADO EN EL CIELO EN 2016)

Allá por el año 83, más o menos, estuve de vacaciones en Marbella, lo cual podría parecer presuntuoso si ocultara que fui a un camping a unos kilómetros del pueblo, todo lo que podía permitirme con las propinas y algún adelanto a fondo perdido que mi hermano tenía a bien hacerme. 
Con comida de casa (pero no casera), ginebra MG (la que usaba  Buñuel para sus dry martinis, aunque eso lo supe mucho después) y Tang de pera, pasamos una semana Fernando, Sanmi y yo. Hicimos amistad con un vecino de tienda de campaña, el pobre Paul, un iraní aspirante a tenista profesional al que robaron la maleta en el aeropuerto de Málaga. No sé dónde parará el persa, un buen chico, musulmán confeso, al que llevamos por el camino del mal haciéndole comer jamón y beber alcohol. Tuvo la suerte de encontrar a un benefactor asturiano que le pagaba el alojamiento. Este vivía en un chalet de la Marbella de verdad, con piscina y piano de cola, donde nos invitó a merendar una tarde. Fue la única vez que comí chorizo, tanta era el hambre que arrastraba. A cambio toqué unas canciones de Sinatra, un precio nada caro teniendo en cuenta que me prestaba el primer piano de cola que tuvo la mala suerte de caer bajo mis manos. Luego su hijo y un amigo nos llevaron de copas por Puerto Banús, y el alcohol hizo el resto. Al menos la borrachera me permitió librarme de desmontar la tienda: mientras mi hermano y mi amigo Jose (los Fernando y Sanmi de antes) quitaban piquetas y hacían mochilas, yo dormía la mona soñando con una escocesa "curvie" que me había besado, vete a saber por qué altruista impulso, en el último bar que recuerdo, a uno de cuyos inodoros estuve abrazado un buen rato, con mis compañeros de excursión buscándome para llevarme de vuelta al camping en un SEAT Panda alquilado. También soñé con otra británica, Debbie, que escribió su nombre en la barra con la pajita de su bebida impregnada en lo que fuera que estuviera bebiendo, y que bajo su minifalda no llevaba nada más que la piel insolada e insolente. Queda bajo secreto de sumario cómo lo supe, aunque adelanto que fue casi accidental y no hubo efectos posteriores, muy a mi pesar.
En esa última noche, pese a lo etílico de mi estado, quedó grabada una canción, contra la desmemoria que acarrea el exceso de alcohol, que sonaba coreada por las hordas angloparlantes, y eran legión.
La canción era "Wake me up" de un dúo inglés, "Wham!", formado por George Michael y otro tío del que pocos solían recordar el nombre (hoy wikipedia les refrescará la memoria, sin duda): Andrew Ridgeley. El primero hizo carrera en solitario, estuvo a punto (dicen por ahí) de sustituir a Freddie Mercury como solista de Queen y hoy ha fallecido por sorpresa, al menos para mí. Una gran voz. Dios, aburrido de ángeles que tocan la lira, está formando una banda de rock este año que se nos va, con Prince, Bowie y Michael alternando de solistas y otros de renombre pero no de relleno. Y para el chill out ha fichado a Cohen. Quiera Él que no haya más fichajes.

domingo, 18 de diciembre de 2016

LOS REYES "VAGOS"

Así les llamo yo desde aquellas navidades de infausto recuerdo. En esos tiempos, cuando no existía el "merchandising" como lo sufrimos hoy, no sería tan sencillo dar gusto a los niños. Siendo entonces tan bueno, aplicado, obediente y merecedor de cualquier objeto en el mercado, me costaba decidir qué obsequios pedir a sus majestades de Oriente y acabé por solicitar un "traje" de baloncesto del Real Madrid, esmerándome en la caligrafía para asegurarme de que unos señores con vista cansada, por sabios que fuesen (no me constaba que farmacéuticos), entenderían mi letra, de por sí bastante legible.  Al despertar la mañana del seis de enero (si es que dormí algo) corrí al salón de casa para buscar mi regalo. La carrera fue corta, porque mi dormitorio estaba separado por una puerta de la habitación en la que los Reyes dejaban sus regalos. Mis hermanas ya estaban abriendo sus paquetes y mi hermano, más remolón, aún se revolvía en la cama. El envoltorio plano no parecía ofrecer dudas sobre el acierto, pero al quitar el papel, que no era de cuando El Corte Inglés firmó el contrato con los magos, mi mundo se vino abajo: la equipación del Madrid de Luyk, Brabender y Vicente Ramos se había convertido en un disfraz... ¡de Daniel Boone! Me lo puse, con su cuerno para la pólvora, sus polainas y su gorro de zorro-conejo (yo llevaba orejas rádar de serie). Al mirarme en el espejo no hubo milagro. Pregunté a mi hermano si el Madrid había fichado a un trampero canadiense durante la última semana, pero él estaba entretenido leyendo las instrucciones del Quimicefa, así que fui a despertar a mis padres, vestido de esa guisa, aguantando las lágrimas. Pese a mi actuación, con sonrisa incluida digna de un óscar (a Bardem se lo dan por poner cara de loco todo el rato y hablar con un gargajo) creo que me notaron el desencanto.


Tras el fiasco de los monarcas (a quienes eufemísticamente llamaban  "sabios") no me hice republicano, aunque le faltó el canto de un duro. Y el Quimicefa de mi hermano no tenía instrucciones sobre cómo crear una bomba fétida para recibir el año siguiente a Melchor y sus secuaces como merecían. De escrache ni hablamos.

Pd.- Hace unos pocos años me compré la camiseta del Madrid en El Corte Inglés, por superar el trauma. La tengo guardada en el armario ropero. Tampoco era para tanto...
Pd 2.- Los malpensados que esperaban una crítica cítrica a los Borbones, que lean la prensa, no este inocente blog.

domingo, 11 de diciembre de 2016

PISANDO CHARCOS (PARA VARIAR UN POCO, PERO MISCELÁNEA AL FIN Y AL CABO)

Llovía, lo cual no aproveché para perpetrar poemas, y salí del trabajo sin paraguas. De regreso a casa bajo los balcones (mil gracias a los que pagaron el impuesto sobre voladizos), cediendo a ratos el paso a las señoras y señoritas (como me había enseñado mi padre mucho antes de que fuera delito de leso machismo), ancianos y niños, pasé frente a la casa donde vivía de soltero. Mi madre estaba mirando por la ventana, "la tele de los pobres", y me vio empapado. Por señas me dijo que subiera pero, en lugar de obedecerla (¿será "laísmo enclítico"?), le regalé una improvisada versión del "singing in the rain" pateando un enorme charco. La gente me miraba, ella reía desde arriba llevándose un dedo giratorio a la sien (bien me conoce) y yo actuaba para todos los públicos. Me despedí lanzándole un beso-manguerazo y llegué a casa. Me desnudé, eché la ropa en la bañera, me di una ducha caliente y sonó el teléfono.
-Hijo, ¿estás bien?
-Sí, mamá. 
Mi madre sigue ejerciendo de madre conmigo y mis hermanos igual que cuando vivíamos en la casa familiar, recetando aspirinas cuando tenemos un resfriado, recomendando que no fumemos, y que use la olla a presión para ganar tiempo (debo de ser el único de los cinco que no la tiene, porque se convirtió en nido de cucarachas y se la regalé a mi suegra, previamente desinfectada -la olla-). 
-Tu padre se ha perdido la actuación a lo Gene Kelly. Lástima.
Supuse que andaría de tiendas o en el cine. Era muy cinéfilo, y se tragaba desde pequeño sesiones continuas, desde las cuatro y media hasta que lo echaban de la sala. De joven distraía unos céntimos para escapar al cine y veía dos veces cada película, por amortizar el desembolso. De ahí que supiera de memoria el "casting", que no sólo era elenco sino el lance con caña, otra de sus aficiones. 
Fuimos juntos al Roxy, Lope, Capitol, Cervantes y todos esos cines de barrio que desaparecieron bajo la presión de las salas múltiples. (Me cuesta recordar alguna película española en su compañía, que sólo veíamos en la tele, pero que no le eran ajenas, y también era capaz de recitar el nombre de los actores nacionales, aunque con menos entusiasmo que los americanos).
El dueño de las dos únicas salas que perviven en el casco urbano me dijo que no le había quedado más remedio que poner una barra para vender coca-cola, aunque le horrorizaba la idea de que sus locales se convirtiesen en merenderos, pero que había que cuadrar las cuentas y dar gusto a los espectadores, incapaces en estos tiempos de asistir a una proyección sin palomitas y bebida. También me comentó que le hacía gracia que algunos de sus mejores clientes (no sólo de cine sino de la barra) fueran de entendidos a la SEMINCI. Que los doblajes unas veces tapaban las carencias de los actores, que los había muy malos, y otras estropeaban la grandeza de la versión original. Y que una vez se salió del cine porque el doblaje de Robert de Niro, al que conocía personalmente, era tan lamentable que le estaba fastidiando "El corazón del ángel" (si es que la película no había nacido estropeada de antemano).
Me temo que Trueba, quien trajo para España un óscar de Hollywood con "Belle Epoque", no ha calibrado bien sus comentarios o tal vez sobreestimó la capacidad de los españoles para entender su fino humor (tendría que haberlo previsto, fue como contar un chiste de leperos en Lepe). Personalmente creo que se estaba gustando, como los toreros, y se vino arriba. Su exceso verbal no ha influido en mi ánimo para no ver su película, entre otras cosas porque dejé de ir al cine regularmente cuando empezó el siglo, pero sí en el de los que escogen a qué multicines ir en función del precio, del bono de descuento, la calidad de las palomitas o la duración del film para pasar más tiempo a cubierto cuando hace frío. Eso sí, merendando.


miércoles, 7 de diciembre de 2016

LOS PAYASOS DE LA TELE (SIN DOBLEZ)

(El título puede inducir a error, pero no tengo intención de comentar Gran Hermano ni Sálvame o cualquier "tertulia" de intelectuales catódicos o "pdotestantes"). 
Los Gaby, Fofó y Miliki (and sons) tenían la costumbre, no diré manía, de regalarnos sus canciones al final del programa, un regalo envenenado, aunque seguro que sin malicia. Los niños coreaban los estribillos de memoria y tras la apoteosis llegaban los acordes del chim-pón con alguna variante armónica musicalmente apreciable, dicho sea de paso, que no todo iba a ser dudoso.
Todas empezaban con un introito instrumental, a modo de llamada de atención, y ocho compases después (como mandan los 40 principales) venía el desparrame de letras ridículas, rimas sin leyendas y mensajes sin codificar. Haré un listado de aquellas que recuerdo, adaptada su interpretación a nuestros días:
"Cómo me pica la nariz": Un pobre niño sufre de hipersensibilidad en el apéndice del apéndice nasal, lo cual le impide hacer vida normal. Años después fue revisada por "Siniestro total", trasladando el picor a zonas  más o menos nobles, que casi dan al traste con la carrera espacial, ahí es nada.
"La gallina Turuleta" (o Turuleca, según versiones y calidad del altavoz de la tele): Manual de explotación animal reflejado en la triste vida de una gallina forzada a poner huevos sin descanso.
"Los días de la semana": A una niña se le arranca su infancia y se verá abocada a acudir al psicólogo por culpa de la insistencia de sus padres en convertirla en ama de casa, aunque parece que su propia madre pasaba de esas mismas tareas y de su padre ni te cuento. Si después de una semana plagada de infortunios y tareas domésticas pero nunca escolares le tocaba rezar, la imagino agnóstica perdida además de inculta. Al menos los padres no asistirían a manifestaciones en contra de los deberes, que bastantes tenía la infausta criatura. (Los de IKEA piden que no los pongamos para disfrutar de las cenas, excepto si el padre trabaja en IKEA y llega  a las tantas o es un cándido comprador de la cadena sueca y tiene deberes como montar el mueble "quetechinguen", con lo que tomará las albóndigas congeladas o pasadas por el microondas).
"El auto de papá": Más que un auto sacramental es un auto demencial. El padre corre que se las pela, pasa de autovías y pone a prueba la suspensión hasta el vómito en carreteras comarcales, aunque insiste en que van de paseo (más bien parece paseíllo). Eso sí: como llevan torta, que es tarta, les importa una higa. Y mucho egocentrismo: que si papapá, y que si pipipí, normal si no paran ni a estirar las piernas.
"Susanita": Un acercamiento a la sexualidad femenina en sus albores, con la figura retórica del ratón chiquitín (que los psicoanalistas interpretan como lo interpretan, convirtiéndolo en roedor más grande).
"Porompompón, Manuela". La niña que no tenía tiempo ni para jugar con el ratón se hace mujer y, cómo no, ama de casa. Manolita es ahora Manuela y cocina que da gusto, lo cual provoca la felicidad de su marido, al que auguramos unos análisis de sangre y orina con más asteriscos que las instrucciones de una teleoperadora para activar el roaming. Al menos, con tanta tarea doméstica, se quedaría en casa sin tener que soportar los baches del auto de papá, que además era feo. 
"Los músicos/instrumentos (de tortura)": No hay payaso que se precie que no sepa tocar un instrumento musical, pero no gracias a las recomendaciones de nuestros queridos payasos. Si toco la trompeta, tarataratareta. Si toco el clarinete, teretereterete...  La única versión real parece la del tambor, que suena porromporrompompom, y eso no lo arregla ni Wagner. Parecía imposible superar el "changlipungli" de la guitarra en "Yo soy un artista",  una canción más antigua, pero Gaby y cía lo lograron con creces. Y eso que eran músicos de honores. Yo también era soldado distinguido en la mili por tocar el bombo en la banda del cuartel, así que no sería para tanto.

Pd.- Algunos ven en "Susanita", "Manuela" y "La niña que se hizo funcionaria para compensar" una versión moderna de Cenicienta. Ya lo dijo el torero: hay gente pa tó.


lunes, 5 de diciembre de 2016

LA TELE QUE NOS EDUCÓ Y OTROS JUGUETES DEL PLEISTOCENO SUPERIOR.

Uno de mis alumnos me preguntó hace unos días qué hacíamos para divertirnos cuando no había más que dos canales de TV, no teníamos internet, videoconsolas ni móvil. Me hizo gracia la cuestión, y respondí tan brevemente como soy capaz:
-Lo mismo que tendríais que hacer vosotros: jugar con otros niños.
Ya sé que hoy en día jugar en la calle no es tan frecuente, y que los niños del barrio son ahora "los de mi parcela", gracias a arquitectos y constructores que optimizan (en cuestiones más monetarias que físicas) los espacios cada vez más escasos que permite el urbanismo municipal, reduciendo el campo de juego al hueco interior que se respeta en cada bloque para ocio del vecindario parcelario y minifundista.
Hasta los seis años viví en un barrio donde casi todos teníamos mote, ya fuera por la profesión del padre (las madres tenían una de la que no han podido escapar actualmente aunque también trabajen fuera de casa, lo cual no arrojaba información útil para identificarnos) o por alguna peculiaridad, como "el cojo", "el rubio" o "la huérfana", motivo por el que hoy nos tildarían de sexistas, fachas o etc. Así había un carnicero, una sastra (mucho antes de la moda pseudolingüística), una peluquera, un carbonero o un barbero, que era el peluquero para hombres incluso imberbes.  Mi madre, sin ir más lejos, era "la rubia del milquinientos" y mi padre "el de la caja", "el pescador" o "el cazador" (según la temporada, como el precio del pescado y el marisco en los restaurantes). Como además las familias numerosas eran numerosas o muchedumbrosas teníamos más amigos y a veces enemigos. 
Desde que mis hermanos y yo salíamos del colegio de las Huelgas (no por nada relacionado con el absentismo, sino por la orden monástica a la que pertenecían aquellas sores de las que sólo veíamos la cara y en muchas ocasiones las manos rápidas y contundentes) hasta entrar en casa pasaba un buen rato. Mi madre nos bajaba la merienda, un bollicao de la época, mucho menos insípido, con pan y chocolate de verdad y jugábamos en la pista de baloncesto, no necesariamente al baloncesto, del cuartel de intendencia que había al otro lado de la calle-carretera, por la que transitaban con su mansedumbre ovejas que dejaban aceitunas en el verde (mi hermano me convenció de que lo eran, pero desde aquel trago amargo jamás volví a confundirlas). Otras veces nos adentrábamos en el refugio (para indigentes) junto al Esgueva, el río transexual que se hizo "la" Esgueva gracias a algún cirujano etimólogo. Allí gasté mi primera vida de hombre gato, tras caer y ser rescatado por Fernando, mi hermano, y Luis Alberto, un vecino ganso (cualidad heredada de su madre, Carmina) y siempre dispuesto a gamberrear dentro del orden que marcaban las manos raudas de su padre, hermano de dos de las monjas que nos educaban. 
Después de sudar la merienda, subíamos a casa y poníamos la tele, que tenía dos canales: el de toda su corta vida desde que se había instaurado en España y el UHF, la 2 actual, al que accedíamos cambiando una clavija en el voltímetro (eso es lo que recuerdo, aunque no encuentre relación entre el voltaje y la frecuencia o la amplitud de onda). En este ponían dibujos animados europeos, que solían ser de todo menos dibujos, más bien muñecos, collages o rarezas que hoy hacen las delicias de los frikis, tan modernos ellos, y que acababan con un koniek, el the end de la pobre Europa de los dictadores, y de Polonia en concreto, por lo que supe después. Luego llegaron los de Disney, Hanna-Barbera, Warner bros (que era brothers, otro descubrimiento posterior) y mucho más tarde los japoneses, que nos sacaban risas disimuladas cuando Afrodita, la "novia" de Mazinger Z, disparaba sus misiles pectorales y se quedaba mastectomizada para el resto del episodio (en eso los japoneses eran muy fieles y no daban posibilidad de tomas falsas de racord). 
De entre todos ellos sobresalían (no me explico por qué) los payasos de la tele: Gaby, Fofó y Miliki, a los que se sumaron los hijos, Fofito y Milikito, que era como el mudo de los hermanos Marx pero sin gracia alguna (su primo hablaba, lo que era mucho peor). Después de llorar con las vicisitudes de Marco y Heidi, precursores del culebrón sudamericano, reíamos (yo no, pero supongo que alguien lo haría) con los tartazos, los golpes y los chistes facilones, incluso para críos, de la trouppe del circo de TVE, a la que se sumaba el pobre Fernando Chinarro, un actor que se encasilló, como Resines, haciendo de sí mismo. (Mi hermana pequeña, Marta, cuenta que una tarde le vio con el resto del plantel de "Los serrano" en un bar de Madrid, tomando cañas, y que se sintió como invitada a la grabación de un capítulo porque por lo visto, o estaban repasando sus respectivos papeles o es que realmente eran así).
El momento estelar de aquella constelación lejana era la canción final, que merece capítulo aparte (será el próximo, al que mi verborrea ha dejado sin espacio, pese a mi primera intención).
No quiero olvidarme de un programa que me encantaba y que trasmitían, creo, los viernes y ejercía en mí de motivador para los partidos que jugábamos en el colegio los sábados: Torneo, presentado por Daniel Vindel, que organizaba competiciones deportivas entre colegios de todo el país. Aún rememoro con cierta envidia la final de atletismo, en la que participaban mis compañeros de curso, qué tíos, saliendo por la tele un día y en clase o el patio conmigo el lunes: Zuasti, Astorqui, Piera, Saquero, De Paz, Oporto, Cítores (con quien coincidí en la mili y después tuve de compañero en el Corte Inglés)... y mi aún buen amigo Núñez, "el hombre tranquilo", que desde su actual domicilio allende el océano esbozará una sonrisa. ¡Cómo disfruté aquél día, coño, viéndoles correr, saltar, lanzar, aunque por un tropezón o algo así no pudieran vencer! Gocé mucho más aquel solo viernes que con los payasos de la tele en todos sus sábados.

Pd.- Dedicado, como prometí, a todos los que os habéis tomado la molestia de compartir en Facebook mi anterior entrada o darle al me gusta: Carmen Conde, Sonia Rodríguez, Pilar Ortega, Pilar Franco, Lorena "Nena", Begoña Alonso, Consuelo Meza, Raquel Del Val, Raquel Alonso, Raquel Lanseros, María Melero, Montserrat Rodríguez, Montserrat Luezas, Ana Soria, Santiago Rodríguez, Pencho Herrero, Javier “Magasax”, Javier García, Juan Carlos González y Ángel López, in order of appearance (según me consta), como en los créditos de las pelis que acaban con "the end" y no koniec.