sábado, 19 de septiembre de 2015

GRANDES PERSONAS, PERSONAS GRANDES

Los recuerdos se nutren de imágenes grabadas con calidad superior, como HD, si no no habría tales (perdón por la redundancia o la obviedad). Uno de los que guardo tiene que ver con el baloncesto, que ayer se hizo presente después de las semifinales contra Francia.
Mi casa familiar, (que ha salido en muchos de mis "posts"), estaba ubicada en un edificio de nueve plantas en el entonces semicentro de la ciudad, en el que vivían varios matrimonios con sus correspondientes hijos, algunos de los cuales compartían edad, más o menos, conmigo. Hay días en que, cuando voy a ver a mi madre, me encuentro con algunos de ellos en el portal o el ascensor. Desde luego que no todos éramos amigos, pero el tiempo, esa lija que nos acaba igualando, aunque sea muy al final o final del todo, nos hace olvidar las rencillas vecinales, que las había y se manifestaban en las juntas de la comunidad de propietarios. Nuestros padres discutían por las cuotas, las derramas o las goteras, pero los jóvenes no nos dábamos por enterados, ni falta que hacía. (Yo sí, porque mi padre me nombraba auxiliar administrativo cuando le tocaba ser presidente, tesorero o administrador, lo cual le servía para tener ayudante a la hora de escribir a máquina los recibos, harto como estaba de hacer papales por su trabajo en una entidad bancaria). 
Había varias chicas en el edificio, de las cuales mi favorita era Marta, una morenaza guapísima (hoy rubia, pero igual de guapa) a la que recuerdo haber tirado los tejos en el bar de abajo de forma tan sutil que probablemente ni se enteró de mis intenciones, pues tanta era mi sutileza o cobardía que costaba descifrarla. 
De entre los chicos, hice amistad con José (pronunciado sin acento), un tiarrón enorme que estudiaba en el colegio de los baberos, del que los jesuitas éramos seculares enemigos. Ajenos a semejantes chorradas de la secularidad y la tradición, pasábamos juntos muchas tardes, sobre todo en su casa, donde disponía de un dormitorio con espacio para extender el tablero del juego "Las rutas de Don Quijote", un antepasado de los de rol pero mucho más cultural y ajeno a la violencia. No recuerdo mucho de la mecánica del asunto, pero sí que las tardes se nos hacían cortas. Su padre era un militar retirado, o en la reserva, que conservaba parte de su acento y gracejo andaluz, al que le encantaban los boquerones en vinagre y otras delicatessen que le provocaron algún ataque de gota. Nina era su madre, otra mujerona morena y simpática que sólo nos interrumpía para traernos la merienda. Una vez tuve que improvisar una excusa para no comer el bocadillo de jamón, porque no me gustaba lo blanco (el tocino) y le dije que pensaba ir a comulgar esa misma tarde en menos de una hora, que era lo prescrito por el papa Pablo VI, muy anterior a este argentino que lo perdona casi todo. Tampoco me gustaban las empanadillas porque tenían tomate, e imagino que pondría la misma excusa, pero Jose casi lo celebraba porque tenía que llenar su cuerpo de castillo de algún modo, a lo que ayudaba mi abstinencia por causa fingidamente religiosa.
Un día me preguntó si me gustaba el baloncesto. Su hermano Manolo, guapote de portada con bigotazo (Manolo, no la portada), era pivot en el Universitario, que necesitaba socios al haber ascendido a segunda división nacional, lo que sería la LEB oro de hoy. (Yo entrenaba, que no jugaba, por falta de entrega o compromiso, con el equipo de mi colegio, así que dije que sí, por ver si se me pegaba algo al ver a los mayores y rascaba algún minuto que no fuera "de la basura"). Por quinientas pesetas nos abonábamos para toda la temporada en asiento de tribuna, aunque faltaba el beneplácito de mi padre, que era quien pagaba. Las negociaciones fueron largas, mi padre era duro de pelar, pero al final accedió a soltar el billete azul que me franquearía la entrada al apasionante mundo de la canasta.
Uno de cada dos sábados, los Castrillón me llevaban al partido, bocata incluido, y después de perder (sólo ganamos uno en toda la temporada) me dejaban en casa a eso de las diez de la noche. 
De aquellos años, no sólo de esa temporada en segunda, me queda el recuerdo de Vacas, el de las gafas atadas con un cordel, un tal Morate, Richi Boronat, Merino y, por supuesto, Manolo, que tenía clase para jugar en categoría superior, y de hecho llegó a hacerlo en el Valladolid, pero por lo que me contaron no era del gusto de un entrenador con mala leche y un poco inestable que acabó forzando su salida. Mario Pesquera, el enemigo de las rotaciones (aún recuerdan los más viejos a su Caja de Ronda con Ramiro, Vecina, Blanco, Arlauckas y Brown jugando casi 40 minutos por partido, con dos sextos hombres -chicos de los recados- como únicos sustitutos: Grau y Palacios) lo rescató para el Universitario y ahí terminó su carrera como pivot rocoso e inteligente.
Choche y yo nunca llegamos a competir más que en "Las rutas de Don Quijote", porque cuando nuestros equipos colegiales se enfrentaban, mi lugar natural era el banquillo, y así no había forma de que me pusiera un tapón o de hacerle unas cuantas personales. Hoy regenta un bar, el café oficial de los artistas, y de vez en cuando nos vemos, él desde un poco más arriba, claro. Quizá un día use el ascensor de la catedral (que sé que no le gusta un pelo) para mirarle por encima del hombro, a ver qué se siente.
Pd.- Gracias a la familia Castrillón y en especial a Jose Luis por ayudarme a refrescar la memoria, a disfrutar del baloncesto y por su amistad. Gracias también por negarme una última copa a horas intempestivas. Eso también es amistad.

domingo, 6 de septiembre de 2015

... OTRA VEZ A LO QUE IBA (CAPÍTULO II)

Cuando la tarde se hacía más larga, ya fuera por llegar al pueblo antes o porque anocheciera después, me daba tiempo a perderme por las eras, el majuelo o las calles. La de mis abuelos comenzaba en la carretera y se perdía en el monte, tras cruzar el río Bajoz, poco más de un arroyo con ínfulas que delimitaba una margen del pueblo. A poco de sortearlo por el puente de un ojo, no se necesitaban más prodigios de ingeniería, el camino trazado por la rodadura de los carros y tractores se empinaba como impulsado por las aguas remolonas. Desde lo alto, el paisaje justificaba el esfuerzo. La primera vez, tras  contemplar el páramo, centré mi atención en una mantis religiosa, ese bicho con mala fama sólo porque dicen que se come al macho después de aparearse (como si eso fuera algo excepcional). Estuve observándola embobado mientras tomaba el sol acomodada en un pámpano, ajena al forastero.
A la semana siguiente, al culminar mi segunda escalada, no estaba solo. Asistí a un juego en el que una niña aparecía y desaparecía entre las vides. Su cabeza se ocultaba y asomaba  más tarde por algún lado. Tardé en darme cuenta de que eran dos las que jugaban al escondite: una morena de pelo corto y la otra  pelirroja con rizos. Por seguir espiando sin ser visto, me agazapé lo justo como para no perderme la fiesta. Pude al fin disfrutar, apenas por un breve espacio, del pelo cobrizo y brillante, largo y ondulado, de la más alta, que por ello encontraba mayor dificultad para ocultarse. Me pareció la niña más guapa del mundo, del poco mundo que yo conocía, y el eco de sus risas me llegaba envuelto en el aire que soplaba entre sus cabellos. ("Quisiera ser el viento que acaricia tu pelo..." fue la frase que escribí ya en casa, por la noche, y que jamás pude convertir en poesía porque mi vocabulario poético infantil se terminaba allí). Cuando ya no podía aguantar la postura me incorporé y volví a cenar donde mis abuelos, con una alegría al descender que compensaba el dolor de mis piernas entumidas. 
Esperé ansioso la llegada del siguiente fin de semana, ensoñando las cabezas alternativamente emergentes, sobre todo la de cabellera salvaje, y nada más bajar del coche entré a besar a mi abuela. A continuación, en lugar de acercarme al teleclub como solía, corrí ladera arriba. Escruté el majuelo al acecho, como el cazador que ansía la aparición de la presa, pero no hubo tal. Desencantado, regresé sin prisa arrastrando los pies, y fui en busca de mi abuelo hasta el teleclub. Se levantó para besarme,  recibí el pirulí y salí a la calle chupándolo (primero se mordisqueaba el barquillo hasta pelarlo, porque si no quedaba blando y poco apetecible). En la plaza había una niña con una cámara de fotos, una Werlisa club color con un punto rojo en el disparador (mi padre había tenido una casi idéntica, pero con el botón metálico) que vino a saludarme.
-Hola, -saludó con voz cantarina y dulce.
-Hola.
Ni siquiera me dijo su nombre, pero a nuestra edad no nos preocupaba tener amigos saltándonos el protocolo. Tardé un poco en darme cuenta de que era la misma que jugaba entre las vides la semana anterior. 
-¿Quieres ir al majuelo? -me invitó.
-¡Claro!
El paso se hizo más alegre, cercano al trote. Arriba soplaba el viento casi de otoño, y una tristeza cierta e inexcusable me invadía, porque el curso escolar comenzaría en un par de días y mis visitas al pueblo se espaciarían en cuanto llegaran las lluvias (mi padre odiaba conducir con mal tiempo, y se ponía nervioso e irascible). Entre risas, ese recurso que sirve como pegamento para tapar los huecos de la charla, mi amiga iba contándome su vida. De vez en cuando se hacía el silencio, pero sin risa, sino algo semejante a lo que yo veía cuando iba de caza con mi padre y el perro se paraba si olisqueaba perdices, codornices o conejos. Mi amiga, la de pelo corto y oscuro, fijaba la vista en algún punto que yo no atinaba a ver, y quitaba la tapa del objetivo. Yo permanecía quieto, esperando el click de su cámara, y entonces resurgía la conversación. Unas cuantas fotos después, mi reloj Justina, el de la primera comunión, me hizo saber que era tarde.
-Tengo que irme. 
-Te acompaño, -respondió.
Bajamos sin hablar hasta que vi a mi madre esperándome a la puerta de casa. Antes de echar a correr, lo cual no evitaría la reprimenda, acerté a preguntar:
-¿La otra chica no está?
-No. Se fue ayer. 
Noté su desencanto, aunque lo intentase disimular. Lo achaqué a que sin su amiga estaría más triste o aburrida.

El verano se fue, y no volví a verlas hasta el siguiente. La pelirroja era más esquiva, o sus horarios más estrictos, así que me conformaba con saludarla y seguir con la vista sus pasos antes de perderse por la primera calle paralela al río. Luego asistía al ritual fotográfico de quien demostraba más interés por mi persona, hasta que el sol diluía el paisaje y el Justina, cada vez más lleno de golpes, señalaba la hora de cenar.

Un día, la niña pelirroja dejó de ir. Su abuelo, que había sido médico del pueblo, ya no vivía allí. Me lo contó mi amiga, que al verano siguiente tampoco volvió. 

Mis abuelos, ya ancianos, vinieron a vivir a la capital años más tarde y  San Cebrián dejó de ser parte del programa habitual del fin de semana.


Ni por asomo esperaba reencontrarme con la pelirroja del modo que sucedió: una mañana de sábado, superadas mi infancia y adolescencia, encendí la tele y allí estaba ella presentando un programa infantil. No podía creerlo. No había cambiado tanto desde la última vez, simplemente había crecido, pero sus rasgos eran los mismos. Permanecí frente al televisor ITT, pestañeando lo imprescindible para no perder detalle. Todo en ella era perfecto, impropio en una joven ni siquiera mayor de edad, nada que ver con las pseudo estrellas prematuras de hoy en día, esas que parecen predestinadas y forzadas por sus madres y luego se convierten en "juguetes rotos" cuando la fama las abandona. Desde entonces, cada sábado me acomodaba a la hora exacta, pendiente del reloj, que ya no era el Justina, jubilado por culpa de mi torpeza y gracias a la obsesión de mi padre por controlar su colección de relojes en la muñeca de mi hermano, más fiable, y la mía, alocada como yo mismo. Fui un seguidor fiel y obsesivo del programa hasta que dejó de emitirse, pero por suerte mi musa siguió apareciendo en antena, igual de bella, con algunas ausencias que soportaba disgustado. 
Pasaron más años y un día la di por perdida. Con la llegada de internet, ese instrumento en ocasiones maravilloso, el mundo volvió a llenarse de luz, la misma que alumbraba sus cabellos de por sí luminosos. Incluso me atreví a enviarle un mensaje por Facebook, en el que le relataba nuestros pocos encuentros de la infancia, añadiendo un poco de fantasía a los mismos, por echarle más azúcar y de paso ablandarla. Me contestó amablemente por el mismo conducto, rechazando con elegancia mi solicitud de amistad, lo que entendí perfectamente y hasta aplaudí, pese a que me privara de mayor contacto. "Una mujer segura de sí misma que no necesita de palmeros", pensé.

Aún quedaba otra sorpresa, por mor de esa memoria omnímoda de la web que guarda nuestras entradas y salidas, algo inquietante por otro lado. Ojeaba la prensa cuando entre los anuncios vi una exposición de fotografía de la que ella era cartel junto a otra persona que me resultó familiar. No pillaba lejos de casa, por lo que tomé nota en mi calendario de pared para no olvidar la fecha, aunque algunos carteles pegados cerca de mi casa me la fueron recordando. Una noche, según regresaba del trabajo, aprovechando la soledad de la calle, arranqué uno con cuidado y al día siguiente lo llevé a enmarcar. 

El día señalado me presenté en la sala. Había menos personas de las que esperaba, lo que me pareció algo triste por una parte, pero mucho mejor para disfrutar sin el bullicio y el ruido que suelen acompañar esos eventos, y más cuando hay "vino español". Me había vestido como para una boda, de lo que me arrepentí al ver el atuendo más bien informal, casi el oficial y corporativo de los artistas que necesitan ser reconocidos como tales, con predominio del negro en versión camiseta, americana y zapatillas de dudosa higiene. Di varias vueltas a la sala, recorriendo las paredes con las fotografías, en blanco y negro casi todas, y cuando me encontraba a punto de llegar a la que figuraba como cartel, de tan embobado como estaba me  topé literalmente con una mujer a la que empujé sin querer. Tras las disculpas simultáneas, me preguntó qué me parecía su obra. 
-¿Eres la autora?, dije, aunque era obvio.
-Sí. ¿Te gustan?
-Mucho. 
-Gracias. Sigues tan encantador como te recordaba.
Me quedé mudo. La miré sin pestañear, tratando de identificarla. Mis ojos iban de su rostro a la fotografía en la que figuraba mi actriz de culto junto a la otra mujer. Fue entonces cuando caí en la cuenta. Era ella. Y de repente algunas de sus fotos se ubicaron en mi mente, o mejor dicho, en los recuerdos infantiles de mi mente, aunque no tuvieran nada que ver.
-Te sigue gustando, ¿eh?
-¿Quién? -respondí con un disimulo torpe.
-Verónica.
-Sí.
-Por eso la escogí para el cartel. 
-¿Qué?
-Era la única forma que se me ocurrió para volver a verte.
Me sentí pillado y avergonzado. Y sobre todo, sorprendido. 
-Es guapísima, -añadió.
-Sí, mucho.
-Ya éramos amigas entonces. Podía habértela presentado. 
Me quedé callado, ensombrecido por la cobardía que siempre me ha perseguido. Ella me sonrió. Y se fue.

lunes, 31 de agosto de 2015

RECUERDOS RURALES DEL MEDIEVO Y MUCHO DESPUÉS... (CAPÍTULO I, POR SI ACASO)

Mis abuelos maternos vivían en un pequeño pueblo de la meseta castellana  cuyo mayor aliciente turístico era y sigue siendo (pese y gracias a las sucesivas rehabilitaciones, unas más afortunadas que otras) una iglesia Mozárabe, y los restos de un convento del que formaba parte, donde María de Molina pasó enclaustrada un tiempo, por si no fuera poco enclaustramiento para una reina, consorte de su sobrino, Sancho IV (incestas nuptias, excessus enormitas et publica infamia, toma latinajos) vivir en una población de apenas doscientos habitantes, por muy madre de Isabel de Castilla que fuese, aunque quizá en los siglos XIII o XIV la habitaran más lugareños. En la capital, las monjas del colegio en el que yo había sufrido mis primeras enseñanzas compartían honores con el pueblo de mi madre, por cuanto en su iglesia descansaban a mayor gloria de la orden (quizá desconocedora de la excomunión papal) los restos de esa misma reina.
Crecí ajeno a todo aquello, de lo que fui consciente muchos años después, cuando descifré el dicho casi jeroglífico de mi abuelo Serafín ("San Cebrián de Mazote, corral de vacas, donde encierran los frailes a las muchachas"), que lo mismo ni tenía relación con María de Molina. 
Muchos fines de semana nos acercábamos a visitar a mis abuelos. Durante el recorrido desde la casa que me habría gustado tener ahora, (con vistas infinitas que a un "vecino", a quien Dios no tardó en llamar a su sagrada y exclusiva vecindad, se le ocurrió después mutilar plantando una nave para maquinaria agrícola), hasta el teleclub, una especie de bar en el que se jugaba la partida y las fantas se pagaban a cinco pesetas y la cerveza águila imperial a tres, gracias a la subvención privada de los socios (ya digo sin decirlo que el erario público aún no era lo que es, ni había gin-tonics premium para el alcalde y sus ediles, con descuento por servicios prestados o por prestar), saludábamos a quien se cruzara en el camino, algunos familiares a los que tampoco conocíamos, pero que en seguida encontraban parentesco, nada difícil en mi pueblo.
(Hay quien dice, no sin razón, que me ando por los Cerros de Úbeda, cuando no por los Montes Torozos, y que mis idas y venidas con tanta subordinada y tanta yuxtapuesta, guiones y paréntesis, le despistan. No le culpo: me cuesta no incurrir, y no puedo asegurar que no lo haga, en errores gramaticales, pero el estilo es el estilo, y la pedrada es la pedrada).
Al llegar nosotros al teleclub, mi abuelo se levantaba de la partida para convidarnos a un refresco o un pirulí (caramelo cubierto de barquillo, pinchado en un palo, que ponía a prueba la resistencia de mis muelas, las que ahora reconstruye Dentix, y las de mis hermanos). Luego volvía a la mesa a terminar sus partidas de  subastado, tute o dominó, sin dejar de presentarnos, sábado tras sábado, a sus compañeros (nunca se le conoció un enemigo) y presumir de nietos, "los de Cipri, la mujer del de la Caja de Ahorros". Según se alargase la partida, volvíamos a casa, solos o de la mano de mi abuelo, haciendo un alto donde la tía Anastasia, la de la tienda, a la que luego mi abuela Felisa, su hermana, pasaba a pagar, ajustando su rural y fraterna contabilidad. 
Mi abuela nos esperaba, con los sempiternos mandil y zapatillas negras, para merendar. En el "sobrao" siempre había un cántaro de vino clarete, fruto del majuelo y los tradicionales métodos de vinificación casera que hoy espantarían a Robert Parker, y un jamón, y las gallinas saludaban nuestra llegada con el regalo de unos huevos (fresco y calentito eran lo mismo) que se convertían en fritos o tortilla, adornando los blancos platos de porcelana con  borde azul. Un rato después, con charla al amor de la lumbre de por medio, regresábamos a casa en el coche, cuando siete no eran multitud ni la ausencia de cinturón de seguridad era delito...

(ahora sigo)

sábado, 29 de agosto de 2015

Y POR FIN...

Trataré de aterrizar, ya que dejé hace tres días la pista preparada y a última hora aborté la maniobra de acercamiento por culpa de mi verborrea, que dudo mucho que D. José hubiera podido atemperar, más preocupado por su ego que por ninguna otra cosa en el mundo (hasta el punto de trampear con su propio currículo para presumir de títulos que jamás tuvo, cosas del complejo, supongo).
El salón de mi casa, que era la de mis padres, tenía un equipo de música con vatios suficientes para sonorizar el edificio entero sin forzar la ruleta. Sólo el limitador de potencia que es mi madre evitaba denuncias por exceso de decibelios. Mi padre sostenía que la música hay que ponerla alta. Mi madre, justo lo contrario. Años después me di cuenta de que la música hay que escucharla, no sufrirla (como traté de explicarle al técnico de sonido de La Musicalité una noche en que estaba a punto de romper los altavoces, o altoparlantes, -según dicen en español (¿castellano?) de América los compatriotas de  mi querida amiga la Altamirano-, ante la incrédula  mirada de Clemen, quien había alquilado el equipo para el concierto del que eran teloneros mis colegas de Chloe).
Una de mis muchas tardes de ocio, ya fuera fin de semana o vacaciones, entré en mi dormitorio, donde cientos de cassettes tapizaban media pared. La mayoría de los títulos me eran desconocidos, así que el azar quiso que cogiera uno, que no cualquiera. Se llamaba "A night at the opera", como una de mis películas favoritas de los Hermanos Marx, supongo que no por casualidad, pues luego descubrí que el siguiente llevaba el título de "Un día en las carreras". Probablemente fuera eso lo que llamó mi atención y me decidió a escogerlo. Las canciones se sucedían, captando progresivamente mi atención, hasta el punto de hacerme abandonar la lectura del Mortadelo semanal, que mi hermano compraba con la paga del domingo (ni siendo monaguillo de la parroquia me explicaba cómo se las arreglaba Fernando para revivir el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, en versión pesetas, con la exigua propina, que a mí solo me daba para hartarme a migas de patatas fritas en la churrería de al lado de la parroquia http://pucelaacapella.blogspot.com.es/2010/12/podria-decirse-que-mi-primer-trabajo.html). De repente se me cayó el tebeo de las manos, y cogí la caja del cassette, para saber el título de lo que sonaba. Comoquiera que este no coincidía con ninguna frase que yo acertara a entender, me levanté para ver cuánta cinta quedaba en el carrete derecho. La paciencia no es virtud que me adorne, y empecé a adelantar con el botón que permitía escuchar un chirrido hasta el tema siguiente. Sonó "God save the Queen", que por ser el himno real británico me resultaba más familiar y reconocible, por lo que deduje que "Bohemian rhapsody", la anterior, sería el título de la canción que me había apartado de la lectura. Pulsé el botón que indicaba "a la izquierda" hasta encontrar el comienzo de aquella obra de arte. Del fondo del salón, o eso parecía por el eco, se oyó "Is this the real life...", cinco palabras en idéntico tono con voces que luego supe que armonizaban en sol menor con séptima menor, un acorde raro para mi oído. Casi seis minutos más tarde volví a levantarme. Busqué el comienzo de nuevo, maldiciéndome por tener que interrumpir mi éxtasis, y no exagero (maldición que debió de ser escuchada por quien inventó el CD, a Dios gracias). No sé cuántas veces me levanté, mi memoria no da para tanto, pero sí que Galileo empezó a parecerme un tipo simpático. (Para mí, igual que para muchos que se enteraron cuando falleció Mercury, Queen era hasta entonces algo inexistente). Como poseído por un espíritu benigno, salté del sofá para dirigir los coros como un poseso cuando mi madre entró en la habitación, pillándome en pleno clímax.
-Baja la música, -gritó.
No hice caso, aun a riesgo de ganarme una bronca. Sorprendida por mi desobediencia, mi madre debió de pensar que aquello merecía la pena y cerró la puerta, dejándome gozar sin mayor insistencia. La última frase de la parte coral, "for me, for meeeeeeeeee" daba paso al intermedio rockero, que llamaba menos mi atención como director coral, aunque eso no fuera óbice para exprimir mis escasos conocimientos como bajista y guitarrista, tocando en el aire la "Red special" de May o el Fender de Deacon. 
Segundos más tarde, yacía de nuevo en el sofá, agotado y dichoso.
Y ese, querido David, fue mi descubrimiento, la revelación de una tarde ociosa, mucho más agradable y permanente que el primer beso (podría describirlo, pero será en otro capítulo).

Pd.- Acabo de revisar la discografía de Queen, y he comprobado que me faltaba "The miracle". En unos días, si San Amazon no me falla, lo tendré en casa. 
  

jueves, 27 de agosto de 2015

LO QUE SE IMPRIME CON TINTA INDELEBLE...

Un comentario de mi admirado amigo David, músico con mando en plaza, me ha animado a escribir saltándome la vagancia que provoca mis largos silencios en este blog, tan discontinuo y anárquico como un servidor o la wifi gratis de un hotel. Al hilo del texto sobre Les Luthiers, dice que a él también le marcó su hallazgo. 
La vida viene subrayada por hechos, muchas veces casuales, que aparecen y sorprenden a uno, variando su devenir. Mi caso no es excepcional, y enmarca decisiones voluntarias (mías o de mi entorno familiar), como el cambio de colegio para estudiar EGB, que me transformó de tonto en listo, (o lo que por entonces se entendía como tonto y listo en las aulas, alejadas aún de la logopedia, la psicología y la pedagogía modernas).
Otras, las más, fueron descubrimientos de alguien que pasaba por allí, como mi tutor de quinto. Este me había sugerido que fomentara mi creatividad (o canalizara mi permanente estado de despiste, que lo mismo era un TDAH sin nadie saberlo) por medio de la escritura, después de ganar un par de certámenes escolares de relato y poesía. Del último galardón aún conservo el librito que lo atestigua, con un lacónico "Primer premio de poesía ´76" autografiado en mayúsculas por don José (no admitía otro tratamiento, por lo que años más tarde se ganó el mote de "el condón"). Él colaboraba en el Diario Regional, uno de los periódicos locales que se fue al garete (como la Hoja del Lunes, que era el día de descanso de El Norte de Castilla), después de una huelga legal que acabó con su medio siglo de existencia tras varios despidos y algunas renuncias voluntarias por el giro a la derecha que experimentaba el periódico (cosa de la que me entero ahora mismo, documentándome en la red para mayor gloria y enjundia de mis escritos). Mi tutor me pidió una poesía para publicarla, pero mi desidia fue superior a su insistencia y acabó por dejarme como un caso perdido (y así sigo). Unos veinte o treinta años después, coincidimos en el Teatro Calderón como acompañantes de nuestros respectivos colegios a un concierto didáctico de la orquesta de la ciudad. Fui a saludarlo, presentándome como ex-alumno, pero lo común de mis apellidos (¿González qué?), no le ayudó a ubicarme. Sólo recordaba a March, "gran médico" (que lo es y volverá a aparecer en el párrafo siguiente) y a otros con titulación superior y apellidos nobles. Lamentablemente, un maestro que se apellidara González no era gran cosa ni digno de su memoria (tuve que morderme la lengua para no hacer hincapié en que ambos compartíamos apellido y profesión, unos "pringaos", vamos). Hoy somos casi vecinos, pero he desistido de saludarlo e interrumpir sus conversaciones con otros prohombres, no vaya a avergonzarse.
Sin embargo, un 1 de marzo del 76, como un regalo inesperado de cumpleaños, acertó a pasar por clase mi adorado Luis Cantalapiedra, para darnos unas nociones de solfeo y de paso hacer un "casting" para su coro. Como si se tratara de una premonición, don José salió del aula y se quedó Luis que, pese a ser sacerdote, prefería el tuteo. Tras explicarnos cómo se colocaban las notas, dibujó unos pentagramas llenos de redondas, dando paso a un concurso, en el que José Ramón (March) y yo empatamos por la medalla (aún no se había instaurado la moda chusca de denominarla "presea") de oro. Nos preguntó si estudiábamos solfeo (lo que hoy se llama "lenguaje musical") y el bueno de mi amigo March, un tío de sobresalientes, asintió. Como yo no había ido a clases particulares, quizá le pareció más meritoria mi habilidad y me sugirió que buscase un profesor de música, porque se me daba bien. No sé en qué momento alguien le dijo que era mi cumpleaños, lo que aprovechó para felicitarme con la consabida melodía, que todos mis compañeros cantaron en mi honor.
-Este es tu regalo, -añadió antes de irse.
Quizá Luis no supiera el alcance real de su última frase, pero hasta que mi esposa me preparó una fiesta sorpresa por mis cincuenta inviernos no he tenido otro semejante, aunque el de mis once años  aún perdura por premonitorio.
Ahora que releo y corrijo (se nota que estoy de vacaciones y tengo tiempo), me doy cuenta de que no he escrito exactamente lo que quería, que era hablar sobre otro hallazgo musical que me dejó la huella a la que aludo de algún modo en el título. Lo aparco para otro momento. Creo que D. Luis Cantalapiedra, un verdadero motivador milagroso (llegué a pensar que más que apellido era mote) merece el don y una entrada en este blog para él solito, aunque sin querer haya compartido algún párrafo con mi tutor, el de profesión y apellido tan vulgares como los míos. Ay, pocholín...

martes, 25 de agosto de 2015

LES LUTHIERS

Cuando mi padre llamaba por teléfono, con apenas media hora de margen, para buscar un acompañante en sus viajes por la provincia, el agraciado entre los cinco hermanos buscaba entretenimiento. Las horas de espera en el coche se hacían más cortas con música y lectura, por lo que cogíamos libros, revistas, tebeos y cintas de cassette. Mi hermano grababa compulsivamente los discos de vinilo que le prestaba un amigo, así que teníamos unos cientos ordenados numéricamente, a razón de dos por cada TDK de noventa minutos. La elección se hacía a la carrera para no hacer esperar a mi padre, con quien quedábamos a la puerta del garaje. Solíamos llevar algunas de su gusto para el viaje y otras del nuestro para la espera, de modo que las orquestas de Mantovani, James Last, Waldo de los Ríos, y Frank Sinatra, Nino Bravo o algún otro crooner sonaban con el motor de fondo, y Bob Marley, Stevie Wonder o Supertramp eran escuchados en la paz de alguna calle de pueblo, con el ruido de pájaros o chavalería ociosa si coincidía con sábado o vacaciones. A veces invitábamos a leer con música, una suerte de evento cultural itinerante quizá impropio de adolescentes, a algunos críos que ya conocíamos de nuestras visitas anteriores. Yo me ufanaba de tener una novia en cada puerto, aunque haciendo memoria no pasaban de tres: Lucía, la simpática de ojos saltones que me prestaba su bicicleta, en Villabrágima; Isabel, la morena y seriecita de San Miguel del Arroyo,  a la que de vez en cuando encuentro por las calles de mi ciudad, y María Félix, que a veces me esperaba en Villalón. 
Una mañana, después de oír "Protagonistas" en Radio Nacional, el programa de Luis del Olmo, que compartía sintonía con "Crónicas de un pueblo", busqué entre las cintas. A veces ocurría que por las prisas uno cogía cualquier cosa sin saber qué iba a escuchar, y fue así como aparecieron Les Luthiers y conocí a Johann Sebastian Mastropiero. No sólo me captaron las letras humorísticas, sino sus voces y el sonido de aquellos instrumentos inventados, como el bass-pipe a vara,  el tubófono silicónico cromático (también había uno parafínico), la viola de lata, el dactilófono y el yerbomatófono d´amore, paridos por el ingenio inacabable de unos tipos extraordinarios y algo chiflados.
Tan excitado debió de verme mi padre, sin sospecha de haber compartido la sesión musical con ninguna de mis amigas, que me preguntó por el motivo de mi risa. A la vuelta, Sinatra y Bravo se quedaron en la guantera, porque vinimos escuchando entre carcajadas "El teorema de Thales", "La bella y graciosa moza", "El alegre cazador que vuelve a su casa con un fuerte dolor acá", "La candonga de los colectiveros" y el resto de temas que mi hermano había mezclado de varios discos. Después de comer me puse a buscar más discografía Lutheriana para tenerla a punto. Para mi fortuna, hallé "Mastropiero que nunca" y "Les Luthiers hacen muchas gracias de nada".
Muchos años después pude asistir a un espectáculo en el Auditorio "Miguel Delibes" (al lado del estadio de fútbol "José Zorrilla", un hurra o dos para quienes los bautizaron con nombres de escritores pucelanos a falta de músicos ilustres o futbolistas "ilustres", perdón por el oxímoron). Disfruté como una persona de talla baja (ya me ha entrado el virus lingüístico-político-correcto, pero estoy acabando el texto) del espectáculo.
Me alegré cuando a López Puccio, Mundstock y el finado Rabinovich les concedieron la nacionalidad española, aunque no les hiciera falta, sólo por presumir de que Les Luthiers tuvieran algo en común conmigo, aparte de unas cuantas mañanas compartidas en el coche de mi padre.

lunes, 20 de julio de 2015

MISCELÁNEA VERANIEGA

Sigo vanamente empeñado en este blog, como si alguien lo esperase. Si creyera que veinte días sin escribir importan a alguien, pediría perdón. Más bien debería hacerlo cada vez que escribo. Pero como se disculpan quienes cuentan lo que quieren, (están en su derecho), tampoco lo haré yo. Igual que se publica de todo, se evita leerlo. Es la ventaja de circular por un mundo "libre" (no sé por qué el autocorrector me sugiere "livre", será por las comillas, lo que me desata una sonrisa, bienvenida sea la falsedad, acaso provocada por algún viaje donde la grafía nos confunde), en el que no piden carnet ni quitan puntos, excepto los que cada uno quiera ponerse o quitarse (dice un seguidor poco fiel y menos atento que me los pongo todos). Como he visto que tengo un grupo de seguidores en China (veleidades estadísticas del blog, que no me creo), les dedicaré un mensaje en su idioma, mandarín o cantonés, vete a saber: 你好 
El verano, el estío, o como se quiera llamar, tiene un algo de estado comatoso. Será por eso que la televisión se aprovecha para emitir más de lo mismo, o peor que lo de siempre, aunque quedemos avisados, verano tras verano. Algún amigo (gallego él) sugiere que el largo brazo del régimen provoca la siesta para evitar que pensemos mientras llegan los torneos de fútbol, ahora que ya no hay toros televisados y, pese al celo de los ganaderos, los de verdad embisten menos y en menos sitios (veremos qué ocurre en mi tierra con el cambio de alcalde y color, más rojo pero no de sangre). Trato de librarme comprando un blister (ampolla, qué ordinariez de traducción) de pilas, por si el mando a distancia no obedece cuando pulso el botón rojo, así no hay excusas.
Tengo más de quinientas fotos de la semana pasada, en las que apenas salgo (el dueño de la cámara, selfies y puñetero palo aparte, no consta, ni falta que hace, que uno ya sabe dónde y con quién ha estado), pero Facebook no merece mis sonrisas de felicidad, impostada para envidia de mis seguidores o amigos, los mismos que comprobaron que mis tortillas reales no eran las que colgué tuneándolas con el fotochof para eliminar lo quemado, mierda de antiadherentes...

Pd.- El barrio rojo de Amsterdam es un casting de Miss Universo. Si tuviera 50 euros en la hucha, entraría en la cabina, por ver si alguna de estas chicas saben algo de Rusia, excepto las rusas, que algo sabrán. Ahora que caigo: en el concurso no se admiten retoques plásticos. Aún no se ha inventado o descubierto el retoque cerebral, que yo sepa. Quizá un ebook en el manillar de la bici mientras hacen spinning ayudaría algo. Con una manzana, claro.
Pd2.- Ahora que me releo, pienso: ¿A qué temperatura se funden las neuronas?