martes, 25 de agosto de 2015

LES LUTHIERS

Cuando mi padre llamaba por teléfono, con apenas media hora de margen, para buscar un acompañante en sus viajes por la provincia, el agraciado entre los cinco hermanos buscaba entretenimiento. Las horas de espera en el coche se hacían más cortas con música y lectura, por lo que cogíamos libros, revistas, tebeos y cintas de cassette. Mi hermano grababa compulsivamente los discos de vinilo que le prestaba un amigo, así que teníamos unos cientos ordenados numéricamente, a razón de dos por cada TDK de noventa minutos. La elección se hacía a la carrera para no hacer esperar a mi padre, con quien quedábamos a la puerta del garaje. Solíamos llevar algunas de su gusto para el viaje y otras del nuestro para la espera, de modo que las orquestas de Mantovani, James Last, Waldo de los Ríos, y Frank Sinatra, Nino Bravo o algún otro crooner sonaban con el motor de fondo, y Bob Marley, Stevie Wonder o Supertramp eran escuchados en la paz de alguna calle de pueblo, con el ruido de pájaros o chavalería ociosa si coincidía con sábado o vacaciones. A veces invitábamos a leer con música, una suerte de evento cultural itinerante quizá impropio de adolescentes, a algunos críos que ya conocíamos de nuestras visitas anteriores. Yo me ufanaba de tener una novia en cada puerto, aunque haciendo memoria no pasaban de tres: Lucía, la simpática de ojos saltones que me prestaba su bicicleta, en Villabrágima; Isabel, la morena y seriecita de San Miguel del Arroyo,  a la que de vez en cuando encuentro por las calles de mi ciudad, y María Félix, que a veces me esperaba en Villalón. 
Una mañana, después de oír "Protagonistas" en Radio Nacional, el programa de Luis del Olmo, que compartía sintonía con "Crónicas de un pueblo", busqué entre las cintas. A veces ocurría que por las prisas uno cogía cualquier cosa sin saber qué iba a escuchar, y fue así como aparecieron Les Luthiers y conocí a Johann Sebastian Mastropiero. No sólo me captaron las letras humorísticas, sino sus voces y el sonido de aquellos instrumentos inventados, como el bass-pipe a vara,  el tubófono silicónico cromático (también había uno parafínico), la viola de lata, el dactilófono y el yerbomatófono d´amore, paridos por el ingenio inacabable de unos tipos extraordinarios y algo chiflados.
Tan excitado debió de verme mi padre, sin sospecha de haber compartido la sesión musical con ninguna de mis amigas, que me preguntó por el motivo de mi risa. A la vuelta, Sinatra y Bravo se quedaron en la guantera, porque vinimos escuchando entre carcajadas "El teorema de Thales", "La bella y graciosa moza", "El alegre cazador que vuelve a su casa con un fuerte dolor acá", "La candonga de los colectiveros" y el resto de temas que mi hermano había mezclado de varios discos. Después de comer me puse a buscar más discografía Lutheriana para tenerla a punto. Para mi fortuna, hallé "Mastropiero que nunca" y "Les Luthiers hacen muchas gracias de nada".
Muchos años después pude asistir a un espectáculo en el Auditorio "Miguel Delibes" (al lado del estadio de fútbol "José Zorrilla", un hurra o dos para quienes los bautizaron con nombres de escritores pucelanos a falta de músicos ilustres o futbolistas "ilustres", perdón por el oxímoron). Disfruté como una persona de talla baja (ya me ha entrado el virus lingüístico-político-correcto, pero estoy acabando el texto) del espectáculo.
Me alegré cuando a López Puccio, Mundstock y el finado Rabinovich les concedieron la nacionalidad española, aunque no les hiciera falta, sólo por presumir de que Les Luthiers tuvieran algo en común conmigo, aparte de unas cuantas mañanas compartidas en el coche de mi padre.

1 comentario:

Annie Altamirano dijo...

Qué lindo recuerdo. Gracias, Roberto.