jueves, 7 de enero de 2010

PROPÓSITOS, APÓSITOS Y APAGONES DIGITALES. Y UN CONSEJO, CON LA VENIA.

A veces los buenos propósitos no son otra cosa que parches, cuyo pegamento dista mucho de ser permanente. Alguien me contó que una empresa americana, en su afán por encontrar el adhesivo eterno, acabó inventando el post-it, de fracaso a éxito, una técnica muy utilizada por nuestros prohombres. Pues bien, como mis tatuajes, que son de pon y quita (en ese orden), así suelen ser los propósitos de año nuevo, que van prescribiendo con el paso de los meses: dejar de fumar se convierte en fumar menos; perder los kilos de las sin sentido comilonas navideñas (y de otras anteriores) viene a transformarse, no ya en labrarse el abdomen con tabletas de chocolate, sino en rellenarlo por mor de la ansiedad que provoca dejar de fumar; aprender un idioma nuevo acaba chocando con la necesidad de mejorar el propio, a la que contribuye el estúpido esfuerzo de los que llaman al pan "masa de harina cocida en horno" y al vino "caldo monovarietal envejecido en barrica de roble".
Podría enumerar intentos vanos de autoayuda, pero no me apetece. Sólo quiero añadir un consejo: los propósitos, mejor ordenaditos de menor a mayor y siempre de uno en uno. Conseguido el primero, vamos por el siguiente.
PD.- Quizá el cacareado apagón digital nos sirva, mientras compramos televisor nuevo, para darnos cuenta de la inutilidad de la tele, o al menos de que es bastante prescindible. Leamos más, por ejemplo. Pero en libros de papel, aunque sea reciclado.

jueves, 31 de diciembre de 2009

"CUENTO DE NAVIDAD", por Ducks Chickens

Aquella noche era como todas las noches iguales: hacía frío, fresco, normal para la época y simplemente qué más da cómo hiciera, el caso es estar todo el día hablando del tiempo, quejándose de la lluvia, del viento o de los charcos y de paso atacar al alcalde porque no pavimentó bien el paseo y las losetas saltan a nuestro paso. Pues si quieres, sube a casa, a ver cómo tienes tú el suelo, que da asco, hace más de un mes que no pasas el aspirador, hay que ser vago, que te regalaron uno de esos que barren solos y luego se acurrucan en un rincón como un perrillo, pero ni por esas, que eres incapaz de enchufarlo, bueno, ni de sacarlo de la caja, si es que sabes dónde lo guardaste. Y tiene bemoles que luego vayas despotricando porque la gente escupe en la acera, y los perros hacen caca, coño, si quieres se la guardan en las tripas hasta que revienten. No digo que no puedas quejarte, pero una cosa es eso y otra estar todo el día como una mosca, zumbando, que si no hay derecho, que menuda vergüenza. Mira, una cosa bien clarita te digo: como sigas así no te va a aguantar ni tu padre, que tienes cuarenta años más de los cuarenta que tienes. Scrooge a tu lado era un bendito y mira que hasta Bell lo plantó. Pero es que a ti te habría dejado hasta la mismísima Madre Teresa.

Bueno, hacía una noche de perros, pero de perros callejeros y pulgosos, que dan más ascazo. Pero me dio lo mismo. Cené lo que me pusieron sin rechistar, que era gratis y tampoco estaba tan mal. Si acaso un poco saladillo, pero para eso me bebí botella y media de tinto. Alegría, alegría, que es Nochebuena, ah, no, que ya es Nochevieja, qué más da. El caso es ponerse morado y bien contento de haber pasado un año más, de la manera que sea, que un año son doce meses, doce causas, doce sueldos (y las extras prorrateadas), doce pagos de la hipoteca, otros doce del coche, y doce hombres sin piedad.
¿Qué hago cenando con unos calzoncillos rojos, que me están taladrando la entrepierna? ¿Cómo coño ha ido a parar mi alianza al fondo de la copa de cava? ¿Por qué mi cuñada me busca el morro, "un día es un día", dice? Pues si llega a ser una noche, me mete en un lío. Por cierto, no besa mal, pero lo de la lengua lo veo innnecesario e incluso arriesgado para las fechas que corren (con la cantidad de cosas que se quedan entre las muelas), y su hermana achispada está enseñando el suje... a los otros cuñados. ¿Será un mal genético? Por Dios, que no lo sea, o que alguien le quite la copa a mi suegra.

lunes, 21 de diciembre de 2009

LA JOYA DEL NEOMOZÁRABE

Corría una mañana de 1968 o 69, y corrían a la par las entonces cristalinas y crecidas aguas del Esgueva. A la par que las aguas, corría atontadamente yo (el atolondramiento en el correr siempre me fue algo muy propio, y aún lo sigue siendo). La humedad, el barrillo y la arena acumulada en las márgenes de cemento facilitaron mi inmersión, cual inopinado bautismo. La intuición, esa ciencia infusa con la que nacemos los seres indefensos, me hizo pedir socorro, e incluso creo que exclamar "que me ahogo". No hubo caso, porque mi hermano y un amigo se encargaron de sacarme del Jordán y llevarme de vuelta a casa, donde mi madre nos abroncó (demasiado poco) y me puso ropa de una de mis hermanas (demasiado cruel). En un aparte, me pidió que no contase una palabra a mi padre cuando llegase del trabajo, cosa que respeté hasta que muchos años más tarde, paseando con él por la orilla del río que me vio renacer, le conté la aventura. Se limitó a decir: "Cómo es tu madre".

Y en efecto, mi madre es como la iglesia de su pueblo: impactante en su sencillez, desprovista de adornos pero a la vez catedralicia con las pequeñas ermitas que somos sus hijos, (los hijos políticos también lo son en la Seo Cipriana), y también sus nietos.

Con paciencia me enseñó a pochar cuando se llamaba sofreir, entre bailes y cantos regionales, sobre todo jotas castellanas, en la cocina de casa, muertos de la risa. Y a hacer masa para croquetas, guisar carne con alcachofas, pollo con verduras, lentejas y más platos básicos de la dieta mediterránea. Remedábamos el programa de Elena Santonja, "Con las manos en la masa", y como ella nos parecía un poco petarda, imitábamos sus chistes malos, las entrevistas de perfil bajo (se notaba que era la esposa del productor del programa, Jaime de Armiñán) y hacíamos la comida como dos chiflados. Luego Arguiñano nos superó, pero sólo en la chifladura.
Todo lo que sé de hacer comiditas se basa en lo que aprendí entonces. Y muchas cosas de las que sé, (de lo que no es hacer comiditas), también se las debo. Así que se lo voy pagando en abrazos los miércoles. Me harán falta muchos miércoles aún para saldar mi deuda. Y en eso confío.

domingo, 20 de diciembre de 2009

MI MADRE, CIPRIANA, TRISÍLABO HAGIOGRÁFICO. POR VARIOS MOTIVOS.


Si alguien no se ha quedado de piedra ante la belleza serena de mi madre (que si hubiera sido actriz tendría más fans que la mayoría), paso a versar (o prosar) sus méritos. El post anterior sólo era el prefacio, pero mi madre necesita, requiere, merece más, mucho más, todo más. Y eso será en el siguiente texto.

LA SEÑÁ CIPRI, LA RÁPIDA

Dice mi madre que nací solo, sin médico de guardia a la vista, lo cual no me choca en absoluto, porque si hay alguien enemigo de lo superfluo (no me extrañaría que a estas horas algún pedante hubiese acuñado el término "hiperfluo"), ese es mi madre (el enemigo, digo). Así que imagino que le parecería que a las siete de la mañana de un uno de marzo presumiblemente ventoso, (y ya se sabe que la tierra solo pertenece al viento, como dicen que dijo un indio, que no era indio por el error de Colón, sino pielroja, o amerindio, minoría étnica acá, mayoría antaño, esto de argumentarlo todo no tiene límite... ah, y polvo somos, o sea tierra, y al polvo volveremos, "pulvis et nullis") no era cosa de ponerse pesada en el parto y me dio a luz a la velocidad de la luz, quod erat demonstrandum. He llegado a pensar en ocasiones depresivas que mi alumbramiento fue un presagio de mi vida, por lo que acabo de confesar, pero en momentos más lúcidos tiendo a mostrarme más justo y equitativo en el reparto de tareas no domésticas. Aunque me bandeé bastante bien solo, y hasta diría que fui un pionero en el arte del manejo propio (léase "me he vuelto loco en la mili" hasta que no pude fingir más), es de justicia (no del ministerio, que estoy hablando en serio) reconocer méritos ajenos. Si mi madre me parió sin protestas ni demora (como ha hecho todo a lo largo de su vida) fue por no dar espectáculo (del latín spectare, mirar, y del castellano, trasero) ni poner más nervioso a quien venía con nervios de serie, o sea, mi padre. He aquí su primer servicio comunitario, por cuanto hoy mismo podría interponer denuncia ante la autoridad por negligencia médica, cosa que no sucedió porque mi adorada progenitora desconocía la ley pero conocía las "mores" y el sentido común. Y más aún, otro servicio de solidaridad: "si soy capaz de parir sola, ¿para qué coño necesito a un médico, con la de madres histéricas que habrá, y las que quedan por venir?". Sea lo que fuere lo que pasó por su cabeza, aquí estoy, vivo y cabeceando.

lunes, 14 de diciembre de 2009

¿A QUIÉN LEEMOS CUANDO LEEMOS A ALGUIEN?

Una costumbre muy arraigada en los columnistas es la de citar con frecuencia frases célebres (a veces poco, francamente) de autores conocidos. Por lo visto y leído, eso da muestra de la vasta cultura que uno posee y de paso ocupa líneas, lo cual en días de poca miga se agradece. Lo que aún no acabo de entender es por qué uno cita constantemente a Valle Inclán, (me viene un columnista a la cabeza...), o a Churchill, Shakespeare o vete a saber quién. Sería mucho más fácil dejar la reseña al principio del texto, y que cada quién eche un vistazo. Porque si yo quiero leer a Galdós, no compro un periódico en el que Fulano de Tal lo menciona, sino que voy a la librería y me pido los Episidios Nacionales o Fortunata y Jacinta. Cuando leo a Fulano es porque quiero saber lo que opina él, no lo que dice que opinaba Faulkner de lo que le han mandado a Fulano que opine. Y como recurso estilístico o literario, eso de hacerse el culto porque uno ha leído a Joyce en inglés de Dublín me parece penosamente pedante. Y más cuando no he podido leer a Joyce ni en las magníficas traducciones de Dámaso Alonso. O quizá precisamente por eso.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

40 EUROS HORA, O FRACCIÓN

Hace semanas, mi lavadora se estropeó, justo cuando centrifugaba mis prendas delicadas: los calzoncillos de Burger King, que yo llamo así a los Calvin Klein de mercadillo. El caso es que el tambor no se dejaba abrir, por lo que tuve que llamar al servicio técnico, preocupado de antemano por la factura que me iban a endilgar y acaso por la vergüenza de exhibir mis ropas íntimas a la vista de un operario a sueldo. Cuatro días y dos horas más tarde de lo anunciado, apareció en mi casa un ser, al que podríamos calificar de homínido, que tras presentarse con un "nastardes, del servicio trénico", mancilló mi cocina con las huellas de sus botas de goma UNE/ISO 300, homologadas contra descargas eléctricas, mi lavadora con las huellas de sus dedos, así como mis slips, que tuve que lavar de nuevo tras su liberación, que se produjo después de dos minutos de lucha desigual entre el cierre del tambor y uno de mis cuchillos irrompibles VICTORINOX, que resultó desmanganillado, o más exactamente desmangado, por cuanto el mango salió disparado por la ventana del patio de luces justo al tiempo de que el tambor se abriese. Su afán mancillador o mancillante no se detuvo ahí, pues me largó una factura que sin desglosar era hiriente, pero desglosada era aún más insultante:
SALIDA: 35 EUROS
MANO DE OBRA: 40 EUROS POR HORA.
MATERIALES: 0 EUROS.
SUVTOTAL: 75 EUROS.
IBA 16 %: 14 EUROS.
TOTAL: 90 EUROS.
Estudié detenidamente el papel que me dejó sobre la mesa, con su mano derecha extendida en espera del cobro, y la izquierda en el pomo de la puerta, para apremiarme en el pago. Respiré lentamente, uno, dos, tres, inspirar, espirar... como mandan los cánones del autocontrol, le miré a los ojos desplazándome un paso, pues él miraba a un punto infinito, y le dije despacio, muy despacio:
-¿Le apetece tomar algo?
Mi oferta le descolocó, noté que dudaba, pero fue tajante:
-No bebo estando de servicio.
Sin duda aquel era uno de esos hombres de verdad que entienden que tomar algo no puede ser otra cosa que consumir alcohol. Para sacarle de su error, le dije:
-No le he ofrecido cerveza ni coñac, puede usted tomar un refresco, o agua.
-Vale, pues agua.
Mientras buscaba el vaso, le pregunté:
-¿La quiere del grifo, mineral o carbónica?
-Fresca si puede ser.
-¿Fresca del grifo, fresca mineral o fresca carbónica?
Noté que se tensaba, pero le miré de nuevo a los ojos y respondió.
-Mineral.
Abrí el frigorífico, busqué la botella y le serví un vaso generoso. Bebió como si hubiese estado trabajando durante horas en un horno, y dejó el vaso de mala manera en mi fregadero.
-Son 90 euros, -insistió-.
En ese momento, un repentino acaloramiento me invadió la cabeza, así que respiré de nuevo, uno, dos, tres, hasta cuatro, mejor cinco... por si acaso, y le espeté.
-¿Puedo revisar la factura?
-Desde luego, pero está bien.
Miré de nuevo, concepto por concepto, y empecé mi alegato:
-Perdone, ¿dónde tienen ustedes la oficina del servicio "trénico"?
-En el polígono de Argales.
-Así que cobran ustedes el trayecto desde allí, ¿no es eso?
-Si me va usted a decir que 35 euros es más de lo que gasto, le diré que hacemos una media, para que los de los barrios periféricos no paguen más que los del centro.
Sorprendido por aquel afán igualitario, en un ejercicio de socialismo sin precedentes, que suponía que los del centro teníamos que pagar parte del desplazamiento a los que vivían lejos, proseguí con mi estrategia.
-¿Y venía usted de la oficina?
-No señor, venía de aquí al lado. Ya me hago yo la ruta para tardar menos... y atender mejor a los clientes- remató, como en un alarde de inteligencia y profesionalidad.
-Por lo visto, en los últimos cuatro días y dos horas nadie de por aquí ha sufrido averías...
-Pues será que no.
-O sea, que... ¿usted cobra 35 euros de salida de la oficina aunque sólo salga una vez por la mañana y otra por la tarde?
-Mire, los precios los marca el "encargao", yo sólo arreglo y cobro.
-De acuerdo. Pese a todo, la factura está mal. El 16 por ciento de 75 euros no son 14, sino 12. Y la suma de 75 más 14 no son 90, sino 89. Como son dos euros menos, le debo 87.
Se rascó la cabeza, con gesto de dudar de su hasta el momento infalible método de aplicación del IVA, que para él era con B. Garabateó la modificación y volvió a darme el papelito.
-Son 87, por favor. Tengo que irme.
-No se preocupe. Ah, hay otro error: ha puesto usted cero euros de material, pero el cuchillo que ha roto me costó como 20 euros, espero que me los pague. Y por cierto, ¿cómo es que ha estado usted exactamente cinco minutos forcejeando con el tambor de mi lavadora, y me cobra 40 euros?
-No se cobran fracciones, sólo por horas enteras.
-Es decir, que ¿yo he pagado por su trabajo durante 60 minutos?
-Eso es.
-Pues con vaso de agua y discusión, no lleva usted en mi casa ni un cuarto de hora. Así que haga el favor de sentarse, que he pagado por su compañía hasta las siete menos cinco de la tarde.
-Oiga, usted no paga por mi compañía, sólo por mi trabajo.
-Tiene usted razón, así que coja este trapo y límpieme la lavadora de arriba abajo, sin dejar ni una huella. Y luego el suelo, y los calzoncillos que ha manchado de grasa. Puede usar mi lavadora para eso, que ya funciona, supongo. Como no hay gasto de material y el trapo lo pongo yo, estará incluido en los 40 euros de mano de obra.
El hombre se puso entre nervioso y un pelín violento.
-Si no me deja salir ahora mismo, llamaré a la policía y le denunciaré por secuestro.
-Espere, ya los llamo yo. Le voy a denunciar a usted por allanamiento de morada: entró en mi casa sin mostrarme su acreditación.
-Si no se quita de ahí, le sacudo un tortazo de los gordos.
-Será una prueba más de su delito: allanamiento y agresión.
El hombre, que ya era hombrecillo, se quedó mudo, y sólo acertó a decir:
-Ya le mandaremos al cobrador del frac.
Y salió a escape.
Respiré profundísimamente, pensando que me había librado de algo, quizá del bofetón o de una paliza, pero satisfecho por no haberme dejado estafar. Miré la factura, me serví una cerveza y me puse a calcular, por si venía el del frac algún día, como sucedió una semana después. El cobrador se presentó en mi casa con su uniforme, y me extendió su mano con una copia de la factura, y los 87 euros famosos. Busqué entre mis papeles, y le di mi factura, con los cambios pertinentes: había descontado los 20 euros de mi cuchillo, y calculé que veinte minutos de mano de obra serían como 13,33, por lo que redondeé a 14. Incluí muy detalladamente los centilitros de detergente que tuve que usar para lavar de nuevo los calzoncillos, el gasto de agua estimado, el consumo eléctrico, así como deduje de los 35 euros de salida los que realmente habría gastado que no serían más de 2. En total me salían aproximadamente 7 euros a mi favor. Para darle más enjundia, grapé a la factura el resguardo que me habían dado en la oficina de consumo donde presenté la denuncia, y la tarjeta de un amigo mío que es abogado, por si querían contactar con él.
Y hasta la fecha.