sábado, 28 de septiembre de 2013

LOS QUE SE VAN...

Despedirse de alguien querido suele resultar duro cuanto más larga se prevé la espera. Incluso la incertidumbre puede servir de bálsamo, por la ilusión de que el amigo reaparezca antes de lo pensado. El tiempo actúa como pegamento de las relaciones firmes y disolvente de las frágiles, así que no es mala cosa, de vez en cuando, dejar que la distancia nos ofrezca una perspectiva que sería imposible en la cercanía. Hay que echar de menos para poner en valor. 
Conocí a una persona  hará no menos de diez años. Compartíamos charlas infinitas, confidencias, confesiones, relatos de ficción y no ficción, propios y ajenos, risas y llantos. Diferentes circunstancias nos alejaban y unían, pero siempre nos sabíamos presentes y en algún momento volvíamos a encontrarnos por los lugares que frecuentábamos. Un mensaje, una frase amable, un recordatorio, nos mantenían en contacto. Como esas plantas agradecidas que necesitan pocos cuidados para seguir creciendo, así era nuestra amistad.
Sin embargo, hace muchos meses dejé de recibir noticias. No hemos vuelto a vernos. Pienso en ella con mucha frecuencia y siempre le transmito mis buenos deseos, si es que las vibraciones le llegan donde esté. 
Lo último  que sé es que su correo ya no está operativo, así que el vínculo que me mantenía al menos esperanzado se ha roto. Sólo me queda apurar una última posibilidad: que lea este blog y sepa que este texto es para ella. No está en castellano antiguo, como sé que le gustaba leerme en nuestras noches locas y gamberras, pero no siempre se está inspirado para el verso, aunque sea libre. 
Me gustaría poder decir pronto que de nuevo te leo...

domingo, 25 de agosto de 2013

IN MEMORIAM

Apenas comenzaba el verano cuando me enteré del fallecimiento de una maestra, la primera que tuve en EGB, la Srta. Mary Carmen. Llegaba yo entonces de un colegio de monjas en el que aún imperaban viejas normas ajenas a la reforma de Villar-Palasí, y muy alejadas de Montessori o la escuela de Barbiana. Ella fue capaz de demostrarme que mi cabeza servía para algo más que recibir cachetes o capones.
Yo, que ya era muy enamoradizo, le profesaba una devoción secreta y unidireccional, aunque al final fuera otro profesor, el canario Matías, quien  la engatusara con su acento lleno de eses, con el que nos explicaba la combinatoria, aquello de las variasiones, combinasiones, y permutasiones. Sé que le caía un poco mal al principio por mis excesos verbales, pero la intercesión de mi tutor y profesor de música, D. Luis, le hizo apreciarme por encima de mis chistes de adolescente y mi conducta un poco disruptiva, que es como ahora se define a los alumnos coñazo. Probablemente Mary Carmen también tuvo su parte de responsabilidad a causa del recuerdo que pudiera mantener acerca del niño de seis años que, obviamente, no era el mismo a los catorce. Gracias a ella y la flexibilidad de su esposo, acabé siendo uno de esos enchufados a los que Matías enviaba al estanco para certificar sus cartas de la federación de ajedrez, y quizá para librarse de mí durante un rato, cosa que entiendo perfectamente.
Mary Carmen atesoraba las virtudes que debe tener una maestra: cariño infinito, paciencia, generosidad y una voz dulce que me convencía (a otros no, pero siempre hay sordos) del camino a seguir. 
Recuerdo que el primero de marzo de 1972 le dije que estaba muy contento porque era mi cumpleaños y conseguí mi propósito: que me felicitara y me diera un beso. Incluso llevé a clase un pequeño camión hormigonera de color amarillo para certificar que aquel día era mi cumple. 
Matías y Mary Carmen me llamaron hace años para comentarme que había una plaza libre de maestro en el colegio, cosa que siempre les agradeceré, aunque yo ya ejercía en otro centro y no me decidí a intentar siquiera el cambio.
Y para que conste mi sincera gratitud, que es lo poco que podemos hacer las personas por quienes nos ayudaron, enseñaron y dieron ejemplo para madurar, quiero dedicarles esta humilde entrada en mi blog, a Matías y sus dos hijos, David y Elena, con su dolor a cuestas a cambio de la felicidad de los años vividos con  Mary Carmen, que nos dejó mucho antes de tiempo, acaso porque Dios no podía esperar para conocerla, que no me extraña, porque era y sigue siendo una mujer ejemplar. 

lunes, 22 de julio de 2013

CUARTETÍLICO

Ajenos al calor, a la palabra innombrable, al desaliento, animados por la amistad exaltada (gracias, whisky DYC, de ocho años, single malt y pure malt, que de ahí no bajamos, ni casi subimos por culpa de la palabra innombrable)  y atentos al fin primero de este blog, a la esencia de su creación, los miembros del cuarteto vocal masculino seguimos ensayando con las miras puestas en el MET, Covent Garden, Auditorio Miguel Delibes y en las mujeres que pasan por delante de la peluquería, porque un cuarteto de barbería está obligado por ley (o debería) a ensayar en un local donde se corten pelos, como el Gabinete Capilari. No es que nuestro repertorio sea exclusivamente de barbershop quartet (un tema entre doce significa justamente lo contrario), pero nos pareció un guiño a la tradición y al ahorro, habida cuenta (no corriente) de que el subjefe al submando tiene local reutilizable. Desde octubre del año pasado hemos ido empastando voces (si fueran muelas, ahora seríamos ricos y pasaríamos de ensayar) y estamos en el punto crítico, ese en el que te planteas si seguir o casarte con tu novia de toda la vida, que te sigue haciendo tilín y ha heredado un pazo al lado del mar de una tía abuela que vivía en Galicia y hacía mucho ruido al masticar cuando la invitábamos a lechazo en la meseta.
Y no cuento más, que me canso.

miércoles, 5 de junio de 2013

HUCHAS ROTAS

Hace cuarenta y ocho años, tres meses y cuatro días, mi padre abrió una cartilla infantil con cincuenta pesetas, para ayudarme desde recién nacido a valorar y estimular el ahorro. Era una costumbre muy frecuente entre empleados de banca, aunque quizá fuese la propia entidad quien realizase el obsequio. Bastantes años más tarde, mis hermanos y yo pudimos comprobar que, gracias a los intereses, disponíamos entre los cinco de casi trescientas pesetas, que sin ser mucho, daban para una buena tarde de cine con chucherías. Ninguno de los cinco sacamos cantidad alguna de nuestras cartillas, y supongo que mi madre las tendrá guardadas en algún cajón. Lo malo es que, si siguen activas, probablemente a estas alturas de mi vida deba  varios euros en concepto de comisiones por mantenimiento de cuenta, cuotas de tarjetas que no uso y cambios de titularidad o alguna otra pijadilla sin importancia.
Hoy mismo he recibido notificación de la caja de ahorros para que sepa que mis planes de futuro son menos importantes que los de quienes manejan la propia entidad financiera. En definitiva, que la pésima gestión de los ejecutivos me cuesta una pasta gansa, o quizá solo oca, tampoco hay que exagerar. Y ahora me arrepiento de no haberme pegado esas vacaciones idílicas, comprado ese coche con más extras que una película de romanos, o adquirido el piano de cola, cosas que no hice pensando en no empeñarme hasta la cola y tener para la ortodoncia de la niña o mi dentadura postiza. Ahora resulta que lo que los morosos no pagan, algunos por pura desgracia, como perder su trabajo, y otros por un morro que les llega hasta el suelo, como el apartamento en la costa, el coche premium o el fin de semana en Putodisney, con autógrafo del pato Donald incluido, lo pagamos los pobres cretinos que guardábamos ocho cuartos por si las vacas flacas.
Sin embargo, no todo está perdido: el 90% de mi dinero se ha convertido en acciones de una empresa que no sabe si cotizará ni a cuánto, (el resto se ha perdido en el limbo de Suiza o en algún burdel de lujo, mientras cuatro banqueros sellaban unos pactos) y que podré recuperar, según ande el mercado, dentro de dos años. Además, otra buena noticia, se me ofrece la posibilidad de que me queje, no sé si al maestro armero o a Robin Hood, por si no estoy de acuerdo con el ventajista (he querido decir ventajoso) trato. 
"Transcurridos diez días desde la fecha de este documento sin que hubiere manifestado su disconformidad con la liquidación practicada, se entenderá prestada su conformidad a la misma asumiendo cuantas obligaciones se deriven de ella". Como la fecha es del 27 de mayo y hoy es 5 de junio, si no se me ha olvidado contar, en el mejor de los casos aún tengo un día para presentar una reclamación. 
Creo que mis dientes podrán aguantar. Por suerte no abusé del turrón estas navidades, gracias a que otros se quedaron con mi paga extra.

sábado, 1 de junio de 2013



No sabe uno qué criterios siguen las musas para acudir a la llamada o salir huyendo, por lo que no sé cómo explicar mi ausencia desde mediados de abril. Supongo que embarcarse en otros proyectos sería una buena excusa, porque no habrá musa pluriempleada, menos hoy en día. Así será que he abusado de la mía en otros ámbitos que aún no son públicos, porque dependen, aparte de otra persona, de quienes deciden que una obra salga a la calle. Si esto sucede en algún momento, lo anunciaré en esta agenda. 
Y a falta de noticias, dejaré una foto para ocupar espacio, que es todo lo que puedo hacer hoy. Y esperaré, como la cigüeña, a que cambie el tiempo.

sábado, 13 de abril de 2013

ESCLAVOS DEL TIEMPO, VERSIÓN ESPAÑOLA.

No creo ser un esclavo del tiempo, de los que cambian de humor según la lluvia. Eso no obsta para que, tras casi un mes de agua y más agua, a uno le cambie un poco el carácter. Hace años me pasó por la cabeza darle un giro a mi vida y presentarme a oposiciones de maestros, ya se sabe, de esos que no saben por dónde pasa el Pisuerga ni aunque vivan en Valladolid. Mi idea era aspirar a una plaza en alguna comunidad del norte peninsular, porque me encanta el mar bravo, o la mar brava, las playas duras y lo verde, pese a mi alergia. Incluso había llegado a imaginar una casita de pueblo, una parcela con cuatro plantas y un pequeño vivero para marisco. Ya estaba recopilando apuntes cuando llegaron las vacaciones de Semana Santa y, con el fin de irme acostumbrando, me marché a Comillas, un bello pueblo cántabro (o "cántrabo" según Rossy de Palma) donde el mismo Gaudí dejó su huella, y el dueño del restaurante "El Capricho" te ayuda a dejar una mano o un ojo. Comí en un local más modesto en la plaza del pueblo, y mi menú especial con solomillo resultó ser la primera trampa. Una hora más tarde tuve que deshacerme del menú por la vía de apremio, con la consiguiente flojera física, mental y un poco de cabreo por haber pagado un solomillo enfermo a precio de sano. Traté de tranquilizarme con un paseo a la orilla del mar, salpicado y purificado por el rumor de las olas, la brisa y el aroma a salitre, yodo y otros minerales. Para mi disgusto, la mar andaba igual de enfadada que yo, el rumor era ruido, la brisa lindaba con lo huracanado y los olores tonificantes eran hedores nauseabundos. Además arreciaba la lluvia como pequeñas hojas cortantes en mi cara, y apenas podía dar un paso.
Quince años más tarde, sigo en la misma plaza, no soy funcionario aunque me hayan quitado la paga extra de navidad, y por no parecer rencoroso, sólo vuelvo a Cantabria cuando las predicciones meteorológicas favorables de quince hombres del tiempo coinciden durante las dos semanas previas a mi estancia.
Total: tampoco soy tan exigente. Con que la temperatura suba cuatro grados, me quito los calcetines de estar en casa y me sirvo una copa como si estuviera en una terraza a la luz de la luna. Todo está en la mente.

jueves, 28 de marzo de 2013

DUBLÍN, NUBLÍN, LLUVLÍN

La edad, el tiempo,  es un cristal que deforma caprichosamente la realidad, o mejor la percepción de ésta. En el único año olímpico español hasta la fecha visité la capital de Éire. No me acordaba de casi nada, o lo tenía distorsionado.

             (Espacio dedicado a la lectura sobre el término Éire).

Los dublineses son encantadores, alejados del corsé impuesto por los británicos. Las dublinesas son probablemente las mujeres más simpáticas-educadas-bellas de la galaxia. En otra vida no me importaría nada casarme con una de ellas, o con dos.

Graffton St. es la calle comercial y céntrica más famosa de la ciudad. Dicen que además es de las más caras para alquilar un local de negocios.

Molly Malone es esa pescadera-prostituta cuya escultura adorna una esquina de Graffton St. No sé por qué motivo los turistas se empeñan en tocarle los pechos para hacerse una foto. Dicen que murió de unas fiebres en mitad de la calle. Imagino que habría larguísimas colas para practicarle la respiración boca a boca y el masaje cardíaco.

Una empresa americana, bastante hortera, por cierto, ha instalado una enorme tienda en las proximidades de Molly. Se trata de un local en el que la música atruena, la luz brilla por su ausencia y hay dependientes-modelos que sonríen y te preguntan si estás contento de vivir durante un rato en su atenta compañía. Incluso un guapetón se quita la cazadora para fotografiarse con las chicas. Anduve buscando a la guapetona, pero la igualdad de sexos no ha llegado al departamento de marketing del negocio.

Definitivamente, la Guinness sabe mejor en Irlanda que en ningún otro lugar del mundo (al menos de los que la venden y he visitado).