miércoles, 3 de octubre de 2012

Baile Átha Cliath, o sea Dublín, (Irlanda, o sea Éire).

Ha sido por culpa de la dichosa tecnología que no he podido hacer lo que había pensado esta tarde, porque los USB, drivers y las muchas manos que tocan mi ordenador del trabajo se han confabulado para arruinarme el proyecto musical que tenía en mente. Así que he ido adelantando otro a más largo plazo, que tiene que ver con un viaje, y de repente me ha venido a la cabeza el nombre de la calle y hasta el número del lugar en el que pasé medio verano de hace veinte años. Gracias a la tecnología, esta vez bendita, de Google Earth he comprobado que tenía un recuerdo bastante aproximado de las calles, del barrio, de las casas, que en todo este tiempo no han cambiado nada.  Al recorrerlas en el mundo virtual he sentido un pellizco en la tripa, un mariposeo o alguno de los símiles al uso cuando algo te revuelve por dentro. Incluso aparecía la figura de una mujer que se asemejaba enormemente a la que me acogió entonces, y eso me ha removido aún más, por cuanto Mona tenía más de setenta años en 1992 y la supongo ya alejada de este mundo o al menos no tan lozana como me ha dado la impresión googleliana, si bien era una mujer sanísima y despreocupada, cuya único entretenimiento consistía en dar cobijo a estudiantes y mantenerlos vivos con sus comidejas hasta cobrar el precio estipulado por el alojamiento y pensión. Una de mis mayores alegrías era llegar a casa a mediodía y que ella estuviera en la capital, porque así me dejaba fast-food que siempre era preferible a los resultados inciertos de  sus devaneos con la baja cocina irlandesa. O sea, que me evitaba un sufrimiento innecesario. Sin embargo era muy atenta, le encantaba charlar y más con una copa de vino blanco. Me habían dicho que una botella de vino de la tierra siempre era bien recibida, pero preferí comprarle un libro precioso sobre mi región, que mantuvo su mirada apenas el tiempo en que se cansó de esperar un obsequio alcohólico posterior. No sé si por despecho, venganza o tal vez falta de tacto, me invitó a una cerveza y usó mi libraco en papel couché de alto gramaje como posavasos, por si me quedaban dudas del aprecio que le tenía. 
Me cedió su dormitorio en la parte alta de la casa, un chalet pareado de madera, y cada mañana me esperaba para desayunar en la cocina, donde me servía té con leche, tostadas, cereales, fruta, zumo, ya fuera por separado o en asociaciones imposibles o al menos improbables. No era difícil encontrar dos galletas, un plátano, cereales de tres clases diferentes y nata montada, o qué sé yo en el mismo bol. Por suerte me dejaba la leche aparte y eso me permitía seleccionar lo que iba a sumergir y lo que no. Inflado como un Bibendum me dirigía a la escuela hasta la hora de comer, cuando regresaba a casa temblando por lo que la mente creativa de mi Mona pudiera haber diseñado como almuerzo. Su concepto de guiso elaborado consistía en costillas de vaca cocidas con guarnición de patatas a los cinco estilos: croquetas de patata, bolitas de patata, puré de patata, patatas fritas y patatas cocidas con su mantequilla de regalo, todo ello en el mismo plato. Siguiendo el horario irlandés, la cena se servía a las seis, y hasta catorce horas después no se ingería nada en aquella casa, por lo que los monitores recurríamos a la bien ponderada capacidad alimenticia de la Guinness, que mantenía el estómago en stand-by hasta el desayuno del día posterior.
El verano siguiente recibió a otro compañero de trabajo, del que ya he hablado en alguna ocasión, que comparte nombre y primer apellido conmigo. Cuando lo vio en el aparcamiento donde recibían a los estudiantes españoles, le saludó y le llevó a casa. Supongo que la mujer, por más que trataba de fijar su imagen, no conseguía hacerla coincidir con la que tenía de mí, no sólo la mental sino una foto que le envié.  Tras el escaneo infructuoso en todos los recovecos de su cerebro, no pudo contenerse y dijo, en inglés, por supuesto:
-Cuánto has cambiado, Roberto. Estás más guapo y más joven.
-Claro, -respondió mi amigo-, como que no soy el mismo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

HISTORIAS DE LA P... MILI, I

En "el Jueves, la revista que sale los miércoles", y que siempre he defendido que antaño era la que salía los viernes, hasta que las distribuidoras de prensa escogieron el miércoles como día de reparto masivo, había unas historietas sobre la mili, cuyo autor era Ivá, para mí uno de los mejores viñetistas y comiqueros del semanal gamberro. Dicho esto, que es bastante decir, me atrevo a tocar uno de los temas recurrentes, obligados y, para algunos —probablemente objetores—, aburridos: la mili, a quien Aznar (que merece un monumento sólo por eso, o sólo por eso merece un monumento, según encuestados), tenga en su haber.
Ya que no puedo hablar en primera persona del parto, porque no soy mujer ni espero llegar a serlo, pese a la cuota que pese, y que es el tema contraataque, lo haré de mi breve servicio militar, del que me he acordado por casualidad esta misma mañana mientras pelaba patatas para hacer un pisto. Diré, antes de que se me olvide, que pelar patatas era un castigo mítico, porque en las cocinas del campamento de Araca, en Vitoria (Gasteiz), donde yo las pelaba teníamos una máquina muy eficaz que las dejaba lindas y morondas, e incluso redondas y hasta mínimas si la máquina no era desenchufada a tiempo, lo cual sí acarreaba suspensión de funciones como pelador y acaso algún arresto estúpido, como solían ser  la mayoría  en el inframundo del ejército español. Consistía el invento en un bombo giratorio con paredes como de lija (siempre se dice "del siete", pero será por decir, porque no tengo claro el número y su correspondencia con la capacidad  abrasiva del grano), que por una combinación de estadística y física, eliminaba la piel del tubérculo, porque hay que decir tubérculo cuando no se quiere repetir patata, si bien sólo sirve como sinónimo cuando se ha mencionado antes la propia patata, que si no tubérculo valdría para otros como la batata, parecida pero no igual, como bien me explicó un ex-conocido hace años, hace años la explicación y el ex-conocido, que ni eso es ya, a Dios gracias, porque era bastante imbécil, aunque él, como todos creemos de nosotros mismos, no se veía así, sino todo lo contrario o más.
Trotaba el año ochenta y seis cuando fui llamado a filas, o sea, que no encontré excusa para librarme del caqui como color corporativo, que realmente no le favorece ni a Sharon Stone aunque lo lleve en las bragas, a menos que  no las lleve. Aquel mismo domingo pasé la última revisión, ni hernia ni pies planos ni nada eximente, ni siquiera pies pequeños, como alegaba un amigo entre risas del tribunal médico y el resto de los reclutas formados en calzoncillos. En apenas tres horas plañideras estaba en un tren que bufaba más que un dinosaurio, del que debía de ser coetáneo, lleno de adolescentes bulliciosos y petates verdes con vete a saber cuántas revistas consoladoras de las soledades por venir. Un muestrario desigual de novias, o de novias desiguales, como correspondía a lo democrático del servicio militar, en lo sucesivo "puta mili", se agolpaba, aglutinaba o deshidrataba según el caso, el grado de afecto o la prisa por mandar a la tropa a cumplir con la patria, en el andén de aquel correo, tranvía o intercity con más óxido que los ejes del carro de uno al que llamaban abandonao. A una velocidad media de sesenta por hora conseguimos llegar bien entrada la noche de finales de enero a la capital administrativa de las vascongadas, donde fuimos recibidos, nada amablemente, por una caterva de polis-milis, que más parecían  porteros de discoteca por sus modales refinados y su selecto vocabulario. Arrastrando nuestros macutos de infinita mano, llegamos a un microbús que nos sirvió para aprender un dicho muy común: tenía más mili que el palo de la bandera.
Y como he excedido el metraje, acabo de decidir que esta va a ser una "martrilogía", porque va de mártires de la mili en tres partes.

viernes, 28 de septiembre de 2012

NOVELILLAS CACHONDAS

Anda revolucionado el mundillo subliterario desde que este verano se puso de moda una novela,  creo que de autora estadounidense, sobre las cuales no me he documentado especialmente (obra y escritora).  Lo poco que sé, de lo menos que he ido captando por comentarios de amigas, es que trata de sexo, oh, ese tabú que en el siglo XXI sigue siéndolo, hasta el punto de sorprender a críticos que afirman que "el género erótico ya tiene su primer best-seller", o que es "única en su género". Aceptaré que sea un best-seller si es sinónimo de libro regularmente escrito, de fácil consumo y mejor digestión (uno ni se entera de que lo ha leído), pero si erótico significa "una sarta de ñoñerías", que venga D.H. Lawrence y lo vea. Lady Chatterley sufriría un ataque de misticismo e ingresaría en una orden religiosa si fuera capaz de tragarse simplemente unas pocas páginas de la trilogía, porque además la autora, imagino que después de algún estudio de mercado con análisis clínicos previos, grupo de control y todo eso, ha colado su obra en tres voluminosos volúmenes firmados con seudónimo, probablemente para evitar la vergüenza, aunque quizá ya no dedique ejemplares con careta y hasta le apetezca ser la heroína de Norteamérica del medio.
Alguno se habrá percatado de que tengo pinta de contradecirme, afirmando que sé poco y habiendo luego explicando bastantes datos. Sobre una mesa de mi salón reposan los dos primeros tomos, uno comprado y el otro prestado, de tan insigne trípode sobre el que se asienta el erotismo de todas las épocas. He ojeado/hojeado algunas de las quinientas sombras y más bien me ha dado la risa, por lo estúpido del argumento y lo infantil del lenguaje. 
Si algún día me atrevo, publicaré lo que llevo años escribiendo. Eso sí, no será en este blog, sino en uno para mayores de cuarenta años.

sábado, 22 de septiembre de 2012

EL PRIMER DÍA DE COLE

El niño apenas tendría seis años y al salir de clase, de su primer día en aquel colegio inmenso, se encontró perdido. Siguió las instrucciones que le había dado su hermano, ya un veterano de segundo de bachillerato, pero del antiguo, el que se empezaba a los once años, antes de que Villar Palasí instaurara la EGB. 
-Espérame aquí cuando salgas, no te muevas.
Allí estaba, como un clavo, plantado exactamente en el punto cero, descubriendo la soledad entre cientos de niños despreocupados. Sin reloj, sintió la percepción del tiempo que doce años más tarde le explicaría el profesor de filosofía, aquello de la durée de Bergson, y le pareció que cinco minutos eran una eternidad, abandonado el pobre el día de su estreno. Dominando su miedo a las alturas, se encaramó a una valla como el vigía angustiado en busca de la tierra salvadora. En lo alto tampoco cambió su perspectiva... y empezó a llorar de golpe, con un llanto húmedo y desesperado, ajeno al rubor y la vergüenza. Se sabía observado, menospreciado, el hazmerreír de todo el colegio, nenaza, mariquita, llorica... pero todos los agravios le dieron igual cuando vio a su hermano caminando, trotando hacia él. Descendió en un segundo, burlando de nuevo al miedo, y se agarró a las piernas de su salvador, que le acarició  sus pelos rizados.
-Perdona, es que el profe nos ha tenido un rato más y no he podio llegar a tiempo... por tres minutos.

Habría jurado que llevaba una hora esperando, pero eso ya daba igual. Los dos regresaban a casa de la mano, y más tranquilo hasta se atrevió a contarle que su profe era la señorita Maricarmen, y que había algunos compañeros del otro colegio. En casa nadie supo del incidente, pues su hermano y él se irían guardando algunas informaciones a lo largo de sus años escolares para no perjudicarse, siguiendo un pacto de silencio que aprendió aquel primer día sin explicación previa. Hoy por ti y mañana... por mí. Gracias, hermano.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

¿QUÉ CONTAR?


Me pregunto con frecuencia cómo hace un columnista o bloguero con contrato para cumplir sus obligaciones diarias. El recurso a la actualidad político - económica, que viene a ser lo mismo, es demasiado frecuente y además contraviene mi libro de estilo. La anécdota desde el punto de vista intelectual y moralmente superior de algunos escribientes también resulta abusiva y maniquea. Las lecciones de ética a cargo de doctores en nada tampoco me rozan la fibra. En fin, que supongo al colaborador suplicando que su maquinaria se ponga en marcha y dé a luz un texto brillante, ya sea de forma laboriosa, a base de manual, tablas o disciplina, o tal vez a partir de un chispazo de genialidad que se alarga por espacio de ciento cincuenta palabras o las que figuren en convenio. Como escribo por puro placer, y aún así me asalta la culpa por abandonarme más de la cuenta, no me someto a semejantes ejercicios de productividad pagada, que me recuerdan al soneto tramposo de Cervantes, aquel en el que completaba catorce versos contando cómo se completaban catorce versos sin tener absolutamente nada que contar, excepto los propios versos. En fin, un afortunado desatino por venir de D. Miguel. Pero a mí no me sirve.
PD.- He encontrado al final una foto que resume mi estado.

miércoles, 8 de agosto de 2012

FEMINISMO DE PACOTILLA

A.D. (Si hay una post data, habrá una ante data).
Dedicado sinceramente a mis familiares (mujeres) y amigas. Con cierta envidia.

Leo en la prensa que, excepto una medalla olímpica en Londres, las demás son obra de mujeres. Mejor dicho, que todas las medallas españolas han sido ganadas por mujeres, excepto la de triatlón masculino, nunca exento de sospecha a falta de confirmarse el análisis de estrógenos. La noticia es que no debería ser noticia, porque no tendríamos que hacer distinciones: todos son atletas (o todas son (¿san?) atletos). La cosa no tiene ningún trasfondo político, porque en los JJOO de Pekín, que se escribe 北京 pero se pronuncia Beijin, (o sea, que mi tía tiene un perro Beijinés), las mujeres del estado español, o representantes del COE, que no es lo mismo, ganaron más medallas que los hombres, lo cual deja en fuera de juego las leyes de la paridad, la maridad y el padre que las marió en plena efervescencia de las cuotas.
Finiquitado con chanclas el preámbulo, por no salpicarme con lo que prometí evitar al fundar mi blog, quiero aprovechar esta oportunidad que me brinda mi "guaderno", que me brindo yo, chin-chin, para mandar a tomar pomada a todos los que pensaron que las mujeres necesitan el empujón de las leyes pseudo-protectoras para colocarse donde merecen. La naturaleza, que es más sabia que todas las leyes juntas, en pasando el tiempo acaba por ubicar a cada quién donde merece. Y si el record de maratón femenino, que es asunto de arte mayor, anda cada vez más cerca del de los machotes, ya podemos ir contratando un buen seguro a todo riesgo, por la que nos pueda caer, venganzas (justificadas) aparte.

miércoles, 18 de julio de 2012

CULTURETAS 2012

Hola, soy el nuevo crítico musical de la revista "Hay que joderse para no caerse". Es un nombre en clave que se le ha ocurrido a mi jefe, y además tío, que aunque sabe perfectamente que cantidad de peña no lo va a pillar, lo escribe sólo para inteligentes y a los demás que les den.
Anoche me envió a un concierto de jazz de un señor muy importante. No me acuerdo cómo se llama el colega, porque lo ponía en la entrada y como yo iba acreditado no me dieron tique.
Lo que más me llamó la atención al entrar fue que no hubiera chicas monas, pechugonas y altísimas, como en los conciertos de la sinfónica o las carreras de motos o fórmula uno, sino chavales normales con camiseta negra, que ya se sabe que el negro es el color de los que no quieren ser como los demás, que van de colorines y marca, aunque ellos lleven el negro como color corporativo. Quizá sea porque siempre nos dijeron que el negro era la ausencia de color... Negro también era el pianista, pero luego hablaré de ese, que como es persona no es negro sino de color, y eso que el negro era la ausencia de color. Cada vez entiendo menos y aún no he empezado a criticar...
Otra cosa fue que al aire libre se puede beber alcohol, o que los progres y entendidos beben de forma responsable. Incluso vi un porrete en manos de una chica muy mona con una inscripción en la espalda, desde el cuello hasta donde la camiseta la tapaba, en caracteres hebreos, que ya se sabe que aunque ponga "La verdad os hará libres", si va en judío o japonés queda por encima del bien y del mal, y muy por arriba del regular. No sé si le gustó el concierto, porque se lo pasó dándole a la birra y al morro de su novio-chico-pareja o como se diga ahora.
Otra cosa muy impactante para los sentidos de olfato y vista era que la mayoría, y digo bien, de la gente tenía un tufillo a sudor y/o pachuli, y tendencia a enseñar la ropa interior, ya fuera en su forma masculina de calzoncillo o femenina de braga/tanga. Me hizo ilusión comprobar que los Abanderado siguen en primera línea. Lo sé porque como unos cuantos llegaron tarde, con el concierto ya comenzado, pasaron por delante de mí, (que no por delante mío, Dios me libre de poseer un delante), y me mostraron su muda y su falta de muda. Pude ver entre el público a representantes de prensa, políticos, consortes de unos y otros con estilos en la onda de "soy libre como el viento y paso de todo, pero quiero que se me note", personajes de la cultura provincial-provinciana y figurantes varios. Eché de menos a algunos fijos (más comisiones), aunque imagino que, o no pudieron pillar un pase de favor sin ser críticos (como yo), o estaban muy ocupados en su estudio, terminando un avant-garde proyecto monárquico-republicano por lo que pueda venir.
Presentó el espectáculo un hombre calvo y cincuentón que se disculpó por los recortes, palabra de moda, que dio paso a otro que no se disculpó por nada, sino más bien presumió de su habilidad para contratar a diestro y siniestro (más esto que lo otro) y con una falsa modestia cercana a la náusea, (si supieras que sé lo que crees que nadie sabe...) dio paso al elenco de artistas de primera fila, en el que sólo faltaba él, que no estaba por falta de tiempo.
Centrándome, si puedo, en la música, diré que el protagonista era un señor agachado que tocaba la trompeta. Reconozco que me pilló por la retaguardia y tuve que consultar a toda prisa en mi "esmarfoun" la wikipedia para enterarme de que era esquizofrénico desde muy pequeñito (el trompetista, no yo, que lo mismo también y no lo sé) y probablemente eso le ocasione conductas "diferentes". Eso no obsta para aplaudir su virtuosismo, que chocaba con el de los técnicos de sonido o el equipo en sí, al que le faltaba un cross-over o un speaking-splash como a mí dinero a fin de mes. Comenzó el recital con la estructura de "preludio-tutti-solo principal-otros solos-tutti-final" que respetó escrupulosamente a lo largo del evento, o al menos de la parte que presencié. Los solos de batería y contrabajo, que para mí son algo contranatura, se hicieron esperar hasta el tercer tema. Me supo mal que los presentes se miraran unos a otros para empezar a aplaudir tras cada solo o al finalizar cada canción, pero como hace menos de un mes fui el único que se puso de pie durante el consentimiento de dos contrayentes en una boda, que es la parte principal de la ceremonia, y tuve que sufrir las miradas de los fieles-infieles, ya me hago a todo, o lo que es lo mismo, tengo el culo pelado.
Tres cañas, dos porros, cuatro calzoncillos, un eructo, dos pachulis y un tanga más tarde, salí de allí mirando al cielo, con mi espalda y mi próstata dando gracias por el fin del suplico en forma de silla "Junta de semana santa".
Y es que el jazz, no lo puedo evitar, tío, se me hace pelín largo.