domingo, 10 de julio de 2011

AY, PORTUGAL, POR QUÉ TE QUIERO TANTO...

Me ha costado, para empezar, asegurarme de la correcta escritura del título, y la investigación me ha chafado el plan de antemano: hay muchos blogueros que han opinado sobre el asunto antes que yo. En cualquier caso, una vez terminadas mis vacaciones por la tierra lusitana, como mi intención era hablar de las bondades de nuestros vecinos, no me voy a privar, que para eso soy sumo hacedor de mi cuaderno.
Venía hace días pensando que los portugueses y los españoles no somos tan distintos, o no mucho más que un andaluz de un extremeño, un asturiano de un gallego o un catalán de un valenciano. En definitiva, pueblos hermanos que por los dictámenes de la historia, tantas veces caprichosa y casual, llevamos siglos separados, creo que por culpa, entre otros, de un rey incapaz que además era pucelano. No vaya a pensar el lector que es disfunción propia de la zona, sino más bien una excepción, inoportuna en el caso que nos ocupa y en todos los demás.
Pues bien, Enrique, (al que podrían llamar Quique pero nunca Quiqui), falló en su intento y con él las ansias de anexión. Para ser precisos, tuvo una hija, Juana, apodada "la Beltraneja", en honor al supuesto padre, un noble de ascendente carrera política, pero las dudas sobre su ADN acabaron por estropear el negocio.
Tras este vericueto legal y supongo que algún otro que se me escapa, los portugueses siguieron su camino independiente de los españoles, separados por la raya y algunos kilómetros de Duero, Tajo y Guadiana, o a veces precisamente unidos por esos ríos en idas y venidas de contrabando.
Tras una semana entre Oporto y Lisboa, me queda la sensación agradable de haber estado aquí al lado, en la amable compañía de los lusos, que hacen lo que pueden para salir de la crisis, igualito que nosotros. Quién sabe qué habría pasado si Enrique IV no hubiera salido manso. Lo mismo a estas horas andaban a la greña por la identidad histórica y esas gaitas, en busca de la independencia.
Podría adornar el texto con una de las muchas fotos de monumentos, ríos, playas o bodegas, pero lo voy a hacer con la última que figura en mi cámara: una que resume breve y contundentemente los muchos paralelismos y las pocas pero importantes diferencias, reflejadas en el idioma.





domingo, 26 de junio de 2011

EN AQUELLOS DÍAS...

Contemplo con cierta vergüenza que desde el 13 de mayo, fecha del patrón de mi ciudad, no he vuelto a escribir. Para ser sincero, no he dejado de hacerlo, pero en forma de memorias, informes y todo tipo de textos administrativos relacionados con mi trabajo. Es precisamente este el que me trae recuerdos de cuando otros lo ejercían para tratar de formarme culturalmente, amén de marcar la doctrina sin tapujos (no como ahora, que se hace con ellos lo más disimuladamente posible). Como me consta que Pedro, mi antiguo compañero del colegio, sigue este cuaderno de bitácora, voy a compartir con él y con mis pocos lectores el relato que preparé hace tres veranos, con la intención (no sana, más bien perversa y ventajista) de obsequiar a mis compañeros de promoción con una especie de monólogo que al final no me atreví a escenificar, para no saltarme el protocolo, y porque en el fondo tampoco quería reventar la fiesta o hacer pasar un mal rato a alguno que por allí estaba.
Pd.- Yo era quien mejor tocaba la flauta, Pedro. Lo que pasa es que tu profesora te tenía enchufe, además de que la pobre estaba bastante sorda.



Veinticinco años antes de treinta y siete años después.

Acude a mi memoria, que es como los ilustrados y finolis dicen “me acuerdo”, mi entrada en el colegio para realizar las pruebas de ingreso. Ante mí, la imponente figura de don Manuel, no tan imponente ahora, que me parece casi bajito, dictando ejercicios de suma complejidad, para detectar prematuramente a aquellos aspirantes que no diesen la talla:
-Dibuja un hombre (no había posibilidad de dibujar mujeres, mal empezamos, pensé). Me afané a la tarea ardua, y me di por satisfecho hasta que la voz de don Manuel sonó con un aflautamiento impropio de sus bigotazos, que le acontecía cada vez que elevaba el tono.
-Dibuja otro hombre mejor aún. Yo hice otro más grande, que era todo lo que se me ocurrió para mejorar mi de por sí casi perfecto retrato. Creo que le añadí un sombrero, y por suerte no apareció por ahí un tal Baeza, al que llamaban el Bahtza, para interpretarlo como admiración de la figura paterna o pamplinas psicológicas.
-Haz otro mejor, -repitió el de los bigotes grandes-, como si esa fuera la frase de la semana. Me limité a repetir mi segundo retrato a escala 3:1. Apto. O sea, admitido.
Cuando acabó la prueba de ingreso en la NASA, no sé si además tuve que hacer alguna suma, salí de allí a escape, llevaba más de una hora aguantando el pis y quizá de ahí me vengan los problemas de próstata, aunque mi consiliario espiritual y confesor, Carlos de la R, tenga otra opinión, probablemente más veraz pero guardada bajo las siete llaves del “secreto de confesión”, aquel mismo que en un montaje de "filminas" (la madre de las diapositivas y tatarabuelísima del power-point) nos ponían D. Antonio, el P. Ismael o el incombustible P. Elías, para convencernos de que nuestros pecadillos o no tan “illos” no serían jamás publicados.
También recuerdo mi primer día de clase con la Srta. Maricarmen, que a la postre se casó con Matías, el canario de las variasiones, permutasiones y susesiones de seis elementos tomados de sinco en sinco (en Canarias, naturalmente) y que me mandaba al estanco de doña Lola a enviar cartas de la federación de ajedrez. La tal doña Lola era una especie de terrateniente mafiosa, dueña de la mitad de la Plaza de San Juan, que parecía tener alguna iguala con los profes del Sanjo, porque otro, del que guardaré la identidad, también me mandaba allí a por tabaco y a por Supraleodín que, aunque los compañeros coincidíamos en que era algo que se administraba por vía anal, nunca supe qué medicamento era hasta hoy mismo que lo he buscado en internet. No es que el estanco administrase medicinas, sino que la propietaria también tenía una farmacia al lado, que ya digo que la mujer tenía tantas posesiones como mala baba, sobre todo con sus empleados, a los que trataba a baqueta. Yo lo sentía mucho por una morenaza guapísima que se llevaba unas broncas tremendas. Pues bien, ni la morenaza ni la señorita Maricarmen tuvieron la delicadeza de esperar a mi mayoría de edad, y se casaron con otros.
El primer día, decía, al salir a la una y cuarto, y como no veía a mi hermano en el punto de encuentro, me encaramé a la valla metálica que delimitaba el campo de fútbol y protegía de balonazos a los que jugaban en el estadio olímpico de canicas y empecé a llorar a voz en grito. Vamos, que mi primer numerito público me dio a conocer, y no precisamente por valiente, cosa de la que unos cuantos forajidos de cuyo nombre no consigo olvidarme se aprovecharon, corriéndome día sí y día también hasta la puerta de mi casa. Esta circunstancia me ayudó a mejorar mi forma física, la potencia de mi voz pidiendo auxilio y a enaltecer la figura del portero físico, ese señor que me hacía un favor espantando a los hermanos Dalton, por no decir su apellido real (si es que ellos tuvieron certeza alguna vez de quién era su verdadero padre, cosa que me permito dudar tras no menos de cinco años de persecuciones, compréndaseme).
A lo largo de aquellos doce años de formación exigente no apta para mediocres (a veces me pregunto cómo fui capaz de engañar a los jesuitas durante tanto tiempo) sobreviví en segundo curso de EGB al amor platónico de la Srta. Pilar (¿qué cosa sería un rayo peinado?, pensaba yo mirándola embobado), otra morena preciosa que se me escapó antes de que yo llegara a los dieciocho (de edad, modestia aparte). Siempre sospeché que le gustaba más Chicho, pero nos despreció a ambos, mal de muchos…
La Srta. Amparo me enseñó a expresar mis emociones tocando la flauta (cosa que Carlos de la Rica nunca entendió). Don José intentó convertirme en escritor, de hecho él se creía escritor y aún hoy lo sigue pensando, pero nunca le entregué mi poesía para el Diario Regional. Celina, una monja salida, salida de monja, explico, me ayudó a endurecerme en la soledad del pasillo, y cuando me dejaba entrar en clase, me enseñaba inglés. Darío y mi querida Isabel, con más sentido del humor que la ex monja, contribuyeron más generosamente a mi mejora del idioma de Chespir, o como se escriba el de Jamlet. Don Teodoro me amuebló la cabeza, por dentro con números, y por fuera con el alicatado de algún capón, por charlatán, más o menos lo que sigo siendo ahora.
Conté cartuchos vacíos, vainas, en el monte del Jabalí con el Padre Parasols, que se hacía llamar Sancho durante las excursiones. Envidié a Ramón, José Alberto y a mi querido March cuando participaron en Área 5, un concurso para listos; a Núñez, que aparte de tocar la guitarra, corría como un gamo en el Torneo de la tele, junto a Ozámiz, (rey del balonazo), Oporto, Astorqui, Zuasti y Piera, y algunos otros.
Sobrevivimos todos al riesgo de lesiones físicas, al grito de Luis, “eh, tú, ¿cuánto haces en mil?”, de Gonzalo, “baja bien o no te cuento las abdominales”, o de José Carlos, “vamos, vagos, basculando”, que nunca supe qué significaba la palabra, pero debía de ser algo como “tragaos el humo de mi cigarrito”. También sobreviví a mi compañero de pupitre en la clase de matemáticas de 2º de BUP, que acabó siendo uno de mis íntimos, el bueno de Gandía, que sólo era macarra en horarios de fin de semana, hasta que nos echamos una novia (cada uno) y como eran vecinas las acompañábamos juntos y regresábamos a casa contándonos los avances que hacíamos cuando las dos parejas tomábamos calles separadas…
No quiero dar a entender que mi percepción de los años escolares fuera de simple supervivencia propia, pues mis compañeros también tuvieron que soportarme, que no es moco de pavo (de ello da fe mi mujer) y algunos profesores también, a quienes ahora, después de mis veinte años de docencia comprendo y valoro como merecían y merecen.
Capítulo aparte le debo a la aparición estelar de Luís Cantalapiedra, azote de sordos y rockeros (pese a que algunos de sus hijos pródigos acabasen formando parte de los Celtas Cortos), que fue mi mentor, quien descubrió y fomentó mis, qué digo portentosas, sobrenaturales dotes para la música (la cristiana modestia no acabó de calar en mí, lo reconozco). En su coro y orquesta disfruté a lo grande (entonces no había chicas en el colegio, lo cual limitaba mis posibilidades de divertimento). Allí me codeé con algunos que hoy viven de la música, si bien la cosa no debía de ser contagiosa, por lo visto.
Como colofón a once años de fidelidad al centro y a las cuotas mensuales que nuestros padres pagaban religiosamente, el colegio nos esperaba con una doble trampa que parecía un regalo: el COU… y chicas (por fin), pero no unas chicas cualesquiera, sino bellas e inteligentes jóvenes a punto de cumplir la mayoría de edad, procedentes de un casting más exigente que la selección de naranjas para zumos Granini. Y si en Operación Triunfo había un Risto, en nuestro proceso de adiestramiento estaba la Sagrada Familia en pleno, reunida en un solo e implacable hombre, adiestrador de perros de todas las razas: Jesús María San José, que no es expresión sino nombre completo, capaz de hacer palidecer al rey Baltasar cuando decía: ¡Atentos aquí, dejad lo que tengáis entre manos! Algunos chuchos con menos pedigree tardamos más, pero acabamos pasando por el aro, el COU, la selectividad e incluso la Universidad, si bien es más dudoso que la universidad pasara por nosotros.

DEDICADO A TODOS LOS QUE COMPARTIERON MIS AÑOS DE COLEGIO.

viernes, 13 de mayo de 2011

NEFERTITI


Una noche de verano atropellé a un gato. Lo vi cruzar delante de mi coche, pero el frenazo no fue suficiente para esquivarlo. Por el retrovisor le vi salir apenas alumbrado por los pilotos traseros. Aunque quise creer en las siete vidas que se les atribuye, algo me decía que a aquel pobre ya le habían regalado seis y tuvo que coincidir conmigo en aquella carretera de Argoños a Noja en la firma de su finiquito con la vida. Llegué a casa más que descompuesto. Me costó conciliar el sueño. A la mañana siguiente, de vuelta a la playa de Santoña, fui escrutando las cunetas hasta encontrar al pobre gato inerme. Sentí su muerte de verdad y me amargó parte de las vacaciones.
Desde hace muchos años padezco alergia al pelo de los perros y los gatos, mucho antes del incidente referido. No puedo tocarlos sin sufrir rinitis y picores. Sin embargo, Nefertiti me hizo inmune. Bueno, ella y su familia: Viriato, Homero, Jacinto Benavente… y unos pocos más. Quizá ni fueran familia, porque vete a saber cómo se lo montan los gatos en eso de la procreación. El caso es que todos vivían en la misma casa, la de mis amigos Germán y Nadia. Y no he conocido gatos más nobles y cariñosos, con todo lo que se diga de ellos, y capaces de hacerme cambiar de opinión sobre animales domésticos. Nunca pensé que sería capaz de dedicarle un libro a un animal. Compuse el texto en el tren de Santiago de Compostela a Valladolid, y el montaje con fotos en casa.
La penúltima vez que vi a Nefertiti, una gataza común, blanca y negra, estaba dormida en el tresillo, donde la venció el sueño mientras Nadia, Germán, mi esposa y yo (mi hija andaba jugando por ahí) apurábamos una copa y una conversación. La encontré por la mañana, y al oírme bajar las escaleras se despertó, me miró sorprendida, restregó su cuerpo contra mis piernas y puso cara de querer salir a la calle. Un par de horas después vino a despedirse de nosotros.
Tampoco pensé que sería capaz de escribir el panegírico de un animal. Y aquí estoy. Un conductor, igual que yo hace unos veranos, la ha enviado hoy al cielo gatuno. Confío en que Nefertiti estará en el séptimo cielo. Se lo merecía, sin duda.

viernes, 29 de abril de 2011

UN RELATO BREVE

Acostumbraba aquél que decían Don Pío, a mayor deshonra de su nombre, solía digo, jactarse del manejo de la espada tanto como de su lengua, no se sabe cuál más afilada. Andaba a cada poco en justas que él mismo provocaba, ya fuera por exceso de vino o puro aburrimiento, y las más de las veces por el efecto sumado de ambos. Tenía como hábito apostarse en el mostrador, escuchando como distraído la conversación de los presentes y, una vez que oía cualquier mención a damas, conocidas o no, dejaba caer su verbo de forma en apariencia casual, pero medida ante los inocentes feligreses de la taberna que, sin saber cómo, se veían de súbito envueltos en una lid que de ningún modo buscaban. El efecto se demoraba lo justo para echarse un trago al coleto, afianzar los pies y comenzar la serie de saetas verbales. La pobre y ocasional víctima, no sabiendo la que se le venía encima, se defendía retrocediendo, excusándose y rara vez devolviendo el golpe.
-¿Cómo os atrevéis a hablar así de la doncella que velan mis ojos? A fe mía que pagaréis vuestra afrenta.
-Excusadme, caballero, pero tan sólo trataba de entretener el fin de la jornada entre vino y chanzas. Ya sabéis que los hombres somos dados a fanfarronear sobre asuntos de faldas.
-Sólo reconozco una verdad en vuestras palabras: caballero soy. Pero vos no sois hombre.
Y dicho esto, estampaba su guante contra la cara del otro, a lo que indefectiblemente seguía la obligación que se suponía a cualquier hijo de madre: aceptar el reto y batirse en duelo. Disfrutaba Don Pío apenas marcando los golpes, dejando huellas en las ropas y, como punto final, cortando algún tendón que hacía a su oponente llevar el estigma de la derrota para toda la vida. Así iba dejando una cohorte de lisiados que desaparecían para siempre de la taberna.
Quiso el albur que una noche encontrase el mesón vacío. Por matar la espera en tanto algún incauto entraba, se dio a la bebida de forma inusual, hasta que el mesonero consideró tal la ingesta de vino que le convenció de que regresase a casa para dormir.
-Marchad, Don Pío, que el vino, en lo poco, despierta los sentidos, pero en la desmesura los adormece. Y seguid mi máxima: tomad consejo del vino, pero no toméis decisiones en su compañía.
-Razón tenéis, amigo. Hoy no es día de duelos, sino de merecido descanso para quien tanto bien hace al honor de las damas. Acaso tengáis que cerrar vuestro negocio, limpio como está de truhanes.
Salió al fin el caballero de allí, y de vuelta a su hacienda comprobó que todos los lugares de esparcimiento se hallaban igualmente cerrados.
-Flaco favor hago a los taberneros, pero sin duda la sociedad entera me quedará largamente agradecida.
Regresó a su casa tardando acaso más de la cuenta, por mor del trayecto curvo que daban sus pasos, pero al cabo acertó a dar con su hacienda. Entró en la estancia, donde yacía su esposa con varios hombres. Al verla de aquella guisa, tomó su arma, los ojos en sangre, buscó acomodo y protección entre los enseres y se aprestó a repartir espadazos que, por efecto del vino resultaron erráticos. En uno de aquellos, tropezó con su propia arma, se trastabilló y fue a dar contra los pies de la cama, con tan mala fortuna que se atravesó el estómago, dejando fluir una mezcla hedionda de sangre y vino en una especie de transustanciación a la que asistieron los presentes sin mover un dedo para hacer algo que le salvase la vida. La mujer hizo un gesto que los hombres interpretaron como de huida, y al cabo abrió la ventana, llamando a gritos a la autoridad, que se personó en forma de alguacil. Tras más de una hora de agonía, quedó yerto con medio cuerpo sobre la cama y las piernas colgando. Ella declaró lo que había visto, omitiendo que hubiese testigos. El relato resultó tan verosímil que no hubo investigación posterior y se le dio por muerto de forma accidental.
A su entierro asistieron gran cantidad de mutilados: cojos, mancos y tullidos, que se apresuraron a conducir el cadáver, con un cómico vaivén del féretro, y darle sepultura, quién sabe si cristiana, más por asegurarse de que reposaba en el camposanto que por acompañar sus últimos momentos sobre la tierra. La comitiva se alejó con impostada aflicción y terminó por celebrar el óbito en la taberna donde Don Pío solía jactarse del manejo de la espada… con una suerte de justas, podría decirse que grotescamente poéticas.
-No hubo otro como él.
-A Dios gracias.
-Era normal que entre vino y sangre acabase quien tanto vino bebía como sangre derramaba…
-Estaban hechos el uno para el otro.
-Desde luego, cada cuál más peleón.
Todos rieron… excepto el tabernero.

viernes, 22 de abril de 2011

GALICIA CALIDADE.


Un largo y cálido fin de semana en Galicia... antes de que llegue la lluvia. Nadia y Germán nos acogen con los brazos abiertos, las camas hechas y un sol que parece importado de allende Fisterra. La Galicia amable y la profunda en cuatro días, desde la playa de las catedrales al Hell´s kitchen de Fonsagrada: un pueblo semiabandonado con nombre de santo que no es Job pero acaso más paciente.
La casa granja en proceso de acondicionado tiene una trasera que sería delantera de teatro, mirando al verde donde se citan pájaros de buen agüero, incluida Nadia, a la que la crisis ha recortado temporalmente las alas en espera de mejores vientos para el activismo solidario. Germán es ave hiperactiva y migratoria de a cada poco, incluso a lo largo de un solo día, que no es monodía sino polifonía de lo antiguo y lo contemporáneo.
Dejamos guisantes y zanahorias en espera, mientras damos cuenta de otras hortalizas alrededor de la cocina bilbaína. Y lechazo castellano. Nefertiti nos mira clavando sólo sus ojos, es demasiado educada esta gata para usar las uñas, pero con la esperanza de poder hincar los dientes en las sobras. La sobremesa se alarga a la inglesa, con un gin-tonic, el aroma untuoso de la pipa y la lluvia que viene a quedarse.

Tanto da el agua... cuando el vino es bueno y la compañía mejor.


sábado, 2 de abril de 2011

A VECES LLEGABAN CARTAS

Si algo echo de menos en estos tiempos que corren que vuelan es escribir y recibir cartas, pero de las de folio y sobre de adhesivo y saliva. La última chupada, en forma de línea quebrada, me sabía a orina de diabético, como a pis dulce, y sellaba el secreto que sería desvelado, Correos mediante, unos tres días después. Comencé a los diez años a cartearme con niñas y mi primera relación epistolar fue con una galesa, Cheryl, que salió de eso que entonces llamamos mailing list en inglés y ahora se llama así en todos los idiomas, gracias a D. Darío, un señor muy moderno allá por 1975, que nos procuró a los de la clase de los listos una amiga para mejorar nuestra gramática. La buena de Cheryl tuvo a bien enviarme una foto que aún conservo, con una camisa rosa asomando bajo un jersey rojo, su sonrisa de pose y un flequillo inclinado. A las pocas semanas de carteo ella se esforzó por hacerme saber que era una niña, remarcando el Miss delante de su nombre, como respuesta a mi osadía e impericia por tratarla como chico. Por entonces yo no había reparado en que había una caligrafía femenina, redonda y rítmica, y otra masculina, más atolondrada y picuda, como el hombre mismo. Ella me contaba su vida en Gales, las hazañas diarias de ir al colegio, y otras más como montar a caballo y nadar, que para mí, muchacho más bien corriente y de provincias, eran algo magnífico, acentuado por sus dibujos explicativos. Supongo que nos aburrimos y dejamos de escribirnos. Pero conservo sus cartas.
Miss Andrews me estrenó en lo epistolar, pero fueron muchas las que me convirtieron en escritor compulsivo e hicieron que destinase las pocas pesetas que caían en mis manos a comprar sellos, si bien mi padre contribuía con su arsenal guardado en la cartera a solidificar mis relaciones. Luisa, a la que conocí en un certamen escolar de grupos de música o teatro celebrado en Madrid, y a la que amé más dolorosa que gozosamente desde las profundidades de mi alma, fue sin duda la persona que más cartas obtuvo de mi pluma, si bien la reciprocidad siempre fue ley entre nosotros, hasta que me traicionó echándose un novio y nuestra amistad se resquebrajó. Que ella tuviera once años y yo trece al comienzo de nuestro amor (o al menos mío, de eso doy fe) no significaba nada. Incluso en ocasiones la vi como madre de mis hijos, de cinco niños preciosos que culminarían una historia de película. Pero los hechos insistieron en ir por otros caminos y tuve que asumirlo entre lágrimas de adolescente, que son igual de saladas que las de niño o de adulto. Ahora ella es una mujer guapísima, felizmente casada y madre de una niña tan guapa como ella, cosa que sé porque soy más pesado que un CD de chill out y conseguí su dirección de correo electrónico el año pasado. Eso es lo bueno de estos tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

CARNAVALES


No siempre se puede lo que se quiere, sobre todo cuando la economía doméstica manda, nada de grandes transacciones empresariales, sino la de todos los días. Por ese motivo tuve que quedarme en casa, con pena y ganas de ir a Florencia, donde estuvieron algunos de mis compañeros de trabajo. Mientras ellos se empapaban de Miguel Ángel , Galerías de los Uffizi y la Academia, y demás monumentos gloriosos, y disfrutaban de la vista del Arno desde el ponte Vecchio, yo me conformaba con una exposición municipal sobre el Valladolid antiguo, un paseo a la orilla del Pisuerga, que tampoco es mal río, aunque lo tenga muy visto, y unas compras por el casco antiguo de mi ciudad, que es lo que probablemente haría un florentino de visita por aquí.
Reconozco que me estuve acordando durante los cinco días, y hasta llegué a imaginarme y casi verme entre ellos, contemplando el David o admirando la catedral de Santa María del Fiore. En fin, una oportunidad perdida.
Sin embargo, el miércoles, a la vuelta, algunos de los viajeros me sorprendieron gratamente, no sólo diciéndome que me habían echado de menos, sino con algunos regalos que no esperaba, todos relacionados con la música, y lo que es mejor, entregados con cariño que percibí sincero. De remate, hoy me han dado más, porque ayer se le olvidaron a una profe en su casa, y después otro souvenir que yo había encargado previamente, y que han querido donarme con la excusa de mi cumpleaños. Y otra más que no había salido de España, pero al pasar por un mercadillo también vio algo que me gustaría, lo compró y me lo entregó.
Así que me he venido a casa con mis cositas bajo el brazo y una sensación que hacía mucho que no tenía, como de que me quieren más de lo que merezco, y me tienen en más alta estima de lo que creía. Con lo guerrero que soy, hay que jorobarse.
Ahora estoy sentado frente al ordenador, acordándome de vosotros, si dijera vosotras sería más justo, porque sois mayoría, que sabéis quiénes sois, por lo que no voy a enunciar vuestros nombres, como los artistas en el turno de agradecimientos. Tengo la autoestima mucho más alta que de costumbre, gracias a esa selecta parte de mis compañeras, que incluye a algún hombre. Y al que se ofreció a arreglarme los ordenadores también. Y al que me da un abrazo y dos besos aunque es del Barça. Y al que sufre cuando oye voces de azafatas de vuelo. Y al que llamé ayer por teléfono y le faltó tiempo para hacerme un gran favor. Y a casi todos los demás.
Lo repito: gracias.