jueves, 25 de febrero de 2010

TELE-KITSCH (SOBRE NUEVAS TECNOLOGÍAS Y TRADICIÓN)

Tengo un receptor de 25 pulgadas, de los antiguos con culo gordo y tubo de imagen. A su lado está el sintonizador de TDT, un aparatejo sin ninguna enjundia, que me permitirá alargar la vida de mi viejo SONY (en términos electrónicos, eso significa más de diez años) hasta que diga "hasta aquí hemos emitido" y le dé por equivocarse de colores y hacerme creer que de repente me he vuelto daltónico. Y reflejado en su pantalla oscura andaba yo cavilando sobre las jubilaciones, la propia cada vez más lejana, y la de los aditamentos que la tradición ha ido convirtiendo en amigos inseparables del aparato de la tele en según qué hogares: el toro de plástico, la gitana, la torre Eiffel dorada, la burbuja en la que nieva y el culmen de la elegancia: el pañito de ganchillo, ese pariente pobre del encaje de bolillos, para dedos perezosos o artríticos. Así pienso que habría que incluir en la "guía del buen ciudadano", manual de civismo que reparten los ayuntamientos que recalifican zonas verdes para construir un IKEA, un punto limpio donde deshacerse del sintonizador al tiempo que la bailaora con su torito de embestida perpetua. Y la razón es simple: sobre la mínima superficie del nuevo televisor de plasma, cuarzo líquido o bismuto sólido, que tiende a cero por mor del avance científico-digital-tecnológico-informático, será imposible alojar a nuestros inquilinos, desahuciados de su estancia para siempre jamás. La torre Eiffel sólo se sujetará en equilibrio imposible sobre dos patas, y acabará emulando a los muchos suicidas que usaron la de escala 1:1 de París. Del mismo modo, el morlaco, en sus variantes de astifino, cornigacho, abrochado de cuerna, corniveleto, urraco, huevicolgante o rabisucio, tendrá que mantener la pose frente a la gitana estática y temerosa del abismo. En fin, que nada será lo mismo. Sin embargo, me niego a que el siglo XXI barra de nuestros salones o humildes cuartitos de estar la impagable compañía de aquellos ornamentos. Un amigo me comentó que su padre había reciclado la caja contenedora del nuevo Plasma 50 pulgadas en estantería para objetos kitsch, y que sobre el filo de 25 mm de grosor se erigía una torre de cartón a modo de hornacina, desde donde miuras, victorinos o albaserradas se asoman a la pantalla de cinemascope, con sus gitanazas morenas (algunas con castañuelas) bailando incansables sobre un paño de ganchillo, la nieve cayendo sobre el portal de Belén y la torre Eiffel al fondo. Toda una estampa de la convivencia de los tiempos.
Por mi parte, correré en auxilio de quienes, menos hábiles, no encuentren acomodo a sus adornos antiguos y llenos de recuerdos. He encontrado una tienda "de los chinos" (antes "todo a un euro", y antes de antes "todo a cien... de las antiguas pesetas") con infinidad de bailarinas de ballet clásico, que podrán sin mayor esfuerzo ni riesgo equilibrarse en el borde de mi nueva tele (cuando la compre, que espero tardar); también hay una bella colección de gimnastas olímpicas disponible en kioskos, con reproducciones de las Comanecci, Kim, Khorkina, y alguna Chuchunova, por decir un nombre. Quizá me decida a desmontar una lámpara de Lladró que languidece en el trastero.
Y como culmen arquitectónico, una joya de ingeniería y diseño que le vendrá de perlas: una reproducción en auténtica piedra de mentira del acueducto de Segovia.

sábado, 20 de febrero de 2010

FUEGO EN EL ALMA


Una vez, hace años, me inventé como pintor. Quiero decir que no había pensado jamás en dedicarme a ello, pero paulatinamente se fue instalando en mí la idea y luego la necesidad de ponerla en práctica. La experiencia fue placentera, por cuanto me sorprendí con una determinación y entusiasmo desconocidos y disfruté no solo de la tarea creativa, que en sí es atractiva, sino también de la sensación ególatra de creerme artista durante unos años. Aunque llevo mucho tiempo dedicado a la música, casi siempre lo había hecho en grupos, con lo cual sólo eres una pequeña parte, que depende de lo muy o poco solista que seas. Pero cuando pintas, tus cuadros son tuyos y tu éxito (si lo hay) no lo compartes con nadie. Aquel reto íntimo supuso mucho más que la venta de algunas obras a mis amigos, sino saber un poco del mundo del arte y el mercadeo. Conocer a unas pocas personas en un momento determinado puede significar el éxito o el fracaso, que se te abran las puertas del paraíso o la trampilla del infierno ceda bajo tus pies. Yo, ni lo uno ni lo otro. Hubo quien me prestó su sala o me presentó a quien podía prestarme otra, y conocí el juego de amigos y conocidos y favores prestados con mayor o menos interés. En definitiva, pude codearme con pintores muy buenos y con algunos peores que yo, que también los hay. Lo que más ilusión me hacía era preparar las inauguraciones, porque acudían mis amigos y nos tomábamos unos vinos con patatas fritas de bolsa, y me decían que les explicase mis cuadros, o que les reservase uno, o que menudo morro tengo. Pero me encantaba reunirme con todos ellos y con mi familia, porque a ciertas edades sólo coincides en funerales con la gente que quieres.

Pasada mi fiebre pictórica, ando peleado conmigo porque no acabo de sacar a flote la vertiente de escritor, salvo en este cuaderno o en muchos textos que hibernan en el disco duro de mi ordenador.

Mientras tanto, sigo reinventándome como persona. Quizá eso suceda antes de publicar un libro.

lunes, 8 de febrero de 2010

PILATES

Me invitaron dos de mis hermanas, o más bien me retaron, a hacer pilates. Dicen que lo inventó un señor al que mantuvieron encerrado durante la Gran Guerra. El bueno de Joseph Pilates se esforzó por mantenerse en forma y ayudar después a personas hospitalizadas a hacer lo mismo. Así creó su método de ejercicios anaeróbicos. Y hasta ahí la brevísima historia de su origen.
Los lunes y miércoles voy al gimnasio, y de ocho a nueve someto a mi cuerpo a una terapia de desadormecimiento rodeado de mujeres (el instructor es hombre y creo que siente celos de mí) de edades comprendidas entre los 15 y los taitantos. Yo me siento una más. Es lo que tiene mi lado femenino, que en situaciones así me domina. De lo contrario, no podría hacer algunos ejercicios.

sábado, 23 de enero de 2010

"BLOGUEANDO"

No sé si bloguear es un verbo aceptado, y si lo es, ignoro si en el sentido de leer o escribir blogs. Pues bien, desde mi última contribución a este, (el panhispánico de dudas exime de tildar los pronombres demostrativos), me he dedicado a bucear por el maremágnum de páginas de autores como yo mismo, con el propósito de aprender, lo cual se puede hacer de muchas formas, pero básicamente de dos: imitando conductas y evitando otras. En el mundo de los blogs hay infinidad de personas cultísimas (al menos en apariencia, que no he cenado con ellas hasta hoy), que plantan sentencias en maceta o jardinera; otros que patean a la Real Academia con saña, ya sea por animadversión a los académicos o a la gramática elemental; algunos aprovechan para colgar fotos en las que exhiben su impudicia e incluso presumen de liberalismo porque "se lo montan" con dos parejas al tiempo y una boa constríctor que pasaba por allí; y los más lo usan como elemento de propaganda, al estilo de una página web que no requiere mantenimiento. El caso es que he disfrutado enormemente con una que se dedica a sacudir estopa a los novelistas de hoy en día, especialmente a los que escriben best-sellers traducidos a veinte idiomas, y a los que la unánime crítica patria eleva a los altares de la deidad.
A mí, que soy permeable, me afectó sentirme idiota leyendo lo que los críticos fiables tildan de noveluchas y ni siquiera eso, así que me enfrasqué (soy muy de frascos a ciertas horas) en la lectura reflexiva de obras en cuyos errores de bulto no había reparado, ya sea por la prisa con la que paso los ojos sobre las letras, o por mi inconsistente cultura. Así que me hallo, como Proust, en busca del tiempo perdido, tratando de encontrarme con los novelistas de una pieza. Y por el momento aparcaré mis ansias de escribir una novela de una pieza, hasta que me entere de cómo se hace.

jueves, 7 de enero de 2010

PROPÓSITOS, APÓSITOS Y APAGONES DIGITALES. Y UN CONSEJO, CON LA VENIA.

A veces los buenos propósitos no son otra cosa que parches, cuyo pegamento dista mucho de ser permanente. Alguien me contó que una empresa americana, en su afán por encontrar el adhesivo eterno, acabó inventando el post-it, de fracaso a éxito, una técnica muy utilizada por nuestros prohombres. Pues bien, como mis tatuajes, que son de pon y quita (en ese orden), así suelen ser los propósitos de año nuevo, que van prescribiendo con el paso de los meses: dejar de fumar se convierte en fumar menos; perder los kilos de las sin sentido comilonas navideñas (y de otras anteriores) viene a transformarse, no ya en labrarse el abdomen con tabletas de chocolate, sino en rellenarlo por mor de la ansiedad que provoca dejar de fumar; aprender un idioma nuevo acaba chocando con la necesidad de mejorar el propio, a la que contribuye el estúpido esfuerzo de los que llaman al pan "masa de harina cocida en horno" y al vino "caldo monovarietal envejecido en barrica de roble".
Podría enumerar intentos vanos de autoayuda, pero no me apetece. Sólo quiero añadir un consejo: los propósitos, mejor ordenaditos de menor a mayor y siempre de uno en uno. Conseguido el primero, vamos por el siguiente.
PD.- Quizá el cacareado apagón digital nos sirva, mientras compramos televisor nuevo, para darnos cuenta de la inutilidad de la tele, o al menos de que es bastante prescindible. Leamos más, por ejemplo. Pero en libros de papel, aunque sea reciclado.

jueves, 31 de diciembre de 2009

"CUENTO DE NAVIDAD", por Ducks Chickens

Aquella noche era como todas las noches iguales: hacía frío, fresco, normal para la época y simplemente qué más da cómo hiciera, el caso es estar todo el día hablando del tiempo, quejándose de la lluvia, del viento o de los charcos y de paso atacar al alcalde porque no pavimentó bien el paseo y las losetas saltan a nuestro paso. Pues si quieres, sube a casa, a ver cómo tienes tú el suelo, que da asco, hace más de un mes que no pasas el aspirador, hay que ser vago, que te regalaron uno de esos que barren solos y luego se acurrucan en un rincón como un perrillo, pero ni por esas, que eres incapaz de enchufarlo, bueno, ni de sacarlo de la caja, si es que sabes dónde lo guardaste. Y tiene bemoles que luego vayas despotricando porque la gente escupe en la acera, y los perros hacen caca, coño, si quieres se la guardan en las tripas hasta que revienten. No digo que no puedas quejarte, pero una cosa es eso y otra estar todo el día como una mosca, zumbando, que si no hay derecho, que menuda vergüenza. Mira, una cosa bien clarita te digo: como sigas así no te va a aguantar ni tu padre, que tienes cuarenta años más de los cuarenta que tienes. Scrooge a tu lado era un bendito y mira que hasta Bell lo plantó. Pero es que a ti te habría dejado hasta la mismísima Madre Teresa.

Bueno, hacía una noche de perros, pero de perros callejeros y pulgosos, que dan más ascazo. Pero me dio lo mismo. Cené lo que me pusieron sin rechistar, que era gratis y tampoco estaba tan mal. Si acaso un poco saladillo, pero para eso me bebí botella y media de tinto. Alegría, alegría, que es Nochebuena, ah, no, que ya es Nochevieja, qué más da. El caso es ponerse morado y bien contento de haber pasado un año más, de la manera que sea, que un año son doce meses, doce causas, doce sueldos (y las extras prorrateadas), doce pagos de la hipoteca, otros doce del coche, y doce hombres sin piedad.
¿Qué hago cenando con unos calzoncillos rojos, que me están taladrando la entrepierna? ¿Cómo coño ha ido a parar mi alianza al fondo de la copa de cava? ¿Por qué mi cuñada me busca el morro, "un día es un día", dice? Pues si llega a ser una noche, me mete en un lío. Por cierto, no besa mal, pero lo de la lengua lo veo innnecesario e incluso arriesgado para las fechas que corren (con la cantidad de cosas que se quedan entre las muelas), y su hermana achispada está enseñando el suje... a los otros cuñados. ¿Será un mal genético? Por Dios, que no lo sea, o que alguien le quite la copa a mi suegra.

lunes, 21 de diciembre de 2009

LA JOYA DEL NEOMOZÁRABE

Corría una mañana de 1968 o 69, y corrían a la par las entonces cristalinas y crecidas aguas del Esgueva. A la par que las aguas, corría atontadamente yo (el atolondramiento en el correr siempre me fue algo muy propio, y aún lo sigue siendo). La humedad, el barrillo y la arena acumulada en las márgenes de cemento facilitaron mi inmersión, cual inopinado bautismo. La intuición, esa ciencia infusa con la que nacemos los seres indefensos, me hizo pedir socorro, e incluso creo que exclamar "que me ahogo". No hubo caso, porque mi hermano y un amigo se encargaron de sacarme del Jordán y llevarme de vuelta a casa, donde mi madre nos abroncó (demasiado poco) y me puso ropa de una de mis hermanas (demasiado cruel). En un aparte, me pidió que no contase una palabra a mi padre cuando llegase del trabajo, cosa que respeté hasta que muchos años más tarde, paseando con él por la orilla del río que me vio renacer, le conté la aventura. Se limitó a decir: "Cómo es tu madre".

Y en efecto, mi madre es como la iglesia de su pueblo: impactante en su sencillez, desprovista de adornos pero a la vez catedralicia con las pequeñas ermitas que somos sus hijos, (los hijos políticos también lo son en la Seo Cipriana), y también sus nietos.

Con paciencia me enseñó a pochar cuando se llamaba sofreir, entre bailes y cantos regionales, sobre todo jotas castellanas, en la cocina de casa, muertos de la risa. Y a hacer masa para croquetas, guisar carne con alcachofas, pollo con verduras, lentejas y más platos básicos de la dieta mediterránea. Remedábamos el programa de Elena Santonja, "Con las manos en la masa", y como ella nos parecía un poco petarda, imitábamos sus chistes malos, las entrevistas de perfil bajo (se notaba que era la esposa del productor del programa, Jaime de Armiñán) y hacíamos la comida como dos chiflados. Luego Arguiñano nos superó, pero sólo en la chifladura.
Todo lo que sé de hacer comiditas se basa en lo que aprendí entonces. Y muchas cosas de las que sé, (de lo que no es hacer comiditas), también se las debo. Así que se lo voy pagando en abrazos los miércoles. Me harán falta muchos miércoles aún para saldar mi deuda. Y en eso confío.