domingo, 14 de marzo de 2021

MAÑANA DOMINICAL Y RECUERDOS.


Tenía dos libros apuntados en la agenda. Eché un vistazo en La madre de todas las tiendas, donde se pueden leer las críticas, y devolver sin que te pongan pegas. Por aquello de favorecer al comercio local, decidí comprarlos en una tienda de la capital (física, como se dice ahora, como si también las hubiera químicas), pero todas estaban cerradas (que los sábados por la tarde cierren algunas es algo que me sorprende, pero no soy empresario) excepto la librería de unos grandes almacenes. Al fin y al cabo, en ella trabajan personas a las que conozco, porque hace años trabajé allí y quedan muchos de mis antiguos compañeros, así que de algún modo también  favorecía su comisión. 

De camino a misa de doce, entré en los grandes almacenes cuyo nombre no revelaré, ni falta que hace. Encontré los dos libros y me dispuse a pagar, pero el precio no coincidía con el anunciado en su web. Se lo hice notar a la dependienta, que respondió:

—El 5% de descuento no se aplica en tienda. 

—¿No le resulta curioso que a quien se toma la molestia de acercarse hasta aquí le resulte más caro que al que compra sentado en su casa?

La joven, un poco sorprendida, contestó:

—Es para potenciar la compra on-line...

—...y de paso para perjudicar a los que, como usted, trabajan a sueldo más comisiones. 

—Puede usted comprar los libros por la web desde su móvil. En unos segundos saltará el aviso y entonces los recoge aquí inmediatamente.

Sonreí bajo la mascarilla, mientras pensaba si un euro y medio de ahorro compensaría el rollo que, además, dejaría sin comisión a la vendedora. Pagué sin descuento.

Y entonces, por esos resortes secretos de mi memoria, me acordé de una tarde de hace muchos años, cuando fui a comprar unos auriculares y me atendió un joven como de mi edad (he dicho que fue hace muchos años), que se armó de paciencia para aguantar mis pegas, mostrándome todo lo que tenía disponible. Llegaban las ocho de la tarde y aún no había dado con los auriculares perfectos. 

—David: cierra tú y no te olvides de poner la alarma, —le dijo un hombre que parecía el encargado o el dueño.

Quedé en volver. Salí de la tienda y me entretuve mirando el escaparate. El tal David, que se había ganado el sueldo por aguantarme, bajó la trampilla un minuto después. Se acercó a mí.

—¿Tiene un momento?

—Claro. 

—Sé dónde puede encontrar sus auriculares —dijo mientras sacaba los suyos de una bolsa—. Son estos.

Me los ofreció para que los probase con su walkman. Eran pequeños, cómodos, bonitos y sonaban de cine.

—Y ¿no los vendéis en la tienda?

—A mi jefe no le gusta esta marca... aunque es porque no le conceden la licencia, pero puedo decirle quién los vende.

Sacó un papel de su bolsa y apuntó una dirección.

—Vaya de mi parte. Es amigo mío. Le hará descuento.

Fui allí unos días más tarde, compré otros de la misma marca (algo más caros, pero mis orejas son muy caprichosas) y se me ocurrió enseñárselos a David, pero lo fui dejando. Pasados unos meses, regresé a la tienda en la que trabajaba y pregunté por él. Me costó un mundo convencer al dueño de que éramos viejos amigos, que había perdido su teléfono y no sé cuántas mentiras más, hasta que fue capaz de darme una pista.

—Creo que se ha establecido por su cuenta. Allá él.

Por no despertar sospechas, me interesé por unos auriculares y, para mi sorpresa, el hombre me mostró varios de la marca de los míos, que, por algún motivo, ahora ya tenía en su catálogo.

—Esto es lo mejor del mercado. 

Seguí con el paripé un rato, pero a las ocho menos cinco no hubo necesidad de continuar con la actuación, porque el dueño me señaló la hora en su reloj.

—Tengo que cerrar. Vuelva usted mañana —apostilló, como Larra, aunque no tenía pinta de haberlo leído. Le pegaba más Reverte, si es que leía algo que no fuese el Marca.

Dediqué la semana siguiente a recorrer las tiendas de aparatos musicales, que no eran muchas en una capital de provincias. A menos de quinientos metros de aquella en la que trabajaba, David había puesto la suya. Nada más entrar, me reconoció y me hizo un gesto de que le esperase cinco minutos, mostrando la palma de su mano. Esperé trasteando hasta que su cliente se marchó. Me saludó con un efusivo apretón. Yo llevaba mis auriculares colgados del cuello y se dio cuenta.

—Al final compraste otros.

—Bueno, también los que me recomendaste, pero luego vi estos... y me encantaron.

—Son aún mejores, pero no me los dejan vender. Ya sabes, cuestiones de facturación, marketing y esas cosas. Sigo peleando. Pero son cojonudos.

—¿Te apetece tomar un vino conmigo cuando salgas? 

—Hoy no puedo.

—Pues te doy número y me llamas cuando te venga bien.

Nos despedimos con un abrazo. Nunca me llamó, pero siempre me acuerdo de él cuando compro auriculares o cacharritos de esos que reproducen música para los tiquismiquis que disfrutamos del sonido más que de las modas y compramos marcas raras que no conoce nadie, ni tienen un logo molón con peras, piñas o plátanos, aunque no nos miren por la calle, o leemos libros que nos son superventas ni aparecen en las mesas centrales de las tiendas. Para los raritos, vamos.

PS.- El relato, casi real, está dedicado a David (real del todo, aunque la historia no lo sea), un señor de mi edad con el que contacté para pedirle opinión sobre algún chisme musical. Pese a sus múltiples quehaceres y su mando en plaza (dirige una empresa relacionada con los cacharritos), se tomó la molestia de responder a mi email y aún lo sigue haciendo cuando le parto la tarde por la mitad. Le debo unas cañas, o vinos, o lo que le apetezca. Bien ganado lo tiene por su paciencia, amabilidad y conocimientos. Sobre todo por las dos primeras virtudes. 

PS.- El día que Los grandes almacenes cuyo nombre no cito celebraron su primer aniversario en mi ciudad, el jefe de personal, pasados de copas él y yo (yo más, solo faltaba) después del festejo en el sótano del edificio, a mi saludo chusco y etílico de "greo gue nos gonocebos" ("creo que nos conocemos", en castellano sobrio), respondió: «Yo sí. Dentro de tres días abandona usted la empresa. Es usted un inconsistente y un débil». Lo de abandonar la empresa (suelo regalarme cosas importantes por mi cumple) era verdad. Lo de la inconsistencia... puede que también. José Manuel, Guillermo y Fernando, testigos de aquella afrenta y excombatientes los tres (por algo será), pueden dar fe. 










domingo, 28 de febrero de 2021

GRACIAS A DIOS, HOY TOCA CELEBRAR.

 Él lo sabe hace tiempo, aunque entonces lo/me ignoraba. Estaba sentado en las escaleras que daban a las clases, en el patio de brea, tocando una guitarra española —cuando lo español no era sinónimo de facha, ni siquiera en aquel colegio—. Recuerdo perfectamente la canción, pero no el título. Era una de DO, la, re, SOL, vamos, los acordes básicos, que valían y valen para greatest hits. Si no recuerdo al otro del dúo será porque su punteo no era de Mark Knopfler. A este lo vi en la plaza de toros de Logroño, con Juan Carlos y Nacho, y tampoco me entusiasmó, aunque lo pasé muy bien porque era la primera vez que iba a un concierto de alguien famoso de verdad, exceptuando los de la plaza mayor de Pucela, cuando venían Mocedades, Bosé, Mecano, Lola Flores y siempre Candeal que eran famosos pero no extranjeros, como de algún peldaño más abajo. 

 Me quedé de pie escuchando, disfrutando de cuatro acordes, no había más, que daban para varios minutos según la habilidad —no era mucha— del solista y su facilidad para improvisar. Sonó el timbre que avisaba del comienzo de las clases, guardó la guitarra en la funda y desfilamos todos hacia las aulas. 

 Aquel año empecé a estudiar música con una profesora, no guitarra sino solfeo y después piano. 

 Muchos años más tarde le compró un piano a su hija mayor. 

—Ya me gustaría tocarlo como tú —me dijo.

 No sé si fue entonces cuando le confesé que él había sido, sin saberlo, parte de mi inspiración —también me había inspirado como deportista, cuando salió por la tele en el programa TORNEO, aunque mis piernas y mi poca velocidad/resistencia/esfuerzo daban menos que mis dedos— pero sí recuerdo que le sorprendió mi declaración, fuera cuando fuese. Lo que no le conté fue que sabía su fecha de cumpleaños mucho antes de celebrarlos casi al tiempo (hubo un año que, gracias a los husos horarios, coincidimos), porque la había mirado en el catálogo del colegio aquella tarde de los cuatro acordes, y me agradó que solo nos llevásemos un día, como dos gemelos, más bien mellizos, a los que el capricho y las contracciones hacen nacer con un día de diferencia. Puede que nuestras madres hubieran compartido habitación en el hospital sin saber que, cincuenta y seis años después, sus respectivos hijos serían amigos, no de FB, sino de los que se conocen y se aprecian sinceramente y se llaman por teléfono. O sea, de los de verdad. 

 PS.- Él y yo nos casamos —no el uno con el otro, sino con dos mujeres, una para cada uno— con un día de diferencia. Esta vez le adelanté y me permití el lujo de darle consejos chuscos sobre el matrimonio, que no le habrán servido de nada. Él, sin hablar, sin querer, solo con una guitarra, me los había dado veinte años antes. Esos sí me sirvieron. Gracias, Jose (sin tilde, como te venimos llamando desde siempre).

 

 

 

domingo, 7 de febrero de 2021

QUERIDO JUAN CARLOS:

 Ayer tuve un día malo, muy malo, por tu culpa. Ya sé que queda feo echarte la culpa por morirte, pero es que me hiciste —nos hiciste— una faena de las gordas. Nos dejaste, a mí y a tu legión de amigos, con cara de qué sé yo. Tampoco es cosa de cargarte con responsabilidades en plena tormenta, pero ni nos diste la oportunidad de hacerte una despedida como mereces. Tu perfil de FB tiene solo algunos mensajes pero me consta que la inmensa mayoría de tus contactos anda tan jodida que no sabe a quién dirigirse para hacerte llegar su pena, sabiendo que en el FB este no vas a responder como era tu costumbre. Y es que, por si no lo sabes, tenías un cartel cojonudo. Es verdad que la prensa te ha puesto un año de más y alguna otra cosa errónea, más por falta de documentación que mala voluntad, ya sabes, pero comentan que eras un profesional como la copa de un pino. A mí no me hace falta que nadie me cuente como eras, porque nos conocíamos desde que la pólvora estaba en fase de pruebas. 

 Te escribí un panegírico aquí, en mi blog de cosillas, que ayer tuvo más visitas que el Museo del Prado, aunque te confieso que me trae al fresco el número en sí. Lo leí varias veces antes de hacerlo público y me quedé medianamente satisfecho. A las cinco de la madrugada recibí una alarma silenciosa de mis tripas que me desveló y me tuvo dándole vueltas a la precisión de mis palabras. Me daba la sensación de que había sido, si no injusto, un poco funcionarial tirando a autopropagandístico. Contar que nos conocimos bajo el yugo de la Madre Puri y Sor Inés me parecía irrelevante pero, si alguien pensaba que fuiste un tío de andar por casa, desde luego que no te conoció: lo de andar por casa no iba contigo. 

 A Nacho y a mí, los otros dos cerditos, nos adelantaste por el arcén después de aquella memorable actuación frente al P. Aniano, en la que defendimos con menos credibilidad que un actor de serie B nuestra heroica gesta de pasar una noche "estudiando" arte —tu padre nos miraba y se reía; tu madre nos trajo el desayuno, café con leche y bollos; clarete y chorizo para Nacho, que es de Bilbao—, la asignatura del C.O.U. que tantos buenos ratos —y alguno malo— nos proporcionó. Reconocerás que aquello de "logrando efectos de gran realismo pictórico", frase inventada por Nacho en pijama (que en traje de noche se crecía el vasco), que valía lo mismo para un roto que para un descosido —no Nacho, sino la frase— merecía enmarcarse. Para ti fue el pistoletazo de salida; para Nacho y para mí, apenas una mancha más en el curriculum, que nos encargamos de "engrandecer" en las siguientes evaluaciones. En junio nos dejaste estudiando mientras tú lo pasabas pipa en tu pueblo, con tus amigotes, que si Alberto, que si Carrasco, que si Charo, que si Espe... Aún cojeo un poco del tobillo que me torcí dos años antes, en partido de fútbol "unos contra otros, y los forasteros con tus más amigos". Jugar al tío Maragato en tu peña no fue lo mismo a la pata coja, pero la castaña sí.

 La foto de ayer —lo he recordado esta noche un poco antes de mi primer desayuno a las seis, que las galletas han entrado mojadas antes de empaparse en Colacao— estaba hecha en Vitoria. Tengo el álbum completo de las de Londres, pero no lo encontré, aunque sé que diste de comer al hambriento, o sea, a los au-pairs pucelanos que conocimos, y te retraté frente a Buckingham Palace, con traje y corbata. Miguel, el de Medina, aún me pregunta por ti. A ver cómo le cuento  que te has ido. 

 Hablando de méritos, mi C.V. está lleno de anécdotas. El tuyo de estudios y títulos. Al menos hemos compartido algo: amistad y amistades. 

 PS.- Me acaba de llamar tu cuñado. El martes estaré ahí. Por si la distancia no te permite reconocerme, seré uno de los que, ley mediante, puedan despedirte como mereces: con profusión de lágrimas agradecidas por haberte conocido. Y, aunque sea de soslayo, le daré un abrazo a tu familia y a tus amigos del pueblo. 

Descansa en paz.

Te quiere:

... tanta gente.

sábado, 6 de febrero de 2021

LÁGRIMAS EN LA LLUVIA. IN MEMORIAM JUAN CARLOS.


 Andaba, en estos días llorones, dando forma al vídeo-homenaje a mis amigos, como simple reivindicación de la amistad, que no es poco. (La lluvia es, según cuentan, inspiradora para los poetas. A mí, como a Cervantes, el cielo no quiso concederme esa gracia —huelga decir que tampoco la de la prosa—). Dada mi impericia en cuestiones técnicas, amén de mi poco interés por aprenderlas, fui eliminando del proyecto aquellas pequeñas cosas que no era capaz de resolver. Una de ellas era poner fechas, medallas y comentarios, pero doscientas fotos son muchas y mi memoria, generalmente fiable, tiene sus lagunas. Para evitar errores, decidí omitir ese detalle, aunque había una persona que, sin sombra de duda, podía lucir el cartel de "amigo más antiguo".

 Juan Carlos y yo nos conocimos en el cole de las monjas, mis primeras monjas. Como compartíamos primer apellido y el segundo estaba muy cerca por orden alfabético, lo que va de Gómez a González, siempre fuimos compañeros de clase, cuando no de pupitre, desde los cuatro hasta los dieciocho años, incluso en el primer año de Derecho, carrera a la que fui por las prisas de haber aprobado selectividad en septiembre, y por no romper la yunta. 

 Vivíamos a cinco minutos, por lo que muchas meriendas las hacíamos en casa del otro, y podría afirmar que compartíamos padres. El suyo me echó un capotazo enorme una vez que el profesor de latín le dijo que yo era una mala compañía para Juan Carlos y salió en mi defensa poniendo la cara colorada al P. Carro, que era un buen hombre pero demasiado impulsivo. Aquella vez no midió bien sus versos dáctilos.

 Nos echamos novia al tiempo —también nos dejaron el mismo día— y seguimos con nuestra amistad a prueba de bombas. Por entonces ya éramos un trío, con el fichaje del tercer ganso —que compartió idéntica suerte de novia y exnovia—, y a veces un cuarteto, con un verso suelto al que manteníamos agarrado tanto como se dejaba. 

 Siempre fue torrecillano militante, y sus amigos teníamos carnet de socios en su pueblo por el hecho de ir de su mano. Logroñés de adopción, su cuadrilla era la nuestra cuando íbamos a la capital de la Rioja, su primer destino como funcionario de carrera, y ¡vaya si corrió! De vez en cuando nos reuníamos los tres —el verso suelto seguía a su bola— para comer en Pucela, con cargo a su bolsillo, pues era de mano presta. 

 Pese a la distancia, que era muy correndero, manteníamos el contacto. Nos vimos por última vez hace un año a la puerta del hospital, un mal presagio. Nada me hacía sospechar que sería nuestro último abrazo, nuestro último beso.

 Llevaba varios años luchando contra la enfermedad sin perder el buen humor. Para él no había vasos medio vacíos. Esta mañana.. apuró el último trago.

 Seguid entrenando, Sanmi y Juan Carlos, ahora que os habéis juntado por orden del que manda de verdad por encima de jefes de servicio y directores generales. Habrá una eternidad para retomar nuestras partidas de mus.   

 PS.- Reviso álbumes de fotos para encabezar la entrada, y encuentro algunas de nuestro viaje a Londres. Creo que eres de los pocos amigos con los que he viajado al extranjero. Por algo sería. 

 

domingo, 31 de enero de 2021

IDEAS Y OCURRENCIAS

   Después del primer whiskey dominical, que erróneamente se consume tras la comida, como me explicó el padre de un amigo un día que le pillé en el bar de debajo de nuestra casa —el amigo y yo éramos vecinos—, me dio por escribir una carta al semanal del periódico, costumbre que mantengo desde hace veinticuatro años, con la vana esperanza de ser premiado con un boli bueno (esferógrafo prémium en estos tiempos modernos). Una vez captado por el sonido con sordina del tecleo en mi portátil, y ya con el segundo whiskey (me niego a escribir güisqui, por mucho que la RAE recomiende su grafía adaptada, porque soy irish que te cagas), pasé de la primera idea a la ocurrencia, tirando del hilo del virus cabrón. Poseído por un 20% de espíritu Bukowski y un 80% de spirit al 42%, agarré el móvil para dar forma a mi plan: hacer un vídeo, o más bien fotomontaje con cierto movimiento, con el que homenajear a todas las personas que sufren la pandemia y se esfuerzan por seguir viviendo y facilitar que lo hagamos todos. Tiré de contactos y, ¡oh, craso error!, en lugar de enviar mi solicitud —una foto con mascarilla— en privado, creando una lista de difusión, creé dos grupos más que multitudinarios, que espantaron a unos cuantos. Del sálvese quien pueda no me libré ni yo, pues al día siguiente pedí disculpas, «las fotos por privado», y salí huyendo de mi propio despropósito. Por ese motivo, es probable que algunos de los más solícitos no vean su foto en el montaje, si bien dejé a un par de infiltradas en uno de los grupos el encargo de que me reenviasen los retratos enviados con posterioridad a mi fuga. Pido disculpas por mi torpeza y mi cobardía. 

     He pasado la semana recopilando fotos, dando forma al vídeo y casi está a punto. Antes de San Valentín espero haberlo terminado.

    Gracias a todos, no solo a los que enviasteis fotos, sino a quienes declinasteis la invitación y recriminasteis mi ineptitud. De todo se aprende. Os avisaré de la publicación de esta entrada en el blog y del propio vídeo en privado, sin grupos.

    PS.- Es normal que la mayoría seáis docentes, músicos —ambas profesiones en muchos casos— y familiares. Que haya un significativo número de arquitectos entre mis contactos es algo que no acabo de comprender. Quizá fuera esa una vocación no detectada, aunque me ha quedado claro que el manejo del ordenador y otros artilugios electrónicos no figuran entre mis habilidades.

      PS2.- No pretendía hacer un vídeo para concurso. 

       

 

domingo, 17 de enero de 2021

LOS INESCRUTABLES MECANISMOS DE LA MEMORIA (LA NIEVE SUSTITUYE A LA LLUVIA). Y QUE VIVA EL LATÍN.

 Tarde de domingo. No hay misa matutina causa pandemiae. Ya vendrá mi amiga Cristina Rosa a corregirme el latinajo, pero me queda muy lejos el latín de BUP y COU, mucho más —o mucho menos— que a los que hoy dictan leyes sobre educación, que no educativas (viene a ser lo mismo: el caso aquel de la declinación). 

 Se me ocurre vender un patinete eléctrico que me regalaron unos que no sabían de mi aversión a los motores y mi torpeza palmaria. Me responde Juan, un amigo desde cuando su mujer y yo cantábamos en latín —menos amigo entonces, sospechoso de mis intenciones respecto a su novia—. Y me asalta la memoria, no por sorpresa, porque ya la conozco. No me faltes nunca.

 Pucela, 1986, 26 de enero, domingo, once de la mañana. Juan viene a buscarme con su Vespa, ignoro la cilindrada, para echar un partido de tenis. Veinte kilómetros hasta la pista, muchos grados bajo cero. Antes de que acabe el primer set on ice, decidimos regresar a casa. Lo nuestro no es el tenis, menos aún el patinaje. Paramos en un bar de carretera, retortijón mediante —a Nadal también le pasa de vez en cuando—. Un vino en Portugalete, encuentro con un profesor de inglés con historia truculenta, y a casa a comer. A las tres me espera el tren que me lleva a Vitoria para cumplir con la patria. Pancartas de despedida, besos y abrazos, adioses y hasta luegos. Morreo disimulado con la prima de Juan, que es mi novia desde la nochevieja anterior. Long train running

 Infierno de cercanías-lejanías. El polimili gracioso: «¿alguno sabe tocar un instrumento? Los de la banda sí que viven bien».  Y yo, a la desesperada: «Toco el piano». «Si quieres te ponemos un carro para ti solo». Nada que hacer. 

 1 de marzo de 1986, sábado. Mi cumpleaños. La prima de Juan me deja sin palabras. Me explico: mi novia me deja sin decirlo, pero lo entiendo. Cena de cumple con amigos: me preguntan por ella, que no está. Juan se lo huele, o lo sabe. Fernando, José Manuel, Eduardo —al que he encontrado treinta años después— se hacen de cruces. Sufro lo justo. Me regalan una chapela más grande que la cubierta del Bernabéu. Ni intento ponérmela en el cuartel: es antirreglamentaria.

 Mayo del 86, día indefinido. Juan y el Basas vienen a verme al cuartel. Me he vuelto loco, pero no del todo. Liberado por dos años causa veteranii puteandi. Eduardo me busca psiquiatra. Bendito hallazgo: me libra per saecula saeculorum. 

 Diecisiete de enero de 2021. Me acuerdo de todos vosotros: Juan, Fernando, José Manuel... y Amelia, prima de uno, novia de otro. Será que llevaba dos meses sin contar bobadas en este blog. O no tan bobadas. 

 PS.- Corregidos los latinajos, como era previsible, gracias a la generosidad de Cristina. Que conste en acta. Nihil obstat. Imprimatur. 

domingo, 29 de noviembre de 2020

MARADONA Y OTROS GENIOS (ME HUELE A MISCELÁNEA).

 Falleció "el pibe", un futbolista extraordinario. A diario mueren personas extraordinarias que no sabían darle patadas a un balón ni componer sinfonías ni escribir libros. Algunos eran simplemente magníficas personas. 

 Al bueno de Maradona, como a tantos otros, ahora, mientras cruza la laguna Estigia, le acompañará un pitido en los oídos porque su vida civil no fue ejemplar. Supongo que es el pago necesario hasta que la gente lo recuerde como un gran futbolista, al igual que a Chaikovsky, Beethoven o Mozart se les recuerda como músicos y no por sus debilidades (o lo que nos parecen debilidades en nuestro siglo); a Nabokov, Fitgerald y Bukowski como escritores; a Picasso, Schiele... y a tantos otros personajes que han pasado a la historia por sus méritos casi incuestionables (hay que dejar margen para la duda). 

 Alguien decía (o leí que decía, vete a saber si es cierto todo lo que se publica en este mundo de publicaciones gratis —sin filtro, como los cigarillos de antaño—) que no se puede ser un buen profesional si no se es buena persona. Permítanme que no esté de acuerdo. Otra cosa es por qué se le recuerde más. Por lo visto, hasta Jesús de Nazaret estará purgando un rato de cabreo con los mercaderes del templo.