martes, 12 de marzo de 2013

MÁS DUBLÍN

A punto de hacer las maletas, no he querido olvidarme de un episodio casi perfecto que sucedió hace apenas veinte años, que no es nada, qué feliz la mirada...
Una de las actividades programada en aquel intensivo de inglés en Dublín era el workshop de danzas irlandesas. Creo recordar que era una academia de baile donde nos citaron. Algunos de los chavales esperaban sin ningún interés mientras sus walkmen escupían música de diferente estilo, pero muy alejado de lo gaélico o similar. La entrada de los bailarines apenas despertó cierta curiosidad hasta que pude oír algunos comentarios entre los chicos, es decir, varones, sobre una de las danzantes. Levanté la vista y ahí estaba ella: no exagero al decir que era muy probablemente la mujer más bella que he visto en mi vida, al menos tan cerca. Por eso no dejé de seguir todos sus movimientos, hasta el punto en que nos invitaron a formar parte de la coreografía que para entonces yo me sabía de memoria.  Esperé a que pasara a mi lado y tuve que espantar a un par de estudiantes de mi grupo, que pretendían saltarse la norma jerárquica no escrita de que la guapa es para el jefe. Ella me ofreció sus manos, me explicó brevemente lo que había que hacer y comenzamos a danzar en círculos, un pie delante, ahora el otro, media vuelta, manos atrás... Su sonrisa perenne adornaba sus palabras, que salían envueltas en seda, y yo imaginaba interminables conversaciones frente a la chimenea, en un perfecto inglés con el acento cantarín de Irlanda, bebiendo paddy, guinness, o agua del grifo, y sin dejar de mirar sus ojazos, sus dientes perlados y aquí detengo la descripción - ensoñación, porque el blog para adultos no es este. 
Pero como no hay hechizo eterno, y todos los encantamientos tienen su antídoto, quiso el baile que ella no pudiera ocultar por más tiempo el elixir que borraba la memoria futura: al levantar el brazo derecho (tanto daba que fuera el otro) para hacer una figura y guiar el mío tras su cintura, un más que penetrante olor alcanzó mi fina nariz de sabueso y a punto estuve de perder el equilibrio. Supongo que mandar al tinte el traje de época era demasiado lujo, y aquellas telas gruesas concentraban los sudores de muchas danzas más los recientes y el del mismo día. Así que la chimenea, las bebidas espirituosas a la luz de la luna o del sol veraniego que no se acaba de ocultar en la verde Irlanda desaparecieron, borrados por la incontenible fuerza destructora de aquella linda axila que se había convertido en devastador sobaco.
Siempre que lo recuerdo sonrío, como ahora mismo. Y mi ensoñación idílica no empieza en la alfombra al calor de los troncos, sino un poco antes... con ambos en la ducha.

martes, 19 de febrero de 2013

CARNAVAL 2013

No recuerdo haberme disfrazado en los últimos treinta años más de cuatro veces: dos por carnaval, una en nochevieja y otra en una fiesta sin fecha concreta para el travestismo. Así como hay quien se siente especial haciendo el papel de otro, no comparto esa sensación e incluso me da algo de vergüenza. Tal fue hace dos viernes, en un baile. Rodeado de japoneses, payasos, cabareteras, Zipi y Zape, mafiosos, hippies, vampiresas, mosqueteros, jockeys, piratas, punkies, y un trío de músicos que eran pollo, piloto y arzobispo, sin olvidar a dos bellísimas "tuaregas", los hermanos Marx hicimos un papel bastante estelar, aunque destacó Groucho que, literalmente sin despeinarse, tomó ventaja de su capacidad verbal sobre Harpo, por más que me saltara años de silencio y una timidez de la que me cuesta convencer a quienes me conocen.
Todo esto sucedió en el "concierto de la estufa" del ocho de febrero, con "Fetén-fetén bailable" pero no lo había contado porque he estado muy ocupado haciendo nada, o simplemente recordando una noche muy divertida en la magnífica compañía de mis amigos, los de Portillo (o Arrabal, que no se enfade nadie) y los que se acercaron a las viejas escuelas del pueblo.


sábado, 2 de febrero de 2013

Harpo Marx

La cosa ha empezado esta tarde, celebrando el cumple de una amiga  y el restablecimiento de su novio tras una operación peliaguda. El novio debe de tener algo especial, porque dos de sus  exnovias con sus novios actuales estaban tomando café junto a la homenajeada y el restablecido. Esas asociaciones sólo suceden  cuando todos son unos depravados sexuales o cuando son gente extraordinaria. Como desconozco lo que haya sucedido al marcharme, apuesto por lo excelso de mis amigos. 
Entre muchos otros asuntos, hemos tratado de la cuaresma y su previo martes de carnaval, con la propuesta en firme de disfrazarnos de los hermanos Marx. Al llegar a casa me he estado documentando para diseñar el traje, porque el reto es complicado: quieren que haga de Harpo, el mudo. Ya es mala leche mantenerme callado durante una noche de fiesta. Pero he aceptado el órdago, y entre wikipedias y otras páginas más fiables, acabo de descubrir que el bueno de Adolph Marx, al que luego apodaron Arthur, se codeaba con las mentes preclaras de la sociedad estadounidense. Más aún, que se hizo una película, "La señora Parker y el círculo vicioso", sobre la escritora Dorothy Parker, (de la que acabo de comprar un libro de relatos más que recomendable), en cuyo reparto aparece Harpo ( Jean-Michel Henry). 
Por lo visto, entre 1919 y 1929, se reunían en el hotel Algonquin de Manhattan algunas celebridades, y al director Alan Rudolph se le ocurrió la idea de hacer una película sobre aquellos congresos de artistas. 
Lo que quería decir es que tirando de la manta se descubren cosas. Culturilla, pero interesante.

jueves, 31 de enero de 2013

10.000

Los números nos atenazan, amordazan, hipnotizan, captan, enganchan, obsesionan. Las cifras nos atrapan, llaman, sugieren, embaucan, engañan.
Cuando leas esto, verás que más de 10.000 personas han entrado en mi blog. 
Pues es mentira: cada vez que yo lo hago, queda registrado un visitante, cosa que no puedo evitar desde que instalé el nuevo antivirus, que no me permite desactivar mi IP, o lo que es lo mismo, que mi blog reconozca mi IP cuando entro y no lo contabilice. Una vez lo logré, pero luego todo se fue al cuerno por no sé qué botones.
Así que con un canto en los dientes me doy si mis 24 seguidores declarados y algún otro que pasaba por aquí han aterrizado alrededor de 200 veces per capita. Ciento sesenta y seis textos (casi un euro) he publicado desde 2009. No es mucho, desde luego, pero me sabe bien.

PD.- A partir de hoy mismo, el relato de Pablo y Sofía pasará a un nuevo blog. Si alguna persona está interesada en seguir leyéndolo, le sugiero que me deje un comentario en esta misma entrada, y me pondré en contacto con ella para facilitarle la nueva ubicación de todo lo que queda por contar. Esto obedece a un criterio bien sencillo: el relato pasará a tener dos rombos, y como este es un blog para todos los públicos, creo adecuado concederle al cuento un marco más protegido. Además, si todo sigue su cauce, una mujer colaborará conmigo  con sus fotografías, o pondrá el contrapunto femenino si se quiere, y si ella quiere.

lunes, 28 de enero de 2013

...? y IX.


Me llegó nítido el olor a tortilla antes de que aquel hombre enjuto y de tez cerúlea la dejara en la mesa con la solemnidad de un sacerdote. En tres viajes de ida y vuelta había traído otros tantos platos: uno de jamón, otro de queso y una ensalada. Todo estaba realmente rico, con el sabor de los alimentos tradicionales sin artificio… excepto el queso, que no probé, sencillamente porque no me gusta. Observé con detenimiento la cara de Sofía, protegido por la iluminación escasa que difuminaba sus facciones, de por sí suaves. Masticaba tranquilamente con la boca cerrada, y hablaba sólo después de tragar, lo cual agradecí, escrupuloso como soy. Nuestra conversación acabó por sincronizarse al ritmo alternativo de escuchar y comer, o hablar y mirar. Me encantó ver su manejo del tenedor, sin esa afectación de cortar la tortilla con cuchillo, y con la naturalidad que implica coger un trozo de jamón con la mano.
-No has probado el queso.
-Ya sé que me dirás eso de que es un manjar y no sé lo que me pierdo, pero no me gusta. A veces he inventado excusas como que soy alérgico al cuajo o a la leche de cabra, porque me daba vergüenza, pero lo cierto es que no puedo casi soportar su olor.
-Entonces… ¿no serías capaz de dar un beso a alguien que acabara de comerlo? – me interrogó, clavando sus ojazos negros en los míos.
Su pregunta trampa me pilló desprevenido en mi turno de escuchar y comer, y me atraganté con el jamón. Pasé los dos sustos con un buen trago de vino y traté de responder airosamente… pero no se me ocurría nada. Entonces ella, con una lentitud de documental, acercó su mano al plato, tomó el último trozo, y sin dejar de mirarme, lo metió en su boca, masticó muy despacio con un gesto exagerado de placer, y finalmente se incorporó lo justo para, con los ojos cerrados, ofrecerme sus labios y ponerme a prueba. Me incliné hacia delante, y animado, o más bien espoleado  por la visión incompleta de sus pechos, recorrí el camino que separaba nuestros labios. Cuando el acoplamiento era inminente, la tos del espectro o ectoplasma que nos servía la comida interrumpió abruptamente el encantamiento, y la magia escapó huyendo por alguna rendija. Dejó dos cafés, un plato con pastas de pueblo y una botella de licor. Salió de nuevo de allí y me pareció oír una risita maléfica según se alejaba.
-Vaya, has estado a punto de arriesgar tu vida por mí, -dijo, abriendo mucho los ojos.
-Bueno, si este hombre sigue entrando y saliendo de este modo, quizá me mate antes del susto.
Reímos ambos, y el postre cambió el registro de la conversación, que pasó a ser estrictamente gestual. Fuimos aprovechando cada accidente como excusa: rozamos los dedos en el plato de pastas, otra vez más al brindar con el licor de hierbas, y alguna patadita en mis gemelos con masaje posterior se produjo en el campo de batalla enmarcado y oculto por el vuelo del mantel. Sofía dio por terminada la comida cuando se levantó, de nuevo sus senos balanceándose ante mí, se estiró el vestido y me ofreció su mano izquierda antes de llevarme a tientas hasta la barra, pagar la cuenta y guiarme a la superficie por la escalinata en la que apenas cabíamos en paralelo. Cuando notó mi gesto de buscar la cartera, acercó sus labios a mi oído, y con un susurro cortó mi intención:
-Luego pagas la cena. Y las copas, por turnos.
La luz de la tarde nos recibió a la salida. Nos ajustamos las gafas de sol y en lugar de regresar al coche, tiró de mí en dirección contraria, hacia el monte que albergaba la bodega.
-¿Te apetece dar un paseo? – preguntó con una voz melosa que nadie osaría contradecir.
-Claro. Nos sentará bien. Y bajaremos el vino y los chupitos. 

lunes, 21 de enero de 2013

...? VIII


No habían transcurrido cinco minutos, uno de los intervalos mínimos que yo manejaba, cuando hizo su aparición. Me sorprendió verla en aquel coche viejo, vintage como poco, aunque pensándolo bien era propio de artistas destacarse del resto con algo diferente, en este caso su Volkswagen escarabajo descapotable, no uno de los modernos para pijas, sino un modelo de los años ochenta, perfectamente cuidado. Mi oído me indicó que el motor sonaba redondo, lo cual abundaba en la idea de que Sofía era una mujer perfeccionista y cuidadosa. Traía la capota de lona plegada, quizá prematuramente a tenor del tiempo inestable, pero me encantaba la idea de circular a cielo abierto aunque pudiera cogerme un catarro. Se había ajustado un pañuelo a la cabeza y estaba más guapa incluso que un rato antes. Subí al coche y emprendimos la marcha con un leve petardeo del motor, que algún achaque tenía que mostrar. Me abroché el cinturón y le indiqué la dirección:
-Valle de Esgueva.
-Si vas a decir Castronuevo, olvídalo. Cerró hace años.
No podía negar que mi guía de ocio estaba desactualizada, pero tampoco creí que tanto.
-Pues se acabó mi oferta. Era la única que recordaba.
-Yo te llevaré.
Y así lo hizo alegremente, entre pinares y luego viñedos, por carreteras comarcales, hasta que a las tres en punto aparcó a la entrada de una bodega que parecía a punto de derrumbarse. Seguramente vio mi cara, porque se apresuró a decir:
-Tranquilo, hombre. Por dentro  está arreglada.
Bajamos por una escalinata angosta, en penumbra tirando a oscuridad, y Sofía tuvo que sujetarme del brazo para no hacer la mitad del recorrido rodando. Como pez abisal en la sima me fue guiando por pasillos hasta que encontró un habitáculo con una mesa, mucho más íntimo de lo que yo esperaba en un tugurio como aquel. Antes de sentarnos apareció un pariente cercano del conde Drácula, dijo “dos” y se marchó  sin preguntar. Al cabo volvió de las tinieblas con una bandeja, dejó una jarra de clarete y un cesto con pan blanco de cuatro canteros y desapareció de nuevo. Sofía tomó un trozo y lo fue pellizcando, con algún sorbo de vino para completar el refrán:
-Con pan y vino…
-… se anda el camino, -tercié.

sábado, 19 de enero de 2013

ONCE UPON A TIME

Estaba leyendo unos artículos sobre fotografía, y entre publicidad y novedades de la feria de Las Vegas, no la de los caballitos sino la de cacharros electrónicos, me encuentro un texto sobre retoque al estilo clásico.
Antes de que se inventara el photoshop, los fotógrafos no tenían otro remedio que el retoque manual. Habrá quien se ría igual que lo hacíamos de los gadgets que instalaban en el Aston Martin de James Bond, que nos parecían imposibles excepto la caja de chinchetas y los tubos de escape que echaban humo (se nota que en aquel taller elitista de agentes con número nunca había entrado un R-8, de Renault, no de Audi). 
Mi padre llegó un día a casa con un kit de retoque, consistente en una cuchilla, pinceles finos y dos botes de pintura: uno blanco y otro negro. Estoy más que seguro de que nunca lo usó. Y por desgracia no llegó a la era del píxel.