domingo, 9 de octubre de 2022

OTRA MÁS



 Dice mi amigo Chema, el rostro impenetrable al que últimamente le han salido unos poros benignos que agradezco y están propiciando una amistad más intensa y profunda tras nuestros sudores en la máquina infernal que nos pone el cuerpo a punto, que le sorprende mi facilidad para escribir. No se refiere a que lo haga bien (tenemos gustos diferentes, y probablemente no tenga más remedio que comprarme un libro autoeditado por quedar bien), sino al impulso que me lleva a hacerlo, sobre todo —dice él— cuando se va alguien querido. «No es facilidad, es necesidad», le contesto. Y es que me da mucha pena que, aunque llevemos esta por dentro, no la saquemos a flote. A mí me ayuda a poner en valor a las personas que me han marcado, ayudado, acompañado en este trayecto después de que ellas lo hayan abandonado. Y, aunque algunas ya podían imaginarlo, otras ni lo sospechaban. Tal es el caso que me ocupa —llevo una tarde jodida de obituarios y llanto contenido, pero es lo que toca—.

 Para un docente no hay mayor premio que encontrarse con sus exalumnos y verlos felices. Alguno hay que te la tengan guardada, pero diré, a riesgo de parecer inmodesto, que lo frecuente es el trato amable, incluso en el caso de algún pupilo difícil. 

 En plena adolescencia hormonada (los diecisiete-dieciocho no dejan de ser un atisbo de premadurez con derecho a voto, que debería ser prevoto, como mera intención), tuve la fortuna de conocer a Emilio del Río (no al escritor influencer de hoy, que quizá sea pariente), sino al sacerdote jesuita que impartía la asignatura (área según no sé qué ley educativa) de Literatura contemporánea universal. No podría decir que se tratara de un comunicador nato, pues su monotonía invitaba más a la siesta que a la atención, y espero que no se lo tome a mal, pater, pero aquel tonillo de primitivo canto gregoriano encerraba un mensaje que tardó en manifestarse. Uno vive lo que vive, y lo cuenta como lo cuenta, sea alumno o profesor. 

 El realismo mágico de García Márquez y otros; Gide, Proust, Joyce y demás plastas (que me perdonen mis amigos snobs)...; Cela, Delibes y otros que se saltaban el guion, chocaban con mi impermeable mental (era el único año en que los jesuitas sorteaban la uniformidad masculina, y las chicas nos distraían). Tardé años en acometer lo que, de haberlo sabido, me habría facilitado superar mis ochos en cada examen (me dio el maillot azul de la regularidad), es decir, la lectura. Alguien me regaló un libro, El amor en los tiempos del cólera (sospecho que asesorada por un buen amigo), y de ahí nació mi interés.

 Una mañana vino el P. del Río cargado de libros, a dos por barba o más bien sotabarba. Nos los entregó antes del recreo. Mientras los cogíamos, se me ocurrió pedirle una dedicatoria. Me acerqué a su mesa, con mis ejemplares en mano, y creo que corrió la voz —del peloteo—. Cuando me di la vuelta, mis compañeros hacían fila (alguno me recriminó que le hubiese jodido el recreo en el Jovi, el bar al que acudíamos, pero no fue capaz de irse, por si las moscas). Recuerdo su rostro satisfecho, como de autor en feria del libro, autografiando volumen tras volumen, y yo me sentí feliz por haber favorecido su éxito efímero y concentrado (la autoedición o la edición en editorial corporativa vienen a ser lo mismo, un día de presentación y gloria efímera). 

 Nunca le di las gracias por sus revelaciones a toro pasado. Si pudiera leer mi blog, quizá se daría cuenta de lo que me transmitió (no es responsable de vocaciones literarias, aunque haya algún Abella o Valverde, sino lectoras), y me demoré demasiado. Espero que no sea tarde. DEP, P. "Chomski" (todos le llamábamos así, incluso los otros curas). Y gracias póstumas.

CASUALIDADES FATALES Y RECADOS VENIALES


 Se supone que, para un cantorcillo aficionado como yo, actuar en el Auditorio Nacional debería ser un caramelo. Acepté la invitación de María, amiga desde la juventud, y cuadré mis horarios con los de los ensayos, cosa sencilla para un tipo ocioso con muchas tardes libres. Lo que no sospechaba era que el evento coincidiría con la muerte de un buen amigo, igual que en mi anterior colaboración, que parecía predestinada por tratarse del Requiem de Mozart, una de mis obras favoritas. Así como la última pieza de Amadeus era propicia para una despedida, no sé si a César le parecería adecuada una sinfonía sobre Mahatma Gandhi, que también era cristiano de algún modo, aunque serlo no signifique nada excepto para quien tenga la certeza, si existe, después de muerto. La fe consiste en creer antes de comprobar. Desconozco si hay alguna obra sobre el dios Baco, que le habría resultado más propia, y no por bebedor sino por enólogo. 

 César, Epi —por su habilidad, creo, aunque nunca supe si era de coña, en la cancha de baloncesto— para quienes le conocimos de joven, era un tío encantador: tono de voz mesurado, sonrisa fácil y franca. Tengo la fortuna de rodearme de personas así, ya sea por casualidad o por algún mérito que tiendo a obviar porque pienso sinceramente que no lo merezco. El caso es que nos conocimos y nos caímos bien. Cuando decidió lanzarse por el camino de la enología, «el mundo del vino» (lo dijo un un comercial gili, como si el vino fuera la metonimia de la parte por el todo, una vez que casi ordenó recitar de memoria al camarero la carta de vinos, «deformación profesional», lo llamó; «malformación aficional», pensé yo), propicié su encuentro con otro de mis grandísimos amigos de la infancia —al que, por suerte o desgracia, según se mire, se ha vuelto a unir ayer en el destino eterno—, con quien compartió piso en Logroño durante una temporada. Ambos, me consta, disfrutaron juntos de buenos vinos, excelentes añadas, usando solo su nariz y su boca —como solía decir César, «hay grandes catadores de etiquetas, pero pocos entendidos»—. Creo que se reencontraron en mi boda, tras años de peregrinaje, como Liszt, y, como si se hubieran puesto de acuerdo, Juan Carlos me regaló un decantador y César un Vega Sicilia del 70. ¡Qué cabrones, cómo me conocían! Un accidente doméstico se cargó el decantador, pero la botella —vacía, huelga decirlo—, sigue en la vitrina de la cristalería que otros amigos me regalaron cuando nos importaban los detalles en especie, esos que, siempre que los ves, te recuerdan a quien te los regaló. 

 Lo poco que sé sobre vinos me lo enseñó él. Nos citó, cuando aún era estudiante, a una cata ciega (yo aún pensaba que la ceguera venía después). A uno, Ángel G. Vallecillo, que hoy es escritor, se le ocurrió llevar un Mauro (ese manejaba pasta, y a los amigos los carga el diablo) y le sometió a un examen de notarías. Epi acertó la denominación de origen, el tipo de uva y lo de la crianza, que no era poco. Los demás bebimos mientras Ángel se rascaba la cabeza, el muy perro.

 De vez en cuando me llamaba para que probase sus caldos, y le hacía gracia mi forma de definirlos, mis calificativos (se me ocurre que «epítetos»). Entre los que más risa le provocaban estaban «crudo» y «azul». Para mí, azul era el paradigma de algo bien hecho, bello como un traje, unos ojos o un cielo. Solía decirme que le encantaba invitarme porque nunca le doraba la píldora, aunque a su favor jugaba que aún no existía el puto facebook, donde te escriben lo que quieres leer (lo cual no excluye los aplausos a este blog), vete a saber con qué perversos fines, desde el jijijaja, el somos mejores amigos o el a ver («haber» es muy habitual) si pillo. Y que aprendía de mi lengua directa, sin tapujos, de amigo de verdad, a la que jamás puso freno ni tacha porque entendía que mis opiniones eran, si no fundadas, sinceras. «Da gusto, siempre dices lo que piensas, no lo que me gustaría oír». Uno entre mil, este chico. Como para no quererlo. Sometía su trabajo de meses a mi opinión de segundos (es obvio que la mía no era la que más le importaba. Si no, mi tocayo Parker no le habría dado los puntos esos que convierten un vino en mercancía de primera). Venía a casa, cenábamos con un tinto recién embotellado (sin pegatina orientadora), me decía discretamente que los espárragos son enemigos del vino, pero se los comía, jugábamos al PC Fútbol en el ordenador, con medio litro de orujo destilado por él con los hollejos sobrantes de la vendimia, y nos untábamos de charla y amistad, y su perenne sonrisa adornada por sus dientes pequeños, ratoniles,  manchados de taninos o como se llame el tinte tinto. 

 El primero de mayo del 98 abrí su Vega Sicilia para comer. Sobró vino (o faltó comida), y se me ocurrió que podríamos quedar para la cena. Le llevé un catavinos, tan herméticamente cerrado como permite el plástico, con una muestra del vino que me había regalado. Se lo di en el coche. Encendió la luz de cortesía, la del espejo del copiloto, lo probó y dijo: 

—Es mi regalo de bodas. ¿A qué hora lo has abierto?. 

—A las tres. 

—Aún está bueno. ¿Te ha gustado?

—Me ha encantado, César. Gracias.

Le hizo ilusión que lo compartiera con él. Luego fuimos a cenar. No puso reparos en beber un clarete vulgar. Otras veces tragaba con explicaciones de sumiller de tercera, que si «esa añada aún no ha salido al mercado» (aunque él la hubiera bebido una semana antes en otro restaurante); «este es mejor que aquel» (y no lo era). En una bodega pedimos el clarete de la casa, y me dijo por lo bajini: «este es un vino del que se puede aprender, un vino didáctico: tiene todos los defectos y ninguna virtud». Pidió que lo cambiaran porque «hemos pensado que un tinto nos apetece más», y a la camarera se le torció el gesto, que no mudó hasta que trajo la cuenta.  Lo importante está por debajo de lo muy importante, que era la charla relajada y amistosa. Esto flota sobre todo, y hasta un vino malo es incapaz de estropearlo. Y si César destacaba era por no darse importancia; por su humildad a prueba de puntos Parker o Peñín, que eran muchos; por su manera de sentar cátedra sin darse ínfulas y por su bonhomía. 

 Hacía mucho que no nos veíamos, y las redes sociales no le gustaban demasiado, por lo que tardaba meses en contestar o responder a los comentarios. Nuestra siguiente cita, un día que nos encontramos por la calle, con su esposa y la primera criatura recién nacida, nunca llegó. Ahora espero de forma egoísta que tarde. Quiero pensar que Dios, esta vez, se arrepintió de otorgarle una enfermedad que no merecía pero soportaba con su habitual discreción, y le dio la oportunidad de aferrarse a otra para congraciarse y, de paso, llevárselo con él. No sé si en el cielo hay uvas, pero si las hay sabrán mejor. Parker y Peñín no podrán catalogar ya sus vinos, pero Dios no tendrá más remedio que darle un 100.

 Y aquí estoy, medio bebido, lloroso y hundido por este y otros motivos —mis escritos son corales, como las pelis con varios protas, y el término «coral» hoy me viene al pelo, pero esa es otra historia—, rindiéndole homenaje póstumo al bueno, que no es el tópico manido del día de las alabanzas, de César, Epi para los íntimos. DEP, amigo. Te lo has ganado.

domingo, 21 de agosto de 2022

DE MADRES Y ADVOCACIONES MARIANAS. (D.E.P. DOÑA CARMEN).

 Uno no entendía lo que nos decían en el colegio o en la catequesis sobre las dos madres: la de casa y la del Cielo. La de arriba nos quedaba lejos y solo conocíamos la imagen coronada por las doce estrellas que lucía en las iglesias, o la más próxima en la capilla del colegio, que no era del Carmen ni del Pilar, sino la misma Virgen —los jesuitas eran muy dogmáticos y doctrinales, y lo de las advocaciones marianas no iba con ellos, aunque sí lo de los apellidos—. Con el tiempo fui entendiendo que, así como la Virgen María adopta diferentes nombres según para quién, la madre de cada uno tenía sucursales, que eran las de nuestros compañeros. Había una especie de corporativismo materno entre ellas que, sin conocerse, las convertía en advocaciones de nuestra propia madre terrenal. A medida que uno iba adquiriendo la categoría de amigo, ellas, de igual forma, ganaban en la de madre, con casi todos los derechos y obligaciones: ponerte la merienda, preguntarte por las notas o los deberes, y echarte una reprimenda si no los habías hecho —los padres eran diferentes: no ponían merienda, aunque el mío una vez nos sorprendió con una lata de almejas y una botella de Codorniú mientras Nacho y yo preparábamos un trabajo para la clase de arte que no hemos olvidado (ni el menú ni el suspenso). Diré, por ser justo, que el padre de Nacho a veces me ponía un whisky después de cortarle el pelo a su hijo, pero ya no estábamos en edad escolar—. 

 Hace unos días nos dejó Carmen, una de mis madres terrenas, que tenía nombre de Madre de arriba. Cuando he sabido de su partida ascendente, me han asaltado los muchos recuerdos que mi memoria mantiene con letras brillantes, y he llorado un rato mientras rememoraba la escena del piano, con algunas hermanas y la madre de Nacho —y este y su hermano pequeño— cantando y bailando Paquito, el chocolatero para que yo pudiera sacar la partitura; los cafés con charla después de mi enésimo intento fallido de cortarle el pelo a mi amigo como Mel Gibson en Arma letal —yo había "aprendido" un solo corte en la mili, y siempre me salía algo más parecido a la teniente O´Neil—; las tardes-noches en que nos quedábamos a fumar con Mark Knopfler (al que vimos en la plaza de toros de Logroño invitados por nuestro amigo Juan Carlos) y Elton John, e incluso algún intento de estudio a última hora —doña Carmen debía de tenerme idealizado y confiaba en mí más que yo mismo— que raramente dio fruto —se nos colaban demasiados cómics entre los apuntes—.

 En lugar de doce estrellas (dicen que en honor a las tribus de Israel), se coronó con ocho hijos que hoy ya son tribu. Bendita y afortunada estirpe. 


domingo, 17 de julio de 2022

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD

 Zweig, el tipo raro ese que escribía cojonudamente a ratos, y para él y sus amigos (los que lo entendían, y los esnobs —la RAE se acojona con el plural— que no se atrevían a decirle «joder, Stefan, vaya chapa») a otros, publicó su Momentos estelares... que, para mí, que solo soy un poco snob —a lo clásico y british, que me mola—, es un coñazo. Será que no lo entiendo, y no me importa reconocerlo. Si hay un momento estelar al año, no es otro que hacer la maleta para las vacaciones. Es en ese, desde que Iberia no es la única alternativa, sin apenas restricciones de peso ni trampas de última hora a tanto el kilo de exceso, cuando uno se la juega de verdad a rojo o negro: ¿Meto el abrigo, la rebeca, cazadora vaquera; dos trajes de baño o siete; un traje blanco por si me invitan a una boda ibicenca de influencers con poca influencia; camisetas o polos; chanclas, cangrejeras, alpargatas, mocasines, náuticos para hacer el ridículo en el barco que incluye paella; camisas de lino o algodón; manga larga o corta, francesa o tirantes?

 Puestos a sudar en la playa, en la cola del bufé —en el que un camarero se afanaba por demostrarme que "tronco de espárrago" no es menos que "espárrago a secas"—, en el chiringuito, en el restaurante ese al que es obligatorio acudir, en la discoteca con DJ —¿Aún quedan discotecas? ¿Aún ponen MÚSICA?—, tengo claras mis necesidades inexcusables: mi cámara de fotos, de las que se cuelgan al cuello y no incorporan modo selfie (autorretrato); material de escritura —libreta, lápices, boli—y auriculares (¿en qué coño queda el rumor del mar si los gritos no te dejan escucharlo?). Y ropa de quita y pon, lavar y secar, como para el camino de Santiago desde Sarria. Todo lo demás me sobra, excepto una terraza privada en la que no exhibir mi desnudez nocturna (la diurna, tampoco, que no me gusta castigar a los noctámbulos como yo con visiones nada motivadoras). En esa terraza, si la paga extra de un maestro se lo puede permitir de año en año, es donde anida mi felicidad: en el silencio de la noche oscura —me suena que lo dijo un poeta romántico—. Si no me preguntan «¿qué hacías despierto anoche a las tres, cuando me levanté a hacer pis?», la felicidad se escribe con mayúsculas. 

 A la vuelta, no tengo reparo en reconocer que no he visitado playas, calas o calitas; chiringos o chiringuitos; restaurantes o comederos; discotecas o discotocas —ya no tengo edad, ni la tuve, para lo segundo—. Poco me importa lo que se vea, porque no lo expongo. Tampoco pregunto, por si me cuentan lo de la pulsera todoincluido y me toca silbar. 

 Gracias, Ryanair, aunque solo sea por una cosa: nos has hecho pensar un poco en lo imprescindible —sé que ha sido sin querer, gilipollas no soy, pero te lo agradezco, y perdono que no me dejaras usar el bonobús, aunque tu servicio no sea mejor que el de la línea siete—. Eso sí: el próximo verano, aunque te la sude, pienso viajar en mi coche sin pesar la maleta. Me sobrará espacio, pero no porque tú lo mandes. El cielo no es menos azul, la playa tampoco. No habrá próximas vacaciones estivales con condiciones. En mi ocio mando yo. Que te quede claro.

domingo, 3 de julio de 2022

CHORRADAS


Desordenada como suele estar mi cabeza, en la que se coló un saltamontes o una saltamontas acelerada y nerviosa, saldrá esta entrada. 

Uno desconoce los mecanismos que nos hacen conciliar el sueño y los otros, los que nos joden la noche, aunque vaya teniendo cierta idea. A las dos y cuarto, mientras me fumaba el último cigarrillo, me dio por jugar al WORDLE con tildes. Entre las casi cincuenta mil palabras con seis letras que dice la sabia red que hay en castellano, por alguna extraña circunstancia se me ocurrió una esdrújula. Acerté a la primera. Creo en las casualidades, pero esta, por probabilidad, se sale de ese concepto. Apurando el cigarrillo, me dio por pensar si habría alguna conexión desconocida y me llevé el pensamiento a la cama. 

Un sí o un no, blanco o negro, en principio dan un 50%. Las consecuencias, por desgracia, no aseguran un 50% de éxito. Decir me quedo o me voy, entro o salgo, lo cojo o lo dejo pueden ser un todo o nada a partir de la decisión que se adopte. Me pregunto si algún hilo invisible o rojo me une a alguien que estaba pensando en la misma palabra a la misma hora, minuto arriba o abajo, o pensando en mí cuando me dio por escribirla. Estuve tentado de proponer a mis allegados que resolviesen el acertijo, por ver si alguno de ellos también lo resolvía a la primera.

Tiendo a la autoflagelación, y admiro a quienes asumen los errores, o simplemente no los ven, y siguen su camino sin mortificarse. Yo me obstino en analizar cada metedura de pata, no por sufrir sino por aprender. También pienso en quienes me flagelan, en sus motivos, en su vida, y con ellos suelo ser más comprensivo que conmigo. Veo justificaciones para ellos que para mí no tengo. Parecerá que me he salido del tiesto, pero mis razonamientos tienen reglas caprichosas. Me acuesto con una duda, no necesariamente importante, y no concilio el sueño. La sertralina no hacía milagros. El milagro se produce cuando empiezas a graduar los problemas: si realmente lo son; si la solución —si la hay— depende de ti; si fastidiaste a alguien —o alguien te fastidió— adrede o sin querer; si, en definitiva, merece la pena perder las horas nocturnas de descanso o es mejor esperar al día siguiente, no a que se arreglen solos sino a verlos a la luz con otra perspectiva que no sea la del agotamiento, cuando el cerebro se obstina en jugar al frontón y el saltamontes no descansa. Unos días es un asunto de calado y otros, los más, una nadería como encontrar la solución de un juego al primer intento. Ya me gustaría dar con la solución de problemas serios a la primera.

Aún hoy sigo preguntándome de dónde vino el soplo que me hizo pulsar las seis letras. Vaya usted a saber. Me acompañó durante la noche y así sigo. Otras dudas se irán resolviendo a lo largo del verano, que tiene muchas horas de luz. Si no, al menos las noches en vela serán más cortas. 



domingo, 17 de abril de 2022

DOMINGO DE RESURRECCIÓN Y POCAS COSAS MÁS

 Bien claro me queda que me lee poca gente. Juego con la ventaja de saber que a pocos les importa lo que escribo aquí, que poco daño puedo hacer o poca doctrina de andar por casa puedo impartir (justo lo contrario de lo que suele ser un blog de opinión).

 Esta mañana, en la misa grande, al sacerdote se le ocurrió saltarse el guion habitual de explicar las Sagradas Escrituras, para cuya lectura ha tenido que solicitar voluntarios porque le faltaba plantilla. Le salió la vena filológica, y explicó a quien estuviera atento (creo que solo lo he estado en ese momento y cuando ha dicho el nombre del Arzobispo, que otras veces, aunque lo conozco, había pasado por alto de forma consciente o inconsciente, lo que me pega más) el origen de la palabra domingo, día del sol para unos, del Señor para otros, en griego, latín, inglés...

 Vaya, que ya era hora de que un cura contase algo interesante. A mí, que cantaba bodas en un corito, me hacían gracia los consejos sobre el matrimonio que daban los célibes por mandato eclesiástico, igual que los de banqueros o algunos políticos sobre economía (ajena, claro). Para llevar tantas misas, soy un poco descreído.

sábado, 26 de marzo de 2022

DETALLITOS

 

 La ventaja de no ser columnista o redactor es que el tiempo no apremia, ni tampoco la necesidad de hacer caja a tanto el artículo respetando el manual de estilo (o falta de él). Dueño como soy de mi blog, puedo escribir lo que quiero y cuando me da la real gana, pisar charcos sin katiuskas y, en definitiva, opinar sin miedo. Como no aspiro a ganar dinero (mescojonodelosinfluencers), no tengo que contentar más que a una persona: a mí mismo. Si muestro mis vergüenzas no es por pasta ni afán de fama, notoriedad o influencerismo (más pasta). La palabra vergüenza es tan elástica...

 Hace muchos años, cuando aún la realidad no había tapiado mis ideales, me ofrecieron ser el sustituto de mi querido director del coro universitario cuando él no pudiera hacerse cargo. —La oferta vino de unos amigos a los que luego traicioné y, por mor del tiempo que nos reubica, queramos o no, recuperé años después gracias al sacramento del perdón, expreso o implícito. Fui un cochino rencoroso (uno tiene sus razones, pero esas mismas se extinguen y nos parecen vacuas minutos después, cuando no tiene remedio el daño)—. Yo disfrutaba entonces del divino tesoro al que se sumaban inexperiencia, vanidad y cierto predicamento entre mis compañeros, no solo por mis aptitudes canoras sino por mi carácter simpático y gamberro. Pero una cosa es cantar y otra hacer que los demás canten. Yo no era Quincy Jones, ya me habría gustado, ni tenía autotuner.

 Con mi nombramiento oficial en la carpeta del C.V., encontré el primer obstáculo cuando pedí silencio entre obra y obra en el primer ensayo que dirigía.

 —Coño —dijo uno de los dos Diegos—. ¿Tú pides que nos callemos?—Bien me conocían este y el otro, con los que había compartido horas en la escolanía de los jesuitas del centro. 

 Recuerdo que le miré con cara de «ya, hombre, pero no es lo mismo mandar que obedecer» si esa cara existe. Quizá porque había más excolegas coristas de antaño —los gemelos Basas, Nacho, Eduardo, Chema, y el otro Diego, que solo tenía ojos para una contralto con la que acabó casándose, aparte de algunos amigos ganados de cinco a seis en el Marimoli (el colegio mayor que nos cedía espacio para ensayar y darle a la pala), y después en Cantarranas, caña va y otra que viene—, el ensayo transcurrió de forma tranquila. Yo, que había observado las pocas carencias que D. Carlos no era capaz de arreglar por culpa de los cantores, me afanaba en trabajar los detallitos que echaba en falta, peccata minuta comparada con el trabajo gordo que él hacía, el de a diario entre partido de ping-pong y charleta. No resultaba sencillo mantener el orden, pero él conseguía que aquel maremágnum de chavales (¿qué es una persona de veinte años, aunque tenga derecho al voto?) llegados de diferentes colegios y luego facultades universitarias sonase más que dignamente. Aún no se llevaba lo de darse palmaditas en la espalda para calentar —las de hacer la pelota, sí, ya fuese para que te nombrasen maestro de cuerda, te diesen un solo o te borrasen las faltas de asistencia para ir de viaje—. Puedo atestiguar que  he cantado igual con estímulo y sin él. También que, por lo que me han contado algunos profesionales, es más eficaz la palmada frontal que trasera (en algunos coros no se cortan).

 Creo recordar que dirigí mi primer concierto en la iglesia de San Andrés durante un festival navideño. Me atreví a invitar a mi amigo Juan Ignacio —no por amigo, sino por cantante de verdad— para que hiciese el solo del Come and go, decisión que me costó alguna crítica de algunos que habían aprobado sin leer los estatutos que pretendían modernizar el coro —como así fue—, y que dejaban a la potestad del director la elección de solistas ajenos al coro —al que Juan había pertenecido, luego ajeno del todo no era—. Él mismo, sin que le pidiese opinión, afeó mi pantalón granate, que desde entonces no volvió a salir del armario, pero la amistad verdadera tiene sus exigencias. Tapó las bocas de los protestantes con su voz negruna bajo un manto pelirrojo, ese envidiable vibrato sacado de su oído privilegiado y la afinación perfecta, amén de su acento. Alguno preguntaba si el pelirrojo era irlandés. Firmó varios autógrafos, me consta. Yo, ninguno.

 Pocas veces más pude dirigir al coro, y cuando D. Carlos se ausentó para siempre yo no estaba, ni habría podido seguir su estela porque me faltaban virtudes y me sobraban defectos. Tampoco habría sido capaz de sustituir a mi maestro, mentor y abuelo putativo. Ni siquiera asistí a su sepelio porque había comprobado mi poca resistencia a la lágrima cuando fui a verle en el hospital. 

 Aunque parezca esta entrada un remedo nada autocomplaciente —aunque salvífico de algún modo— de la única frase que recuerdo de mis breves estudios de griego (mataiotes mataiotetos, kai panta mataiotes*), es solo el prefacio de lo que quiero contar.


 Hace un par de semanas, uno de mis amigos del alma dejó su trabajo como entrenador. La frontera entre dejar y que te dejen es muy sutil, y unos días u horas pueden cambiar el matiz. Llegó su sustituto, ganó un par de partidos, y la euforia alimentada por los palmeros con voz escrita —aunque sea con errores gramaticales de bulto que muestran carencias básicas para su trabajo, lo del fondo y la forma, ninguno de los cuales me seduce— llevó a las masas donde querían estos y aquel. Yo me alegro por la mejoría, pero no me olvido de los méritos del saliente y el entrante. Cuando te dan hecho el trabajo gordo, si eres profesional (yo no lo era en el caso paralelo), lo fácil es agregar detallitos. Luego, cada uno sacará pecho, pechito, pechote o reconocerá su cuota de éxito y agradecerá la de su antecesor.

 Dice mi amigo, el cesante o cesado, que la medida de lo que somos es lo que hacemos con lo que tenemos. Pasar de cero a cien es lo duro, lo que engendra la mayor dificultad. Aprovechar el viento a favor —y algunas habilidades valorables— para alcanzar los 110 quizá te dará la victoria, pero que nunca se te olvide quién te dejó el coche a 100. 

 *Vanidad de vanidades y todo vanidad.