domingo, 17 de abril de 2016

RUGBY: LA FINAL PUCELANA DE LA COPA

Me perdí el partido por vago. Lo fui dejando "para mañana". Nadie pensaba que habría tantos aficionados al rugby, la verdad, y me quedé sin entrada. 
Es de los pocos deportes que no he practicado, más por miedo a que me rompieran, para lo que no necesitaba ayuda, que por otra cosa. En mi colegio, el Sanjo, había un equipo que en 1986 se fusionó con El Salvador, pero no me sentí con fuerzas ni de probarlo, por si las moscas.
Unos días antes del partido releí con calma las reglas, no del deporte en sí, sino de los asistentes, publicadas en la prensa. Bien sabían "Chamizos" y "Queseros" la que se les venía encima. Organizar y celebrar un partido de rugby en el estadio de fútbol tiene sus contras: futboleros y rugbiers no son la misma especie y había que advertirlo. Lo que vale para unos no sirve para otros. 
Viendo el partido me di cuenta de que el mensaje había calado. 
1.- El árbitro no es un muñeco de pim-pam-pum sino un juez respetable y respetuoso (aunque el de hoy les llamaba de tú, algo heterodoxo, quizá por mor de su juventud). Además se oye lo que dice el árbitro cuando sanciona o explica algo.
2.- Lo que hace mal uno lo pagan todos (¿protestas? pues sanción para el equipo).
2.- Las aficiones se mezclan y no pasa nada.
3.- Lo que en el fútbol es agresión, en el rugby es parte del juego.
4.- El vencedor hace pasillo al perdedor, y después al contrario (¡y hasta se felicitan!)
5.- Hay un tercer tiempo, en el que comparten las cañas (no sé quién paga, si el perdedor por cagarla o el vencedor por ser generoso).

Puestos a ser puntillosos, algo he echado de menos en un deporte tan bien reglado como el rugby, tan protocolario, tan elegante y caballeroso, tan ejemplar, tan inglés (que no siempre es sinónimo de ejemplo). Cuando Su Majestad, el Rey Felipe VI, que ha acudido tras la insistencia del alcalde, les ha entregado los trofeos, no he observado una señal de respeto hacia el monarca. El protocolo aconseja, que no exige, una inclinación de cabeza, no digo una genuflexión. No creo que sea cuestión de ideología: había de un lado y del otro, y creo que abundaban los monárquicos, por lo que conozco a algunos jugadores. Ese detalle, nimio quizá, se les olvidó.  
Es el único "pero". Por lo demás, "chapeau". 
Habrá que pensar quién merece el estadio, si el Real Valladolid o el VRAC y El Salvador. Enhorabuena a los dos últimos.

Pd.- Al menos dejarán de llamarnos "Fachadolid". No es poco logro.

sábado, 30 de enero de 2016

BLACK, ARABIA Y QUINTO MILENIO

Por desgracia no hemos descubierto el elixir de la eterna juventud. Tampoco podemos prever los accidentes (hoy mismo he presenciado uno a pocos metros de mi casa) que tiran por tierra los mejores análisis de sangre y orina.
Black era un cantante del que nos quedó "Wonderful world", un tema sencillo y pegadizo que acompañó tardes y noches de quienes salíamos allá por finales de los ochenta. Después de su efímero éxito con pseudónimo, continuó su carrera como Colin Vearncombe, su verdadero nombre, mucho más bonito pero por lo visto menos comercial, lo cual suele ser sinónimo de mejor. También pintaba, como tantos otros que, de no haber sido antes músicos o escritores, habrían pasado a la posteridad como pintores, tales como Alberti, las hermanas Brontë, John Berger, D.H. Lawrence, Poe, Mérimée y un etcétera de egoístas que atesoraron de forma nada democrática habilidades artísticas.

Alejandro Sanz (para gustos pintan colores,  perdón por el cambio de tercio) decía hace poco que compuso una docena de canciones para una chica, Arabia, una belleza con voz agradable, pero que alguien le aconsejó que las grabara él mismo, en un momento de su carrera en el que aún no había dado el salto vital. La cosa es que vendió un millón de ejemplares del disco "Más". La pobre Arabia, María Antonia Alarcón, más conocida como la Macarena del culebrón venezolano "La loba herida" se estará aún tirando de los pelos. 

Conocí a Arabia, Antoñita Mari, como la llamaba su abuela, un verano en Fuengirola. Guapísima, simpática, y muy artista. Cantaba pop o flamenco, según la hora, porque tocaba todos los palos con desparpajo. Quería hacer los Madrides, (las Américas de andar por casa) y los hizo. Tuvo su momento de gloria como cantante, actriz y presentadora. Luego desapareció. 
Una noche la vi en Telemadrid, presentando un programa de variedades. Yo, que soy un poco Antoñito el fantástico, compuse una canción para ella y escribí una carta en la que le recordaba nuestro breve encuentro, nuestras charlas musicales, y la envié a Telemadrid. Como no existía internet ni forma de conocer su paradero puse el nombre del programa y "a la atención de Arabia". 
Años más tarde, en mi casillero apareció aquella carta... como devuelta, con matasellos en caracteres árabes. Por lo visto, había dado más vueltas que Elcano. 

Hablando del mundo, cuando escribo algo para este blog, antes de publicarlo, echo un vistazo a las estadísticas y descubro varias cosas que rondan el misterio. No logro explicarme de dónde salen tantas visitas desde la India y desde Nepal, donde mi amigo Tula bastante tiene con sobrevivir a la violencia geológica que hace meses se desató, aunque también hace mucho que no dan nada por la tele, como si sólo mereciera portada el primer terremoto y ninguno de los siguientes que aún no han cesado. Será que en Nepal no hay petróleo  ni diamantes, que se sepa. Tampoco me explico las de Alaska, donde no conozco a nadie, ni las de México.  También debo de tener seguidores en países del Báltico y alrededores. En Vietnam tengo un conocido, que no justifica el seguimiento que sugiere el mapa. En Arabia nadie me lee.
Otra cosa que tampoco entiendo es por qué ni cómo he pasado de la cifra de 35 seguidores a 28 en apenas dos semanas.
Menos aún alcanzo a comprender por qué he pasado de una media de 20 visitas a más de 200 en días sueltos, e incluso 800 un par de veces, y vuelta a las veinte. Reconozco que mis escasos conocimientos de estadística no dan para más.
A cualquiera que publique algo le gusta que lo lean. Hay quien dice que sólo le interesa la calidad de sus lectores, y se conforma con dos pero excelentes. Para eso, pienso, no hace falta más que el correo.




sábado, 23 de enero de 2016

HOTEL CALIFORNIA

Con pocos días de diferencia se marcharon David Bowie y Glenn Frey. Sin entrar a valorar los méritos de uno y otro, no hay duda de que el primero ha dejado una huella más profunda, acaso porque no tuvo que compartir nombre en una banda y firmaba sus discos. Entre los míos he encontrado un doble álbum de grandes éxitos que debí de comprar hace años, aunque aún no lo he escuchado esta semana, como es preceptivo cuando me impongo un homenaje a los músicos que nos van dejando. Será que he estado ocupado con otros menesteres, como el cuádruple álbum de Sinatra que mi hermana pequeña me regaló estas navidades, o el de fados que me dejó mi esposa sobre los zapatos la noche de Reyes. 

Del cantante de Eagles sabía bien poco. Ni siquiera el nombre. Envidio a algunos de mis amigos que conocen no sólo al intérprete sino al compositor, arreglista, (otra vez el autocorrector me obliga a repasar mi ortografía), y los músicos de sesión que aparecen en un disco. Lo que sé es que su muerte me ha recordado un episodio, otro más, de mi juventud.

Estudiaba C.O.U. en el colegio de los jesuitas, allá por el curso 82-83, cuando alguien propuso hacer una fiesta de disfraces por algún motivo que se me escapa, que cualquier ocasión era buena.
Aquel año se había incorporado un compañero que venía de los agustinos, un tipo peculiar, un poco raro, que se hizo un hueco entre los que llevábamos once años pagando religiosamente, cómo no, la matrícula, las mensualidades y la cuota del psicólogo al que por fortuna sólo veíamos cuando pasaba los tests a toda la clase. Gonzalo no tardó en presentar sus credenciales: a los diecisiete años era locutor de radio, y su dicción impostada llamaba la atención. Tenía una extraña forma de darnos la mano, de dirigirse a los profesores y, en fin, de ser. Pero nos caía bien. Y a alguna de las chicas, que sólo entraban en aquel reducto masculino para hacer C.O.U., también. Pronto hicimos migas, puede que por mi costumbre o manía de recibir a los nuevos como el relaciones públicas del curso, tarea no exenta de riesgo que en años anteriores me había sido encomendada por el tutor correspondiente.  El caso es que aquel año, que sería de recuerdo infausto si sólo me atuviera a mis notas, peor que lamentables, acabó siendo memorable.
Cuando empezamos a preparar la fiesta de disfraces, Gonzalo me propuso cantar "Hotel California" a dúo. El tío, además de ser  superdotado, lo que ahora llamamos "alumno con altas capacidades", cantaba y tocaba la guitarra. Yo no tenía idea de qué canción era esa, acostumbrado a lo clásico que demandaba mi profesora de piano, así que le pedí que me iluminara. Quedamos un día, y ensayamos el tema de Eagles hasta desgañitarnos, porque me pillaba demasiado alto, y el sol agudo era una barrera infranqueable para mí. Cuando me tenía ganado, dejó caer que además ejerceríamos de maestros de ceremonias. Eso sí, teníamos que mantenerlo en secreto, para epatar (vete a la mierda, corrector de pacotilla, que no quiero decir "empatar") a los compañeros y, sobre todo, a las compañeras. A nadie sorprendería que los dos payasos oficiales de la clase fuéramos los presentadores del acto, pero la traca final para cerrarlo nos colmaría de bendiciones (excepto las de los curas, que a él le perdonaban sus excesos porque los compensaba con notas brillantes, pero a mí me pasaban bien pocas). Buscábamos la gloria efímera en forma de beso, muerdo o quién sabe qué más, pero gloria, al fin y al cabo.
La mañana del jueves, día previo al de autos, amanecí sudoroso, febril y contrariado. Me quedé en cama, con la esperanza de sanar a tiempo. Por la tarde, Gonzalo y Toño, otro que además de inteligente era deportista y guapo, vinieron a casa para asegurarse de que no había hecho novillos, ya fuera para cuidar la voz o para librarme de alguna clase coñazo, aunque no era mi costumbre. Cuando comprobaron que realmente estaba enfermo, me comunicaron lo que el coordinador les había mandado.
-Ha dicho el padre San José que te saquemos de la cama, aunque sea a rastras, pero que no le vas a fastidiar el evento.
Por lo visto, el tal padre, a quien me unía una relación de odio- más odio, sospechaba de mí, que había pertenecido al coro y orquesta del cole y me consideraba apto al menos para cantar y animar el cotarro, cosa que en las clases le fastidiaba sobremanera. Cierto era que nos caíamos como una patada en la boca del estómago, pero mi afán por lucirme delante de mis amigos, que eran la mayoría, y sobre todo de las chicas, que eran minoría pero muy dignas de atención, superaba mi animadversión hacia él, que enseñaba filosofía, uno de los huesos del año. 
No sé si no fui porque me encantaba la idea de reventar el festival o porque mi madre me impidió abandonar la cama, aunque en el fondo me quedé con las ganas.
Podría haber contado que un compañero me cantó "Hotel California" y me gustó, simplemente. Pero entonces este blog sería una cosa distinta.



sábado, 12 de diciembre de 2015

GONZÁLEZ & SINATRA (& DÍAZ, & DOMÍNGUEZ...)


Hace cien años nació Frank Sinatra, un estadounidense de origen italiano, en Hoboken, Nueva Jersey. Para un hombre al que perforaron un tímpano durante el parto, dedicarse durante casi sesenta años a cantar con semejante clase y gusto no es poco. Parece que se restableció, afortunadamente. Como no me consta que en aquellos tiempos se utilizaran afinadores electrónicos de estudio, lo suyo tenía mucho mérito. 
Indefectiblemente, cada vez que pongo un disco de Sinatra (y en muchas más ocasiones) me acuerdo de mi padre. Ni en casa ni en el coche faltaba nunca un cassette o un CD de Frank, así que puedo afirmar que crecí en su compañía. 
Muchas tardes mi padre se acostaba en el tresillo del salón, mientras yo practicaba en el piano los estudios de Czerny, "El clave bien temperado" de Bach o las sonatinas o sonatas de Clementi, Mozart o Beethoven. Él se aburría tanto como yo y a poco de empezar me soltaba desde el otro lado del salón:
-Oye, chico, ¿sabes esa que va y que dice...? Y empezaba a tararear "Strangers in the night", "My way" o "New York, New York". 
Yo cambiaba de estilo, poniendo cara de fingido fastidio, aunque felizmente liberado por imperativo paterno y le complacía tocando de oído lo que me iba sugiriendo Mi madre no tardaba en entrar en la habitación para reprenderle.
-Fernando, que el niño está estudiando.
-Bueno, sólo una -respondía él, aguantando las risas.
Al final eran varias, que en no pocas ocasiones terminábamos cantando, cada uno con su inglés, hasta que mi padre se dormía y yo cerraba la tapa del piano para dejarle reposar la comida, probablemente soñando que era Frank Sinatra con una caña de pescar, cantándole a las truchas del Pisuerga palentino o el Hudson newyorkino (si bien las americanas arcoiris eran bobaliconas comparadas con la trucha común y para mi padre suponían un contratiempo cada vez que pescaba una de las no autóctonas, que identificaba sin disimular su desencanto en cuanto mordían el señuelo en forma de mosca, seca o ahogada).
Dos o tres veces por semana me tocaba repetir en las clases particulares de María Jesús, mi profesora, lo poco que había estudiado en casa. Aprovechaba los cambios de obra para incluir los grandes éxitos de Sinatra, lo cual acarreaba bronca.
-Eso no entra en el programa, -protestaba María Jesús, más por obligación que convencimiento, porque sé que le encantaba escuchar mis interpretaciones, aun siendo contrarias a lo estipulado.
-Es que a mi padre le gusta.
-Pues hablaré con tu padre -sentenciaba en tono amenazante, al tiempo que insistía en que repitiera unos cuantos compases de la obra obligada, esa que todos los aspirantes a pianista teníamos que tocar en el examen.
(Hace un par de años me la encontré con su marido, y este aún recordaba mi poca aplicación, muerto de risa, y mi querencia por los no clásicos).

Años más tarde, Frank seguía llenando mis vacíos, que eran muchos y no siempre sonoros. En el último coche de mi padre, un Horizon diesel, ruidoso como un tractor, descubrí "It was a very good year", rebobinándola constantemente. Podría haberme matado al descuidar el volante, que algún susto me llevé, si bien un forense habría descubierto el origen de mi despiste analizando la cinta, tostada en los minutos que duraba la canción, para alegría de la compañía de seguros.  

Mucho después llegó el súmmum. Me encontraba en Santiago de Compostela, en casa de mi íntimo amigo Germán, mi querido zanfonero loco, disfrutando de su compañía benefactora y comprensiva. Después de comer, varios chupitos de orujo casero, blanco y verdadero mediante, estábamos ambos frente al ordenador, rodeados de gatos, Nefertiti y su prole, los que me curaron mi alergia al pelo de bicho, poniendo vídeos alternativamente. Los gustos de Germán no suelen coincidir con los míos, excepto cuando Sting canta a Dowland (ese mismo día él criticaba que el músico inglés saliera en la televisión tocando un laúd afinado como una guitarra, cosa que le recordé otra noche en mi casa, cuando cambió de opinión y no le quedó otra que reconocer su volubilidad en aquella cuestión), y solíamos  (solemos) enfrascarnos en cuestiones profundas de afinación, interpretación, fidelidad y zarandajas varias que nos mantenían y mantienen, pese a la disparidad de criterios, unidos en lo bueno y en lo malo. 
Al segundo trago, o como mucho vigésimo-cuarto, apareció Sinatra cantando "That´s life". Nos quedamos embobados escuchándolo. Me sorprendió su paciencia con el ratón, conocida su hiperactividad, dejando que la canción terminara. Puede que influyera mi reacción: en algún momento me invadieron unas ganas irrefrenables de llorar, y vaya si lo hice: a chubascos, a riadas, a mares. Me miraba a sabiendas de que aquel caudal de lágrimas salido de vete a saber dónde obedecía a algo más que la emoción puramente musical. Con su sonrisa casi permanente, que no es un santo y tiene sus momentos, me preguntó:
-¿Qué te pasa?
No acertaba a responder. Solo lloraba.
-¿Demasiado alcohol?
Puede, pensé, pero tampoco contesté en voz alta.
Tragué tanta saliva como lágrimas había desalojado, y en el breve espacio que  mi ánimo me concedió generosamente, recité mi sermón de las siete palabras con intervalos nubosos.
-Sinatra era el favorito de mi padre.
Y seguí llorando, no hasta deshidratarme, porque lo estaba bastante. 
Germán me hizo una carantoña, quizá me diera un beso, o un apretón en el hombro, y volvió a sonreír como sólo lo hacen los tipos como él, a los que siempre tenemos en mente aunque pasen meses sin escuchar su voz, los que se ganan la amistad dando y pidiendo de forma natural, pero nunca exigiendo. Como mi padre. O como Sinatra. 

PD.- Después de colgar este texto homenaje a muchos, mi siempre amigo Juan Ignacio me recordó que tenía un cassette de Frank Sinatra que mi padre le regaló, y que lo había trillado de escucharlo en el coche, de Madrid para acá. Como Domínguez Ruano (de 727), pese a ser leonés, canta como si fuera inglés, creo que merece figurar, aunque sea en la posdata, en esta entrada, por compartir conmigo no sólo los gustos musicales y granjearse la amistad de mi padre, que lo apreciaba como a un hijo, sino muchas otras cosas, entre ellas un par de relojes que a mi padre le pareció que lucirían perfectamente en su muñeca. 
-Si se los vendo a un amigo, puedo verlos de vez en cuando y me parecerá que no han dejado, de algún modo, de ser míos.
Cosas de mi padre.




lunes, 23 de noviembre de 2015

¿DÓNDE ESTÁN EL FOTÓMETRO, EL ALTÍMETRO Y EL CONDENSADOR DE FLUZO?

Abro las ventanas del dormitorio. Hay niebla hasta en el patio. 
-Me arreglo y salgo a hacer fotos -pienso, porque el bostezo me impide decirlo en voz alta.
Cuando llego a la calle, la niebla anda desperezándose, por lo visto tenía más sueño. 
Como en el juego de la oca, voy de puente a puente, los que enmarcan mi casa. El primer disparo lo hago a toda prisa, no vaya a escapárseme un pájaro muy fotogénico, al menos a veinte metros o más, ni idea de la especie, que la miopía manda. Luego los árboles, más puentes, unos piragüistas perseguidos por patos, otro pájaro volador, una escultura que disimula la ventilación de un edificio de la junta, el óxido previsto por el arquitecto, más edificios modernos, todos cuadrados o rectangulares, como un muestrario de materiales, lo que manda la tendencia actual, vienen a facilitarme la tarea. 
El puente de hierro, el colgante que cuelga poco, mucho para el año en que se construyó, me tiene entretenido. El metal es muy agradecido, sobre todo en mate, que así los reflejos no interfieren. Un fotógrafo, o un señor con una réflex y teleobjetivo pepino, hace el camino contrario por la otra acera, parándose a cada poco. No sé qué mira, tampoco me importa. Nos escrutamos con poco disimulo, a ver cómo pone este la mano izquierda, que es lo importante y seguimos a lo nuestro. Quizá se ría de mi cámara, que es pequeña y suave, pero no peluda, como Platero, y encima parece antigua, aunque tenga tarjeta de memoria. Precisamente la compré por eso. Luego comprobé que además hacía fotos.
Hay un parque al cruzar el puente. Hojas y más hojas, del haz y del envés, todas pidiendo a gritos un retrato. Me siento en un banco de piedra, coño, qué frío; mejor de pie, no vaya a acatarrarme, que los catarros entran por donde uno menos espera, siempre lo dice mi madre, "ponte la faja, hijo"; en cuclillas quizá, si no me falla la rodilla esta que me da guerra los martes, cuando juego al pádel con los amigotes. Vuelve el de la Nikon siete mil y pico, mira de nuevo a mi cámara, sorprendido, asustado de que se pueda ir por ahí con semejante antigualla.
-Buenos días, -saludo, sacándole del asombro que causa mi cacharrito a los profesionales. -Hace una mañana preciosa, -continúo, riéndome por lo bajines de mi frase más bien bobalicona.
-Sí. 
Silencio.
-Y no se te congelan las manos, -añado, por prologar la charla en los márgenes de la cortesía.
Más silencio.
-Hay unas telarañas en el puente. 
Y me cuenta más cosas que no entiendo.
-Que disfrutes, -digo a modo de despedida.
Vuelvo a casa. 
Al día siguiente hay más niebla. Por algún motivo hago el camino al revés. Más pájaros, piragüistas, árboles, óxido...
El mismo fotógrafo se cruza.
-Buenos días, -saluda.
-Hola, buenas.
-Has hecho lo de ayer pero en sentido contrario, -dice, como si me hubiera estado persiguiendo.
-Pues sí, -respondo afirmando lo obvio.
-Sé por qué. La niebla, la luz, la hora... -y me explica, o me resume, el manual del fotógrafo profesional.
Asiento. Nos despedimos. Hasta otra.
Tiene razón en lo de la hora. Ha sido una buena idea hacer el camino del revés. Las últimas fotos habrán salido movidas, o sea, de autor. Tal como suponía, casi me cierran el kiosco y la panadería. Por los pelos. Ya pensaré otro día en la luz y la niebla, en el manual de instrucciones y en los consejos de Pilar, mi maestra fotográfica en la sombra, más hábil con las tijeras que el sastre de Cocó Chanel. 




lunes, 2 de noviembre de 2015

LX SEMINCI


LX podría ser una talla para los que se visten por los pies, pero no. Van ya sesenta ediciones de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, la sesentava, que diría aquél (o aquel, según la norma de la RAE que algunos de los académicos no secundan, presumiendo de clásicos). Y, como todos los números redondos, hay que celebrarlo (excepto el cero, aunque sea el más redondo).

Por la trigésimo (o trigésima) primera SEMINCI (o "seminchi", pronunciación "alla italiana" de mi padre, como si fuera la Mostra de Venecia), yo estaba recién llegado del servicio militar, con la cabeza como un bombo, el que me adjudicó un brigada cuando le dije que estudiaba música, cosa que no era cierta del todo, porque ni la había estudiado realmente, más bien leído por encima, ni a mis veintiún años tenía idea de proseguirla. Me preguntó si sabía armonía, a lo que respondí que según quién le preguntara. Entonces me otorgó el bombo que, como todo el mundo sabe, es instrumento de enjundia, sapiencia y base de todas las músicas, al que con razón los ingleses llaman "bass drum" (aunque "bass" no sea base, para qué engañarnos). La persona que me examinaba de armonía en el conservatorio opinaba que mi forma de construir voces sobre un bajo se alejaba de los cánones clásicos, lo cual quedó demostrado (al menos por y para ella) con tres suspensos y un mísero aprobado en la cuarta convocatoria. Años después, en segundo de magisterio (lo de ser maestro, que es lo que soy sin ser "magister" en nada) volví a coincidir con aquella mujer, que aun siendo cardo tenía nombre de flor amable,  y acaso su memoria fuese mejor que la mía, porque me castigó con un nueve en lo que había sido algo más cuando cursé segundo de solfeo, el equivalente al nivel musical que se exigía en la carrera. 


Una tarde me llamó un amigo, que hoy es director del conservatorio, qué cosas, para ofrecerme un trabajo. Se trataba de tocar melodías facilonas al piano en una tienda de ropa, como hilo musical. El dueño del negocio y yo nos pusimos de acuerdo en dos minutos, (me confesó después que catalogaba a las personas según los dientes, como a los caballos, y los míos debían de estar limpios aquel día, o se me escapó un relincho cuando calculé mis ganancias mensuales) y pasé más de un año frente a un piano electrónico entre pantalones y jerséis, saltando de Sinatra a Nino Bravo, de Supertramp a Stevie Wonder, o de Billy Joel a Elton John, que era saltar poco. Los clásicos me daban alergia, y más después de que un cliente recriminara mi poco interés por haber interpretado un momento musical de Schubert en un tono que no era el original (por fortuna sólo se centró en la tonalidad, así que no me fue tan mal con su crítica, pese a todo, amable). A mí, que tocaba casi de oído y me daba lo mismo re que sol, o arre que so, y desconocía el significado oculto de componer con dos bemoles o tres sostenidos, me pareció una señal de que mi camino no iba por ahí, considerando que habría pocos puristas que conocieran la tonalidad original de "New York, New York", quizá modificada en directo por la tesitura de Frank Sinatra. 

Un día, de esos entre ropa y piano light, alguien llamó por teléfono para interesarse por el pianista. Quiso la casualidad que yo me encontrase en ese momento tocando, porque éramos dos los que nos repartíamos el horario comercial, y reconozco que el otro, Eddie, un brasileño autodidacta, tocaba mejor que yo, con sus dedos de guitarrista reacondicionados para el piano. La llamada provenía del dueño de unos cines al que se le había ocurrido que sería buena idea poner música de fondo a las películas mudas que programaba la SEMINCI en un ciclo dedicado al septuagésimo quinto aniversario de la Paramount. Su propuesta era interpretar melodías de cine mientras se proyectaba la película, tanto daba a la que pertenecieran, sólo por hacerla más llevadera. Creo recordar que nos entrevistamos al día siguiente y, tras ajustar el precio, accedí.

Los entresijos de un festival de cine, o al menos del de Valladolid, son caprichosos, pero eso no importa al espectador si al final la cosa sale bien. Me dieron el guión de cada película, y los intertítulos para que me sirvieran de pista. Como no había piano disponible, llevé mi sintetizador DX7, y con un sonido más de pianola que otra cosa, sentado en un taburete con el aparato apoyado en una caja de madera, decidí sobre la marcha que quizá tocar "Lo que el viento se llevó" no pegaría mucho con "Wings", en la que Gary Cooper tenía un papel tan breve que al pobre lo dejaron sólo ante el peligro nada más aparecer, y se estrelló un par de minutos más tarde, pues por lo visto se le daba (o daría) mejor manejar un Colt que un avión. Al menos se ligó a Clara Bow.
Otra de las que toqué fue Moana, más bien un documental. María, la traductora, con quien años más tarde coincidí en el Coro Universitario, pensó que "robber crab" era "cangrejo Roberto" y desde aquél día, aunque le hice ver que pegaba más con el hecho de que el crustáceo era un ladrón, me llamaba cangrejo cada vez que nos veíamos sin disimular la risa que ocultaba su metedura de pata (de cangrejo, claro). Carlos, que era hijo de mi practicante, o sea, del que me ponía las inyecciones en el culo cuando estaba enfermo, tenía un verbo fluido y traducía directamente con una facilidad asombrosa. Como las salas estaban atestadas de público, compartíamos su cabina, lo cual facilitaba la parte técnica, la de los enchufes y conexiones para que se oyeran la traducción y la música, y además nos daba pie a hacer chascarrillos en los descansos. Antes de la proyección charlábamos sobre la película, y sus comentarios me ayudaban de algún modo a situarme, aunque a veces trataba de despistarme contándome mentiras para ponerme a prueba, o retándome a cambiar los papeles, él de pianista y yo de traductor, a lo cual nunca accedí. 
En años sucesivos llegaron otros ciclos, y el de Murnau con Fausto, que me deparaba una sorpresa. Después de tocarla en una sala de los Manhattan, se decidió un pase especial en el Calderón, que era sede y sancta sanctorum del festival. Allí me volví tonto del todo, con presentación personal a cargo de Juan Carlos Frugone, entonces subdirector, que luego ascendió a director cuando lo dejó Fernando Lara, y el foco apuntándome o más bien cegándome, lo que acentuaba mis andares de pato mareado. Creo que aquella vez tuve un orgasmo no genital, aunque jugaba con el público a favor, porque el teatro estaba lleno de amigos a los que regalé la entrada, tales eran mis prebendas, y algunos actores a los que amenizaba las copas en el hotel Olid Meliá vinieron a escucharme en mi faceta creativa tras soportar la de entertainer, la de hilo musical. 

Descubrí a Dreyer, hice lo que pude con Juana de Arco, y algún autor español me ubicó en el cine patrio ("Moros y Cristianos", una de 1926), con la inestimable ayuda de la familia Gandía Martínez, cuya madre, Carmen (que ha cumplido noventa esplendorosos años esta misma semana) y sus hijas me cantaron "Paquito el chocolatero" hasta que fui capaz de tomar apuntes más o menos válidos para acompañar la proyección.

En algún momento dejaron de programar cine mudo y, por ende, de contar conmigo. 

En la tienda me sustituyó un equipo de música. En la SEMINCI no lo sé. En el hotel, Eddie, que se lo merecía, y hasta me dejaba sustituirlo mientras se tomaba un café.

Cuando la efímera fama nos abandona, persiste su recuerdo. José Luis Castrillón, amigo de la infancia y aficionado al cine, amén de ex colaborador de la SEMINCI, lo mencionó esta semana en el periódico, cosa que provocó este texto. 


sábado, 24 de octubre de 2015

FOTÓGRAFOS VIAJEROS DE AYER Y HOY

De fotografía sé bien poco. Cuando salía de viaje con mi cámara "al hombro", que ahora es "en el bolso", me las acababa apañando para salir en alguna foto, ya fuera usando el disparador automático, con el riesgo de aparecer desenfocado, o pidiendo a algún acompañante que me hiciera un retrato. Si el viaje era en solitario, nunca faltaba un paisano a quien pedir el favor. Era el testimonio de que había estado allí, y servía para responder a quienes quisieran "disfrutar" de mi viaje en diferido, cuando preguntaban: "pero... ¿las has hecho tú o son de algún amigo? Es que como no sales nunca...". Antes de disparar calculaba las fotos que llevaba, los carretes que me quedaban, y los días que faltaban para terminar el viaje sin que sobrasen días ni faltasen carretes. Al llegar a casa, los llevaba a revelar y unos días después volvía a la tienda, lleno de emoción e incertidumbre, para ver cuántas se salvaban, que solían ser bien pocas. En la tienda ofrecían la posibilidad de no cobrarte las desenfocadas o cortadas. Alguna vez hasta me hacían la selección, creyendo que la torre Eiffel con una mancha delante era indigna de pasar a mi álbum. La mancha era yo.
Los tiempos cambian. Hoy es frecuente que mientras enfocas y buscas la foto, LA FOTO, esa que provoque la envidia de tus amigos, esa que aún no he conseguido ni creo que consiga, te metan un palo de selfie por el ojo. Los viajeros parecen más interesados en salir en todas que en otra cosa, ni siquiera en ver, contemplar, disfrutar, gozar del paisaje directamente, no por la pantalla de la cámara que ni siquiera es cámara sino teléfono móvil, o smartphone, que suena más molón. 

Hace un año, una empresa japonesa (no suelo dar publicidad, y menos gratis) sacó al mercado un cacharro que es más cámara que teléfono. Han vendido tres. Ignoro las causas, pero creo adivinarlas: el usuario de móvil aprovecha que sirve para hacer fotos, pero si lo dominante es esto último, parece que le descoloca. Puede que el precio sea un poco excesivo, alrededor de los novecientos euros, pero me da que ese no es el problema, ahora que veo a críos de catorce años con cacharros de la manzanita, que usan para cuatro cosas: guasapear, jugar, colgar las fotos de sus correrías y, muy de vez en cuando, hablar si les llaman, porque en eso son muy celosos.

En un par de ocasiones, el hecho de pedir a uno que pasaba por allí que me hiciera una foto me sirvió para no pasar las vacaciones solo. Concretamente por pedírselo a una (que fueron dos). La primera me enseñó la ciudad y me hizo disfrutar como un animal, desde todos los ángulos posibles. La segunda... más o menos lo mismo, pero en diferente orden (hipérbaton se llama) aunque sólo vi la ciudad desde (entre) cuatro ángulos, los del marco de la ventana.


Pd.- Hay quien es capaz de montar una exposición con las fotos que desechaban en las tiendas. Lo llaman arte conceptual, o contemporáneo, o algo así.