sábado, 27 de noviembre de 2021

EL RÍO DEL OLVIDO


 A veces necesito escribir cuando no tengo ganas de nada. Por desgracia, hoy es uno de esos días. Perdonaría la necesidad si pudiera evitar el motivo, pero ayer se fue Alberto, y Alberto no es (era, aunque seguirá siendo) una persona cualquiera. 

 La suerte que ayer se le negó tuvo un rato de lucidez (para mí al menos) en 1986 y nos juntó en la misma clase de la escuela de magisterio, especialidad de filología inglesa. Su habla tranquila, su tono de voz y su madurez contrastaron con los míos. Quizá fuera esa la razón que nos unió; la de los polos opuestos o los complementarios o lo que cojones sea (la función terapéutica de las palabrotas es innegable y hoy me salen solas). Nos hicimos amigos sin esfuerzo, con la naturalidad que fluye como el agua de los ríos: desembocamos el uno en el otro, afluentes mutuos sin nombre impuesto por razón de longevidad o longitud, Duero y Pisuerga. Tomábamos café, canapés o cañas entre clase y clase (sin pirarnos ni una), en la cafetería de la escuela, la de Montse y Pepe. Regresábamos a casa en mi SEAT 850 (que no era solo mío, también —o más— de mi hermano, que solía pagar la gasolina), y alguna vez llevamos a su casa al profesor de religión (que bendijo el vehículo mientras Alberto tapaba una pegatina obscena del salpicadero). Gracias a él aprobé las matemáticas de primero (con un cinco del que cuatro puntos salieron de su paciencia la tarde anterior, en su casa, con sus padres atentos a nuestra tranquilidad, café y merienda mediante). 

 Al año siguiente se sumó el bueno de Jose (otro sin tilde), el dibujante-liante. Yo compaginaba mis estudios con el trabajo en los grandes almacenes más grandes de la ciudad, y allí prestaba sus servicios el que acabó convirtiendo el dúo en trío. 

 Muchos chupitos de melocotón (qué invento) en cientos de noches fraguaron nuestra amistad de hombres sin mujeres (ni falta que nos hacían, aunque acabasen por llegar sin ligar). La única vez que Alberto se mosqueó un poco (menos de lo que merecía la afrenta), fue por culpa de un chupito, pero encajó la ofensa con el estoicismo del amigo que perdona el exceso alcohólico. Eso queda en la memoria del trío.

 Hace algo menos de un mes leí en su FB que estaba pachucho (la pachuchez es un término subjetivo, y Alberto tenía un don para quitar hierro a lo objetivo). Le pregunté si le apetecía quedar para comer con Jose y conmigo, y me respondió que estaba flojo, pero me avisaría en cuanto se repusiera. Y por no sé qué (o sí), no quise preguntar más. Confiaba en  su recuperación y llamada. Ayer se truncó el plan.

 El adagio Dios nos libre del día de las alabanzas justifica tanto la tendencia a engrandecer la figura de quien se va como las pocas ganas que tenemos de que nos lleven.  Alberto, el día después de su partida, merece toda alabanza. Como un río, tendría sus meandros, sus aguas bravas, espumas y caudal desaforado. Sus días, vamos. Yo solo le conocí unos minutos de mosqueo (no cabreo) en los años que compartimos. Y vaya si tenía razón (mal que nos pese a Jose y a mí, que fuimos un poco perros, chupitos mediante). Sé que nos perdonó al rato (¿quién invita a su boda a unos cabrones?). Y no opino: sé que, como ayer me decía su esposa, fue una buena persona. Joder (perdón): buena persona se le queda pequeño. 

 Querido Alberto: eres (ahora arriba, que es ser para siempre) un tío cojonudo. Y sentirme amigo tuyo (en la cercana lejanía/lejana cercanía de los quinientos metros que separaban nuestras viviendas) es, sin duda, un honor que no sé si merezco. Por si acaso, te pido perdón por no haber estado más atento. La vida esta que soportamos nos entretiene en lo trivial y nos aleja de lo primordial, pero si algo aprendimos en la escuela de magisterio, es que no solo estamos para enseñar sino para no dejar de aprender. Y aunque figurar en mi directorio no sea un honor per se, lo es para mí. Será que el Sumo Hacedor tiene un poco de soberbia y quiere presumir de obra bien hecha y te llamó (sin pedirte opinión) para ponerte en alguna hornacina, privada o publica, pero ejemplar. Provenir de un pueblo llamado Sancti-Spíritus tenía esta servidumbre. 


 P.S.- La fotografía que encabeza este texto es la dedicatoria de un libro que me regalaste (bien lo sabes). Espero que me perdones, pero el título es lo menos certero que se me ocurre. Estoy seguro de que Julio Llamazares, si supiera nuestra historia, lo cambiaría por "El río continuo" o "El río que no cesa" o cualquier otro que no incluyera la palabra "olvido". A un señor como tú no se le olvida, por muchos chupitos de melocotón que se beban. Y perdóname si no estoy muy fino con el teclado, pero he tenido un mal día, no por tu culpa, pero sí por ti. Descansa en paz (te la ganaste), querido Alberto. 

 

 

 


domingo, 7 de noviembre de 2021

MISCELÁNEO QUE ES UNO

 (Todos nacemos misceláneos, que viene de mezcla. No hay ser, que yo sepa, sin mezcla, excepto aquellos que provienen de hermafroditas que se autofecundan y reproducen, aunque sean minoría. La consanguinidad tiene un algo de esto. Me inclino a pensar que mis desvaríos seudoliterarios están más cerca de la mezcolanza o falta de rigor u orden interno que me adorna. Quienes me conocen bien podrán ("quienes me conocen bien, podrán..." o "quienes me conocen, bien podrán...," qué horrorosa duda) seguir mi pobre argumento sin esquema. Que mis vecinos griten en la sobremesa del domingo no me ayuda).

 

Acababa de salir de la terapia para dejar de fumar (mi fuerza de voluntad anda cercana a la de flaqueza) cuando recibí un mensaje en el móvil. Mi amigo tocayo me ofrecía/recordaba su amistad —porque de algún otro amigo le había llegado el soplo certero de que no ando bien de ánimo— en forma de charla, comida o café (es un decir, ninguno de ambos somos cafeteros). Luego supe quiénes habían sido sus informantes, que, curiosamente, no habrán leído en su vida un  manual de autoayuda, "buenismo" ni frases de misterguonderful, ni falta que les hace. Llevan en su sangre un cromosoma rural, de hombre que sabe si va a llover, si barrunta tormenta o si pintan bastos que los hace inmunes a la idiotez con solo asomar la nariz por la ventana. Viven ajenos a las nuevas tecnologías, a la mercadotecnia (lo que algunos llaman marketing porque creen que es más cool y los convierte en más guays) y las competencias digitales y se la sudan los partes meteorológicos que no vengan del calendario zaragozano y el refranero.  Para mi desgracia, dos de ellos ya no trabajan en la empresa que nos hizo conocernos (uno por jubilación y otro porque su primera vocación volvió a llamarlo) y al tercero le quedan siete horas semanales que compartir conmigo. Cuando quedamos a comer me dan caña, me llaman hocico fino, chato y otras lindezas que asumo. En eso también son certeros, los muy cabritos... Y saben que quien hace pareja conmigo en la partida de mus pierde seguro porque a la segunda copa ya no distingo espadas de oros, sotas de treses y me pongo bocazas y "ordaguero". Desde hace más de veinte años, al día siguiente seguimos tan amigos. La única vez que no fue así, uno de ellos y yo lo solucionamos con una charla breve y un abrazo (y algunas lágrimas).

No sé por qué he llegado hasta este punto, que no era el previsto, pero no me pesa. Pensaba escribir sobre la marcha en apoyo a la AECC, a la que he acudido esta mañana, pero me ha salido esto. De vez en cuando hay que saltarse el guion (y más cuando no existe), y no para saldar cuentas sino por el mero hecho de resaltar el valor de la amistad verdadera, la que perdona sin pedir perdón, aprecia sin regalos que se la ganen y tiene un gesto o una palabra en el instante justo. Les diré, por si lo dudan, que no estoy "ordaguero" porque hoy no ha habido chupitos postcomida dominguera, aunque tampoco les habría ganado la partida de mus porque son de pueblo y leen mis ojos con los suyos, nobles, bien paridos y educados. Quizá, cuando están vidriosos de alcohol, se reflejen mis cartas en ellos. Y, aunque alguno me recuerde que su hombro está presto a mi desahogo —lo que agradezco de corazón—, saben que los quiero de verdad y ellos a mí, que me han perdonado mis rarezas (fácil me lo ponen: ellos son más fáciles) y no necesitan ofrecerse como paño de lágrimas porque los tengo a tiro de wasap, de teléfono o de piedra indolora. Por suerte no son los únicos con los que cuento, pero hoy han aparecido en mi texto de los domingos por pura casualidad o justicia sobrevenida y les dedico esta sobremesa silenciosa. Bendito trío. 

PS.- "Que te compre quien te entienda"... decía la fábula del burro. No necesito que me "compren" (qué lamentable uso adultescente de la palabra, con lo fácil que es decir "te entiendo", "lo admito" o "tienes razón" a cambio de nada). Se lo regalo a quienes me entienden. 

domingo, 31 de octubre de 2021

TOLEDO (MIS-CELÁNEAS FAVORITAS)

 A ver cómo empiezo esto. Mi cerebro, o lo que queda de útil en él, ha entrado en bucle esta semana. Últimamente, ante la inminencia del cambio de decena, esa que huele a jubilación, anda descontrolado. Se empeña en mostrarme la hoja del debe y el haber, con amplia ventaja para el equipo local: demasiadas cuentas pendientes, que mis amigos del pádel se toman a chufla, cosa que agradezco para desdramatizar el asunto. 

 Mi hija se ha ido a Toledo a pasar parte del puente. Allí vive uno de mis amigos del alma (tengo un alma muy grande, lo cual no significa limpia, en la que caben muchos y buenos; también algún gilipollas, pero confío en que mi memoria, ahora que siento que no es tan fiable como solía, borre lo poco malo antes que lo bueno y abundante). Me lo encontré ayer, por casualidad, en una tienda de sombreros. Él está más cerca que yo de la sesentena y su crisis, como el otro con el que fui por segunda vez a Toledo. La tercera y cuarta fue con Juan, el de los sombreros. La primera fui con mi padre y mi hermano, allá por 1983. Todo lo que sabía de la ciudad imperial era lo que entraba por el parabrisas del SEAT 132 de mi padre. No bajé del coche hasta que regresaron de su visita de trabajo. El entierro del conde de Orgaz no quedaba lejos (en Toledo nada lo está) pero no lo vi. Sigo igual, excepto por las fotos del libro de arte de COU, que perdí por prestárselo a algún compañero de las clases de piano. Nunca más se supo. 

 Jose, otro más sin tilde, me acompañó a Madrid cuando yo quería ser azafato de IBERIA. Dormimos en casa de Juan y, después del examen, fuimos a Toledo. Los pormenores de la visita, la comida en un restaurante de la plaza de Zocodover con aquel cochinillo (más cercano a verraco) que tenía una oreja más grande que el radar de Robledo de Chavela (a la que Onrubia hablaba como a una abuela sorda) siguen intactos en mi cerebrito. El viaje de vuelta por Gredos fue bastante movido, y hasta discutí con mi amigo por su forma de trazar las curvas (las amistades verdaderas sobreviven a esas y otras curvas). Nuestra acompañante, con nombre de ópera y fondo de usurera, se reía por lo bajinis. Como dependiente del Corte Inglés (y sueldo base) yo no le resultaba interesante; el salario de IBERIA (aprobé el examen) me hacía más conveniente, y así me lo hizo saber sin demasiado disimulo. Decliné su invitación a café, igual que la firma de mi contrato con la compañía aérea. Le complacería saber que me quedé en maestro (ser camarero de altos vuelos, por decirlo de algún modo, no me terminaba de llenar), así que se perdió poco margen comercial. Mejor para ella. 

 Hoy mismo he recibido un mensaje inesperado de mi querido Gubias. Cuando he abierto FB he caído en la cuenta. Hace días yo había compartido un mensaje sobre las víctimas del cáncer, y el amigo ha debido de pensar que yo andaba afectado. Claro que lo estoy, como tantas otras personas, familiares y amigos que lo han sufrido, pero por ahora, gracias a Dios, no es mi caso. Incluso estoy en terapia para dejar de fumar, gracias a la AECC, y minimizar los riesgos. 

 Gracias, Jose, por tu interés, por tu amistad a prueba de imbéciles y por tu conducción temeraria. Me abriste los ojos (esa y más veces). También me jodiste la siesta, pero el trazado de las carreteras de montaña no es culpa tuya. Tampoco era culpa del vigilante que se empeñase en impedir que hicieras fotos en la catedral de Toledo aunque fuera sin flash. Si los visitantes hacen fotos, no se venden las oficiales. Hay que comprenderlo... hasta cierto punto. En ese punto estaba yo, entre el segurata y tu cámara, para despistarlo. Creo que lo conseguimos. Cuando vuelvas a verlas, seguro que te acuerdas de aquel fin de semana. Hazme copias, anda. 

 

domingo, 17 de octubre de 2021

FELINO POR PARTIDA DOBLE


 

 Dice mi amigo Alfonso, uno que tengo y mantengo desde la preadolescencia (aunque nos veamos poco), que lee las pocas publicaciones que suelo apuntar los domingos en este cuaderno, y que de entre ellas se queda con las que encierran un poco de veneno. «No es que no me gusten las otras —explica—, pero las que traen cicuta en dosis variables te hacen (te haces) más justicia. Eres más tú mismo».

 No recuerdo si se lo habré confesado alguna vez, pero gracias a él soy, en parte —no todo es culpa tuya, querido—, el que soy. Creo que es el primer compañero del cole al que planté cara (hubo uno anterior, pero no era compañero, solo compartía colegio conmigo, y ya le mencioné en alguna entrada, honor que no merece). Andaba yo perdido en aquellos años turbios de acné y dudas, y el bueno de Alfonso era un poco como yo: tocapelotas y cabroncete, del tipo "tienes que espabilar, majo". Vivía cerca de mi casa, en el límite con la zona chunga que era la Plaza Circular, aunque él no se perdió nunca porque tenía, literalmente, a la policía en casa. Éramos de esos amigos que se admiran y envidian a partes iguales (o eso creo), y se dan caña igual que se echan flores, y admiten una y otras. No sé en qué punto nos encontrábamos, pero un día pintaron bastos —más cardos que flores— y salté. Me atreví a retarle con un «a la salida/en el patio te espero» que no auguraba nada bueno para mí, más blando que los caramelos Maski, y me olí la paliza, pero ahí quedaba el farol. Por suerte, se lo pensó y, desde aquel día, me gané su respeto y su amistad sin putadas. Solo me hizo falta copiar a alguien de película de malotes, quitarme la cazadora, poner cara de perro contra gato y gritar como un actor español. Desde aquel día, fumamos juntos en su escalera con su vecino Santi; salimos con amigos y amigas; merendamos en casa del otro (con dos fetiches: mi cuchillo eléctrico y la guitarra de su hermano, una western que yo no sabía si era marca o tipo o forma); compartimos padres y hermanos; y, lo más importante, fuimos fraguando una amistad que aún perdura. 

 Años más tarde, coincidimos tocando con Candeal. Otro amigo común, Toñín, me propuso para un bolo como sustituto eventual del acordeonista. Cuando subimos al mismo escenario en Laguna de Duero (con poco público, unos, conocidos, y otros que estaban sin yo saberlo, y pasarían lustros hasta que salieran de la chistera —perdón por la rima interna—), ni se imagina la ilusión que me hizo. Pensar en Mario, el pianista de verdad, y sentirme el heredero pobre también me complació, aunque un dedo de Garrote vale/sirve más que dos míos. 

 Los caminos se cruzan a veces con caprichosos recovecos, igual que los cabroncetes (no los hijosdeputa, lo que va de un pastor alemán a un lobo) que, lejos de joderle a uno la vida, le señalan un atajo en el que no había pensado. Vienen disfrazados de cualquier cosa: perros, gatos, público o inspector de hacienda o la seguridad social. El día en que olvidé la prudencia que mi padre me aconsejaba —que yo interpretaba como cobardía— y me puse farruco con un tío que llevaba dos felinos en sus apellidos, me cambió la vida. No sé si para mucho mejor, pero el camino que llevaba me hace pensar que a peor no se podía ir. 

 La foto, obra del P. Elías, eterno fotógrafo jesuita a quien Dios tenga en su gloria, retrata el codo de mi amigo cuando ya no era codazo sino apoyo. El señor del bigote, el de la derecha, es Antonio Medina, un ajedrecista que llegó a derrotar (jugando con negras) a Bobby Fischer. Matías García, el canario de las "variasiones, susesiones y permutasiones", con quien Alfonso tiene una cuenta pendiente, nos lo trajo al cole. Aunque solo sea por eso, supongo que el doble felino —león y gato— a quien dedico de corazón esta entrada, le habrá perdonado la afrenta de sacarle por las bravas de una simultánea (no sé si de esa u otra). Hay que perdonar lo malo cuando acarrea algo mucho mejor. 

PS.- Quizá la cicuta disuelta en bondad me haga más justicia, igual que cuidar menos la forma que el fondo (al menos en este blog dominical y apresurado).

sábado, 9 de octubre de 2021

¡NO ME ATREVO!

 Hija, que es entrar en el interné y me asaltan más noticias que bandoleros a un pringao en Sierra Morena. Que si me quedo calvo es por mi culpa; que si soy agua pero no fluyo: que me proponga lo que sea y se cumplirá (no acabo de proponerme algo cumplible); que si muevo un músculo y seré historia (no lo pillo); que si el mundo es demasiado pequeño para los dos (tampoco alcanzo a entenderlo, ¿será el país el otro contendiente?). 

No sé qué acabo de leer que me ha impulsado e escribir esta chorrada. Tampoco me importa.

Ah, que me he acordado. Iba de superGarcía contra Isabel Ayuso. Lo dicho: que me aburro.

domingo, 3 de octubre de 2021

TURISMO DE INTERIOR

 Antes de entrar en misa de una en San Benito, me fui cruzando con varios turistas, plano y móvil en ristre. Como es el día en que suelo encontrarme con mi madre y mi hermana mayor, que diseñan su paseo dominical para vernos un rato, no quise entretenerme, pero tuve que aguantarme las ganas. El cuerpo me pide echarles una mano y ejercer de guía sin contrato ni disfraz de Felipe II o José Zorrilla. Cuánto habría agradecido una ayuda desinteresada cuando deambulaba por las calles de Madrid y las únicas fueron las de dos trileros y una gitana —no era minoría étnica, era gitana, bien lo sabemos ella y yo— que me hizo dar tres vueltas a la calle Cartagena —recorrí María de Molina, José Abascal y Avenida de América para llegar a María Teresa, acaso por no darle una moneda gorda a cambio de su buenaventura—. 

Se me ocurrió comentarle a mi mujer que me encantaría pasear por mi ciudad acompañando a esos andaluces que me acogen en verano; a esos gallegos que lo mismo; a esos ingleses que alguna vez también, y hasta comer con ellos, pero contestó:

—¿De qué ibas a disfrutar comiendo con desconocidos?

—Me conformaría con acompañarlos en su visita.

Pensé más cosas: sobre las veces que he comido rodeado de desconocidos, cuyas conversaciones insulsas no me queda más remedio que oír porque hablan a gritos, cuando no me turban los destellos de sus móviles para el obligatorio selfi, ese que los hará felices por compartir las mismas rabas que yo me como, un calamar frito, vaya, que nunca se imaginó con tanta fama el octópodo o lo que sea, ni el lúpulo convertido en cerveza premium, ni la madre que los parió; en la catedral con un tío delante, que maldita la falta que le hace a la catedral aparecer en una foto con unos pulgares tiesos delante o esos gestos triunfantes. (Un amigo me decía que él sabe dónde ha estado y poco le importa que lo sepa nadie más). Y, puestos a tocar la breva, pensé en las muchas veces que he comido con personas con quienes solo tengo en común un contrato firmado por la misma empresa, eso que llaman compañeros. O sea, que pensé como suelo pensar a riesgo de que me llamen raro.

Hace muchos años, en la preciosa plaza de la Universidad, asalté a unos turistas a los que vi perdidos. Uno me dijo que había trabajado en Valladolid hacía muchos años, y que la había encontrado muy cambiada. Les indiqué la que creía una buena ruta cultural y luego les sugerí algún restaurante.

—¿Es usted de aquí? No recordaba a los pucelanos tan simpáticos. 

Pensé mi respuesta. Catalanes, agarrados. Andaluces, superficiales —él mismo y su familia lo eran—. Gallegos, cerrados. Madrileños, chulos... pero ni dije nada. Los tópicos son eso. 

Y ya está bien por hoy. 

domingo, 1 de agosto de 2021

Bullying o abusones (de mierda).

 Esta tendencia moderna de poner nombre en inglés a lo que ya sabemos decir en castellano me hace gracia. Hoy mismo me he encontrado con un abusón de los que jodieron, aunque no tanto como él cree, parte de mi niñez. Sería por envidia, por algún complejo como su poco rendimiento escolar (hablaba con lengua de trapo y no era un dechado de virtudes, francamente, aunque hoy llevase, el muy pelele, una camiseta con Franco disfrazado de peregrino); por su niñez probablemente mucho más desdichada que la mía (que sólo lo fue cuando el destino más bien falló que acertó a cruzarlo en mi camino), o por alguna causa que los psicólogos quizá entiendan o justifiquen, que mi paso de un cole de monjas a uno de curas no fue todo lo dichosa que podría haber sido. El caso es que, sin meterme con nadie, solo siendo el crío que era, a uno le caí mal, y de qué forma. El respaldo que tenía por sentirse arropado por sus muchos hermanos mayores (cara a cara era un completo cobarde, como todos los abusones), le servía de acicate para amedrentarme a diario. Yo le evitaba en clase y en el recreo, a sabiendas de que no me libraría de que, a la salida, estaría esperándome con alguno de sus hermanos para insultarme y, las más de las veces, darme alguna colleja, patada o lo que se le antojase. El portero de mi casa salió en mi defensa muchas veces. Otras fue mi hermano quien se interpuso, solo o con sus amigos. También cobró mi hermano, bajito pero bien aguerrido y acompañado, alguna vez.

 Cuatro eternos años después de conocernos, en clase de educación, física, aprovechó, el muy cobarde, para propinarme una patada en los riñones con la excusa de un mal cálculo en un salto del burro que el profe se tragó. Llegué a casa dolorido, y un par de días más tarde mi madre vio el hematoma que yo trataba de disimular como en aquel entonces hacíamos los chicos antes de que los padres se acostumbrasen a tomar cartas en el asunto, y mucho antes de que tomasen cartas por nimiedades. Mi padre me preguntó qué había pasado y le relaté el hecho: «El de siempre se ha metido conmigo». Antes de hablar, mi padre cerró los ojos y pensó la respuesta: 

 —Yo no tendría que darte este consejo, pero a veces hay que ser un poco... contundente. No le busques, pero, si te busca, que te encuentre.

 Para mí, que era un cobarde irredento, su última frase fue, aparte de premonitoria, liberadora. Contaba con el beneplácito de mi padre, bregado en mil batallas de barrio obrero, con un solo hermano con quien defenderse (o a quien defender), y hecho a sí mismo gracias a la curiosidad que heredé y le llevó a cargos de cierto nivel pese a su escasa formación académicamente reconocida y la mucha cultura que fue adquiriendo. Otra frase anterior también me ayudó: «Más vale pecar de prudente, aunque se confunda con la cobardía, que de chulo, no vayan a sobarte el morro».

 Tardó en llegar el día, pero, como casi todo, llegó. Mi némesis, mi enemigo, se puso farruco una vez más. Apartó de la fila mis libros con una patada y puso los suyos, que le servían de poco, en su lugar. Lo vi. Me acerqué. Le advertí. No hizo caso. Se rio de mí. Apreté el puño dentro del bolsillo, lo saqué armado por el consejo de mi padre, y le arreé un puñetazo en la cabeza, que rebotó contra una de las columnas del patio. Me miró con cara de sorpresa, luego en derredor y, no encontrando hermano que le defendiese, se fue al último lugar de la cola. Aquel día casi acabó la afrenta diaria, que pasó a ser eventual. Pude con aquello. ¿Qué era una persecución quincenal comparada con la diaria?

 Muchos años más tarde, el caprichoso destino nos volvió a unir. Él se casaba y yo dirigía al coro que iba a armonizar su ceremonia. Al verlo entrar con su uniforme del cuerpo de seguridad del estado, que, pensé, no hacía pruebas psicológicas, dudé entre pedir a los cantores que desafinaran o que nos marchásemos, o incluso que huyésemos durante la comunión después de haber desafinado como locos. Pensé en la pobre novia, que no tenía culpa de haber escogido a semejante gilipollas como marido (me consta, por la pequeñez del mundo, que se dio cuenta cuando era demasiado tarde) e hice mi trabajo. Él pagó nuestros servicios sin sospechar que su dinero vendría a mi bolsillo, aunque no compensase los muchos días que me había jodido. 

 Mientras salía hoy de la panadería (sigue con los mismos problemas de pronunciación, la misma voz de vicetiple con gallos), le he hecho unas fotos de paparazzo que luego he mandado a mis amigos del cole, los de verdad. Ninguno lo ha reconocido, porque es difícil reconocer a nadie que no deja huella (en mí la dejó a puñetazos, insultos y collejas, sus únicas armas, pero creo que en nadie más, qué suerte la mía por maricón y por sacar buenas notas). Hay personas que no hacen casi sombra. La que me persiguió durante años ya no opaca nada. Pobre diablo abusón y, sin duda, mucho más cobarde que yo.