lunes, 23 de noviembre de 2015

¿DÓNDE ESTÁN EL FOTÓMETRO, EL ALTÍMETRO Y EL CONDENSADOR DE FLUZO?

Abro las ventanas del dormitorio. Hay niebla hasta en el patio. 
-Me arreglo y salgo a hacer fotos -pienso, porque el bostezo me impide decirlo en voz alta.
Cuando llego a la calle, la niebla anda desperezándose, por lo visto tenía más sueño. 
Como en el juego de la oca, voy de puente a puente, los que enmarcan mi casa. El primer disparo lo hago a toda prisa, no vaya a escapárseme un pájaro muy fotogénico, al menos a veinte metros o más, ni idea de la especie, que la miopía manda. Luego los árboles, más puentes, unos piragüistas perseguidos por patos, otro pájaro volador, una escultura que disimula la ventilación de un edificio de la junta, el óxido previsto por el arquitecto, más edificios modernos, todos cuadrados o rectangulares, como un muestrario de materiales, lo que manda la tendencia actual, vienen a facilitarme la tarea. 
El puente de hierro, el colgante que cuelga poco, mucho para el año en que se construyó, me tiene entretenido. El metal es muy agradecido, sobre todo en mate, que así los reflejos no interfieren. Un fotógrafo, o un señor con una réflex y teleobjetivo pepino, hace el camino contrario por la otra acera, parándose a cada poco. No sé qué mira, tampoco me importa. Nos escrutamos con poco disimulo, a ver cómo pone este la mano izquierda, que es lo importante y seguimos a lo nuestro. Quizá se ría de mi cámara, que es pequeña y suave, pero no peluda, como Platero, y encima parece antigua, aunque tenga tarjeta de memoria. Precisamente la compré por eso. Luego comprobé que además hacía fotos.
Hay un parque al cruzar el puente. Hojas y más hojas, del haz y del envés, todas pidiendo a gritos un retrato. Me siento en un banco de piedra, coño, qué frío; mejor de pie, no vaya a acatarrarme, que los catarros entran por donde uno menos espera, siempre lo dice mi madre, "ponte la faja, hijo"; en cuclillas quizá, si no me falla la rodilla esta que me da guerra los martes, cuando juego al pádel con los amigotes. Vuelve el de la Nikon siete mil y pico, mira de nuevo a mi cámara, sorprendido, asustado de que se pueda ir por ahí con semejante antigualla.
-Buenos días, -saludo, sacándole del asombro que causa mi cacharrito a los profesionales. -Hace una mañana preciosa, -continúo, riéndome por lo bajines de mi frase más bien bobalicona.
-Sí. 
Silencio.
-Y no se te congelan las manos, -añado, por prologar la charla en los márgenes de la cortesía.
Más silencio.
-Hay unas telarañas en el puente. 
Y me cuenta más cosas que no entiendo.
-Que disfrutes, -digo a modo de despedida.
Vuelvo a casa. 
Al día siguiente hay más niebla. Por algún motivo hago el camino al revés. Más pájaros, piragüistas, árboles, óxido...
El mismo fotógrafo se cruza.
-Buenos días, -saluda.
-Hola, buenas.
-Has hecho lo de ayer pero en sentido contrario, -dice, como si me hubiera estado persiguiendo.
-Pues sí, -respondo afirmando lo obvio.
-Sé por qué. La niebla, la luz, la hora... -y me explica, o me resume, el manual del fotógrafo profesional.
Asiento. Nos despedimos. Hasta otra.
Tiene razón en lo de la hora. Ha sido una buena idea hacer el camino del revés. Las últimas fotos habrán salido movidas, o sea, de autor. Tal como suponía, casi me cierran el kiosco y la panadería. Por los pelos. Ya pensaré otro día en la luz y la niebla, en el manual de instrucciones y en los consejos de Pilar, mi maestra fotográfica en la sombra, más hábil con las tijeras que el sastre de Cocó Chanel. 




lunes, 2 de noviembre de 2015

LX SEMINCI


LX podría ser una talla para los que se visten por los pies, pero no. Van ya sesenta ediciones de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, la sesentava, que diría aquél (o aquel, según la norma de la RAE que algunos de los académicos no secundan, presumiendo de clásicos). Y, como todos los números redondos, hay que celebrarlo (excepto el cero, aunque sea el más redondo).

Por la trigésimo (o trigésima) primera SEMINCI (o "seminchi", pronunciación "alla italiana" de mi padre, como si fuera la Mostra de Venecia), yo estaba recién llegado del servicio militar, con la cabeza como un bombo, el que me adjudicó un brigada cuando le dije que estudiaba música, cosa que no era cierta del todo, porque ni la había estudiado realmente, más bien leído por encima, ni a mis veintiún años tenía idea de proseguirla. Me preguntó si sabía armonía, a lo que respondí que según quién le preguntara. Entonces me otorgó el bombo que, como todo el mundo sabe, es instrumento de enjundia, sapiencia y base de todas las músicas, al que con razón los ingleses llaman "bass drum" (aunque "bass" no sea base, para qué engañarnos). La persona que me examinaba de armonía en el conservatorio opinaba que mi forma de construir voces sobre un bajo se alejaba de los cánones clásicos, lo cual quedó demostrado (al menos por y para ella) con tres suspensos y un mísero aprobado en la cuarta convocatoria. Años después, en segundo de magisterio (lo de ser maestro, que es lo que soy sin ser "magister" en nada) volví a coincidir con aquella mujer, que aun siendo cardo tenía nombre de flor amable,  y acaso su memoria fuese mejor que la mía, porque me castigó con un nueve en lo que había sido algo más cuando cursé segundo de solfeo, el equivalente al nivel musical que se exigía en la carrera. 


Una tarde me llamó un amigo, que hoy es director del conservatorio, qué cosas, para ofrecerme un trabajo. Se trataba de tocar melodías facilonas al piano en una tienda de ropa, como hilo musical. El dueño del negocio y yo nos pusimos de acuerdo en dos minutos, (me confesó después que catalogaba a las personas según los dientes, como a los caballos, y los míos debían de estar limpios aquel día, o se me escapó un relincho cuando calculé mis ganancias mensuales) y pasé más de un año frente a un piano electrónico entre pantalones y jerséis, saltando de Sinatra a Nino Bravo, de Supertramp a Stevie Wonder, o de Billy Joel a Elton John, que era saltar poco. Los clásicos me daban alergia, y más después de que un cliente recriminara mi poco interés por haber interpretado un momento musical de Schubert en un tono que no era el original (por fortuna sólo se centró en la tonalidad, así que no me fue tan mal con su crítica, pese a todo, amable). A mí, que tocaba casi de oído y me daba lo mismo re que sol, o arre que so, y desconocía el significado oculto de componer con dos bemoles o tres sostenidos, me pareció una señal de que mi camino no iba por ahí, considerando que habría pocos puristas que conocieran la tonalidad original de "New York, New York", quizá modificada en directo por la tesitura de Frank Sinatra. 

Un día, de esos entre ropa y piano light, alguien llamó por teléfono para interesarse por el pianista. Quiso la casualidad que yo me encontrase en ese momento tocando, porque éramos dos los que nos repartíamos el horario comercial, y reconozco que el otro, Eddie, un brasileño autodidacta, tocaba mejor que yo, con sus dedos de guitarrista reacondicionados para el piano. La llamada provenía del dueño de unos cines al que se le había ocurrido que sería buena idea poner música de fondo a las películas mudas que programaba la SEMINCI en un ciclo dedicado al septuagésimo quinto aniversario de la Paramount. Su propuesta era interpretar melodías de cine mientras se proyectaba la película, tanto daba a la que pertenecieran, sólo por hacerla más llevadera. Creo recordar que nos entrevistamos al día siguiente y, tras ajustar el precio, accedí.

Los entresijos de un festival de cine, o al menos del de Valladolid, son caprichosos, pero eso no importa al espectador si al final la cosa sale bien. Me dieron el guión de cada película, y los intertítulos para que me sirvieran de pista. Como no había piano disponible, llevé mi sintetizador DX7, y con un sonido más de pianola que otra cosa, sentado en un taburete con el aparato apoyado en una caja de madera, decidí sobre la marcha que quizá tocar "Lo que el viento se llevó" no pegaría mucho con "Wings", en la que Gary Cooper tenía un papel tan breve que al pobre lo dejaron sólo ante el peligro nada más aparecer, y se estrelló un par de minutos más tarde, pues por lo visto se le daba (o daría) mejor manejar un Colt que un avión. Al menos se ligó a Clara Bow.
Otra de las que toqué fue Moana, más bien un documental. María, la traductora, con quien años más tarde coincidí en el Coro Universitario, pensó que "robber crab" era "cangrejo Roberto" y desde aquél día, aunque le hice ver que pegaba más con el hecho de que el crustáceo era un ladrón, me llamaba cangrejo cada vez que nos veíamos sin disimular la risa que ocultaba su metedura de pata (de cangrejo, claro). Carlos, que era hijo de mi practicante, o sea, del que me ponía las inyecciones en el culo cuando estaba enfermo, tenía un verbo fluido y traducía directamente con una facilidad asombrosa. Como las salas estaban atestadas de público, compartíamos su cabina, lo cual facilitaba la parte técnica, la de los enchufes y conexiones para que se oyeran la traducción y la música, y además nos daba pie a hacer chascarrillos en los descansos. Antes de la proyección charlábamos sobre la película, y sus comentarios me ayudaban de algún modo a situarme, aunque a veces trataba de despistarme contándome mentiras para ponerme a prueba, o retándome a cambiar los papeles, él de pianista y yo de traductor, a lo cual nunca accedí. 
En años sucesivos llegaron otros ciclos, y el de Murnau con Fausto, que me deparaba una sorpresa. Después de tocarla en una sala de los Manhattan, se decidió un pase especial en el Calderón, que era sede y sancta sanctorum del festival. Allí me volví tonto del todo, con presentación personal a cargo de Juan Carlos Frugone, entonces subdirector, que luego ascendió a director cuando lo dejó Fernando Lara, y el foco apuntándome o más bien cegándome, lo que acentuaba mis andares de pato mareado. Creo que aquella vez tuve un orgasmo no genital, aunque jugaba con el público a favor, porque el teatro estaba lleno de amigos a los que regalé la entrada, tales eran mis prebendas, y algunos actores a los que amenizaba las copas en el hotel Olid Meliá vinieron a escucharme en mi faceta creativa tras soportar la de entertainer, la de hilo musical. 

Descubrí a Dreyer, hice lo que pude con Juana de Arco, y algún autor español me ubicó en el cine patrio ("Moros y Cristianos", una de 1926), con la inestimable ayuda de la familia Gandía Martínez, cuya madre, Carmen (que ha cumplido noventa esplendorosos años esta misma semana) y sus hijas me cantaron "Paquito el chocolatero" hasta que fui capaz de tomar apuntes más o menos válidos para acompañar la proyección.

En algún momento dejaron de programar cine mudo y, por ende, de contar conmigo. 

En la tienda me sustituyó un equipo de música. En la SEMINCI no lo sé. En el hotel, Eddie, que se lo merecía, y hasta me dejaba sustituirlo mientras se tomaba un café.

Cuando la efímera fama nos abandona, persiste su recuerdo. José Luis Castrillón, amigo de la infancia y aficionado al cine, amén de ex colaborador de la SEMINCI, lo mencionó esta semana en el periódico, cosa que provocó este texto. 


sábado, 24 de octubre de 2015

FOTÓGRAFOS VIAJEROS DE AYER Y HOY

De fotografía sé bien poco. Cuando salía de viaje con mi cámara "al hombro", que ahora es "en el bolso", me las acababa apañando para salir en alguna foto, ya fuera usando el disparador automático, con el riesgo de aparecer desenfocado, o pidiendo a algún acompañante que me hiciera un retrato. Si el viaje era en solitario, nunca faltaba un paisano a quien pedir el favor. Era el testimonio de que había estado allí, y servía para responder a quienes quisieran "disfrutar" de mi viaje en diferido, cuando preguntaban: "pero... ¿las has hecho tú o son de algún amigo? Es que como no sales nunca...". Antes de disparar calculaba las fotos que llevaba, los carretes que me quedaban, y los días que faltaban para terminar el viaje sin que sobrasen días ni faltasen carretes. Al llegar a casa, los llevaba a revelar y unos días después volvía a la tienda, lleno de emoción e incertidumbre, para ver cuántas se salvaban, que solían ser bien pocas. En la tienda ofrecían la posibilidad de no cobrarte las desenfocadas o cortadas. Alguna vez hasta me hacían la selección, creyendo que la torre Eiffel con una mancha delante era indigna de pasar a mi álbum. La mancha era yo.
Los tiempos cambian. Hoy es frecuente que mientras enfocas y buscas la foto, LA FOTO, esa que provoque la envidia de tus amigos, esa que aún no he conseguido ni creo que consiga, te metan un palo de selfie por el ojo. Los viajeros parecen más interesados en salir en todas que en otra cosa, ni siquiera en ver, contemplar, disfrutar, gozar del paisaje directamente, no por la pantalla de la cámara que ni siquiera es cámara sino teléfono móvil, o smartphone, que suena más molón. 

Hace un año, una empresa japonesa (no suelo dar publicidad, y menos gratis) sacó al mercado un cacharro que es más cámara que teléfono. Han vendido tres. Ignoro las causas, pero creo adivinarlas: el usuario de móvil aprovecha que sirve para hacer fotos, pero si lo dominante es esto último, parece que le descoloca. Puede que el precio sea un poco excesivo, alrededor de los novecientos euros, pero me da que ese no es el problema, ahora que veo a críos de catorce años con cacharros de la manzanita, que usan para cuatro cosas: guasapear, jugar, colgar las fotos de sus correrías y, muy de vez en cuando, hablar si les llaman, porque en eso son muy celosos.

En un par de ocasiones, el hecho de pedir a uno que pasaba por allí que me hiciera una foto me sirvió para no pasar las vacaciones solo. Concretamente por pedírselo a una (que fueron dos). La primera me enseñó la ciudad y me hizo disfrutar como un animal, desde todos los ángulos posibles. La segunda... más o menos lo mismo, pero en diferente orden (hipérbaton se llama) aunque sólo vi la ciudad desde (entre) cuatro ángulos, los del marco de la ventana.


Pd.- Hay quien es capaz de montar una exposición con las fotos que desechaban en las tiendas. Lo llaman arte conceptual, o contemporáneo, o algo así.

lunes, 21 de septiembre de 2015

MICRORRELATOS

Hay leyendas, urbanas o universales, como que los grandes premios literarios están dados de antemano, o que existe el punto G, por poner un por de ejemplos bien oídos. 
Del segundo me guardo la opinión, que no me gusta hablar de lo que no conozco en profundidad... 
Sobre el primero, tampoco tengo gran conocimiento, puesto que jamás me han ofrecido escribir una novela a cambio de un premio previamente pactado. Algún escritor lo ha dejado caer, no sé si por despecho o con fundamento. Dicen que Delibes, mi paisano, rechazó "participar" en el Planeta aun sabiendo que lo tenia ganado, pero D. Miguel ya no está para explicarlo.
Hace unos días participé en uno que se ajustaba a mis gustos: breve e inmediato (no hablo del punto G). Sólo cinco días después de cerrarse el plazo de admisión de los textos se fallaba el premio. Aparecía anunciado en facebook, así que antes de apagar el ordenador e irme a dormir, lo envié. 
Casualmente se lo comenté a un sobrino que me confesó con pudor haber ganado uno de poesías de la misma editorial, aunque sospechaba que después del vencedor y los diez finalistas, a quienes se regalaban ejemplares del libro que recogía sus poemas, el resto de participantes figuraban como seleccionados, sin excepción, con el fin de que estos, que eran muchos, compraran el librito.
Esta mañana he descubierto que no es así: ni he ganado, ni soy finalista, ni tan siquiera soy uno de los seleccionados. De este modo tan cruel al menos he comprobado que ese comentario maledicente sobre los intereses secretos de la editora en aras de fomentar la venta era incierto. Vaya este post en su descargo, como homenaje a su honorabilidad puesta en duda.
Un microrrelato tiene una rara particularidad: así como las novelas pueden ser resumidas en pocas líneas, el relato hiperbreve precisa de muchas para ser explicado. La culpa de todo la tienen Monterroso y su dinosaurio, ese que todavía estaba allí cuando alguien despertó, y del que aún se siguen haciendo conjeturas, tesis doctorales y sesudos juicios que persiguen descifrar su verdadero y oculto contenido.
Y ahora es cuando suelto mi relato concentradísimo y denso:

UN MAL DÍA
El meteorito destruyó la Tierra.
Fin.

sábado, 19 de septiembre de 2015

GRANDES PERSONAS, PERSONAS GRANDES

Los recuerdos se nutren de imágenes grabadas con calidad superior, como HD, si no no habría tales (perdón por la redundancia o la obviedad). Uno de los que guardo tiene que ver con el baloncesto, que ayer se hizo presente después de las semifinales contra Francia.
Mi casa familiar, (que ha salido en muchos de mis "posts"), estaba ubicada en un edificio de nueve plantas en el entonces semicentro de la ciudad, en el que vivían varios matrimonios con sus correspondientes hijos, algunos de los cuales compartían edad, más o menos, conmigo. Hay días en que, cuando voy a ver a mi madre, me encuentro con algunos de ellos en el portal o el ascensor. Desde luego que no todos éramos amigos, pero el tiempo, esa lija que nos acaba igualando, aunque sea muy al final o final del todo, nos hace olvidar las rencillas vecinales, que las había y se manifestaban en las juntas de la comunidad de propietarios. Nuestros padres discutían por las cuotas, las derramas o las goteras, pero los jóvenes no nos dábamos por enterados, ni falta que hacía. (Yo sí, porque mi padre me nombraba auxiliar administrativo cuando le tocaba ser presidente, tesorero o administrador, lo cual le servía para tener ayudante a la hora de escribir a máquina los recibos, harto como estaba de hacer papales por su trabajo en una entidad bancaria). 
Había varias chicas en el edificio, de las cuales mi favorita era Marta, una morenaza guapísima (hoy rubia, pero igual de guapa) a la que recuerdo haber tirado los tejos en el bar de abajo de forma tan sutil que probablemente ni se enteró de mis intenciones, pues tanta era mi sutileza o cobardía que costaba descifrarla. 
De entre los chicos, hice amistad con José (pronunciado sin acento), un tiarrón enorme que estudiaba en el colegio de los baberos, del que los jesuitas éramos seculares enemigos. Ajenos a semejantes chorradas de la secularidad y la tradición, pasábamos juntos muchas tardes, sobre todo en su casa, donde disponía de un dormitorio con espacio para extender el tablero del juego "Las rutas de Don Quijote", un antepasado de los de rol pero mucho más cultural y ajeno a la violencia. No recuerdo mucho de la mecánica del asunto, pero sí que las tardes se nos hacían cortas. Su padre era un militar retirado, o en la reserva, que conservaba parte de su acento y gracejo andaluz, al que le encantaban los boquerones en vinagre y otras delicatessen que le provocaron algún ataque de gota. Nina era su madre, otra mujerona morena y simpática que sólo nos interrumpía para traernos la merienda. Una vez tuve que improvisar una excusa para no comer el bocadillo de jamón, porque no me gustaba lo blanco (el tocino) y le dije que pensaba ir a comulgar esa misma tarde en menos de una hora, que era lo prescrito por el papa Pablo VI, muy anterior a este argentino que lo perdona casi todo. Tampoco me gustaban las empanadillas porque tenían tomate, e imagino que pondría la misma excusa, pero Jose casi lo celebraba porque tenía que llenar su cuerpo de castillo de algún modo, a lo que ayudaba mi abstinencia por causa fingidamente religiosa.
Un día me preguntó si me gustaba el baloncesto. Su hermano Manolo, guapote de portada con bigotazo (Manolo, no la portada), era pivot en el Universitario, que necesitaba socios al haber ascendido a segunda división nacional, lo que sería la LEB oro de hoy. (Yo entrenaba, que no jugaba, por falta de entrega o compromiso, con el equipo de mi colegio, así que dije que sí, por ver si se me pegaba algo al ver a los mayores y rascaba algún minuto que no fuera "de la basura"). Por quinientas pesetas nos abonábamos para toda la temporada en asiento de tribuna, aunque faltaba el beneplácito de mi padre, que era quien pagaba. Las negociaciones fueron largas, mi padre era duro de pelar, pero al final accedió a soltar el billete azul que me franquearía la entrada al apasionante mundo de la canasta.
Uno de cada dos sábados, los Castrillón me llevaban al partido, bocata incluido, y después de perder (sólo ganamos uno en toda la temporada) me dejaban en casa a eso de las diez de la noche. 
De aquellos años, no sólo de esa temporada en segunda, me queda el recuerdo de Vacas, el de las gafas atadas con un cordel, un tal Morate, Richi Boronat, Merino y, por supuesto, Manolo, que tenía clase para jugar en categoría superior, y de hecho llegó a hacerlo en el Valladolid, pero por lo que me contaron no era del gusto de un entrenador con mala leche y un poco inestable que acabó forzando su salida. Mario Pesquera, el enemigo de las rotaciones (aún recuerdan los más viejos a su Caja de Ronda con Ramiro, Vecina, Blanco, Arlauckas y Brown jugando casi 40 minutos por partido, con dos sextos hombres -chicos de los recados- como únicos sustitutos: Grau y Palacios) lo rescató para el Universitario y ahí terminó su carrera como pivot rocoso e inteligente.
Choche y yo nunca llegamos a competir más que en "Las rutas de Don Quijote", porque cuando nuestros equipos colegiales se enfrentaban, mi lugar natural era el banquillo, y así no había forma de que me pusiera un tapón o de hacerle unas cuantas personales. Hoy regenta un bar, el café oficial de los artistas, y de vez en cuando nos vemos, él desde un poco más arriba, claro. Quizá un día use el ascensor de la catedral (que sé que no le gusta un pelo) para mirarle por encima del hombro, a ver qué se siente.
Pd.- Gracias a la familia Castrillón y en especial a Jose Luis por ayudarme a refrescar la memoria, a disfrutar del baloncesto y por su amistad. Gracias también por negarme una última copa a horas intempestivas. Eso también es amistad.

domingo, 6 de septiembre de 2015

... OTRA VEZ A LO QUE IBA (CAPÍTULO II)

Cuando la tarde se hacía más larga, ya fuera por llegar al pueblo antes o porque anocheciera después, me daba tiempo a perderme por las eras, el majuelo o las calles. La de mis abuelos comenzaba en la carretera y se perdía en el monte, tras cruzar el río Bajoz, poco más de un arroyo con ínfulas que delimitaba una margen del pueblo. A poco de sortearlo por el puente de un ojo, no se necesitaban más prodigios de ingeniería, el camino trazado por la rodadura de los carros y tractores se empinaba como impulsado por las aguas remolonas. Desde lo alto, el paisaje justificaba el esfuerzo. La primera vez, tras  contemplar el páramo, centré mi atención en una mantis religiosa, ese bicho con mala fama sólo porque dicen que se come al macho después de aparearse (como si eso fuera algo excepcional). Estuve observándola embobado mientras tomaba el sol acomodada en un pámpano, ajena al forastero.
A la semana siguiente, al culminar mi segunda escalada, no estaba solo. Asistí a un juego en el que una niña aparecía y desaparecía entre las vides. Su cabeza se ocultaba y asomaba  más tarde por algún lado. Tardé en darme cuenta de que eran dos las que jugaban al escondite: una morena de pelo corto y la otra  pelirroja con rizos. Por seguir espiando sin ser visto, me agazapé lo justo como para no perderme la fiesta. Pude al fin disfrutar, apenas por un breve espacio, del pelo cobrizo y brillante, largo y ondulado, de la más alta, que por ello encontraba mayor dificultad para ocultarse. Me pareció la niña más guapa del mundo, del poco mundo que yo conocía, y el eco de sus risas me llegaba envuelto en el aire que soplaba entre sus cabellos. ("Quisiera ser el viento que acaricia tu pelo..." fue la frase que escribí ya en casa, por la noche, y que jamás pude convertir en poesía porque mi vocabulario poético infantil se terminaba allí). Cuando ya no podía aguantar la postura me incorporé y volví a cenar donde mis abuelos, con una alegría al descender que compensaba el dolor de mis piernas entumidas. 
Esperé ansioso la llegada del siguiente fin de semana, ensoñando las cabezas alternativamente emergentes, sobre todo la de cabellera salvaje, y nada más bajar del coche entré a besar a mi abuela. A continuación, en lugar de acercarme al teleclub como solía, corrí ladera arriba. Escruté el majuelo al acecho, como el cazador que ansía la aparición de la presa, pero no hubo tal. Desencantado, regresé sin prisa arrastrando los pies, y fui en busca de mi abuelo hasta el teleclub. Se levantó para besarme,  recibí el pirulí y salí a la calle chupándolo (primero se mordisqueaba el barquillo hasta pelarlo, porque si no quedaba blando y poco apetecible). En la plaza había una niña con una cámara de fotos, una Werlisa club color con un punto rojo en el disparador (mi padre había tenido una casi idéntica, pero con el botón metálico) que vino a saludarme.
-Hola, -saludó con voz cantarina y dulce.
-Hola.
Ni siquiera me dijo su nombre, pero a nuestra edad no nos preocupaba tener amigos saltándonos el protocolo. Tardé un poco en darme cuenta de que era la misma que jugaba entre las vides la semana anterior. 
-¿Quieres ir al majuelo? -me invitó.
-¡Claro!
El paso se hizo más alegre, cercano al trote. Arriba soplaba el viento casi de otoño, y una tristeza cierta e inexcusable me invadía, porque el curso escolar comenzaría en un par de días y mis visitas al pueblo se espaciarían en cuanto llegaran las lluvias (mi padre odiaba conducir con mal tiempo, y se ponía nervioso e irascible). Entre risas, ese recurso que sirve como pegamento para tapar los huecos de la charla, mi amiga iba contándome su vida. De vez en cuando se hacía el silencio, pero sin risa, sino algo semejante a lo que yo veía cuando iba de caza con mi padre y el perro se paraba si olisqueaba perdices, codornices o conejos. Mi amiga, la de pelo corto y oscuro, fijaba la vista en algún punto que yo no atinaba a ver, y quitaba la tapa del objetivo. Yo permanecía quieto, esperando el click de su cámara, y entonces resurgía la conversación. Unas cuantas fotos después, mi reloj Justina, el de la primera comunión, me hizo saber que era tarde.
-Tengo que irme. 
-Te acompaño, -respondió.
Bajamos sin hablar hasta que vi a mi madre esperándome a la puerta de casa. Antes de echar a correr, lo cual no evitaría la reprimenda, acerté a preguntar:
-¿La otra chica no está?
-No. Se fue ayer. 
Noté su desencanto, aunque lo intentase disimular. Lo achaqué a que sin su amiga estaría más triste o aburrida.

El verano se fue, y no volví a verlas hasta el siguiente. La pelirroja era más esquiva, o sus horarios más estrictos, así que me conformaba con saludarla y seguir con la vista sus pasos antes de perderse por la primera calle paralela al río. Luego asistía al ritual fotográfico de quien demostraba más interés por mi persona, hasta que el sol diluía el paisaje y el Justina, cada vez más lleno de golpes, señalaba la hora de cenar.

Un día, la niña pelirroja dejó de ir. Su abuelo, que había sido médico del pueblo, ya no vivía allí. Me lo contó mi amiga, que al verano siguiente tampoco volvió. 

Mis abuelos, ya ancianos, vinieron a vivir a la capital años más tarde y  San Cebrián dejó de ser parte del programa habitual del fin de semana.


Ni por asomo esperaba reencontrarme con la pelirroja del modo que sucedió: una mañana de sábado, superadas mi infancia y adolescencia, encendí la tele y allí estaba ella presentando un programa infantil. No podía creerlo. No había cambiado tanto desde la última vez, simplemente había crecido, pero sus rasgos eran los mismos. Permanecí frente al televisor ITT, pestañeando lo imprescindible para no perder detalle. Todo en ella era perfecto, impropio en una joven ni siquiera mayor de edad, nada que ver con las pseudo estrellas prematuras de hoy en día, esas que parecen predestinadas y forzadas por sus madres y luego se convierten en "juguetes rotos" cuando la fama las abandona. Desde entonces, cada sábado me acomodaba a la hora exacta, pendiente del reloj, que ya no era el Justina, jubilado por culpa de mi torpeza y gracias a la obsesión de mi padre por controlar su colección de relojes en la muñeca de mi hermano, más fiable, y la mía, alocada como yo mismo. Fui un seguidor fiel y obsesivo del programa hasta que dejó de emitirse, pero por suerte mi musa siguió apareciendo en antena, igual de bella, con algunas ausencias que soportaba disgustado. 
Pasaron más años y un día la di por perdida. Con la llegada de internet, ese instrumento en ocasiones maravilloso, el mundo volvió a llenarse de luz, la misma que alumbraba sus cabellos de por sí luminosos. Incluso me atreví a enviarle un mensaje por Facebook, en el que le relataba nuestros pocos encuentros de la infancia, añadiendo un poco de fantasía a los mismos, por echarle más azúcar y de paso ablandarla. Me contestó amablemente por el mismo conducto, rechazando con elegancia mi solicitud de amistad, lo que entendí perfectamente y hasta aplaudí, pese a que me privara de mayor contacto. "Una mujer segura de sí misma que no necesita de palmeros", pensé.

Aún quedaba otra sorpresa, por mor de esa memoria omnímoda de la web que guarda nuestras entradas y salidas, algo inquietante por otro lado. Ojeaba la prensa cuando entre los anuncios vi una exposición de fotografía de la que ella era cartel junto a otra persona que me resultó familiar. No pillaba lejos de casa, por lo que tomé nota en mi calendario de pared para no olvidar la fecha, aunque algunos carteles pegados cerca de mi casa me la fueron recordando. Una noche, según regresaba del trabajo, aprovechando la soledad de la calle, arranqué uno con cuidado y al día siguiente lo llevé a enmarcar. 

El día señalado me presenté en la sala. Había menos personas de las que esperaba, lo que me pareció algo triste por una parte, pero mucho mejor para disfrutar sin el bullicio y el ruido que suelen acompañar esos eventos, y más cuando hay "vino español". Me había vestido como para una boda, de lo que me arrepentí al ver el atuendo más bien informal, casi el oficial y corporativo de los artistas que necesitan ser reconocidos como tales, con predominio del negro en versión camiseta, americana y zapatillas de dudosa higiene. Di varias vueltas a la sala, recorriendo las paredes con las fotografías, en blanco y negro casi todas, y cuando me encontraba a punto de llegar a la que figuraba como cartel, de tan embobado como estaba me  topé literalmente con una mujer a la que empujé sin querer. Tras las disculpas simultáneas, me preguntó qué me parecía su obra. 
-¿Eres la autora?, dije, aunque era obvio.
-Sí. ¿Te gustan?
-Mucho. 
-Gracias. Sigues tan encantador como te recordaba.
Me quedé mudo. La miré sin pestañear, tratando de identificarla. Mis ojos iban de su rostro a la fotografía en la que figuraba mi actriz de culto junto a la otra mujer. Fue entonces cuando caí en la cuenta. Era ella. Y de repente algunas de sus fotos se ubicaron en mi mente, o mejor dicho, en los recuerdos infantiles de mi mente, aunque no tuvieran nada que ver.
-Te sigue gustando, ¿eh?
-¿Quién? -respondí con un disimulo torpe.
-Verónica.
-Sí.
-Por eso la escogí para el cartel. 
-¿Qué?
-Era la única forma que se me ocurrió para volver a verte.
Me sentí pillado y avergonzado. Y sobre todo, sorprendido. 
-Es guapísima, -añadió.
-Sí, mucho.
-Ya éramos amigas entonces. Podía habértela presentado. 
Me quedé callado, ensombrecido por la cobardía que siempre me ha perseguido. Ella me sonrió. Y se fue.

lunes, 31 de agosto de 2015

RECUERDOS RURALES DEL MEDIEVO Y MUCHO DESPUÉS... (CAPÍTULO I, POR SI ACASO)

Mis abuelos maternos vivían en un pequeño pueblo de la meseta castellana  cuyo mayor aliciente turístico era y sigue siendo (pese y gracias a las sucesivas rehabilitaciones, unas más afortunadas que otras) una iglesia Mozárabe, y los restos de un convento del que formaba parte, donde María de Molina pasó enclaustrada un tiempo, por si no fuera poco enclaustramiento para una reina, consorte de su sobrino, Sancho IV (incestas nuptias, excessus enormitas et publica infamia, toma latinajos) vivir en una población de apenas doscientos habitantes, por muy madre de Isabel de Castilla que fuese, aunque quizá en los siglos XIII o XIV la habitaran más lugareños. En la capital, las monjas del colegio en el que yo había sufrido mis primeras enseñanzas compartían honores con el pueblo de mi madre, por cuanto en su iglesia descansaban a mayor gloria de la orden (quizá desconocedora de la excomunión papal) los restos de esa misma reina.
Crecí ajeno a todo aquello, de lo que fui consciente muchos años después, cuando descifré el dicho casi jeroglífico de mi abuelo Serafín ("San Cebrián de Mazote, corral de vacas, donde encierran los frailes a las muchachas"), que lo mismo ni tenía relación con María de Molina. 
Muchos fines de semana nos acercábamos a visitar a mis abuelos. Durante el recorrido desde la casa que me habría gustado tener ahora, (con vistas infinitas que a un "vecino", a quien Dios no tardó en llamar a su sagrada y exclusiva vecindad, se le ocurrió después mutilar plantando una nave para maquinaria agrícola), hasta el teleclub, una especie de bar en el que se jugaba la partida y las fantas se pagaban a cinco pesetas y la cerveza águila imperial a tres, gracias a la subvención privada de los socios (ya digo sin decirlo que el erario público aún no era lo que es, ni había gin-tonics premium para el alcalde y sus ediles, con descuento por servicios prestados o por prestar), saludábamos a quien se cruzara en el camino, algunos familiares a los que tampoco conocíamos, pero que en seguida encontraban parentesco, nada difícil en mi pueblo.
(Hay quien dice, no sin razón, que me ando por los Cerros de Úbeda, cuando no por los Montes Torozos, y que mis idas y venidas con tanta subordinada y tanta yuxtapuesta, guiones y paréntesis, le despistan. No le culpo: me cuesta no incurrir, y no puedo asegurar que no lo haga, en errores gramaticales, pero el estilo es el estilo, y la pedrada es la pedrada).
Al llegar nosotros al teleclub, mi abuelo se levantaba de la partida para convidarnos a un refresco o un pirulí (caramelo cubierto de barquillo, pinchado en un palo, que ponía a prueba la resistencia de mis muelas, las que ahora reconstruye Dentix, y las de mis hermanos). Luego volvía a la mesa a terminar sus partidas de  subastado, tute o dominó, sin dejar de presentarnos, sábado tras sábado, a sus compañeros (nunca se le conoció un enemigo) y presumir de nietos, "los de Cipri, la mujer del de la Caja de Ahorros". Según se alargase la partida, volvíamos a casa, solos o de la mano de mi abuelo, haciendo un alto donde la tía Anastasia, la de la tienda, a la que luego mi abuela Felisa, su hermana, pasaba a pagar, ajustando su rural y fraterna contabilidad. 
Mi abuela nos esperaba, con los sempiternos mandil y zapatillas negras, para merendar. En el "sobrao" siempre había un cántaro de vino clarete, fruto del majuelo y los tradicionales métodos de vinificación casera que hoy espantarían a Robert Parker, y un jamón, y las gallinas saludaban nuestra llegada con el regalo de unos huevos (fresco y calentito eran lo mismo) que se convertían en fritos o tortilla, adornando los blancos platos de porcelana con  borde azul. Un rato después, con charla al amor de la lumbre de por medio, regresábamos a casa en el coche, cuando siete no eran multitud ni la ausencia de cinturón de seguridad era delito...

(ahora sigo)