domingo, 20 de febrero de 2022

LAS MIRADAS TORVAS.


 

   

  A poco de entrar en San Benito, ya me miran mal por saltarme (sin darme cuenta) el turno para echarme gel hidroalcohólico. También para meter una moneda en el lampadario, que unos días enciende veinte velitas a pilas y otros cinco (Iberdrola sabrá). No sé si hay carril bici para comulgar. Hace años que no lo intento ni con Omeprazol. 

   Decidí cambiar de itinerario para volver a casa. Antes había dos mujeres a la puerta, pero solo queda una, que cambia de lado para pedir favores pecuniarios de los fieles. Espero que la otra esté bien, pero me da mal fario. Una vez las vi discutir muy acaloradamente con cruce de insultos, pero no quiero pensar mal. 

   Escojo, por variar, el paseo paralelo al río (no el de Zorrilla, que también lo es pero lo conozco de memoria), que es peatonal-runneral-ciclistal al tiempo. Los corredores miran mal a los paseantes cuando invaden el carril que unos y otros creen suyo a falta de señales que lo aclaren; los ciclistas a los corredores y a los paseantes...; los ciclistas lentos a los rápidos, los corredores rápidos a los ciclistas lentos..., en fin, todos me miran mal, nos miramos fatal. Los patos graznan si me acerco demasiado a la orilla, no vaya a ser que me ponga a nadar y los azulones a los blancos, tiene cojones ir de limpio con la que está cayendo. Los piragüistas miran mal a los patos, y los cormoranes al cocodrilo que campa por sus respetos desde que se le escapó a alguien (yo sé a quién, pero no lo diré) y les quita el almuerzo. 

  Bueno, no todo es tan grave. He tenido un día tranquilo, de esos en los que todo te la... 

  Y voy sin mascarilla. 

domingo, 30 de enero de 2022

IN MEMORIAM

Después de revisarlo, contar y recontar, por si arañaba unas décimas, me di cuenta del error. Lo pensé mucho antes de decidirme a subir la tarima. Nos había advertido de que, en vista de los resultados, aprobar estaría más barato, o sea, que sería benévolo para compensar la dificultad del ejercicio, un examen de evaluación. Aún así, no me sentía satisfecho. Era mucho bajar. El sentido de la justicia que mi padre me había inculcado me obligaba a confesar.
—Don Jesús: el examen está mal corregido.
Lo dije sin temor, incluso con un poco de mala uva, pero sonriendo. Era un profesor exigente y justo a carta cabal. Mi denuncia le pilló de sorpresa y noté que se puso en guardia, aunque estuviera acostumbrado a las reclamaciones desesperadas de los adolescentes que veían escaparse sus botas de fútbol, sus tablas de esquí o lo que fuera que hubieran pactado en casa a cambio de un aprobado. 
—¿Dónde? —preguntó con su voz profunda, la misma que usaba para las explicaciones tiza en mano cuando no había pizarras digitales.
Señalé con el dedo sobre la hoja en la que figuraban mis más errores que aciertos. Repasó el problema. Se rascó la cabeza. Volvió a revisarlo. No salía de su asombro. Se había equivocado, cosa que no es infrecuente en un profesor ni en nadie. Levantó la vista. Como le veía confuso, le facilité la tarea.
—Este ejercicio, Don Jesús, está mal. Me sobra un punto.
Su rostro cambió por completo. Sin duda, pensaba que mi reclamación era para que me saliera a devolver. Apartó el folio y me hizo un gesto para que me acercase más, y nuestra conversación fuese confidencial, a salvo de oídos indiscretos, que en ese momento eran los de todos mis compañeros. 
—Si te quito el punto, tendré que suspenderte, —dijo bajando la voz. 
—Póngame la nota que merezco. Ya me esforzaré en la recuperación.
—¿Estás seguro? —insistió.
Mi cara fue la respuesta.
Tomó el boli rojo, tachó mi nota y escribió la nueva con un punto menos, del cuatro al tres. Volvió a mirarme, esta vez con ojos de padre.
—No me esperaba esto. Muchas gracias. 
Me apretó un brazo, lo que interpreté como señal de cariño. Regresé a mi sitio. Mi compañero de pupitre, un repetidor, me preguntó qué habíamos hablado. Se lo expliqué y me miró como si yo fuera bobo.

Al llegar a casa se lo conté a mi padre. En lugar de abroncarme por el suspenso, me felicitó por mi honradez. Sé que se sintió orgulloso de mí, porque mi padre era mucho padre. No recuerdo si acabé aprobando aquella evaluación, pero tengo la vaga idea de que sí, gracias a la benevolencia del profesor, que probablemente compensaría la limpieza de mi cuaderno o mi interés usándolos como argumento en la sesión de evaluación. Durante el resto del curso aprobé y suspendí más exámenes de matemáticas. Cuando fui de los pocos que sacaron buena nota en el control del número e —sigo sin saber para qué servía—, que se había llevado de calle a mis compañeros más aventajados, Don Jesús se alegró aún más que yo, y me hizo una confidencia respecto al mal perder de los empollones de la clase. Nunca hubo más quejas, no había razón para ellas. Sus correcciones posteriores jamás fueron discutibles. Aprobé el curso con dificultades, o sea, raspado.

Años después, cuando ya ejercía de maestro, tuve a su hija como alumna. Al pasar lista el primer día de clase, su apellido me sonó familiar. Luego consulté su ficha de datos, y allí figuraba mi antiguo profesor de matemáticas. Me acordaba del episodio —que no he contado para sacar pecho ni presumir de honradez, sino con lágrimas retenidas—, pero jamás se lo mencioné. Era una estudiante ejemplar, de las de diez tras diez, no sólo en inglés, que era la materia que yo enseñaba, sino en todo. Sus exámenes no admitían discusión: eran perfectos, por lo que no me dio la ocasión de regalarle ninguna nota para agradecerle el trato exquisito que su padre me había dispensado siempre. Le pregunté un día por Don Jesús. 
—¿Le conoces? —preguntó con la timidez que la caracterizaba.
—Claro. Fue mi profesor de matemáticas en segundo de BUP. Dale recuerdos.

Supongo que no se acordaría de mí, pero un día nos encontramos en la calle, éramos casi vecinos,  y al verme cayó en la cuenta.
—No sabía que te dedicabas a esta tarea —me dijo. Sé perfectamente que recordaba el asunto porque su mirada me resultó tan paternal como cuando era su alumno nada destacado. Después nos veíamos con frecuencia y echábamos una parrafada sobre la enseñanza. Intuí que Don Jesús me respetaba casi tanto como yo a él.

En la celebración de las bodas de plata de mi promoción, estuvo en la cena. Nos saludamos con afecto sincero, bajo la mirada escéptica de otros profesores que tuve y cuya consideración no acerté a ganarme, más bien al contrario, aunque no les culpo, porque yo nunca fui un alumno dócil, sino incómodo por decirlo de algún modo. 

Cuando supe que estaba enfermo —le vi después de la operación, paseando con su esposa, su hija y su nieta, que ahora también es una de mis alumnas—, me llevé un disgusto gordo. Charlamos un rato, manteniendo el tipo y, con las mejores palabras que pude encontrar, que no eran muchas, le deseé que se recuperase. Su propia delgadez y la cara de su mujer me dieron la pista de que la cosa era muy grave.

Acabo de regresar de su misa de funeral, de la que he tenido noticia diez minutos antes de la hora, mientras leía el periódico. Me he vestido a toda prisa. He pasado un mal rato, muy malo. Primero, al llegar y ver a algunos de mis profesores y maestros, porque me he sentido mayor; luego, cuando el director de mi antiguo colegio ha hablado de él al finalizar la misa de despedida; y sobre todo al dar el pésame a su hija. Al verme, me ha llamado por mi nombre, creo que extrañada por mi presencia, y excepto un «lo siento» que me ha salido en un hilo de voz bastante húmedo, no hemos hecho otra cosa que abrazarnos y besarnos. Me ha dado las gracias. Las palabras son poca cosa. Las personas somos poca cosa, pero los gestos nos ayudan. 
Bueno: algunas personas son muy importantes en nuestra vida, aunque ya hayan pasado a otra mejor. Y no tengo duda de que el Carnero, Don Jesús Carnero, ya está disfrutando de ella. Se la ha ganado. 

PD: Me habría gustado que mi entrada número 200 tuviera un cariz festivo. Quizá sea que mi profesor de matemáticas merecía un número redondo.

sábado, 22 de enero de 2022

MEAT LOAF, O EL PARAÍSO A LA LUZ DEL SALPICADERO DE UN OPEL CORSA ROJO

Tengo claro que Meat Loaf no pensaba en un Opel Corsa rojo de tres volúmenes cuando cantaba lo del Paraíso a la luz del salpicadero, sino en un Ford Mustang o un Chevrolet Corvette aparcado en un drive-in con lúbricas intenciones. Lo cierto es que, ahora que ha muerto Michael Lee Aday —el verdadero nombre del cantante antes de que un entrenador le pusiera el mote, y que jodió el fusible de un amplificador por pasarse con un agudo (estoy tirando de güisquipedia)—, me acuerdo de las tardes de tenis (o algo parecido) en Viana con mis amigos del cole y uno —más amigo de las pesas— adoptado de otro colegio por aquellas fechas en que aún quedaban dinosaurios por el Paseo de Zorrilla. A veces íbamos en el primer descapotable del letrado, un Suzuki con ballestas que ponía a prueba la resistencia de nuestras tripas, pero el recuerdo que se impone tiene que ver con la música de fondo. A Jose, el arquitecto discreto, le encantaba Meat Loaf, y el álbum Bat out of hell nos acompañaba por la carretera del pinar de Antequera. En alguna ocasión nos dejaba conducir su Corsa por caminos de arena sin pasar de segunda. 
La música tiene esa virtud, mal que les pese a quienes decían que música y perroflautismo vienen a ser la misma cosa. Nos trae recuerdos de amistad fraguada a raquetazos, copazos y meriendas pinariegas, y solo el dueño del Corsa sabrá si también de algún paraíso a la luz de salpicadero. 
Lo cojonudo es que siguen siendo mis amigos, y la muerte de Meat Loaf me ha hecho escribir este post dedicado a todos ellos. Tampoco pasa nada por decirle a tus amigos, aunque sea de vez en cuando, que los quieres. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

SURREALISMO 2, O LOS CAPRICHOS DE LA DESMEMORIA

 Ayer cerré el capítulo anterior sin contar lo que había provocado el título, que no era otra cosa que un sueño, no diré raro, porque últimamente abundan, sino extraño.

 Estaba en mi apartamento (que se parecía poco al de mis sueños conscientes, en los que lo imagino con un salón enorme en el que luce un piano de cola, un equipo de música, libros y otros fetiches) charlando con una exalumna a la que hará como viente años que no veo. Era entonces muy alta para su edad, pero no tanto como para que yo saltase tras ella (en mi sueño) por la ventana y me deslizase por su cuerpo, a modo de barra de bomberos, hasta la calle. Espero que no haya crecido tantísimo desde que no la veo en persona.

 Luego desapareció y me encontré a la puerta de mi clase de COU, porque según decían, mi curso no había estudiado la asignatura de educación física (que, tal como la recuerdo, era una optativa de viernes por la tarde sin repercusión en la nota) ¡y a todos nos tocaba repetir el COU entero! Lo más surrealista, si hasta ahora no lo es bastante, era que mi némesis, un sacerdote jesuita que compartía barbas —y nombre por apellido— con un carpintero famoso (que no era Gepeto, como en el chiste), me recibía con el cariño y la empatía que eché de menos en el curso 82-83. Supongo que su obsesión por mantener la disciplina con mano férrea y la norma de sacar lo mejor de cada alumno (en lo puramente académico, lo que se resume en las notas de selectividad) le impidieron ahondar en otras cuestiones "menores". Su mal ejemplo, curiosamente, se tornó en bueno para mí, que procuro mirar más allá de los números y relativizar su importancia, haciendo ver a mis alumnos que hay valores que no se expresan de forma numérica, y que hay otros tipos de excelencia. El espíritu bohemio, el interés por las artes (no por la asignatura en sí, que solo me hizo feliz cuando empecé a ver monumentos y a disfrutar de las obras de arte sin necesidad de demostrar en un folio que me importaban una higa los nombres de las cosas —que si arbotantes y botareles, que si triglifos y metopas— y, en suma, todo lo que no fuera ensalzar las virtudes de la enseñanza jesuítica (muchas, no lo pongo en duda) en forma de sobresaliente le traían (o eso me pareció) sin cuidado. Al final le tendré que dar las gracias.

 Desperté a media noche, sudoroso pero feliz porque solo era un mal sueño. Otras veces me he visto retomando mis estudios de piano con el mismo resultado: sudores y alivio al despertar.

 Quizá un psicoanalista podría ayudarme a aclarar de dónde vienen semejantes sueños, su significado y en qué medida se pueden superar esos traumas si lo son. Por lo poco que aprendí de Freud, Adler y Jung, debo de haberme quedado en una suerte de fase anal, no tal como la describía Sigmund, sino porque hay cosas que no dejan de darme por el culo.

 

domingo, 12 de diciembre de 2021

"SUB"REALISMO


 Mal empezamos cuando no soy capaz de poner en cursiva el sub del título (mi curso de 30 horas DDDD —desesperadas de destrezas digitales— no da para mucho más). Ni un corta y pega del cuerpo del texto a la cabecera —pura metáfora de la vida— ha servido como solución, así que ahí se queda. (Lo del sub venía a recordar a un profesor de lengua y literatura que cambió  de forma caprichosa el significado de surrealismo, que es justamente lo contrario).

 La anestesia general, dicen, provoca algunos efectos imprevisibles. La epidural de mi otra operación (de la misma hernia umbilical) estuvo a punto de convertirme en eunuco cuando me obstiné en arrancar un apéndice molesto, que yo creía un simple apósito mal adherido y no era otra cosita que mi propia pena —o sea, un pene en estado lamentable—. 

 En esta ocasión, los galenos decidieron que dormirme de alopecia para abajo sería más recomendable que desde la cintura. Lo último que recuerdo fue la breve conversación con una de las anestesistas:

—Piense en alguna cosa agradable.

—La tengo enfrente.

No pude comprobar si mi respuesta la había complacido o, por el contrario, se la había tomado como un comentario micromachista, pero quizá no le dio tiempo a meterme un wiski de garrafón por vía intravenosa para convertirla en intravenenosa. Lo cierto es que, mientras los médicos recolocaban mi tripa díscola, yo estaba soñando como en una de esas noches raras en las que Oniris (un héroe griego y un poco cabrón que me acabo de inventar) proyecta en mi cerebro una peli para todos los públicos. Hora y media de REA más tarde, salí del quirófano con el traje de neonato y mi ombligo en su sitio.

 Para cuando pude orinar, el anestésico debía de haber disfrutado de un viaje el río de divertido —soy de tierra adentro, castellanomesopotámico por la gracia de Esgueva y Pisuerga—, dejando su rastro y efectos acá y allá. No resulta sencillo distinguir mis bobadas conscientes de las provocadas por las drogas legales, así que las enfermeras no tenían elementos de juicio para evaluar/comparar mi falta del mismo. 

 Hoy mismo me atreví a dar mi primer paseo hasta la iglesia de San Benito. Parece que el anestésico general andaba en modo epidural, porque de tripas para abajo me tenía descontrolado. Del mareo se encargó la homilía transmitida por altavoces marca ACME. 

 Un breve periplo por la feria de la artesanía, con feliz encuentro y charla con mi amigo y valedor Francisco Alcántara, que me ha insuflado su discurso positivo, ha acabado por demostrarme que sigo obtuso de pensamiento pero raramente listo: escucho más que hablo. En el caso de Paco, merece mucho la pena. Es un tío con toda la barba, cuyas raíces se instalan muy arriba, adonde otros no llegamos ni en globo.

 Después de comer he ojeado la prensa. Leer a dos expresidentes del gobierno de España no deja de ser un ejercicio de surrealismo. Me temo que los efectos de la anestesia general ya se han diluido. La risa es terapéutica.

 El librito que adorna este texto no es casual. El comienzo tiene algo de surrealista-dadaista (por ahí andaba el tal Queneau), otro poco de chaladura y quizá de sustancias químicas. Cuando acabe de leerlo lo sabré.

domingo, 5 de diciembre de 2021

MEAPILAS

 Tras la PCR preceptiva antes de una operación quirúrgica, nada de importancia, apenas quitarle una D a mi ombligo en 3D —si Dios quiere, seguiré dando el coñazo en persona y en modo virtual en este blog—, acabé en misa de doce y media en la iglesia parroquial de San Juan Bautista, la del barrio de mi infancia. Ha cambiado un poco desde que fui monaguillo. 

http://pucelaacapella.blogspot.com/2010/12/podria-decirse-que-mi-primer-trabajo.html 

  La tarima pulida por los fieles (luego lo fue por la máquina Karate Kid —dar cera-pulir cera— hasta que el terrazo frío la sustituyó) acompañaba mis pasos de monaguillo solitario aquel 8 de diciembre, cuando fui a misa y no había otro auxiliar de guardia sin votos —mis botas eran parte del problema de sonoridad excesiva—. El párroco, D. Alfredo, me dio las gracias —y una generosa propina extraída sin disimulo del cepillo, ¡un duro en negro! —puedo decir que 3 de los antiguos céntimos— (que lo mismo hay que llamarlo "duro de color")— por ayudarle. Mi trabajo consistía en una coreografía (alguna bronca me gané por saltarme el protocolo, dado como era y sigo siendo a la improvisación) limitada a flanquear al cura de turno, tocar la esquila, sin exigirme tonalidad, durante la consagración, pasar el cepillo y poner la patena (paradigma del brillo) bajo la barbilla de quienes se acercaban a comulgar (eso fue antes de que se aconsejara-permitiera poner las manos en forma de trono —mi buen amigo Chema que, como buen abogado, interpreta según la ley y sus recovecos, sabe mucho de esa suerte de digitoflexia— para evitar contagios mucho antes del COVID, para mí VDLC (virus de los cojones) o VDLCCC (virus de los cojones, cojonas y cojonos para otros a los que es raro encontrar en misa, a menos que se les muera un ser querido, y siempre en modo de "por si acaso"). 

 Hoy escuché el viejo armonio que D. Mateo, uno de los sacerdotes de antaño, me dejaba tocar (o no, cuando el cachondo de Javi Herrera, un compañero del cole que compartía parroquia conmigo, me franqueaba la entrada en la iglesia sin moros en el costa y lo tocaba sin permiso). El organista y el cura andaban reñidos, así como las tonalidades con que atacaban el salmo responsorial, el sanctus y el "por Cristo, con Dios y en Él", lo cual ha provocado un sobrevenido dodecafonismo que haría palidecer de soberbia, avaricia, lujuria —o algo peor y más capital— al mismo Schoenberg. Si Dios no sufre de tinnnitus será por su inmensa bondad o sordera selectiva (que envidio). 

 Un vermú de garrafón, sopas de ajo y un chipirón a precio de langosta en un bar de mi viejo barrio han acabado por retrotraerme al pleistoceno de mi vida. 

 Aquí me hallo, en plena fase de digestión del pasado —propio  y ajeno—, y no solo por la misa y vermú de hoy. Más trabajo para mi psicoanalista. A ver si con lo que me ahorro en tabaco puedo pagarlo. 




sábado, 27 de noviembre de 2021

EL RÍO DEL OLVIDO


 A veces necesito escribir cuando no tengo ganas de nada. Por desgracia, hoy es uno de esos días. Perdonaría la necesidad si pudiera evitar el motivo, pero ayer se fue Alberto, y Alberto no es (era, aunque seguirá siendo) una persona cualquiera. 

 La suerte que ayer se le negó tuvo un rato de lucidez (para mí al menos) en 1986 y nos juntó en la misma clase de la escuela de magisterio, especialidad de filología inglesa. Su habla tranquila, su tono de voz y su madurez contrastaron con los míos. Quizá fuera esa la razón que nos unió; la de los polos opuestos o los complementarios o lo que cojones sea (la función terapéutica de las palabrotas es innegable y hoy me salen solas). Nos hicimos amigos sin esfuerzo, con la naturalidad que fluye como el agua de los ríos: desembocamos el uno en el otro, afluentes mutuos sin nombre impuesto por razón de longevidad o longitud, Duero y Pisuerga. Tomábamos café, canapés o cañas entre clase y clase (sin pirarnos ni una), en la cafetería de la escuela, la de Montse y Pepe. Regresábamos a casa en mi SEAT 850 (que no era solo mío, también —o más— de mi hermano, que solía pagar la gasolina), y alguna vez llevamos a su casa al profesor de religión (que bendijo el vehículo mientras Alberto tapaba una pegatina obscena del salpicadero). Gracias a él aprobé las matemáticas de primero (con un cinco del que cuatro puntos salieron de su paciencia la tarde anterior, en su casa, con sus padres atentos a nuestra tranquilidad, café y merienda mediante). 

 Al año siguiente se sumó el bueno de Jose (otro sin tilde), el dibujante-liante. Yo compaginaba mis estudios con el trabajo en los grandes almacenes más grandes de la ciudad, y allí prestaba sus servicios el que acabó convirtiendo el dúo en trío. 

 Muchos chupitos de melocotón (qué invento) en cientos de noches fraguaron nuestra amistad de hombres sin mujeres (ni falta que nos hacían, aunque acabasen por llegar sin ligar). La única vez que Alberto se mosqueó un poco (menos de lo que merecía la afrenta), fue por culpa de un chupito, pero encajó la ofensa con el estoicismo del amigo que perdona el exceso alcohólico. Eso queda en la memoria del trío.

 Hace algo menos de un mes leí en su FB que estaba pachucho (la pachuchez es un término subjetivo, y Alberto tenía un don para quitar hierro a lo objetivo). Le pregunté si le apetecía quedar para comer con Jose y conmigo, y me respondió que estaba flojo, pero me avisaría en cuanto se repusiera. Y por no sé qué (o sí), no quise preguntar más. Confiaba en  su recuperación y llamada. Ayer se truncó el plan.

 El adagio Dios nos libre del día de las alabanzas justifica tanto la tendencia a engrandecer la figura de quien se va como las pocas ganas que tenemos de que nos lleven.  Alberto, el día después de su partida, merece toda alabanza. Como un río, tendría sus meandros, sus aguas bravas, espumas y caudal desaforado. Sus días, vamos. Yo solo le conocí unos minutos de mosqueo (no cabreo) en los años que compartimos. Y vaya si tenía razón (mal que nos pese a Jose y a mí, que fuimos un poco perros, chupitos mediante). Sé que nos perdonó al rato (¿quién invita a su boda a unos cabrones?). Y no opino: sé que, como ayer me decía su esposa, fue una buena persona. Joder (perdón): buena persona se le queda pequeño. 

 Querido Alberto: eres (ahora arriba, que es ser para siempre) un tío cojonudo. Y sentirme amigo tuyo (en la cercana lejanía/lejana cercanía de los quinientos metros que separaban nuestras viviendas) es, sin duda, un honor que no sé si merezco. Por si acaso, te pido perdón por no haber estado más atento. La vida esta que soportamos nos entretiene en lo trivial y nos aleja de lo primordial, pero si algo aprendimos en la escuela de magisterio, es que no solo estamos para enseñar sino para no dejar de aprender. Y aunque figurar en mi directorio no sea un honor per se, lo es para mí. Será que el Sumo Hacedor tiene un poco de soberbia y quiere presumir de obra bien hecha y te llamó (sin pedirte opinión) para ponerte en alguna hornacina, privada o publica, pero ejemplar. Provenir de un pueblo llamado Sancti-Spíritus tenía esta servidumbre. 


 P.S.- La fotografía que encabeza este texto es la dedicatoria de un libro que me regalaste (bien lo sabes). Espero que me perdones, pero el título es lo menos certero que se me ocurre. Estoy seguro de que Julio Llamazares, si supiera nuestra historia, lo cambiaría por "El río continuo" o "El río que no cesa" o cualquier otro que no incluyera la palabra "olvido". A un señor como tú no se le olvida, por muchos chupitos de melocotón que se beban. Y perdóname si no estoy muy fino con el teclado, pero he tenido un mal día, no por tu culpa, pero sí por ti. Descansa en paz (te la ganaste), querido Alberto.