domingo, 31 de mayo de 2020

LA TORTILLA DE PATATA (CON CEBOLLA, HUELGA DECIRLO, ABSTENERSE AFICIONADOS).


Mi buen amigo Chema, padelista de salón (de salón comedor), como el resto de la panda de lisiados útiles en los que la edad y el sedentarismo nos han convertido, me pidió la receta de la tortilla de patata. —Nuestro proveedor oficial, El Barrio (pabellón polideportivo para vagos con hambre), tuvo que cerrar a mediados de marzo por pandémicas razones. Jose (sin tilde, solo su esposa le llama José Manuél, al estilo vasco), Nacho, Pelayo, Chema, los recién llegados Santi y Juan Luis y un servidor, sportsmen sin chándal, nos vimos privados de los beneficios del deporte mandibular—. Siendo este un asunto de suma importancia para cualquier español que se precie, sin necesidad de bandera, y aunque el «tortillismo sala» tiene más facciones irreconciliables que la propia España, aprovecho la hora de la siesta insomne para enfrentarme, a mandil quitado, a la ardua tarea que me ha sido encomendada (sugerida, ¿rogada?) por mi letrado de cabecera, excuñado y excompañero de estudios, lecturas y aficiones varias, que no es poco compartir. 


Creo haber aludido a esta cuestión en otro texto anterior, que hacía referencia a la apuesta que le gané a un hostelero, el cual me retó a adivinar los ingredientes, o el ingrediente secreto, aparte de los de la alineación oficial, de su tortilla gigante. El premio era una invitación durante una semana a todo lo que me apeteciera,  como un guiri en un "itasmachasyucán". Después de la cata con cara de masterchef cabreado y soberbio, es decir, con cara de masterchef a secas, dicté sentencia, más ayudado por las horas de cocina con mi madre que por mi paladar.
—Leche.
Se le mudó el rostro a Manolo, el cocinero, pero admitió su derrota, de la cual no hice sangre. Solo fui una tarde a tomar una caña con una amiga del coro universitario, sin pedir gambas ni nada. Manolo agradeció mi contención. Mi amiga Virginia se casó con otro, pensando en que conmigo le esperaba una dieta innecesaria, porque, amén de guapísima, ostentaba un tipo envidiable. Siguen juntos y felices, cosa que me agrada. Yo no era enemigo para Juan —la verdad sea dicha—, un tío con toda la barba, y además jugó al tenis y me acompañó al tren el mismo día que fui a la mili. Hay cosas que un hombre nunca olvida. Ni yo tampoco.

Voy a la receta, que es a lo que he venido.
-2 patatas grandes
-7 huevos
-1 cebolleta mediana
-aceite de girasol
-aceite de oliva
-sal
-(entra)
-vino bueno, o buenísimo (blanco, clarete o tinto, según gustos del cocinillas) para el «mientrastanto».
-leche (opcional), sin importar la marca: ("Mamá vaca", "Papá toro", "Tía ternera").

1.- Se pelan las patatas y se cortan en lascas finas sin llegar a la transparencia (me vienen recuerdos de los plenos del Congreso, pero no quiero despistarme). Las patatas de Valladolid ya vienen con finura de serie, pero hay que cortarlas igualmente.
2.- Se corta la cebolleta en porciones de 4 milímetros de largo por 3 de ancho por 2 de alto (las medidas, a falta de micrómetro, pueden exceder o quedarse por debajo de los 24 mm cúbicos, pero siempre puedo decir en mi defensa que la receta no salió por culpa de la escasa destreza del pinche y corte).
3.- Se pone aceite de girasol (gigantea, mirasol o tornasol, según zonas) en una sartén grande, más de medio litro y menos de uno (aquí es mejor el exceso que el defecto, porque siempre puede reutilizarse para freír alitas de pollo o croquetas, o un pisto, si se tiene la precaución de calentarlo antes y colarlo para que evapore lo evaporable y elimine lo eliminable). Se calienta a fuego medio y se echa la cebolleta hasta que coja un color que aúne las cualidades de la translucidez y el dorado de playa del norte en una tarde nublada, PANTONE® "golden onion ma non troppo". 
(Si estás bostezando y no tienes fuerzas para llegar hasta el final, ve buscando teléfonos de "teletorti". Las hay con cajas de cartón y el lema "la mejor tortilla de nosedónde". Una vez comí una paella en Londres, en un restaurante regentado por mexicanos. Estaba buena.  Tenía hambre. Allá tú).
4.- Se añaden las patatas. Se espachurran (qué ordinariez de verbo, por Dios, ni «despachurrar» me gusta) levemente, sin ensañarse, para igualar de algún modo la falta de precisión del facedor, que ya andará por el tercer vinito, "¡qué bien entra este morapio, pardiez!". No se trata de hacer puré. 
5.- Se echa sal gorda, sin pasarse, que luego se puede retocar el punto, pero el exceso tiene mal retoque. Se recomienda encarecidamente no añadir sosa, y menos cáustica. No es lo que parece.
6.- Una vez comprobado el grado de fritura-pochadura-pochablanda, ni tiesa ni tostada, se escurre la patata para eliminar el aceite. (Papel de cocina, escurridor, colador, según aperos disponibles).
7.- En un bol (o bolón, como Lourdes), se baten siete huevos grandes, o sea siete huevazos (otra vez me viene el Congreso), sin llegar a ponerlos amarillo uniforme, sino más bien a medio batir o 3/4 de batimiento esto es, que se aprecien diferentes tonalidades de amarillo sutilmente amalgamadas pero sin perder su esencia. 
8.- Se añade la patata, se mezcla con el huevo y con cariño —los huevos siempre requieren buen trato, por si la orquitis—, se prueba y rectifica de sal si es menester (como el «menester de juglaría». El de clerecía queda más insípido, como de cura blandengue). La leche puede atemperar ligeramente el exceso de sal, pero el exceso de leche convertiría nuestra tortilla en un bollo patatero. Un chorrito, así como para un cortado, será suficiente.
9.- En otra sartén un poco más pequeña se echa un chorrito de aceite de oliva 1,0º que tapice la superficie antiadherente de la propia sartén, como un barniz. Se calienta a fuego medio-alto (5/7, 7/10, 25´7/36´2) y, cuando empiece a echar un humillo que adelanta el humarro, se vierte la mezcla. Un minuto y vuelta (en un plato, como mandan los sacrosantos cánones. Los torpes pueden usar artilugios demoniacos como la tapadera metálica sin bordes).
Como con la sal, siempre es mejor quedarse corto. Mejor es darle otra vuelta más que chamuscarla.
10.- Se sirve un poco después, en lo que abrimos otra botella de vino (si ha sobrado algo de la botella anterior, uno no es cocinero ni nada; un simple aficionado, vamos, un «littlehandpealer»).

Consejos ad-hoc:
Hacer una tortilla es un proceso íntimo y privado. No admitáis a nadie que venga con la receta de su abuela (cada uno tenemos dos abuelas —en la familia tradicional—y no se parecen en nada); de algún otro pariente (a menos que esté presente, lo cual exige diligencia y mano izquierda para invitarle a ver los nuevos cuadros del salón, con una copa de vino, eso sí, para mermar la percepción de la tortilla), o de un hijo que estuvo estudiando en el extranjero y una vez hizo una tortilla para su familia de acogida (aún recuerdo, y no se me quita de la cabeza, la fastuosa tortilla española que perpetró para mí una viejecita en Dublín, que venía a ser —la tortilla, no la viejecita— una francesa —no, la dublinesa no— con rodajas de tomate crudo dentro, y me tocó poner buena cara). 

Truco del almendruco:
Si te asaltan las dudas o eres primerizo, que una cosa trae la otra y viceversa, pincha la tortilla por el centro después de darle la vuelta (espera medio minuto, hombre/mujer, no seas impaciente). Si sale manchada y te gustan las tortillas cruditas, sácala. Si las prefieres bien cuajadas... este no es tu sitio. Aquí hacemos las cosas como se deben hacer.  Los ladrillos, los conglomerados y otros materiales de construcción sustentan pero no alimentan.

Aunque intentes engañar a tus amigos del Facebook retocando la superficie con el Photoshop (yo lo hice la primera vez), algunos fotógrafos profesionales, del estilo de Fernando Fuentes (felicidades, riosecano, 55 no es nada), Pilar Ortega, Elías Cueto u Óscar Molina lo notarán. Y, sobre todo, tú te engañarás y estarás engañando a tus padres, a tus profesores, al P. Elías, a Carlos de la Rica, al P. Aniano y a la sociedad entera. —Al P. San José y a Chuck Norris nadie los ha engañado jamás. Ellos dos engañaron a la mentira... varias veces—. Además, te habrás tragado una birria de tortilla y tendrás que aguantar los comentarios tibios de tus invitados con frases como "está bien de sabor" (te pasaste con la sartén), "no está mal" (según con qué se compare), "pelín sabrosa" (salada de cojones), o "apta para enfermos del riñón" (más sosa que el caldo de las habas). Recuerda que el primer comensal satisfecho eres tú mismo. Los demás son convidados y Dios sabe cuánto tardarás en volver a verlos. (Tu mujer merece capítulo aparte, aunque ella y yo vimos venir al P. San José de lejos).

Una tortilla perfecta tiene un riesgo: te llamarán algunos que pasaban cerca de tu casa y se acordaron de ti, justo un sábado a las siete, que ya es casualidad. También que venga con una botella de vino bajo el brazo (eso es casi un milagro).

Por último: si alguien osa mentar el anatema "mejor sin cebolla", échalo de tu casa sin miramientos. No merece tu amistad, por más que se jacte de acudir a restaurantes con estrella Michelín, a menos que se haya atrevido a soltarle a Adriá que el "deconstruido de tubérculo solanáceo maridado con fruto parido a través de cloaca de gallinácea, sobre lecho de esencia de oliva a medio-alta temperatura" estaba un poco "no-sabría-cómo-decirlo". Despídelo antes de que diga "en plan", "o sea", o se empeñe en catar tu vino leyéndote la contraetiqueta de forma disimulada. Si eres un cacho-perro, pega una etiqueta de Vega Sicilia en una botella de vino de cosechero y ríete por lo bajini. Avisado quedas.

¿Doctrinal yo? No lo necesito: yo soy la doctrina tortillera, inmodestia aparte.

PS.- Clarete, coño, eso es lo que pega con la tortilla, como en las bodegas de toda la vida, pero mejor sin bautizar. El tinto o el blanco fino, solo para ti mientras cocinas.


¡Salud!





miércoles, 13 de mayo de 2020

CANTAR PRIMERO, MILAGROS DE SAN PEDRO REGALADO, (NO LE MIRES EL DIENTE), EN HEPTASÍLABOS CANARIOS, OCTOSÍLABOS EN LA PENÍNSULA (Y BALEARES, CEUTA Y MELILLA).

Camina Pedro, (o San Pedro,
según se mire la historia),
—Regalado le proclaman,
que ni barato le nombran—,
por las tierras de Castilla
(quizá fueran de “y León”,
pero eso no viene al cuento),
y resulta
que a la mitad del camino,
morlaco de hocico fino
se le encara.
«Sálvese quien pueda, Dios,
que no habrá forma de huir,
mas acaso improvisando,
desearía, en vez de un Miura,
a los toros de Guisando».

Mas res de piedra no es,
muy al contrario, le embiste,
y el buen Pedro, dando un salto,
se desviste,
y al enfurecido toro,
con ayudados por alto,
manoletinas, verónicas
y toda suerte de lances,
con su capa y el despiste
del cornigacho animal,
logra al fin domesticarlo,
someterlo y domeñarlo.
Mas cuando cree toreado
a aquel bóvido astifino,
un golpe de viento airado
lo desarma
para cornearlo todo
y lanzarlo por lo alto.
Se lamenta, malherido,
el pobre beato Pedro,
tendido y solo en la era,
y proclama:
«Quizá no sea corrida
y se quede en vil capea,
pero ¡menuda cogida!
Si de esta no alcanzo el Cielo
que venga Dios y lo vea».

Rememorando la hazaña
en la Iglesia Vera Cruz,
que no ha legua de su casa,
despistado, por el atrio,
se acuerda de la testuz.
Pierde el pie, mas no su manto,
y estando cerca del suelo,
pues reza, y mira por cuánto,
sin dudar, levanta el vuelo
y aterriza allá en lo alto.

¡Quién fuera San Pedro, Pedro,
tan volátil, tan etéreo.
Solo un santo así es capaz
de inventar el puente aéreo!

domingo, 5 de abril de 2020

COSILLAS SIN IMPORTANCIA.

El primer día, viernes 13, me despedí de mis compañeros del cole con un «hasta después de Semana Santa». Algunos, la mayoría, me miraron raro. 
Por la tarde, fui al supermercado. Había pocas personas comprando, y alimentos suficientes para todos, aunque las estanterías mostraban ciertas carencias. Cogí el último paquete de rollos de papel higiénico, un poco llevado por la alarma. Luego cargué con latas de marcas que ni sabía que existieran. Los mejillones "Marijose" con salsa de zarigüeya no están nada mal. Tampoco la pasta rosa para lasaña ni la salsa de pesto rojo, aunque rojo y rosa no peguen. Al ir a pagar, la clienta que me precedía—una mujer con acento portugués, a la que imaginé brasileña, vete a saber por qué—, preguntó a la cajera si un bote que llevaba era desinfectante para las manos. Como la cajera estaba cobrando, no se enteró de la pregunta y yo miré la etiqueta. 
—No te lo des en las manos. Si lo aplicas al pelo quedarás guapísima. Es gomina.
La mujer me sonrió. 
—Es que vi que ponía "con alcohol", —respondió.
Luego charlamos un rato, distendidamente, sin mostrar demasiado el miedo que llevábamos dentro.

La semana pasada volví al súper. Me chocó que hubiera cola en el de enfrente, que debe de tener mejor prensa. Hice la compra sin aglomeraciones, di las gracias a todas las trabajadoras de Alimerka y saludé a distancia a algunas conocidas. Me puse el primero en una caja. Le advertí a la clienta de al lado de que mi caja estaba libre, para que se pusiera ella.
—No está libre, está cerrada.
—Bueno, mujer —le dije a la cajera—, sólo he fallado por una palabra: en lugar de ocupada he dicho libre.
No se lo tomó muy bien.
Cuando me tocó el turno, la cajera libre que me atendió estaba con la ocupada que no. Les di las gracias por seguir trabajando para que todos tuviéramos la despensa a punto. 
—Perdonadme que no os bese, pero mi mujer es muy celosa.
Se rieron las dos. 

Poco más puedo hacer, excepto dar las gracias a las trabajadoras que se arriesgan para que todos comamos, bebamos y nos limpiemos el culo. Espero, deseo, confío en que cuando esto pase, tras la máscara que nos tocará llevar durante meses (y mira que los japoneses nos parecían raros), las cajeras (por mayoría aplastante se impone el femenino, cosa que no me agrada lo más mínimo, lo de la minoría masculina en tareas "secundarias", quiero decir), las farmacéuticas, las enfermeras, las médicas (no sé si se admite el femenino, pero me da igual) y tantas otras mujeres adivinen una sonrisa, un gesto amable que signifique "gracias". Para mí, que tengo más hermanas que hermanos, es fácil: también tengo directora, mayoría de compañeras maestras, de alumnas... Como de costumbre, los rostros amables y esforzados de a diario son del sexo "débil". Bendita "debilidad" la vuestra. Que no se nos olvide a los machotes. A ver si nos lo hacemos mirar.

Pd.- Para finalizar, un chiste:
Entra un hombre en la biblioteca.
—Buenas tardes. ¿Tiene el libro Las mujeres, el sexo débil?
Responde la bibliotecaria:
—Al fondo, segundo anaquel a la derecha, bajo el cartel de "Ciencia ficción".

Pd2.- Gracias a Patricia y Laura por sus correcciones. Ayuda, consuela, anima comprobar que me leéis con atención. Mucho más me ayuda teneros como compañeras y amigas a diario, compartir cambios de clase y recreos, "guasaps", confidencias y regalos inesperados en forma de lapicero o una nota escondida, o un beso a deshoras, si es que hay horas para mostrar afecto, cariño o amor. Como dice el chiflado de "Mejor imposible", tú (vosotras) me haces (hacéis) ser (o intentarlo) mejor persona. Gracias por ser mis amigas y compañeras, y corregir mis errores. Decir que os quiero no hace justicia a vuestro valor. 


sábado, 4 de abril de 2020

¿QUÉ MÁS PUEDO DECIRTE, HIJA QUERIDA?

Andaba atribulada mi hija porque no podía celebrar su cumpleaños. Diga lo que diga la canción, veinte años son mucho, y noventa y cinco o alguno menos, como dos de mis tías, que los llevan —hoy los estrena una— como un máster sin trampas: mostrando su saber, impartiendo doctrina sin adoctrinar, esto es, con el ejemplo y sin jactancia, con premio no pecuniario. 

Se me ocurrió, en plena cuarentena —no de edad, que la sobrepaso con creces, sino la de ahora, esta que ha ocasionado el puto bicho—, decirle, por pura broma, que iba a por el pan, y luego a hacer fotos al río y más tarde a tomar el vermú, y la pobre, que llevaba varias semanas de confinamiento en casa por una operación que se complicó, se lo tomó a mal. A muy mal, por más que le expliqué que los cumpleaños no necesitan fiesta para celebrarse, que el hecho en sí ya es una celebración, y que aún estaba pendiente la merienda del mío. No hubo forma. 
Por suerte, o quizá porque en casa resolvemos los conflictos con tiempo, silencio y alguna palabrota, se calmó la mar. A ello contribuyeron su jefa y mi jefe —ellos matrimonio y nosotros secundarios—, que le enviaron un regalo inesperado —yo estaba al cabo de la calle pero callé (me encanta chulear al autocorrector)—; su amiga de siempre, "meja", "bestfriend" o como se diga en argot, aunque yo la llamo hija, que nos hizo llegar una tortilla de patatas, y otra compañera y amiga que la sorprendió a la mañana siguiente con más regalos.

Poco después —hoy mismo—, ha venido a decirme que siempre escribo para otros en este blog y que si ella no merecía una mención. Lo cierto es que mis últimas aportaciones han tenido carácter luctuoso y se me hacía difícil romper la inclinación a recordar a los que se acaban de ir porque así lo decidió la divina providencia. Pero lo que no hagas por un hijo, no lo harás por nadie.

Ahora que duerme, después del beso de buenas noches —pijama y embozo— que en mi casa es norma, le dedico esta entrada. Como ser padre de hija única resulta un experimento de ensayo y error sin grupo de control, uno a veces mete la pata —a los maestros solo nos enseñan a educar a hijos ajenos—. Espero que no piense que este texto es uno más de los míos, a los que me obligo los domingos en el blog, los "jueves de ceniza" o antes de algún concurso para seguir ejercitando esta vocación de escribiente vago, o esta vaga vocación. La única que tengo clara es la de padre desde que soy consciente de ser hijo. Y saberme padre de una hija como ella es suficiente acicate para esforzarme cada día, aunque el día amanezca de nalgas. 

Ya celebraremos tu cumple, hija mía, con merienda, tarta con velas y champán. A mí no me hace falta, porque cada mañana, desde hace viente años, recibo algo que sabe mejor que un Dom Perignon o un Vega Sicilia del 64: tu beso por la mañana, el de por la noche y todos los que se nos caen entre horas, suenan mejor que un Steinway D-274, aunque lo tocase el mismísimo Beethoven. Y ya le pueden dar por el tubo de escape al Mustang descapotable. Un paseo contigo... eso sí que es un lujo. 



domingo, 15 de marzo de 2020

Primer día oficial de confinamiento (más bien reclusión) obligatorio.

Al bajar las escaleras desde la notaría, se me antojó que la firma (aún fresca) del papeleo (hipoteca por adquisición de vivienda, “que veinte años no es nada, qué feliz la putada”) de algún modo implicaba la importancia del propio bien-piso-“chalet-adosado-a-tomar-por-culo”-“dúplex-con-terraza-con-pasaporte-incluido”, en mi caso un apartamento de segunda mano, sin ascensor, zona semicentro-siendo-generosos. No necesité ulteriores explicaciones-justificaciones para tomar posesión de mis recién comprados y escasos setenta metros cuadrados, que amoblé (sobre el sintasol o algo así de cutre) con muebles graciosamente donados por mis hermanos, amén de mi televisor sin teletexto (¿qué fue de aquella herramienta imprescindible, —como todo lo imprescindible que caduca—?), el equipo de Hi-Fi con 100 W sin subwoofer (algunos moriríais de envidia, que aún sobrevive sin wifi-bluetooth-gaitagallega) y una colección de libros y discos que había ido atesorando con la poca pasta que me sobraba de mi sueldo de maestra (me gusta usar el femenino sin que me obliguen). Estrené la propiedad con dos amigos, mi querido y admirado tocayo y el Rafa, viendo un partido de baloncesto, con jamón y vino de acompañamiento. Jornada feliz: España ganó.

“Se me cae la casa encima”, dicen por ahí.
A mí no. Ya leía, escuchaba música, veía la tele, alquilaba pelis en VHS y hasta cenaba marisco y tomaba copas “premium” con mi mujer cuando no llegaba la pasta para huevos fritos y “copazas-FAKE-balón-macedonia-a ver quién me ve/mira” en garito de “¿¡lujo!?” (perdonad, pero me da la risa), a poco de casarnos. Si una inversión como pagar el piso en veinte años o el matrimonio en “jajajajjajajajajajajjjaaajjjjaajajaajjajajjaj” no da para pensar en compromisos, es que estuve abducido y caí de culo.
En resumen: quince días en vuestras preciosas casas, con vuestros preciosos hijos, vuestros preciosos muebles y vuestros preciosos “Bemeuves” aparcados no son tan dramáticos. Se me olvidaba: preciosa es la vida. No os dejéis engañar. Un puto bicho exterior ha venido a jodernos la felicidad. 

domingo, 12 de enero de 2020

BEETHOVEN, MENUDO TÍO RARO.

Miedo da, en esta época en la que todo es susceptible de ser criticado a dentelladas (que es gratis aunque a veces salga caro como una hipoteca), loar a quien sea. Siempre sale alguno que, Historia en mano —o wikipedia en su defecto, cuando no unas cuantas lecturas sesgadas— viene a corregir lo incorregible de cada quien. «Menudo ladrón», «era bipolar», «compraba a la prensa», «nunca salió del armario», «era un machista» son argumentos típicos para menospreciar la obra de quien se tercie, uno que casi siempre ha destacado más que el crítico que le pone a parir. Sea como sea, este año se cumplen 250 del nacimiento de Beethoven —del que he leído varias biografías, ninguna en PDF—, aquel genio maltratado por su padre, que lo creía el nuevo Mozart —otro que tal bailaba o tocaba (lo que se ponía a tiro, también comentan)—, como si ser un niño prodigio augurase mayor éxito llegada la adolescencia y en adelante. Dicen que el padre, alcohólico y violento, le ataba a la banqueta del piano para que ensayase sin descanso, por ver si le sacaba de pobre (lo mismo de lo que se quejaría Lang-Lang muchos años después). El chico, harto, se marchó de casa para llegar a Viena, donde el mismo Mozart le concedió audiencia (con buenas críticas, en un ratito que le pudo dedicar entre sonata, concierto y ópera). Los periódicos, que ya existían entonces para lo bueno, lo malo y lo peor, alternaban la cal con la arena. Los vecinos, los camareros y las mujeres que frecuentó eran más proclives a regalarle óxido de calcio.
"Für Therese" era "Para Elisa", dicen algunos. Parece que Ludwig tenía letra de médico, aunque su editor, al no ser farmacéutico y, por ende, incapaz de entender su caligrafía, nada kalós y mucho kakós, metió la pata y de paso le enemistó con la tal Teresa. O quizá Teresa estaba al cabo de la calle y le vino bien no verse retratada para que no se enfadase su marido.
Menos mal que Ludwig nació en el siglo XVIII. Hoy andaría repitiendo curso, o con un simple certificado de escolarización, amén de con la plataforma llena de partes por absentismo, visitas al departamento de orientación y clases de apoyo. De la EBAU ni hablamos. Como mucho, le habría dado para estudiar magisterio, y andaría todo el rato enfadado con que sus alumnos no eran capaces de tocar el sol, sol, sol, miB con la flauta, aunque luego se contentase con que todos bordaran el himno de la alegría, aunque fuera transportado a sol mayor.
Quizá sea casualidad que, como era bajito, moreno y casi siempre andaba cabreado, en el cole le apodaban "El español". 

Pd.- Gracias, Alfonso, por tu corrección. Al menos me consta que hay una persona que lee mis textos. También me consta que tengo que estudiar y aprender más gramática. Siempre es bueno que a uno le asalten las dudas, no vaya a creerse que lo sabe todo.

domingo, 17 de noviembre de 2019

ME DA EN LA NARIZ QUE YA LO HE CONTADO ANTES...

Cada vez que se convocan elecciones me acuerdo de Ensayo sobre la lucidez. Saramago —o Sara Mago, según dicen que dijo una ministra, quien acaso por presumir equivocadamente de bilingüismo seccionó el apellido al fifty-fifty— viene a imaginar lo que sucedería si los ciudadanos tuvieran la ocurrencia, sin pacto previo —ya sería coincidencia—, de no acudir a las urnas el domingo de las votaciones. Hace años que meto mi sobre vacío con la esperanza de que se interprete mi «no-voto» como deseo de que los escaños no tengan ocupante —cosa que suele suceder, aunque por diferente razón (lo que para la legión de trabajadores sin mando en plaza, tanto da si de izquierdas o derechas, suele llamarse absentismo y motivo de sanción para el resto de la ciudadanía, esa que no tiene el privilegio de subir sus propios sueldos, algo en lo que, vaya por Dios o su contrario, todos los diputados se ponen de acuerdo)— y que a la hora de aprobar un presupuesto, una ley o lo que sea que hagan vuestros representantes —no los míos, que no los hallo— cuenten también en blanco, interpretando mi voluntad como yo la concibo.
Algunos dicen que no me mojo; que soy blando, inconsistente; que no ejerzo mi derecho, que se pierde mi voto, que no sé lo que quiero, que así voy mal… Lo de votar a estos estos o esos (nunca aquellos) ya lo he probado sin efectos benéficos hasta la fecha. “A pruebas iguales, resultados iguales”.
He comprado y regalado el libro tantas veces que ya no lo encuentro en mi biblioteca. Ahora mismo voy a buscarlo de nuevo. Será que me salté alguna página y no pillé el concepto.