domingo, 5 de abril de 2020

COSILLAS SIN IMPORTANCIA.

El primer día, viernes 13, me despedí de mis compañeros del cole con un «hasta después de Semana Santa». Algunos, la mayoría, me miraron raro. 
Por la tarde, fui al supermercado. Había pocas personas comprando, y alimentos suficientes para todos, aunque las estanterías mostraban ciertas carencias. Cogí el último paquete de rollos de papel higiénico, un poco llevado por la alarma. Luego cargué con latas de marcas que ni sabía que existieran. Los mejillones "Marijose" con salsa de zarigüeya no están nada mal. Tampoco la pasta rosa para lasaña ni la salsa de pesto rojo, aunque rojo y rosa no peguen. Al ir a pagar, la clienta que me precedía—una mujer con acento portugués, a la que imaginé brasileña, vete a saber por qué—, preguntó a la cajera si un bote que llevaba era desinfectante para las manos. Como la cajera estaba cobrando, no se enteró de la pregunta y yo miré la etiqueta. 
—No te lo des en las manos. Si lo aplicas al pelo quedarás guapísima. Es gomina.
La mujer me sonrió. 
—Es que vi que ponía "con alcohol", —respondió.
Luego charlamos un rato, distendidamente, sin mostrar demasiado el miedo que llevábamos dentro.

La semana pasada volví al súper. Me chocó que hubiera cola en el de enfrente, que debe de tener mejor prensa. Hice la compra sin aglomeraciones, di las gracias a todas las trabajadoras de Alimerka y saludé a distancia a algunas conocidas. Me puse el primero en una caja. Le advertí a la clienta de al lado de que mi caja estaba libre, para que se pusiera ella.
—No está libre, está cerrada.
—Bueno, mujer —le dije a la cajera—, sólo he fallado por una palabra: en lugar de ocupada he dicho libre.
No se lo tomó muy bien.
Cuando me tocó el turno, la cajera libre que me atendió estaba con la ocupada que no. Les di las gracias por seguir trabajando para que todos tuviéramos la despensa a punto. 
—Perdonadme que no os bese, pero mi mujer es muy celosa.
Se rieron las dos. 

Poco más puedo hacer, excepto dar las gracias a las trabajadoras que se arriesgan para que todos comamos, bebamos y nos limpiemos el culo. Espero, deseo, confío en que cuando esto pase, tras la máscara que nos tocará llevar durante meses (y mira que los japoneses nos parecían raros), las cajeras (por mayoría aplastante se impone el femenino, cosa que no me agrada lo más mínimo, lo de la minoría masculina en tareas "secundarias", quiero decir), las farmacéuticas, las enfermeras, las médicas (no sé si se admite el femenino, pero me da igual) y tantas otras mujeres adivinen una sonrisa, un gesto amable que signifique "gracias". Para mí, que tengo más hermanas que hermanos, es fácil: también tengo directora, mayoría de compañeras maestras, de alumnas... Como de costumbre, los rostros amables y esforzados de a diario son del sexo "débil". Bendita "debilidad" la vuestra. Que no se nos olvide a los machotes. A ver si nos lo hacemos mirar.

Pd.- Para finalizar, un chiste:
Entra un hombre en la biblioteca.
—Buenas tardes. ¿Tiene el libro Las mujeres, el sexo débil?
Responde la bibliotecaria:
—Al fondo, segundo anaquel a la derecha, bajo el cartel de "Ciencia ficción".

Pd2.- Gracias a Patricia y Laura por sus correcciones. Ayuda, consuela, anima comprobar que me leéis con atención. Mucho más me ayuda teneros como compañeras y amigas a diario, compartir cambios de clase y recreos, "guasaps", confidencias y regalos inesperados en forma de lapicero o una nota escondida, o un beso a deshoras, si es que hay horas para mostrar afecto, cariño o amor. Como dice el chiflado de "Mejor imposible", tú (vosotras) me haces (hacéis) ser (o intentarlo) mejor persona. Gracias por ser mis amigas y compañeras, y corregir mis errores. Decir que os quiero no hace justicia a vuestro valor. 


sábado, 4 de abril de 2020

¿QUÉ MÁS PUEDO DECIRTE, HIJA QUERIDA?

Andaba atribulada mi hija porque no podía celebrar su cumpleaños. Diga lo que diga la canción, veinte años son mucho, y noventa y cinco o alguno menos, como dos de mis tías, que los llevan —hoy los estrena una— como un máster sin trampas: mostrando su saber, impartiendo doctrina sin adoctrinar, esto es, con el ejemplo y sin jactancia, con premio no pecuniario. 

Se me ocurrió, en plena cuarentena —no de edad, que la sobrepaso con creces, sino la de ahora, esta que ha ocasionado el puto bicho—, decirle, por pura broma, que iba a por el pan, y luego a hacer fotos al río y más tarde a tomar el vermú, y la pobre, que llevaba varias semanas de confinamiento en casa por una operación que se complicó, se lo tomó a mal. A muy mal, por más que le expliqué que los cumpleaños no necesitan fiesta para celebrarse, que el hecho en sí ya es una celebración, y que aún estaba pendiente la merienda del mío. No hubo forma. 
Por suerte, o quizá porque en casa resolvemos los conflictos con tiempo, silencio y alguna palabrota, se calmó la mar. A ello contribuyeron su jefa y mi jefe —ellos matrimonio y nosotros secundarios—, que le enviaron un regalo inesperado —yo estaba al cabo de la calle pero callé (me encanta chulear al autocorrector)—; su amiga de siempre, "meja", "bestfriend" o como se diga en argot, aunque yo la llamo hija, que nos hizo llegar una tortilla de patatas, y otra compañera y amiga que la sorprendió a la mañana siguiente con más regalos.

Poco después —hoy mismo—, ha venido a decirme que siempre escribo para otros en este blog y que si ella no merecía una mención. Lo cierto es que mis últimas aportaciones han tenido carácter luctuoso y se me hacía difícil romper la inclinación a recordar a los que se acaban de ir porque así lo decidió la divina providencia. Pero lo que no hagas por un hijo, no lo harás por nadie.

Ahora que duerme, después del beso de buenas noches —pijama y embozo— que en mi casa es norma, le dedico esta entrada. Como ser padre de hija única resulta un experimento de ensayo y error sin grupo de control, uno a veces mete la pata —a los maestros solo nos enseñan a educar a hijos ajenos—. Espero que no piense que este texto es uno más de los míos, a los que me obligo los domingos en el blog, los "jueves de ceniza" o antes de algún concurso para seguir ejercitando esta vocación de escribiente vago, o esta vaga vocación. La única que tengo clara es la de padre desde que soy consciente de ser hijo. Y saberme padre de una hija como ella es suficiente acicate para esforzarme cada día, aunque el día amanezca de nalgas. 

Ya celebraremos tu cumple, hija mía, con merienda, tarta con velas y champán. A mí no me hace falta, porque cada mañana, desde hace viente años, recibo algo que sabe mejor que un Dom Perignon o un Vega Sicilia del 64: tu beso por la mañana, el de por la noche y todos los que se nos caen entre horas, suenan mejor que un Steinway D-274, aunque lo tocase el mismísimo Beethoven. Y ya le pueden dar por el tubo de escape al Mustang descapotable. Un paseo contigo... eso sí que es un lujo. 



domingo, 15 de marzo de 2020

Primer día oficial de confinamiento (más bien reclusión) obligatorio.

Al bajar las escaleras desde la notaría, se me antojó que la firma (aún fresca) del papeleo (hipoteca por adquisición de vivienda, “que veinte años no es nada, qué feliz la putada”) de algún modo implicaba la importancia del propio bien-piso-“chalet-adosado-a-tomar-por-culo”-“dúplex-con-terraza-con-pasaporte-incluido”, en mi caso un apartamento de segunda mano, sin ascensor, zona semicentro-siendo-generosos. No necesité ulteriores explicaciones-justificaciones para tomar posesión de mis recién comprados y escasos setenta metros cuadrados, que amoblé (sobre el sintasol o algo así de cutre) con muebles graciosamente donados por mis hermanos, amén de mi televisor sin teletexto (¿qué fue de aquella herramienta imprescindible, —como todo lo imprescindible que caduca—?), el equipo de Hi-Fi con 100 W sin subwoofer (algunos moriríais de envidia, que aún sobrevive sin wifi-bluetooth-gaitagallega) y una colección de libros y discos que había ido atesorando con la poca pasta que me sobraba de mi sueldo de maestra (me gusta usar el femenino sin que me obliguen). Estrené la propiedad con dos amigos, mi querido y admirado tocayo y el Rafa, viendo un partido de baloncesto, con jamón y vino de acompañamiento. Jornada feliz: España ganó.

“Se me cae la casa encima”, dicen por ahí.
A mí no. Ya leía, escuchaba música, veía la tele, alquilaba pelis en VHS y hasta cenaba marisco y tomaba copas “premium” con mi mujer cuando no llegaba la pasta para huevos fritos y “copazas-FAKE-balón-macedonia-a ver quién me ve/mira” en garito de “¿¡lujo!?” (perdonad, pero me da la risa), a poco de casarnos. Si una inversión como pagar el piso en veinte años o el matrimonio en “jajajajjajajajajajajjjaaajjjjaajajaajjajajjaj” no da para pensar en compromisos, es que estuve abducido y caí de culo.
En resumen: quince días en vuestras preciosas casas, con vuestros preciosos hijos, vuestros preciosos muebles y vuestros preciosos “Bemeuves” aparcados no son tan dramáticos. Se me olvidaba: preciosa es la vida. No os dejéis engañar. Un puto bicho exterior ha venido a jodernos la felicidad. 

domingo, 12 de enero de 2020

BEETHOVEN, MENUDO TÍO RARO.

Miedo da, en esta época en la que todo es susceptible de ser criticado a dentelladas (que es gratis aunque a veces salga caro como una hipoteca), loar a quien sea. Siempre sale alguno que, Historia en mano —o wikipedia en su defecto, cuando no unas cuantas lecturas sesgadas— viene a corregir lo incorregible de cada quien. «Menudo ladrón», «era bipolar», «compraba a la prensa», «nunca salió del armario», «era un machista» son argumentos típicos para menospreciar la obra de quien se tercie, uno que casi siempre ha destacado más que el crítico que le pone a parir. Sea como sea, este año se cumplen 250 del nacimiento de Beethoven —del que he leído varias biografías, ninguna en PDF—, aquel genio maltratado por su padre, que lo creía el nuevo Mozart —otro que tal bailaba o tocaba (lo que se ponía a tiro, también comentan)—, como si ser un niño prodigio augurase mayor éxito llegada la adolescencia y en adelante. Dicen que el padre, alcohólico y violento, le ataba a la banqueta del piano para que ensayase sin descanso, por ver si le sacaba de pobre (lo mismo de lo que se quejaría Lang-Lang muchos años después). El chico, harto, se marchó de casa para llegar a Viena, donde el mismo Mozart le concedió audiencia (con buenas críticas, en un ratito que le pudo dedicar entre sonata, concierto y ópera). Los periódicos, que ya existían entonces para lo bueno, lo malo y lo peor, alternaban la cal con la arena. Los vecinos, los camareros y las mujeres que frecuentó eran más proclives a regalarle óxido de calcio.
"Für Therese" era "Para Elisa", dicen algunos. Parece que Ludwig tenía letra de médico, aunque su editor, al no ser farmacéutico y, por ende, incapaz de entender su caligrafía, nada kalós y mucho kakós, metió la pata y de paso le enemistó con la tal Teresa. O quizá Teresa estaba al cabo de la calle y le vino bien no verse retratada para que no se enfadase su marido.
Menos mal que Ludwig nació en el siglo XVIII. Hoy andaría repitiendo curso, o con un simple certificado de escolarización, amén de con la plataforma llena de partes por absentismo, visitas al departamento de orientación y clases de apoyo. De la EBAU ni hablamos. Como mucho, le habría dado para estudiar magisterio, y andaría todo el rato enfadado con que sus alumnos no eran capaces de tocar el sol, sol, sol, miB con la flauta, aunque luego se contentase con que todos bordaran el himno de la alegría, aunque fuera transportado a sol mayor.
Quizá sea casualidad que, como era bajito, moreno y casi siempre andaba cabreado, en el cole le apodaban "El español". 

Pd.- Gracias, Alfonso, por tu corrección. Al menos me consta que hay una persona que lee mis textos. También me consta que tengo que estudiar y aprender más gramática. Siempre es bueno que a uno le asalten las dudas, no vaya a creerse que lo sabe todo.

domingo, 17 de noviembre de 2019

ME DA EN LA NARIZ QUE YA LO HE CONTADO ANTES...

Cada vez que se convocan elecciones me acuerdo de Ensayo sobre la lucidez. Saramago —o Sara Mago, según dicen que dijo una ministra, quien acaso por presumir equivocadamente de bilingüismo seccionó el apellido al fifty-fifty— viene a imaginar lo que sucedería si los ciudadanos tuvieran la ocurrencia, sin pacto previo —ya sería coincidencia—, de no acudir a las urnas el domingo de las votaciones. Hace años que meto mi sobre vacío con la esperanza de que se interprete mi «no-voto» como deseo de que los escaños no tengan ocupante —cosa que suele suceder, aunque por diferente razón (lo que para la legión de trabajadores sin mando en plaza, tanto da si de izquierdas o derechas, suele llamarse absentismo y motivo de sanción para el resto de la ciudadanía, esa que no tiene el privilegio de subir sus propios sueldos, algo en lo que, vaya por Dios o su contrario, todos los diputados se ponen de acuerdo)— y que a la hora de aprobar un presupuesto, una ley o lo que sea que hagan vuestros representantes —no los míos, que no los hallo— cuenten también en blanco, interpretando mi voluntad como yo la concibo.
Algunos dicen que no me mojo; que soy blando, inconsistente; que no ejerzo mi derecho, que se pierde mi voto, que no sé lo que quiero, que así voy mal… Lo de votar a estos estos o esos (nunca aquellos) ya lo he probado sin efectos benéficos hasta la fecha. “A pruebas iguales, resultados iguales”.
He comprado y regalado el libro tantas veces que ya no lo encuentro en mi biblioteca. Ahora mismo voy a buscarlo de nuevo. Será que me salté alguna página y no pillé el concepto.

sábado, 19 de octubre de 2019

REQUIEM... PARA UN AMIGO. DEP, SANMI.



El Requiem de Mozart es, desde siempre, una de mis obras favoritas. Hace unas semanas me llegó una invitación para sumarme al Coro Universitario de mi ciudad (Coro de la UVA, como se llama hoy) e interpretar la última composición de Amadeus acompañado por la Orquesta de la Universidad pucelana en la sala sinfónica del Centro Cultural Miguel Delibes. La ocasión era propicia: pocos ensayos, ambiente conocido y un auditorio precioso. A mis años hay pocas oportunidades para disfrutar de un caramelo semejante. Lo que no esperaba era que el evento fuese a cobrar un significado literal, muy alejado de lo festivo: mi amigo de la infancia, el buenazo de Sanmi, estaba a punto de reunirse con el autor del Requiem. Lo supe unos días antes. Entre dos tardes de ensayo fui a visitarlo —era el día de su cumpleaños— a sabiendas de que ya no estaba para charlas, aunque quizá me escuchase. ¿Qué iba a decirle? ¿Que uno se abandona y al tiempo abandona a sus amigos? No era momento de reproches, no fuera a tener él también alguno que hacerme. Uno nunca sabe si ha hecho todo lo que está en su mano, si fue suficientemente convincente (se ve que no) con sus palabras o actos; si, en definitiva, sirvió de algo. Y no dejo de pensarlo, por ver si puedo tragar, mastica que te mastica, ese bocado acre que me ayude a llenar el vacío que tengo en el estómago. Espero que perdones, querido Jose, lo que dejé de hacer por ayudarte. Sólo pude, a título póstumo, dedicarte mi voz, a ratos cortada, como homenaje a ti y a nuestras muchas vivencias: vacaciones en la playa, meriendas en el pinar y en tu chalet —tres amigos con parecido plumaje de gansos, Nacho, tú y yo, asando lechazo (con la receta de nuestras respectivas madres) para el resto de la cuadrilla, que se los zampó sin poner pegas—, películas en tu casa, partidas de mus en el Club de Médicos —donde nos preguntaron si teníamos familiares socios y Nacho salió con que tenía un vecino que se apellidaba Bayer—, baños en la piscina, noches de fiesta, los "viquingos" del Güagüita,  paseos con chicas —siempre había un verso suelto para ti, aunque eras difícil para encontrarte rima—, las fiestas de Matapozuelos, en el chalet de Pedro, cuando te metimos un cordero en la cama, y la cena sorpresa de cumpleaños que te preparamos justo después de tu primer aviso serio, cuando parecía que estabas dispuesto a remontar tras el susto gordo. 
Por más que lo intento, no consigo recordar dónde querías que esparciéramos tus cenizas, pero cada uno de nosotros llevamos un puñado en el bolsillo de nuestro corazón. Espero que te complazca saberlo.





domingo, 29 de septiembre de 2019

ENSAYO SOBRE LA IRA

Esta mañana, como suelo, me dirigía a misa con mi esposa, pero las prisas nos obligaron a ir en coche, saltándonos la saludable costumbre del paseo dominical. A poco de doblar la primera esquina, una pareja como de 30 años (cada uno) cruzaba la calle. Aún no sé qué hice mal —circulaba a lo poco que da mi coche en segunda, que es bien poco— y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, la mujer esgrimió con virulencia un gesto de desaprobación —más bien de cabreo— regalándome una peineta y unos cuantos exabruptos —no los oí con nitidez, pero tenían toda la pinta—. Mi esposa me avisó del hecho. Pude ver por el retrovisor cómo la chica treintañera seguía con su mosqueo creciente, cuya razón sigo sin entender: cruzaba con su amigo, bien alejados ambos del paso de cebra, y yo marchaba despacio. Quizá entendió que no me detuve para dejarlos pasar. Bajé la ventanilla y saqué una mano que, en mi intención, quería significar algo así como "¿qué te he hecho?", pero parece que fui malinterpretado, por lo que me volvió a retar con otra peineta y, de remate, una más con corte de mangas y una ristra de palabras poco edificantes sobre la concepción legítima. Reconozco que estuve tentado de parar el coche, bajarme y, aunque suene a ciencia ficción, preguntarle educadamente dónde radicaba mi error, ese que había provocado su ira. También lo estuve de tirarme un farol, corriendo hacia ellos entre palabrotas para acogotarlos, pero mi retrovisor interior me hizo desistir, arrojando la propia imagen de un cincuentón nada agresivo y con ojeras, un simple padre de familia de camino a misa.
El trayecto hasta la iglesia (la conversación adyacente, lo cual resulta obvio y esperable), versó sobre el pecado capital de la ira. Mi cabecita de escribiente aficionado me dejó ideas (guiones) para un corto o varios, enfocados desde distintas ópticas: a lo español (Almodóvar o Amenábar); a lo inglés, empalagoso o realista (Richard Curtis o Ken Loach) o al estilo Hollywood (Allen o Tarantino). 
Mi pensamiento subyacente era que uno puede complicarse la vida en función de cómo haya dormido, de lo que le inyecte a uno su acompañante o de la película que haya visto la noche anterior (desde  "La balada de Cable Hogue" a "Un día de furia"). 
Durante la comunión, me dio por pensar que algún curso habrá sobre mindfulness, yoga o "buenismo" que me permita cumplir con las horas de formación a las que me obliga mi empresa cada año. 
Tampoco desecho la idea de rodar un corto, en cuyos títulos de crédito mencionaré a la mujer que lo inspiró.