domingo, 15 de marzo de 2020

Primer día oficial de confinamiento (más bien reclusión) obligatorio.

Al bajar las escaleras desde la notaría, se me antojó que la firma (aún fresca) del papeleo (hipoteca por adquisición de vivienda, “que veinte años no es nada, qué feliz la putada”) de algún modo implicaba la importancia del propio bien-piso-“chalet-adosado-a-tomar-por-culo”-“dúplex-con-terraza-con-pasaporte-incluido”, en mi caso un apartamento de segunda mano, sin ascensor, zona semicentro-siendo-generosos. No necesité ulteriores explicaciones-justificaciones para tomar posesión de mis recién comprados y escasos setenta metros cuadrados, que amoblé (sobre el sintasol o algo así de cutre) con muebles graciosamente donados por mis hermanos, amén de mi televisor sin teletexto (¿qué fue de aquella herramienta imprescindible, —como todo lo imprescindible que caduca—?), el equipo de Hi-Fi con 100 W sin subwoofer (algunos moriríais de envidia, que aún sobrevive sin wifi-bluetooth-gaitagallega) y una colección de libros y discos que había ido atesorando con la poca pasta que me sobraba de mi sueldo de maestra (me gusta usar el femenino sin que me obliguen). Estrené la propiedad con dos amigos, mi querido y admirado tocayo y el Rafa, viendo un partido de baloncesto, con jamón y vino de acompañamiento. Jornada feliz: España ganó.

“Se me cae la casa encima”, dicen por ahí.
A mí no. Ya leía, escuchaba música, veía la tele, alquilaba pelis en VHS y hasta cenaba marisco y tomaba copas “premium” con mi mujer cuando no llegaba la pasta para huevos fritos y “copazas-FAKE-balón-macedonia-a ver quién me ve/mira” en garito de “¿¡lujo!?” (perdonad, pero me da la risa), a poco de casarnos. Si una inversión como pagar el piso en veinte años o el matrimonio en “jajajajjajajajajajajjjaaajjjjaajajaajjajajjaj” no da para pensar en compromisos, es que estuve abducido y caí de culo.
En resumen: quince días en vuestras preciosas casas, con vuestros preciosos hijos, vuestros preciosos muebles y vuestros preciosos “Bemeuves” aparcados no son tan dramáticos. Se me olvidaba: preciosa es la vida. No os dejéis engañar. Un puto bicho exterior ha venido a jodernos la felicidad. 

domingo, 12 de enero de 2020

BEETHOVEN, MENUDO TÍO RARO.

Miedo da, en esta época en la que todo es susceptible de ser criticado a dentelladas (que es gratis aunque a veces salga caro como una hipoteca), loar a quien sea. Siempre sale alguno que, Historia en mano —o wikipedia en su defecto, cuando no unas cuantas lecturas sesgadas— viene a corregir lo incorregible de cada quien. «Menudo ladrón», «era bipolar», «compraba a la prensa», «nunca salió del armario», «era un machista» son argumentos típicos para menospreciar la obra de quien se tercie, uno que casi siempre ha destacado más que el crítico que le pone a parir. Sea como sea, este año se cumplen 250 del nacimiento de Beethoven —del que he leído varias biografías, ninguna en PDF—, aquel genio maltratado por su padre, que lo creía el nuevo Mozart —otro que tal bailaba o tocaba (lo que se ponía a tiro, también comentan)—, como si ser un niño prodigio augurase mayor éxito llegada la adolescencia y en adelante. Dicen que el padre, alcohólico y violento, le ataba a la banqueta del piano para que ensayase sin descanso, por ver si le sacaba de pobre (lo mismo de lo que se quejaría Lang-Lang muchos años después). El chico, harto, se marchó de casa para llegar a Viena, donde el mismo Mozart le concedió audiencia (con buenas críticas, en un ratito que le pudo dedicar entre sonata, concierto y ópera). Los periódicos, que ya existían entonces para lo bueno, lo malo y lo peor, alternaban la cal con la arena. Los vecinos, los camareros y las mujeres que frecuentó eran más proclives a regalarle óxido de calcio.
"Für Therese" era "Para Elisa", dicen algunos. Parece que Ludwig tenía letra de médico, aunque su editor, al no ser farmacéutico y, por ende, incapaz de entender su caligrafía, nada kalós y mucho kakós, metió la pata y de paso le enemistó con la tal Teresa. O quizá Teresa estaba al cabo de la calle y le vino bien no verse retratada para que no se enfadase su marido.
Menos mal que Ludwig nació en el siglo XVIII. Hoy andaría repitiendo curso, o con un simple certificado de escolarización, amén de con la plataforma llena de partes por absentismo, visitas al departamento de orientación y clases de apoyo. De la EBAU ni hablamos. Como mucho, le habría dado para estudiar magisterio, y andaría todo el rato enfadado con que sus alumnos no eran capaces de tocar el sol, sol, sol, miB con la flauta, aunque luego se contentase con que todos bordaran el himno de la alegría, aunque fuera transportado a sol mayor.
Quizá sea casualidad que, como era bajito, moreno y casi siempre andaba cabreado, en el cole le apodaban "El español". 

Pd.- Gracias, Alfonso, por tu corrección. Al menos me consta que hay una persona que lee mis textos. También me consta que tengo que estudiar y aprender más gramática. Siempre es bueno que a uno le asalten las dudas, no vaya a creerse que lo sabe todo.

domingo, 17 de noviembre de 2019

ME DA EN LA NARIZ QUE YA LO HE CONTADO ANTES...

Cada vez que se convocan elecciones me acuerdo de Ensayo sobre la lucidez. Saramago —o Sara Mago, según dicen que dijo una ministra, quien acaso por presumir equivocadamente de bilingüismo seccionó el apellido al fifty-fifty— viene a imaginar lo que sucedería si los ciudadanos tuvieran la ocurrencia, sin pacto previo —ya sería coincidencia—, de no acudir a las urnas el domingo de las votaciones. Hace años que meto mi sobre vacío con la esperanza de que se interprete mi «no-voto» como deseo de que los escaños no tengan ocupante —cosa que suele suceder, aunque por diferente razón (lo que para la legión de trabajadores sin mando en plaza, tanto da si de izquierdas o derechas, suele llamarse absentismo y motivo de sanción para el resto de la ciudadanía, esa que no tiene el privilegio de subir sus propios sueldos, algo en lo que, vaya por Dios o su contrario, todos los diputados se ponen de acuerdo)— y que a la hora de aprobar un presupuesto, una ley o lo que sea que hagan vuestros representantes —no los míos, que no los hallo— cuenten también en blanco, interpretando mi voluntad como yo la concibo.
Algunos dicen que no me mojo; que soy blando, inconsistente; que no ejerzo mi derecho, que se pierde mi voto, que no sé lo que quiero, que así voy mal… Lo de votar a estos estos o esos (nunca aquellos) ya lo he probado sin efectos benéficos hasta la fecha. “A pruebas iguales, resultados iguales”.
He comprado y regalado el libro tantas veces que ya no lo encuentro en mi biblioteca. Ahora mismo voy a buscarlo de nuevo. Será que me salté alguna página y no pillé el concepto.

sábado, 19 de octubre de 2019

REQUIEM... PARA UN AMIGO. DEP, SANMI.



El Requiem de Mozart es, desde siempre, una de mis obras favoritas. Hace unas semanas me llegó una invitación para sumarme al Coro Universitario de mi ciudad (Coro de la UVA, como se llama hoy) e interpretar la última composición de Amadeus acompañado por la Orquesta de la Universidad pucelana en la sala sinfónica del Centro Cultural Miguel Delibes. La ocasión era propicia: pocos ensayos, ambiente conocido y un auditorio precioso. A mis años hay pocas oportunidades para disfrutar de un caramelo semejante. Lo que no esperaba era que el evento fuese a cobrar un significado literal, muy alejado de lo festivo: mi amigo de la infancia, el buenazo de Sanmi, estaba a punto de reunirse con el autor del Requiem. Lo supe unos días antes. Entre dos tardes de ensayo fui a visitarlo —era el día de su cumpleaños— a sabiendas de que ya no estaba para charlas, aunque quizá me escuchase. ¿Qué iba a decirle? ¿Que uno se abandona y al tiempo abandona a sus amigos? No era momento de reproches, no fuera a tener él también alguno que hacerme. Uno nunca sabe si ha hecho todo lo que está en su mano, si fue suficientemente convincente (se ve que no) con sus palabras o actos; si, en definitiva, sirvió de algo. Y no dejo de pensarlo, por ver si puedo tragar, mastica que te mastica, ese bocado acre que me ayude a llenar el vacío que tengo en el estómago. Espero que perdones, querido Jose, lo que dejé de hacer por ayudarte. Sólo pude, a título póstumo, dedicarte mi voz, a ratos cortada, como homenaje a ti y a nuestras muchas vivencias: vacaciones en la playa, meriendas en el pinar y en tu chalet —tres amigos con parecido plumaje de gansos, Nacho, tú y yo, asando lechazo (con la receta de nuestras respectivas madres) para el resto de la cuadrilla, que se los zampó sin poner pegas—, películas en tu casa, partidas de mus en el Club de Médicos —donde nos preguntaron si teníamos familiares socios y Nacho salió con que tenía un vecino que se apellidaba Bayer—, baños en la piscina, noches de fiesta, los "viquingos" del Güagüita,  paseos con chicas —siempre había un verso suelto para ti, aunque eras difícil para encontrarte rima—, las fiestas de Matapozuelos, en el chalet de Pedro, cuando te metimos un cordero en la cama, y la cena sorpresa de cumpleaños que te preparamos justo después de tu primer aviso serio, cuando parecía que estabas dispuesto a remontar tras el susto gordo. 
Por más que lo intento, no consigo recordar dónde querías que esparciéramos tus cenizas, pero cada uno de nosotros llevamos un puñado en el bolsillo de nuestro corazón. Espero que te complazca saberlo.





domingo, 29 de septiembre de 2019

ENSAYO SOBRE LA IRA

Esta mañana, como suelo, me dirigía a misa con mi esposa, pero las prisas nos obligaron a ir en coche, saltándonos la saludable costumbre del paseo dominical. A poco de doblar la primera esquina, una pareja como de 30 años (cada uno) cruzaba la calle. Aún no sé qué hice mal —circulaba a lo poco que da mi coche en segunda, que es bien poco— y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, la mujer esgrimió con virulencia un gesto de desaprobación —más bien de cabreo— regalándome una peineta y unos cuantos exabruptos —no los oí con nitidez, pero tenían toda la pinta—. Mi esposa me avisó del hecho. Pude ver por el retrovisor cómo la chica treintañera seguía con su mosqueo creciente, cuya razón sigo sin entender: cruzaba con su amigo, bien alejados ambos del paso de cebra, y yo marchaba despacio. Quizá entendió que no me detuve para dejarlos pasar. Bajé la ventanilla y saqué una mano que, en mi intención, quería significar algo así como "¿qué te he hecho?", pero parece que fui malinterpretado, por lo que me volvió a retar con otra peineta y, de remate, una más con corte de mangas y una ristra de palabras poco edificantes sobre la concepción legítima. Reconozco que estuve tentado de parar el coche, bajarme y, aunque suene a ciencia ficción, preguntarle educadamente dónde radicaba mi error, ese que había provocado su ira. También lo estuve de tirarme un farol, corriendo hacia ellos entre palabrotas para acogotarlos, pero mi retrovisor interior me hizo desistir, arrojando la propia imagen de un cincuentón nada agresivo y con ojeras, un simple padre de familia de camino a misa.
El trayecto hasta la iglesia (la conversación adyacente, lo cual resulta obvio y esperable), versó sobre el pecado capital de la ira. Mi cabecita de escribiente aficionado me dejó ideas (guiones) para un corto o varios, enfocados desde distintas ópticas: a lo español (Almodóvar o Amenábar); a lo inglés, empalagoso o realista (Richard Curtis o Ken Loach) o al estilo Hollywood (Allen o Tarantino). 
Mi pensamiento subyacente era que uno puede complicarse la vida en función de cómo haya dormido, de lo que le inyecte a uno su acompañante o de la película que haya visto la noche anterior (desde  "La balada de Cable Hogue" a "Un día de furia"). 
Durante la comunión, me dio por pensar que algún curso habrá sobre mindfulness, yoga o "buenismo" que me permita cumplir con las horas de formación a las que me obliga mi empresa cada año. 
Tampoco desecho la idea de rodar un corto, en cuyos títulos de crédito mencionaré a la mujer que lo inspiró.

domingo, 18 de agosto de 2019

EL CORONEL TIENE QUIEN LE ESCRIBA.

                                    

Si algo me molesta más que superar la pereza para escribir a cuenta de algún error ajeno (cuando la inspiración anda, como uno mismo, de vacaciones) es hacerlo para reconocer uno propio, por saldar cuentas. Lo primero, si sobra el tiempo para leer y escuchar, es sencillo. Lo otro requiere mayor esfuerzo que encender el ordenador y darle a la tecla: asumir el fallo y hacer que cada golpe de teclado me devuelva un coscorrón merecido por vago. 

Ayer por la noche me comunicaron el fallecimiento del padre de un amigo íntimo. De todos los padres —huelga decir que también madres— de amigos siempre aprendí algo y, curiosamente, esos amigos a cuyos padres admiré siguen siéndolo. A algunos los traté mucho, y de aquellos a los que no frecuenté tengo el testimonio de sus hijos, mis amigos, que para mí siempre es fidedigno. Podría añadir que todos tenían familia numerosa de las de entonces (como la mía), con cuatro o cinco vástagos, cuando no más, aunque habrá quien lo considere un dato insustancial. Lo cierto es que entrar en sus respectivas casas pobladas de chavales, merendar como uno de ellos, y a veces ser reprendido también, le hacían a uno, a mí, sentirse como en la propia casa, para lo bueno y para lo mejor.

Allá por el 86 fui llamado a filas. Yo mismo me había presentado como voluntario en el 83, en uno de aquellos (y estos) vaivenes de mi personalidad voluble, pero antes de ser llamado decidí otra cosa, no sé cuál, y el padre de Pelayo se encargó del papeleo. Tres años más tarde ingresé sin opción que demorase mi ingreso. 
Algunos desajustes físico-químicos me llevaron a la enfermería del campamento. D. Pelayo, el padre, se interesó por mí. El militar con mando en plaza era un compañero de promoción (o amigo, o ambas cosas) y se mostró cariñoso, incluso después de que le saludase a la carrera, gorra en mano, saltándome el protocolo, una mañana en el campo de instrucción. Me convenció de que sería un buen recluta y, sabedor de mi vocación musical, me ascendió, sin galones ni sueldo, a la categoría de letrista del himno de mi compañía, la 21. 
Luego fui destinado a un cuartel de Burgos, donde recaí de mis dolencias, y mi valedor volvió a interceder por mí para que mi blandenguería (lo digo yo, no él) manifiesta no me impidiera cumplir con la patria. 
De vuelta a Valladolid, antes de tiempo, supe por el hijo que el padre seguía interesándose por mí, y creo (o me gustaría) recordar que en una ocasión me lo dijo personalmente. Dudo si, aparte de explicaciones-excusas, fui capaz de darle las gracias. Esa duda es la que provoca este texto.

Cuando mi padre conocía al de alguno de mis amigos y decía luego, en casa, que le había caído muy bien, para mí era el summum, como la sanción real. Recuerdo perfectamente la tarde en la que vino a verme jugar al tenis con mis amigos, los expadelistas de hoy, en la pista de Viana. Antes me dijo que pidiera permiso al titular de la propiedad, y así lo hice. Llevó una cámara fotográfica, por matar el rato, pues nuestro tenis era poco tenis y mucho espectáculo cómico. Unas fotos y más risas después, apareció el padre de Pelayo, Pelayo padre, un señor que, por si no lo he dicho, tenía un aspecto imponente, de habla tranquila y porte elegantísimo, como un actor de película bélica de los que encabezaban el reparto en la época de los clásicos. —Habrá quien piense que exagero por quedar bien, pero puedo asegurar que en un plantel con David Niven, Burt Lancaster y Gregory Peck no habría desentonado—. Se presentaron, estuvieron charlando un rato de sus asuntos, que serían sus hijos, y se despidieron con un apretón de manos, cosa que vi, más atento a ellos que al partido sabatino. Al llegar a casa, mi padre me dijo, aparte de los chascarrillos sobre mi particular forma de perpetrar el tenis: «He conocido al padre de tu amigo. Menudo hombre con clase. Un señor.» Literalmente. Palabra por palabra.
Mi padre, como solía, lo clavó.

Esta mañana he acudido al tanatorio. Resulta reconfortante ver que, por encima del dolor por la pérdida, asoma la fe inquebrantable y contagiosa de una gran familia. No he visto una lágrima —sin duda acabarán llegando a ratos para desalojar la pena— en los rostros de su esposa, hijos, nietos y allegados. Luego he ido a misa y he encendido unas velas eléctricas. Espero que sirvan igual que las de cera para iluminar su tránsito.

DEP, mi apreciado coronel, (no diré "allá donde esté" porque ambos sabemos, Ud. sin duda, dónde se ubica su último, eterno y glorioso destino). Aunque tarde en este caso, siempre pago mis deudas. Estoy seguro de que allá donde todos los pecados nos son perdonados, Ud., ilustrísimo Sr., sabrá disculpar mi demora.

PS.- La foto que encabeza este escrito no la hizo mi padre. Él, como queda demostrado, siempre era más certero en el enfoque. 

domingo, 21 de julio de 2019

A VECES LLEGAN CARTAS

Paz, la mecanógrafa de mis tripas —creo que pulsa aquí y allá, y no siempre de forma casual, la muy ladina— soltó la frase.
—Mándame una postal.

Unos días más tarde, mientras buscaba una oficina de Correos en mi lugar de vacaciones, consultas al móvil y algunos lugareños mediante, recordaba mi vocación como escribiente epistolar, perdida por mor de los tiempos modernos. 

Cheryl fue mi primera amiga pen pal, en un carteo propiciado por la profe de inglés, cuando yo tenía diez años. Era una galesa con la que practicaba mi inglés precario, mezclado con el castellano. Nos corregíamos la ortografía y la gramática mucho antes del bilingüismo institucional. Luego conocí a Luisa en un hotel de Madrid —frenaré fantasías eróticas: éramos niña y niño en un concurso escolar, de la época de Misión Rescate, María Luisa Seco y Torrebruno—, y me enamoré tan desaforadamente que hasta los camareros del Francisco I, cerca de la Puerta del Sol, se dieron cuenta. Durante ocho años nos escribimos sin tregua, y cuando dejamos de hacerlo fue porque la vida nos puso en nuestro sitio y otras personas más cercanas en lo físico vinieron a disociar nuestra química. Aidana, afín como yo a las artes, apareció pocos años más tarde, en un fin de semana en Asturias —un congreso de coros universitarios—, y el amor hizo el resto. 

El cartero se convirtió en un amigo, a veces enemigo si tardaba, que traía buenas noticias envueltas en sobres que yo contestaba a vuelta de correo. Luego, otra vez la vida nos mostró caminos divergentes.

Encontré por fin la oficina de Correos y envié la postal a Paz, con un sello autoadhesivo, sin saliva —aún recuerdo el sabor casi dulce de aquellos con la cara de Franco y después de Juan Carlos—. 

Hoy he leído que hasta los emails están despareciendo. Me pregunto si todo lo que tenemos que decir puede expresarse por wasap con iconos, facebook con fotos de calamares y caña en el chiringuito o instagram con más o menos lo mismo. 

En varios lugares de mi casa paterno-materna conservo, atadas con cintas, ligas o gomas, las cartas de antaño, llenas de frases y promesas más dulces que el sabor de los sellos chupables, en ocasiones adornadas con mechones de pelo, un anillo y fotos que también guardo.

Gracias a Cheryl, Luisa y Aidana, sin saberlo ni ellas ni yo, descubrí el placer de la escritura y el amor a distancia. Que hoy siga escribiendo se lo debo en gran medida a ellas, a quienes dedico este texto. Y a Paz, por traerme esos bellos recuerdos y seguir acrecentando mi gusto por evocar en el portátil los cientos de cuartillas y folios que volaron por cinco pesetas en sobres con el margen en rojo y azul o fueron por tierra cuando no tenía más que tres pesetas.

PS.- Gracias también a FB por facilitar que retomara el contacto con dos de las tres. Con la galesa fue imposible. Algo bueno tienen las redes. Menos mal que no me dejo enredar.