viernes, 10 de agosto de 2018

MÁS PLACERES ESCONDIDOS

                              (con permiso expreso de Beatriz, que conste)

Ayer, por las prisas, me quedé a medias. Podría pensarse que mi texto obedecía a secretas intenciones publicitarias, las buenas con nombre y las malas, como acostumbro, sin señalar con el dedo, que para eso ya están las redes socio-comerciales. Ahora que tengo un rato antes de reunirme con los dos caminantes para cenar trataré de rematar el asunto. 
La calma de ser un simple chófer me permite disfrutar de la ruta jacobea sin peso en las piernas, excepto el mínimo de acelerar y frenar en el coche. Como no me apretaban el hambre ni la sed mis opiniones negativas no obedecen a cabreo alguno así como tampoco las positivas tienen que ver con preferencias de ningún tipo basadas en hechos subjetivos, aunque los cuente yo.
El camino de Santiago es una bonita forma de disfrutar del paisaje, ya sea castellano o gallego por la ruta francesa, la gastronomía y, sobre todo, la amabilidad de quienes dan cobijo a los peregrinos. Hay negocio, es indudable, pero cada uno lo atiende como cree conveniente. Algunos rozan la excelencia y a estos dedico el post.
En Portomarín hay un alojamiento limpio, bien cuidado, amplio, cuyas gestoras, Pili y Marta, bellas hermanas, son un prodigio de amabilidad. Pili nos atendió el año pasado y este vino Marta, una morena y una rubia, como canta la zarzuela. Después de pernoctar llamé a esta última para hacerle constar un mínimo contratiempo con el único afán de ayudarla a mejorar, sin comentarios en la red ni contraprestaciones económicas, que la cosa no era para tanto. Pocas veces es para tanto pero la gente suele ponerse nerviosa y exigente, y ya decía mi padre que se cazan más moscas con miel que con hiel. Sería largo relatar todo lo que Marta hizo por mejorar la estancia de los siguientes inquilinos en "La casa de Manuel". Lo cierto es que hasta nuestro regreso estuvo en contacto con nosotros y tomamos un café en Lugo para despedirnos. No necesitó sus piedras de chocolate de regalo para ganarse el crédito que ya tenía merecido desde mucho antes. 
En O Pedrouzo, o Pedrouzo a secas, que no sé bien, nos atendió Sol, que es un sol de la tierra de la plata, en la pensión Platas (perdón por la chusca licencia poética, pero no he podido resistirme). La argentina recepcionista destila gracia y merece un aumento de sueldo. Pregunté por Beatriz, su compañera, pero libraba el domingo. Aunque fuera brevemente la pude ver el lunes, apenas unos minutos para disfrutar de su simpatía y memoria fotográfica: se acordaba de mí, uno más de los cientos de clientes. 
Un rato después estaba comiendo en "O escondido", lugar obligatorio para disfrutar de una comida sobresaliente, como dejé anotado ayer. 
A Marta, Sol, Beatriz, Yolanda y su hijo (un mal comentario entre quince de cinco estrellas, aludiendo a la presencia de moscas, que no atienden al "reservado el derecho de admisión" me parece una indignidad propia de algún tiquismiquis relamido o directamente gilipollas que probablemente no tenga, yo tampoco, pasta suficiente para viajar en primera clase siguiendo la guía Michelín): gracias. 

jueves, 9 de agosto de 2018

O ESCONDIDO DO CAMIÑO.


Harto de pulpo a precio de chapado en oro, cuestión de mercado, —es mejor poner menos al mismo precio que una ración normal, que si no nos lo comemos nosotros, contestó una encantadora camarera en Portomarín— buscaba en O Pedrouzo un lugar donde probar algo distinto. Los caminantes a los que servía de coche escoba, si bien nunca tuve que recogerlos, que son bien mozos y saben dónde y por qué paran, se tomaban su tiempo y sus chupitos para culminar la etapa. Me mantenían informado de su paradero, incluso cuando estaba aún dormido, con un exceso de celo que me chafaba el descanso. Hay en este tramo un punto estratégico, al que llaman "La casa verde", que suele demorar a los andarines menos fieles o deportistas, gracias a los conxuros apócrifos inventados por la dueña, trufados de connotaciones sexuales, y sus consiguientes elixires ad hoc, que rompen las pocas barreras que quedan después de las frases de rigor entre peregrinos, que cómo vas, que buen camino —ultreia ya se usa poco, ahora van más de "buen camino, o sea, en plan buen camino"—, que hay que hidratarse y en eso estamos...
Pregunté por un sitio en el que comer tranquilo y tuve la suerte de cara, porque me recomendaron un sitio en la cara B, que suele ser la mía. La A viene a ser la margen izquierda —sin connotaciones políticas (1)—, terrazas con sombrillas y andarines con chanclas, vendajes, musleras, rodilleras y tobilleras. Parece que se entra por ese lado en el pueblo y a la gente le cuesta cruzar, —véase (1). Como yo no peregrino, quiero decir en la ruta jacobea, aún me quedaban fuerzas para buscar un paso de cebra. Pese a la ayuda de mi GPS, hoy no se entiende el viaje sin cacharro electrónico —¿cómo se las apañaban nuestros padres para llevarnos de viaje en un SEAT o RENAULT cuyo mayor extra era que cabíamos cinco?— me costó cinco minutos dar con el local. Para mayor alegría propia, no de la propietaria, estaba vacío. 
—¿Puedo comer?— pregunté, por si hubiera cerrado.
—Claro, y escoger mesa —vino a responder la dueña, una mujer encantadora que hablaba bajito, como a mí me gusta.
Entre los dos decidimos que la terraza sería la ubicación idónea mientras no avanzase el sol, y si lo hacía me cambiaría al interior.
Pedí ratatouille, que no es rata sino verduras, como un pisto pero al dente, y hamburguesa de buey macho y manso —ya se sabe cómo se amansa a un toro por la vía quirúrgica—, nada de vaca vieja. Canónigos, cebolla frita y beicon crujiente, queso ahumado y tomate fino eran el colchón. Cerveza, vino blanco para el primero y tinto para el segundo. De postre un pudding recién hecho de croissant con chocolate a la taza. 
Llegaron los dos del camino más una peregrina pescada al vuelo errático de su divorcio, los tres más espirituosos que espirituales, y se sumaron al segundo plato. Nos invitó la casa a otro postre, con  infusión y más chupitos, por si eran pocos, todo a precio de menú o medio menú. A veces hay que investigar un poco, sólo un poco, para encontrar lo escondido, O escondido en gallego. Feliz hallazgo. Y si no, a darle al pulpo "según mercado" que flota y no choca en aceite sobre pequeña balsa de madera. 
—Es parte del camino —dicen algunos, mientras escriben en la solicitud de la compostela "motivos: otros". O sea, en plan otros, te  lo juro.

lunes, 30 de julio de 2018

PERLAS


De un tiempo a esta parte empecé a oír la palabra "procrastinar", que se ha hecho frecuente. Imagino que alguien la rescató del cajón no hace mucho, como le pasa a "implementar", que se ha apoderado del lenguaje tecnócrata y progre. Al menos es mejor repescar en el diccionario que inventar palabros.

Vaguear era el término que solía escuchar de pequeño cuando me daba por tumbarme en el sillón dejando los deberes para más tarde. Los meses de verano eran idóneos para semejante actividad inactiva y lo siguen siendo. Lo malo, en mi caso, es que no acabo de concentrarme en no hacer nada y me llama la atención el vuelo de una mosca, que en vacaciones se ponen pesadísimas.

Pues bien. Andaba yo, sin andar, procrastinando, aunque quizá no sea el término exacto porque no tenía asuntos pendientes ni de mínima urgencia, echado en el sofá con la tele puesta. Emitían los campeonatos de atletismo desde Getafe, aunque a la hora que los pasaron por TV los atetas ya llevarían horas en la cama. La transmisión se retrasó porque el voley playa, el balonmano playa y algún deporte autóctono tenían preferencia. Aguanté hasta las once y media y, pese a que ya conocía los resultados de algunas pruebas, mi paciencia tuvo premio, no por la emoción, que me había cargado consultando en la web de la federación de atletismo, sino por las perlas del locutor. Paso a relatarlas sin quitar ni poner una burrada, que no las necesito en esta ocasión para adornar el cuento.

—"Corre como si andara". También podría haber andado como si corruviera o correriese, —que son palabras sinagogas—.
—"El segundo mejor del ranking mundial del mundo". Yo una vez batí el record mundial de mi casa corriendo solo por el pasillo, pero no me lo homologaron.
—"La atleta Menganita de Tal, todavía mujer con edad de 17 años". No explicó si pensaba reasignar su sexo cuando alcanzara la mayoría de edad.
—"El atleta Fulano de Cual, natural de Busgo de Orma". Le faltó añadir que de la provincia de Rosia.
—"Ha irrumpido como un pulpo en una cacharrería". Me imagino el destrozo a la velocidad de un pulpo, mes y medio rompiendo cacharros. También me entraron ganas de cenar elefante a la gallega, que siempre guardo una pata en el congelador.
—"Corriendo como una insolación". Quizá se refiriese a lo que corre un insolado hacia la casa de socorro.
—"Ella es mister sonrisa". Supongo que esta ya habría reasignado su sexo.

La semana próxima comienzan los europeos de atletismo. Imagino que habrá más perlas por pescar. Ahí estaré, atento en mi procrastinación, si es que el locutor no ha implementado en estos días su dominio del lenguaje.

domingo, 15 de julio de 2018

LA BURBUJA



Andaba, más bien cojeaba por culpa de una metatarsitis —palabra recién aprendida a la fuerza, o a fuerza de cojear— por la playa de Foxos, huyendo del paseo saludable por la orilla que me recuerda mi condición de preprejubilado. Subí la cuestecilla a velocidad de crucero, que no sé si es lo que quiero decir pero queda bien. Recordé la bronca del año anterior cuando, según los operarios, me había colado en las excavaciones. No había rastro de maquinaria ni restauradores del patrimonio, como tampoco señales que me impidieran deambular libremente. Algún estudioso se ha encargado de inventar un camino de Santiago, mira que el santo matamoros iba y venía, que ya son ganas, y ahora también pasa por allí. Leí los cartelones explicativos metacrilatados —no acristalados— en gallego, inglés y castellano, prestando atención como sin prestarla a los comentarios de los peregrinos, paseantes, o simples esperadores de su hora en el chiringuito, como yo mismo. Lo mejor no tardó en llegar.
—Mira que avanzan poco. Y ni un currante.
—(¿¿¿¿¿¿¿???????)
—El año pasado estuve aquí y la cosa estaba más o menos igual que ahora. ¿Cuándo piensan terminar la obra?
Yo, que soy un simple aficionado a la arquitectura o a los edificios y a mirarlos directamente y a través de la cámara, móvil en este caso, al fifty-fifty, no pude resistirme al cotilleo, por lo que estuviera por llegar. 
—Si sólo han levantado dos filas de piedras no sé cuándo coño piensan acabar. Mira, Concha.
Concha se acercó y yo con ella, pidiendo permiso. El hombre le, nos mostraba las fotos del verano anterior, saltando de esas a otras más antiguas. Cierto era que la cosa había crecido apenas cuatro filas, no había duda. Y por si la había, apuntaba con el dedo y contaba para comparar los avances.
—¿En esto se gastan nuestros impuestos?— sentenció el tío sin disimular su enfado.
Un rato después coincidimos en el chiringuito, "paella para tres, que somos cuatro y esto es Galicia, ya se sabe, que como en el norte no se come en ningún sitio" —dijo—.
—¿De qué te ríes, papá? —preguntó mi hija.
Me salvó que no me gusta hablar con la boca llena.

Y me quedé pensando en buscar la inmobiliaria que se encarga de la obra. Con suerte, cuando sea un jubilado de verdad, con sesenta y cinco bien cumplidos, podré comprar un loft celta con vistas al mar, a poco que se esmeren los del patrimonio gallego y cumplan los plazos de entrega, que no sé yo, al paso que va la burra...

domingo, 27 de mayo de 2018

MISCELÁNEA DOMINICAL, CAPÍTULO NOSECUANTOS. VA DE EDUCACIÓN.

Lo bueno de escribir sin presión es que uno lo hace cuando quiere y de lo que le da la gana. Como tengo menos seguidores que el hombre invisible en instragram, mis conversaciones conmigo mismo apenas superan el nivel de anonimato que una charla de bar a horas intempestivas. Tengo la piel demasiado fina para escribir esperando respuestas airadas, que de las otras no suele haber. 
Acabo de leer esta mañana que algún grupo quería eliminar a Villar Palasí de la memoria histórica por mor de la implacable ley de la memoria histórica. No tuve el gusto de conocer a este señor, del que se cuentan maravillas, excepto el hecho de que fue ministro antes de 1975, por lo que no hará falta que explique para quién trabajaba. 
Cuando ingresé en la orden de los jesuitas como alumno, allá por 1971 —dC, se entiende— pasé de ser uno de los tontos oficiales de la clase de párvulos a uno de los listos de la de primero de EGB. Juro que no estuve todo aquel verano rellenando cuadernos de "Vacaciones Santillana", puede que porque Polanco aún no había empezado a rentabilizar —o eso dicen— sus contactos, más bien filtraciones de amigo en el gobierno. La única diferencia palpable que recuerdo es que de ser aplastado por el rodillo en forma de mano  de una monja de antaño pasé a ser tratado, con un cariño que no creía posible, por una "señorita" —como las tratábamos entonces— en quien los jesuitas, unos modernos chapados a la antigua o antiguos chapados a la moderna, habían delegado para formar y educar a los chavales, no diré chavalas porque mi colegio era segregacionista, como lo eran muchos de la escuela pública, por lo que no había rasgamiento de vestiduras o rasgadura de vestimentas. Mary Carmen, de la que he escrito varias veces, nos hacía memorizar fichas sin sentarse a nuestro lado, nos castigaba si era menester, que a veces lo era, y sobre todo nos quería. Y hasta de vez en cuando nos daba un beso maternal y nada sexualmente sospechoso para premiar nuestro esfuerzo.
Ahora sale lo de Villar Palasí, un ministro de educación que dicen que hablaba quince idiomas extranjeros, tenía dos carreras y se enfrentó al jefe supremo con sus teorías y posterior práctica de la actualización educativa, incluyendo el estudio obligatorio de las lenguas vernáculas propias de cada región, hoy idiomas. Por lo visto, el error que le condenará a desaparecer de la historia de España fue nacer cuando lo hizo, algo no achacable a su voluntad, supongo. Que fuera una persona formada, instruida y comprometida hasta el riesgo no sirve en su descargo. 
Cuatro horas contadas le quedan a Caín para desaparecer del Génesis, a Tchaikovski de la historia de la música, y a un pelotón de señores y señoras que por ser de color rojo o azul —esto va por temporadas, como el alquiler de apartamentos—, golfetes o mujeriegos —¿golfetas u hombreriegas?— se les negará la calidad artística o profesional de la rama que sea. 
Yo sólo hablo de lo bueno. De lo malo ya se encargan otros.
Pd.- La miscelánea, para otro domingo. También tengo mis contradicciones, pero no le cuestan dinero a nadie. Soy free lance a tiempo completo. Eso me salva, por ahora.

lunes, 14 de mayo de 2018

SINGING IN THE RAIN, PISANDO CHARCOS.


Cuando me ducho en sábado y domingo —de lunes a viernes es demasiado temprano— suelo cantar. La oculta desnudez y la intimidad de no saberme escuchado ayudan a sacar la voz sin miedo, con el beneficio de la reverberación efecto ducha, que para sí la quisiera Montaya Armero, autotúner mediante.
—No sabía que fueras cantante —dijo una vez, en el ascensor, la vecina de abajo.
—Yo tampoco —respondí sorprendido y avergonzado, pero tampoco mucho.

Lo bueno de escribir en mi blog es que puedo decir lo que me da la gana porque sé que poca gente lo lee. Sólo en un par de ocasiones algún desconocido me criticó —más bien frívola y tontamente, y así le fue—. El resto de las veces navego con viento de cola, al que ayuda mi autocensura necesaria. Escribo cuando me apetece, sin obligaciones impuestas desde fuera, y cuento lo que quiero. 

Rechacé las invitaciones a twitter porque me conozco, y "nosecuantos" limitados caracteres e ilimitados whiskies mezclados  con caracteres me ocasionarían más dolor de cabeza que sólo el whisky, que ya saca lo mejor y peor de mis tripas, en sentidos literario y literal. 

Anoche releí, como es costumbre, mi última entrada y me pareció, una vez más, tibia o acaramelada aunque con poco azúcar, que cada vez me queda menos. Me propongo remediarlo o explicarlo sin que me hayan pedido explicaciones ni remedios. Allá voy a tumba abierta hasta el amanecer.

No me acostumbro a Madrid porque voy poco, gracias a Dios, y cuando iba más me cagaba de miedo, cosa que uno de mis escasos lectores suscribe y comparte —pese a su metro noventa de estatura y sus cien kilos restados a base de manzanas y más manzanas, será por Manzanas—. No me siento cómodo en ciudades cuyo mapa no domino como un taxista, o sea, "pucelaporlospelos" y acaso ninguna más. 

Que la gente se obstine, empeñe —muy literalmente— en enviar selfies con Madrid al fondo sin que aparezca el fondo —y vi varios, cotilla que es uno— viene a ser como usar el "chroma" sin proyectar nada detrás, aunque sólo sea la excusa para que tus amistades den al "me molas estés donde estés". 

Alguno dirá que hago lo que critico. De algún modo tendrá razón. Cuento mis vivencias y las comparto. Yo lo veo de otro modo, pero ellos no. ¿Por qué vas a tener razón tú y no yo? Pues eso.

Machismo y feminismo no son lo mismo a la inversa (más "ismos" y "cacofonismos", que son cacofonías). Es fácil documentarse. Me preocupa que lo hagan a lo Disney, y que su padre bobalicón asienta complacido. 
—Mi hija lee mucho.
—La mía lee bien y bueno.
—¿Por qué vas a tener razón tú y no yo?
—Porque leí bien y bueno gracias a mi padre.

Me da por la puerta de la cocina lo del "postureo", cuyo sinónimo no aparece en el DRAE. Pasear por Madrid con cara de "hola, estoy paseando por Madrid (o Disneylandia o las exclusivas-atestadas playas de Cádiz, que lo flipas, alucinas, LOL) y quería contártelo para que me adores y envidies aunque probablemente tú también estés haciendo lo mismo, para eso somos amigos, "quid pro quo", no sé que se dice "do ut des" porque la enciclopedia que llevo en este pedazo de móvil la uso para instagram, feisbu y twitter, el buscador de restaurantes guays y otras chorradas enviadiables" me parece un chiste peor que los de "iban un inglés, un francés y un español... o los de Jaimito". Una jaimitada, vaya.

domingo, 13 de mayo de 2018

MADRID: ARTE, FEMINISMO, NEELEY Y ROCK AND ROLL.


—¿Sabéis que viene Ted Neeley a Madrid? —preguntó David en un alto del ensayo del Cuarteto Muzikanten.
—¿A qué? Pensaba que estaría jubilado.
—¡Jesucristo Superstar!
Esa misma noche saqué dos entradas.

Madrid, esa ciudad a la que nunca acabo de acostumbrarme, tiene encantos para no aburrir aunque las piernas se empeñen en decir lo contrario. Muy por encima del ambiente postmoderno, puro marketing y postureo de selfies para compartir —eso sí que me aburre—, lo mejor de la capital se encuentra mirando del horizonte hacia arriba —a excepción de La Almudena, que al lado de la media catedral de Valladolid se queda en construcción de EXÍN castillos del número 2, si bien lo peor son los frescos del ábside, ejecutados en su sentido amplio por Kiko Argüello, "pintor católico" promotor inconsciente de la apostasía artística—. 
Íbamos paseando después de comer, con margen de sobra hasta la cita de las seis con Neeley Superstar, motivo del viaje. David, un tío pausado que transmite calma y se mueve a cámara lenta, me guiaba por las calles del centro comentándome detalles sobre tiendas antiguas de discos, música, y los monumentos que íbamos encontrando. Pese a ser licenciado en historia y/o musicólogo, lejos del afán por mostrar sus conocimientos los dejaba caer entre anécdotas personales de sus viajes al foro. Me sorprendió tanto que casi estuve callado, lo cual no deja de tener un mérito enorme para quien lo consigue.
Delante del palacio real, una mujer guapísima se hacía una autofoto sin palo en la que sólo salía ella, y al palacio que le den —lo reconozco, me pudo la curiosidad y eché un vistazo furtivo y malintencionado a su móvil—. Tras el paseo cultural y sosegado,  casi ajenos al bullicio, "ennosmismados", nos regalamos una hora en la tienda francesa de nombre impronunciable donde compramos un libro cada uno: él sobre Pink Floyd o algo que se le parecía, y yo de P.G. Wodehouse, al que tenía ganas —las obras completas que compró mi padre están impresas en papel biblia con una letra enana e incómoda—. Tres crías adolescentes me precedían en la cola de la caja con un ejemplar de "Pequeñas feministas" y la satisfacción de quien acaba de adquirir una edición facsímil de la Vulgata; mientras David pagaba, una niña me pidió que le enseñase la ilustración que venía en las bolsas de a diez céntimos.
—Mira, papá, es de Menganitta Revanchista... ¡Es feminista!
Su padre sonrió complacido. A mí me da un poco de pena que en busca de la igualdad las niñas se olviden de Carmen Laforet o Emilia Pardo Bazán. Por lo visto, sólo importa el fondo —poco profundo por lo que he investigado— y se olvida la forma, esa bobada que tiene que ver con la literatura y el arte, creo. 

Luego llegó el éxtasis con la aparición en escena de Ted, y con ella la transformación milagrosa de David. Punteó los solos de guitarra en el aire como un chiflado del Guitar Hero, cantó los comienzos de cada canción y aplaudió los finales. 
—Si lo sé te pido que me cantes la obra en casa y nos habíamos ahorrado el viaje— dije en voz baja.
Superstar nos pareció un concierto de rock más que un musical, con un cantante estrella que tuvo y bastante retiene a sus setenta y cuatro años. No es poco.
Las dos horas de regreso dieron para más charla en modo "abuelo cebolleta": recuerdos del colegio en el que compartimos instrumentos; del profesor que nos metió el veneno benéfico de la música, del que no pensamos curarnos; de lo que pudimos haber sido y no fuimos por vagos...
Y tanto nos gusta hablar de música —y de muchas más cosas, no es cuestión de revelar la conversación entera— que ni siquiera encendimos el cacharro de los cedés. Dejé a David en su casa y me congratulé del hallazgo porque, aunque le conozco desde hace veinte años, ayer le conocí un poco más. Por eso le perdono lo de la canción que me quiso colar como definitiva confundiendo a nuestro batería local de referencia con la caja de ritmos de su estudio y haciéndome de paso creer sordo.

Pd.- El libro feminista citado y el nombre de la ilustradora feminista no son reales. Los nombres de Emilia Pardo Bazán y Carmen Laforet sí, aunque mucho me temo que a las adolescentes feministas que me precedían en la caja les sonarán a chino.