domingo, 3 de marzo de 2019

A VER QUÉ OS CUENTO

Como cada domingo (cada domingo como), después de comer enchufo el portátil. Es darle al botón y me apetece fumar. Beber, a días. Hoy también. Leo la prensa, la de ahí y la de acá, por hacerme idea de qué va la cosa. Los artículos de opinión —que lo son todos, porque quien escribe, opina o le hacen opinar—, esos encuadrados y en lugar preferente, con firmas reconocibles de la marca "palabra de Dios", parecen tener patente de corso, mando en plaza o nihil obstat/imprimatur por la gracia del Altísimo.
Uno se ha entretenido, a falta de otros menesteres, en buscar al escritor español, muy español y mucho español, que mejor defina lo español. Me da que esperaba ser mencionado, pero no me consta que lo hayan recompensado, y mira que es de su pueblo: envidioso, soberbio, con mala leche. Solo le falta una virtud: ser escritor, aunque a ver quién le dice a alguien que publica libros y los vende que no es sino escribidor. 
Otro, que añora el latín, no como lengua original sino vehicular, abjura del bilingüismo, aludiendo a la lengua materna y la madre que la parió. Me pregunto cómo lo harán los europeos del norte, los admirables portugueses, los polacos y tantos otros comunitarios, para hablar dos idiomas, o los balcánicos, que en cuatro semanas chapurrean castellano y en ocho lo hablan mejor que muchos de aquí. Será cuestión de sistemas, métodos o convicciones. Que en España no funciona, es un hecho, pero es lo más cerca que hemos estado nunca. 
Hay un tercero al que, por motivos que se me escapan, le han adjudicado una página impropia. Mejor le iría la de gastronomía, ya que tanto le gusta aconsejar restaurantes y manjares que, dicho sea de paso, solo pueden pagarse unos pocos. 
Y para no tener nada que contar, ya he contado bastante. Cada vez me parezco más a ellos.

domingo, 24 de febrero de 2019

MARINATI (DOS)


Llevo un rato buscando el relato, pero no aparece. Creo recordar que algo tenía escrito sobre Marinati de Santiago, aparte de lo de hace dos semanas, cuando el homenaje —mala cosa es que te agasajen o manden flores cuando no puedes olerlas—, pero soy incapaz de encontrarlo en mi blog. 

Como dejé escrito, mi amigo Onrubia, el que no se cansa de llamarme vago —no le falta razón— nos presentó. Se acordó de mí un día que Juventudes Musicales necesitaba un intérprete —no musical, sino de inglés— y no halló a nadie mejor, o directamente no halló a nadie más. Fui a la estación de trenes y, desde allí hasta la Sala Borja, serví de chófer a un par de músicos británicos. Iba explicándoles lo que conocía sobre mi ciudad en el precario inglés que sabía. Eso ya lo he contado. Tras el concierto, fuimos a cenar —ese fue mi pago, más que suficiente—. Desde entonces, Marinati me consideró uno de los suyos, como si pagase la cuota de JJ.MM. —Nunca me pidió que me afiliase, le parecía que mi contribución compensaba—. Quizá fuera en otra cena, pero tampoco importa demasiado. Ángel González, un animal de las teclas, que se daba poca importancia porque, para él, tocar el piano era como tomar una copa, estaba sentado a mi lado, dando cuenta de unas chuletillas de lechazo en la bodega de Félix, La Sorbona, en Fuensaldaña. El mismo Félix vino a contarnos unos chistes. Yo era el pulpo del garaje, el convidado de piedra, el intruso, pero nadie me hizo sentir así. Una joven pianista pidió el azucarero y echó exactamente catorce cucharaditas de azúcar en un café solo. Después habló Onrubia:
—Este toca el piano pero lo ha dejado por vago.
—Qué pena— dijo Marinati—. —¿No quieres volver a intentarlo?
Anduve pensándolo un tiempo y accedí.

El primer día de clase me contó las condiciones del contrato. 
—Una hora de clase a la semana. La de hoy es gratis. Domiciliación bancaria —hasta en eso era exquisita—. Y mucho trabajo en casa. Solo te presentarás a examen cuando yo crea que estás para un diez. Aquí no buscamos solo el aprobado.

Los martes, un poco antes de las siete, me presentaba en su estudio, el de "las hermanas de Santiago"— no había un hermano Santiago—, aunque algunos las llamaban "las Marinatis". Chola y Maribel usaban otras aulas para sus clases de piano y lenguaje musical. José Luis, un chaval guapote, me precedía. Estaba en noveno o décimo, y asistía a las clases de Manuel Carra en Madrid. Cuando él se marchaba yo me sentaba en la banqueta, aún caliente pero no contagiosa —para mi desgracia—, frente al Petrof de gran cola, que lo mismo no lo era pero a mí se me hacía largo, muy largo. Después de un tío de grado superior, me sentía como un telonero que llega tarde. Mientras él terminaba, Susana García Póliz, que entonces me caía regular solo porque cuando nos cruzábamos por el Paseo de Zorrilla ignoraba mis miradas, de tan furtivas que eran, y que aún no sospechaba lo que estaba por llegar y mi parte de culpa —ambos y un tercer invitado lo sabemos—, me hacía algún comentario en voz muy baja.

Lo de Mozart y mi aterrizaje en el suelo también lo he contado. Marinati se pinchaba un lapicero en el moño y lo sacaba a cada poco para señalar en la partitura mis meteduras de pata. Ya daba de sí el lapicero. Al final de aquella, mi primera clase, había más restos de grafito que notas impresas en mis fotocopias. Esa era otra: «Mañana te compras el libro de sonatas, edición Urtext. Es muy triste que un pianista termine la carrera con una carpeta llena de fotocopias y ni un solo libro».

—¿Sabes cuándo compuso Mozart esta sonata? —me preguntó, con la sonrisa algo mudada—.
—Ni idea.
—Justo después de que su madre falleciera. Y la acabas de tocar como si viniese de la feria. 
Se sentó. Ajustó la altura de la banqueta. Me miró, no de reojo sino fijamente, y empezó a tocar de memoria. 
—Te espero el martes que viene. Trae preparados solo los compases que puedas tocar bien. No quiero cantidad. Calidad, ¡calidad! —repitió.

Me esforcé, o lo que entiendo por esforzarme, pero nunca di la talla. Marinati soportaba mis atentados sin perder la sonrisa, acaso un poco de vez en cuando, no la culpo, y volvía a la carga. Más espada-lapicero, más marcas, más correcciones.
—Calidad.

Una tarde había mucha música, a lo grande, en su estudio. Yo era incapaz de concentrarme. Alguien dominaba el espacio sonoro.
—Es que ese tío me distrae.
Me recriminó la blandura y la grosería.
—Ese tío es Josep Colom. Ahora te lo presento. 
Fuimos a la habitación de al lado. El maestro Colom me saludó brevemente. Luego siguió repasando el repertorio de su concierto.
Aguanté —Marinati me aguantó— menos de quince minutos. Salí derrotado. Un accidente de coche, casi mortal, me salvó de mayores sufrimientos. Volví a clase dos meses después, pero mi cabeza estaba en otro lado. Se lo expliqué y nos despedimos con un par de besos sonoros, igual que nos saludábamos cada martes. Era buena, muy buena, hasta para despedirse. 

Años más tarde coincidimos en el aeropuerto de Lanzarote. Me presentó a Antonio. Después nos volvimos a encontrar en el mismo hotel. Baciero bajaba en zapatillas al hall, donde había un piano de cola. Mientras yo tomaba café, él hacía dedos, pero para mí era como asistir a un concierto. Me acerqué y le pedí permiso para escucharle. 
—Ah, usted es el amigo de Marinati. Me ha dicho que también es pianista. 

Cualquiera que haya participado de este mundillo comprenderá cómo me sentí. El mismísimo Antonio Baciero me incluía entre sus colegas gracias al comentario de Marinati.
—No. Sólo fui su alumno durante dos meses.

Prosiguió repasando su repertorio, con comentarios y explicaciones sobre cada obra.
—Hace años vine a tocar en la isla y me alojé aquí, en este hotel. El director me dijo que podía usar el piano siempre que quisiera. Solo bajo después de comer, cuando no hay gente, para no molestar.
—Por la noche toca un tío —le dije— con la terraza llena. Y no es muy bueno que digamos. —Era uno de esos del chunda-chunda para turistas—.
Sonrió sin dejar de tocar. Acabé mi café, ya helado, y me dio vergüenza seguir molestándole. Antes de salir a la piscina, donde mi esposa y mi hija me esperaban, le di las gracias.
—Gracias a usted —respondió, con tres palabras mullidas sobre la alfombra de Mozart.

Le conté la anécdota a mi mujer. Pasé el resto de la tarde entre nubes, aunque el cielo era "azul purísima". Baciero, Colom y Zimerman —al que había escuchado desde un palco del teatro Lope de Vega, con Onrubia, creo que también Ángel González, y Marinati— tocaban para mí. 

Y en este instante la veo, en un cielo sin nubes, con su lápiz amenazador pinchado en el moño. Eso sí, sin perder la sonrisa, y mira que la puse a prueba.

domingo, 10 de febrero de 2019

MARINATIDESANTIAGO

Nunca me quedó claro cómo escribirlo. Ni el nombre ni el apellido. Es cuestión menor. Para mí era Marinati —aún dudo de la griega o la latina—, todo seguido, tal como se pronuncia. Y lo sigue siendo, porque las personas que pasan por nuestra vida con intensidad que supera el tiempo, llegan y se quedan. 

El omnipresente Onrubia tuvo la culpa, o mejor dicho, fue el responsable —¿cómo podría culpar a Jose (sin tilde, como los de barrio de toda la vida) de presentarme a una de las hermanas de Santiago (injusto sería olvidar al resto del triunvirato, Chola y Maribel, aunque tengan menor predicamento público)?—. 

Alguno me acusa de ir de protagonista en vidas ajenas. Coño, ¿qué quiere usted que haga si tengo la suerte de cruzarme en el camino de personas importantes? Pues enmarcarlas y salir en la foto. Usted, ¿qué haría? Ah, ya caigo: un selfie. Lo mismo que yo, pero me tomo la molestia de ponerlo en letras, sin foto. Cámara tenemos todos. Pluma unos pocos.

El "gubias" (Onrubia, en dialecto Panizo del "corteinglés") me llamó.
—Oye, que necesitamos un intérprete —lingüístico— para Juventudes musicales.
Venían de fuera, de la pérfida Albión, pianista y violinista, y la infraestructura era poca. Ahí suelo caber. Nichos de mercado.

Hice lo que pude, gramática mediante. Me invitaron a la cena posterior. Le caí bien a Marinati, e insistió en recuperarme para la causa perdida (Onrubia es amigo, y me vendió como pianista errático).

De los dos meses y medio como alumno me quedó la sensación agridulce de "los años perdidos". "Nunca es tarde" es la frase buenista. Para mí no, pero decidí probar, por si acaso.

Cuando recuerdas a alguien que te puso en tu sitio, sea el que sea, sin "hellokitties" o "misterguonderfuldeloshuevosful", con cariño y sin acritud, tiene que ser por algo. Y, tengo que reconocerlo, Marinati me puso en mi sitio, sobre todo el día en que me mandó al suelo de una culada, —de la banqueta de un Petroff de gran cola a la moqueta— después de maltratar a Mozart. Entendí la metáfora. Vivíamos una realidad distinta, aunque me dejó compartirla durante unas semanas. 

DEP, Marinati. Te lo ganaste.

domingo, 3 de febrero de 2019

LA GRIPE NO ES LO QUE ERA, LAURA, QUERIDA.

No pensaba escribir hoy. Llevo despierto desde las cinco de la mañana, sacándome la gripe-resfriado-catarro-bronquitis a base de escalofríos, sudores, tos profunda —flema no inglesa— e ibuprofenos. 
—Leche caliente con miel —me sugiere Laura, mi joven y bella compañera, un encanto de maestra venida del cielo con paracaídas, que ayer se mostraba orgullosa —no es para menos, que la muy atrevida fue sin visón, contraviniendo las normas sociales, a quién se le ocurre— por haber asistido a la ópera de Nueva York desde un cine. —He visto Carmen, la de Bizet. 
—No está mal, para empezar —le contesto por guasap, pero se lo toma a mal, o a regular como poco. Aún no me conoce lo suficiente como para aceptarme-aguantarme como soy. No le confieso que escuché en directo a Alfredo Kraus en el MET, y en el primer acto me dejó frío —mi ídolo caído—. En el segundo, el vello de punta me avisó de que algo grande estaba sucediendo —mi ídolo resurgido, lo que va de la noche al día—. 
Luego intercambiamos mensajes ad hoc sobre la didáctica: del vino, de la ópera, de la leche con miel —descremada con miel de abeja, semidesnatada con miel de avispa. Matices y más matices—.
—La ópera es ópera, la componga Bizet o Verdi.
—La comida es comida, la cocine yo o Adriá.
Tarda en responder. Como aspirante a la final de Masterchef —llegó a las "semis", la fase anterior a salir en la tele, pese a que daba muy bien en cámara, condición sine qua non para ser cocinera televisiva, pero su lubina salvaje al horno se quedó en carpaccio o sushi, el puñetero horno— se lo estará pensando. Sabe que la aprecio, quiero, admiro, y por ello me perdona la caña cariñosa que le meto, igual que el abrazo que le doy por aprobar el TFG.

La gripe —como las heladas— era más severa con Franco. Cuarenta de fiebre, durante cuatro días, o diez bajo cero, una semana entera. Así crecimos, sin término medio.

Entre sudor y temblor, leo el discurso de Corral Castanedo para su ingreso en la academia de las bellas artes provincianas —las capitalinas se escriben con mayúsculas, bien lo sabría Umbral, que transmutó de pucelano a Madrileño—. Ya sea por casualidad o porque nació el mismo año que mi padre —se me antoja que patearon las mismas calles y conocieron a las mismas personas con mote—, lo encuentro muy familiar. Hasta puede que se conocieran. Gracias, Paz Altés, por regalarme el librito. 

PS.- Una cantante-cantaora, con apellido de raza pura, declara en su entrevista del XL Semanal que toma zumo de naranja para desayunar, "pero medio vaso, que si no me da acidez". Cuando lleve veinte discos se atreverá a contar la verdad: le afloja el vientre, como a todos, pero ahora no es momento de descender a la sima escatológica. Yo contaría que desayuno lo que encuentro, me da pereza levantarme media hora antes para engullir una dieta cardio-saludable que, por cierto, nunca coincide entre las de quienes ocupan la última página del Semanal; que si café solo doble en vaso de duralex "sed lex"; tostadas de masa madre que me parió; mermelada de canguingos homeopáticos con peces fecales; agua de lluvia medio tibia, medio peroné; nécoras al punto de sal —hay un estudio de la OMS que lo avala—; nesquik de fresa con galletas maría untadas de tulicrem, pero sólo por una cara, la cara B concretamente, que es la transgresora, como el "I´m in love with my car" respecto al "Bohemian Rhapsody", o puede que al revés te  lo digo para que me entiendas. Para contar lo que piensas y pasarte la opinión de los demás por el forro de borreguillo hay que ser Carmen Maura. O presentar los Goya y tener a la peña de tu parte. 
Cuando la posdata ocupa más que el texto es que algo estoy haciendo mal. 

domingo, 27 de enero de 2019

LA DE QUEEN

Aviso para navegantes: el viernes fui a ver "Bohemian Rhapsody" ("la de Queen", en español cañí) y pretendo hablar sobre la película y el grupo. Otra cosa es que acabe en modo "otra historia más del abuelo Cebolleta", que me temo porque me conozco. 
Trataré de ceñirme al guion (los dedos me piden "guión", pero intento respetar a la RAE más que los propios miembros de la Academia. El corrector subraya "más". Será por exigencias... del guion-guión, ambos aceptados por la docta academia de nuestra lengua, o lo que queda de ella). 

Antes de nochebuena, mi esposa y yo, con mi hermana pequeña y su marido, fuimos a ver la película. No había entradas en el cine multisalas del centro comercial. Me alegré en silencio. Otra matanza de palomitas. De vuelta a la capital, por si llegábamos a tiempo de entrar en un cine de los de casi siempre, la cola se prolongaba hasta el río. "Abortar misión. Cañas y pinchos, repito, cañas y pinchos".

Este viernes, ni rastro de cola. Paco, el dueño de los Broadway, estaba por ahí, en la cafetería. A él le debo —no sospecha cuánto— sin lugar a dudas, mi primera resurrección. Recién llegado de la mili —ese verano obtuve mi último aprobado de la carrera de piano y la aparqué, "por mi culpa, por mi gran culpa", que es domingo— me encontró tocando en una tienda de ropa —la de Pepín, otro salvador—, y me propuso acompañar películas mudas. —Se la jugó. Ambos sabemos lo que me pidió y lo que hice—. Creo que ya he escrito sobre esto. Nos saludamos, siempre lo hacemos, como si no hubieran pasado más de treinta años. Paco es un caballero al uso antiguo, de los de "en vías de extinción". Su hijo, Jason —guapo, elegante y encantador— que nació un año más tarde de conocernos su padre y yo, nos acompañó a la sala 11, la pequeña. Menos de treinta espectadores, sin rastro de palomitas ni bebida. Una gozada, lo que yo entiendo por ver una película, mal que le pese a mi amigo Alfonso. Si ha visto Bohemian Rhapsody haciendo ruido al sorber y masticar, allá él. El karma se lo devolverá, aunque será benévolo. Con él fui a ver a Queen en Madrid, ya sin Freddie, y el musical en el Calderón, al que me invitó por cuestiones casuales de amores y desamores. Aún espero que se haga una foto con la camiseta que le regalé. Me extrañaría, porque ahora se llega en "El ganso". Molaba más cuando era grunge-pijo.

(A lo que estamos, que me voy por los cerros de Úbeda). 
La peli, como peli, se me queda pequeña. No creo que sea una gran obra. La grandeza no se mide por el número de asistentes. Cuántas obras maestras —maldito marketing— pasan de puntillas por las salas comerciales. Eso sí: la ausencia de merienda dignifica la película y a su público. A los fans de Queen, entre los que me cuento, nos encanta. Trata con delicadeza los asuntos espinosos. Se permite algunos lujos contra la historia real, o eso dicen —tampoco soy un friki, aunque posea su discografía completa— pero a nadie le importa. Mayo y Sastre se encargaron de limar las asperezas, no me cabe duda. Se jugaban muchos millones. 
—Oye, Roger. Nada de matar al mito, aunque un poco de caña le vendrá bien.
—Nos ha jodido, Brian. Y menos aún de meter algo —una teta, un culo— que avise a la censura. Hay que llenar las salas con gente de 0 a 100. La pela es la pela.

El chico que ahora hace giras con Queen —Adam Lambert, nada que ver con Christopher, gracias a Dios, que ya gozaría con la banda sonora de "Los inmortales"— es un animal. En mi opinión —para eso está mi blog— es, técnicamente, mejor que Freddie. Llega, arriba y abajo, donde Mercury no llegaba en los directos, quizá por los excesos físicos de este, que se cuidaba bien poco. Afina mejor. Incluso tiene más recursos escénicos. 

—Pero no es Freddie —apostilló Paco.
—Se llama carisma. 

domingo, 20 de enero de 2019

DELICATESSEN



Esta mañana, de camino a misa de doce y media, encontré varios carteles en las tapias de un solar donde antes un hostal alojaba a los toreros —la plaza está justo enfrente—. Muerto el hostal —hace más de veinticinco años, con su fachada apuntalada para preservarla de la ruina—, no los diestros, que algunos también, sólo quedan las paredes de ladrillo. Paquirri, Manzanares, Ordóñez, Camino, los Bienvenida y los Esplá y otros se alojaron allí, en el Lucense, antes de cruzar el Paseo de Zorrilla, vestidos de luces, en loor/olor de multitudes —ya se sabe que la multitud tiende a oler, la "tauromáquica" a puro, coñac y colonia cara, y el botafumeiro no se estila fuera de Santiago—. Hoy, a falta de corridas, se anuncian conciertos. Me sorprendió que casi todos homenajeen a alguna banda extinta: Beatles, Queen, Héroes del silencio —hay disgustos para todos—, y El último de la fila, y pocos conciertos son de grupos vivos. Será que los clásicos nunca se acaban de ir, ni falta que hace, gracias a sus virtudes y a las vicisitudes del mercado de lo inmediato. 

Allá por los noventa, me junté con unos amigos para montar un grupo, Delicatessen, y versionar temas de los Rolling, Elton John, Supertramp, Beatles... y, cómo no, Queen. Nuestro primer concierto, un "bolo" en el argot, tuvimos que hacerlo en Cervera de Pisuerga con el nombre de Máskaras+ (mascarasmás), gracias a que el archivo de bandas jóvenes de la JCYL aún no se había actualizado lo suficiente como para borrarlos de la lista, por ya no jóvenes o porque ni tocaban. No sospechábamos entonces lo modernos que éramos, adelantándonos al "tributaje", pero al menos tuvimos la decencia de no maltratar al público con nuestras propias canciones, flor de un día o de unas horas. De hecho lo intentamos, pero el experimento duró poco. Eso sí: nunca pasamos por la dureza, falsamente elogiosa, de ser teloneros y creer que la gente iba allí por escucharnos y no por coger sitio. 
Para ser justos, eso sucedió una vez, aunque no al estilo habitual. Tocamos un jueves en el Tío Molonio, y al día siguiente actuaron Celtas Cortos. Quizá, como en lo de los tributos, también fuimos pioneros en eso: en "telonear" con 24 horas de antelación. ¿Queréis ejemplos?

lunes, 7 de enero de 2019

Dime, Niño, de quién eres... (Postrero villancico a deshoras).



Hará como un par de semanas, me citó-retó mi amigo Alfonso en feisbuk, que tanto une y separa. No le sorprenderá mi memoria a corto plazo —tampoco a largo—, pues le demostré que le conocía desde pequeño, cuando su padre le llevaba a la panadería de sus abuelos en silla de bebé. Matías y Tere regentaban la tienda en la que mi madre compraba pan, leche y más cosas, y mi padre, en días de gloria, regalaba o vendía a sus abuelos, según fuera de benévolo el coto, truchas comunes que, pese a lo que digan los poetas, eran menos comunes que las arcoiris, por más que los colores quieran imponerse a los grises, como Pilar, Europa y Fernando —mis fotógrafos de referencia— no se cansan de suscribir. Ellos me entienden. 
Los caprichos del destino se esfuerzan por ponernos en sitios distintos, no necesariamente los nuestros, y quiso el tiempo que el niño-Niño que comía palmeras de chocolate sujetas con ambas manos, como detenía balones de idem-mano, pasara de ser alumno en prácticas a mi jefe en el colegio, a pesar de lo cual seguimos, creo, siendo amigos —así lo atestiguan múltiples secretos, "yo no he visto nada", o "ya se me ha olvidado", "¿de qué me hablas?"—. 
Lo que se dice peliculero, soy mucho. Mamé el cine por vía parenteral —a veces las palabras me visitan sin quererlo, ya podrían hacerlo más a menudo—: mi padre sabía docenas de nombres de actores, actrices y directores. Los grandes—los de verdad, antes de los ochenta— compositores de bandas también se quedaban en su memoria. —Venga, ahora di que Williams tiene muchos Oscars y te suelto una charla sobre armonía que te cagas—. Tenía una rara sensibilidad, gracias a sus múltiples sesiones continuas —entrada a las cuatro, salida a las doce, dos pases dobles por tarde— antes de que "Fotogramas" diese las pistas a seguir sin caer en le herejía. Otra cosa es ir al cine. Otra muy distinta es entender. Dejé de ir cuando las salas se convirtieron en merenderos. Me sigue pareciendo una falta de respeto comer palomitas y beber cola-coca para acompañar el trabajo de cientos de horas de rodaje y montaje. Me quedé en el Toblerone del Vistarama; los caramelos, como se permite en los conciertos de música clásica; en el registro de pipas —cuando los cines estaban en la capital— que te devolvían a la salida, con el soberbio ejercicio de memoria del acomodador. Decía, el muy antiguo, que el crac-crac era molesto y el público iba a ver la peli, no a que le añadieran efectos especiales. Apenas nos separa media generación, pero se nota.
Excepto las películas que dan por la 2, algún "taquillazo" y cuatro en DVD —hasta en esto soy viejo y no tengo Blue-ray—, no puedo presumir de cinefilia, porque las filias me dan fobia. 

A lo que vamos. Tengo el gusto de compartir contigo los libros que he leído este año —no digo prestártelos, que eres muy perezoso para devolverlos—. En la foto no están todos los que son, ni son todos los que están. La butaca que sustentó el tronco de mi tía Benita cuando era modista—noventa y cuatro años la contemplan, ayer lo comprobé, de visita en su asilo de ancianos, que ahora se llama residencia de la tercera edad— no aguanta más carga. En esa columna hay de todo. Unos —pocos— los tengo a medias, sea por su culpa o la mía, otros no cabían, y uno no figura deliberadamente porque me parece una castaña pilonga —leída en cuatro días lluviosos de julio— aunque del mismo autor e idéntica temática hay otro que resume, en la cuarta parte de espacio, a su hermano mayor. Otro más, cuenta lo mismo en apenas cien, con preciosas ilustraciones. Nunca hago publicidad negativa, allá cada lector y su gusto. El corto, que vale mucho más que los dos juntos del "bestselerado", se llama "Pikolo", y lo firma Patxi Zubizarreta, con dibujos de Jokin Mitxelena. Por ahí van los tiros, sin ánimo de hacer humor negro.

No los he contado, pero superan con creces la media nacional. "El 40% de los españoles no ha leído un libro este año", dicen las estadísticas. No sufráis, que tampoco lo creo. Mientras coméis palomitas, ya me encargo de falsear la puñetera estadística, esa que dice que si tú ganas 1000 y yo nada, cada uno de nosotros gana 500. O que si tú comes seis kilos de palomitas al año y yo doscientos gramos, cada uno hemos consumido tres kilos y cien gramos. De nada. A mandar. Para eso estamos. Ya nos pondrá en nuestro sitio el hígado de cada uno. Para ir al cielo o al infierno no hay EBAU, gracias a Dios.