lunes, 13 de diciembre de 2021

SURREALISMO 2, O LOS CAPRICHOS DE LA DESMEMORIA

 Ayer cerré el capítulo anterior sin contar lo que había provocado el título, que no era otra cosa que un sueño, no diré raro, porque últimamente abundan, sino extraño.

 Estaba en mi apartamento (que se parecía poco al de mis sueños conscientes, en los que lo imagino con un salón enorme en el que luce un piano de cola, un equipo de música, libros y otros fetiches) charlando con una exalumna a la que hará como viente años que no veo. Era entonces muy alta para su edad, pero no tanto como para que yo saltase tras ella (en mi sueño) por la ventana y me deslizase por su cuerpo, a modo de barra de bomberos, hasta la calle. Espero que no haya crecido tantísimo desde que no la veo en persona.

 Luego desapareció y me encontré a la puerta de mi clase de COU, porque según decían, mi curso no había estudiado la asignatura de educación física (que, tal como la recuerdo, era una optativa de viernes por la tarde sin repercusión en la nota) ¡y a todos nos tocaba repetir el COU entero! Lo más surrealista, si hasta ahora no lo es bastante, era que mi némesis, un sacerdote jesuita que compartía barbas —y nombre por apellido— con un carpintero famoso (que no era Gepeto, como en el chiste), me recibía con el cariño y la empatía que eché de menos en el curso 82-83. Supongo que su obsesión por mantener la disciplina con mano férrea y la norma de sacar lo mejor de cada alumno (en lo puramente académico, lo que se resume en las notas de selectividad) le impidieron ahondar en otras cuestiones "menores". Su mal ejemplo, curiosamente, se tornó en bueno para mí, que procuro mirar más allá de los números y relativizar su importancia, haciendo ver a mis alumnos que hay valores que no se expresan de forma numérica, y que hay otros tipos de excelencia. El espíritu bohemio, el interés por las artes (no por la asignatura en sí, que solo me hizo feliz cuando empecé a ver monumentos y a disfrutar de las obras de arte sin necesidad de demostrar en un folio que me importaban una higa los nombres de las cosas —que si arbotantes y botareles, que si triglifos y metopas— y, en suma, todo lo que no fuera ensalzar las virtudes de la enseñanza jesuítica (muchas, no lo pongo en duda) en forma de sobresaliente le traían (o eso me pareció) sin cuidado. Al final le tendré que dar las gracias.

 Desperté a media noche, sudoroso pero feliz porque solo era un mal sueño. Otras veces me he visto retomando mis estudios de piano con el mismo resultado: sudores y alivio al despertar.

 Quizá un psicoanalista podría ayudarme a aclarar de dónde vienen semejantes sueños, su significado y en qué medida se pueden superar esos traumas si lo son. Por lo poco que aprendí de Freud, Adler y Jung, debo de haberme quedado en una suerte de fase anal, no tal como la describía Sigmund, sino porque hay cosas que no dejan de darme por el culo.

 

domingo, 12 de diciembre de 2021

"SUB"REALISMO


 Mal empezamos cuando no soy capaz de poner en cursiva el sub del título (mi curso de 30 horas DDDD —desesperadas de destrezas digitales— no da para mucho más). Ni un corta y pega del cuerpo del texto a la cabecera —pura metáfora de la vida— ha servido como solución, así que ahí se queda. (Lo del sub venía a recordar a un profesor de lengua y literatura que cambió  de forma caprichosa el significado de surrealismo, que es justamente lo contrario).

 La anestesia general, dicen, provoca algunos efectos imprevisibles. La epidural de mi otra operación (de la misma hernia umbilical) estuvo a punto de convertirme en eunuco cuando me obstiné en arrancar un apéndice molesto, que yo creía un simple apósito mal adherido y no era otra cosita que mi propia pena —o sea, un pene en estado lamentable—. 

 En esta ocasión, los galenos decidieron que dormirme de alopecia para abajo sería más recomendable que desde la cintura. Lo último que recuerdo fue la breve conversación con una de las anestesistas:

—Piense en alguna cosa agradable.

—La tengo enfrente.

No pude comprobar si mi respuesta la había complacido o, por el contrario, se la había tomado como un comentario micromachista, pero quizá no le dio tiempo a meterme un wiski de garrafón por vía intravenosa para convertirla en intravenenosa. Lo cierto es que, mientras los médicos recolocaban mi tripa díscola, yo estaba soñando como en una de esas noches raras en las que Oniris (un héroe griego y un poco cabrón que me acabo de inventar) proyecta en mi cerebro una peli para todos los públicos. Hora y media de REA más tarde, salí del quirófano con el traje de neonato y mi ombligo en su sitio.

 Para cuando pude orinar, el anestésico debía de haber disfrutado de un viaje el río de divertido —soy de tierra adentro, castellanomesopotámico por la gracia de Esgueva y Pisuerga—, dejando su rastro y efectos acá y allá. No resulta sencillo distinguir mis bobadas conscientes de las provocadas por las drogas legales, así que las enfermeras no tenían elementos de juicio para evaluar/comparar mi falta del mismo. 

 Hoy mismo me atreví a dar mi primer paseo hasta la iglesia de San Benito. Parece que el anestésico general andaba en modo epidural, porque de tripas para abajo me tenía descontrolado. Del mareo se encargó la homilía transmitida por altavoces marca ACME. 

 Un breve periplo por la feria de la artesanía, con feliz encuentro y charla con mi amigo y valedor Francisco Alcántara, que me ha insuflado su discurso positivo, ha acabado por demostrarme que sigo obtuso de pensamiento pero raramente listo: escucho más que hablo. En el caso de Paco, merece mucho la pena. Es un tío con toda la barba, cuyas raíces se instalan muy arriba, adonde otros no llegamos ni en globo.

 Después de comer he ojeado la prensa. Leer a dos expresidentes del gobierno de España no deja de ser un ejercicio de surrealismo. Me temo que los efectos de la anestesia general ya se han diluido. La risa es terapéutica.

 El librito que adorna este texto no es casual. El comienzo tiene algo de surrealista-dadaista (por ahí andaba el tal Queneau), otro poco de chaladura y quizá de sustancias químicas. Cuando acabe de leerlo lo sabré.

domingo, 5 de diciembre de 2021

MEAPILAS

 Tras la PCR preceptiva antes de una operación quirúrgica, nada de importancia, apenas quitarle una D a mi ombligo en 3D —si Dios quiere, seguiré dando el coñazo en persona y en modo virtual en este blog—, acabé en misa de doce y media en la iglesia parroquial de San Juan Bautista, la del barrio de mi infancia. Ha cambiado un poco desde que fui monaguillo. 

http://pucelaacapella.blogspot.com/2010/12/podria-decirse-que-mi-primer-trabajo.html 

  La tarima pulida por los fieles (luego lo fue por la máquina Karate Kid —dar cera-pulir cera— hasta que el terrazo frío la sustituyó) acompañaba mis pasos de monaguillo solitario aquel 8 de diciembre, cuando fui a misa y no había otro auxiliar de guardia sin votos —mis botas eran parte del problema de sonoridad excesiva—. El párroco, D. Alfredo, me dio las gracias —y una generosa propina extraída sin disimulo del cepillo, ¡un duro en negro! —puedo decir que 3 de los antiguos céntimos— (que lo mismo hay que llamarlo "duro de color")— por ayudarle. Mi trabajo consistía en una coreografía (alguna bronca me gané por saltarme el protocolo, dado como era y sigo siendo a la improvisación) limitada a flanquear al cura de turno, tocar la esquila, sin exigirme tonalidad, durante la consagración, pasar el cepillo y poner la patena (paradigma del brillo) bajo la barbilla de quienes se acercaban a comulgar (eso fue antes de que se aconsejara-permitiera poner las manos en forma de trono —mi buen amigo Chema que, como buen abogado, interpreta según la ley y sus recovecos, sabe mucho de esa suerte de digitoflexia— para evitar contagios mucho antes del COVID, para mí VDLC (virus de los cojones) o VDLCCC (virus de los cojones, cojonas y cojonos para otros a los que es raro encontrar en misa, a menos que se les muera un ser querido, y siempre en modo de "por si acaso"). 

 Hoy escuché el viejo armonio que D. Mateo, uno de los sacerdotes de antaño, me dejaba tocar (o no, cuando el cachondo de Javi Herrera, un compañero del cole que compartía parroquia conmigo, me franqueaba la entrada en la iglesia sin moros en el costa y lo tocaba sin permiso). El organista y el cura andaban reñidos, así como las tonalidades con que atacaban el salmo responsorial, el sanctus y el "por Cristo, con Dios y en Él", lo cual ha provocado un sobrevenido dodecafonismo que haría palidecer de soberbia, avaricia, lujuria —o algo peor y más capital— al mismo Schoenberg. Si Dios no sufre de tinnnitus será por su inmensa bondad o sordera selectiva (que envidio). 

 Un vermú de garrafón, sopas de ajo y un chipirón a precio de langosta en un bar de mi viejo barrio han acabado por retrotraerme al pleistoceno de mi vida. 

 Aquí me hallo, en plena fase de digestión del pasado —propio  y ajeno—, y no solo por la misa y vermú de hoy. Más trabajo para mi psicoanalista. A ver si con lo que me ahorro en tabaco puedo pagarlo. 




sábado, 27 de noviembre de 2021

EL RÍO DEL OLVIDO


 A veces necesito escribir cuando no tengo ganas de nada. Por desgracia, hoy es uno de esos días. Perdonaría la necesidad si pudiera evitar el motivo, pero ayer se fue Alberto, y Alberto no es (era, aunque seguirá siendo) una persona cualquiera. 

 La suerte que ayer se le negó tuvo un rato de lucidez (para mí al menos) en 1986 y nos juntó en la misma clase de la escuela de magisterio, especialidad de filología inglesa. Su habla tranquila, su tono de voz y su madurez contrastaron con los míos. Quizá fuera esa la razón que nos unió; la de los polos opuestos o los complementarios o lo que cojones sea (la función terapéutica de las palabrotas es innegable y hoy me salen solas). Nos hicimos amigos sin esfuerzo, con la naturalidad que fluye como el agua de los ríos: desembocamos el uno en el otro, afluentes mutuos sin nombre impuesto por razón de longevidad o longitud, Duero y Pisuerga. Tomábamos café, canapés o cañas entre clase y clase (sin pirarnos ni una), en la cafetería de la escuela, la de Montse y Pepe. Regresábamos a casa en mi SEAT 850 (que no era solo mío, también —o más— de mi hermano, que solía pagar la gasolina), y alguna vez llevamos a su casa al profesor de religión (que bendijo el vehículo mientras Alberto tapaba una pegatina obscena del salpicadero). Gracias a él aprobé las matemáticas de primero (con un cinco del que cuatro puntos salieron de su paciencia la tarde anterior, en su casa, con sus padres atentos a nuestra tranquilidad, café y merienda mediante). 

 Al año siguiente se sumó el bueno de Jose (otro sin tilde), el dibujante-liante. Yo compaginaba mis estudios con el trabajo en los grandes almacenes más grandes de la ciudad, y allí prestaba sus servicios el que acabó convirtiendo el dúo en trío. 

 Muchos chupitos de melocotón (qué invento) en cientos de noches fraguaron nuestra amistad de hombres sin mujeres (ni falta que nos hacían, aunque acabasen por llegar sin ligar). La única vez que Alberto se mosqueó un poco (menos de lo que merecía la afrenta), fue por culpa de un chupito, pero encajó la ofensa con el estoicismo del amigo que perdona el exceso alcohólico. Eso queda en la memoria del trío.

 Hace algo menos de un mes leí en su FB que estaba pachucho (la pachuchez es un término subjetivo, y Alberto tenía un don para quitar hierro a lo objetivo). Le pregunté si le apetecía quedar para comer con Jose y conmigo, y me respondió que estaba flojo, pero me avisaría en cuanto se repusiera. Y por no sé qué (o sí), no quise preguntar más. Confiaba en  su recuperación y llamada. Ayer se truncó el plan.

 El adagio Dios nos libre del día de las alabanzas justifica tanto la tendencia a engrandecer la figura de quien se va como las pocas ganas que tenemos de que nos lleven.  Alberto, el día después de su partida, merece toda alabanza. Como un río, tendría sus meandros, sus aguas bravas, espumas y caudal desaforado. Sus días, vamos. Yo solo le conocí unos minutos de mosqueo (no cabreo) en los años que compartimos. Y vaya si tenía razón (mal que nos pese a Jose y a mí, que fuimos un poco perros, chupitos mediante). Sé que nos perdonó al rato (¿quién invita a su boda a unos cabrones?). Y no opino: sé que, como ayer me decía su esposa, fue una buena persona. Joder (perdón): buena persona se le queda pequeño. 

 Querido Alberto: eres (ahora arriba, que es ser para siempre) un tío cojonudo. Y sentirme amigo tuyo (en la cercana lejanía/lejana cercanía de los quinientos metros que separaban nuestras viviendas) es, sin duda, un honor que no sé si merezco. Por si acaso, te pido perdón por no haber estado más atento. La vida esta que soportamos nos entretiene en lo trivial y nos aleja de lo primordial, pero si algo aprendimos en la escuela de magisterio, es que no solo estamos para enseñar sino para no dejar de aprender. Y aunque figurar en mi directorio no sea un honor per se, lo es para mí. Será que el Sumo Hacedor tiene un poco de soberbia y quiere presumir de obra bien hecha y te llamó (sin pedirte opinión) para ponerte en alguna hornacina, privada o publica, pero ejemplar. Provenir de un pueblo llamado Sancti-Spíritus tenía esta servidumbre. 


 P.S.- La fotografía que encabeza este texto es la dedicatoria de un libro que me regalaste (bien lo sabes). Espero que me perdones, pero el título es lo menos certero que se me ocurre. Estoy seguro de que Julio Llamazares, si supiera nuestra historia, lo cambiaría por "El río continuo" o "El río que no cesa" o cualquier otro que no incluyera la palabra "olvido". A un señor como tú no se le olvida, por muchos chupitos de melocotón que se beban. Y perdóname si no estoy muy fino con el teclado, pero he tenido un mal día, no por tu culpa, pero sí por ti. Descansa en paz (te la ganaste), querido Alberto. 

 

 

 


domingo, 7 de noviembre de 2021

MISCELÁNEO QUE ES UNO

 (Todos nacemos misceláneos, que viene de mezcla. No hay ser, que yo sepa, sin mezcla, excepto aquellos que provienen de hermafroditas que se autofecundan y reproducen, aunque sean minoría. La consanguinidad tiene un algo de esto. Me inclino a pensar que mis desvaríos seudoliterarios están más cerca de la mezcolanza o falta de rigor u orden interno que me adorna. Quienes me conocen bien podrán ("quienes me conocen bien, podrán..." o "quienes me conocen, bien podrán...," qué horrorosa duda) seguir mi pobre argumento sin esquema. Que mis vecinos griten en la sobremesa del domingo no me ayuda).

 

Acababa de salir de la terapia para dejar de fumar (mi fuerza de voluntad anda cercana a la de flaqueza) cuando recibí un mensaje en el móvil. Mi amigo tocayo me ofrecía/recordaba su amistad —porque de algún otro amigo le había llegado el soplo certero de que no ando bien de ánimo— en forma de charla, comida o café (es un decir, ninguno de ambos somos cafeteros). Luego supe quiénes habían sido sus informantes, que, curiosamente, no habrán leído en su vida un  manual de autoayuda, "buenismo" ni frases de misterguonderful, ni falta que les hace. Llevan en su sangre un cromosoma rural, de hombre que sabe si va a llover, si barrunta tormenta o si pintan bastos que los hace inmunes a la idiotez con solo asomar la nariz por la ventana. Viven ajenos a las nuevas tecnologías, a la mercadotecnia (lo que algunos llaman marketing porque creen que es más cool y los convierte en más guays) y las competencias digitales y se la sudan los partes meteorológicos que no vengan del calendario zaragozano y el refranero.  Para mi desgracia, dos de ellos ya no trabajan en la empresa que nos hizo conocernos (uno por jubilación y otro porque su primera vocación volvió a llamarlo) y al tercero le quedan siete horas semanales que compartir conmigo. Cuando quedamos a comer me dan caña, me llaman hocico fino, chato y otras lindezas que asumo. En eso también son certeros, los muy cabritos... Y saben que quien hace pareja conmigo en la partida de mus pierde seguro porque a la segunda copa ya no distingo espadas de oros, sotas de treses y me pongo bocazas y "ordaguero". Desde hace más de veinte años, al día siguiente seguimos tan amigos. La única vez que no fue así, uno de ellos y yo lo solucionamos con una charla breve y un abrazo (y algunas lágrimas).

No sé por qué he llegado hasta este punto, que no era el previsto, pero no me pesa. Pensaba escribir sobre la marcha en apoyo a la AECC, a la que he acudido esta mañana, pero me ha salido esto. De vez en cuando hay que saltarse el guion (y más cuando no existe), y no para saldar cuentas sino por el mero hecho de resaltar el valor de la amistad verdadera, la que perdona sin pedir perdón, aprecia sin regalos que se la ganen y tiene un gesto o una palabra en el instante justo. Les diré, por si lo dudan, que no estoy "ordaguero" porque hoy no ha habido chupitos postcomida dominguera, aunque tampoco les habría ganado la partida de mus porque son de pueblo y leen mis ojos con los suyos, nobles, bien paridos y educados. Quizá, cuando están vidriosos de alcohol, se reflejen mis cartas en ellos. Y, aunque alguno me recuerde que su hombro está presto a mi desahogo —lo que agradezco de corazón—, saben que los quiero de verdad y ellos a mí, que me han perdonado mis rarezas (fácil me lo ponen: ellos son más fáciles) y no necesitan ofrecerse como paño de lágrimas porque los tengo a tiro de wasap, de teléfono o de piedra indolora. Por suerte no son los únicos con los que cuento, pero hoy han aparecido en mi texto de los domingos por pura casualidad o justicia sobrevenida y les dedico esta sobremesa silenciosa. Bendito trío. 

PS.- "Que te compre quien te entienda"... decía la fábula del burro. No necesito que me "compren" (qué lamentable uso adultescente de la palabra, con lo fácil que es decir "te entiendo", "lo admito" o "tienes razón" a cambio de nada). Se lo regalo a quienes me entienden. 

domingo, 31 de octubre de 2021

TOLEDO (MIS-CELÁNEAS FAVORITAS)

 A ver cómo empiezo esto. Mi cerebro, o lo que queda de útil en él, ha entrado en bucle esta semana. Últimamente, ante la inminencia del cambio de decena, esa que huele a jubilación, anda descontrolado. Se empeña en mostrarme la hoja del debe y el haber, con amplia ventaja para el equipo local: demasiadas cuentas pendientes, que mis amigos del pádel se toman a chufla, cosa que agradezco para desdramatizar el asunto. 

 Mi hija se ha ido a Toledo a pasar parte del puente. Allí vive uno de mis amigos del alma (tengo un alma muy grande, lo cual no significa limpia, en la que caben muchos y buenos; también algún gilipollas, pero confío en que mi memoria, ahora que siento que no es tan fiable como solía, borre lo poco malo antes que lo bueno y abundante). Me lo encontré ayer, por casualidad, en una tienda de sombreros. Él está más cerca que yo de la sesentena y su crisis, como el otro con el que fui por segunda vez a Toledo. La tercera y cuarta fue con Juan, el de los sombreros. La primera fui con mi padre y mi hermano, allá por 1983. Todo lo que sabía de la ciudad imperial era lo que entraba por el parabrisas del SEAT 132 de mi padre. No bajé del coche hasta que regresaron de su visita de trabajo. El entierro del conde de Orgaz no quedaba lejos (en Toledo nada lo está) pero no lo vi. Sigo igual, excepto por las fotos del libro de arte de COU, que perdí por prestárselo a algún compañero de las clases de piano. Nunca más se supo. 

 Jose, otro más sin tilde, me acompañó a Madrid cuando yo quería ser azafato de IBERIA. Dormimos en casa de Juan y, después del examen, fuimos a Toledo. Los pormenores de la visita, la comida en un restaurante de la plaza de Zocodover con aquel cochinillo (más cercano a verraco) que tenía una oreja más grande que el radar de Robledo de Chavela (a la que Onrubia hablaba como a una abuela sorda) siguen intactos en mi cerebrito. El viaje de vuelta por Gredos fue bastante movido, y hasta discutí con mi amigo por su forma de trazar las curvas (las amistades verdaderas sobreviven a esas y otras curvas). Nuestra acompañante, con nombre de ópera y fondo de usurera, se reía por lo bajinis. Como dependiente del Corte Inglés (y sueldo base) yo no le resultaba interesante; el salario de IBERIA (aprobé el examen) me hacía más conveniente, y así me lo hizo saber sin demasiado disimulo. Decliné su invitación a café, igual que la firma de mi contrato con la compañía aérea. Le complacería saber que me quedé en maestro (ser camarero de altos vuelos, por decirlo de algún modo, no me terminaba de llenar), así que se perdió poco margen comercial. Mejor para ella. 

 Hoy mismo he recibido un mensaje inesperado de mi querido Gubias. Cuando he abierto FB he caído en la cuenta. Hace días yo había compartido un mensaje sobre las víctimas del cáncer, y el amigo ha debido de pensar que yo andaba afectado. Claro que lo estoy, como tantas otras personas, familiares y amigos que lo han sufrido, pero por ahora, gracias a Dios, no es mi caso. Incluso estoy en terapia para dejar de fumar, gracias a la AECC, y minimizar los riesgos. 

 Gracias, Jose, por tu interés, por tu amistad a prueba de imbéciles y por tu conducción temeraria. Me abriste los ojos (esa y más veces). También me jodiste la siesta, pero el trazado de las carreteras de montaña no es culpa tuya. Tampoco era culpa del vigilante que se empeñase en impedir que hicieras fotos en la catedral de Toledo aunque fuera sin flash. Si los visitantes hacen fotos, no se venden las oficiales. Hay que comprenderlo... hasta cierto punto. En ese punto estaba yo, entre el segurata y tu cámara, para despistarlo. Creo que lo conseguimos. Cuando vuelvas a verlas, seguro que te acuerdas de aquel fin de semana. Hazme copias, anda. 

 

domingo, 17 de octubre de 2021

FELINO POR PARTIDA DOBLE


 

 Dice mi amigo Alfonso, uno que tengo y mantengo desde la preadolescencia (aunque nos veamos poco), que lee las pocas publicaciones que suelo apuntar los domingos en este cuaderno, y que de entre ellas se queda con las que encierran un poco de veneno. «No es que no me gusten las otras —explica—, pero las que traen cicuta en dosis variables te hacen (te haces) más justicia. Eres más tú mismo».

 No recuerdo si se lo habré confesado alguna vez, pero gracias a él soy, en parte —no todo es culpa tuya, querido—, el que soy. Creo que es el primer compañero del cole al que planté cara (hubo uno anterior, pero no era compañero, solo compartía colegio conmigo, y ya le mencioné en alguna entrada, honor que no merece). Andaba yo perdido en aquellos años turbios de acné y dudas, y el bueno de Alfonso era un poco como yo: tocapelotas y cabroncete, del tipo "tienes que espabilar, majo". Vivía cerca de mi casa, en el límite con la zona chunga que era la Plaza Circular, aunque él no se perdió nunca porque tenía, literalmente, a la policía en casa. Éramos de esos amigos que se admiran y envidian a partes iguales (o eso creo), y se dan caña igual que se echan flores, y admiten una y otras. No sé en qué punto nos encontrábamos, pero un día pintaron bastos —más cardos que flores— y salté. Me atreví a retarle con un «a la salida/en el patio te espero» que no auguraba nada bueno para mí, más blando que los caramelos Maski, y me olí la paliza, pero ahí quedaba el farol. Por suerte, se lo pensó y, desde aquel día, me gané su respeto y su amistad sin putadas. Solo me hizo falta copiar a alguien de película de malotes, quitarme la cazadora, poner cara de perro contra gato y gritar como un actor español. Desde aquel día, fumamos juntos en su escalera con su vecino Santi; salimos con amigos y amigas; merendamos en casa del otro (con dos fetiches: mi cuchillo eléctrico y la guitarra de su hermano, una western que yo no sabía si era marca o tipo o forma); compartimos padres y hermanos; y, lo más importante, fuimos fraguando una amistad que aún perdura. 

 Años más tarde, coincidimos tocando con Candeal. Otro amigo común, Toñín, me propuso para un bolo como sustituto eventual del acordeonista. Cuando subimos al mismo escenario en Laguna de Duero (con poco público, unos, conocidos, y otros que estaban sin yo saberlo, y pasarían lustros hasta que salieran de la chistera —perdón por la rima interna—), ni se imagina la ilusión que me hizo. Pensar en Mario, el pianista de verdad, y sentirme el heredero pobre también me complació, aunque un dedo de Garrote vale/sirve más que dos míos. 

 Los caminos se cruzan a veces con caprichosos recovecos, igual que los cabroncetes (no los hijosdeputa, lo que va de un pastor alemán a un lobo) que, lejos de joderle a uno la vida, le señalan un atajo en el que no había pensado. Vienen disfrazados de cualquier cosa: perros, gatos, público o inspector de hacienda o la seguridad social. El día en que olvidé la prudencia que mi padre me aconsejaba —que yo interpretaba como cobardía— y me puse farruco con un tío que llevaba dos felinos en sus apellidos, me cambió la vida. No sé si para mucho mejor, pero el camino que llevaba me hace pensar que a peor no se podía ir. 

 La foto, obra del P. Elías, eterno fotógrafo jesuita a quien Dios tenga en su gloria, retrata el codo de mi amigo cuando ya no era codazo sino apoyo. El señor del bigote, el de la derecha, es Antonio Medina, un ajedrecista que llegó a derrotar (jugando con negras) a Bobby Fischer. Matías García, el canario de las "variasiones, susesiones y permutasiones", con quien Alfonso tiene una cuenta pendiente, nos lo trajo al cole. Aunque solo sea por eso, supongo que el doble felino —león y gato— a quien dedico de corazón esta entrada, le habrá perdonado la afrenta de sacarle por las bravas de una simultánea (no sé si de esa u otra). Hay que perdonar lo malo cuando acarrea algo mucho mejor. 

PS.- Quizá la cicuta disuelta en bondad me haga más justicia, igual que cuidar menos la forma que el fondo (al menos en este blog dominical y apresurado).