domingo, 1 de agosto de 2021

Bullying o abusones (de mierda).

 Esta tendencia moderna de poner nombre en inglés a lo que ya sabemos decir en castellano me hace gracia. Hoy mismo me he encontrado con un abusón de los que jodieron, aunque no tanto como él cree, parte de mi niñez. Sería por envidia, por algún complejo como su poco rendimiento escolar (hablaba con lengua de trapo y no era un dechado de virtudes, francamente, aunque hoy llevase, el muy pelele, una camiseta con Franco disfrazado de peregrino); por su niñez probablemente mucho más desdichada que la mía (que sólo lo fue cuando el destino más bien falló que acertó a cruzarlo en mi camino), o por alguna causa que los psicólogos quizá entiendan o justifiquen, que mi paso de un cole de monjas a uno de curas no fue todo lo dichosa que podría haber sido. El caso es que, sin meterme con nadie, solo siendo el crío que era, a uno le caí mal, y de qué forma. El respaldo que tenía por sentirse arropado por sus muchos hermanos mayores (cara a cara era un completo cobarde, como todos los abusones), le servía de acicate para amedrentarme a diario. Yo le evitaba en clase y en el recreo, a sabiendas de que no me libraría de que, a la salida, estaría esperándome con alguno de sus hermanos para insultarme y, las más de las veces, darme alguna colleja, patada o lo que se le antojase. El portero de mi casa salió en mi defensa muchas veces. Otras fue mi hermano quien se interpuso, solo o con sus amigos. También cobró mi hermano, bajito pero bien aguerrido y acompañado, alguna vez.

 Cuatro eternos años después de conocernos, en clase de educación, física, aprovechó, el muy cobarde, para propinarme una patada en los riñones con la excusa de un mal cálculo en un salto del burro que el profe se tragó. Llegué a casa dolorido, y un par de días más tarde mi madre vio el hematoma que yo trataba de disimular como en aquel entonces hacíamos los chicos antes de que los padres se acostumbrasen a tomar cartas en el asunto, y mucho antes de que tomasen cartas por nimiedades. Mi padre me preguntó qué había pasado y le relaté el hecho: «El de siempre se ha metido conmigo». Antes de hablar, mi padre cerró los ojos y pensó la respuesta: 

 —Yo no tendría que darte este consejo, pero a veces hay que ser un poco... contundente. No le busques, pero, si te busca, que te encuentre.

 Para mí, que era un cobarde irredento, su última frase fue, aparte de premonitoria, liberadora. Contaba con el beneplácito de mi padre, bregado en mil batallas de barrio obrero, con un solo hermano con quien defenderse (o a quien defender), y hecho a sí mismo gracias a la curiosidad que heredé y le llevó a cargos de cierto nivel pese a su escasa formación académicamente reconocida y la mucha cultura que fue adquiriendo. Otra frase anterior también me ayudó: «Más vale pecar de prudente, aunque se confunda con la cobardía, que de chulo, no vayan a sobarte el morro».

 Tardó en llegar el día, pero, como casi todo, llegó. Mi némesis, mi enemigo, se puso farruco una vez más. Apartó de la fila mis libros con una patada y puso los suyos, que le servían de poco, en su lugar. Lo vi. Me acerqué. Le advertí. No hizo caso. Se rio de mí. Apreté el puño dentro del bolsillo, lo saqué armado por el consejo de mi padre, y le arreé un puñetazo en la cabeza, que rebotó contra una de las columnas del patio. Me miró con cara de sorpresa, luego en derredor y, no encontrando hermano que le defendiese, se fue al último lugar de la cola. Aquel día casi acabó la afrenta diaria, que pasó a ser eventual. Pude con aquello. ¿Qué era una persecución quincenal comparada con la diaria?

 Muchos años más tarde, el caprichoso destino nos volvió a unir. Él se casaba y yo dirigía al coro que iba a armonizar su ceremonia. Al verlo entrar con su uniforme del cuerpo de seguridad del estado, que, pensé, no hacía pruebas psicológicas, dudé entre pedir a los cantores que desafinaran o que nos marchásemos, o incluso que huyésemos durante la comunión después de haber desafinado como locos. Pensé en la pobre novia, que no tenía culpa de haber escogido a semejante gilipollas como marido (me consta, por la pequeñez del mundo, que se dio cuenta cuando era demasiado tarde) e hice mi trabajo. Él pagó nuestros servicios sin sospechar que su dinero vendría a mi bolsillo, aunque no compensase los muchos días que me había jodido. 

 Mientras salía hoy de la panadería (sigue con los mismos problemas de pronunciación, la misma voz de vicetiple con gallos), le he hecho unas fotos de paparazzo que luego he mandado a mis amigos del cole, los de verdad. Ninguno lo ha reconocido, porque es difícil reconocer a nadie que no deja huella (en mí la dejó a puñetazos, insultos y collejas, sus únicas armas, pero creo que en nadie más, qué suerte la mía por maricón y por sacar buenas notas). Hay personas que no hacen casi sombra. La que me persiguió durante años ya no opaca nada. Pobre diablo abusón y, sin duda, mucho más cobarde que yo.