PD: Me habría gustado que mi entrada número 200 tuviera un cariz festivo. Quizá sea que mi profesor de matemáticas merecía un número redondo.
domingo, 30 de enero de 2022
IN MEMORIAM
PD: Me habría gustado que mi entrada número 200 tuviera un cariz festivo. Quizá sea que mi profesor de matemáticas merecía un número redondo.
sábado, 22 de enero de 2022
MEAT LOAF, O EL PARAÍSO A LA LUZ DEL SALPICADERO DE UN OPEL CORSA ROJO
lunes, 13 de diciembre de 2021
SURREALISMO 2, O LOS CAPRICHOS DE LA DESMEMORIA
Ayer cerré el capítulo anterior sin contar lo que había provocado el título, que no era otra cosa que un sueño, no diré raro, porque últimamente abundan, sino extraño.
Estaba en mi apartamento (que se parecía poco al de mis sueños conscientes, en los que lo imagino con un salón enorme en el que luce un piano de cola, un equipo de música, libros y otros fetiches) charlando con una exalumna a la que hará como viente años que no veo. Era entonces muy alta para su edad, pero no tanto como para que yo saltase tras ella (en mi sueño) por la ventana y me deslizase por su cuerpo, a modo de barra de bomberos, hasta la calle. Espero que no haya crecido tantísimo desde que no la veo en persona.
Luego desapareció y me encontré a la puerta de mi clase de COU, porque según decían, mi curso no había estudiado la asignatura de educación física (que, tal como la recuerdo, era una optativa de viernes por la tarde sin repercusión en la nota) ¡y a todos nos tocaba repetir el COU entero! Lo más surrealista, si hasta ahora no lo es bastante, era que mi némesis, un sacerdote jesuita que compartía barbas —y nombre por apellido— con un carpintero famoso (que no era Gepeto, como en el chiste), me recibía con el cariño y la empatía que eché de menos en el curso 82-83. Supongo que su obsesión por mantener la disciplina con mano férrea y la norma de sacar lo mejor de cada alumno (en lo puramente académico, lo que se resume en las notas de selectividad) le impidieron ahondar en otras cuestiones "menores". Su mal ejemplo, curiosamente, se tornó en bueno para mí, que procuro mirar más allá de los números y relativizar su importancia, haciendo ver a mis alumnos que hay valores que no se expresan de forma numérica, y que hay otros tipos de excelencia. El espíritu bohemio, el interés por las artes (no por la asignatura en sí, que solo me hizo feliz cuando empecé a ver monumentos y a disfrutar de las obras de arte sin necesidad de demostrar en un folio que me importaban una higa los nombres de las cosas —que si arbotantes y botareles, que si triglifos y metopas— y, en suma, todo lo que no fuera ensalzar las virtudes de la enseñanza jesuítica (muchas, no lo pongo en duda) en forma de sobresaliente le traían (o eso me pareció) sin cuidado. Al final le tendré que dar las gracias.
Desperté a media noche, sudoroso pero feliz porque solo era un mal sueño. Otras veces me he visto retomando mis estudios de piano con el mismo resultado: sudores y alivio al despertar.
Quizá un psicoanalista podría ayudarme a aclarar de dónde vienen semejantes sueños, su significado y en qué medida se pueden superar esos traumas si lo son. Por lo poco que aprendí de Freud, Adler y Jung, debo de haberme quedado en una suerte de fase anal, no tal como la describía Sigmund, sino porque hay cosas que no dejan de darme por el culo.
domingo, 12 de diciembre de 2021
"SUB"REALISMO
Mal empezamos cuando no soy capaz de poner en cursiva el sub del título (mi curso de 30 horas DDDD —desesperadas de destrezas digitales— no da para mucho más). Ni un corta y pega del cuerpo del texto a la cabecera —pura metáfora de la vida— ha servido como solución, así que ahí se queda. (Lo del sub venía a recordar a un profesor de lengua y literatura que cambió de forma caprichosa el significado de surrealismo, que es justamente lo contrario).
La anestesia general, dicen, provoca algunos efectos imprevisibles. La epidural de mi otra operación (de la misma hernia umbilical) estuvo a punto de convertirme en eunuco cuando me obstiné en arrancar un apéndice molesto, que yo creía un simple apósito mal adherido y no era otra cosita que mi propia pena —o sea, un pene en estado lamentable—.
En esta ocasión, los galenos decidieron que dormirme de alopecia para abajo sería más recomendable que desde la cintura. Lo último que recuerdo fue la breve conversación con una de las anestesistas:
—Piense en alguna cosa agradable.
—La tengo enfrente.
No pude comprobar si mi respuesta la había complacido o, por el contrario, se la había tomado como un comentario micromachista, pero quizá no le dio tiempo a meterme un wiski de garrafón por vía intravenosa para convertirla en intravenenosa. Lo cierto es que, mientras los médicos recolocaban mi tripa díscola, yo estaba soñando como en una de esas noches raras en las que Oniris (un héroe griego y un poco cabrón que me acabo de inventar) proyecta en mi cerebro una peli para todos los públicos. Hora y media de REA más tarde, salí del quirófano con el traje de neonato y mi ombligo en su sitio.
Para cuando pude orinar, el anestésico debía de haber disfrutado de un viaje el río de divertido —soy de tierra adentro, castellanomesopotámico por la gracia de Esgueva y Pisuerga—, dejando su rastro y efectos acá y allá. No resulta sencillo distinguir mis bobadas conscientes de las provocadas por las drogas legales, así que las enfermeras no tenían elementos de juicio para evaluar/comparar mi falta del mismo.
Hoy mismo me atreví a dar mi primer paseo hasta la iglesia de San Benito. Parece que el anestésico general andaba en modo epidural, porque de tripas para abajo me tenía descontrolado. Del mareo se encargó la homilía transmitida por altavoces marca ACME.
Un breve periplo por la feria de la artesanía, con feliz encuentro y charla con mi amigo y valedor Francisco Alcántara, que me ha insuflado su discurso positivo, ha acabado por demostrarme que sigo obtuso de pensamiento pero raramente listo: escucho más que hablo. En el caso de Paco, merece mucho la pena. Es un tío con toda la barba, cuyas raíces se instalan muy arriba, adonde otros no llegamos ni en globo.
Después de comer he ojeado la prensa. Leer a dos expresidentes del gobierno de España no deja de ser un ejercicio de surrealismo. Me temo que los efectos de la anestesia general ya se han diluido. La risa es terapéutica.
El librito que adorna este texto no es casual. El comienzo tiene algo de surrealista-dadaista (por ahí andaba el tal Queneau), otro poco de chaladura y quizá de sustancias químicas. Cuando acabe de leerlo lo sabré.
domingo, 5 de diciembre de 2021
MEAPILAS
Tras la PCR preceptiva antes de una operación quirúrgica, nada de importancia, apenas quitarle una D a mi ombligo en 3D —si Dios quiere, seguiré dando el coñazo en persona y en modo virtual en este blog—, acabé en misa de doce y media en la iglesia parroquial de San Juan Bautista, la del barrio de mi infancia. Ha cambiado un poco desde que fui monaguillo.
http://pucelaacapella.blogspot.com/2010/12/podria-decirse-que-mi-primer-trabajo.html
La tarima pulida por los fieles (luego lo fue por la máquina Karate Kid —dar cera-pulir cera— hasta que el terrazo frío la sustituyó) acompañaba mis pasos de monaguillo solitario aquel 8 de diciembre, cuando fui a misa y no había otro auxiliar de guardia sin votos —mis botas eran parte del problema de sonoridad excesiva—. El párroco, D. Alfredo, me dio las gracias —y una generosa propina extraída sin disimulo del cepillo, ¡un duro en negro! —puedo decir que 3 de los antiguos céntimos— (que lo mismo hay que llamarlo "duro de color")— por ayudarle. Mi trabajo consistía en una coreografía (alguna bronca me gané por saltarme el protocolo, dado como era y sigo siendo a la improvisación) limitada a flanquear al cura de turno, tocar la esquila, sin exigirme tonalidad, durante la consagración, pasar el cepillo y poner la patena (paradigma del brillo) bajo la barbilla de quienes se acercaban a comulgar (eso fue antes de que se aconsejara-permitiera poner las manos en forma de trono —mi buen amigo Chema que, como buen abogado, interpreta según la ley y sus recovecos, sabe mucho de esa suerte de digitoflexia— para evitar contagios mucho antes del COVID, para mí VDLC (virus de los cojones) o VDLCCC (virus de los cojones, cojonas y cojonos para otros a los que es raro encontrar en misa, a menos que se les muera un ser querido, y siempre en modo de "por si acaso").
Hoy escuché el viejo armonio que D. Mateo, uno de los sacerdotes de antaño, me dejaba tocar (o no, cuando el cachondo de Javi Herrera, un compañero del cole que compartía parroquia conmigo, me franqueaba la entrada en la iglesia sin moros en el costa y lo tocaba sin permiso). El organista y el cura andaban reñidos, así como las tonalidades con que atacaban el salmo responsorial, el sanctus y el "por Cristo, con Dios y en Él", lo cual ha provocado un sobrevenido dodecafonismo que haría palidecer de soberbia, avaricia, lujuria —o algo peor y más capital— al mismo Schoenberg. Si Dios no sufre de tinnnitus será por su inmensa bondad o sordera selectiva (que envidio).
Un vermú de garrafón, sopas de ajo y un chipirón a precio de langosta en un bar de mi viejo barrio han acabado por retrotraerme al pleistoceno de mi vida.
Aquí me hallo, en plena fase de digestión del pasado —propio y ajeno—, y no solo por la misa y vermú de hoy. Más trabajo para mi psicoanalista. A ver si con lo que me ahorro en tabaco puedo pagarlo.
sábado, 27 de noviembre de 2021
EL RÍO DEL OLVIDO
A veces necesito escribir cuando no tengo ganas de nada. Por desgracia, hoy es uno de esos días. Perdonaría la necesidad si pudiera evitar el motivo, pero ayer se fue Alberto, y Alberto no es (era, aunque seguirá siendo) una persona cualquiera.
La suerte que ayer se le negó tuvo un rato de lucidez (para mí al menos) en 1986 y nos juntó en la misma clase de la escuela de magisterio, especialidad de filología inglesa. Su habla tranquila, su tono de voz y su madurez contrastaron con los míos. Quizá fuera esa la razón que nos unió; la de los polos opuestos o los complementarios o lo que cojones sea (la función terapéutica de las palabrotas es innegable y hoy me salen solas). Nos hicimos amigos sin esfuerzo, con la naturalidad que fluye como el agua de los ríos: desembocamos el uno en el otro, afluentes mutuos sin nombre impuesto por razón de longevidad o longitud, Duero y Pisuerga. Tomábamos café, canapés o cañas entre clase y clase (sin pirarnos ni una), en la cafetería de la escuela, la de Montse y Pepe. Regresábamos a casa en mi SEAT 850 (que no era solo mío, también —o más— de mi hermano, que solía pagar la gasolina), y alguna vez llevamos a su casa al profesor de religión (que bendijo el vehículo mientras Alberto tapaba una pegatina obscena del salpicadero). Gracias a él aprobé las matemáticas de primero (con un cinco del que cuatro puntos salieron de su paciencia la tarde anterior, en su casa, con sus padres atentos a nuestra tranquilidad, café y merienda mediante).
Al año siguiente se sumó el bueno de Jose (otro sin tilde), el dibujante-liante. Yo compaginaba mis estudios con el trabajo en los grandes almacenes más grandes de la ciudad, y allí prestaba sus servicios el que acabó convirtiendo el dúo en trío.
Muchos chupitos de melocotón (qué invento) en cientos de noches fraguaron nuestra amistad de hombres sin mujeres (ni falta que nos hacían, aunque acabasen por llegar sin ligar). La única vez que Alberto se mosqueó un poco (menos de lo que merecía la afrenta), fue por culpa de un chupito, pero encajó la ofensa con el estoicismo del amigo que perdona el exceso alcohólico. Eso queda en la memoria del trío.
Hace algo menos de un mes leí en su FB que estaba pachucho (la pachuchez es un término subjetivo, y Alberto tenía un don para quitar hierro a lo objetivo). Le pregunté si le apetecía quedar para comer con Jose y conmigo, y me respondió que estaba flojo, pero me avisaría en cuanto se repusiera. Y por no sé qué (o sí), no quise preguntar más. Confiaba en su recuperación y llamada. Ayer se truncó el plan.
El adagio Dios nos libre del día de las alabanzas justifica tanto la tendencia a engrandecer la figura de quien se va como las pocas ganas que tenemos de que nos lleven. Alberto, el día después de su partida, merece toda alabanza. Como un río, tendría sus meandros, sus aguas bravas, espumas y caudal desaforado. Sus días, vamos. Yo solo le conocí unos minutos de mosqueo (no cabreo) en los años que compartimos. Y vaya si tenía razón (mal que nos pese a Jose y a mí, que fuimos un poco perros, chupitos mediante). Sé que nos perdonó al rato (¿quién invita a su boda a unos cabrones?). Y no opino: sé que, como ayer me decía su esposa, fue una buena persona. Joder (perdón): buena persona se le queda pequeño.
Querido Alberto: eres (ahora arriba, que es ser para siempre) un tío cojonudo. Y sentirme amigo tuyo (en la cercana lejanía/lejana cercanía de los quinientos metros que separaban nuestras viviendas) es, sin duda, un honor que no sé si merezco. Por si acaso, te pido perdón por no haber estado más atento. La vida esta que soportamos nos entretiene en lo trivial y nos aleja de lo primordial, pero si algo aprendimos en la escuela de magisterio, es que no solo estamos para enseñar sino para no dejar de aprender. Y aunque figurar en mi directorio no sea un honor per se, lo es para mí. Será que el Sumo Hacedor tiene un poco de soberbia y quiere presumir de obra bien hecha y te llamó (sin pedirte opinión) para ponerte en alguna hornacina, privada o publica, pero ejemplar. Provenir de un pueblo llamado Sancti-Spíritus tenía esta servidumbre.
P.S.- La fotografía que encabeza este texto es la dedicatoria de un libro que me regalaste (bien lo sabes). Espero que me perdones, pero el título es lo menos certero que se me ocurre. Estoy seguro de que Julio Llamazares, si supiera nuestra historia, lo cambiaría por "El río continuo" o "El río que no cesa" o cualquier otro que no incluyera la palabra "olvido". A un señor como tú no se le olvida, por muchos chupitos de melocotón que se beban. Y perdóname si no estoy muy fino con el teclado, pero he tenido un mal día, no por tu culpa, pero sí por ti. Descansa en paz (te la ganaste), querido Alberto.
domingo, 7 de noviembre de 2021
MISCELÁNEO QUE ES UNO
(Todos nacemos misceláneos, que viene de mezcla. No hay ser, que yo sepa, sin mezcla, excepto aquellos que provienen de hermafroditas que se autofecundan y reproducen, aunque sean minoría. La consanguinidad tiene un algo de esto. Me inclino a pensar que mis desvaríos seudoliterarios están más cerca de la mezcolanza o falta de rigor u orden interno que me adorna. Quienes me conocen bien podrán ("quienes me conocen bien, podrán..." o "quienes me conocen, bien podrán...," qué horrorosa duda) seguir mi pobre argumento sin esquema. Que mis vecinos griten en la sobremesa del domingo no me ayuda).
Acababa de salir de la terapia para dejar de fumar (mi fuerza de voluntad anda cercana a la de flaqueza) cuando recibí un mensaje en el móvil. Mi amigo tocayo me ofrecía/recordaba su amistad —porque de algún otro amigo le había llegado el soplo certero de que no ando bien de ánimo— en forma de charla, comida o café (es un decir, ninguno de ambos somos cafeteros). Luego supe quiénes habían sido sus informantes, que, curiosamente, no habrán leído en su vida un manual de autoayuda, "buenismo" ni frases de misterguonderful, ni falta que les hace. Llevan en su sangre un cromosoma rural, de hombre que sabe si va a llover, si barrunta tormenta o si pintan bastos que los hace inmunes a la idiotez con solo asomar la nariz por la ventana. Viven ajenos a las nuevas tecnologías, a la mercadotecnia (lo que algunos llaman marketing porque creen que es más cool y los convierte en más guays) y las competencias digitales y se la sudan los partes meteorológicos que no vengan del calendario zaragozano y el refranero. Para mi desgracia, dos de ellos ya no trabajan en la empresa que nos hizo conocernos (uno por jubilación y otro porque su primera vocación volvió a llamarlo) y al tercero le quedan siete horas semanales que compartir conmigo. Cuando quedamos a comer me dan caña, me llaman hocico fino, chato y otras lindezas que asumo. En eso también son certeros, los muy cabritos... Y saben que quien hace pareja conmigo en la partida de mus pierde seguro porque a la segunda copa ya no distingo espadas de oros, sotas de treses y me pongo bocazas y "ordaguero". Desde hace más de veinte años, al día siguiente seguimos tan amigos. La única vez que no fue así, uno de ellos y yo lo solucionamos con una charla breve y un abrazo (y algunas lágrimas).
No sé por qué he llegado hasta este punto, que no era el previsto, pero no me pesa. Pensaba escribir sobre la marcha en apoyo a la AECC, a la que he acudido esta mañana, pero me ha salido esto. De vez en cuando hay que saltarse el guion (y más cuando no existe), y no para saldar cuentas sino por el mero hecho de resaltar el valor de la amistad verdadera, la que perdona sin pedir perdón, aprecia sin regalos que se la ganen y tiene un gesto o una palabra en el instante justo. Les diré, por si lo dudan, que no estoy "ordaguero" porque hoy no ha habido chupitos postcomida dominguera, aunque tampoco les habría ganado la partida de mus porque son de pueblo y leen mis ojos con los suyos, nobles, bien paridos y educados. Quizá, cuando están vidriosos de alcohol, se reflejen mis cartas en ellos. Y, aunque alguno me recuerde que su hombro está presto a mi desahogo —lo que agradezco de corazón—, saben que los quiero de verdad y ellos a mí, que me han perdonado mis rarezas (fácil me lo ponen: ellos son más fáciles) y no necesitan ofrecerse como paño de lágrimas porque los tengo a tiro de wasap, de teléfono o de piedra indolora. Por suerte no son los únicos con los que cuento, pero hoy han aparecido en mi texto de los domingos por pura casualidad o justicia sobrevenida y les dedico esta sobremesa silenciosa. Bendito trío.
PS.- "Que te compre quien te entienda"... decía la fábula del burro. No necesito que me "compren" (qué lamentable uso adultescente de la palabra, con lo fácil que es decir "te entiendo", "lo admito" o "tienes razón" a cambio de nada). Se lo regalo a quienes me entienden.
