domingo, 3 de octubre de 2021

TURISMO DE INTERIOR

 Antes de entrar en misa de una en San Benito, me fui cruzando con varios turistas, plano y móvil en ristre. Como es el día en que suelo encontrarme con mi madre y mi hermana mayor, que diseñan su paseo dominical para vernos un rato, no quise entretenerme, pero tuve que aguantarme las ganas. El cuerpo me pide echarles una mano y ejercer de guía sin contrato ni disfraz de Felipe II o José Zorrilla. Cuánto habría agradecido una ayuda desinteresada cuando deambulaba por las calles de Madrid y las únicas fueron las de dos trileros y una gitana —no era minoría étnica, era gitana, bien lo sabemos ella y yo— que me hizo dar tres vueltas a la calle Cartagena —recorrí María de Molina, José Abascal y Avenida de América para llegar a María Teresa, acaso por no darle una moneda gorda a cambio de su buenaventura—. 

Se me ocurrió comentarle a mi mujer que me encantaría pasear por mi ciudad acompañando a esos andaluces que me acogen en verano; a esos gallegos que lo mismo; a esos ingleses que alguna vez también, y hasta comer con ellos, pero contestó:

—¿De qué ibas a disfrutar comiendo con desconocidos?

—Me conformaría con acompañarlos en su visita.

Pensé más cosas: sobre las veces que he comido rodeado de desconocidos, cuyas conversaciones insulsas no me queda más remedio que oír porque hablan a gritos, cuando no me turban los destellos de sus móviles para el obligatorio selfi, ese que los hará felices por compartir las mismas rabas que yo me como, un calamar frito, vaya, que nunca se imaginó con tanta fama el octópodo o lo que sea, ni el lúpulo convertido en cerveza premium, ni la madre que los parió; en la catedral con un tío delante, que maldita la falta que le hace a la catedral aparecer en una foto con unos pulgares tiesos delante o esos gestos triunfantes. (Un amigo me decía que él sabe dónde ha estado y poco le importa que lo sepa nadie más). Y, puestos a tocar la breva, pensé en las muchas veces que he comido con personas con quienes solo tengo en común un contrato firmado por la misma empresa, eso que llaman compañeros. O sea, que pensé como suelo pensar a riesgo de que me llamen raro.

Hace muchos años, en la preciosa plaza de la Universidad, asalté a unos turistas a los que vi perdidos. Uno me dijo que había trabajado en Valladolid hacía muchos años, y que la había encontrado muy cambiada. Les indiqué la que creía una buena ruta cultural y luego les sugerí algún restaurante.

—¿Es usted de aquí? No recordaba a los pucelanos tan simpáticos. 

Pensé mi respuesta. Catalanes, agarrados. Andaluces, superficiales —él mismo y su familia lo eran—. Gallegos, cerrados. Madrileños, chulos... pero ni dije nada. Los tópicos son eso. 

Y ya está bien por hoy. 

domingo, 1 de agosto de 2021

Bullying o abusones (de mierda).

 Esta tendencia moderna de poner nombre en inglés a lo que ya sabemos decir en castellano me hace gracia. Hoy mismo me he encontrado con un abusón de los que jodieron, aunque no tanto como él cree, parte de mi niñez. Sería por envidia, por algún complejo como su poco rendimiento escolar (hablaba con lengua de trapo y no era un dechado de virtudes, francamente, aunque hoy llevase, el muy pelele, una camiseta con Franco disfrazado de peregrino); por su niñez probablemente mucho más desdichada que la mía (que sólo lo fue cuando el destino más bien falló que acertó a cruzarlo en mi camino), o por alguna causa que los psicólogos quizá entiendan o justifiquen, que mi paso de un cole de monjas a uno de curas no fue todo lo dichosa que podría haber sido. El caso es que, sin meterme con nadie, solo siendo el crío que era, a uno le caí mal, y de qué forma. El respaldo que tenía por sentirse arropado por sus muchos hermanos mayores (cara a cara era un completo cobarde, como todos los abusones), le servía de acicate para amedrentarme a diario. Yo le evitaba en clase y en el recreo, a sabiendas de que no me libraría de que, a la salida, estaría esperándome con alguno de sus hermanos para insultarme y, las más de las veces, darme alguna colleja, patada o lo que se le antojase. El portero de mi casa salió en mi defensa muchas veces. Otras fue mi hermano quien se interpuso, solo o con sus amigos. También cobró mi hermano, bajito pero bien aguerrido y acompañado, alguna vez.

 Cuatro eternos años después de conocernos, en clase de educación, física, aprovechó, el muy cobarde, para propinarme una patada en los riñones con la excusa de un mal cálculo en un salto del burro que el profe se tragó. Llegué a casa dolorido, y un par de días más tarde mi madre vio el hematoma que yo trataba de disimular como en aquel entonces hacíamos los chicos antes de que los padres se acostumbrasen a tomar cartas en el asunto, y mucho antes de que tomasen cartas por nimiedades. Mi padre me preguntó qué había pasado y le relaté el hecho: «El de siempre se ha metido conmigo». Antes de hablar, mi padre cerró los ojos y pensó la respuesta: 

 —Yo no tendría que darte este consejo, pero a veces hay que ser un poco... contundente. No le busques, pero, si te busca, que te encuentre.

 Para mí, que era un cobarde irredento, su última frase fue, aparte de premonitoria, liberadora. Contaba con el beneplácito de mi padre, bregado en mil batallas de barrio obrero, con un solo hermano con quien defenderse (o a quien defender), y hecho a sí mismo gracias a la curiosidad que heredé y le llevó a cargos de cierto nivel pese a su escasa formación académicamente reconocida y la mucha cultura que fue adquiriendo. Otra frase anterior también me ayudó: «Más vale pecar de prudente, aunque se confunda con la cobardía, que de chulo, no vayan a sobarte el morro».

 Tardó en llegar el día, pero, como casi todo, llegó. Mi némesis, mi enemigo, se puso farruco una vez más. Apartó de la fila mis libros con una patada y puso los suyos, que le servían de poco, en su lugar. Lo vi. Me acerqué. Le advertí. No hizo caso. Se rio de mí. Apreté el puño dentro del bolsillo, lo saqué armado por el consejo de mi padre, y le arreé un puñetazo en la cabeza, que rebotó contra una de las columnas del patio. Me miró con cara de sorpresa, luego en derredor y, no encontrando hermano que le defendiese, se fue al último lugar de la cola. Aquel día casi acabó la afrenta diaria, que pasó a ser eventual. Pude con aquello. ¿Qué era una persecución quincenal comparada con la diaria?

 Muchos años más tarde, el caprichoso destino nos volvió a unir. Él se casaba y yo dirigía al coro que iba a armonizar su ceremonia. Al verlo entrar con su uniforme del cuerpo de seguridad del estado, que, pensé, no hacía pruebas psicológicas, dudé entre pedir a los cantores que desafinaran o que nos marchásemos, o incluso que huyésemos durante la comunión después de haber desafinado como locos. Pensé en la pobre novia, que no tenía culpa de haber escogido a semejante gilipollas como marido (me consta, por la pequeñez del mundo, que se dio cuenta cuando era demasiado tarde) e hice mi trabajo. Él pagó nuestros servicios sin sospechar que su dinero vendría a mi bolsillo, aunque no compensase los muchos días que me había jodido. 

 Mientras salía hoy de la panadería (sigue con los mismos problemas de pronunciación, la misma voz de vicetiple con gallos), le he hecho unas fotos de paparazzo que luego he mandado a mis amigos del cole, los de verdad. Ninguno lo ha reconocido, porque es difícil reconocer a nadie que no deja huella (en mí la dejó a puñetazos, insultos y collejas, sus únicas armas, pero creo que en nadie más, qué suerte la mía por maricón y por sacar buenas notas). Hay personas que no hacen casi sombra. La que me persiguió durante años ya no opaca nada. Pobre diablo abusón y, sin duda, mucho más cobarde que yo.

 

 

domingo, 18 de julio de 2021

VOCACIONES


 No es una errata. Esta entrada no va de las vacaciones, un tema tan manido que me aburre, más aún en mi caso: todo el mundo me recuerda los muchos días que me quedan, y vaya si quedan. El resto del año nadie me envidia. No va conmigo lo de colgar autorretratos fotográficos con fondo de mar, montaña, chiringuito o casa rural; parrillada, mariscada, paella, cañita con calamares o ensalada de frutas flotando en un gintonic con fondo de musiquita chunda-chunda. Ese summum de la felicidad concentrada en siete, diez o quince días tiene poco que ver conmigo. Más bien nada. La felicidad a la que me refiero no es superficial. Se nota a diario.

 Uno de mis mejores amigos, no "mi mejor amigo", que ya sería triste tener solo uno, por mucho marco dorado que se le quiera poner al título de "mejo", "meja" o "meje", ha conseguido regresar a su primer mundo tras unos años de discreta, elegante y profesional estancia en su segundo, que compartía conmigo. Tuvo su momento anterior, dejándome huérfano de compañero, pero nunca de amigo, y regresó al redil cuando las copas y los oros se tornaron en bastos y espadas. Siempre he sabido que su vuelta era temporal y le esperaba una reentré victoriosa, saludada por todas las partes, las que lo reciben y las que lo despedimos. Aprendió que las frases hechas, como "el tren solo pasa una vez" o "no hay que dar un paso atrás ni para tomar impulso" o muchas otras de manual de autoayuda tienen que ver con la casualidad pero no con la meritocracia. Y es por sus méritos, en lo profesional y humano, o en la sabia mezcla de ambos que atesora, que su primer mundo nunca le ha olvidado. A los buenos de verdad, que son rara avis, les pasan varios trenes cerca y algunos incluso les esperan en el andén por si les apetece montarse a última hora. Este tren, con asiento provisional de segunda —no tardará en ser invitado a first class, ni lo duden—, ha acabado por aparecer en el momento justo. Su sonrisa contenida se ha convertido en amplia. Nunca hubiera esperado de él que se tumbara en el paseo de Zorrilla para enseñarme cómo hacer planchas. Menudo crack este tocayo que nunca presume de nada. Por más que algunos con la décima parte de virtudes sigan aburriendo al personal con medallitas o simples insignias de baratillo aplaudidas por los amiguetes; rabas frescas —después de estar ultracongeladas—; idílicas y exclusivas vacaciones apenas compartidas con miles de personas y esas otras muestras de felicidad impostada, me quedo con la felicidad sincera y real del amigo que no necesita las redes para reivindicarse. 

 Enhorabuena, amigo. Envidio tu valentía, tu honradez, tu sentido de la oportunidad y muchas otras virtudes y dones. 


 

domingo, 30 de mayo de 2021

VA DE TÓPICOS

 Viernes, 6:30 pm. Subo al autobús, línea 7. Tardo en decidir a cuál de los cacharros que sirven para pagar tengo que acercar mi tarjeta de transporte. La conductora, un encanto de mujer, guapa y simpática —lleva la belleza en los ojos y la voz—, me saca de la duda con amabilidad. El chisme dice que no tengo saldo. El viajero que me sigue, con acento del este de Europa, se ofrece a pagar por mí. «Muchas gracias, no se moleste. Tengo tarjeta de crédito». Insiste un par de veces mientras busco en mi cartera. Vuelvo a agradecerle su ofrecimiento y se aleja. Tampoco puedo pagar con tarjeta, tras unos cuantos intentos fallidos. Por más que lo limpio, no reconoce el chip, ese cuadradito metálico que, caprichosamente, nos hace ricos o pobres en un segundo. «¿Acepta monedas?» —pregunto a la conductora—. «No nos dejan. Lo siento». Otra pasajera, una joven a la que presupongo guapa solo por el hecho de preocuparse de mí, se ofrece a invitarme. Le perdono —y de algún modo le agradezco— que me llame de usted. Acepto porque llego tarde a un funeral. Duda en coger los dos euros que le doy. «Otro día me invita usted». Limpio las monedas con la camisa y se las doy. Vuelvo a dar las gracias a la conductora y a la joven. No veo al hombre con acento del este. 

Al llegar a mi parada de destino, bajo del autobús. Una conductora, una joven y un inmigrante me han hecho la tarde más feliz. 

domingo, 23 de mayo de 2021

LO, LE, LA...



El idioma (¿será la idioma?), el lenguaje (¿lenguajo, quizá?) fue evolucionando lentamente, como el propio mundo en aquellos tiempos. Supongo que del gruñido se pasaría a la sílaba, de ahí a la palabra, luego a la frase... El cerebro de los primates iría creciendo a medida que lo hacía su capacidad craneal, o al revés. La evolución de las lenguas (aquí no hay duda de género) también se tomaría su tiempo, mucho más largo que una legislatura. 

Suelo poner la música como ejemplo a mis alumnos.  Del puro ritmo natural, ya se sabe, un corazón que late (en compás ternario, con su silencio, digan lo que digan); unos pies que caminan, se llegó a la introducción de la melodía, primero sencilla, como el gruñido, y paulatinamente más elaborada. La cosa siguió su curso hasta el clasicismo. Un tal Beethoven decidió que las normas estaban para saltárselas (se aburría el hombre) e inauguró el romanticismo, qué tío inconformista. No sabe la que armó. Si le hubieran dicho que hoy existirían el rap, el trap y el reguetón (un salto atrás de doscientos mil años en doscientos cincuenta), quizá se lo habría pensado mejor... o se haría el sordo. Por otro lado, estaría más que satisfecho si supiera que su Oda a la alegría iba a convertirse en himno oficial de la Unión Europea. 

Los ingleses solucionaron la cuestión lingüística con un solo artículo para masculino, femenino y lo que sea; singular y plural. Con los Beatles, los Stones y Queen ya demostraron que la música no suponía mayor problema para ellos, si bien antes tuvieron que importar a Haendel, menudo fichaje. Aunque solo sea por eso, envidio a los ingleses, Brexit aparte.

Ahora que lo pienso, no sé muy bien de qué iba esta entrada. Del laísmo pucelano no era, ni tampoco nos importa que la RAE no lo apruebe, por muchos que seamos quienes lo perpetramos desde antaño (bastante tiene con tragarse y hacernos tragar las almóndigas). Tampoco sé si mi cráneo me aprieta las ideas porque cada día es más pequeño, o mis ideas son cada día más pequeñas y por eso se va encogiendo el armario que aloja mi cerebro. Mañana empezaré a ponerle remedio. 



domingo, 21 de marzo de 2021

VERDADES "VERDADERAS"




 

 Doce años llevo contando chorradas en este cuaderno de bitácora, blog o guaderno que me facilitó la buena de Clara, la bibliotecaria gallega —habrá otras, pero ella es mi bibliotecaria de referencia, no solo desde que la vi tratar al público en la biblioteca de Villagarcía de Arosa con un mimo y cariño que para sí quisieran muchas, y recomendar bellos libros de los que nunca aparecen en las mesas centrales de una librería— y no me canso. Una vez me cansé, pero volví como quien se pira de casa y luego se arrepiente. A ella, en compañía de una estupenda ginebra gallega, le dedico esta publicación porque es el proyecto más duradero que he mantenido nunca, propenso como soy a la desidia, por no decir vagancia, término que suena menos literario pero es más preciso y justo en mi caso. Aquí, desde esta tribuna sustentada por cuatro palos mal amarrados, como mi cultura tardía, he venido soltando las bobadas que se me ocurrían de domingo a domingo. En una ocasión, que ya me sorprende que solo fuera una, alguien que no dejó su nombre vino a recriminarme que yo hablaba/escribía con patente de corso (ya me jode que suene a Reverte, pero suyo es el mérito de haber puesto ese título a un recopilatorio de sus artículos), vamos, que si me creía superior. Creo recordar que le contesté con una frase que pretendía ser lapidaria, pero el hombre o mujer o lo que fuera que se sintiese aquel día no respondió, y no creo que fuese por la contundencia de la pedrada. Tendría mejores cosas que hacer. Ahora que me acuerdo, otra vez recibí una colleja, aunque le di réplica documentada. Alguien me instaba a que mencionase la autoría de una foto que copié para ilustrar una de mis entradas, facilitándome la fecha exacta e indiscutible. Después de un rato de navegación, encontré la foto con fechas anteriores a la que me sugería, como cuatro o cinco, y le pedí que me hiciese saber cuál era la correcta. Aún mantengo la duda pero nadie me ha denunciado.

 La tribuna, ya sea la que uno se construye con bases dudosas o la que le otorga un plebiscito, una elección o un dedazo, suele confundirnos hasta hacernos creer que somos más listos de lo que somos. La ventaja de hablar ex-catedra desde el sillón propio es que casi nadie te escucha/lee y, si lo hace, suele ser un "amigo" de los que no te llevan la contraria, como si en eso consistiera la amistad. Quizá sea así en los casos en los que la propia amistad se sustenta, igual que el sillón, con cuatro palos cruzados que aportan una seguridad más bien incierta. 

 Cuando envío algo a mis contactos, ya sea una canción, un texto o una foto, tengo la norma de no predisponerlos a la loa con la frase "mira qué bonito es esto que he hecho", porque a ver quién es el chulo que te dice que no le gusta, con la ilusión que le has puesto. Prefiero, aunque duela —y duele, coño—, la corrección amable, la sugerencia cariñosa y documentada al aplauso hueco. De aplausos están las vaciedades llenas.

 Hoy se desmoronó una de mis verdades irrefutables —irrefrutables porque la cosa va de vegetales—. Después de presumir de conocimientos adquiridos en la frutería, corrigiendo a quien osara contradecirme, me entero de que la sabrosa lechuga de oreja de burro, o de Valladolid, es pucelana —aunque vete a saber si mañana aparecerán familiares de Burgos o Segovia— pero no, o no solo, de burro, aunque haya zopencos en todos lados. Aquí —donde también hay un rucio que le da a la tecla—, por razones que, como muchas otras se me escapan, le dicen de oreja de mulo, y no solo eso, sino que la hay verde, negra, blanquilla, amarilla larga, verde larga, arrepollada, de verano, de invierno y de mulo gigante —no sé si el mulo o su oreja, y tampoco si la izquierda o la derecha—.  Menos mal que es una especie híbrida y, por consiguiente —o al menos en el caso de los mulos—, estéril. Si no, la lista de variedades/descendientes sería más larga que la de tránsfugas, teórico-no prácticos o listillos con mando en plaza. En lo que parecen estar de acuerdo los lechugófilos es en que, además de pucelana o antes de eso, es romana. Para que luego digan que el latín no es importante.

 No somos nadie. ¡A tomar por el mulo! 

 PS.- Quienes pensaban que esta era una entrada seria, otra boutade etílica —ya dije que me estaba bebiendo un chorro de ginebra, pero porque no había más—, me conocen poco. Algún amigo de verdad habrá que se esperase el final con retranca.

 PS2.- Lamento profundamente no poder fechar la fotografía que encabeza esta idiotez dominical. La lechuga que tengo en el frigorífico estaba poco presentable, como de la subespecie verde oscuro larga blandurria. Pero de mulo, eso sí (o no). 

domingo, 14 de marzo de 2021

MAÑANA DOMINICAL Y RECUERDOS.


Tenía dos libros apuntados en la agenda. Eché un vistazo en La madre de todas las tiendas, donde se pueden leer las críticas, y devolver sin que te pongan pegas. Por aquello de favorecer al comercio local, decidí comprarlos en una tienda de la capital (física, como se dice ahora, como si también las hubiera químicas), pero todas estaban cerradas (que los sábados por la tarde cierren algunas es algo que me sorprende, pero no soy empresario) excepto la librería de unos grandes almacenes. Al fin y al cabo, en ella trabajan personas a las que conozco, porque hace años trabajé allí y quedan muchos de mis antiguos compañeros, así que de algún modo también  favorecía su comisión. 

De camino a misa de doce, entré en los grandes almacenes cuyo nombre no revelaré, ni falta que hace. Encontré los dos libros y me dispuse a pagar, pero el precio no coincidía con el anunciado en su web. Se lo hice notar a la dependienta, que respondió:

—El 5% de descuento no se aplica en tienda. 

—¿No le resulta curioso que a quien se toma la molestia de acercarse hasta aquí le resulte más caro que al que compra sentado en su casa?

La joven, un poco sorprendida, contestó:

—Es para potenciar la compra on-line...

—...y de paso para perjudicar a los que, como usted, trabajan a sueldo más comisiones. 

—Puede usted comprar los libros por la web desde su móvil. En unos segundos saltará el aviso y entonces los recoge aquí inmediatamente.

Sonreí bajo la mascarilla, mientras pensaba si un euro y medio de ahorro compensaría el rollo que, además, dejaría sin comisión a la vendedora. Pagué sin descuento.

Y entonces, por esos resortes secretos de mi memoria, me acordé de una tarde de hace muchos años, cuando fui a comprar unos auriculares y me atendió un joven como de mi edad (he dicho que fue hace muchos años), que se armó de paciencia para aguantar mis pegas, mostrándome todo lo que tenía disponible. Llegaban las ocho de la tarde y aún no había dado con los auriculares perfectos. 

—David: cierra tú y no te olvides de poner la alarma, —le dijo un hombre que parecía el encargado o el dueño.

Quedé en volver. Salí de la tienda y me entretuve mirando el escaparate. El tal David, que se había ganado el sueldo por aguantarme, bajó la trampilla un minuto después. Se acercó a mí.

—¿Tiene un momento?

—Claro. 

—Sé dónde puede encontrar sus auriculares —dijo mientras sacaba los suyos de una bolsa—. Son estos.

Me los ofreció para que los probase con su walkman. Eran pequeños, cómodos, bonitos y sonaban de cine.

—Y ¿no los vendéis en la tienda?

—A mi jefe no le gusta esta marca... aunque es porque no le conceden la licencia, pero puedo decirle quién los vende.

Sacó un papel de su bolsa y apuntó una dirección.

—Vaya de mi parte. Es amigo mío. Le hará descuento.

Fui allí unos días más tarde, compré otros de la misma marca (algo más caros, pero mis orejas son muy caprichosas) y se me ocurrió enseñárselos a David, pero lo fui dejando. Pasados unos meses, regresé a la tienda en la que trabajaba y pregunté por él. Me costó un mundo convencer al dueño de que éramos viejos amigos, que había perdido su teléfono y no sé cuántas mentiras más, hasta que fue capaz de darme una pista.

—Creo que se ha establecido por su cuenta. Allá él.

Por no despertar sospechas, me interesé por unos auriculares y, para mi sorpresa, el hombre me mostró varios de la marca de los míos, que, por algún motivo, ahora ya tenía en su catálogo.

—Esto es lo mejor del mercado. 

Seguí con el paripé un rato, pero a las ocho menos cinco no hubo necesidad de continuar con la actuación, porque el dueño me señaló la hora en su reloj.

—Tengo que cerrar. Vuelva usted mañana —apostilló, como Larra, aunque no tenía pinta de haberlo leído. Le pegaba más Reverte, si es que leía algo que no fuese el Marca.

Dediqué la semana siguiente a recorrer las tiendas de aparatos musicales, que no eran muchas en una capital de provincias. A menos de quinientos metros de aquella en la que trabajaba, David había puesto la suya. Nada más entrar, me reconoció y me hizo un gesto de que le esperase cinco minutos, mostrando la palma de su mano. Esperé trasteando hasta que su cliente se marchó. Me saludó con un efusivo apretón. Yo llevaba mis auriculares colgados del cuello y se dio cuenta.

—Al final compraste otros.

—Bueno, también los que me recomendaste, pero luego vi estos... y me encantaron.

—Son aún mejores, pero no me los dejan vender. Ya sabes, cuestiones de facturación, marketing y esas cosas. Sigo peleando. Pero son cojonudos.

—¿Te apetece tomar un vino conmigo cuando salgas? 

—Hoy no puedo.

—Pues te doy número y me llamas cuando te venga bien.

Nos despedimos con un abrazo. Nunca me llamó, pero siempre me acuerdo de él cuando compro auriculares o cacharritos de esos que reproducen música para los tiquismiquis que disfrutamos del sonido más que de las modas y compramos marcas raras que no conoce nadie, ni tienen un logo molón con peras, piñas o plátanos, aunque no nos miren por la calle, o leemos libros que nos son superventas ni aparecen en las mesas centrales de las tiendas. Para los raritos, vamos.

PS.- El relato, casi real, está dedicado a David (real del todo, aunque la historia no lo sea), un señor de mi edad con el que contacté para pedirle opinión sobre algún chisme musical. Pese a sus múltiples quehaceres y su mando en plaza (dirige una empresa relacionada con los cacharritos), se tomó la molestia de responder a mi email y aún lo sigue haciendo cuando le parto la tarde por la mitad. Le debo unas cañas, o vinos, o lo que le apetezca. Bien ganado lo tiene por su paciencia, amabilidad y conocimientos. Sobre todo por las dos primeras virtudes. 

PS.- El día que Los grandes almacenes cuyo nombre no cito celebraron su primer aniversario en mi ciudad, el jefe de personal, pasados de copas él y yo (yo más, solo faltaba) después del festejo en el sótano del edificio, a mi saludo chusco y etílico de "greo gue nos gonocebos" ("creo que nos conocemos", en castellano sobrio), respondió: «Yo sí. Dentro de tres días abandona usted la empresa. Es usted un inconsistente y un débil». Lo de abandonar la empresa (suelo regalarme cosas importantes por mi cumple) era verdad. Lo de la inconsistencia... puede que también. José Manuel, Guillermo y Fernando, testigos de aquella afrenta y excombatientes los tres (por algo será), pueden dar fe.