sábado, 5 de noviembre de 2016

¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?

-Buenos días, doctor.
-Buenos días, paciente.
-Eso, paciente, porque llevo más de quince minutos esperando...
-Había otros enfermos antes que requerían mi atención. ¿Qué le ocurre?
-Me duele la garganta. Casi no puedo hablar.
-¿Desde cuándo?
-Desde hace dos semanas.
-¿Y por qué no ha venido antes?
-Estaba de vacaciones, no pretenderá que las suspenda, que ya tenía el hotel pagado.
-Abra la boca, por favor.
-Menudo método antediluviano. Toda la vida llevan diciendo lo mismo.
-No hay otro método para mirar la garganta que abrir la boca, en eso no hemos avanzado mucho.
-¿Qué tengo?
-Amigdalitis. Tome antibiótico durante diez días, e ibuprofeno. Tres tomas diarias.
-¿Unas vulgares anginas? No estoy de acuerdo. 
-Bueno, pues una faringo-amigdalitis, si eso le deja más satisfecho.
-¿Y el fin de semana tengo que madrugar para tomarme las pastillas a las ocho de la mañana? ¿No se pueden tomar dos por la noche?
-Por poder, se puede, pero no hacen el mismo efecto.
-¿Y tiene que ser en mi casa y no aquí?
-Por mí puede tomarlas en el trabajo, en la cafetería o donde le venga mejor.
-De ninguna manera. Usted es el médico y si vengo a la consulta quiero salir curado.
-A menos que lo ingresen, que no es el caso, no hay otro modo de tomar las pastillas en presencia del médico.
-Pues no me gusta que me pongan deberes.
-Pues entonces no se curará.
-Es injusto. Además tengo padel a las cuatro de la tarde.
-Interrumpa el partido para tomar las medicinas.
-Sólo faltaba.
-Haga lo que quiera.
-Oiga, un poco de respeto, que su sueldo lo pago yo.
-Y su salud la cuido yo, para eso me paga.
-Conozco mis derechos. No es usted nada democrático. Pienso convocar una huelga para que los enfermos se salten las prescripciones médicas de la seguridad social hasta que salgan de la consulta curados.
-Entonces vaya usted a la privada. Quizá allí tengan otras soluciones, como el copago, para que valore usted las medicinas y se las tome.
Cojo las recetas y salgo a escape. Ya buscaré una farmacia mañana o pasado. Aprieto el paso mientras enciendo un cigarrillo. Aún puedo llegar a tiempo a la manifestación contra los recortes en sanidad. Y que no se me olvide decirle al niño que este fin de semana no haga los deberes, que con las clases de pintura, equitación, inglés, piano y el baloncesto ya tiene bastante, el pobre, que además su madre y yo estamos cansados a las ocho como para ayudarle a hacer las tareas. Menudos vagos los maestros y los médicos, que ni se reciclan. ¿Anginas, dice? ¡Qué sabrán los médicos!

domingo, 30 de octubre de 2016

DIECINUEVE HORAS DESESPERADAS CON GERMÁN DÍAZ: CONCIERTO PARA MOTOR DIÉSEL, QUESO, TOMATE Y MUCHOS CAFÉS Y CIGARRILLOS.



Eran finales de julio de 2005. Mientras tomaba una caña en una terraza con alguno de mis hermanos sonó mi móvil. No había aún guasaps y las tarifas eran caras, lo cual aseguraba cierta tranquilidad diaria y la certeza de que una llamada era algo relativamente necesario.
-Hola -dijo antes de que yo pudiera saludarlo. 
-Hola, Germán. 
-¿Quieres que te cuente algo gracioso?
-Claro, hombre. Dime.
Las historias de Germán siempre son sabrosas, o las  convierte en tales con su estilo, así que esta no sería menos.
-Resulta que estoy en la estación porque mañana toco en Burdeos, pero me saqué el billete por internet y lo reservé para ayer. 
-Joder, qué putada. ¿Te lo han cambiado?
-Pues no, porque el tren ya está completo.
Me dejó unos segundos de silencio y añadió:
-Por cierto, ¿qué tienes que hacer mañana?
-¿Llevarte a Burdeos? -pregunté afirmando.
-Coño, qué buen plan. ¿A las siete en mi casa?
-De acuerdo. Mañana nos vemos.

Me presenté puntual y ya me esperaba en la calle con su zanfona de entonces, un maletín y el ordenador portátil. Me saludó como acostumbra, con un abrazo y un par de besos, y tras cargar sus trastos nos sentamos en el coche. Esta vez no hizo referencia a mis gafas, mis zapatos o cualquier otra cosa de mi vestimenta, como también tiene por norma protocolaria para tocarme un poco las narices y afear mi, según él, gusto pijo. Enfilamos la salida en dirección norte nordeste y al poco paramos en una gasolinera para llenar el depósito y tomar un café. No me dejó pagar.
-Hoy todo corre de mi cuenta.

Cuando tocaba con él y Eugenio en su "Trío Germán Díaz" se encargaba de todos los gastos. Aquella formación, una de las primeras cuando él tenía unos veinte años y yo más de treinta, me sacó del olvido musical, o al menos del olvido público, y volvió a introducirme en el mercado durante una temporada. Germán andaba buscando un pianista que cantara (o que tuviera un poco de pianista y un poco de cantante) y Toño, el peluquero, le habló de mí y nos presentó en un bar. Fue un encuentro facilón y enseguida hicimos buenas migas. O eso, o es que somos muy buenos actores después de casi veinte años de amistad...

Al salir de la gasolinera fue contándome el plan. Comeríamos en un restaurante francés con estrellas michelín, por lo cual se había descargado en el móvil la guía esa del Bibendum. Iríamos a buscar a Pascal Lefebvre, un zanfonista galo, que vivía un poco antes de llegar a Burdeos, tocarían en una campa, después de lo cual cenaríamos de vuelta a casa en algún otro restaurante español de postín. Por lo visto lo tenía todo bien pensado y organizado.

El viaje se nos hizo corto, pues Germán es un conversador infatigable y yo no suelo ser mudo. Pasada la frontera, encendió el portátil y se puso a buscar restaurante. Me propuso varios y calculando a ojo decidimos a cuál iríamos. Poco antes de llegar, le llamaron al móvil. Yo le oía hablar en francés. Colgó con cara de mosqueo.
-La mujer de Pascal dice que comamos en su casa, pero le he dicho que no, que ya tenemos reserva.
Al cabo volvió a sonar el teléfono, y hubo una tercera vez.
-Nada, no hay manera. Dice que a estas horas ya han cerrado las cocinas, que esto es Francia y se come antes. 
-No importa, hombre. Antes de las dos estaremos en Burdeos.
Llegamos a casa de Pascal que, al oir el ruido del motor, salió a nuestro encuentro con su esposa pisándole los talones. Después de las presentaciones entramos a comer... aunque ellos ya lo habían hecho.
Sobre la mesa había una ensalada a la que la mujer, de cuyo nombre no puedo acordarme, añadió unos trozos de tomate "de la huerta" a los pocos que quedaban, porque la lechuga estaba mustia, señal de que llevaba un rato aceitada. Como el tomate y yo somos enemigos casi irreconciliables desde tiempos remotos, piqué algo de lechuga, con la esperanza de que el segundo plato saciaría mi hambre. Germán me miraba extrañado.
-¿No te gusta?
-No como tomate -confesé en voz baja.
-Está muy bueno. Pruébalo. 
Tanta hambre acumulaba desde el café en la provincia de Palencia, seis horas antes, que me comí dos trozos de tomate, musitando:
-Si me viera mi madre...
El segundo tardaba en llegar, así que hice de tripas corazón, o mi corazón ya era una tripa más, y tragué el último trozo por si la mujer de Pascal estaba esperando a ver vacíos los platos (el de Germán hacía rato que lo estaba) para traer más comida. Se acercó y dijo en español:
-Si os habéis quedado con hambre, puedo traer un poco de... -dudó, como si fuera a ofrecernos lo más rico entre un variado menú- queso.
Creí que era una broma, porque tampoco como queso, pero regresó con una tabla llena de fromage, señalando cada clase:
-Este es de aquí, ese de allá y el otro de acullá. 
Germán se afanó a la tarea de llenar el buche mientras yo aguantaba las lágrimas, de risa y pena al tiempo. Vi una botella de vino y me pareció un buen compañero para paliar el disgusto. Ella siguió mi mirada y preguntó si bebía.
-Bueno, un poco sí.
-Es que lo he abierto ayer y no sé si estará bueno.
Descorchó la botella, se sirvió, lo cató y dijo:
-Ya está un poco estropeado.
Me temo que su explicación le sirvió de poco al ver mi copa cerca, en posición no oferente sino receptiva, por lo que no le quedó más remedio que echar un chorrito breve, como quien aliña la ensalada. No quiero parecer envidioso pero la copa de Germán tuvo más suerte, quizá como premio por haber comido. 
-¿No te gusta mi comida? -preguntó con cara de sorpresa.
-Es que tengo alergia a la lactosa y a un "no-se-qué" del tomate, -dije para salir del paso y no ofenderla.
-Vaya, qué pena -respondió. Y se fue, pero no a buscar más alimentos.
Pascal y Germán charlaron un poco mientras yo dosificaba mi ración de vino a sorbos mínimos. La abnegada sra. de Lefebvre trajo café y nos sirvió. Me abstuve de pedir leche para no estropear mi argumento.
-¿No estás cansado del viaje?
-Un poco. Tengo la espalda cargada.
-Ve a aquella habitación -ordenó más que sugirió- y túmbate en el suelo. Ahora voy.
Obedecí y vino tras de mí.
-Échate. Levanta las piernas, respira así -dijo con una inspiración profunda para que la imitase. 
Tras unos ejercicios que fue dictándome se marchó. Desde la puerta, como una madre que se despide de su hijo por la noche, sentenció:
-Duerme un rato.
Y apagó la luz.

Regresó a buscarme.
-¿Has dormido?
-Un rato -mentí.

Nos dijo au revoir a los tres en el jardín y cerró la puerta de la casa.  Junto a mi coche había un topillo muerto.
-Corre, no vaya a verlo la mujer de Pascal y nos invite a cenar -dije a Germán.
Se rió con ganas.
-No sabía que tuvieras tantas alergias alimentarias.
-No las tengo, pero no me gusta el queso ni el tomate. Se me ha ocurrido de repente.

Llegamos a la campa donde se celebraban los conciertos y allí una mujer que conocía a Germán vino a saludarle y nos invitó a café. Por suerte el camarero puso uno de más y me lo tomé después del mío. Cualquier cosa me valdría para llenar el buche. Al ver que la señora sacaba la cartera al tiempo de preguntar si queríamos algo más, no me atreví a pedir nada sólido, mirando con envidia y de reojo el bocadillo que mi amigo se estaba zampando. Y encima no aceptaban tarjetas de crédito.

Terminó el show y montamos en el coche a eso de las ocho de la tarde. Germán me miró sin aguantar la risa.
-Vaya día, ¿eh? Cuando entremos en España te invito a cenar. 
-Ok.

Salimos a toda mecha como si, aparte de los restaurantes, las autovías también cerrasen en Francia antes de las doce. Germán consultaba su portátil para encontrar un buen restaurante, pero el de Arzak pillaba bastante a trasmano, y no había nada reseñable en la puñetera guía del gourmet. 
-¿Te molesta que fume? -pregunté.
-¿No decías que no se fuma en tu coche?
-Es que así me calma el ansia.
Y fumamos los dos, él con su pipa y yo de mi paquete de cigarrillos.

A cada poco se acordaba de mi actuación durante la comida, o del pobre topo muerto y mis prisas por salir de allí antes de la cena, y se carcajeaba con ganas. Eran casi las doce y no habíamos encontrado dónde matar el hambre.
-Tengo que parar. Casi no queda gasoil.
-Pues cenamos algo ahí.
Después de repostar nos acercamos a la barra.
-¿Tienen algo de comer?
El camarero echó un ojo a la vitrina, que ya estaba bastante despoblada, y respondió:
-Sólo me quedan bocadillos... de... queso con tomate.
La risotada de Germán explotó como un petardo con reverberación y eco, así es su voz portentosa.
-Pues póngame uno, y una caña.
-A mí... un café con leche. ¿Tiene algo de bollería?
-Lo siento, no queda.
Con el andar triste de un convicto, cogí la taza y fui a sentarme. Germán me miraba sin poder contener no ya las risas sino las lágrimas.
-Perdona, pero no puedo aguantarme. Te debo dos comidas.

En lo que quedaba de trayecto seguí fumando y, después de dejar al niño, muerto de risa, en su casa, encendí el último pitillo. Eran más de las dos y llevaba seis cafés (como el grupo de "Cuadri"), la mitad con leche, unas hojas de lechuga, tres trozos de tomate, media copa de vino de Burdeos y un paquete de Marlboro en el cuerpo. Aparqué en la calle y subí a casa. Me puse el pijama y cené un tazón de colacao con cereales, un donut y dos sobaos. A punto de acostarme me vino una idea a la cabeza, de esas neuróticas que no te dejan dormir, como ¿habré cerrado la espita del gas?, ¿tendremos gobierno? o... ¿habré apagado las colillas? De repente me dio por pensar que una brasa del último cigarrillo que había entrado en el coche se estaba convirtiendo en incendio y que a la mañana siguiente tendría un fiat carbonizado. Volví a vestirme, bajé a la calle, revisé la tapicería como el operario encargado de buscar hasta el último pespunte bien dado en un Rolls, y regresé a casa. Dormí, eso sí, pese a tanta cafeína y nicotina, como un tronco, aunque no fuera de roble francés.

Más que una noche, como era el título de las jornadas musicales al sur de Burdeos, fue un día atípico. O una jornada de ayuno y abstinencia.

domingo, 23 de octubre de 2016

GERMÁN DÍAZ, EL SHOW


El siempre joven músico vallisoletano Germán Díaz, de los Díaz de toda la vida, estirpe de señores sesudos, nos obsequió en la noche del viernes con un show (la categoría de concierto hace tiempo que se le queda muy pequeña) para monólogo, zanfona, caja de música, y cromónica. Como sólo tiene dos manos (por ahora, que siempre está inventando y lo mismo un día nos sorprende con unos brazos biónicos) se sirvió de una loop station y un mecanismo automático para la caja de música.
Apareció en escena vestido de alivio de luto: camisa negra con lunares blancos. Se nota la influencia del "brassista pérfidoalbionense" David Herrington y sus camisas imposibles (www.camisasimposibles.com), lo cual se salta un poco, creo que para bien, el protocolo no escrito de presentarse de negro riguroso.
Durante una hora, más o menos, trufó su música con bastantes referencias a las aficiones que adornan su currículum, aunque podría decirse también sin faltar a la verdad que salpicó su monólogo, basado en el anecdotario propio, con unos cuantos temas musicales. Tan surrealista le pareció a parte del público su gusto por la observación de nubes (ya van dos congresos en la granja escuela de Barreiros, Lugo, y agrego un enlace verídico para los descreídos: http://www.germandiaz.net/nubes/) que reía sin parar creyendo que era pura invención, hasta que Germán pidió a su madre, presente en la sala, que corroborase que tal evento había sucedido, no una sino dos veces. Y qué no haría una madre por su hijo... Ilustró este particular con dos temas preciosos, compuestos por él, como pinceladas de un poema sinfónico o una suite que, pese a las nubes, derrocha luz.
Hubo canción de Valentín Clastrier (¿cómo no?), con sorprendentes efectos vocales sin procesar, y otras sacadas de su múltiple discografía, que abarca desde lo medieval hasta lo contemporáneo (http://www.germandiaz.net/discos/), todo interpretado con mimo exquisito  y una facilidad que nace del estudio profundo y sosegado y largas horas dándole a la manivela. Por suerte, últimamente se ha librado de picar la carne a mano gracias a la Thermomix.
Nos obsequió con dos propinas que sudamos a base de aplausos pero en mi opinión le faltó una más: regalarnos su voz verdadera, aunque  antes cantase en difónico un tema siciliano de sus amigos los Fratelli Mancuso que tuvo la cortesía de dedicarme. Una cancioncilla breve nos habría hecho aún más felices, Germán. ¿Para otra ocasión, quizá? Sugiero que los organizadores pongan el vino antes del show, a ver si así se arranca.

Pd.- Terminado el espectáculo, me dijo que había olvidado contar la anécdota del viaje relámpago a Burdeos, pendiente para una próxima entrada en este blog, cuyo título adelanto: DIECINUEVE HORAS DESESPERADAS CON GERMÁN DÍAZ: CONCIERTO PARA MOTOR DIÉSEL, QUESO, TOMATE Y MUCHOS CAFÉS Y CIGARRILLOS.
Por si acaso revisaré el historial, no vaya a ser que lo haya contado antes.

miércoles, 19 de octubre de 2016

A LEER TOCAN, PERO BIEN, A SER POSIBLE


Mis arrebatos me llevan de la lectura a la escritura, pues no hay una sin la otra. Sólo creo que habrá un caso de persona que haya empezado a escribir sin haber leído antes: el primer escritor, de cuyo nombre no puedo acordarme porque nunca lo he sabido. Así que vaya este texto en su homenaje, y en el de tantos "anónimos" que dejaron de firmar preciosas obras y recibir sus correspondientes derechos de autor, esos que en la mayoría de los casos no alcanzan ni para papel y boli, aunque menos da una piedra ("que da un cantazo", sentenciaba mi padre).
Cuando me pongo a escribir, no en este blog, que es más una confesión a media voz, sino en el archivo de "textos inacabados", mucho más poblado que el de "textos definitivos" (alguno hay) aporreo el teclado del ordenador con la misma errática pero voluntariosa impericia que el del piano, al que tengo bastante abandonado, por suerte para mis vecinos. Suele ocurrirme que, de algún modo, me sale una mala fotocopia del estilo de lo que esté leyendo en esos días. Hace años terminaba todos los libros que empezaba, aunque sólo fuera por vergüenza o por amortizar el gasto. Con el tiempo me di cuenta de que algunos eran perniciosos, no por su contenido sino por el maltrato que hacían de la gramática.
Ayer mismo un compañero de trabajo, ávido lector cuando sus ojos se lo permiten, me ofreció en préstamo una novela (o  más bien un libro encuadernado) que había llegado a su casa. Lo firmaba un  señor jubilado, al que el tiempo libre ha llevado por esos derroteros de la vocación tardía, tan digna como cualquier otra, aparezca cuando aparezca. Como se ha vuelto a poner de moda la novela negra, el buen hombre ha matado a una prostituta en las primeras páginas y después ha tratado de esclarecer los hechos. Hasta ahí, todo razonable. Lo malo de la vocación tardía es que nos suele pillar un poco desentrenados y el castillo se cae por la base: en este caso, la novela por la gramática, como si le hubiera dado por correr maratones con artrosis. Como soy muy impresionable y lucho a diario por no dejarme influir por esos redactores que últimamente se empeñan en convertir el subjuntivo en futuro ("si dejara" por "si dejará", que son cosas bien distintas) para que mi cabeza no se siembre de más dudas que las que ya tengo, a las pocas páginas abandoné la empresa sin molestarme siquiera en leer el final, en el que aventuro que se impondrá la justicia y el asesino en serie irá a la cárcel (como el autor). 
Me sorprende que muchas personas a quienes nos gusta escribir, ya sea un relato, una obra de teatro, una poesía o una canción (que son los pilares sobre los que se asienta desde hace una semana el Premio Nobel de literatura) no tengamos amigos que nos corrijan lo palpablemente corregible, o la vanidad nos impida someter nuestro trabajo al juicio ajeno y amistoso antes de hacerlo al público y menos benévolo. Tampoco deja de llamar mi atención que una editorial publique un texto con todas sus erratas sin pasarlo por el ojo experto, y no será, por desgracia, por falta de tiempo sino de recursos tal vez. 
El mejor maestro para esto de darle a la tecla no es otro que el estudio y la lectura de los grandes. Acepto que, para cada uno, grande sea una palabra distinta representada por diferentes autores. Tengo la suerte de contar con las sugerencias de un amigo que me recomienda, quizá un poco drásticamente, que siempre lea a los muertos, "porque esos ya han pasado por la criba de los tiempos y permanecen tumbados ajenos a los intereses editoriales". Ya se sabe que hay excepciones, como Johann Sebastian Bach, cuya obra permaneció en el desván durante un siglo, eclipsada, entre otros, por uno de sus hijos, pero al final el tiempo puso a cada uno en su lugar. 
Hoy he descubierto a Chesterton, y el título de la novela tiene que ver conmigo porque me recuerda lo mucho que me falta, no sólo para escribir bien, sino para gustarme: "El hombre que sabía demasiado". Cuando leo a Zweig, Bradbury, Roth (Joseph, es obvio), Mc Cullers o Mutis, me doy cuenta de lo difícil que es escribir bien y me convierto en "el hombre que sabía demasiado poco". Por eso no me decido a publicar en papel (el blog no deja de ser un sucedáneo) una sola línea. Gracias a Zweig, no me puede "la impaciencia del corazón".

miércoles, 12 de octubre de 2016

FLORES TARDÍAS

Siempre he pensado, lo cual no es lo mismo que pensar siempre, que hay que asegurarse de que las flores llegan a tiempo, y que el ramo será, como tarde, el penúltimo, pues por desgracia los posteriores se suelen llevar en mano. 
Ahora que caen cuatro gotas (nos conformamos con poco), y la lluvia, ya se sabe, es el lienzo recurrente de los poetas de vuelo bajo, como el papel reciclado, en el que las palabras saltan erráticas entre la trama imperfecta, me da por culparme y disculparme.
Quizá sea el morboso sentimiento del "eran tan buenos" el que me arranque estas frases en víspera de fiesta nacional, proclive a la nocturnidad. Acabo de felicitar a mis amigas, todas Pilar (la arquitecta-fotógrafa, la psicóloga lejana y cercana, la maestra y compañera de recreos en la plaza que comunicaba mi colegio y el suyo, la maestra y compañera de trabajo, la alumna brillante u opaca) y me complace hacerlo, y más que ellas me lean. Me propongo, a partir de ahora, cumplir en el sentido menos formal de la palabra, con mis deseos diarios de manifestar mi afecto a tantas personas que se lo han ido ganando. 
Más aprovecharía a todos, incluidos los floristas, que mandásemos flores, palabras, libros, canciones, fotos en formato jpg o raw (con permiso de mi amigo ff, que las considera para blandengues indecisos, por no usar la palabra políticamente incorrecta que usa) o incluso "pedeefes" reenviados que un ramo póstumo. Esas son de antemano flores marchitas.

jueves, 29 de septiembre de 2016

DON JESÚS MARTÍN, IN MEMORIAM.

El tiempo pasa y, en su carrera, algunos son obligados a abandonar, siempre nos parece que demasiado pronto. Hoy me he enterado, tarde para acompañar a su familia, de que D. Jesús Martín, profesor de lengua y literatura del Colegio San José, ha tenido que ausentarse, cambiando la jubilación laboral por esa a la que antes o después nos incorporamos todos. No tengo dudas de que pasará a una vida mejor, no porque la terrena fuera mala sino porque se hizo acreedor de un premio eterno por su educación, elegancia y cariño en el trato a sus alumnos y la forma en que transmitía su vasta cultura humanística y humana. 

Todos le conocíamos como "el morros", no éramos nada originales cuando poníamos motes, y esa parte de su anatomía destacaba y lo ponía fácil. Ya se sabe que los profes y maestros sufrimos ese pequeño estigma como venganza secreta de nuestros alumnos, aunque no siempre contenga veneno, tal era el caso. Él, que lo sabía, hacía chanza con fina ironía. En una ocasión, uno de mis compañeros se quedó apostado en la puerta para avisarnos cuando viniera y, como era poco discreto, entró gritando:
-¡Que viene "el morros", que viene "el morros"!
D. Jesús se paró bajo el marco, esperó a que nos sentáramos y desde allí nos echó la bronca como solía hacerlo: levantando la voz lo justo para hacerse oír entre el revuelo de carreras y ruido de sillas arrastrándose al comenzar las clases, o para acallar las pequeñas revoluciones que  él mismo provocaba a veces con sus chascarrillos. 
-Venga, Carlos, que ya sois mayorcitos. No hace falta que te quedes como vigía y digas "que viene Don Jesús... o como me quieras llamar".
Nos dio la risa y a él con nosotros, y el resto de la clase transcurrió en buen ambiente, como solía. El muy ladino conocía su alias.

Quizá (él fue quien nos enseñó que era la forma culta, y no "quizás") algunas de las anécdotas que recuerdo, por ser las de muchos profesores durante muchos años, se hayan difuminado o desvirtuado con el tiempo. En las clases solía esparcir algunas semillas de su anecdotario, que las hacía más divertidas. Contaba, entre sintagma y sintagma, su paso por el lejano Oriente y lo aderezaba con palabras en chino. Creo que también estuvo en Texas, de donde su hijo Nacho, que era y sigue siendo amigo, sacó su acento yankee, que gracias a su buen oído podía cambiar a británico e incluso al de los llanitos, mezclando inglés y andaluz.
Otro día nos convenció de la importancia del latín, relatando la vez en que lo usó para comunicarse con un señor que pasaba las vacaciones en el mismo camping que él y su familia, incapaces ambos de encontrar una lengua viva común. 

Como sus hijos varones, Nacho y Javi, cantaban y tocaban conmigo en el coro y orquesta del colegio yo disfrutaba de un régimen algo más cercano y menos académico, lo cual me salvó de algún castigo bien merecido a cambio de una charla conciliadora y cariñosa. Entre él, D. Matías y D. Luis Cantalapiedra, otros dos profesores de los que ya he hablado en este blog, se encargaban de devolverme al redil de los mansos sin recurrir a medidas coercitivas severas. Eran mis tres mentores, y por eso les debo agradecimiento sincero. Usaban la palabra justa, que es un arma de construcción masiva.
Durante la corrección de un dictado, me sacó a la pizarra para escribir la palabra exuberante, que yo había puesto con hache intercalada entre la equis y la u.
-Supongo que con hache te parecería una palabra aún más... exuberante.
-Algo así, -respondí mientras me guiñaba un ojo.
Una bonita forma de corregir sin hacer daño, como debe de ser.

Descanse en paz, D. Jesús. Gracias por todo lo que nos regaló. A mí, mucho.

domingo, 25 de septiembre de 2016

LA CIENCIA DISPARATE Y EL DISPARATE EN SÍ (O DO BEMOL). LA MISCELÁNEA SE QUEDÓ A VIVIR.

Los premios Ig Nobel vienen a ser los Razzies de la ciencia, salvando muchas distancias. Un científico de esos, que suele ser un tipo algo loco (hay que estarlo hoy en día para devanarse los sesos por algo que no da dinero inmediato) decide estudiar cosas aparentemente inútiles, y le dan un "premio" dudoso. Supongo que en ese gremio habrá "frikis" como en todos los demás. Los "frikis" del cine también tienen su premio Razzi, y algunos se reinventan como directores. (Ben Affleck, que es malo y poco creíble incluso anunciando champús contra la caspa, cuando dirige parece otro, y mi admirada por guapa Sharon Stone, miembro de Mensa, con un C.I. superior a 140, según dicen o dice ella, aún trata de reinventarse en algo con bragas, pero no le sale). 
He leído que el Ig Nobel de la paz, "aquí paz y después gloria", se lo han dado a un grupo de científicos que han descubierto la relación directa entre quienes se impresionan con frases lapidarias pseudo profundas y un nivel  de inteligencia mediano tirando a mediocre. A mí, que rastreo ese tipo de frases en Facebook, me sigue sorprendiendo que se compartan las que tienen, y son mayoría, faltas de ortografía o errores gramaticales. ¿Cómo puede ser que un supuesto y sesudo intelectual muestre ante el mundo sus carencias lingüísticas cuando presume de otras virtudes? 
En una ocasión recriminé en privado (los tirones de oreja públicos suelen ser pasto de venganza y trato de evitarlos, porque vienen a semejar una lapidación secundada por "ultras") a una amiga que publicaba una de esas frases: "quien no viaja se pierde mucho de la vida" (más o menos, por resumir). Le dije que me parecía un comentario, aparte de vulgar y poco original, elitista, porque muchas personas no pueden (no podemos) emplear el dinero que no tienen en viajar, a menos que opten por casarse y poner el número de la cuenta corriente en la lista de bodas, "porque para la casa ya tenemos de todo" (-y alguien tiene que pagar el cubierto y el crucero por las Seychelles-, piensan pero no dicen). Mi amiga me dio la razón, cosa que agradezco, aunque no dejó de colgar y compartir sentencias del mismo pelo. Mi única respuesta consistió en dejar de seguirla, o sea, de leer sus comentarios aunque sigamos siendo amigos, o lo que diga Facebok que es serlo.
Esto trae al hilo otra cosa que leí esta semana: "firma para que el programa TAL deje de emitirse". Creo que en cuestiones de gusto que no alteran el orden normal, buscar socios no deja de ser un esfuerzo poco democrático. Cada quién es libre de sintonizar el canal de TV que desee. Mi respuesta en esos casos suele ser inmediata y, a decir de algunos, radical: cambio de canal de TV cuando aparece Sálvame o de radio cuando "suena" Amaya Montero, Jarabe de Palo, rap o raggetón, si se escribe así. Para eso no hacen falta mayorías, partidos ni change.org. No veo lo que no quiero, ni escucho lo que no me interesa, pero dejo que otros lo hagan, en su derecho están. Si alguno argumenta "algo hay que ver en la tele", sonrío mientras la apago y abro un libro o pongo el equipo de música con lo que me gusta, o ambas cosas a la vez.