sábado, 27 de octubre de 2012

DEL AMOR BREVE, TRATADO EN VARIOS ACTOS NADA IMPUROS. Breve tratado del amor nada impuro en tres actos.

Si algo hay de común en muchas de mis historias es el amor, en sus múltiples apariciones, ora beatíficas, ora pecaminosas (las menos y las más, respectivamente, o lo contrario). No puedo aceptar los ejemplos que vienen como mera atracción físico-hormonal porque yo era un ferviente admirador de las mujeres como futuras madres de mis hijos y esposas amantísimas, Y tanto en Irlanda como en la SEMINCI tuve un par de apariciones que, si no marianas, sí podían haber sido casi divinas de no haberse vaporizado por diferentes motivos que aún me cuesta entender. La primera, que es la que ocupa esta entrada (palabra aceptada gracias a la sugerencia de Carlos L., antiguo compañero del colegio, que me lee los viernes, a quien se la dedico) tuvo que ver con el cine, y se fraguó el día antes de la jornada de clausura, aunque desde el primer día de festival ya establecí eso que se llama contacto visual. 
Habría que comentar, a modo de preámbulo, que se tiende a sobrevalorar a las actrices, no sólo en cuanto a su belleza, que por una extraña razón se incrementa ficticiamente por el hecho de salir en pantalla grande o mediana, sino en lo referente a su personalidad. Cuando las ves tomando un café después de la siesta, comienzas a pensar que son humanas. Sin embargo, el caso que me ocupa escapaba del mundanal ruido, aunque se acercaba mucho al de mi piano en las horas de la vermú, que en dialecto de cine no son antes de comer, sino de cenar. 
Babette andaba tan aburrida noche tras noche que se refugiaba en el bar del hotel junto a mi piano. Era entonces una joven y prometedora actriz holandesa que presentaba sus credenciales en el festival con una película de la que no recuerdo el título. La acompañaba a ratos un hombre a medio arreglar, pinta impostada de intelectual, nada atractivo, que trataba de poner cara de director de la película, y que desaparecía tras guardar el bolígrafo especial de los autógrafos sin estrenar. La bella Babette, sola en una silla, me miraba, brindaba conmigo, imitaba a Sue Ellen, la de Dallas, y me guiñaba un ojo o regalaba una sonrisa antes de subir a su habitación tras sus vanos intentos de entablar una charla conmigo, que era y soy incapaz de hablar y tocar el piano a la vez, es decir, soy pianisto. Algunos de mis amigos vinieron a hacerme compañía un día antes de la entrega de premios y gala final, y mi preciosa y fiel actriz de cabecera, acabada mi jornada laboral,  aceptó la invitación y se vino con nosotros a tomar una copa. Nada más pisar la calle de San Blas parecí recuperar el habla, aunque con dificultades, porque nos teníamos que comunicar en inglés. Acabamos en el Alfonso, un pub que servía copas y bocadillos hasta la hora de cierre. Allí nos desquitamos de las jornadas de silencio y hablamos, hablamos... dejando el final de la conversación para el sábado siguiente, durante el fiestorro y desenfreno final. Ella me preguntó si yo estaría y confesé que no tenía acreditación, pero me las apañé para hacerme con un pase.
Llegó la noche deseada y pisé la moqueta del hotel como si hubiese recibido todas las espigas de oro, plata y bronce, sonriente pero nervioso. En un momento idílico, de película angloparlante, tanto da británica que estadounidense, la vi aparecer junto al director, aquel ser anodino y directamente incómodo. Y entonces, cuando la tenía a menos de cinco metros, me paré a contemplarla con su vestido de noche, su cara de ángel (quizá a punto de transformarse en demonio...) y me morí de repente. Pero no  de amor, que ya lo estaba, ni mucho menos de lujuria o de vicio, sino de puro miedo. Las piernas empezaron a flaquearme, no podía andar, como en una pesadilla, y una vergüenza inexplicable tomó el mando de mi cerebro. Incapaz de hablar, de saludarla, de nada que me ayudara a saltar aquel abismo infranqueable, me fui alejando, y creo que ella buscó el pasillo y se marchó de la fiesta, de la noche de clausura y de mi vida. Aún me puede la lástima, la que yo mismo me causé, y en este crítico instante me siento imbécil al recordar y relatar los hechos. No se trataba de sexo. Era amor. O lo habría sido.
La fotografía pertenece al archivo de la web de Babette. La he tomado prestada sin su permiso expreso, aunque flickr no me ha puesto pegas. Excepto que me invitase a tocar con ella, porque además canta, nada me agradaría más en este instante que recibir un email personal de Babette aunque fuese para que retire su foto.  Así al menos podría pedirle perdón. Por usar la foto y por haberme portado como un pelele aquella noche. Como un gilipollas.

viernes, 19 de octubre de 2012

SEMINCI

La semana internacional de cine me trae muchos y siempre buenos recuerdos, excepto uno nimio por provenir de una periodista indocumentada (y parapetada tras seudónimo, creo) que se atrevió a cuestionar la calidad de uno de los pianistas acompañantes del ciclo de Dreyer, a quien atribuyó "un interminable rosario de nocturnos de Chopin" para ambientar la proyección de "Juana de Arco". Aunque traté de hablar con la redactora, a la que identifiqué durante la jornada de clausura gracias al soplo de otra amiga periodista, ella huyó de mí y de paso se evitó una sofoquina por su osadía. El pianista en cuestión no era yo, sino una estudiante de décimo de piano que hoy es profesora en el conservatorio superior de Salamanca (a la que mencioné en otra entrada de este blog), y su elección de la obra de Chopin era bastante acertada, si bien no  exactamente una banda sonora improvisada, como era menester cuando no había partitura ad hoc, que en nuestro caso fue nunca. El propio Dreyer no habría encontrado mejor compositor que Chopin y seguramente se habría indignado nada o mucho menos que la escribiente, por lo visto más cinéfila que melómana. 
En aquella época gloriosa de la SEMINCI los periodistas no pagaban por informar (aunque algunos redactores lo merecieran por zafios), y yo pululaba entre actores de primera y segunda, directores, miembros del jurado (aunque había muchas, las mujeres aún no eran miembras) e invitados de cierto o incierto pelaje. Mis jornadas iban del hotel en que se alojaban todos ellos a los cines en que se proyectaban películas mudas, entreteniendo a unos con temas de ayer y hoy y a otros con mis improvisaciones al hilo de la peli. Disfrutaba mucho con el trajín y gozaba de cierto predicamento entre los actores, que me invitaban a alguna copa, pedían que los acompañara en sus interpretaciones e incluso a sus habitaciones, aunque esta clase de ofertas la decliné siempre, precisamente porque actores significa del sexo masculino.
Casi siempre aparecía alguno de mis amigos a tomar una copita y de paso ver de cerca a actrices famosas (¿tú también, Fer B?). 
Los nombres... para otra entrada.

sábado, 13 de octubre de 2012

MENOS MAL

Una vez comprobado que nadie tomó el título del post anterior como una encuesta, respiro más tranquilo.

jueves, 11 de octubre de 2012

¿SERÉ TONTO, ENGREÍDO O AMBAS COSAS?

Mi amiga Clara, la gallega indómita y generosísima, que contraviene las normas más elementales de la física o quizá asevere la teoría de la relatividad, porque es más grande por dentro que por fuera, (si es que lo de Einstein tiene que ver con eso), me sugiere llanamente que escriba lo que me dé la gana. Sabio consejo que me recoloca los pies donde nunca tienen que dejar de estar ni cuando, como yo, se tiene la friolera de veintitrés seguidores, de los que me consta que la mitad ni me leen, pero no saben cómo borrarse. 
El afán por agradar y ganarse amigos nos juega malas pasadas. La clientela de subsistencia, de la tienda de ultramarinos o el supermercado, es necesaria. La que alimenta el ego... debería de ser prescindible. Por suerte Fernando B. y Clara B. son amigos probados en distintas situaciones, como los análisis clínicos de productos, y ni destiñen con el uso, ni encogen ni nada por el estilo. así que al primero le dediqué el post anterior y a la segunda este. Para los dos va la foto, con aroma gallego, no de Mondoñedo pero cerca.

martes, 9 de octubre de 2012

MÁS DEL COLE, VERSÍCULO SEGUNDO

En honor a FER 14663, que ha sido el primero en hacer una propuesta, continúo con el relato de historias escolares. Como además he eliminado el control de comentarios, o sea, la censura, en vista de que jamás he borrado ninguno inconveniente porque no se ha producido, lo que demuestra que mis veintidós seguidores registrados son gente de bien, la sugerencia de Fer(¿nando?, me aventuro) ha quedado en primera línea de playa sin tener que asomarse por la gatera. Las demás  están por llegar. Espero.

Era del año la estación florida, o mejor, septiembre mayeaba, o peor, en mi segundo día de colegio descubrí varias cosas alegres y algunos nubarrones: que la profesora me gustaba (y eso que aún me esperaba la guapaza de segundo, de la que quizá haya escrito ya y puede que vuelva a hacerlo); que me iba a ganar un enemigo sin hacer nada más que ser guapo e inteligente (la envidia insana, si es que existe de la otra, es malísima); que primero de egebé estaba chupado; que los Reyes Magos eran cualquier cosa menos ecuánimes, y que ser el niño de confianza de la seño era un deporte de riesgo.

No me costó nada hacer amigos, aparte de los que traía del otro colegio, por mi simpatía, belleza y don de gentes. La humildad aún no había hecho acto de presencia (espero que no tarde, porque mi posición ya es indefensible) pero ni falta que me hacía. En pocos días había pasado de ser un tonto vulgar, (a falta de terminología oficial: ACNEE, TDAH, significaban en aquella época "dale una colleja", "no para quieto" o directamente "cero a la izquierda") a el listo de la clase, o uno de los listos, lo cual significaba ser objeto de envidias y burlas a partes variables. Yo provenía de un colegio de monjas con sección de clausura en el que de vez en cuando se escapaba un tortazo o una manada de collejas de esas terapéuticas y episcopales, pedagógicas y milagrosas, que me ponían la cara roja y el alma en pecado mortal. Los jesuitas, grandes conocedores del marketing, me cambiaron la autoestima (la satisfacción del cliente) gracias a los cuidados de las primeras diplomadas en profesorado de EGB, las fichas, las Unidades Didácticas, que entonces eran sinónimo de Sociales y Naturales, y mucho cariño maternal. Así que pasé de ACNEE de perfil bajo a ACNEE de nivel C2, o sea, superdotado, en cuestión de tres meses. Quizá las aguas del Cantábrico fueran milagrosas, porque mi primer veraneo en Santander ejerció de varita mágica. La cosa es que mi cole nuevo, después de la premier, con llantos reseñados en lo alto de la valla, fue el paraíso... hasta que aparecieron los hermanos malasombra, sobre los que prefiero guardar silencio, excepto para decir que de vez en cuando me cruzo con alguno de ellos y me siguen pareciendo unos pobres miserables, por más pasta que dijeran tener. 

Mi profe era una mujer encantadora, con voz de contralto y una permanente sonrisa que me cautivaba. Creo que, salvando las distancias, ella me adoraba también y hasta me tenía enchufado, si bien es cierto que a veces el exceso de confianza me procuraba malos ratos. Una vez me dijo a media voz, tirando a bajito:
-En el cuarto de baño del patio hay un compañero que está malo. Vete a ayudarle. 
Dicho lo cual me puso un paquete de cuartillas de las de archivar, con margen y dos agujeros, en la mano. Salí en busca de mi amigo enfermo y después de investigar por los retretes lo encontré postrado, o mejor, sentado en su lecho de muerte, a juzgar por el olor que salía. Traté de ayudarle a paliar sus pérdidas o al menos enjugarlas con grandes dosis de papel, que por estar satinado, no ayudaba mucho, y de agua que recibía directamente en su culo entre sus quejas de "está muy fría" y mis intentos de convencerlo de la benignidad de mi método "húndete en la taza". Agotadas las provisiones de papel, corrí a por más y la profesora, al verme entrar en clase, me miró con la cara que pone el familiar de un enfermo terminal, a la que respondí con dos palabras:
-Más papel.
Sin objetar una sola palabra, me dio otro paquete de cincuenta hojas DIN A5, que no apuré gracias a las ganas de mi compañero por curarse y salir de aquel castigo de baños fríos al que le sometí por su propio bien.




viernes, 5 de octubre de 2012

¿POR DÓNDE TIRO?

Anoche pregunté a una amiga periodista qué se puede hacer para que un blog (bueno, el mío) llegue a más personas. Es obvio que dar el coñazo por las redes sociales puede servir, así como enviar el enlace a mis amistades (con la solicitud de que lo reenvíen a las suyas) cada vez que escribo algo. Eso ya se me había ocurrido, pero mis amigos no merecen ser permanentemente abusados, así que sólo de vez en cuando hago algo semejante. 
Me puse a pensar y releer mis últimos textos y me pareció que la segunda sugerencia de mi amiga tenía más lógica: preguntar a mis seguidores de qué les gustaría que escribiese. Me arriesgo al batacazo si alguno me pide algo sobre astrofísica, bioquímica o constructivismo ruso (tema este último sobre el que conozco a un verdadero experto que me ayudaría como hizo con un trabajo de primero de magisterio, demostrándome por qué los arquitectos y los maestros no nos parecemos en nada cuando dibujamos un lapicero). Sin embargo, compruebo que he dejado abiertos varios frentes en el último mes: la mili, el cole, las novelas malas que lee mucha gente y un mes en Dublín. Por eso solicito de vuesas mercedes, pacientes amigos - lectores, que me sugiráis mi próxima entrega. Esperaré ansioso unos días y aceptaré vuestras peticiones, si se produjeren, por riguroso orden de entrada.
Gracias, majos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Baile Átha Cliath, o sea Dublín, (Irlanda, o sea Éire).

Ha sido por culpa de la dichosa tecnología que no he podido hacer lo que había pensado esta tarde, porque los USB, drivers y las muchas manos que tocan mi ordenador del trabajo se han confabulado para arruinarme el proyecto musical que tenía en mente. Así que he ido adelantando otro a más largo plazo, que tiene que ver con un viaje, y de repente me ha venido a la cabeza el nombre de la calle y hasta el número del lugar en el que pasé medio verano de hace veinte años. Gracias a la tecnología, esta vez bendita, de Google Earth he comprobado que tenía un recuerdo bastante aproximado de las calles, del barrio, de las casas, que en todo este tiempo no han cambiado nada.  Al recorrerlas en el mundo virtual he sentido un pellizco en la tripa, un mariposeo o alguno de los símiles al uso cuando algo te revuelve por dentro. Incluso aparecía la figura de una mujer que se asemejaba enormemente a la que me acogió entonces, y eso me ha removido aún más, por cuanto Mona tenía más de setenta años en 1992 y la supongo ya alejada de este mundo o al menos no tan lozana como me ha dado la impresión googleliana, si bien era una mujer sanísima y despreocupada, cuya único entretenimiento consistía en dar cobijo a estudiantes y mantenerlos vivos con sus comidejas hasta cobrar el precio estipulado por el alojamiento y pensión. Una de mis mayores alegrías era llegar a casa a mediodía y que ella estuviera en la capital, porque así me dejaba fast-food que siempre era preferible a los resultados inciertos de  sus devaneos con la baja cocina irlandesa. O sea, que me evitaba un sufrimiento innecesario. Sin embargo era muy atenta, le encantaba charlar y más con una copa de vino blanco. Me habían dicho que una botella de vino de la tierra siempre era bien recibida, pero preferí comprarle un libro precioso sobre mi región, que mantuvo su mirada apenas el tiempo en que se cansó de esperar un obsequio alcohólico posterior. No sé si por despecho, venganza o tal vez falta de tacto, me invitó a una cerveza y usó mi libraco en papel couché de alto gramaje como posavasos, por si me quedaban dudas del aprecio que le tenía. 
Me cedió su dormitorio en la parte alta de la casa, un chalet pareado de madera, y cada mañana me esperaba para desayunar en la cocina, donde me servía té con leche, tostadas, cereales, fruta, zumo, ya fuera por separado o en asociaciones imposibles o al menos improbables. No era difícil encontrar dos galletas, un plátano, cereales de tres clases diferentes y nata montada, o qué sé yo en el mismo bol. Por suerte me dejaba la leche aparte y eso me permitía seleccionar lo que iba a sumergir y lo que no. Inflado como un Bibendum me dirigía a la escuela hasta la hora de comer, cuando regresaba a casa temblando por lo que la mente creativa de mi Mona pudiera haber diseñado como almuerzo. Su concepto de guiso elaborado consistía en costillas de vaca cocidas con guarnición de patatas a los cinco estilos: croquetas de patata, bolitas de patata, puré de patata, patatas fritas y patatas cocidas con su mantequilla de regalo, todo ello en el mismo plato. Siguiendo el horario irlandés, la cena se servía a las seis, y hasta catorce horas después no se ingería nada en aquella casa, por lo que los monitores recurríamos a la bien ponderada capacidad alimenticia de la Guinness, que mantenía el estómago en stand-by hasta el desayuno del día posterior.
El verano siguiente recibió a otro compañero de trabajo, del que ya he hablado en alguna ocasión, que comparte nombre y primer apellido conmigo. Cuando lo vio en el aparcamiento donde recibían a los estudiantes españoles, le saludó y le llevó a casa. Supongo que la mujer, por más que trataba de fijar su imagen, no conseguía hacerla coincidir con la que tenía de mí, no sólo la mental sino una foto que le envié.  Tras el escaneo infructuoso en todos los recovecos de su cerebro, no pudo contenerse y dijo, en inglés, por supuesto:
-Cuánto has cambiado, Roberto. Estás más guapo y más joven.
-Claro, -respondió mi amigo-, como que no soy el mismo.