domingo, 19 de febrero de 2023

"VIEJUNADAS"

 El grupo de guasap "padelistas" se ha convertido en un recordatorio de que no estamos para partidos, achaques mediante, y solo para cenas apresuradas sin postre, ni café, ni chupitos. En dos horas, resuelta la cita. El miércoles pasado se confabularon los astros y nos juntamos los siete, dos de los cuales no se han puesto el chándal desde que dejaron el colegio, pero se sumaron al grupo una vez que supieron que ya no había partidos. Jose, sin tilde —la RAE debería incluir esa modificación tan al uso, más frecuente que las almóndigas—, después de repasar dolencias de uno y otro, modas modernas como ver series —lo de a doble velocidad para acabar antes me pareció terrible, como de competición adulterada— me confesó que la política, la economía, la salud decreciente y otras desgracias le espantan. También me preguntó si ya no escribo en este blog y, aunque alabó mi estilo —los amigos de verdad te dan una palmadita cuando la necesitas—, me dijo que últimamente me estaba especializando en obituarios. No pude quitarle la razón, pero ya me gustaría no tener que rendir homenaje a amigos que se van. Por él y los muchos otros que siguen en este mundo, aunque en ocasiones parezca que habitan mundos paralelos por mor de la propia vida, he abierto hoy mi cuaderno de bitácora. 

Al hilo del tema, le comenté que he pensado en escribir el mío, por si acaso no me da tiempo, para que alguien lo lea en mi funeral y al menos me recuerden con un sentido del humor que, llegado el caso, quizá me abandone ante la inminencia de la partida. Quizá parezca humor negro —hay temporadas para todo—, pero no encuentro mejor manera de despedirme que haciendo el canelo a posteriori. 

Bueno, que nadie se alarme: solo tengo dolorcillos articulares, mi colesterol anda bajo los límites, duermo bien sin la CPAP desde que adelgacé, y solo tengo apneas voluntarias las pocas veces que me baño —¿para cuándo un termostato en el Atlántico?—. Vamos, que no espero provocar hilaridad desde el púlpito en breve, pero dejaré guardados unos folios. A ver quién se atreve a leerlos. Si hay lágrimas, que sean de risa. 

lunes, 26 de diciembre de 2022

RAROS Y JINGLE BELLS

 

 Mi amiga Clara dijo un día, no sé si el que me conoció (solo me había visto en foto, teñido de rubio por una promesa en el Camino de Santiago, y le costó identificarme): «para ser amigo del Fuentes y del Niño (Germán es el niño), no eres tan raro...». «Pero tienes tu cosa» —quise entender. 

 A Clarita le debo este blog. Ella lo creó, me pasó el enlace y le puso nombre y clave de acceso. Los cambié por mnemotecnia (no apunto mis passwords, pero tengo mi método), no por desconfianza. Clara sabe marcar distancias entre lo amistoso, lo privado y lo íntimo. 

 "Mi cosa" venía de lejos, pero se manifestó en su esplendor cuando conocí a Germán, y después al Fuentes y a Clara. Sus rarezas se me contagiaron, y tardé en darme cuenta de su importancia. Las casualidades, los hados, la fortuna, la providencia o el destino (según se les quiera llamar, creencias mediante), la vida, en suma, nos va moldeando. Otros amigos, de los de siempre, tenían y tienen lo suyo, y sus opiniones dejan huella. Algunos ni lo sospechan, pero a todos les debo algo, incluso a los ejemplos negativos (hay quienes dejaron su impronta y desparecieron, benditos ellos, que nunca volvieron a dar señales, ni falta que hace: ya no son amigos). El aprendizaje se muestra de múltiples formas. Llevo más de treinta y dos años ejerciendo la profesión de docente sin olvidarlo. Mis chicos, chicas, chic@s (el lenguaje inclusivo choca con la gramática, que será chikes, pero hay que forzar lo inforzable)... que no son tontos pese al Fornite (así lo digo en clase, y se mean), al Quevedo y la Rosalía (los apócrifos, huelga decirlo, que quienes me leéis lo tenéis claro, espero, no daré más pistas), al reguetón y la madre que lo parió sin epidural, aprenden y desaprenden a ratos.

 No sé por qué han salido estos tres (y más que no cito con nombre, aunque estoy seguro de que alguno se sentirá subrayado) en estas fechas de desparrame, cachondeo, excesos (o compensación de defectos) y sendas excusas. Escribo porque ayer fue fiesta grande trasladada a hoy; porque he ido al tanatorio (pasando por aquí y por ahí) a despedir a un señor de sesenta y tres años (tengo cincuenta y siete y me ha dado por pensar...), cuya hija fue alumna mía y hoy es compañera (la vida te pone y quita, esclavos y señores); porque he dormido nueve horas (sin resaca, gracias a San Omeprazol); porque este blog es mi terapia gratis (que no lo sospechaba hasta que hace un año empecé a pagar a un psicoanalista), la de verbalizar y pensar; porque pasé la Nochebuena sin discutir (comiendo y bebiendo poco, que los órganos tienen sus conexiones y es mejor cortarlas); y porque escucho más que hablo. Y leo más de lo que escribo. 

 

 

 

domingo, 4 de diciembre de 2022

4 DE DICIEMBRE

 Nací con reloj de serie, conectado con mi memoria a largo plazo, y funcionan ambos como una película de cine, no de fotos (aunque a veces también). Relojes, cine y fotos me acompañan desde pequeño, por vía paterna. 

 Mi amigo Juan Carlos cumpliría hoy 57 años. Antes de la misa de doce, le puse unas velas eléctricas. Por caprichos de mi cabeza, que funciona de forma autónoma, me acordé de la primera cena, que vino precedida de una promesa que nos hicimos los cuatro de entonces, del cole, del mus en el club del colegio de médicos, y de los pinchos de tortilla con chato de mosto en el Jovi: J.C, Sanmi, Nacho y yo.

—El primero que tenga trabajo invita a los otros tres —convinimos.

 Como no dejamos por escrito cláusulas ni letra pequeña, las clases particulares de solfeo que daba a unos vecinos sirvieron para pagar mi deuda. Un curre es un curre, aunque sea en negro.

 Nos plantamos, reserva mediante, en un hotel céntrico que tenía restaurante. Cuatro mocosos, dos con derecho a voto, rodeados de mesas con familias, parejas y gente seria y adulta, llamaron la atención del maitre. Como jefe de la expedición, y con el mando en plaza que me otorgaba mi billete morado en la cartera, me permití pedir el vino. 

 —Un Protos... o algo parecido —dije. Hablaba de oídas, por lo poco que había aprendido hasta entonces, pero en la mesa de al lado había una botella igual.

 El hombre me miró con cierta conmiseración, aguantando la risa. Se temería que, a la hora de pagar, nos ofreciéramos a fregar platos para compensar mi falta de liquidez. 

 —No tenemos, pero puedo ofrecerle un Balbás joven.

 Acepté, por no discutir. Un hombre con uniforme impone más que cuatro chavales en vaqueros.

 Nacho se comió el pisto, aunque aquel amasijo se parecía más a un puré a medio triturar que al pisto de verdad, el que su madre, de Albacete, preparaba. Sanmi cortó su escalope milanesa, un filete empanado, en román paladino, en trocitos pequeños.

 —Coño, Jose. Corta y come —le dije.

 —De eso, nada. Primero trabajo y después como.

 No recuerdo qué pedimos Juan Carlos y yo. Solo que lo pasamos bomba, pagué y nos fuimos felices después de nuestra primera cena con mantel de tela. Tampoco sé si hubo otras —el pacto era "el primero paga"—. 

 Ahora que caigo, años más tarde hubo una especie de masterchef del mismo cuarteto en el chalet de Sanmi. Compramos dos lechazos, y cada uno de nosotros se encargó de asar su cuarto —lo de trasero y delantero no era importante— en el horno de Pereruela, con bandejas de barro, como mandan los cánones lechacísticos. Cada uno hizo el suyo según la receta materna, y el mío ganó en el punto, dorado y crujiente, pero quedó más soso que el menú de una residencia de ancianos. Otro flotaba en aceite; el tercero sobrevivió al naufragio por exceso de agua sin flotador, y el último se quedó a medio hacer, más cerca del carpaccio, que en aquella época no existía o no sabíamos qué coño era— que del asado. No nos importó —incluso las discusiones, votadas por el resto de comensales fueron divertidas—. Cenamos en el jardín, y algunos dormimos allí después de discutir sobre los merecimientos de los asadores de pacotilla. 

 Juan Carlos y Sanmi ya no pueden participar de un nuevo reto. Hace años que los llamaron al restaurante en el que solo sirven maná. Descansen en paz. Solo espero que nos les dejen entrar en la cocina. 

 


domingo, 27 de noviembre de 2022

1984 O POR AHÍ

 Después de nuestra sudada del jueves (los martes hay otra), nos fuimos mi compañero de fatigas (dos por semana), el letrado letrado (no es error tipográfico) Chema y yo a tomar la caña que hemos institucionalizado, no por recuperar líquidos sino por soltar la lengua, que ya se desata durante el entrenamiento al que asiste nuestro asesor (nos negamos a llamarlo coach o personal trainer, antiguos que somos), sorprendido de que sea la lengua el único músculo que no se nos cansa por más que nos castigue —por nuestro bien, se supone— con series de subibaja-tiraempuja-dentrofuera. 

 El amigo jurista es buen y documentado conversador, un tío leído y a veces escribido, rara avis en estos tiempos en los que abunda el indocumentado monologuista, ese que espera mientras se come las patatas fritas a que respires para meter baza sin importarle lo que acabas de decir. Uno de los asuntos que ocupaba nuestra rehidratación versaba sobre la conveniencia de aconsejar a quien crees que anda un poco descarriado, confuso o errático, y la forma (si era menester) de hacerlo. Hay quien piensa que los amigos están para darte la razón y, aun cuando les pidas opinión, cuidarse mucho del fondo y la forma. Chema y yo opinamos que para llamarnos guapos ya tenemos familia o, como decía Lobo en Pulp Fiction, «no empecemos a chuparnos las p... todavía». 

 Atendimos brevemente al wasap, entre sorbo y sorbo, y ambos convinimos en que Orwell se habría ahorrado su novela apocalíptica, 1984, si hubieran existido los móviles cuando la escribió, y más otros que hablaban de chips implantados a la fuerza. Hoy pagamos una pasta por comprar el implante, al que voluntariamente incorporamos nuestros datos.

 Por ponerlo a prueba, le pregunté si, en caso de verme perdido, me lo diría. Como no es persona alocada, dio un sorbo a su cerveza, lo pensó y dijo:

—Hay que buscar el momento, el tono... —volvió a beber— y... sí: te lo diría. 

 Después de las cañas, pasamos por la calle Santiago, con sus luces navideñas —este año hemos cambiado las catedrales neogóticas por los cajones— y su música, entre el Jingle bells rock, también el clásico, el All I want for Christmas is you de la Carey, y otras de semejante pelo o pelambrera que se disparan cada hora, para regocijo de los viandantes, móvil en mano, y retortijón de los vecinos —opositores, jubilados, niños, universitarios y resto de seres humanos— que necesitan, como todo el mundo, que se respete su ritmo de trabajo y descanso.  

 (Sigo prefiriendo un paseo por la orilla del río que otro bajo el neón, led o iluminación respetuosa y energéticamente menos reprochable. La música la elijo yo —con auriculares—, aunque me conformo con el leve rumor del agua, el canto de los pájaros y el sonido de mis pisadas). 

 Nos despedimos y, de camino a casa, di gracias por contar con un amigo que me dirá con diplomacia y sinceridad,  llegado el caso,  que me vendría bien pararme a reflexionar. Eso es lo que llevo haciendo por escrito desde que abrí este blog —y antes—. 

 

domingo, 20 de noviembre de 2022

BUENOS PASSOS (LÍMITE 17.00 HORAS).

 








Escribo hoy en courier, que no es solo apellido de tenista americano sino tipo de letra francesa, cosa que aprendí ayer —acostumbrado al times new roman, la letra oficial para concursos, casi todos esquivos hasta ahora, menos tres de chorrocientos—. Y lo hago en honor a mis amigos de Malos passos, con los que compartí cocido castellano en Palazuelo de Vedija, previos vinos en Rioseco (Medina de), con otros de la tierra, de Mauro para abajo (a la inversa de las bodas de Caná). Y como lo de justificar no va conmigo ni, por lo que veo, con el caprichoso blog este, lo dejaré así, como si fuera adrede (aunque confiese mi impericia). 

Malos passos es, por lo que me contaron, el nombre sacado de una canción de Radio FuturaEscuela de Calor. Espero que Paz me corrija las cursivas si están mal. Por ella resucité mi procrastinada afición a escribir. Lo curioso es que, cuando la conocí por teléfono, supe que era una persona muy especial. Me llamó el día de mi cumple de hace, creo, unos seis o siete años.

—Jo, Paz. No se te pasa un cumpleaños.

La imaginé riendo —le puse cara a su risa—, acaso arrepintiéndose de haber topado con un chalao. Luego supe que no era el primer orate de su lista. 
Firmamos el contrato oral, nos vimos para el escrito, y me cayó aún mejor. Modestia aparte —no contemplo la inmodestia—, creo que yo también a ella. Después, todo fue a mejor y me gané  su crédito sin aval. Paz es pura intuición confiada. 

Durante la jornada (perdona por la rima interna), que comenzó en la Rúa (calle Mayor de Rioseco, frente a la tienda del Fuentes, otro amigo riosecano de pro —por riosecano y amigo), fui conociendo a la plantilla de colaboradores: un fotógrafo, Leica (Panasonic con punto rojo, ahí te pillé, Luis, y lo reconociste, eso te honra) en mano, al que ya considero amigo; un escritor con novela premiada, que, curiosamente, no había ido a hablar de su libro —lo compraré esta semana y te odiaré por haber ganado un Ateneo pucelano con tu primera novela, que ya te vale—; varios de la ribera del Sequillo, poetas y prosistas (cojones con el río este, la de artistas que ha parido)...

Ya en Palazuelo, mi cerebro, o lo que queda de él, se puso en modo on y acertó a reconocer a un tío bajo la gorra del revés, como de cazar ranas. Le sometí a un cuestionario con soluciones inmediatas, y aún seguirá alucinando para bien (a menos que se arrepienta de haberme conocido después de leer los textos en verso que le envié anoche). Otros dos conocidos más estaban sentados a la mesa. Lo de Jesús González también fue para nota.

Que de veinte comensales fuéramos cuatro los que hemos pasado por las aulas de los jesuitas, no en general, sino en el mismo colegio de la plaza de Santa Cruz, no deja de provocarme una sonrisa cabrona (sarcástica, malhadada, hijoputesca, un pelín resentida y un muchín ventajista son sinónimos), sin contar a los que salieron en la conversación y, como nosotros, se saltaron la norma de jesuitae artist muti ("no digáis que pasasteis por aquí"), que los jesuitas son izquierdistas de salón. 

(Por otro misterioso capricho, el texto vuelve a alinearse. No me molesto en hacer probaturas). Paz me llamaba porque un amigo común, periodista de RNE, le había dado mi número. Así funcionan las cosas desde tiempo inmemorial, antes de los algoritmos y las escuchas de Siri y Alexa, ese par de cotillas o cotillos). Quería que mi cuarteto Muzikanten —ya extinto— fuera a actuar en la casa de cultura que honra al poeta vallisoletano que da nombre a paseo y estadio de fútbol (don José era un adelantado futbolero y diseñador de espacios urbanos). Perdóneseme la elipsis narrativa, pero no estoy fino ni me importa.

Lo del límite 17.00 horas tiene que ver con el primer partido del mundial, no con una campaña de El Corte Inglés. No es que el fútbol me interese demasiado, pero me servirá para cortar la ingesta dominical de whiski —RAE mediante—  (sigo prefiriendo el whisky, y el güisqui me da dolor de ojos: los tres, en exceso, de cabeza). Además, un Catar - Ecuador me parece una velada invitación a la concupiscencia oral. A ello voy. O sea, al partido.

(Por cierto, Diego: ya tienes mi texto para el próximo Malos passos, cuya ilustración será cosa de Antxonio).

Algo me dejo en el tintero, lo sé y me falta. Y para que el wiski no me sobre, aquí lo dejo (o lo quedo en pucelano). 

La prevista o pre-vista me indica que se han mezclado tipos, márgenes y yo qué sé. Con que se me entienda...






domingo, 6 de noviembre de 2022

SI LO PONGO EN FORMATO WORD NO LO COMPRÁIS


LA PAJA EN OJO AJENO

 No se puede achacar a una vaga traducción, porque está escribida en castellano:

La lámpara de pie HEKTAR, comprada en IKEA un sábado, sale disparada hacia delante. La pesada base de hierro, girando sin control, alcanza a XXX en la pierna derecha cuando se apoyaba en ella para levantarse. No solo se la parte a la altura de la rodilla, se la arranca, dejando el hueso al descubierto, de un blanco perfecto, donde antes había carne, piel, y una pierna que llegaba hasta el suelo.

Me atrevería a sugerir al bestsellerado, si me lo permite: La lámpara de pie HEKTAR (no la STAINKHORD, anda que no hay diferencia), comprada en IKEA un sábado (los viernes no la venden, o son menos agresivas), sale disparada hacia delante (que suele ser la dirección habitual, por aquello de apuntar y disparar, a menos que se disponga de mira telescópica contra ataques por la retaguardia). La pesada base de hierro (habrá hierros ligeros, supongo, o aleaciones), girando sin control (que tomen nota los suecos para otra vez e instalen mando a distancia para controlar los pies), alcanza a XXX (no es un actor porno, es solo por no dar pistas) en la pierna derecha cuando se apoyaba en ella para levantarse. No solo se la parte a la altura de la rodilla, (:) se la arranca, dejando el hueso al descubierto, de un blanco perfecto, (dejando el hueso blanco al descubierto, no vaya a ser blanco el descubrimiento, que imagino más bien rojo) donde antes había carne, piel (¿ya no hay hueso?), y una pierna que llegaba hasta el suelo (las piernas normales suelen llegar al suelo, creo, e incluso las anormales, aunque si son más cortas tarden un poco más, y si más largas, lo contrario).

 El mismo capítulo está plagado de descripciones semejantes: que si el tablero de una mesa (no se dice si adquirida en el mismo establecimiento un sábado, o en otro un miércoles a primera hora, porque el comprador estaba de baja por enfermedad, que no dejaba de ser absentismo laboral para seguir chupando de la indemnización del seguro —otra sutileza más—) seccionó la carótida a la altura de un lunar que adornaba al interfecto desde que cumplió los nueve años y su madre lo llevó al dermatólogo, un tal Fernández del Epitelio; que si la onda expansiva vació el vientre de un madero o madera (este escribidor nunca usará madere, cosa que le honra, por honrarlo un poco) desalojando sus excrementos a base de hamburguesa de vacuno con doble de queso cheddar y topping de pepinillo agridulce (deconstruido, por supuesto); que si etc...

 Si el perpetrador de novelas leyera esto, que no lo va a leer porque anda enfrascado en la próxima entrega de su infinitología (mientras dé pasta), se descojonaría de mí (y no le quito razones, que soy un ser —valga la rebuznancia, que de esas sabe un huevo, y a él le valen— risible). ¿Quién osa criticar a un tío que vende millones de ejemplares, con la mera excusa de que son bazofia, como la hamburguesa de antes? Otro de la misma estirpe, que critica la incultura de los españoles al tiempo que se jacta de vender otros tantos millones de libros (supongo que sus compradores son justamente el resto de españoles, los cultos, pero no me sale tanta población) porque ayudan a combatir la incultura (si los incultos no te leen, a esos no los beneficias, y a los cultos que te leen no les haces falta, más bien lo contrario). 

Llegados a este punto, alguien se preguntará qué coño hago dando clases particulares un domingo por la tarde (no un miércoles a las nueve, ni un lunes a las tres y media, cuando en IKEA se venden más estanterías blancas que lavabos gris perla) sobre literatura si me estoy tragando el mismo truño que los los cultos-incultos. Les respondo: de vez en cuando me saturan las lecturas de autores muertos (esos de los que dice mi amigo Diego que han resistido el paso del tiempo y del marketing, por algo será) y me da por chutarme ácido úrico, colesterol malo y triglicéridos por compensar-descompensar. Tengo trillados los Mortadelos, que son graciosos per se, y me divierten más las obras "serias".

 Un día me apeteció escribir al "estilo" del sueco aquel que se hizo famoso (aparte de IKEA, hay más suecos que han creado escuela), tanto que su última obra tuvo que ser completada por otro sueco que no se hizo el sueco a la hora de poner la mano bajo el fajo (permítaseme la rima interna). Se la dediqué a un amigo, al que hice protagonista (él sabe por qué). Luego se la envié. Como es un tío cabal, seguro que la tomó por el lado bueno. Voy a buscarla y, si la encuentro, la colgaré en la siguiente entrada de este blog.

No me he tomado la molestia de revisar el texto. Los bestselerados tampoco, ni falta que hace. Están a otra cosa (rectangular y con números) de curso legal.