domingo, 4 de diciembre de 2022

4 DE DICIEMBRE

 Nací con reloj de serie, conectado con mi memoria a largo plazo, y funcionan ambos como una película de cine, no de fotos (aunque a veces también). Relojes, cine y fotos me acompañan desde pequeño, por vía paterna. 

 Mi amigo Juan Carlos cumpliría hoy 57 años. Antes de la misa de doce, le puse unas velas eléctricas. Por caprichos de mi cabeza, que funciona de forma autónoma, me acordé de la primera cena, que vino precedida de una promesa que nos hicimos los cuatro de entonces, del cole, del mus en el club del colegio de médicos, y de los pinchos de tortilla con chato de mosto en el Jovi: J.C, Sanmi, Nacho y yo.

—El primero que tenga trabajo invita a los otros tres —convinimos.

 Como no dejamos por escrito cláusulas ni letra pequeña, las clases particulares de solfeo que daba a unos vecinos sirvieron para pagar mi deuda. Un curre es un curre, aunque sea en negro.

 Nos plantamos, reserva mediante, en un hotel céntrico que tenía restaurante. Cuatro mocosos, dos con derecho a voto, rodeados de mesas con familias, parejas y gente seria y adulta, llamaron la atención del maitre. Como jefe de la expedición, y con el mando en plaza que me otorgaba mi billete morado en la cartera, me permití pedir el vino. 

 —Un Protos... o algo parecido —dije. Hablaba de oídas, por lo poco que había aprendido hasta entonces, pero en la mesa de al lado había una botella igual.

 El hombre me miró con cierta conmiseración, aguantando la risa. Se temería que, a la hora de pagar, nos ofreciéramos a fregar platos para compensar mi falta de liquidez. 

 —No tenemos, pero puedo ofrecerle un Balbás joven.

 Acepté, por no discutir. Un hombre con uniforme impone más que cuatro chavales en vaqueros.

 Nacho se comió el pisto, aunque aquel amasijo se parecía más a un puré a medio triturar que al pisto de verdad, el que su madre, de Albacete, preparaba. Sanmi cortó su escalope milanesa, un filete empanado, en román paladino, en trocitos pequeños.

 —Coño, Jose. Corta y come —le dije.

 —De eso, nada. Primero trabajo y después como.

 No recuerdo qué pedimos Juan Carlos y yo. Solo que lo pasamos bomba, pagué y nos fuimos felices después de nuestra primera cena con mantel de tela. Tampoco sé si hubo otras —el pacto era "el primero paga"—. 

 Ahora que caigo, años más tarde hubo una especie de masterchef del mismo cuarteto en el chalet de Sanmi. Compramos dos lechazos, y cada uno de nosotros se encargó de asar su cuarto —lo de trasero y delantero no era importante— en el horno de Pereruela, con bandejas de barro, como mandan los cánones lechacísticos. Cada uno hizo el suyo según la receta materna, y el mío ganó en el punto, dorado y crujiente, pero quedó más soso que el menú de una residencia de ancianos. Otro flotaba en aceite; el tercero sobrevivió al naufragio por exceso de agua sin flotador, y el último se quedó a medio hacer, más cerca del carpaccio, que en aquella época no existía o no sabíamos qué coño era— que del asado. No nos importó —incluso las discusiones, votadas por el resto de comensales fueron divertidas—. Cenamos en el jardín, y algunos dormimos allí después de discutir sobre los merecimientos de los asadores de pacotilla. 

 Juan Carlos y Sanmi ya no pueden participar de un nuevo reto. Hace años que los llamaron al restaurante en el que solo sirven maná. Descansen en paz. Solo espero que nos les dejen entrar en la cocina. 

 


domingo, 27 de noviembre de 2022

1984 O POR AHÍ

 Después de nuestra sudada del jueves (los martes hay otra), nos fuimos mi compañero de fatigas (dos por semana), el letrado letrado (no es error tipográfico) Chema y yo a tomar la caña que hemos institucionalizado, no por recuperar líquidos sino por soltar la lengua, que ya se desata durante el entrenamiento al que asiste nuestro asesor (nos negamos a llamarlo coach o personal trainer, antiguos que somos), sorprendido de que sea la lengua el único músculo que no se nos cansa por más que nos castigue —por nuestro bien, se supone— con series de subibaja-tiraempuja-dentrofuera. 

 El amigo jurista es buen y documentado conversador, un tío leído y a veces escribido, rara avis en estos tiempos en los que abunda el indocumentado monologuista, ese que espera mientras se come las patatas fritas a que respires para meter baza sin importarle lo que acabas de decir. Uno de los asuntos que ocupaba nuestra rehidratación versaba sobre la conveniencia de aconsejar a quien crees que anda un poco descarriado, confuso o errático, y la forma (si era menester) de hacerlo. Hay quien piensa que los amigos están para darte la razón y, aun cuando les pidas opinión, cuidarse mucho del fondo y la forma. Chema y yo opinamos que para llamarnos guapos ya tenemos familia o, como decía Lobo en Pulp Fiction, «no empecemos a chuparnos las p... todavía». 

 Atendimos brevemente al wasap, entre sorbo y sorbo, y ambos convinimos en que Orwell se habría ahorrado su novela apocalíptica, 1984, si hubieran existido los móviles cuando la escribió, y más otros que hablaban de chips implantados a la fuerza. Hoy pagamos una pasta por comprar el implante, al que voluntariamente incorporamos nuestros datos.

 Por ponerlo a prueba, le pregunté si, en caso de verme perdido, me lo diría. Como no es persona alocada, dio un sorbo a su cerveza, lo pensó y dijo:

—Hay que buscar el momento, el tono... —volvió a beber— y... sí: te lo diría. 

 Después de las cañas, pasamos por la calle Santiago, con sus luces navideñas —este año hemos cambiado las catedrales neogóticas por los cajones— y su música, entre el Jingle bells rock, también el clásico, el All I want for Christmas is you de la Carey, y otras de semejante pelo o pelambrera que se disparan cada hora, para regocijo de los viandantes, móvil en mano, y retortijón de los vecinos —opositores, jubilados, niños, universitarios y resto de seres humanos— que necesitan, como todo el mundo, que se respete su ritmo de trabajo y descanso.  

 (Sigo prefiriendo un paseo por la orilla del río que otro bajo el neón, led o iluminación respetuosa y energéticamente menos reprochable. La música la elijo yo —con auriculares—, aunque me conformo con el leve rumor del agua, el canto de los pájaros y el sonido de mis pisadas). 

 Nos despedimos y, de camino a casa, di gracias por contar con un amigo que me dirá con diplomacia y sinceridad,  llegado el caso,  que me vendría bien pararme a reflexionar. Eso es lo que llevo haciendo por escrito desde que abrí este blog —y antes—. 

 

domingo, 20 de noviembre de 2022

BUENOS PASSOS (LÍMITE 17.00 HORAS).

 








Escribo hoy en courier, que no es solo apellido de tenista americano sino tipo de letra francesa, cosa que aprendí ayer —acostumbrado al times new roman, la letra oficial para concursos, casi todos esquivos hasta ahora, menos tres de chorrocientos—. Y lo hago en honor a mis amigos de Malos passos, con los que compartí cocido castellano en Palazuelo de Vedija, previos vinos en Rioseco (Medina de), con otros de la tierra, de Mauro para abajo (a la inversa de las bodas de Caná). Y como lo de justificar no va conmigo ni, por lo que veo, con el caprichoso blog este, lo dejaré así, como si fuera adrede (aunque confiese mi impericia). 

Malos passos es, por lo que me contaron, el nombre sacado de una canción de Radio FuturaEscuela de Calor. Espero que Paz me corrija las cursivas si están mal. Por ella resucité mi procrastinada afición a escribir. Lo curioso es que, cuando la conocí por teléfono, supe que era una persona muy especial. Me llamó el día de mi cumple de hace, creo, unos seis o siete años.

—Jo, Paz. No se te pasa un cumpleaños.

La imaginé riendo —le puse cara a su risa—, acaso arrepintiéndose de haber topado con un chalao. Luego supe que no era el primer orate de su lista. 
Firmamos el contrato oral, nos vimos para el escrito, y me cayó aún mejor. Modestia aparte —no contemplo la inmodestia—, creo que yo también a ella. Después, todo fue a mejor y me gané  su crédito sin aval. Paz es pura intuición confiada. 

Durante la jornada (perdona por la rima interna), que comenzó en la Rúa (calle Mayor de Rioseco, frente a la tienda del Fuentes, otro amigo riosecano de pro —por riosecano y amigo), fui conociendo a la plantilla de colaboradores: un fotógrafo, Leica (Panasonic con punto rojo, ahí te pillé, Luis, y lo reconociste, eso te honra) en mano, al que ya considero amigo; un escritor con novela premiada, que, curiosamente, no había ido a hablar de su libro —lo compraré esta semana y te odiaré por haber ganado un Ateneo pucelano con tu primera novela, que ya te vale—; varios de la ribera del Sequillo, poetas y prosistas (cojones con el río este, la de artistas que ha parido)...

Ya en Palazuelo, mi cerebro, o lo que queda de él, se puso en modo on y acertó a reconocer a un tío bajo la gorra del revés, como de cazar ranas. Le sometí a un cuestionario con soluciones inmediatas, y aún seguirá alucinando para bien (a menos que se arrepienta de haberme conocido después de leer los textos en verso que le envié anoche). Otros dos conocidos más estaban sentados a la mesa. Lo de Jesús González también fue para nota.

Que de veinte comensales fuéramos cuatro los que hemos pasado por las aulas de los jesuitas, no en general, sino en el mismo colegio de la plaza de Santa Cruz, no deja de provocarme una sonrisa cabrona (sarcástica, malhadada, hijoputesca, un pelín resentida y un muchín ventajista son sinónimos), sin contar a los que salieron en la conversación y, como nosotros, se saltaron la norma de jesuitae artist muti ("no digáis que pasasteis por aquí"), que los jesuitas son izquierdistas de salón. 

(Por otro misterioso capricho, el texto vuelve a alinearse. No me molesto en hacer probaturas). Paz me llamaba porque un amigo común, periodista de RNE, le había dado mi número. Así funcionan las cosas desde tiempo inmemorial, antes de los algoritmos y las escuchas de Siri y Alexa, ese par de cotillas o cotillos). Quería que mi cuarteto Muzikanten —ya extinto— fuera a actuar en la casa de cultura que honra al poeta vallisoletano que da nombre a paseo y estadio de fútbol (don José era un adelantado futbolero y diseñador de espacios urbanos). Perdóneseme la elipsis narrativa, pero no estoy fino ni me importa.

Lo del límite 17.00 horas tiene que ver con el primer partido del mundial, no con una campaña de El Corte Inglés. No es que el fútbol me interese demasiado, pero me servirá para cortar la ingesta dominical de whiski —RAE mediante—  (sigo prefiriendo el whisky, y el güisqui me da dolor de ojos: los tres, en exceso, de cabeza). Además, un Catar - Ecuador me parece una velada invitación a la concupiscencia oral. A ello voy. O sea, al partido.

(Por cierto, Diego: ya tienes mi texto para el próximo Malos passos, cuya ilustración será cosa de Antxonio).

Algo me dejo en el tintero, lo sé y me falta. Y para que el wiski no me sobre, aquí lo dejo (o lo quedo en pucelano). 

La prevista o pre-vista me indica que se han mezclado tipos, márgenes y yo qué sé. Con que se me entienda...






domingo, 6 de noviembre de 2022

SI LO PONGO EN FORMATO WORD NO LO COMPRÁIS


LA PAJA EN OJO AJENO

 No se puede achacar a una vaga traducción, porque está escribida en castellano:

La lámpara de pie HEKTAR, comprada en IKEA un sábado, sale disparada hacia delante. La pesada base de hierro, girando sin control, alcanza a XXX en la pierna derecha cuando se apoyaba en ella para levantarse. No solo se la parte a la altura de la rodilla, se la arranca, dejando el hueso al descubierto, de un blanco perfecto, donde antes había carne, piel, y una pierna que llegaba hasta el suelo.

Me atrevería a sugerir al bestsellerado, si me lo permite: La lámpara de pie HEKTAR (no la STAINKHORD, anda que no hay diferencia), comprada en IKEA un sábado (los viernes no la venden, o son menos agresivas), sale disparada hacia delante (que suele ser la dirección habitual, por aquello de apuntar y disparar, a menos que se disponga de mira telescópica contra ataques por la retaguardia). La pesada base de hierro (habrá hierros ligeros, supongo, o aleaciones), girando sin control (que tomen nota los suecos para otra vez e instalen mando a distancia para controlar los pies), alcanza a XXX (no es un actor porno, es solo por no dar pistas) en la pierna derecha cuando se apoyaba en ella para levantarse. No solo se la parte a la altura de la rodilla, (:) se la arranca, dejando el hueso al descubierto, de un blanco perfecto, (dejando el hueso blanco al descubierto, no vaya a ser blanco el descubrimiento, que imagino más bien rojo) donde antes había carne, piel (¿ya no hay hueso?), y una pierna que llegaba hasta el suelo (las piernas normales suelen llegar al suelo, creo, e incluso las anormales, aunque si son más cortas tarden un poco más, y si más largas, lo contrario).

 El mismo capítulo está plagado de descripciones semejantes: que si el tablero de una mesa (no se dice si adquirida en el mismo establecimiento un sábado, o en otro un miércoles a primera hora, porque el comprador estaba de baja por enfermedad, que no dejaba de ser absentismo laboral para seguir chupando de la indemnización del seguro —otra sutileza más—) seccionó la carótida a la altura de un lunar que adornaba al interfecto desde que cumplió los nueve años y su madre lo llevó al dermatólogo, un tal Fernández del Epitelio; que si la onda expansiva vació el vientre de un madero o madera (este escribidor nunca usará madere, cosa que le honra, por honrarlo un poco) desalojando sus excrementos a base de hamburguesa de vacuno con doble de queso cheddar y topping de pepinillo agridulce (deconstruido, por supuesto); que si etc...

 Si el perpetrador de novelas leyera esto, que no lo va a leer porque anda enfrascado en la próxima entrega de su infinitología (mientras dé pasta), se descojonaría de mí (y no le quito razones, que soy un ser —valga la rebuznancia, que de esas sabe un huevo, y a él le valen— risible). ¿Quién osa criticar a un tío que vende millones de ejemplares, con la mera excusa de que son bazofia, como la hamburguesa de antes? Otro de la misma estirpe, que critica la incultura de los españoles al tiempo que se jacta de vender otros tantos millones de libros (supongo que sus compradores son justamente el resto de españoles, los cultos, pero no me sale tanta población) porque ayudan a combatir la incultura (si los incultos no te leen, a esos no los beneficias, y a los cultos que te leen no les haces falta, más bien lo contrario). 

Llegados a este punto, alguien se preguntará qué coño hago dando clases particulares un domingo por la tarde (no un miércoles a las nueve, ni un lunes a las tres y media, cuando en IKEA se venden más estanterías blancas que lavabos gris perla) sobre literatura si me estoy tragando el mismo truño que los los cultos-incultos. Les respondo: de vez en cuando me saturan las lecturas de autores muertos (esos de los que dice mi amigo Diego que han resistido el paso del tiempo y del marketing, por algo será) y me da por chutarme ácido úrico, colesterol malo y triglicéridos por compensar-descompensar. Tengo trillados los Mortadelos, que son graciosos per se, y me divierten más las obras "serias".

 Un día me apeteció escribir al "estilo" del sueco aquel que se hizo famoso (aparte de IKEA, hay más suecos que han creado escuela), tanto que su última obra tuvo que ser completada por otro sueco que no se hizo el sueco a la hora de poner la mano bajo el fajo (permítaseme la rima interna). Se la dediqué a un amigo, al que hice protagonista (él sabe por qué). Luego se la envié. Como es un tío cabal, seguro que la tomó por el lado bueno. Voy a buscarla y, si la encuentro, la colgaré en la siguiente entrada de este blog.

No me he tomado la molestia de revisar el texto. Los bestselerados tampoco, ni falta que hace. Están a otra cosa (rectangular y con números) de curso legal. 



domingo, 9 de octubre de 2022

OTRA MÁS



 Dice mi amigo Chema, el rostro impenetrable al que últimamente le han salido unos poros benignos que agradezco y están propiciando una amistad más intensa y profunda tras nuestros sudores en la máquina infernal que nos pone el cuerpo a punto, que le sorprende mi facilidad para escribir. No se refiere a que lo haga bien (tenemos gustos diferentes, y probablemente no tenga más remedio que comprarme un libro autoeditado por quedar bien), sino al impulso que me lleva a hacerlo, sobre todo —dice él— cuando se va alguien querido. «No es facilidad, es necesidad», le contesto. Y es que me da mucha pena que, aunque llevemos esta por dentro, no la saquemos a flote. A mí me ayuda a poner en valor a las personas que me han marcado, ayudado, acompañado en este trayecto después de que ellas lo hayan abandonado. Y, aunque algunas ya podían imaginarlo, otras ni lo sospechaban. Tal es el caso que me ocupa —llevo una tarde jodida de obituarios y llanto contenido, pero es lo que toca—.

 Para un docente no hay mayor premio que encontrarse con sus exalumnos y verlos felices. Alguno hay que te la tengan guardada, pero diré, a riesgo de parecer inmodesto, que lo frecuente es el trato amable, incluso en el caso de algún pupilo difícil. 

 En plena adolescencia hormonada (los diecisiete-dieciocho no dejan de ser un atisbo de premadurez con derecho a voto, que debería ser prevoto, como mera intención), tuve la fortuna de conocer a Emilio del Río (no al escritor influencer de hoy, que quizá sea pariente), sino al sacerdote jesuita que impartía la asignatura (área según no sé qué ley educativa) de Literatura contemporánea universal. No podría decir que se tratara de un comunicador nato, pues su monotonía invitaba más a la siesta que a la atención, y espero que no se lo tome a mal, pater, pero aquel tonillo de primitivo canto gregoriano encerraba un mensaje que tardó en manifestarse. Uno vive lo que vive, y lo cuenta como lo cuenta, sea alumno o profesor. 

 El realismo mágico de García Márquez y otros; Gide, Proust, Joyce y demás plastas (que me perdonen mis amigos snobs)...; Cela, Delibes y otros que se saltaban el guion, chocaban con mi impermeable mental (era el único año en que los jesuitas sorteaban la uniformidad masculina, y las chicas nos distraían). Tardé años en acometer lo que, de haberlo sabido, me habría facilitado superar mis ochos en cada examen (me dio el maillot azul de la regularidad), es decir, la lectura. Alguien me regaló un libro, El amor en los tiempos del cólera (sospecho que asesorada por un buen amigo), y de ahí nació mi interés.

 Una mañana vino el P. del Río cargado de libros, a dos por barba o más bien sotabarba. Nos los entregó antes del recreo. Mientras los cogíamos, se me ocurrió pedirle una dedicatoria. Me acerqué a su mesa, con mis ejemplares en mano, y creo que corrió la voz —del peloteo—. Cuando me di la vuelta, mis compañeros hacían fila (alguno me recriminó que le hubiese jodido el recreo en el Jovi, el bar al que acudíamos, pero no fue capaz de irse, por si las moscas). Recuerdo su rostro satisfecho, como de autor en feria del libro, autografiando volumen tras volumen, y yo me sentí feliz por haber favorecido su éxito efímero y concentrado (la autoedición o la edición en editorial corporativa vienen a ser lo mismo, un día de presentación y gloria efímera). 

 Nunca le di las gracias por sus revelaciones a toro pasado. Si pudiera leer mi blog, quizá se daría cuenta de lo que me transmitió (no es responsable de vocaciones literarias, aunque haya algún Abella o Valverde, sino lectoras), y me demoré demasiado. Espero que no sea tarde. DEP, P. "Chomski" (todos le llamábamos así, incluso los otros curas). Y gracias póstumas.

CASUALIDADES FATALES Y RECADOS VENIALES


 Se supone que, para un cantorcillo aficionado como yo, actuar en el Auditorio Nacional debería ser un caramelo. Acepté la invitación de María, amiga desde la juventud, y cuadré mis horarios con los de los ensayos, cosa sencilla para un tipo ocioso con muchas tardes libres. Lo que no sospechaba era que el evento coincidiría con la muerte de un buen amigo, igual que en mi anterior colaboración, que parecía predestinada por tratarse del Requiem de Mozart, una de mis obras favoritas. Así como la última pieza de Amadeus era propicia para una despedida, no sé si a César le parecería adecuada una sinfonía sobre Mahatma Gandhi, que también era cristiano de algún modo, aunque serlo no signifique nada excepto para quien tenga la certeza, si existe, después de muerto. La fe consiste en creer antes de comprobar. Desconozco si hay alguna obra sobre el dios Baco, que le habría resultado más propia, y no por bebedor sino por enólogo. 

 César, Epi —por su habilidad, creo, aunque nunca supe si era de coña, en la cancha de baloncesto— para quienes le conocimos de joven, era un tío encantador: tono de voz mesurado, sonrisa fácil y franca. Tengo la fortuna de rodearme de personas así, ya sea por casualidad o por algún mérito que tiendo a obviar porque pienso sinceramente que no lo merezco. El caso es que nos conocimos y nos caímos bien. Cuando decidió lanzarse por el camino de la enología, «el mundo del vino» (lo dijo un un comercial gili, como si el vino fuera la metonimia de la parte por el todo, una vez que casi ordenó recitar de memoria al camarero la carta de vinos, «deformación profesional», lo llamó; «malformación aficional», pensé yo), propicié su encuentro con otro de mis grandísimos amigos de la infancia —al que, por suerte o desgracia, según se mire, se ha vuelto a unir ayer en el destino eterno—, con quien compartió piso en Logroño durante una temporada. Ambos, me consta, disfrutaron juntos de buenos vinos, excelentes añadas, usando solo su nariz y su boca —como solía decir César, «hay grandes catadores de etiquetas, pero pocos entendidos»—. Creo que se reencontraron en mi boda, tras años de peregrinaje, como Liszt, y, como si se hubieran puesto de acuerdo, Juan Carlos me regaló un decantador y César un Vega Sicilia del 70. ¡Qué cabrones, cómo me conocían! Un accidente doméstico se cargó el decantador, pero la botella —vacía, huelga decirlo—, sigue en la vitrina de la cristalería que otros amigos me regalaron cuando nos importaban los detalles en especie, esos que, siempre que los ves, te recuerdan a quien te los regaló. 

 Lo poco que sé sobre vinos me lo enseñó él. Nos citó, cuando aún era estudiante, a una cata ciega (yo aún pensaba que la ceguera venía después). A uno, Ángel G. Vallecillo, que hoy es escritor, se le ocurrió llevar un Mauro (ese manejaba pasta, y a los amigos los carga el diablo) y le sometió a un examen de notarías. Epi acertó la denominación de origen, el tipo de uva y lo de la crianza, que no era poco. Los demás bebimos mientras Ángel se rascaba la cabeza, el muy perro.

 De vez en cuando me llamaba para que probase sus caldos, y le hacía gracia mi forma de definirlos, mis calificativos (se me ocurre que «epítetos»). Entre los que más risa le provocaban estaban «crudo» y «azul». Para mí, azul era el paradigma de algo bien hecho, bello como un traje, unos ojos o un cielo. Solía decirme que le encantaba invitarme porque nunca le doraba la píldora, aunque a su favor jugaba que aún no existía el puto facebook, donde te escriben lo que quieres leer (lo cual no excluye los aplausos a este blog), vete a saber con qué perversos fines, desde el jijijaja, el somos mejores amigos o el a ver («haber» es muy habitual) si pillo. Y que aprendía de mi lengua directa, sin tapujos, de amigo de verdad, a la que jamás puso freno ni tacha porque entendía que mis opiniones eran, si no fundadas, sinceras. «Da gusto, siempre dices lo que piensas, no lo que me gustaría oír». Uno entre mil, este chico. Como para no quererlo. Sometía su trabajo de meses a mi opinión de segundos (es obvio que la mía no era la que más le importaba. Si no, mi tocayo Parker no le habría dado los puntos esos que convierten un vino en mercancía de primera). Venía a casa, cenábamos con un tinto recién embotellado (sin pegatina orientadora), me decía discretamente que los espárragos son enemigos del vino, pero se los comía, jugábamos al PC Fútbol en el ordenador, con medio litro de orujo destilado por él con los hollejos sobrantes de la vendimia, y nos untábamos de charla y amistad, y su perenne sonrisa adornada por sus dientes pequeños, ratoniles,  manchados de taninos o como se llame el tinte tinto. 

 El primero de mayo del 98 abrí su Vega Sicilia para comer. Sobró vino (o faltó comida), y se me ocurrió que podríamos quedar para la cena. Le llevé un catavinos, tan herméticamente cerrado como permite el plástico, con una muestra del vino que me había regalado. Se lo di en el coche. Encendió la luz de cortesía, la del espejo del copiloto, lo probó y dijo: 

—Es mi regalo de bodas. ¿A qué hora lo has abierto?. 

—A las tres. 

—Aún está bueno. ¿Te ha gustado?

—Me ha encantado, César. Gracias.

Le hizo ilusión que lo compartiera con él. Luego fuimos a cenar. No puso reparos en beber un clarete vulgar. Otras veces tragaba con explicaciones de sumiller de tercera, que si «esa añada aún no ha salido al mercado» (aunque él la hubiera bebido una semana antes en otro restaurante); «este es mejor que aquel» (y no lo era). En una bodega pedimos el clarete de la casa, y me dijo por lo bajini: «este es un vino del que se puede aprender, un vino didáctico: tiene todos los defectos y ninguna virtud». Pidió que lo cambiaran porque «hemos pensado que un tinto nos apetece más», y a la camarera se le torció el gesto, que no mudó hasta que trajo la cuenta.  Lo importante está por debajo de lo muy importante, que era la charla relajada y amistosa. Esto flota sobre todo, y hasta un vino malo es incapaz de estropearlo. Y si César destacaba era por no darse importancia; por su humildad a prueba de puntos Parker o Peñín, que eran muchos; por su manera de sentar cátedra sin darse ínfulas y por su bonhomía. 

 Hacía mucho que no nos veíamos, y las redes sociales no le gustaban demasiado, por lo que tardaba meses en contestar o responder a los comentarios. Nuestra siguiente cita, un día que nos encontramos por la calle, con su esposa y la primera criatura recién nacida, nunca llegó. Ahora espero de forma egoísta que tarde. Quiero pensar que Dios, esta vez, se arrepintió de otorgarle una enfermedad que no merecía pero soportaba con su habitual discreción, y le dio la oportunidad de aferrarse a otra para congraciarse y, de paso, llevárselo con él. No sé si en el cielo hay uvas, pero si las hay sabrán mejor. Parker y Peñín no podrán catalogar ya sus vinos, pero Dios no tendrá más remedio que darle un 100.

 Y aquí estoy, medio bebido, lloroso y hundido por este y otros motivos —mis escritos son corales, como las pelis con varios protas, y el término «coral» hoy me viene al pelo, pero esa es otra historia—, rindiéndole homenaje póstumo al bueno, que no es el tópico manido del día de las alabanzas, de César, Epi para los íntimos. DEP, amigo. Te lo has ganado.