miércoles, 3 de agosto de 2016

LA INSÓLITA... "AZAÑA"...

El verano es tiempo de holganza, tanta como para permanecer callado en este blog durante semanas, a falta de excusa para escribir algo que merezca la pena, si es que lo anteriormente publicado la merece. Uno se deja llevar por la calorina, el sopor y el dolce far niente, y pasan los días sin nada reseñable. Estoy de vacaciones.

Después de comer pongo la tele, que suele ejercer de acelerador del sueño, pero el documental de La 2, sobre delfines y más fauna marina en la costa de Carolina del Sur, me tiene cautivado por la belleza de las imágenes. Siempre me ha parecido que, como dice mi madre, uno se ahorra mucho dinero (sobre todo el que no se tiene) viajando por el segundo canal de RTVE, ese que llamábamos el UHF cuando sólo existían dos. Recuerdo que en mi casa había un aparato que servía para sintonizarla al llegar del colegio, porque transmitían (hoy se dice "retransmitir", quizá por la costumbre o más bien manía de repetir cada programa en las emisoras subsidiarias hasta el aburrimiento) dibujos animados, los de Hanna Barbera y unos más raros que acababan con Koniec en lugar de The end.  

Estoy disfrutando de la emisión... hasta que reparo en el título que aparece en la esquina superior derecha, que anuncia la película "La insólita y gloriosa "azaña" del cipote de Archidona", basada en una bagatela de Cela, una de esas chorradas que D. Camilo, el de las pochas, nos regalaba de vez en cuando con impecable estilo, probablemente escritas cuando, como yo, no tenía nada interesante que contar, con la diferencia de que su fama le aseguraba la publicación y beneficios subsiguientes. 

Antes de sentarme a escribir este texto me he tomado la molestia de enviar un correo a RTVE para avisarles del error, que han subsanado inmediatamente, aunque supongo que no sería mi carta la única que han recibido sobre la cuestión. 

Menos mal que La 2 es la cadena cultural...


domingo, 12 de junio de 2016

UN RELATO GOLFERO, CHAPTER TWO

No estaba como para denegar su ayuda, así que me puse en sus manos. 
-Claro. Peor no puedo hacerlo.
-Siempre se puede -respondió con una risita.
Acto seguido, se colocó tras de mí y fue corrigiendo despacio todos mis defectos de posición. Pegó su cuerpo al mío, primero por la espalda, y después delante de mí.
-Fija la pose, aunque no haya fotógrafos -fue su consejo. -Y, sobre todo, no muevas más que los brazos hasta el golpeo. Luego termina el swing para acompañarlo.
Dos o tres sugerencias eran muchas más de las que era capaz de memorizar, pero me esforcé tanto que mi salida del tee resultó, como poco, correcta para un principiante. La bola alcanzó el antegreen, salvando el búnker con un bote afortunado. 
-Ya ha pasado lo peor, -dijo.
Caminamos en paralelo, ella con su carrito y yo con mis cuatro palos de la mano. Llegados a dos metros de mi bola, se detuvo e hice lo propio.
-¿Qué ves?
-Veo... que me vas a ganar.
-Yo veo que tienes una actitud de perdedor. ¿Siempre eres así?
Me callé la respuesta por no darle la razón. Miró su bolsa, sacó el pitching wedge y ensayó un aproach. Luego me ofreció el palo.
-¿Hay alguna norma que no hayamos infringido?
-La de la vestimenta, para empezar. Estamos de foto -contestó sin aguantar la risa. -Se nota que estás atento a la moda-. 
Volvió a pegarse a mí por la espalda, para ensayar el golpe. 
-¿Quieres relajarte?
No podía, con su cuerpo tan junto al mío. Notaba sus pechos, sus rodillas en mis corvas y la respiración controlada. Tenía una sensación extraña, entre la excitación y la sorpresa.
-¿Me has mirado bien?
Vaya que sí, mucho más de lo que tuviera que ver con el golf.
-Sí, chef.
-Pues apunta y dispara.
De algún recóndito rincón de mi memoria, de las noches viendo partidos de la PGA y el Masters, salió el Ballesteros genial. Ella no pudo ver cuándo cerré los ojos, pero la bola se quedó a  pocos centímetros del hoyo tras botar un par de veces. Si no me lo creía, ella menos. Noté en su cara que estaba contrariada. El alumno superando al maestro era algo con lo que no contaba. Se puso tensa y la sombra de la derrota no sólo planeó, sino aterrizó en ella. Su caminar hacia la bola se tornó inseguro.
-¿No me estarás tomando el pelo?
-Sólo ha sido un golpe de suerte.
Cogió el putter, ensayó el golpe y corrigió varias veces el ángulo de ataque. Se agachó, posó el palo en vertical y supongo que hizo varios cálculos mentales antes de decidirse a golpear la bola. Se irguió lentamente sin apartar la vista del hoyo, respiró hondo y... clic.
La bola recorrió el espacio hasta el agujero, dio dos vueltas en el filo y salió escupida, como escupió Marta una sarta de improperios en voz baja, pero menos baja de lo deseable. Midió la distancia al hoyo de ambas bolas y la mía estaba más alejada por apenas un par de centímetros.
-Te toca.
Firmar un empate con ella era una victoria. Hacer un par tres en tres era una gesta. Unos minutos antes Marta pensaría en el birdie y yo en el bogey, pero estábamos en una situación inesperada y para ella desesperada. En silencio volvió a ponerse a mis espaldas. Cogió mi putter, practicó el golpe y repitió el proceso de los anteriores, ayudándome a ajustar mi posición. Tenía claro que algo había cambiado. Peor aún: estaba intentando que fallase. 
-¿Qué handicap tienes? -preguntó, como dejándolo caer.
-Los tengo todos. Y en golf, aun no me lo han adjudicado, pero suponga que el máximo... o más. 
El aprendiz tenía la oportunidad de empatar un hoyo, un triste agujero a una amateur o profesional. Otro warholiano momento de gloria para mí. 
Ensayé mi golpe, que era ganador pese al empate si ella, como parecía previsible, embocaba. Había demasiada caída, aunque decidí no modificar la posición que la maestra había sugerido. Y fallé. Tres golpes, un bogey como poco si embocaba en el siguiente, y Marta tenía la posibilidad de meterla en tres. La dejé preparar su asalto a la gloria, y cuando estaba a punto de golpear la detuve.
-Te concedo el hoyo. No sé si es reglamentario, pero lo he visto en la tele.
-¿Me estás dando ventaja?
-Supongo que estoy dando por hecho lo inevitable. Hasta yo podría meterla.
-Prefiero no quedarme con la duda.
Y falló.







domingo, 15 de mayo de 2016

UN RELATO GOLFERO, CHAPTER ONE.

Desde ayer tengo un nuevo grupo de amigos sacados de la red, concretamente de la web encestando.es, dedicada al baloncesto. El ambiente suele ser distendido y educado, con las diferencias de criterio propias del deporte, sus aficionados y en ocasiones forofos. Al hilo de una noticia que no daba para más (trescientos comentarios ya habían exprimido nuestra opinión sobre la posible marcha de Willy Hernangómez a la NBA), se me ocurrió colar una historieta de tiempos de Maricastaña, y eso hizo animarse a otros comentaristas, e incluso solicitar más relatos. Por ese motivo incluí, de forma un poco osada y sin pedir permiso, la dirección de este blog que tengo algo abandonado por diversas razones, entre ellas mi estado físico actual que me mantiene en reposo y encamado, aparte de empastillado y somnoliento para paliar los dolores de mi  nervio ciático, que está de los nervios. 
Como duermo poco, mi cabeza vaga por el éter del insomnio inventando historias o recordando otras. Aquí viene el objeto que he cazado esta noche entre almohadas térmicas y convencionales, cápsulas, inyecciones y comprimidos, por lo que puede que aparezca algo deforme, como uno de esos sueños febriles, aunque no tanto como el "de la razón que produce monstruos".

Durante una breve época traté de saltar la barrera entre ver y jugar, cautivado por la magia del golf y su plasticidad. Aparte de mi admiración por algunas costumbres "british", incluido el propio idioma, que hablo con cierta dignidad -para ser español-, me parecía ideal como deporte: no hay que correr; apto para todas las edades; nada  bullicioso y se practica en el campo, aunque sea un campo de mentira. 
Asistí a un curso intensivo de dieciséis horas, y aunque empecé como alumno avanzado en lo teórico por mi afición como espectador, desde el primer día me coloqué a cola del pelotón formado por cuatro cursillistas. Saber qué significa putt, drive, green y rough no simplifica el uso de los palos. De hecho, la palabra que acabas pronunciando con más frecuencia es bunker, cuando no un discreto "shit", por no perder la lengua materna del golf. 
Superada por los pelos la fase iniciática, esa que consiste no sólo en aprender las normas de cortesía, la vestimenta y las reglas, sino en repetir movimientos sin fin, salimos al campo por primera vez, con el profesor atento a nuestras evoluciones. Aquello fue una escena de los hermanos Marx, con cuatro hombres medio muertos de risa. Tardamos más de tres cuartos de hora en embocar nuestras respectivas bolas en un par tres, de menos de doscientos metros en línea recta de tie a hole, sin apenas obstáculos. Vamos, como una bolera.
Resignado a ser último, cosa que no me molesta por mi poco espíritu competitivo, me puse a hacer fotos y vídeos para ayudar a pulir los defectos de mis compañeros, puesto que los míos no podrían pulirse ni con diamante en polvo. Además me dolía un pie que se cruzó entre la bola y el hierro siete en pleno "aproach" que se convirtió en simple "ouch".
Aquella tarde salí decidido a terminar el cursillo, con dignidad pero cuanto antes. Llevar polo de granito y gorra de marca durante unas horas no compensaba mis desvelos.
En los partidos posteriores, aunque siempre lejos del par, comprobé que la cosa me iba gustando a ratos, pese a que yo parecía jugar con bolas anfibias y me tocaba dropar y penalizar cada vez que jugábamos los hoyos cercanos a esa charca que se hace llamar lago. Pero el gusanillo iba entrando, y acabó por hacerlo el último día de curso, con un inesperado suceso cuando me descolgué de mi partido y, saltándome la normativa, me vi en otro mucho más adecuado y didáctico.
(Continuará)


Pd.- Respecto al deporte y el juego, leí una frase del gran Clifford Luyk, hablando de que era un español más y demostrándolo. 
-¿Juega usted al mus, Clifford?
-Pues sí, soy español.
-Y ¿qué tal juega?
-Imagine: ¡aún no sé si tengo mal perder!


domingo, 17 de abril de 2016

RUGBY: LA FINAL PUCELANA DE LA COPA

Me perdí el partido por vago. Lo fui dejando "para mañana". Nadie pensaba que habría tantos aficionados al rugby, la verdad, y me quedé sin entrada. 
Es de los pocos deportes que no he practicado, más por miedo a que me rompieran, para lo que no necesitaba ayuda, que por otra cosa. En mi colegio, el Sanjo, había un equipo que en 1986 se fusionó con El Salvador, pero no me sentí con fuerzas ni de probarlo, por si las moscas.
Unos días antes del partido releí con calma las reglas, no del deporte en sí, sino de los asistentes, publicadas en la prensa. Bien sabían "Chamizos" y "Queseros" la que se les venía encima. Organizar y celebrar un partido de rugby en el estadio de fútbol tiene sus contras: futboleros y rugbiers no son la misma especie y había que advertirlo. Lo que vale para unos no sirve para otros. 
Viendo el partido me di cuenta de que el mensaje había calado. 
1.- El árbitro no es un muñeco de pim-pam-pum sino un juez respetable y respetuoso (aunque el de hoy les llamaba de tú, algo heterodoxo, quizá por mor de su juventud). Además se oye lo que dice el árbitro cuando sanciona o explica algo.
2.- Lo que hace mal uno lo pagan todos (¿protestas? pues sanción para el equipo).
2.- Las aficiones se mezclan y no pasa nada.
3.- Lo que en el fútbol es agresión, en el rugby es parte del juego.
4.- El vencedor hace pasillo al perdedor, y después al contrario (¡y hasta se felicitan!)
5.- Hay un tercer tiempo, en el que comparten las cañas (no sé quién paga, si el perdedor por cagarla o el vencedor por ser generoso).

Puestos a ser puntillosos, algo he echado de menos en un deporte tan bien reglado como el rugby, tan protocolario, tan elegante y caballeroso, tan ejemplar, tan inglés (que no siempre es sinónimo de ejemplo). Cuando Su Majestad, el Rey Felipe VI, que ha acudido tras la insistencia del alcalde, les ha entregado los trofeos, no he observado una señal de respeto hacia el monarca. El protocolo aconseja, que no exige, una inclinación de cabeza, no digo una genuflexión. No creo que sea cuestión de ideología: había de un lado y del otro, y creo que abundaban los monárquicos, por lo que conozco a algunos jugadores. Ese detalle, nimio quizá, se les olvidó.  
Es el único "pero". Por lo demás, "chapeau". 
Habrá que pensar quién merece el estadio, si el Real Valladolid o el VRAC y El Salvador. Enhorabuena a los dos últimos.

Pd.- Al menos dejarán de llamarnos "Fachadolid". No es poco logro.

sábado, 30 de enero de 2016

BLACK, ARABIA Y QUINTO MILENIO

Por desgracia no hemos descubierto el elixir de la eterna juventud. Tampoco podemos prever los accidentes (hoy mismo he presenciado uno a pocos metros de mi casa) que tiran por tierra los mejores análisis de sangre y orina.
Black era un cantante del que nos quedó "Wonderful world", un tema sencillo y pegadizo que acompañó tardes y noches de quienes salíamos allá por finales de los ochenta. Después de su efímero éxito con pseudónimo, continuó su carrera como Colin Vearncombe, su verdadero nombre, mucho más bonito pero por lo visto menos comercial, lo cual suele ser sinónimo de mejor. También pintaba, como tantos otros que, de no haber sido antes músicos o escritores, habrían pasado a la posteridad como pintores, tales como Alberti, las hermanas Brontë, John Berger, D.H. Lawrence, Poe, Mérimée y un etcétera de egoístas que atesoraron de forma nada democrática habilidades artísticas.

Alejandro Sanz (para gustos pintan colores,  perdón por el cambio de tercio) decía hace poco que compuso una docena de canciones para una chica, Arabia, una belleza con voz agradable, pero que alguien le aconsejó que las grabara él mismo, en un momento de su carrera en el que aún no había dado el salto vital. La cosa es que vendió un millón de ejemplares del disco "Más". La pobre Arabia, María Antonia Alarcón, más conocida como la Macarena del culebrón venezolano "La loba herida" se estará aún tirando de los pelos. 

Conocí a Arabia, Antoñita Mari, como la llamaba su abuela, un verano en Fuengirola. Guapísima, simpática, y muy artista. Cantaba pop o flamenco, según la hora, porque tocaba todos los palos con desparpajo. Quería hacer los Madrides, (las Américas de andar por casa) y los hizo. Tuvo su momento de gloria como cantante, actriz y presentadora. Luego desapareció. 
Una noche la vi en Telemadrid, presentando un programa de variedades. Yo, que soy un poco Antoñito el fantástico, compuse una canción para ella y escribí una carta en la que le recordaba nuestro breve encuentro, nuestras charlas musicales, y la envié a Telemadrid. Como no existía internet ni forma de conocer su paradero puse el nombre del programa y "a la atención de Arabia". 
Años más tarde, en mi casillero apareció aquella carta... como devuelta, con matasellos en caracteres árabes. Por lo visto, había dado más vueltas que Elcano. 

Hablando del mundo, cuando escribo algo para este blog, antes de publicarlo, echo un vistazo a las estadísticas y descubro varias cosas que rondan el misterio. No logro explicarme de dónde salen tantas visitas desde la India y desde Nepal, donde mi amigo Tula bastante tiene con sobrevivir a la violencia geológica que hace meses se desató, aunque también hace mucho que no dan nada por la tele, como si sólo mereciera portada el primer terremoto y ninguno de los siguientes que aún no han cesado. Será que en Nepal no hay petróleo  ni diamantes, que se sepa. Tampoco me explico las de Alaska, donde no conozco a nadie, ni las de México.  También debo de tener seguidores en países del Báltico y alrededores. En Vietnam tengo un conocido, que no justifica el seguimiento que sugiere el mapa. En Arabia nadie me lee.
Otra cosa que tampoco entiendo es por qué ni cómo he pasado de la cifra de 35 seguidores a 28 en apenas dos semanas.
Menos aún alcanzo a comprender por qué he pasado de una media de 20 visitas a más de 200 en días sueltos, e incluso 800 un par de veces, y vuelta a las veinte. Reconozco que mis escasos conocimientos de estadística no dan para más.
A cualquiera que publique algo le gusta que lo lean. Hay quien dice que sólo le interesa la calidad de sus lectores, y se conforma con dos pero excelentes. Para eso, pienso, no hace falta más que el correo.




sábado, 23 de enero de 2016

HOTEL CALIFORNIA

Con pocos días de diferencia se marcharon David Bowie y Glenn Frey. Sin entrar a valorar los méritos de uno y otro, no hay duda de que el primero ha dejado una huella más profunda, acaso porque no tuvo que compartir nombre en una banda y firmaba sus discos. Entre los míos he encontrado un doble álbum de grandes éxitos que debí de comprar hace años, aunque aún no lo he escuchado esta semana, como es preceptivo cuando me impongo un homenaje a los músicos que nos van dejando. Será que he estado ocupado con otros menesteres, como el cuádruple álbum de Sinatra que mi hermana pequeña me regaló estas navidades, o el de fados que me dejó mi esposa sobre los zapatos la noche de Reyes. 

Del cantante de Eagles sabía bien poco. Ni siquiera el nombre. Envidio a algunos de mis amigos que conocen no sólo al intérprete sino al compositor, arreglista, (otra vez el autocorrector me obliga a repasar mi ortografía), y los músicos de sesión que aparecen en un disco. Lo que sé es que su muerte me ha recordado un episodio, otro más, de mi juventud.

Estudiaba C.O.U. en el colegio de los jesuitas, allá por el curso 82-83, cuando alguien propuso hacer una fiesta de disfraces por algún motivo que se me escapa, que cualquier ocasión era buena.
Aquel año se había incorporado un compañero que venía de los agustinos, un tipo peculiar, un poco raro, que se hizo un hueco entre los que llevábamos once años pagando religiosamente, cómo no, la matrícula, las mensualidades y la cuota del psicólogo al que por fortuna sólo veíamos cuando pasaba los tests a toda la clase. Gonzalo no tardó en presentar sus credenciales: a los diecisiete años era locutor de radio, y su dicción impostada llamaba la atención. Tenía una extraña forma de darnos la mano, de dirigirse a los profesores y, en fin, de ser. Pero nos caía bien. Y a alguna de las chicas, que sólo entraban en aquel reducto masculino para hacer C.O.U., también. Pronto hicimos migas, puede que por mi costumbre o manía de recibir a los nuevos como el relaciones públicas del curso, tarea no exenta de riesgo que en años anteriores me había sido encomendada por el tutor correspondiente.  El caso es que aquel año, que sería de recuerdo infausto si sólo me atuviera a mis notas, peor que lamentables, acabó siendo memorable.
Cuando empezamos a preparar la fiesta de disfraces, Gonzalo me propuso cantar "Hotel California" a dúo. El tío, además de ser  superdotado, lo que ahora llamamos "alumno con altas capacidades", cantaba y tocaba la guitarra. Yo no tenía idea de qué canción era esa, acostumbrado a lo clásico que demandaba mi profesora de piano, así que le pedí que me iluminara. Quedamos un día, y ensayamos el tema de Eagles hasta desgañitarnos, porque me pillaba demasiado alto, y el sol agudo era una barrera infranqueable para mí. Cuando me tenía ganado, dejó caer que además ejerceríamos de maestros de ceremonias. Eso sí, teníamos que mantenerlo en secreto, para epatar (vete a la mierda, corrector de pacotilla, que no quiero decir "empatar") a los compañeros y, sobre todo, a las compañeras. A nadie sorprendería que los dos payasos oficiales de la clase fuéramos los presentadores del acto, pero la traca final para cerrarlo nos colmaría de bendiciones (excepto las de los curas, que a él le perdonaban sus excesos porque los compensaba con notas brillantes, pero a mí me pasaban bien pocas). Buscábamos la gloria efímera en forma de beso, muerdo o quién sabe qué más, pero gloria, al fin y al cabo.
La mañana del jueves, día previo al de autos, amanecí sudoroso, febril y contrariado. Me quedé en cama, con la esperanza de sanar a tiempo. Por la tarde, Gonzalo y Toño, otro que además de inteligente era deportista y guapo, vinieron a casa para asegurarse de que no había hecho novillos, ya fuera para cuidar la voz o para librarme de alguna clase coñazo, aunque no era mi costumbre. Cuando comprobaron que realmente estaba enfermo, me comunicaron lo que el coordinador les había mandado.
-Ha dicho el padre San José que te saquemos de la cama, aunque sea a rastras, pero que no le vas a fastidiar el evento.
Por lo visto, el tal padre, a quien me unía una relación de odio- más odio, sospechaba de mí, que había pertenecido al coro y orquesta del cole y me consideraba apto al menos para cantar y animar el cotarro, cosa que en las clases le fastidiaba sobremanera. Cierto era que nos caíamos como una patada en la boca del estómago, pero mi afán por lucirme delante de mis amigos, que eran la mayoría, y sobre todo de las chicas, que eran minoría pero muy dignas de atención, superaba mi animadversión hacia él, que enseñaba filosofía, uno de los huesos del año. 
No sé si no fui porque me encantaba la idea de reventar el festival o porque mi madre me impidió abandonar la cama, aunque en el fondo me quedé con las ganas.
Podría haber contado que un compañero me cantó "Hotel California" y me gustó, simplemente. Pero entonces este blog sería una cosa distinta.



sábado, 12 de diciembre de 2015

GONZÁLEZ & SINATRA (& DÍAZ, & DOMÍNGUEZ...)


Hace cien años nació Frank Sinatra, un estadounidense de origen italiano, en Hoboken, Nueva Jersey. Para un hombre al que perforaron un tímpano durante el parto, dedicarse durante casi sesenta años a cantar con semejante clase y gusto no es poco. Parece que se restableció, afortunadamente. Como no me consta que en aquellos tiempos se utilizaran afinadores electrónicos de estudio, lo suyo tenía mucho mérito. 
Indefectiblemente, cada vez que pongo un disco de Sinatra (y en muchas más ocasiones) me acuerdo de mi padre. Ni en casa ni en el coche faltaba nunca un cassette o un CD de Frank, así que puedo afirmar que crecí en su compañía. 
Muchas tardes mi padre se acostaba en el tresillo del salón, mientras yo practicaba en el piano los estudios de Czerny, "El clave bien temperado" de Bach o las sonatinas o sonatas de Clementi, Mozart o Beethoven. Él se aburría tanto como yo y a poco de empezar me soltaba desde el otro lado del salón:
-Oye, chico, ¿sabes esa que va y que dice...? Y empezaba a tararear "Strangers in the night", "My way" o "New York, New York". 
Yo cambiaba de estilo, poniendo cara de fingido fastidio, aunque felizmente liberado por imperativo paterno y le complacía tocando de oído lo que me iba sugiriendo Mi madre no tardaba en entrar en la habitación para reprenderle.
-Fernando, que el niño está estudiando.
-Bueno, sólo una -respondía él, aguantando las risas.
Al final eran varias, que en no pocas ocasiones terminábamos cantando, cada uno con su inglés, hasta que mi padre se dormía y yo cerraba la tapa del piano para dejarle reposar la comida, probablemente soñando que era Frank Sinatra con una caña de pescar, cantándole a las truchas del Pisuerga palentino o el Hudson newyorkino (si bien las americanas arcoiris eran bobaliconas comparadas con la trucha común y para mi padre suponían un contratiempo cada vez que pescaba una de las no autóctonas, que identificaba sin disimular su desencanto en cuanto mordían el señuelo en forma de mosca, seca o ahogada).
Dos o tres veces por semana me tocaba repetir en las clases particulares de María Jesús, mi profesora, lo poco que había estudiado en casa. Aprovechaba los cambios de obra para incluir los grandes éxitos de Sinatra, lo cual acarreaba bronca.
-Eso no entra en el programa, -protestaba María Jesús, más por obligación que convencimiento, porque sé que le encantaba escuchar mis interpretaciones, aun siendo contrarias a lo estipulado.
-Es que a mi padre le gusta.
-Pues hablaré con tu padre -sentenciaba en tono amenazante, al tiempo que insistía en que repitiera unos cuantos compases de la obra obligada, esa que todos los aspirantes a pianista teníamos que tocar en el examen.
(Hace un par de años me la encontré con su marido, y este aún recordaba mi poca aplicación, muerto de risa, y mi querencia por los no clásicos).

Años más tarde, Frank seguía llenando mis vacíos, que eran muchos y no siempre sonoros. En el último coche de mi padre, un Horizon diesel, ruidoso como un tractor, descubrí "It was a very good year", rebobinándola constantemente. Podría haberme matado al descuidar el volante, que algún susto me llevé, si bien un forense habría descubierto el origen de mi despiste analizando la cinta, tostada en los minutos que duraba la canción, para alegría de la compañía de seguros.  

Mucho después llegó el súmmum. Me encontraba en Santiago de Compostela, en casa de mi íntimo amigo Germán, mi querido zanfonero loco, disfrutando de su compañía benefactora y comprensiva. Después de comer, varios chupitos de orujo casero, blanco y verdadero mediante, estábamos ambos frente al ordenador, rodeados de gatos, Nefertiti y su prole, los que me curaron mi alergia al pelo de bicho, poniendo vídeos alternativamente. Los gustos de Germán no suelen coincidir con los míos, excepto cuando Sting canta a Dowland (ese mismo día él criticaba que el músico inglés saliera en la televisión tocando un laúd afinado como una guitarra, cosa que le recordé otra noche en mi casa, cuando cambió de opinión y no le quedó otra que reconocer su volubilidad en aquella cuestión), y solíamos  (solemos) enfrascarnos en cuestiones profundas de afinación, interpretación, fidelidad y zarandajas varias que nos mantenían y mantienen, pese a la disparidad de criterios, unidos en lo bueno y en lo malo. 
Al segundo trago, o como mucho vigésimo-cuarto, apareció Sinatra cantando "That´s life". Nos quedamos embobados escuchándolo. Me sorprendió su paciencia con el ratón, conocida su hiperactividad, dejando que la canción terminara. Puede que influyera mi reacción: en algún momento me invadieron unas ganas irrefrenables de llorar, y vaya si lo hice: a chubascos, a riadas, a mares. Me miraba a sabiendas de que aquel caudal de lágrimas salido de vete a saber dónde obedecía a algo más que la emoción puramente musical. Con su sonrisa casi permanente, que no es un santo y tiene sus momentos, me preguntó:
-¿Qué te pasa?
No acertaba a responder. Solo lloraba.
-¿Demasiado alcohol?
Puede, pensé, pero tampoco contesté en voz alta.
Tragué tanta saliva como lágrimas había desalojado, y en el breve espacio que  mi ánimo me concedió generosamente, recité mi sermón de las siete palabras con intervalos nubosos.
-Sinatra era el favorito de mi padre.
Y seguí llorando, no hasta deshidratarme, porque lo estaba bastante. 
Germán me hizo una carantoña, quizá me diera un beso, o un apretón en el hombro, y volvió a sonreír como sólo lo hacen los tipos como él, a los que siempre tenemos en mente aunque pasen meses sin escuchar su voz, los que se ganan la amistad dando y pidiendo de forma natural, pero nunca exigiendo. Como mi padre. O como Sinatra. 

PD.- Después de colgar este texto homenaje a muchos, mi siempre amigo Juan Ignacio me recordó que tenía un cassette de Frank Sinatra que mi padre le regaló, y que lo había trillado de escucharlo en el coche, de Madrid para acá. Como Domínguez Ruano (de 727), pese a ser leonés, canta como si fuera inglés, creo que merece figurar, aunque sea en la posdata, en esta entrada, por compartir conmigo no sólo los gustos musicales y granjearse la amistad de mi padre, que lo apreciaba como a un hijo, sino muchas otras cosas, entre ellas un par de relojes que a mi padre le pareció que lucirían perfectamente en su muñeca. 
-Si se los vendo a un amigo, puedo verlos de vez en cuando y me parecerá que no han dejado, de algún modo, de ser míos.
Cosas de mi padre.