domingo, 31 de mayo de 2015

LOS DÍAS DESPUÉS

Supongo que todos andaríais demasiado atareados como para perder un rato en explicarme el efecto de un voto en blanco, aunque puede que muchos estuvierais igual de perdidos o indecisos que yo.  Al final terminé por votar después de un rato encerrado en la cabina, mirando papeletas, candidatos, (algunos en formaciones distintas a las de anteriores elecciones, quizá buscando perderse, despistar o provocar el voto útil, otros bajo siglas confusas). 
Por encima del resultado, resulta curiosa la interpretación de cada quién:
-Gobernarán los perdedores en alianza para derrocar a los ganadores.
-La democracia no es democrática (sic).
-¡Vaya h...!
-Si gana Ud, me voy del país (aún esperamos que cumpla su palabra).
-Seré alcalde hasta el día 15, digan lo que digan (desobediencia tras desobediencia).
-Me aliaré con quien haga falta para seguir siendo alcalde - alcaldesa (interpretación libre).
En fin, que nadie se siente perdedor. Peor para ellos... y para nosotros.


lunes, 11 de mayo de 2015

ELECCIONES

Cuando se acercan las elecciones es inevitable comentar las ¿diferentes? opciones de voto. Recuerdo haberme puesto en contacto por email con un partido para pedir que me aclarasen algunas dudas sobre su programa. Refiriéndose mis cuestiones a sus medidas en educación, el resultado fue descorazonador. El encargado de relaciones con la prensa tenía un manejo de la lengua española tan precario que desistí de acercarme a conocerlos a la sede, como fue su sugerencia. Mi comentario sobre la indefinición de su programa no le hizo mucha gracia, asegurándome que no lo había leído bien. Un par de cartas fueron suficientes para descartar esa opción.

Una de las preguntas más frecuentes versa sobre a quién favorece el voto en blanco, que no deja de ser otra posibilidad. A estas alturas, aún lo ignoro. Si alguno de los que leen este blog puede aclarármelo, le estaré muy agradecido.

Mientras tanto, os invito a que leáis "Ensayo sobre la lucidez" de Saramago. Se trata de una novela de ficción sobre un hipotético y generalizado voto en blanco. 

domingo, 19 de abril de 2015

¿PARA QUÉ SIRVE UNO?

Ahora que por cuestiones familiares ando enfrascado en tests de aptitud, me acuerdo de cuando era yo quien tenía que decidir eso de "¿qué quiero ser de mayor?". Como casi todo me llamaba la atención, excepto ser militar, el psicólogo del centro me preguntó en su despacho si había contestado sinceramente a los cuestionarios, a lo que respondí que sí. "Entonces, -sentenció- puedes estudiar lo que te dé la gana".
Descartada la carrera militar, por lo mal que llevo las órdenes por razón de jerarquía (que no implica razón), y con la prisa provocada por el escaso tiempo entre las notas de selectividad (de septiembre) y el fin del plazo de matrícula, caí por la facultad de derecho con la misma decisión que las hojas en otoño. Para marzo ya había desistido, así que mi vocación inventada no sobrevivió al invierno.
Al año siguiente, me atreví con la psicología, pero la aridez del Dr. Pinillos y la UNED, una prueba para espíritus solitarios y Robinsones del estudio, pudieron conmigo.
El servicio militar me convenció de mi falta de madera para llevar y soportar galones, así que mi paso por el cuartel fue incluso más breve que por la facultad de derecho.
Acerté a caer por la escuela de magisterio, aunque no puedo atribuirme el mérito, pues me llegó el consejo de mi profesora de música, la cual no pudo sacarme partido como pianista pero al menos me enseñó una forma alternativa de ganarme la vida de manera agradable.
Cuando nos hablan de aptitud, parecen decir que si estás dotado para la medicina, lo lógico es que seas médico. En mi caso, nadie (excepto el psicólogo) dudaba de mis habilidades innatas para la música. Muchos daban por sentado que haría una brillante (o por lo menos no mate) carrera como pianista. Craso error: aunque tocaba de oído con facilidad, no me gustaba especialmente estudiar el piano, y menos aún los horribles ejercicios de Hanon o Czerny. Así fui pasando de curso hasta llegar a la infranqueable barrera del séptimo, a la que me enfrenté sin convicción, o más bien convencido de que había tocado techo. Algunos de mis compañeros menos dotados consiguieron terminar los ocho años de piano gracias a las virtudes que yo no tenía: sacrificio, estudio, ganas, motivación... Pero ¿qué podía hacer yo, si me aburría tanto sentado en aquella banqueta incómoda? Acaso yo era un TDAH en aquellos tiempos en los que no se había acuñado el término y la pedagogía era mucho más precaria, y la taxonomía más directa: listos, tontos, currantes y vagos. Yo pertenecía a la peligrosa especie de listos vagos.
Ayer volvieron a invitarme mis amigos de "Fuera de la jaula", con el reclamo apetecible de un Steinway and sons D-274. Aunque su cordura contracorriente no necesita de mis intervenciones musicales, parece que les hace ilusión  sincera, Paco Alcántara mediante, contar conmigo cuando sacan su programa del estudio de Radio Nacional y aterrizan en escenarios con público. Lo único que no me gusta es tener la oportunidad de gozar con un gran cola de Steinway y que mis dedos no den para más. En otra ocasión, que digo yo que la habrá, voy a tirarme un farol: pediré que me dejen ensayar a solas unos días antes.  
PD.- Una vez pregunté a una amiga que escribía y daba cursos sobre estilo literario qué era el estilo. "Como cada uno escribe". Pues este es el mío.

sábado, 28 de marzo de 2015

DE CHARLA POR LAS ALTURAS



Se levanta uno tranquilo, con días por delante para ponerse en paz. Ocho horas de sueño. Silencio de sábado en el vecindario. Y lo que promete ser un día relajado, desayuno y ducha mediante, se convierte en marejadilla tirando a marejada, sin que nadie interfiera. Misterios.
Serán los efectos del eclipse.

viernes, 27 de marzo de 2015

LA 2: LA "CÁDENA CÚLTURAL"

No suelo pasar la tarde viendo la tele. Hoy me he saltado esa norma apenas durante unos minutos por culpa de un dolor de muelas. Como ya no sabía qué hacer ni dónde ponerme, he encendido el televisor, ese aditamento casi obligatorio del salón, al que hoy es imposible adornar con la gitana, el toro, la burbuja con nieve o la torre Eiffel. Como mucho, le cabe un pañito de ganchillo en forma de gusano. 
Hace dos semanas descubrí, tres años después de comprarlo a la fuerza, (cuando se estropeó mi viejo Sony Trinitron con culo), que el actual tiene un agujerito plano donde puedes pinchar un pendrive para ver películas, fotos, e incluso usarlo como ordenador, o eso me han dicho. 
Tras echar un vistazo al teletexto, mi canal favorito, he sintonizado La 2, que se presupone, y presume de, cadena cultural, justo cuando emitía un programa sobre ópera. 
El presentador y director es un tal Ramón Gener, un tipo simpático con una forma amena de transmitir su extensa sabiduría musical. Rossini, el italiano que nació un 29 de febrero (casi como yo), ocupaba la última parte. Las obras del bueno de Gioacchino, del que dicen que era un tío majete, aficionado al buen comer (comentan por ahí que los canelones  y el tournedó Rossini se llaman así en su honor, porque creó las recetas), son fácilmente digestibles. 
Parecía que mi dolor remitía, cuando Gener se puso a explicar junto a un señor que trabajaba los metales en un yunque, la diferencia entre dos sonidos. Pues bien, el presentador aludió a las teorías de Pitágoras y ahí se armó el lío. Aparte de ser incapaz de reproducir las notas que emitían dos martillos de diferente tamaño, dijo en tres ocasiones que la distancia entre dos notas se llama "intérvalo". Casi acierta. Un rato después, mientras acompañaba a una cantante, se refirió a  la pieza musical para solista como "la aria" (tratándose de un compositor italiano y no alemán, el error no me ofrecía dudas).
No sé si no habrá en España un presentador que, aparte de tocar el piano, sepa entonar las mismas notas que acaba de dar con su instrumento. Y ya de paso, de tratar con esmero la lengua castellana, sobre todo en La 2.
Vamos: que me duelen aún más las muelas.

lunes, 23 de marzo de 2015

PULSERITA

Hace unos días recibí un email. Por suerte, parece que ya se ha pasado esa moda de reenviar todo lo que llega sin siquiera mirarlo antes. Pero mi remitente lo filtra, creo. Y sigue fiel a sus amigos, que no es poco. Yo mismo he censurado o eliminado a quienes se quejaban  de mis correos, que por mi parte sólo eran muestra de que los tenía presentes. También a los que nunca mandaban nada ni hacían acuse de recibo. Ya sé que son malos tiempos para perder el tiempo. También sé que no me parece una pérdida (de apenas unos minutos semanales) intentar que mis amistades vean unas fotos bonitas, un power point o un vídeo divertido, aunque cada uno es libre de decidir si merece la pena abrirlo.
El email en cuestión trataba sobre cacharritos útiles, tales como drones, tabletas, móviles con cámara, cámaras con móvil, y otros gadgets, con el título "Lo que se ha inventado y lo que no, pero debería", más o menos. Se lo reenvié al director de la revista "Gadget", un tío muy simpático al que acudí hace dos años, cuando le pedí consejo para comprarme una cámara de fotos. Pese a ser una persona ocupada, se tomó la molestia de contestar a mis correos, breve pero amablemente, y también al último, del que opinaba que era real y ficticio a la vez, añadiendo que algunos de los aparatos no tardarían en aparecer, y otros eran bastante creíbles como para inventarse. Me acordé de las películas de James Bond, un ejemplo de que la ciencia - ficción no lo es tanto.
El viernes me regalaron una pulsera de goma que mide la actividad e incluso la inactividad (basta con apretar un botón al acostarse, es decir, al ir a dormir, que no es lo mismo). Mi hermano, muy aficionado a la tecnología china (si es que hay algo que no se haga en china, aunque no lo declare el fabricante, tenga o no manzanas), me había dado otra la semana pasada, pero resultó ser incompatible con mi teléfono móvil, que es muy antiguo, porque va a cumplir tres años, así que se tomó como algo personal encontrar uno compatible no sólo con mi terminal sino conmigo, que es como decir, con la sencillez y la vagancia unidas.
(No puedo entender, o sí puedo, pero me jode, que los fabricantes nos vendan avances como la duración de la batería, que de sobra tienen resuelta, por más que cada seis meses anuncien descubrimientos con mayor autonomía. Imagino las risas se sus ingenieros, que tienen diseñadas baterías infinitas desde hace años, pero las mantienen guardadas, por esa bobada de "vender de a poquitos". Aún espero en change.org una petición para desempolvar nuestros viejos Nokia sin wassap, esos que duraban semanas sin recarga).
Así que desde el viernes sé las calorías que consumo, los pasos que ando y su equivalente en metros. En cuanto consiga bajarme la aplicación para el ordenador, que tampoco será fácil porque mi sistema operativo es aún más viejo que mi teléfono, me enteraré de mi involución. Lo que más deseo es echar un vistazo al informe sobre mi actividad nocturna: he tenido unos sueños "divertidos" y me gustaría verlos de nuevo aunque, no sé por qué, me da que el aparato este no graba vídeos.


domingo, 15 de marzo de 2015

SINFONÍA DE LA SORPRESA

Cuentan de Haydn, el músico austriaco del clasicismo (me consta que los alemanes consideran a Mozart compatriota, por esas cosas temporales de la política, las anexiones y los tratados que se me escapan por mi alergia al estudio de la historia, aunque desconozco su opinión al respecto sobre papá Haydn) que compuso la sinfonía 94 un día que amaneció con ganas de juerga reivindicativa. Por lo leído, que no visto, las damas de la alcurnia, londinense en este caso, aprovechaban los conciertos de media tarde para echar una cabezada, que ya son ganas de programar el evento social (más que cultural, si una cosa no llevaba a la otra, no sólo antaño sino hogaño) a la hora de la hispánica y exportable siesta (puede que Carlos primero-quinto dejara su poso pseudo español sin darse cuenta, puesto que apenas hablaba castellano, excepto los consabidos exabruptos contra el rey de Francia, enemiga secular mucho antes de la Eurocopa de 1984 y su épico poema "la cantada de Arconada"). Joseph, un tipo simpático y bastante amigo de tocar los bemoles, pergeñó (me salta el autocorrector, vaya usted a saber por qué) su pequeña venganza musical, que no fue la única -véase  "Les adieux"- dando un toquecillo de atención a las nobles desatentas  con un inesperado fortísimo al final del primer período, desarrollo o frase musical (para entendernos, aun no siendo sinónimos). El caso es que no se conoce infarto o angina de pecho, chistes machistas aparte, entre las asistentes al acto, que celebraron la ocurrencia pidiendo un bis, costumbre que hoy en día se considera de buen gusto y además abarata la ratio "precio/minuto", como unas adelantadas a su tiempo mucho antes de la aparición de la telefonía móvil. 
También cuentan que Mozart padre, don Leopoldo, compartió durante siglos autoría con Haydn de la sinfonía de los juguetes,  no por su culpa, sino de los historiadores, pero no viene al caso, aunque lo deje como apunte para investigadores irredentos, si es que aún quedan (en España, lo dudo).
Este prefacio sirve como introito para expresar mi sorpresa ante el inesperado número de lectores que ayer, según dice el contador de visitantes que "blogger" pone a disposición de los aspirantes a escritor, tropezaron por casualidad con mi cuaderno de bitácora. Una media apenas sostenida de veinte navegantes diarios se vio  inopinadamente incrementada a casi cien a lo largo del viernes pasado, y ascendió como tsunami a más de seiscientos ayer mismo. Ignoro qué parámetros, algoritmos, variables o grupos de control rigen semejante contabilidad, y la achaco a veleidades diversas.
Lo cierto es que mi indiscutible vanidad (también aspiro a convertirme en escritor, ¿quién que publique aquí no?) se ha visto alterada y sobrepasada. Agradezco sinceramente su interés a mis ocasionales lectores, y les invito a (ruego) que compartan el enlace con sus amistades si creen que lo merezco.  
PD.- Aún hay hueco para seguidores, con treinta y cuatro no podríamos jugar ni unas semifinales...