martes, 25 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD

Este es un pequeño inciso (no contuso) para desear felicidad a todo el mundo, aunque sólo les llegue a los pocos que me lean. De paso adelanto que, si el relato anterior sigue su curso, que lo seguirá, me veré obligado a que este cuaderno aparezca como "sólo apto para mayores" y el consiguiente "acepto" previo, o quizá funde uno nuevo para los relatos y deje este como estaba hasta ahora. Se admiten sugerencias.
Lo dicho: Feliz navidad.

martes, 18 de diciembre de 2012

...? IIII


Había salido de casa a las nueve en punto, llegado a "El Castillo", la churrería chocolatería, a y diez, y vuelto a la calle un cuarto de hora después. Procuraba, en el súmmum de la manía, acomodar los horarios a intervalos de cinco para recordarlos mejor, aunque me tocase esperar o dejar pasar un taxi, o que me adelantaran tres personas en la cola del supermercado. Había ajustado los parámetros de mi cámara a la puerta del bar, lo cual arrojaba unos cincuenta minutos (no podía prever la entrada en escena de terceras personas) hasta la comprobación del contenido de mi tarjeta de memoria por parte de la fotógrafa en paro. Volví al menú de inicio y, repasando el de favoritos, mi pantalla acabó por confesar: blanco y negro, saturación +1, flash desactivado, estabilizador de imagen OFF... temporizador a un disparo por minuto. Entrecerré los ojos, un gesto cuya utilidad para concentrarse es indiscutible, y concluí  que si se había marchado a las diez y cinco, salía ¡a una foto por minuto! Por lo visto, una función desconocida por mí hasta ese instante había conseguido unos encuadres y desenfoques inverosímiles, justo lo que había llamado la atención de mi amiga en ciernes. Mientras yo la buscaba entre árboles, mi cámara colgada del cuello se había encargado de hacerlo todo, diríase que a la chita callando. Estuve tentado de besarla en todo el teleobjetivo, pero me abstuve. Repasé las fotos  con calma, una vez desfecho el entuerto, y al cabo vi aparecer a la mujer de mis sueños con un alegre vestido primaveral, floreado y con ligero vuelo, que mostraba un generoso porcentaje de sus piernas, sus brazos enteros y un canalillo anunciador de senos generosos, o quizá no tanto, y ello coronado por el semblante más relajado y sonriente que un mirón pudiera esperar del objeto de su deseo.

domingo, 16 de diciembre de 2012

...? III


Creo que estaba ciertamente extrañada de verme cada sábado, e incluso me atrevería a decir que molesta, sospecha que se hizo realidad cuando aquella mañana de primavera se dirigió hacia mí, desafiante y sudorosa, y me preguntó si podía enseñarle mis fotos. Tardé unos segundos en reaccionar, golpeado por su voz, en la que  había un poso ronco del esfuerzo, acunado por el tenue olor a sudor envuelto en un perfume de rosas que reconocí de inmediato y paralizado por su mirada amenazante. Le ofrecí mi cámara en son de paz, pero casi me la arrancó de las manos, supongo que para asegurarse de que no borraba nada, y con una destreza inesperada se puso a escrutar mis capturas. Noté cómo le cambiaba la expresión, que se fue suavizando con cada foto, hasta detenerse en una que acabó por desarmarla y convencerla de que ella no era el objetivo de mi objetivo. Volvió la pantalla hacia mí para mostrarme su elección, pero chocó con mi cara, que había pasado del susto a la indignación.
-Perdona, no quería ofenderte, pero pensé que eras uno de esos cerdos que merodean por el parque.
Si yo no había pasado a engrosar la lista de cerdos merodeadores era simplemente por cobardía. Me habría encantado fotografiarla, pero no me atrevía. Me tomé unos segundos para recomponer el gesto, y decidí adoptar uno de dignidad herida, que tenía muy ensayado de mis años mozos y mis frecuentes calabazas. 
-Haces unas fotos preciosas, -continuó, a modo de cumplido y disculpa,- y lo sé bien porque soy fotógrafa. En paro, eso sí. 
Inspiré profundamente, y el aire templado que la rodeaba entró con su fragancia hasta el fondo. Me encantó respirarla, retenerla y expulsarla lentamente con mis palabras:
-Seguro que podrías ayudarme a mejorar. Sólo soy un aficionado.
Se mostró súbitamente confiada (mi cara de buen chico me ayuda) y sus siguientes palabras sonaron mejor que la voz de los niños de San Ildefonso cantando el premio gordo de la lotería (siempre que uno tenga todas las series de ese número).
-Si no tienes nada que hacer, quedamos aquí dentro de una hora, en lo que voy a casa y me arreglo.
Es muy probable que se me descolgara la mandíbula, cayera la baba o algún descuido semejante, pero lo que fuera que me sucedió hizo que se riera, y a fe mía que muchas cantantes profesionales no entonaban mejor, re - do - la - sol, cuatro notas descendentes limpísimas y afinadas al límite, en un "perdendosi" divino, que enmarcaba su figura a contraluz y daba por hecha su vuelta en sesenta minutos.
Y exactamente fueron sesenta minutos los que padecí de espera en el mismo banco, aspirando su aroma, de algo tiene que servir mi nariz griega, y revisando mis fotos, porque caí en la cuenta de que no había hecho ninguna esa mañana y la tarjeta tendría que estar limpia, pues era inamovible mi costumbre de vaciarla en el ordenador tras cada sesión. Sin embargo, por alguna suerte de encantamiento que achaqué a un conjuro mal hecho, de tantos como recitaba los viernes para evitar el mal tiempo, mi cámara tenía más de cuarenta fotos en la memoria. Fui observándolas una a una, despacio, más alelado aún que cuando la trotona me retó, y no encontré explicación al hecho mágico de que sin haber pulsado el botón de disparo una sola vez, allí hubiera tantas fotos, algunas de incuestionable belleza, reconozco humildemente. Miré el reloj, gesto que suelo repetir compulsivamente a lo largo del día, contrario a los consejos de mi psicóloga y sus teorías del slow down para pacientes hiperactivos, y vi que eran las diez y diez. 




sábado, 15 de diciembre de 2012

...? II


El viernes por la noche era el momento de convertirme en meteorólogo, y si la previsión no resultaba favorable, en hechicero, brujo o chamán, o quienquiera que se encargue de conjurar los malos augurios de la atmósfera. Me vi odiando a Minerva Piquero, Mario Picazo o una mujer cuyo embarazo seguí, que daba el tiempo en la 1, cuando anunciaban vientos racheados, chubascos matutinos o tormentas, lo que significaba que mi corredora no saldría, o lo haría demasiado vestida, toda vez que yo había comprobado los soberbios efectos físicos de la carrera continua. Compré un  manual antiguo con todas las rogativas habidas para alejar las nubes, cosa que molestaría a mis amistades nefelibatas, pero que me complacía por los disfrutes venideros. Indagué en los anaqueles de mi hogar materno, por ver si los indios piel roja, de los que mi padre era romántico admirador, (tanto daba la tribu, apaches, siouxes, cheyenes, arapahoes, comanches, cherokees, pies negros, navajos o chiricahuas)  me guiaban en mi propósito de evitar las lluvias, siendo expertos  en provocarlas con cánticos y danzas. Y al despertar el sábado por la mañana, lo primero era levantar la vista desde mi cama para comprobar que el tiempo era benigno, habiendo cambiado mi costumbre de dormir a oscuras por la de hacerlo con la persiana levantada. Mi ánimo se contagiaba de las veleidades del barómetro, que también rescaté de la casa familiar, y cuyo manejo había aprendido a fuerza de observar a mi padre en los días previos a una jornada de pesca. En fin, la motivación me empujaba a semejante comportamiento neurótico que, por suerte, no era público hasta la hora de salir. Entonces me dirigía hacia el parque, desayunaba a mitad de camino, y luego comenzaba mi rutina de fotógrafo distraído, que se tornaba en voyeur atento cuando ella aparecía con su trotar redondo, y mal disimulado al empezar sus estiramientos siempre en el mismo banco. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

¿MOTIVACIÓN EXTRÍNSECA O INTRÍNSECA? I



Dizque serían las nueve de la mañana sabatina. Mi primera intención fue mejor que buena: pasear temprano antes del despertar de los coches, desayunar churros con chocolate o café, y llenar los pulmones de aire tan puro como pueda generar un parque ubicado en medio de la ciudad. Era un algo de diciembre, meseteño y cruel, húmedo y resbaloso. Salí de casa una hora antes del hecho que excusa este relato, gorro, guantes, bufanda, botas y cámara mediante. A veces sucede que el tiempo es aliado de la fotografía y no hay mejor socio que la casualidad. Alérgico como soy a los manuales de instrucciones, seleccioné una configuración para niebla o día frío o yo qué sé, y a ratitos iba sacando la cámara del bolsillo de mi abrigo, disparaba rápidamente y la guardaba antes de la congelación de máquina y maquinista. Pavos, ardillas, patos, gansos, ocas y cisnes no se habían desperezado aún, por lo que me consolaba con bichos menos fotogénicos como aviones, vencejos y golondrinas, si es que en invierno siguen por aquí, aunque excuso mi indocumentación porque ni soy fotógrafo ni menos ornitólogo. 

Y a las nueve y media en el reloj de Filipinos, que significa aproximadamente, mientras me entretenía echando un vistazo a las pocas fotos que había sacado, me adelantó una mujer vestida con ropa de deporte, de la que tiene propiedades antisudoríparas, antiinflamatorias y me atrevería a decir que anticonceptivas, al menos en invierno. Unos metros más adelante, se detuvo en un banco, comenzó una serie de estiramientos y se marchó tranquilamente, caminando satisfecha diez minutos después.

Esperé ansioso la llegada del sábado siguiente, aún más frío, más triste y nublado, y mi anhelada corredora solitaria tardó en llegar, supuse que la pereza la habría mantenido un rato más en la cama, pero acabó por aparecer, más abrigada y antilujuriosa si cabe. De hecho me costó reconocerla, porque no había una parte de su piel expuesta al aire afilado y prenavideño. Repitió su rutina y se alejó a paso ligero, con mis ojos siguiendo su estela de transpiración vaporosa deglutida por la niebla.

Pasaron los sábados, las brumas, las heladas, ese muestrario inhóspito de mi tierra, y semana a semana fui fiel a mi cita con el parque, la fotografía y la corredora, que al llegar la primavera se había ido despojando de prendas incómodas para ambos, aunque por diferentes motivos. Y el milagro sucedió: la ropa de correr dejó de parecerme antilijuriosa y anticonceptiva. 



jueves, 6 de diciembre de 2012

LA CÁMARA PERFECTA

Desde el advenimiento de la fotografía digital, allá por los albores del XXI, sólo he poseído un par de cámaras, la primera pagada a precio de gin-tonic de "yiváin" (algún día hablaré sobre la más cursi que real pronunciación de G-vine, que encima ni es ginebra por no proceder del destilado de cereales) con fever tree (fibertrí) en copa de balón, profusión de aromas, especias y frutas en promiscua actitud, en local madrileño de moda. Cuando adquirí la IXUS 400 me creí a la vez comprador de un razonable porcentaje de acciones de la compañía Canon. Por seiscientos euros de 2004 te hacías con cuatro megapícseles, un zoom menos efectivo  que estirar el cuello y una pantalla como un sello de correos. Cuatro años y una avería más tarde, que gracias a Dios (y a un aviso de mi cántabro amigo Raúl, que me ganaba por la mano en fotografía y acreditación B2, y puede que en más cosas) cubrió la garantía, renové mi flota con otro modelo de la misma marca. Cuando lo llevé a una excursión, él ya tenía otra pieza con nosecuántos millones de píxels (acabo aprendiendo), sensor de nosecuántos milímetros (eso del sistema métrico ya lo sabía de antes) y pantalla  de nosecuántas pulgadas (sigue atragantándoseme el sistema anglosajón). No me puede el afán competitivo, sabedor de mis muchas limitaciones en todos los campos, y de mi hereditaria por vía paterna vagancia en el arte de profundizar, sino el ansia por aprender, y es por ello que pregunto como un neonato hasta el aburrimiento (ajeno, claro). Por eso, presto a la mejora de mi equipo fotográfico, me he enfrascado o empeñado en encontrar la cámara perfecta antes de dar el paso. Bien es sabido que lo mejor siempre está por llegar, pero se pueden dar saltitos intermedios mientras viene el súmmum de lo que sea. Así que empecé a investigar en internet, revistas, catálogos, e incluso me atreví a preguntar al director de la revista Gadget foto (entre otros gadget "cosa") su opinión. Descubrí sin esperarlo que sensor, zoom, diafragma, más megapíxels, velocidad de obturación, cuadros por segundo, HD, GPS (geolocalizador en una cámara, no puedo creerlo, ¿puede saberse desde dónde saco una foto a las del bikini minimalista?), wi-fi, 3D, slow motion, y cagoenlaleche eran lo last de lo last. 
Hoy, festividad de San Constitución, todavía no he sido capaz de decidirme. Y apenas ha pasado un año desde que empecé a cambiar de cámara.

domingo, 2 de diciembre de 2012

¿POST? VAMOS, ANDA...

Mi buen amigo Fernando, no FER14, sino ff, me sugiere una lista de palabras alternativas a la odiada por innecesariamente importada "post":
apunte, 
anotación, 
nota,
entrada,
mensaje,
artículo, 
brevete,
comentario, 
glosa,
aviso, 
inscripción,
apostilla,
asiento.....
Lo cual publico a mayor gloria del vasto vocabulario de ff, a quien secretamente (hasta ahora) envidio como fotógrafo, diseñador y bon vivant. 

Ya metidos en faena, aprovecharé mis extrañas costumbres nocturnas o noctámbulas (ilumíname, ff) para apologizar sobre la amistad, la cultivada y la sobrevenida, como es el caso, extraída inopinadamente de otra amistad, la del sinfonista mencionado en la glosa anterior, a quienes Dios guarde en vida muchos años. Y a sus benditas acompañantes, claro.