viernes, 24 de febrero de 2012

SLAVES TO THE WEATHER



Apart from making me spend a couple of minutes on deciding what to wear, I feel really happy and excited when walking in the rain, listening to my favourite songs on my ipod and taking some photographs. There is something fascinating in doing so, a sort of mysterious attraction for the ability of water to exalt me. When I get back home, soaking wet, I like having a relaxing shower. Rainy days make me sensitive to everything around, so that is the weather I prefer and start to create music or think of something to be written. I really love water. But personally, I would think of the world as a perfect place if it rained gin and tonic. Or even vodka and martini, but shaken, not stirred.

sábado, 14 de enero de 2012

CUMPLEAÑOS FELIZ

Ayer por la noche cené con unos amigos. Para ser más exacto, eran algunos de mis amigos, no unos cualquiera. El motivo era el cincuentenario de uno de ellos, así que le preparamos, como bien exclamó al ver el grupo de inesperados invitados, una encerrona formada por compañeros de carrera, de piso de solteros desplazados, de coro y de grupo rockero. Creo que soy el que más categorías ha compartido con el homenajeado, en concreto las tres últimas, por no mencionar la de ex-cuñados, que tampoco es moco de pavo. Y la de artistas vagos.
Aparte de los regalos con cariño, reminiscencias y un poquito del imprescindible veneno que todo lo anima, y de la cena cántabro-atlántica, porque Burgos y Mondoñedo son una, como Cantabria, León y Castilla, me encantó ver su cara de sorpresa al ver las de quienes hemos ido siendo parte de su vida, que es como se escriben las historias personales, esas que el IRPF y la prima de riesgo no podrán trastocar nunca.
Tengo la suerte de contar con amigos generosos que me han perdonado mis excesos verbales, porque me aceptan con mi bocaza cargada de postas, y saben que profeso por ellos un amor sincero y perdurable.
Por primera vez en varios años me he juntado, sin óbito mediante, con unos cuantos de mis mejores amigos. Y creo que a partir de hoy voy a celebrar no sólo que cumplo años, sino que es viernes, jueves o martes; que hoy no me duelen los riñones; que he salvado los muebles un mes más, o lo que es lo mismo: que sigo vivo y con ganas de daros un abrazo. A todos los de anoche y a los que aún no he convocado para la siguiente cena: cantantes, rockeros, estudiantes: os quiero.

martes, 10 de enero de 2012

LA AVENTURA DE LA ESCRITURA

De un tiempo a esta parte me he propuesto volver a escribir, no me refiero al blog, sino a algo más largo y continuo. Aparte de muchos relatos breves, a ojo, calculo que tendré más de treinta novelas que no han pasado de conato, la más larga de las cuales alcanzó la cifra de 135 páginas hasta que encontré un descanso en el texto que, sin ser definitivo, me hizo bajar la guardia. Cierto es que coincidió el receso con un hecho personal que me aflojó la pluma, pero eso me lo guardo para mí y otra persona que se sentirá aludida si, como creo y espero, sigue leyendo mi "guaderno" en la clandestinidad.
El caso es que antes de reemprender la tarea escribiente me ha dado por leer no sólo novelas sino críticas literarias, oficiales y de las otras, que las hay a mares, por hacerme una idea de lo que se cuece, vamos. Y heme aquí desorientado, porque no sé si aventurarme como hacen muchos, con lo que de atrevimiento tiene, o dedicarme al macramé o los bolillos, para los que no tardaría en encontrar maestra de categoría.
Las críticas que me han hecho temblar son tan variadas que me impiden encontrar un asidero como punto de partida: gramática, vocabulario, estilo, desarrollos, temática, y qué sé yo, son escrutados por los profesionales en cada libro que cae en sus manos de forma que no hay obra que escape al cincel despiadado. No estoy diciendo que esas críticas se las hayan hecho a ninguna obra mía, sino algo peor: incluso los escritores consagrados, no sé si por los lectores, la publicidad, las editoriales o ellos mismos, son presa de la hoguera en la que arden todas las vanidades. Una sola vez sometí un relato a juicio profesional, y la persona fue amable hasta el punto de hacerme creer que si no fuera porque mi apellido es tan común que no lo reconocería nadie, hasta me podría dedicar a escribir. Todo lo que impedía la publicación en una editorial muy conocida de la que ella era jefa de un departamento que no recuerdo consistía en "exceso de fondo editorial". No satisfecho por su dictamen, insistí en ser criticado con más dureza, a lo que la mujer accedió, indicándome la poca idoneidad de mi vocabulario para un público infantil. Realmente ella no entendió que mi cuento estaba destinado a adultos ni se tomó la molestia de pasárselo a su colega del departamento de mayores. Pese a todo alabó algunas de las que ella consideraba virtudes.
Cuando era más joven le pregunté a una mujer que se declaró escritora cómo se hacía para forjar un estilo propio. Ella me respondió que eso era lo único que no se podía ahormar, porque entonces uno escribiría como lo que no es.
Así pues, he decidido que voy a escribir como sé, como me dé la gana y como me salga.

martes, 20 de diciembre de 2011

ESMEREJÓN







Eran casi las once de la mañana cuando me avisaron de que había un pájaro raro, "un búho", decían unos, "un águila", gritaban otros, en el patio. Cuando pude hacerme hueco entre el corro de chavales vi, en efecto, un ave pequeña y asustada, que probablemente creería que la rodeaban hordas de depredadores a punto de devorarla. Con más miedo que otra cosa la cogí entre mis manos y al segundo intento de picotazo decidió que no era un lugar seguro y salió volando. Su huida no duró más de cincuenta metros, y ni siquiera fue capaz de sobrepasar la valla que la separaba del río. Se quedó acurrucada entre un murete de ladrillo y una verja, a esperar qué le deparaba el fin de diciembre. Por suerte recordé que mi amigo José Manuel trabaja en el centro de recuperación de animales salvajes, así que llamé por teléfono y al poco apareció él con una red y una caja. No hubo necesidad de usar más que la caja, porque el pobre esmerejón, o halcón palomero si lo traducimos del latín, tenía apenas fuerzas para lanzar algún picotazo defensivo. Los chavales aplaudieron después de que José les explicara algunas cosas sobre el pajarito y quedó en curarlo, o mejor dicho, alimentarlo, porque por fortuna no tenía nada roto, hasta que recuperase fuerzas para continuar su vuelo hacia donde quiera que piense pasar las navidades. Lo mejor, aparte de la salvación de lo que yo creía un cernícalo al que ya habíamos bautizado como "Cerni" mientras llegaba mi amigo, fue el reencuentro y los abrazos, porque el Gubias y yo fuimos uña y carne durante unos años, pero la vida, las novias luego esposas, los hijos y los trabajos nos fueron reubicando. Así que hoy se ha producido la doble alegría por el esmerejón y por mi amigo, que siempre fue, como yo, más bien ganso.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Limpiabotas


Paseaba por la acera de San Francisco, después de las clases de la tarde, cuando los estudiantes íbamos en jornada partida, mucho antes de ser descaradamente modernos y sigloveintiuneros, haciendo tiempo hasta que mi novia saliese de las suyas, que se demoraban por culpa de su poco interés en aprender nada que no fuera ligado a cómo ganar dinero sin hincarla, vivir del cuento o a expensas de otro (no diré la palabra clave, pero a escasas fechas de las elecciones está en la mente de todos). Diré, y no en mi descargo, que siempre tuve un imán para este tipo de mujeres aficionadas al dolce far niente, lo cual no me deja en buen lugar. Por suerte el destino no me castigó con una de ellas para los restos, y por alguna razón ligada a la fortuna, los hados o la casualidad, al pasar los treinta se deshizo el sortilegio, para alegría de todos (menos de ellas, a quien Dios tenga alejadas de mí). Paseaba, decía, sin prisa, saboreando un cigarrillo, cuando un limpiabotas me llamó la atención:
-Chaval, ¿tienes fuego?
Busqué en los bolsillos, pero me di cuenta de que no llevaba chisquero, mechero ni encendedor, ni unas humildes cerillas, así que extendí mi mano con el cigarrillo para que el hombre aprovechara las brasas en un boca a boca tabaquil o cigarril. Dio un par de caladas, para asegurarse de que el trasvase estaba hecho, me devolvió mi pitillo y con una sonrisa que yo juzgué franca, me dijo:
-Gracias, chico. Te voy a limpiar los zapatos por ser tan majete.
Antes de que yo pudiera asentir, no digo ya negarme, calzó un par de cartas, naipes de los de Fournier, entre uno de mis zapatos y su respectivo calcetín, para no mancharlo cuando pusiera en marcha el motor a reacción en que acabó convirtiéndose el cepillo, que primero en seco para desempolvar aquellos zapatos que servían para diario, domingo, fútbol, baloncesto, playa o montaña, tan lejanos de los de hoy, tan especializados como un abogado estadounidense, y luego untado de betún, fue dando lustre a la piel, si no era aquello que llamábamos "material", hasta ponerla casi a la altura de un espejo, a falta del último toque de gamuza que acababa por sacar más brillos que el palacio de Versalles. A punto de terminar el trabajo, me preguntó:
-¿Cuánto vas a pagarme?
Tragué saliva. Si tenía algún dinero en el bolsillo no estaba destinado a limpiarme los zapatos, así que le contesté con sinceridad, candidez, idiotez o alguna virtud mansurrona:
-Pensaba que usted me lo regalaba por haberle dado fuego.
El hombre me miró, más con desprecio que desafío, y mientras retiraba los naipes de mis tobillos me respondió:
-Venga, chaval, a ver si te crees que yo trabajo de gorra.
Dicho lo cual apartó mi pie de un golpe seco, recogió su mueble - soporte y me dejó a mi suerte, abandonado a la burla de quienes me vieran.
Pasado el susto, pues bien pensé que aquel hombre me daría por lo menos un par de pescozones, me encontré con mi novia, a la que relaté el incidente mientras nos dirigíamos a algún bar con zona para besadores compulsivos donde, entre ósculo y ósculo, no pude dejar de mirar de reojo mis zapatos desiguales.

La foto es prestada de internet, pero no puedo citar la fuente, y tampoco creo que haga falta.

jueves, 22 de septiembre de 2011

FIDELIDAD



Mi padre fue un hombre fiel: a mi madre, a su empresa, a sus marcas, a sus costumbres y a sus comidas. Usó carretes y cañas de pesca ABU o Hardy, coches SEAT, cámaras Nikon y relojes Omega como tope de su gama, aunque admiró a distancia las Leica, los Patek Philippe y los BMW. Pescó y gozó en los ríos palentinos y leoneses, fotografió a su familia hasta la extenuación (de esta) y recorrió kilómetros de comarcales vallisoletanas en sus 1430, 1500 y 132, a los que tuneó discretamente con alguna pegatina reflectante y gomas protectoras de puertas. Muchas veces le acompañábamos de viaje, y recuerdo esperas durante horas de música (otra de sus aficiones) en el coche de turno, con los ocho pistas de Trini Santos y Burt Bacharach, James Last y alguna frivolité clásica, que servían de fondo a mis lecturas escolares de lecciones y apuntes o más maduras de Delibes, Twain o Álvaro de Laiglesia.
En lo culinario mantuvo el mito de que era "de poco comer", pese a que siempre lo hacía con apetito y una exquisita limpieza compartida con mi madre, que aprendimos sus hijos. Había visitas obligadas a Arévalo, al restaurante Goya, donde la familia entera daba cuenta de algún cochinillo asado con ensalada; a bodegas de tortilla y clarete, donde el pan sobrante servía de postre ya de regreso en el coche; al Lope de Vega, "especialidad en croquetas de huevo" y al Rustia, un bar que se encontraba muy cerca de la playa de las Moreras, cuyo dueño servía unas cañas de Mahou como si fuera madrileño para acompañar sus sardinas con cebolla, que hoy llamaríamos marinadas pero entonces se decían en vinagre. En casa le encantaban los huevos fritos con puntillas y patatas redondas que hacía mi madre, y en mis últimos años en la casa familiar los acompañaba con vinos de marca, entre los que su preferido era el Mauro.
Como el 25 es su cumple, me he permitido hacerle su plato favorito, con un vinito de Rioja que tenía por aquí y pan de riche. Buen provecho, papá. Y un beso.

sábado, 27 de agosto de 2011

DE BIEN NACIDOS...


...es ser agradecidos. Como hoy es viernes (comencé a escribir un jueves de hace semanas, pero aparqué este texto), o sea, como es un día cualquiera, sirve para decir lo que me apetezca. Y lo que quiero es pagar una deuda contraída hace escasamente treinta y cinco años, que no es nada, qué feliz la mirada. Música, maestro.
Acertó a aparecer un día cualquiera, que luego no lo fue, la persona que descubrió mi talento musical, que aunque suene presuntuoso resulta incuestionable. Otra cosa distinta sería hablar de los resultados obtenidos, directamente achacables a mi falta de método y disciplina. Pero no estoy hablando de eso, sino rindiendo cuentas a mi profesor de música del colegio, Luis Cantalapiedra, que poseía un ojo certero y un oído sensible. De las aulas en las que impartió clases, y del coro y orquesta que dirigía, salieron muchos músicos profesionales, entre directores de orquesta, pianistas, cantantes, bateristas, bajistas, guitarristas, y resto de "istas" adscritos a la música. Y entre todos ellos, yo mismo. No podría imaginarme mi vida sin relación con la música, y por ese motivo quiero usar mi blog para agradecerle su sabio primer consejo, sus lecciones y su amistad. Aunque hace tres años que no nos vemos, recuerdo que en esa última ocasión, me saludó efusivamente y recordó mi nombre y dos apellidos... veinticinco años después de mi salida del colegio. También recuerdo cómo intercedió ante mi padre para que me dejara ir de excursión, y el día que vino a casa para estrenar mi piano.
Ahora que me dedico a la docencia, de música, a Dios gracias, compruebo la importancia de un buen profesor y me acuerdo con mucha frecuencia de Luis, al que le debía muchas por su implicación profesional y humana en mi formación. Y con este escrito sólo quiero pagarle una pequeña parte.