sábado, 2 de abril de 2011

A VECES LLEGABAN CARTAS

Si algo echo de menos en estos tiempos que corren que vuelan es escribir y recibir cartas, pero de las de folio y sobre de adhesivo y saliva. La última chupada, en forma de línea quebrada, me sabía a orina de diabético, como a pis dulce, y sellaba el secreto que sería desvelado, Correos mediante, unos tres días después. Comencé a los diez años a cartearme con niñas y mi primera relación epistolar fue con una galesa, Cheryl, que salió de eso que entonces llamamos mailing list en inglés y ahora se llama así en todos los idiomas, gracias a D. Darío, un señor muy moderno allá por 1975, que nos procuró a los de la clase de los listos una amiga para mejorar nuestra gramática. La buena de Cheryl tuvo a bien enviarme una foto que aún conservo, con una camisa rosa asomando bajo un jersey rojo, su sonrisa de pose y un flequillo inclinado. A las pocas semanas de carteo ella se esforzó por hacerme saber que era una niña, remarcando el Miss delante de su nombre, como respuesta a mi osadía e impericia por tratarla como chico. Por entonces yo no había reparado en que había una caligrafía femenina, redonda y rítmica, y otra masculina, más atolondrada y picuda, como el hombre mismo. Ella me contaba su vida en Gales, las hazañas diarias de ir al colegio, y otras más como montar a caballo y nadar, que para mí, muchacho más bien corriente y de provincias, eran algo magnífico, acentuado por sus dibujos explicativos. Supongo que nos aburrimos y dejamos de escribirnos. Pero conservo sus cartas.
Miss Andrews me estrenó en lo epistolar, pero fueron muchas las que me convirtieron en escritor compulsivo e hicieron que destinase las pocas pesetas que caían en mis manos a comprar sellos, si bien mi padre contribuía con su arsenal guardado en la cartera a solidificar mis relaciones. Luisa, a la que conocí en un certamen escolar de grupos de música o teatro celebrado en Madrid, y a la que amé más dolorosa que gozosamente desde las profundidades de mi alma, fue sin duda la persona que más cartas obtuvo de mi pluma, si bien la reciprocidad siempre fue ley entre nosotros, hasta que me traicionó echándose un novio y nuestra amistad se resquebrajó. Que ella tuviera once años y yo trece al comienzo de nuestro amor (o al menos mío, de eso doy fe) no significaba nada. Incluso en ocasiones la vi como madre de mis hijos, de cinco niños preciosos que culminarían una historia de película. Pero los hechos insistieron en ir por otros caminos y tuve que asumirlo entre lágrimas de adolescente, que son igual de saladas que las de niño o de adulto. Ahora ella es una mujer guapísima, felizmente casada y madre de una niña tan guapa como ella, cosa que sé porque soy más pesado que un CD de chill out y conseguí su dirección de correo electrónico el año pasado. Eso es lo bueno de estos tiempos.

jueves, 10 de marzo de 2011

CARNAVALES


No siempre se puede lo que se quiere, sobre todo cuando la economía doméstica manda, nada de grandes transacciones empresariales, sino la de todos los días. Por ese motivo tuve que quedarme en casa, con pena y ganas de ir a Florencia, donde estuvieron algunos de mis compañeros de trabajo. Mientras ellos se empapaban de Miguel Ángel , Galerías de los Uffizi y la Academia, y demás monumentos gloriosos, y disfrutaban de la vista del Arno desde el ponte Vecchio, yo me conformaba con una exposición municipal sobre el Valladolid antiguo, un paseo a la orilla del Pisuerga, que tampoco es mal río, aunque lo tenga muy visto, y unas compras por el casco antiguo de mi ciudad, que es lo que probablemente haría un florentino de visita por aquí.
Reconozco que me estuve acordando durante los cinco días, y hasta llegué a imaginarme y casi verme entre ellos, contemplando el David o admirando la catedral de Santa María del Fiore. En fin, una oportunidad perdida.
Sin embargo, el miércoles, a la vuelta, algunos de los viajeros me sorprendieron gratamente, no sólo diciéndome que me habían echado de menos, sino con algunos regalos que no esperaba, todos relacionados con la música, y lo que es mejor, entregados con cariño que percibí sincero. De remate, hoy me han dado más, porque ayer se le olvidaron a una profe en su casa, y después otro souvenir que yo había encargado previamente, y que han querido donarme con la excusa de mi cumpleaños. Y otra más que no había salido de España, pero al pasar por un mercadillo también vio algo que me gustaría, lo compró y me lo entregó.
Así que me he venido a casa con mis cositas bajo el brazo y una sensación que hacía mucho que no tenía, como de que me quieren más de lo que merezco, y me tienen en más alta estima de lo que creía. Con lo guerrero que soy, hay que jorobarse.
Ahora estoy sentado frente al ordenador, acordándome de vosotros, si dijera vosotras sería más justo, porque sois mayoría, que sabéis quiénes sois, por lo que no voy a enunciar vuestros nombres, como los artistas en el turno de agradecimientos. Tengo la autoestima mucho más alta que de costumbre, gracias a esa selecta parte de mis compañeras, que incluye a algún hombre. Y al que se ofreció a arreglarme los ordenadores también. Y al que me da un abrazo y dos besos aunque es del Barça. Y al que sufre cuando oye voces de azafatas de vuelo. Y al que llamé ayer por teléfono y le faltó tiempo para hacerme un gran favor. Y a casi todos los demás.
Lo repito: gracias.

miércoles, 9 de marzo de 2011

MÚSICA PARA CRUSTÁCEOS


Mis cigalas amaestradas Gumersindita y Recesvinto, ensayando el estudio op. 10, nº 5, "Notas negras" de Federico Chopin, en su versión a cuatro pinzas.

sábado, 19 de febrero de 2011

LA CAJA RÁPIDA

Tarde de compras en el súper de El Corte Inglés. Tras un par de parrafadas con dos amigas y varias vueltas de acá para allá, me pongo a la cola con una cesta escasamente poblada. Dejo los chismes en la cinta transportadora y la cajera, con gesto entre adusto y directamente de mala leche incontenida me espeta:
-Lleva usted más de diez artículos.
Un poco sorprendido, miro alrededor, y le pregunto:
-¿Más de diez?
-Claro, esta es una caja rápida. Y sí, muchos más.
-Vaya, pues ni me he dado cuenta, ni siquiera sabía que hubiera cajas rápidas.
-Sólo desde hace veintitrés años, caballero.
Miro arriba, donde señala la vista de la cada vez más desagradable cajera. Veo el cartel: "Máximo 10 artículos".
-Supongo que habrán cambiado el rótulo desde entonces. Si no, estaría amarillo.
Calla. Respira. Piensa. Ataca:
-Le cobro porque no hay gente haciendo cola. No sabe usted las broncas que hay.
No me extraña, pienso, a poco que la provoquen. Menuda fiera.
-De todos modos, si sólo puede cobrar de diez en diez, -noto que me voy creciendo y ella menguando-, no se preocupe. Como mi hija y yo somos dos, podemos llevar diez artículos cada uno. Cuente diez, los pago, y vuelva a contar.
Me mira por encima de las gafas, creo que le debo la vida a sus cristales graduados, que impiden el paso de rayos y centellas. El resto de la transacción no presenta mayores contratiempos, aunque me abstengo de hacer más comentarios para evitar innecesarias tragedias.
Pago mis más de diez cosas, recojo mis bolsas, que ella ha llenado amablemente y antes de marchar, me despido.
-Buenas tardes, muchas gracias.
En la escalera mecánica mi hija, que es larga por dentro y por fuera, me dice:
-Vaya cajera borde.
-No, hija. Cumple con su obligación al pie de la letra. Y además lleva 23 años currando en la caja rápida. Hay que entenderla.

sábado, 12 de febrero de 2011

UNA LIMOSNITA PARA EL DOMUND


Con la cantinela (o cantilena, que cuanto más escribo más dudas tengo) que adorna esta entrada, los niños de mis felices años 70 asaltábamos sin pudor a los transeúntes, previa clase teórica en el colegio o la parroquia, y práctica en la casa propia con nuestros padres y hermanos. Los vecinos eran nuestras siguientes víctimas, y de allí nos lanzábamos a otros edificios colindantes, con esa técnica de puerta fría, para acabar llenando los huecos de nuestra hucha en la calle. La hucha es la protagonista de mi texto, pues resulta que esta semana me he agenciado un par de las de negritos, originales, con su pegatina y todo. El adhesivo era, convenientemente pegado entre la tapa y la base, la garantía de que el importe íntegro de la recaudación llegaría a buen fin. Me consta que había compañeros hábiles en el despegado y repegado, prestidigitadores y algún chapucero sin recato, lo que por otro lado confirma que el mundo, tras muchas vueltas, no ha cambiado tanto en lo que se refiere a codiciar y apropiarse de los bienes ajenos.
Los modelos de hucha eran variables: un chino con sombrero de recolector de arroz y un negrito que mostraba sus dientes superiores y los ojos en blanco, como con glaucoma, no sé si porque los moldes no permitían mayor detalle o si era para darle más patetismo al niño. Creo recordar, aunque no estoy nada seguro, que había más razas representadas, quizá un indio con coletas. En aquellos tiempos no había recato en llamar negros a los negros, indios a los indios ni chinos a los chinos, no como ahora, que todos son de colores pero los únicos de color son los negros, afroamericanos si son americanos de color, menudo lío. Lo cierto es que a falta de oenegés que colgasen anuncios nosotros exhibíamos nuestra hucha-busto, sacudiéndola para que sonasen las monedas, sacudiéndola para sacudir las conciencias y corriendo a veces para que no nos sacudieran un portazo quienes se hartaban pronto de dar limosna.
De vuelta a la parroquia o al colegio entregábamos nuestra cabecita de amerindio, de afroamericano o de asiático llena de buenas intenciones, el cura desprecintaba la tapa inferior, contaba el importe y te felicitaba por tu esfuerzo con un "los pobres niños te lo agradecerán" . Después nosotros presumíamos, si era el caso, de ser los más hábiles recaudadores, con argumentos de corredor de bolsa o broker, "es que mi barrio es muy obrero pero solidario" o "hasta que no le saqué un duro no dejé de darle la matraca al tío aquel", hasta el año siguiente, en el que pedíamos otra hucha igual si habíamos llenado la del anterior, o preferíamos cambiar, no fuera a traer mal fario el negrito con los ojos en blanco.

martes, 8 de febrero de 2011

ELOGIO DE LA IMPERFECCIÓN

















Mi amiga Europa cumplió años la semana pasada. Le llevé de regalo una de esas cosas que se me ocurren de vez en cuando, o mejor dicho, que hago de vez en cuando, porque lo que es ocurrírseme, es a diario. Antes de salir de casa me pareció bien incluir un texto y otro cacharro, por si le parecía poco. Como no estaba en su estudio se lo dejé a Fernando, que es amigo común, aunque sospecho que algo más de ella. Unos días después recibí una carta electrónica que me arregló el día, que había amanecido más que atravesado. Estaba titulada como esta misma entrada, y en ella agradecía mi detalle y valoraba los múltiples defectos de ejecución, como diría un arquitecto al ver una obra propia "perpetrada" por un aparejador poco escrupuloso. Cierto es que de algún modo le di pie por el contenido de la carta que acompañaba al paquete, pero me encantó su forma amable y sutil de darle la vuelta y usarla para tan buen fin. Como quiera que Europa y yo compartimos un amigo, una docena de emails, algunos vinos y pocas pero muy densas conversaciones, he dedicido incorporarla a mi escueta galería de ilustres y de paso invitarla a jamón ibérico.
Y que cumplas muchos más.

domingo, 6 de febrero de 2011

RANKING DE CATEDRALES



Tras atravesar los 46 kilómetros de niebla que ayer la separaban de mi ciudad, pasé el día en Palencia. Desde mis lejanos tiempos de estudiante en la UNED no había vuelto a pasear tranquilamente por los Jardines del Salón, ni ido de tiendas por la calle Mayor. Despúes de la comida nos acercamos a la Catedral, que llaman La Bella Desconocida. Nada más franquear la entrada principal se acercó al trote una mujer para darnos la bienvenida en forma de ticket por valor de dos euros. Le pregunté si el óbolo era voluntario, a lo que respondió que obviamente no. Como no entiendo de obviedades, le dije que la entrada en la catedral de Valladolid, por ejemplo, era gratuita. En ese momento parece que se le dispararon las alarmas, no a la iglesia palentina, sino a la guía, y trataré de reproducir la conversación, que me pareció y sigue antojándoseme surrealista.
-¿La de Valladolid, dice? Claro, -me explica con un tono medio burlón. - Es que es... otro estilo.
-Ya sé que es de otro estilo, mujer,
-Herreriana, -me interrumpe. -La he visto muchas veces, porque estudié varias carreras en Valladolid.
-Ya, así que según el estilo se pone el precio, según usted.
-No es eso, pero es que esta catedral es otra cosa. Y por eso hay que pagar. Fíjese, las hay más caras, como la de Toledo, que cuesta 7 euros.
-¿Y la de Santiago de Compostela? Nunca he pagado por entrar.
-Bueno, -duda, como dándose cuenta de que el argumento cojea, -pero es que hay gente que tira papeles y chicles al suelo y hay que pagar a alguien para que lo limpie.
-O sea, que un católico que cede el 0,7% de la liquidación de su IRPF a la iglesia católica no paga de sobra los sevicios de limpieza... Claro, luego nos quejamos de que se metan con los curas.
Como veía que no iba a conseguir nada, que no era ahorrarme el dinero, aunque lo pueda parecer, sino un poco de empatía, le di las gracias por su amabilidad y le hice una última cuestión.
-Perdone, ¿a qué hora empieza la misa?
-A las seis.
-¿Y a misa se puede venir gratis o hay que pasar por taquilla?
-Tiene usted que entrar por la otra puerta, que lo pone bien clarito afuera, -su tono se hizo un poco más grosero, -pero sólo al altar mayor.
-Gracias y buenas tardes.
Salí de allí pensando en cómo asistir a misa sin echar la vista alrededor para no contravenir las normas mercantiles del Cabildo, o sea, ora a ciegas. Recordé que la Basílica de San Pedro no cobra entrada, y sin duda es una iglesia mucho más "de otro estilo" que la de Palencia. En fin, que me gasté los dos euros en un chupito de café, y algunos euros más en las rebajas.
Ya en casa, me ha dado por investigar los precios de entrada en otras seos, y he encontrado cosas curiosas:
En Sevilla se pagan 8 euros por una visita sin guía, pero es gratis para (y cito textualmente) jubilados, desempleados, sevillanos y discapacitados. Si yo fuese sevillano me haría poca gracia la exención tal y como se redacta.
La Nueva de Salamanca es gratis, pero a la Vieja se accede pagando 4,75 euros y se incluye la visita al claustro y al museo. Los martes hay entrada libre de 10 a 12.
Granada: 3,50. Segovia: 3 euros.
Por lo que parece, la de mi ciudad debe de ser una de las pocas en las que no se paga. Pues menuda birria, seremos los últimos en el ranking. Junto con Santiago de Compostela y San Pedro de Roma. Supongo que Juan de Herrera, el Maestro Mateo y acaso Miguel Ángel andarán disgustados por el agravio.